Capítulo tres: Obituario cotidiano

-¿Qué dice? –preguntó Colin.

Tardé varios segundos en percatarme que esa pregunta iba dirigida a mí. Dejé de prestarle atención a mis cereales ya casi desechos por haberlos ahogado en leche por más de treinta minutos. Le tendí la corta y diminuta carta que mi madre me había enviado. Él la tomó indeciso, preguntándose si estuviera correcto que la leyera, y me encogí de hombros.

-Dice que mi papá está bien –respondí mientras él la abría y sacaba el pergamino doblado-, que los gemelos les va de maravilla en el negocio, que Fleur hace todo lo que puede para ser una buena esposa… -Aunque Fleur me seguía cayendo mal, debía aceptar que podía hacer feliz a Bill. De verdad lo amaba y aceptaba a mi hermano tal como era-. No dice nada que me importe –dije tajante viendo como los ojos de mi compañero se empequeñecían.

-Bueno, es entendible –dijo después de un rato, en donde me atreví a probar mi desayuno y él miraba la carta pensativo-. Es peligroso dar información.

-Lo sé –mascullé enojándome que estuviera en lo cierto.

De repente, dos lechuzas se detuvieron a nuestro lado. La café con motas negras le tendió a Colin su ejemplar de 'El Profeta'. La negra me dio mi suscripción de 'El Quisquilloso' y le pagué dándole las monedas en la raída bola que traía en su patita.

Una vez que se fueron, hojeé rápidamente la revista viendo un reportaje sobre las teorías de hadas enamoradizas en Escocia y el horóscopo muy al estilo de la revista del padre de Luna, donde decía que tuviera cuidado de encontrarme con un Diricawl en mis zapatos. Lo único que valía una pequeña columna de opinión donde hablaba del incidente en el ministerio de magia y los tres fugitivos de Hogwarts: Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger. El escritor de la columna, el padre de Luna, argumentaba que debían tener una buena razón para infiltrarse en el ministerio días atrás y embistió en contra del gobierno mágico, diciendo que la corrupción y los lavados de cerebro eran normales.

Cerré la revista y traté de seguir desayunando cuando Colin bajó el periódico y me dijo que no había nada nuevo.

-¿Cuántos muertos hubo ayer? –pregunté luego de mirar todo el Gran Salón y ver que un niño de Ravenclaw consolaba a una chica que lloraba desconsolada sobre el periódico.

-Tres muertos, todos muggles. Varios aurores heridos y ninguna desaparición –me informó bajando la mirada apenado. Los sollozos de la muchacha empezaron a escucharse debido a que todos se quedaron callados-. Uno de los fallecidos o heridos debe ser un familiar suyo – comentó quedamente.

-Yo… terminé –anuncié poniéndome de pie nerviosa. Colin me observó preocupado, pero entendió a la perfección por qué de repente tenía prisa en irme-. Nos vemos en los invernaderos.

-Sí, claro. ¿No quieres que te acompañe?

-No, gracias. Termina de desayunar –Era estúpido que le dijera eso cuando había dejado la mitad del tazón lleno de cereales y leche.

Tomé lo más de prisa 'El Quisquilloso' y desaparecí del Gran Salón junto a varios estudiantes que iban apurados a sus salas comunes.

En la primera mañana de clases, en el desayuno, un muchacho de segundo año de Hufflepuff recibió la noticia que sus tres hermanas habían sido asesinadas por mortífagos. No habían encontrado más que la casa en ruinas y la macabra Marca Tenebrosa en el cielo. Snape, quien veía junto con los profesores la escena, se quedó callado y no hizo nada cuando uno de sus mortífagos vino donde el chico para llevárselo. Mientras lo arrastraban a la pequeña puerta que usaban sólo los docentes para salir del lugar, empezó a gritar blasfemias en contra de Voldemort. Había sido valiente, pero estúpido. Nunca más lo vi. En Hufflepuff, y en especial en los de segundo año, reinaba el silencio y el terror.

