Capítulo cinco: El secreto de la resistencia
El primer partido de la temporada fue el de Ravenclaw y Slytherin. Aún no se sabía si Gryffindor participaría en el campeonato, ya que Snape no aprobaba los miembros del equipo. Habíamos cambiado varias veces a la persona quien sería capitán, y finalmente quedé como la escogida. Según todos los de Gryffindor, como cabecilla Demelza, creían en que era la más capacitada para el puesto. No pude evitar reírme como si se tratara de una broma y les pregunté si hablaban en serio. Y lo hacían, de hecho. Traté de explicarles a los del equipo -en una no muy privada reunión en la sala común- que nunca nos dejarían jugar si era la capitana. Snape me odiaba, los mortífagos me tenían en la mira. Era imposible que admitieran el equipo de Gryffindor bajo mi mando. Ya éramos una casa problemática, y los mortífagos trataban de mantener el control de nuestras acciones a cualquier costo. Si eso implicaba denegar la formación del equipo de quidditch o encerrarnos en nuestra torre hasta morir de hambre, se haría.
Esa asquerosa mañana de Diciembre bajé las escaleras más tarde de lo habitual. El partido se haría dentro de una hora más y no tenía intenciones de verlo, así que preferí ahorrarme la emoción de mis madrugadores compañeros presentándome en la sala común casi a la misma hora en que el campo de quidditch rebozaba de entusiasmados espectadores.
-Con que estás bien… -dijo una voz suave a mi lado.
Neville se encontraba sentado en el sillón más cercano a la chimenea y me sonrió.
-¿Acaso no debería estarlo? –pregunté con voz agria y suspiré al darse cuenta de mi actitud. Había tenido uno de mis sueños típicos, sólo que ésta vez podía oír a Harry pidiendo misericordia ante Voldemort. Y trataba de correr para llegar hasta él, pero el bosque se hacía eterno y nunca lo encontraba. Las sombras seguían murmurando incoherencias, y por alguna razón creí que se preguntaban por qué me empeñaba en salvarlo si no había nada que hacer-. Lo siento. Tuve una mala noche –me disculpé y su rostro se alivianó un poco, pero un dejo de tristeza se asomó en sus ojos.
-En ese caso, yo he tenido siempre una mala noche… -me parecía tan surrealista ver a Neville sombrío y serio, como si hubiera vivido una guerra. Lo que, en el fondo, era así. Estábamos en medio de una, habían muertos, desaparecidos, desesperanza, opresión-. Los Carrow torturaron al hermano menor de Colin Creevey –informó contemplándome con atención.
Sus palabras me dejaron helada.
-Sucedió ayer en la noche. Creevey llegó tarde de un castigo y… Era la ronda de los Carrow –se puso de pie y me rodeó por los hombros, presintiendo lo que pensaba-. Al saber que era muggle, pues…
-¿Dónde está Dennis? –logré preguntar con sumo esfuerzo, aún así mi voz era ligeramente nasal-. ¿Y Colin?
-En San Mungo. Unos de quinto año escucharon los gritos de Creevey cercanos a la sala común, así que esperaron unos minutos antes de salir a auxiliarlo. Tuvieron la suerte de poder informar a la profesora McGonagall sin que otros mortífagos los interceptaran –su mano regordeta apretó mi hombro, tratando de darme algo de consuelo-. Colin también está en el hospital, acompañando a su hermano. No creo que vuelvan hasta navidad –agregó sin convencimiento.
-O quizás nunca más regresen a Hogwarts –corregí sin siquiera dirigirle la mirada y traté de no llorar. No quería llorar, ya no debía tener más lágrimas que derramar después de tantas noches con almohadas mojadas y pañuelos gastados.
Estábamos en una guerra, no era difícil convencerme de ello. Lo que me hacía ser tan escéptica ante esto era lo que la guerra causaba a mis seres cercanos. Harry se había ido junto con Ron y Hermione, Neville había adoptado una valentía y coraje nunca antes vistos, el hermano de Colin resultaba herido, mis compañeros caminaban asustados por los pasillos. Ya nadie se atrevía a hablar cuando cenábamos o almorzábamos, niños lloraban en esquinas escondidas del castillo al recibir las noticias de sus familias muertas o desaparecidas. Todos habían cambiado, todo había cambiado.
