Capítulo cuatro: Culpa sin sangre
De lo único que estaba realmente interesado era en contar los días que faltaban para dejar Hogwarts. Estábamos a dos semanas de las vacaciones de navidad y me encontraba nuevamente sentado en mi cama, con las cortinas cerradas, con un calendario pequeño entre mis piernas contando los días que faltaban para irme de este lugar tortuoso.
Faltaban poco más de 190 días para que pudiera ser libre. Para poder despedirme de los imbéciles que me llamaban cobarde y traidor, los que insultaban a mi familia, de las miradas acusadores de los pocos profesores decentes que quedaban en la escuela. Quería escapar de mi soledad. Era extraño estar tan solo desde que había dejado de estar rodeado por compañeros que decían ser mis amigos, pero no hacían más que seguir las instrucciones de sus padres de juntarse con las personas indicadas. Y, hace algún tiempo atrás, mi familia lo era para seguidores del Señor Oscuro o corruptos que les importaba un bledo faltar a la ética para ganar más dinero. Gracias a ello, jamás conocí la soledad. Nunca me sentí perteneciente a algo, como una amistad, por ejemplo. Siempre era yo y los demás. Separados por una gruesa línea que definía mi mundo. Nadie era mi amigo, nadie quería estar conmigo por deseos propios; pero eso no quería decir que me sentía abandonado a mi suerte. Era la sensación de estar lejos de casa, caminando en una calle atiborrada de personas que no se percatan en tu existencia. No estaba solo físicamente, pero psicológicamente sí. Ésa era la diferencia.
-… y Slughorn me dio la aprobación para todo. Lo mejor es que en la tarde me juntaré con el director Snape –la voz de Blaise se apagó por los sosos comentarios de Crabbe y Goyle -, y creo que es algo evidente que nuestro equipo será aceptado –siguió con un tono de orgullo mientras su silueta se movía hasta la ventana-. ¿Sabían que los de Gryffindor tienen problemas eligiendo a los suyos? Los realmente buenos no se llevan para nada bien con los nuevos profesores ni con el director… Así que lo más probable es que este año, por fin nos quedaremos con el puesto ganador.
El que ahora nadie me prestara atención o si lo hacían, era para burlarse indirectamente de mí; me hacía pensar que la soledad de personas me afectaba más de lo que debería.
Corrí las cortinas de mi cama para salir. La conversación entre Blaise y los otros dos ahora zumbaba como una mosca molesta a la que me hubiera encantado matar. Me amarré con rapidez los cordones de mis zapatos, tomé mi mochila y salí sintiendo que el aire se había contaminado con la presencia de ellos ante las miradas insidiosas de mis compañeros.
Había muy pocas personas en la sala común, pero aún así prefirí salir.
Los pasillos de Hogwarts ya estaban adornados para recibir la época navideña. Las mazmorras de Slytherin parecían cobrar vida con las cintas rojas y doradas colgando en diversas hojas de las coronas de muérdago que reposaban en las paredes. Unas pequeñas esferas de diversos colores bailaban sin tregua y muchas veces pensaba que bailaban al son de un villancico navideño que no era audible para los oídos de los humanos. La visión de verme rodeado en aquellos colores vibrantes y alegres me hizo sentirme un poco más calmado.
Estar en el equipo de quidditch con esos estúpidos no me agradaba para nada, pero seguía pensando que yo debía ser el capitán. Tenía habilidades para serlo, méritos que avalaban mi elección y no la de Blaise. Ahora sólo sería un mero espectador de los partidos, y eso si me animaba a ir para estar rodeado de los cuchicheos molestos que armarían los de mi casa por presentarme a apoyar nuestro equipo siendo que había traicionado a Slytherin al negarme a cumplir la misión del Señor Oscuro. Pero debía aceptar que lo que más me dolía era que los de mi equipo, gran parte habían sido lo más parecido a amigos, estuvieran contentos que no jugaría con ellos.