No quería presenciar aquello de nuevo. Sólo esperaba que aquella chica no hiciera tanto escándalo y no la viera ninguno de los mortífagos. Esperaba que dentro de todo su dolor fuera capaz de pensar con claridad y abstenerse de atacarlos. Eso la llevaría a la muerte.

Allí fue cuando me acordé de mi castigo con Yaxley. El imbécil quería que le hiciera un maleficio torturador a Luna, en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Me negué, con miedo, pero lo hice. No me importaba qué me pasara, ya que jamás podría atacar a uno de mis amigos. Aún recuerdo la asquerosa sonrisa que surcaba su rostro y sus facciones endurecidas, como un depredador viendo caer a su presa en la trampa, cuando me decía que tendría que ir de inmediato al despacho del director. Tendría que esperarlo para que me informara del castigo. Me torturaría, lo sabía, pero me parecía extraño que me mandara donde Snape.

Me fui de la clase antes que mis compañeros y me sentí fatal al ver sus miradas de miedo y pena. Todos pálidos se despedían silenciosamente de mi existencia.

Al llegar al despacho de Snape, me di cuenta que no había nadie. Nunca antes había entrado al despacho del director Dumbledore, pero no creía que fuera de esta forma. Enormes estantes mostraban trofeos y polvorientos libros. Huesos y plantas dentro de recipientes se exhibían en las mesas junto a la escalinata. Un gran caldero reposaba encima de la estantería de libros, donde se apreciaban los títulos de uso de magia oscura y pociones peligrosas.

Esperé mucho. La tercera hora pasó muy lenta. En cualquier momento podía entrar Yaxley y lanzarme una maldición. Incluso me daba vueltas varias veces creyendo haber oído el crujido de la puerta al abrirse, pero seguía cerrada. Mi paranoia pareció disminuir al ver con detalle los retratos de antiguos directores de Hogwarts.

La única y última vez que había estado había sido para robar la espada de Gryffindor. Apenas pude apreciar el despacho porque tuve que encamararme en la estantería ayudada por Neville mientras Luna vigilaba y sentía los cuchicheos de los retratos alarmados por el sacrilegio que cometíamos.

Casi todos dormían y emitían ronquidos sonoros. Había una mujer por lo que pude ver. Todos lucían cansados y ancianos. Me quedé un rato observando el retrato vacío de Phineas Nigellus Black. Había oído a Sirius decir una vez que un tío que era más viejo que su abuelo viejo, había sido director de Hogwarts. Reí recordando las caras que ponía Sirius al mencionar a su familia y lamenté que Phineas no estuviera para poder verlo; supuse que se parecería mucho físicamente a Sirius.

Las horas pasaban y había sonado la campana para la hora del receso. Estaba aterrada y sin saber por qué tomé mi varita fuertemente en mis manos. Él me mataría antes siquiera que pudiera moverla.

Miré al gran retrato que pendía justo detrás del escritorio de Snape. Era de Dumbledore. Me alegré y sentí una oleada de alivio al leer su extenso nombre en la plaquita de metal debajo del marco, pero me decepcioné al verlo vacío.

¿Qué diría el director Dumbledore si viera que un mortífago torturaba a una estudiante en su despacho?

Me calmé pensado que podría hacer algo. Quizás fuera un retrato, pero era Dumbledore. Él podría hacer algo para salvarme.

Sin embargo, esperé por una hora más y Yaxley jamás llegó. Salí del despacho con cuidado, por si alguien –o un mortífago precisamente- estuviera escondido y listo para atacarme. No pasó nada. Caminé por los pasillos de la escuela sintiéndome mareada y fría. Eran los nervios, pensé. Me dirigí a Historia de la Magia y cuando entré al salón, me sentí segura de nuevo.

Era extraño, lo sabía. ¿Por qué un mortífago había desaprovechado la oportunidad de divertirse un poco? Ellos jamás dejaban pasar la oportunidad, y menos, si alguien los desobedecía.