Me deshice del brazo de Neville y entrecerré los ojos.
-Gracias por contármelo. Si me disculpas, iré a desayunar –supe que había hablado extrañamente formal, pero quería darle a entender que no quería compañía-. Nos vemos.
-Supongo que no irás al partido…
-No. ¿Tú sí?
-Sí. Luna me pidió acompañarla –se alzó de hombros y guardó sus manos en los bolsillos de su chaqueta-. Ten cuidado, Ginny.
-¿Por qué lo dices? –pregunté sin energía.
-Creo que no sobrellevas bien nuestra situación actual… -crispó la boca analizando mi reacción y buscando palabras para explayarse mejor. Me mantuve lo más impasible que pude-, aunque no lo sientas, sí podemos ayudar en esta guerra. Cada persona puede aportar para resistir el régimen, la crueldad. Hay que tener esperanzas de vivir, Ginny, no de resignarnos. Si nos resignamos, perdemos todo… Pero si seguimos en pie, ganaremos más de lo que podríamos imaginar.
-No sé, Neville, realmente no lo sé. Nos vemos –me despedí a secas, girándome hacia el agujero del retrato.
Ignoré pertinentemente a los retratos lanzando comentarios sobre quién ganaría el partido.
¿Por qué todos sabían el secreto para sobrellevar la guerra? Aunque nos sentíamos oprimidos, tristes, angustiados, engatusados; todos los que me rodeaban parecían conocer el ingrediente que los permitía seguir en pie, soportando estoicamente las adversidades. Aún cuando encontraba los rastros de dolor en los ojos de mis compañeros, de los niños que lloraban por la pérdida de alguno de sus parientes, mis –verdaderos- profesores, en Neville y Luna; visualizaba algo más en ellos.
Como había supuesto, el Gran Comedor estaba vacío.
Miré la mesa de los profesores y suspiré con pena al ver el puesto que antes ocupaba Dumbledore. Pensar que en esos momentos Snape se erguía allí con petulancia y disciplina me asqueaba. Ése puesto él no se lo merecía, ni tampoco que sucios mortífagos se atrevieran a tener contacto en las sillas que antiguamente ocupaban personas modestas y dignas de admiración como Remus Lupin.
Apenas pude comer un panecillo y bebí media taza de té. Nada tenía sabor y me dolía tragar.
Comencé a caminar por el castillo sintiendo a la lejanía el eufórico y desgarrador grito de la masa que llenaba el campo de quidditch. Me pregunté si alguien había anotado un punto o si sólo eran los gritos de bienvenida al presentar a los jugadores del equipo.
Lo otro que veía en las miradas honestas de mis compañeros me parecía indescifrable. No sabía cómo llamarlo. Era extraño, casi desconocido. Un brillo intenso, el cual nunca abandonada sus ojos hasta en los momentos más duros de la convivencia con seguidores de Voldemort, algo que los hacía verse confiados, pero no destilaban esa confianza de forma rebelde o provocativa… Era algo íntimo, pequeño; pero estable e inquebrantable.
Me detuve en las escaleras movedizas. La verdad no sabía adónde iría; más bien, no tenía ningún propósito. Ese día me parecía vacío, las siguientes horas no tendrían nada interesante; al igual que lo han sido los demás. Los días en Hogwarts me tenían sin cuidado, ya que lo único que iría a encontrar a la vuelta de la esquina sería otro problema ocasionado por los mortífagos. ¿Acaso eso me daba buenos motivos para tener propósitos?
Draco Malfoy venía caminando silbando. Parecía distraído por unas campanas sonaban del las guirnaldas que decoraban el techo hasta que se fijó en los escalones para no tener la caída de su vida.
Al verme, de pie en medio de la escalera que se movía hacía el pasillo que daba a la torre de Astronomía, también se quedó quieto.
-Weasley –masculló como un saludo, o al menos eso quise creer.
-Malfoy –dije en el mismo tono neutro.
-¿No fuiste al partido? –preguntó bastante incómodo.
-Un partido es realmente idiota en esta situación. ¿No es así?
-Bastante superfluo, si me atrevo a corregir –dio un paso dudoso al escalón que le tocaba bajar y siguió su camino, pasando por mi lado olímpicamente.