Aún estaba intacta mi memoria de la noche en que Hogwarts fue invadida por los mortífagos, y los profesores y estudiantes se organizaron para defenderse. Estaba impactado por ver mi escuela convertida en un campo de guerra, donde maldiciones, sangre, gritos y cuerpos caían sin cesar. Lo que sí no es tan intacto del recuerdo es el momento en el cual Dumbledore apareció en la Torre de Astronomía. El miedo me carcomía el cuerpo. Cuando me habían ordenado meses atrás preparar un plan para que los mortífagos ingresaran a Hogwarts me sentí orgulloso por ser considerado capaz de llevar a cabo algo así, pero cuando el mismo Señor Oscuro me dijo que tendría el placer de matar al director Dumbledore la misma noche en que nuestro bando penetrara la escuela, no pude si no fingir una sonrisa triunfadora mientras mis piernas temblaban asustadas. Mis padres ya estaban al tanto y me animaron a hacerlo; en especial mi tía Bellatrix diciendo que era la persona más afortunada por tener esa tarea, incluso me pareció que me envidiaba por tener una misión tan importante comparada con las suyas. Mi madre fue un poco más allá y me preguntó si me creía capaz de lograrlo. En aquel entonces me sentí dañado por su poca confianza y le respondí que moría de ganas por matar a ese viejo decrepito. Ella sólo me sonrió, recordándome que siempre tendría a Snape cuidándome y ayudándome en lo que respectaba al plan.
Los meses avanzaban, ya habiendo descubierto la conexión entre los armarios y vigilando si Dumbledore se ausentaba, trataba de convencerme que podía lograr mi cometido. Por años había oído a mi padre, a las familias amigas de sangre pura despotricando en contra del director amante de muggles y contaminados de sangre, en contra de sus políticas que combatían las artes oscuras y adverso a los chantajes económicos. Muchas veces mi padre me había dicho que ser intachable y correcto como Dumbledore, era ser un fracasado. El mundo nunca progresaría si el poder estaba en manos de gente como él, en especial ahora que el Señor Oscuro había regresado para volver en gloria y majestad. Entonces no era difícil acabar con Dumbledore. Él era un fracasado, un viejo amante de los sangre sucia, de los elfos domésticos. Era uno de los mayores enemigos del Señor Oscuro, por consecuente, de mi familia.
Sin embargo, estando frente a él, con la varita alzada amenazándolo, no pude. El hombre no me imploró piedad ni tampoco que lo dejara con vida. Sólo me pregunto si era capaz de hacerlo, si de verdad quería matarlo. Y vi la bondad que irradiaban sus ojos celestes ocultos bajo sus gafas de medialuna. No me mentía al preguntarme todo esto, su mirada mostraba la real preocupación por mí. Comparé su mirada con la del Señor Oscuro, sus ojos celestes con los ojos rojos de reptil del otro, el brillo bondadoso de los primeros y la maldad en los segundos; el deseo de la vida en contra de la sed de muerte. ¿De verdad quería apoyar a un ser que mataba a cualquier individuo, sea sangre pura o muggle, para lograr sus fines? Sabía muy bien que él mataría a toda mi familia sin remordimientos si quisiera, olvidando la lealtad que le han tenido; en especial la de mi tía Bellatrix. Para él lo único importante era exterminar la suciedad en la sangre para dejar al mundo limpio de muggles. En cambio, Dumbledore no traicionaría a los que les son leales. Él jamás pasaría a llevar a los que lo han apoyado con tal de concretar sus fines.
La razón por la cual Snape tuvo que llevar a cabo lo que el Señor Oscuro me había asignado es una tan simple, pero tan vergonzosa, que no se lo he dicho a nadie: No quise matarlo.
Los eventos posteriores al asesinato de Dumbledore en la Torre de Astronomía fueron tan rápidos y vertiginosos, que imágenes aparecían destellando en mi mente con claridad: Snape tomándome por la túnica para huir del castillo, los gritos de Potter buscando a la persona que me decía que corriera más rápido; cuerpos regados por todos los lugares mostrando la última expresión que vivieron segundos antes de morir, el terror. Y después nada más.
Mis pies se movían solos, sin estar plenamente consciente de por qué Potter atacaba a Snape o de las llamas que se extendían por casi todos los jardines, producidas por diversos hechizos desviados. Sólo podía imaginarme la cara que pondrían mis padres al saber que no fui capaz. La expresión del Señor Oscuro al felicitar a Snape por hacer mi tarea y cómo sus ojos rojos me fulminarían haciéndome temblar de pavor. Pero sobre todo estaba petrificado al saber qué me haría por haberlo desobedecido. No necesitaba la imaginación para saber que mi cuerpo sufriría un puñado de maldiciones imperdonables proferidas por el Señor Oscuro hasta que la sangre me nublara la vista y que tiritara explorando los inicios de la muerte.
Snape volvió a tomarme de la túnica sacándome de mis cavilaciones y fuimos al Bosque Prohibido. Su rostro, antes impasible luego de la muerte de Dumbledore, ahora era una furia por el encuentro con Potter. Y sin importarle que fuera menor de edad y no debería desaparecer, me tomó por los hombros antes de desaparecer con un suave ruido de Hogwarts.