Después de subir las escaleras movedizas, suspiré volviendo al día presente. Lo de Yaxley había pasado ya semanas atrás. Estábamos comenzando Octubre. Ya me había salvado de un severo castigo por robar la espada de Gryffindor, y de Yaxley. No podía quejarme, era afortunada.

Junto al retrato de la Dama Gorda se encontraba Luna. Jugaba con su collar de corchos mientras hablaba con la Dama Gorda.

La saludé feliz. Teníamos muy pocas oportunidades de hablar a solas. En clases no podíamos hablar, si no, nos lanzaban un Crucio por no prestar atención a lo que decía nuestro "profesor". En el Gran Salón era muy mal visto que entre integrantes de una casa se fueran a la mesa de otra. Y como ella era de Ravenclaw, nuestros horarios no coincidían en muchas clases.

-Luces pálida –me dijo después de preguntarme cómo estaba. Me pellizcó ambas mejillas para darles un poco de color y sonreí triste-. Ahora sí.

-Gracias –Suspiré hojeando la revista y me percaté que había olvidado la carta de mi madre en el Gran Salón. Esperaba que Colin la encontrara y me la devolviera -. Hoy me llegó carta de mi mamá.

-A mí de mi papá. ¿Qué decía? –inquirió sonriendo animada.

-Lo mismo de siempre –bufé notoriamente enojada. No era que no me importara que mi familia estuviera bien, tenía fe que todos estaban vivos; pero quería saber algo de ellos. Algo de él. Quería saber por qué había ido al ministerio, dónde estaba, si tenía frío y hambre, si estaba herido, si tenía sueño, si mi hermano reclamaba por las incomodidades, si Hermione se sentía abrumada por su misión. ¿Cuál era su misión?-. Sé que mi familia está bien y no les pasará nada. Tengo el presentimiento que ellos están a salvo… Aunque no sé si Ron…

-Al menos has hecho un gran trabajo diciendo que Ron se encuentra enfermo en casa y que Hermione se fue al extranjero. Callaste los rumores que empezaron después de los reportajes de lo ocurrido en el ministerio –comentó para animarme. Su voz sonaba tranquila y apacible, lo que me ayudo un poco, sólo un poco, a sentirme más serena.

-Tan sólo quiero saber cómo están –dije encogiéndome de hombros y mi voz se quebró. Tosí para tratar de controlar mi voz-. ¿No es mucho pedir, verdad? Estoy muy preocupada.

Luna hizo un gesto para que nos sentáramos apoyadas en la fría pared. Lo hicimos mientras las pinturas se encontraban calladas escuchando nuestra conversación.

-Ellos abren cada correo y si hay cualquier indicio de complicidad, los interrogan –explicó armoniosa, como si hablara con una niña pequeña, pero ya lo sabía. Bufé pensando que odiaba que Luna también tuviera la razón-. Tus padres ya están en aprietos porque uno de sus hijos es casi licántropo, problemas por ser sangre pura que tratan con muggles, por ocultar a Ron y hacer que esa criatura viva en su cuarto… Vamos, Ginny, ellos sólo quieren protegerte del enemigo. Aquí estamos rodeadas.

-Lo peor, además que tienes tanta razón como Colin en esto, es que estoy segura que mis padres saben algo –musité llevando mi frente a apoyarse en las rodillas de mis flexionadas piernas. Supuse que si un hombre me viera, se escandalizaría por mi posición, ya que mi ropa interior se me debía ver. Me importaba un bledo.

-Er… Bueno… vine también para decirte algo de eso –informó poniéndose su varita en la oreja y me miró fijamente.

Los ojos azules de mi amiga se veían sinceros. Asentí no sabiendo qué esperar de lo que me diría.

-Mi padre me escribió, como te dije. Con él usamos un tipo de código para comunicar cosas que son peligrosas -sonrió dulcemente y me tomó una mano firmemente. Eso lo hacía siempre para que no hiciera un escándalo-. Habló con tu papá hace unos días… Él le comentó dos cosas importantes: Después del matrimonio, ellos estaban a salvo. Lo supo gracias a un medio de comunicación de la Orden –Antes de seguir hablando, lanzó una mirada a las pinturas que escuchaban descaradamente y continuó-. Lo segundo es que… el profesor Lupin estuvo con ellos antes de infiltrarse.