-¿Y tú no verás como tu casa pierde? –sonreí victoriosa, era la primera en lanzar un comentario dañino.
Se dio media vuelta y me lanzó una pequeña carcajada.
-Aunque me cueste concordar contigo, debo admitir que me encantaría que una bludger le deforme el rostro a Blaise Zabini por ser un perfecto imbécil.
-¡Vaya, Malfoy admite que su casa es una porquería!
Me acerqué hasta donde él estaba y arqueé una ceja, esperando que contestara.
-Slytherin es una porquería si se niegan a darme el lugar que me merezco. Esos pobres diablos no saben lo que se pierden –dijo con sorprendente convicción de lo que hablaba.
Sin ser realmente consciente, di alcance a los rápidos pasos del rubio y caminé a la par.
Habíamos tenido un extraño encuentro días atrás, donde floreció el tema: La guerra. O las consecuencias de la guerra, para ser sincera.
Recuerdo muy bien cuando Harry nos contó todo lo que había pasado en la torre de Astronomía esa fatídica noche. No me sorprendí al saber que Malfoy era efectivamente un mortífago y que la finalidad de su misión era matar a Dumbledore. Era algo esperable: Su familia siempre había tenido lazos con las artes oscuras y despreciaban a los que toleraban o eran de sangre muggle, no respetaban las autoridades de la escuela o cualquier institución pública, generalmente se aprovechaban de la extorsión o coimas para lograr sus objetivos…
Pero en ese mismo momento cuando nos enfrentamos a la orilla del lago, cuando miré sus ojos y escuché el oculto mensaje en sus demoledoras palabras; sólo pude sentir espanto cuando supe que él creía que estaba mal no haber matado a Dumbledore. No, él estaba plenamente convencido de que había hecho lo incorrecto.
Y habían pasado varios días después de aquel hecho. Sólo había visto dos ocasiones a Malfoy en ese lapso de tiempo, pero tampoco estaba empecinada en buscarlo, ya que no sabía cómo comportarme con él desde entonces.
-¿Te despertaste con ganas de ir a la biblioteca? –me preguntó de pronto.
-Sí, incluso soñé con el libro que quiero leer… -dije y él alzó la ceja. Suspiré y miré el trayecto de pasillo que nos faltaba para llegar-. Estaba aburrida. El partido será largo y no quiero estar en medio del ambiente de fiesta cuando lleguen las hordas de fanáticos enardecidas.
-Buen uso de vocabulario –comentó con una voz jubilosa, pero luciendo serio.
-Buen uso de cumplidos.
Al faltar unos cuantos pasos para llegar a la biblioteca, Malfoy me dedicó una mirada fría y dura antes de agilizar sus pisadas. Me quedé un par de segundos estática observando confundida su silueta y gruñí: Realmente no sabía cómo actuar con él.
Desde pequeña había escuchado algunos comentarios de una tal familia Malfoy que era detestable, y al entrar a Hogwarts supe por qué: Draco Malfoy era grosero, lanzaba venenosos comentarios a diestra y siniestra, se escondía tras sus amigotes, se pavoneaba hablando de la "pureza de sangre" y "superioridad" sobre el resto, siempre sacaba a relucir las maravillas de haber nacido en una familia con una posición económica envidiable… Pero, sobre todo, había odiado a Malfoy por el simple hecho de decirnos a Ron y a mí: Comadrejas pobretonas. Y no dude que sus padres serían mil veces peor. No cabe destacar que así fue.
-Buenos días, señorita Weasley –me saludó la imparcial voz de Madame Pince.
Le sonreí mientras me adentraba en los infinitos estantes y se me ocurrió que Malfoy quizás habría entrado primero para no levantar sospechas. Después de todo, que me hubieran visto con él sería muy extraño y llamaría la atención de Madame Pince –como en Hogwarts todo es secreto: todo se sabe- poniéndonos en una situación muy incómoda.
Aunque, muy bien podría haber levantando excusas para pensar que Malfoy no seguía siendo tan cerdo; me dije caminando sin rumbo definido.