Suspiré tratando de no pensar en eso y en los eventos siguientes a ése. Eran lo suficientemente dolorosos como para revivirlos en una de las peores épocas que podría llamar de mi vida. Me deprimía aún más saber que con justificación mis compañeros de casa me odien, que los de las otras casas me repudien y que los mortífagos me traten con condescendencia cuando a mis espaldas se quejan de lo farsante que puedo llegar a ser. Porque debe ser así. Soy un cobarde y un traidor. Traicioné a mi padre, al Señor Oscuro, mi familia, mis compañeros. Huí por miedo, por un estúpido dejo de pena al ver los ojos del viejo de Dumbledore; huí y acabé sepultándome en vida. Nadie me habla, nadie quiere saber de mí, nadie me acompaña. Estoy solo, como el traidor y cobarde que soy.
Fui a los jardines, precisamente a las orillas del lago. Me senté escondido entre árboles y arbustos, por lo que si un grupo –en especial de Slytherins- pasaba, no me verían y no iniciarían cualquier conversación para que mi nombre saliera en ella despreciándome. Necesitaba tranquilidad de una vez por todas.
Aunque fuera Diciembre, aún no nevaba. Había llovido en tres ocasiones y hacía un frío que calaba los huesos, pero los copos de nieve no se hacían presentes aún. Muchos decían que no podía haber navidad sin nieve, porque sería cambiar una tradición natural desde los inicios de los tiempos. A mí ciertamente no me importaba. La navidad es algo intrascendental en mi vida, al igual que si nieva o no. También debo admitir que no noté ese detalle hasta que mis manos jugaron con la mojada tierra y no vi rastros de la gélida capa blanca que usualmente se encuentra por allí en esa fecha.
-Malfoy –me llamó una voz autoritaria.
La comadreja Weasley estaba de pie un par de metros de distancia y me miraba perspicaz. Se cruzó de brazos tratando de abrigarse mejor con su túnica sin dar un paso y manteniendo su vista fija en mí, como si fuera a hacerle una maldición.
-¿Por qué crees que me puedes hablar en ese tono? –inquirí sonriendo petulante-. O mejor, partamos del simple hecho que crees que tienes la autoridad de dirigirme la palabra, Weasley.
-Como si quisiera hablarte, hurón –rodó los ojos fingiendo una risita burlona-, porque no me gustaría que me pegaras una enfermedad contagiosa…
-Creo que las ratas como tú son las infecciosas.
-¿No que era una "comadreja"? –preguntó frunciendo el ceño.
-Así que al fin admites lo que en verdad eres –dije con un atisbo de triunfo.
-La verdad es que solamente quería confirmar si tienes problemas… Ya sabes, eres indeciso. Un día soy una rata y el otro una comadreja. Tanto como que un día te sientes en la cumbre del mundo –inspeccionó el lugar en donde estaba-, y al otro el trasero divino de Malfoy puede estar en el suelo. ¿Lo llamaría "versátil" o "bipolar"?
-Ándate a la mierda, Weasley –repliqué en un susurro exasperado y escondí el rostro entre mis piernas flexionadas.
Mi familia esperaba que fuera el orgullo de los mortífagos, el del Señor Oscuro. Sería el más joven de sus secuaces que había logrado objetivos que ni los más experimentados pudieron, entre ellos el haber acabado con Albus Dumbledore. Sería el hijo más obediente y cumplidor que existiera en el mundo. Mi padre me daría un corto abrazo, tratando de no demostrar mucha emoción; mientras que mi madre lloraría de felicidad porque su hijo ya no tendría que continuar en aquellas peligrosas misiones. Incluso tía Bellatrix me daría frases de aliento, diciendo que había ayudado a colocar el ancestral apellido Black en la cúspide de las sangres pura. Gracias a mí seríamos una de las familias más importantes y dominantes del régimen mortífago, vendríamos justamente debajo del lugar que ocuparía el Señor Oscuro.
Fui preparado para ser el mejor. Los mejores juguetes, los mejores libros, las mejores institutrices, escobas de último modelo, ropa de las más exquisitas telas, educación de primera en las Artes Oscuras. Entré en la mejor casa, porque los Slytherins siempre eran los exitosos al saber qué les convenía hacer o con quién juntarse. Debía ser popular, todo un líder. Pero, sobre todas las cosas, era un sangre pura, un heredero de los Black y tenía que hacerle honor a mi herencia. No podía fallar en nada, simplemente porque desde que nací fui preparado para estar siempre en el primer lugar.
Prácticamente era imposible que no pudiera hacerle honor a mi nombre. Prácticamente.
Se había esperado tanto de mí...