Mi mente viajó a los días previos de venir a Hogwarts. Tonks vino a visitarnos en la tarde. Nos alegramos que viniera, ya que después del ataque de los mortífagos, la casa había estado muy sola y llena de miembros de la Orden protegiéndola. Se hacía molesto y ninguno era tan simpático como Tonks. Ella lucía enorme gracias a su embarazo, pero sana. Aún así noté que su pelo era de color castaño claro y le pregunté si se encontraba bien. Ese color era un poco más vivo que ese café que tenía el año anterior. Tonks rompió a llorar y tuvo que tomarse tres tazas de té para poder hablar. Mi mamá la abrazó asustada y mi papá le dijo que todo estaba bien, que podía contarnos. Allí reveló que su marido se había ido ayer de casa y no había vuelto. No sabía qué pensar. Quizás estaba muerto a manos de los secuaces de Voldemort.

Remus había vuelto pronto, sin heridas y complicaciones. Le pidió disculpas a Tonks por el susto y prometió no dejarla sola nunca más. Fue extraño verlo tan feliz, pero triste a la vez. Lucía cansado. Y no había luna llena en esas noches.

Ahora lo comprendía: había estado con Harry y los demás.

-¿En dónde? –pregunté torpemente. Millones de preguntas asaltaron mi mente y apenas podía ordenar las ideas.

-No me dijo. Aunque sea un código, también puede haber peligro; así que no me reveló nada más.

-Ah… -sentí sus ojos observándome preocupada por si pudiera llorar o gritar o reír, pero su mano sosteniéndome con fuerza me recordaron que estaba en Hogwarts, con profesores que eran mortífagos y varias pinturas escuchando lo que podría ser una valiosa información en las manos equivocadas. No podía hacer nada estúpido, aunque me sintiera mal. Tenía que controlarme. Tal como esa niña que lloraba hoy en el desayuno debería y esperaba que hubiera hecho para no causar problemas. Las preguntas seguían resonando en mi cabeza, pero sólo pude decir casi como una exhalación-. Después de todo, todos saben.

Luna me abrazó entendiendo qué quería decir: estaba decepcionada por no poder ayudar y ser oprimida por el enemigo en este estúpido castillo. Pero no me dijo nada porque sería poco precavido en el lugar que nos encontrábamos, si alguno de ellos escucharan cómo me sentía, tendría mi esperado castigo con maldiciones imperdonables por fin realizado. Le devolví el gesto quitándole la varita de la oreja porque casi me la incrustaba en el ojo. No sabía qué decirle, más que agradecerle en silencio por su cariño y confianza.

Nos separamos y me puse de pie casi de inmediato. Ella me imitó y se limpió la parte trasera de su falda. Aún con la varita de mi amiga en mano miré a las pinturas una por una.

-Si alguno se atreve a decirle a cualquiera sobre lo que acaban de escuchar, entonces verán un lindo espectáculo donde sus lienzos se queman. ¿Me entendieron? –Sonreí cuando los animales de las pinturas y las personas asentían fervientemente. Algunas se llevaron la mano al corazón jurándolo por el director Dumbledore-. Me alegro que así sea.

-Tengo Encantamientos –dijo mi amiga recibiendo su varita de vuelta.

-Oh, entonces nos veremos después. Gracias –miré como se iba saltando alegremente hasta dar una vuelta en la esquina. Le dije la contraseña a la Dama Gorda y ella me dejó entrar dedicándome una sonrisa conciliadora-. Estoy bien –le dije antes de entrar por el agujero.

Dentro de la sala común no había nadie. Me aproximé al tablero de anuncios recordando que todos habían estado apilados alrededor hablando entusiasmados de algo que no pude escuchar porque Colin quería que fuéramos a desayunar.