No pude evitar escuchar los aplausos y gritos provenientes del campo de quidditch. Y no pude evitar resistirme a la tentación de acercarme a una de las ventanas y observar aquel glorioso estadio adornado de colores azules y verdes. ¿Quién habría marcado un tanto? O podría tratarse de la snitch, aunque no lo creía posible… no debería haber empezado hacía tanto el partido.
Al girarme sintiéndome algo estúpida por pensar en esas trivialidades, me encontré con la zona dedicada a coleccionar todos las ediciones de periódicos del mundo mágico. Había muchos ejemplares de El Profeta a revistas tales como Zoo: Su manual del animal doméstico.
-Harry –susurré acercándome a los ejemplares puestos en la mesa frente al estante.
Casi todos eran de las últimas dos semanas de El Profeta y vi los muchos titulares: El-Niño-Que-Vivió en asalto, Suculenta recompensa por su cabeza, El desaparecido del mundo, Ministerio de magia: "Harry Potter es una vergüenza para la sociedad", Fugitivos de la moral, Harry Potter: ¿Héroe o ladronzuelo? Y muchas fotos: Harry en el torneo de los tres magos, con Lockhart en Flourish y Blotts, otra tomada en una ceremonia a finales de su quinto año… También había varias caricaturas burlonas, todas apuntando al mal ejemplo que daba el supuesto salvador del mundo mágico.
Ni siquiera intenté levantar uno de los periódicos de la mesa, ya que estaba al tanto del encantamiento que los mantenía pegados a ésta para que nadie se los robara; y me limité a tocar con la yema de los dedos las fotos.
¿Es que acaso todo estaba tan asquerosamente corrompido en el mundo? Harry jamás podría ser un ladrón. ¿Cómo las personas podían de verdad creer que él les daría la espalda? Me pregunté cuántos rumores tendría que escuchar: Si Harry era un mortífago, si obraba a voluntad de Voldemort, si huyó del país por miedo a que lo asesinaran… ¡No, mil veces no! Me daba rabia darme cuenta que no tan sólo en este maldito castillo pocas personas le tenían fe, si no que afuera debía ser muchísimo más grave. El Profeta era el medio que más credibilidad poseía en la sociedad y si publicaban reportajes como estos, debía ser porque vendían, porque los brujos creían ciegamente en esas mentiras.
-¿Un arranque sentimental, Weasley?
La burlona voz de Malfoy me hizo saltar. Levanté mi dedo índice y observé que la yema estaba casi negra porque había contorneado muchas veces la fotografía donde aparecía el rostro infantil de Harry. Mi Harry…
-¿Es que acaso te importa? –pregunté mordiéndome la lengua, tratando de no alzar la voz.
Malfoy era un cerdo, pensé enojada.
Se acercó sin decirme nada y vio las portadas de los periódicos. Se detuvo especialmente en una que recitaba: La verdadera cara de Harry Potter y un pequeño fragmento de un reportaje que hablaba del asalto al ministerio semanas, meses atrás.
-El Profeta es una mierda –dije casi sin pensarlo.
-Está controlado por los seguidores del Señor Oscuro, por eso es una mierda –explicó él pasando las hojas de aquel ejemplar, buscando el reportaje completo.
-¿Cómo…? –fruncí el ceño. ¿Voldemort estaba manipulando El Profeta?
-¿Tan ingenua eres que pensaste que se publican este tipo de artículos en contra de Potter y toda persona que se enfrente al nuevo gobierno por mero gusto? –no había burla, si no confusión-, desde hace mucho ocurre. La prensa está completamente manipulada para desacreditar a los opositores y a las amenazas del nuevo régimen.
Entrecerré los ojos atando cabos. Sabía que el ministerio estaba controlado por Voldemort, pero antes de entrar a la escuela no había ningún indicio que la prensa también lo estuviera… Aunque, si lo pensaba bien, era bastante obvio: La prensa era un medio de información y moldeaba con facilidad las opiniones de sus receptores. Por supuesto que los mortífagos se aprovecharían de esa facultad para mantener a los opositores a raya y para incentivar la busca de mi hermano, Hermione y Harry como los más repudiados del ministerio, dándoles la imagen de ladrones y anarquistas.
-Esto es difamación –concluí golpeando la mesa y atraía la total atención del chico. Me miró con precaución-, pero debo admitir que ése… Es demasiado inteligente.