-Er… -escuché pisadas encima de las piedrecillas de la orilla del lago-. ¿Malfoy?
-¿Qué diablos…? –pregunté encolerizado destapándome la cara, pero no pude continuar hablando porque me impresionó ver a Weasley tan cerca. Estaba al frente de mí, a unos pocos pasos de pie observándome confundida. No, lo que me hizo respingar mientras la garganta se le oprimía impidiendo que pudiera completar la pregunta su la expresión: Nunca había visto que sus facciones podían llegar a ser tan dulces y sutiles. Gruñí al pensar que pudiera estar preocupada por mí-. ¿Por qué sigues aquí?
-Vine a devolverte esto –dijo ella volviendo a adoptar su tono desafiante y enarcó las cejas. Me miró fijamente, esperando que le respondiera, pero no sucedió-. Tu túnica –de su mochila sacó la túnica que le había prestado hacía ya semanas atrás cuando la vi volando en escoba empapada.
Dio dos pasos y se inclinó para dármela. Su pelo cayó sobre sus hombros y me fijé en que se veía más descolorido de lo usual. No es que me dedicara a observar a la comadreja, pero estaba acostumbrado a que su cabello brillara como el fuego cada vez que se encontraba ante mi presencia. Y noté que sus ojos se encontraban apagados, como si fuera muerta en vida; unas delicadas ojeras se ceñían encima de las múltiples pecas que inundaban sus mejillas, y su piel era tan pálida, que podría compararse con la nieve.
Observé que estaba abrigada, con una túnica, bufanda y guantes. No debía estar muerta de frío, así que no supe por qué se veía tan demacrada.
-Gra… -inspiró cerrando los ojos como si lo que fuera a decir le dolería en lo más profundo del alma-. Gracias, Malfoy –escupió con asco.
-Te la quedaste tanto tiempo que ahora debe oler a comadreja. Quédatela, no la quiero.
-Me tomé la libertad de pedirle a los elfos que te la lavaran, para no desperdiciar mi exquisita fragancia en hurones que no valen la pena… -al notar que no la aceptaría, me la lanzó a las rodillas-. No sé por qué pensé que tenías un mínimo de educación cuando me la ofreciste. Sigues siendo un imbécil.
-Y tú sigues siendo una pobretona que sólo sirve para dar lástima. ¿Acaso no has sabido nada de Potter? –pregunté sonriendo-. Me han dicho que gritó como una nena cuando se encontró con un mortífago-
-El que da lástima eres tú –me cortó y su postura volvió a ser dulce, casi maternal-. Sí, puede que dé pena, pero no me la pasó sola, amargada, huyendo de todos para evitar escuchar los estúpidos comentarios de mis compañeros. Creí que el todopoderoso Draco Malfoy le importaba un pimiento lo que pensaran de él, ya que era el soberano de la escuela –me escudriñó de pies a cabeza -. En cambio está éste otro que es un cobarde que se esconde. ¿Qué le pasó al otro que aprovechaba cada oportunidad para declarar que mi familia era una traidora de sangre?
Fui un cobarde. Huí. No pude completar la misión que el Señor Oscuro que había otorgado con tanto fervor. No fui capaz de liquidar al viejo de Dumbledore. Y destruí las esperanzas de mi familia, la atención de los que me rodeaban, la confianza del Señor Oscuro; y acabé con la confianza en mí mismo. Porque soy un cobarde, un paria, un traidor.
-Cállate, Weasley, no sabes nada –espeté descontrolado y tiré la túnica al suelo, sin importarme que se manchara con barro. Me puse de pie de un brinco-. No tienes idea de lo que pasa en mi vida, porque no te concierne. No tienes derecho a opinar, a sermonearme ni a mostrar tu cara de lástima. No la necesito, así que mejor anda a llorar por tu noviecito y reza porque los mortífagos no los hayan encontrado –avancé encarándola y ella retrocedía asustada-. ¿Crees que me trago esa mentira que Granger se fue a Australia y que tu hermano pobretón está enfermo en casa?... Nadie confía en tus mentiras para poder salvar a esos idiotas –declaré con la voz temblorosa-. Déjame tranquilo, Weasley. ¡Y no quiero que nunca más te atrevas a dirigirme la palabra!
-Eres un… -sus ojos se llenaron de lágrimas y se mordió el labio inferior enfadada-. ¿Cómo puedes pensar que lo que hiciste estuvo mal? –miró sobre su hombro. El lago estaba a escasos centímetros de sus talones-. ¿Cómo crees que no haber matado es algo para avergonzarse?