Era el anuncio del equipo de quidditch de Gryffindor. Los capitanes serían elegidos por el director, no por los jefes de cada casa, y luego de eso se harían las pruebas de selección avisando puntualmente al director sobre los aspirantes y cómo lo habían hecho. Junto a él se debía tomar la decisión de quiénes conformarían los equipos.

Mi cara se debió haber contorsionado a tal punto que me dolía la frente por fruncir el ceño ante la nueva noticia. Snape quería entrometerse más y más en las vidas de los estudiantes, tanto que ahora elegiría a los capitanes y el equipo completo. ¡Maldito imbécil! Era el trabajo de la profesora McGonagall designar al capitán y bajo éste estaba la libertad de determinar quiénes eran los más aptos para los puestos libres del equipo, no bajo la supervisión de Snape. Apostaba a que ni sabía montar una escoba, entonces era retorcida la idea que él eligiera todo lo de mi equipo de quidditch.

Di media vuelta y fui a buscar mi mochila para ir a clases. No quería desanimarme más al seguir pensando en el régimen mortífago y cómo Hogwarts se iba transformando por sus estúpidas órdenes, ya era suficiente con ver a mortífagos dándome clases y caras asustadas de mis compañeros porque tenían citación a castigos o torturas, como mejor debería llamarlas.

En todo el día sólo pude pensar en algo que me intrigaba: El hecho que el padre de Luna supiera sobre la Orden, cómo estaban ellos, y que tuviera información importante siendo que no era tan amigo de la familia. Tampoco pertenecía a la Orden. Todos los miembros de la Orden del Fénix debían saber que estaban vivos, pero nadie sabía cuál era su misión, por lo que trataban de combatir con lo poco que sabían. Ellos debían ser los únicos que sabían que Harry, Hermione y Ron no eran maleantes ni huían. Entonces… ¿por qué el padre de Luna sabía tanto?

Y ahora me daba cuenta de algo muy importe. Remus Lupin había estado con ellos un par de días, luego regresó y su relación con Tonks mejoró. Por algo él debía haber regresado, por una razón él lucía más feliz por ser padre… Algo había pasado con ellos en esos días que lo hizo cambiar. Así, se podía decir que Lupin sabía más sobre ellos que nadie. Podía tener una parte de la misión en la que trabajaban, más información que no había divulgado con la familia, quizás porque no encontraba que fuera permitente traicionar el secretismo del trío.

Si tan sólo pudiera escribirle a Lupin sin que revisaran el correo… Todo sería más fácil. Podría resolver mis intrigas de verdad y no tener que ver cómo mi familia me protegía de lo que realmente ocurría, de los tiempos oscuros que nos acechaba. Remus Lupin no se atrevería a mentirme, sin darme los detalles más escabrosos podría calmar la angustia que me hacía sentirme ahogada, ciega para ver lo que me rodea. Necesitaba con urgencia saber si mi hermano, Hermione y Harry tenían posibilidades de estar sanos y salvos.

-¿Hacemos el pergamino de Transformaciones? –me preguntó Colin una vez que ya habían terminado las clases y nos sentamos con un grupo de chicos de séptimo año a calentarnos a las deliciosas llamas de la chimenea -. Ya tenemos tres deberes para entregar mañana…

-Tengo otros planes –respondí juntando mis manos y mirando la roja nariz de Neville por el frío.

-¿Cuáles?

-Necesito despejar mi mente… Y volar un rato me haría bien –Aunque el día estuviera nublado, la idea de montar en mi escoba por unos minutos me hacía sentir libre; con los ojos abiertos, pudiendo respirar, más liviana que nunca.

-No creo que sea buena idea despejar tu mente si recibes un crucio por salir después de las clases –me advirtió con sombría Neville, enderezando su postura.

Hasta el momento no había sabido de incidentes entre los mortífagos y Neville, pero sí sabía que mi compañero se les oponía con garras y uñas. A muchos de los niños de primer o segundo año que habían sido torturados por nuestros amables profesores amantes de las Artes Oscuras, Neville los había ayudado a llevarlos a las enfermerías –porque los mortífagos no permitían que nadie fuera a la enfermería por un pequeño castigo merecido- o a poder llegar a la sala común sin vomitar sangre en los pasillos. Él tenía un corazón tan puro y noble, que me aterraba ver en sus ojos una sombra triste y escuchar muchas veces en sus palabras un odio indescriptible.