-Fue un Slytherin –enarcó las cejas-, es muy astuto. En su caso habría hecho lo mismo –añadió como si fuera algo obvio.
-Ciertamente dudo que quieras estar en su lugar, Malfoy –hablé con mucha seriedad.
Contuve la respiración asustada por la mirada que me dedicó. Sus ojos me escrutaban con un sentimiento muy intenso y quise retractarme por lo antes dicho, pero sólo para que estuviera tranquilo; porque, en realidad, sí pensaba eso. Malfoy podría ser un cerdo, mas jamás adepto a continuar el legado de Voldemort. Me nacieron muchas interrogantes respecto a su pasado –o presente- como mortífago, le habría gustado o no, si se sentía presionado… si alguna vez quiso un pasado distinto para su vida.
-¿Estás segura que eres una Gryffindor? A veces hablas como una Slytherin… -dijo desviando la mirada, y de paso usando un tono neutral.
-Claro que lo soy. Y si ése fue un cumplido, te diré que fue pésimo –sonreí aliviada. Me parecía tan fácil estar en aquél extraño juego con Malfoy: Nos acompañábamos, pero no revelamos nuestros verdaderos sentimientos. Algo como un tira y afloja en lo que no teníamos nada que perder.
-Nunca fue mi intención darte un cumplido.
Arrugué la nariz al ver que leía velozmente el reportaje.
-¿Todos los medios de comunicación son manipulados? –inquirí curiosa.
-No todos –respondió después de observarme pensativo-, siempre existen los que se niegan a unas cuentas monedas y beneficios. La revista de tu amiga Lunática es un buen ejemplo de ello.
-¿A qué tipo de beneficios te refieres? –me acomodé al frente de él y me incliné para que me escuchara. Mi voz era tan baja que ni yo misma me oía claramente.
-Eres lo suficientemente capaz de encontrar la respuesta por ti misma –dijo mirando hacia ambos lados nervioso. ¿Desde cuándo él se mostraba así?
-¿Miedoso a que te encuentren hablando con una amante de sangres sucias? –dije desafiante.
-La verdad no… Perfectamente puedo sacarme un castigo de encima, Weasley. Los profesores son amigos de la familia –abrí la boca horrorizada por sus palabras y siguió hablando-, la del problema serías tú. No creo que tengas tanta suerte nuevamente.
-¿Por qué suerte de nuevo? –respiré hondo-. ¿Cómo sabes…?
Rodó los ojos y se giró dejándome sola.
Inspiré y expiré varias veces, tranquilizando mi ritmo cardíaco. No podía hacer el escándalo que quería en la biblioteca. No quería más castigos… Y hablando de castigos: Malfoy sabía lo de Yaxley. ¿Cómo? Dudaba que aquel acontecimiento hubiera llegado a oídos de estudiantes de último año, especialmente de Slytherin.
Prácticamente corrí hasta llegar al rubio, quien dejaba la biblioteca con un libro bajo el brazo. No pude ni me importó ver de cuál se trataba.
-Exijo que me expliques qué sabes de mi castigo, hurón –dije después de darle unos golpes en el hombro nada suaves.
Se dio media vuelta con una mueca que desbordaba hastío.
-No tienes que exigirme nada, comadreja –sus mejillas se tornaron de un leve color carmín, sorprendiéndome-. En primero lugar no sé por qué hablo contigo. ¿Acaso crees que por pasar unas horas en el lago sin insultarte ya somos amigos?
Claro que no lo éramos, nunca lo pensé. Pero… ¿Malfoy no se había dado cuenta que ambos teníamos un sentimiento compartido referente a la guerra? Era algo que vi en su mirada y me identifiqué al instante aquella tarde. Sólo por eso me atreví a decirle que no debía estar arrepentido de haber matado a Dumbledore, que no era un cobarde, que…
-… y tampoco sé por qué te contesté todas tus estúpidas preguntas. Asume que nada está intacto de los recientes acontecimientos del mundo mágico –sentenció arrebatado. Quise decirle que se calmara un poco, pero me limité a crispar la boca-. Sólo… -suspiró, negando con la cabeza-, déjame en paz y mantente alejada de problemas. No es bueno que preguntes tanto, Weasley. Te puede costar caro.