-Tú no entiendes –susurré dándome media vuelta para volver a sentarme en mi lugar.
Ella era una Gryffindor, por supuesto que no entendería nada. Ellos querían ser los héroes, siempre llevarse el crédito por haber salvado el día de las personas. ¿Cómo no iba a avergonzarme si fallé en todo lo que esperaban de mí?
Solamente quería irme de Hogwarts. Quería ir a casa, a encerrarme en mi cuarto y no ver la cara de nadie más en la vida. No podía soportar las miradas frías de mi padre, las preocupadas de mi madre, las decepcionadas y burlonas de los mortífagos, las penosas de los que se dijeron mis amigos. Desde la noche en que el Señor Oscuro me dio mi castigo no pude mirar a la cara a nadie sin sentir que era el ser más repudiable del mundo. Y lo era, no podía negar lo que era un hecho comprobado.
Fue realmente inesperado que Weasley se sentara a mi lado. Se acercó sin hacer ruido y se sentó sin siquiera mirarme. Tomó una piedrecilla y jugó con ella hasta que la lanzó al lago, logrando que rebotara dos veces por la superficie antes de hundirse. Hizo lo mismo varias veces en completo silencio.
-Puede que no entienda mucho de lo que te pasa… -empezó a decir con una pequeña sonrisa triste. Yo simplemente entrecerré los ojos tratando de descifrar qué estaba haciendo, por qué estaba conmigo-, pero sí entiendo cómo te sientes. Aunque esté entre muchas personas, me siento sola y abandonada.
En una situación normal, le hubiera dicho que me dejara en paz y me reiría de su confesión sentimental. Lo que acababa de decir era un arma perfecta para usarla en su contra, y así cabrearla hasta tal punto que no quisiera hablarme en lo que quedaba de clases.
Pero no quise hacerlo. Me vi reflejado en sus enormes ojos castaños y pude sentir que algo había cambiado en mí. En ellos podía ver la gran soledad que la embargaba, sintiéndome identificado con su sufrimiento. Las pocas veces que contemplaba mi reflejo en las mañanas, siempre visualizaba ese aire triste rondando en mis pupilas. Sus ojos transmitían el mismo dolor, la misma angustia y ansiedad que los míos. Por eso, si me burlaba de lo que me había confesado, sería reírme de mí mismo, pisotear el poco orgullo que me quedaba intacto.
Bajó la mirada apenada. Supuse que se sorprendió de ser tan condescendiente conmigo, y de haberse abierto tanto sin importarle que pudiera mofarme de ella.
-Tal vez me entiendas –mascullé para hacerla sentir un poco mejor.
Lo que mi familia esperaba de mí no era nada fascinante, ya que sabía con exactitud cuáles serían sus reacciones al saber que había cometido con buenos resultados la misión. No podía dejar nada a la imaginación porque era predecible. Si no hubiera huido, si hubiera sido yo quien pronunciara aquella mortal maldición para acabar con la vida del director; tenía una muy buena visión de lo que sería mi vida, lo que se esperaba de mí hasta los fines de mis días.
Pero lo inesperado cambia la vida, aprendí. Sin saber si es para bien o para mal, sin embargo, lo hace y te da un vuelco al corazón al darte cuenta que todo lo que creías establecido se desmorona para entregarte una nueva perspectiva del presente y el futuro. Yo lo quise interpretar como una nueva oportunidad, pensé viendo como Weasley me brindaba una gran sonrisa y yo la correspondía.
N/A: Ante nada, quiero agradecer por sus reviews y palabras. Me hacen muy feliz por la acogida del fic, me emociona saber que hay tantas personas que sienten que el libro no fue lo que esperábamos y dejó demasiado para la imaginación de los lectores.
Y hablando del capítulo, éste ha sido el más difícil de escribir, si soy sincera. Creo que aquí el factor "verosimilitud" juega un papel muy importante, porque quiero que éste Draco sea lo más Draco posible, Ginny lo más Ginny y todo sea creíble para darse en un escenario posible. Espero que de verdad que esto se lo crean un pelín, que los personajes no hayan sido demasiado raros… Al menos estoy conforme (quizás demasiado), pero no estoy segura realmente.
Y lo siento si hay muchas faltas, pero sólo le di una revisión antes de subirlo porque éste es el único día que puedo actualizar. Hasta el viernes ni pisaré mi casa, así que es ahora o la próxima semana (y no quiero tardarme más). Ya saben, si notan una, háganmelo saber y la corrijo, porque es bueno pulir los trabajos hasta que brillen al máximo. Gracias :).
Un gran beso y espero que estén bien. ¡Hasta la siguiente actualización!