Le sonreí como pude y me puse de pie. Le desordené su cabello castaño claro de manera cariñosa y le dije:

-Aún falta para la hora de la cena. No hay ninguna norma que me prohíba hacer deporte…

Lo último que recuerdo haber visto antes de subir a mi cuarto para cambiarme al uniforme de quidditch y buscar mi escoba, fue una mueca negativa de Neville, el pelo de Colin brillando por las llamas y cómo Lavender trataba de obtener alguna visión en su pequeña bola de cristal para el primer examen del año de Adivinación.

El paradero de ellos, el extraño conocimiento del padre de Luna, y el regreso de Remus Lupin se quedaron muy olvidados cuando mis músculos se tensaron al sentir el abrasador frío del viento golpearme. Me agarré con más fuerza al desgastado palo de abedul de mi antigua escoba mientras me fijaba que el verde pasto del estadio de quidditch se hacía más diminuto y difuso a medida que subía. Las bancas también se hacían más pequeñas y los aros donde tantas veces había lanzado la quaffle ya ni los podía distinguir.

Rodeada de nubes grises sólo podía sentir, no pensar. Extendí mis brazos despacio, con miedo a caerme a tantos metros de altura, pero confiaba en que no me pasaría nada. Suspiré profundo cuando mi pecho sintió de lleno el aire empujándome hacía atrás. Volaba sin mis protectores, ya que no necesitaba aquellas corazas al no tener el peligro que una bludger me dejara inconsciente, entonces jamás había expuesto mi cuerpo sólo cubierto por mis ropas ante el viento cortante… Y la sensación era fascinante. Me sentía tan liviana, con los ojos cerrados podía imaginar que yo misma podía volar sin usar escoba. Que iba a gran velocidad por mí misma, atravesando el cielo, yéndome lejos de Hogwarts para ir a un lugar soleado, un bosque muy verde con mullidos árboles junto a un pequeño lago; y allí descendía. Descendía porque tres figuras se me acercaban corriendo. Una de larguirucha, otra con abultado pelo castaño y la otra ya estaba a mi lado presionando sus labios contra los míos.

Me tardé varios segundos en darme cuenta que mis lágrimas no eran las causantes de que me sintiera ahogada. Había comenzado a llover. Bajé la cabeza para impedir que las gotas me obstaculizaran respirar y me agarré con fuerza a la escoba.

Toda mi ropa estaba mojada, por lo que se había hecho más pesada y me costaba moverme con facilidad. Con mucha fuerza pude controlar mi escoba y comencé a descender para llegar al campo de quidditch, y de ahí irme directamente a mi cuarto a cambiarme. Aunque, para ser sincera, no me importaba para nada enfermarme… Quizás fuera mejor así para no tener que estar encerrada en esta cárcel sin hacer nada. Ahora podría de verdad estar imposibilitada para ayudar.

Al poner mis pies en el pasto escuché un sonido asqueroso. El de botas llenas de agua pisando barro, agua y pasto. Tendría que soportar ese ruido si quería llegar pronto a la sala común…

Cuando lo vi mirándome fue como si la lluvia hubiera sido un presagio para ese momento.

Se encontraba bajo el pequeño techo que tapaba el sector de las bancas y de la reja que delimitaba el tamaño del estadio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero a juzgar por sus brazos cruzados y sus hombros caídos, podría decirse que sí llevaba varios minutos observándome… y observando, mejor dicho. ¿Por qué tendría que mirarme aquella asquerosa rata?

-No sabía que a las comadrejas les gustaba tomar su baño en días como éste –se burló y una gran carcajada le siguió a su insulto haciéndome gruñir como de costumbre.

-Parece que aún no olvidas que no respondí a tus palabras la otra noche –dije acercándome y él alzó una ceja por el ruido pegajoso que hacían mis pasos al despegarse del pasto-. Te diré algo para que lo tomes como lección de vida: A palabras necias, oídos sordos.

Nuestras miradas se encontraron y no tardé en parpadear avergonzada. Mis ojos debían estar rojos, y aunque no se notaran los rastros de las lágrimas disfrazados por la lluvia, estaba segura que él lo notaría. Y era una desventaja que lo hiciera, porque me hacía ver débil ante sus insultos, ante su carcajada y su estúpida ceja alzada que en ese preciso instante bajaba al mismo tiempo que su semblante se ablandaba.

Draco Malfoy ya no me parecía tan imponente ni fuerte como antes. Sin sus amigotes y la confianza excesiva del profesor Snape protegiéndolo, se veía abandonado a lo que le deparara la vida. O a no luchar para que él mismo eligiera su vida. Acostumbraba a verlo solo, muy callado, vagando por los pasillos con tanta rapidez y ligereza, que apenas lo notaba algunas veces. Ya no era el mismo engreído y desagradable rubio que se burlaba de todos, que se recobijaba de su sangre limpia y los contactos de su familia para ser más poderosos aún.

Fue en ese momento donde pude ver por primera vez en sus apagados ojos grises una tristeza que le carcomía la vida.

Se me acercó sin decir nada. Su postura se hizo erguida y rígida cuando las gotas comenzaron a bañarle el cuerpo sin ninguna piedad. Llovía a cántaros. Sus pasos eran muchos más agraciados que los míos, no emitían ese gangoso sonido con cada pisada ni daba zancadas.

Llegó hasta donde estaba. Se quedó de pie en frente de mí y no le quité la mirada por ningún minuto mientras pensaba qué iba a hacer conmigo ese tarado. Hice un movimiento para retroceder cuando una de sus manos se movió para luego colocarla en su propio hombro, y sacarse su capa negra con pequeños detalles verdes y plateados.

-Tiene un encantamiento impermeable –me dijo mientras se inclinaba para colocarme su capa en los hombros. La tela cayó cubriéndome hasta casi rozar el pasto mojado, me rodeó y un agradable calor me abrigó al instante. Su suave mano rozó mi frente cuando él me acomodó la capucha de la túnica-. Cuídamela y me la devuelves algún día, pequeña comadreja.

Escuchaba el agua golpetear la túnica, pero ya no me mojaba más de lo que estaba, sin moverme por algunos minutos hasta perder de vista al rubio que se había ido del campo de quidditch.

Me aferré a su túnica, tratando de ignorar que me encontraba enfundada en los colores de la casa que era la máxima enemiga de la mía y me encaminé al castillo preguntándome por el extraño comportamiento de Malfoy.


N/A: Sinceramente con este capítulo empieza todo. Y con eso, me refiero a que gracias este extraño gesto de Malfoy, las cosas cambiarán… Lo que es bastante bueno e interesante. Si pregunta por qué Draco es así, pues, piensen que el pobre es un rechazado y amargado en Hogwarts; después de su vivencia trágica a finales del año pasado lo hizo cambiar para bien. Ahora es más observador, y puede ver que… Oh, no quiero dar la trama entera del fic xD. Pero espero que con esto puedan entender un poquito.

¿Y por qué el papá de Luna sabe todo? Me parece que él no puede estar ajeno, ya que es el único encargado de un medio masivo de comunicación que le cree a Harry, y de alguna forma los Weasley o la Orden del Fénix deben retribuírselo (¿o quizás sólo fue para hacer sentir mal a Ginny? Ya no sé).

Millones de gracias por sus reviews, me han animado muchísimo. También, darles las gracias a las personas que notan mis faltas de ortografía, errores varios en el fic. Ya saben, si ven un cambio de narrador o algo muy raro, háganmelo saber porque esta historia tiene el plus de ser uno de mis fics sin beteo de una segunda persona.

¡Les mando un gran abrazo a todos y hasta la próxima :)!