Malfoy se fue rápidamente y los ecos de sus pasos me acompañaron por un largo momento.
OoOoO
-¡Vamos a llegar tarde! –me gritó Neville quitándome el baúl de las manos y no repliqué por esto-. ¡Apúrate, el tren nos va a dejar!
Subí al tren mientras éste daba un pitido que evocaba memorias de mi primer día de clases. La visión de aquel legendario tren que me llevaría a Hogwarts aún me hacía sonreír de la misma manera que años atrás.
Las vacaciones de navidad por fin habían comenzado. Les había escrito a mis padres diciéndoles que llegaría al mediodía y el día anterior me llegó la respuesta, muy corta como últimamente eran sus cartas. Lo único rescatable y que me daba ánimos para volver, era que los gemelos irían a recogerme y pasaría con ellos el día en su tienda, antes de ir a una cena a la casa de Bill y Fleur y allí encontrarme con mis padres.
-Debes estar contenta por pasar todo el día en Sortilegios Weasley –comentó Neville una vez que nos habíamos sentado en un compartimiento, junto a Luna. Asentí muda-. Yo estaré todas las vacaciones con mi abuela.
-Parece que mi padre me regalará una jaula acondicionada para mantener Gulping Plimpies vivos –dijo Luna despegando la mirada de El Quisquilloso y suspiró de su forma soñadora. Sonreí pensado que mi amiga no cambiaría nunca-, estoy ansiosa por tenerla.
-¿Cómo sabes qué te dará de regalo? Navidad no será dentro de tres días –Neville frunció el ceño.
-De todos, Luna siempre ha tenido el ojo interior más desarrollado –dije sorprendiendo a mis amigos por gastar una broma y rieron. Desde hacía mucho tiempo que no me proponía en decir nada gracioso y me sentí más relajada al haberlo hecho, ya que el ambiente se hizo más cómodo-. ¿Cuándo partiremos? –pregunté y en ése preciso instante el tren dio otro pitido más antes de comenzar a moverse.
El viaje fue muy tranquilo. Hablamos por un rato hasta que vino la señora con el carrito de golosinas por delante y Neville compró muchas ranas de chocolate, recordándome a los atracones que se daba Ron con ellas cuando tenía oportunidad. Por otro lado, Luna empezó a resolver un crucigrama de la revista y de vez en cuando nos pedía ayuda para encontrar ciertas palabras.
-¿Mago más respetado, galardonado y reconocido de Gran Bretaña? –dijo con voz perdida mientras jugueteaba con su pluma-. Por los años de nacimiento y fallecimiento, es Dumbledore… Sí, es él –confirmó después de escribir en los espacios su nombre.
-¿Quieres una?
-Gracias –acepté una de las ranas de chocolate y comencé a desenvolverla con lentitud.
El paisaje de colinas verdes y ríos fueron dando paso a casas y pequeñas residencias. Ya estábamos muy cerca de Londres.
-¿Nos escribiremos en vacaciones, no? –preguntó Neville mirándome a mí, aunque supuse que la pregunta era para ambas.
-Claro.
-Sí –dije molesta por la preocupación de él. ¿Es que acaso lo dudaba?
-¿Estás segura?
-Sigo siendo la misma, Neville. Por favor –murmuré poniéndome de pie. Él se concentró en la vista que le ofrecía la ventana y Luna me dedicó una sonrisa conciliadora-. Ya llegaremos. Será mejor que nos alistemos –dije poniéndome de puntillas para bajar mi baúl.
Cuando el tren se detuvo, estuve contenta de que ya habíamos bajado los baúles y seríamos los primeros en salir. Necesitaba alejarme un poco de las personas de Hogwarts, especialmente de Neville, quien me lanzaba miradas que anunciaban que pronto volvería a tener una detestable charla sobre mi comportamiento los últimos días. ¿Quiere que llore como cual magdalena como tuve haciendo los primeros días de clases? O quizás quiera que haga un frente activista en contra de los mortífagos en Hogwarts… Pues, que lo hiciera él; ahora tenía una capacidad de mando envidiable, así que podría arreglárselas solo para dar el ejemplo de la actitud que deberíamos tener en esta situación, pensé abriendo la puerta del compartimiento.
Luna nos pidió que esperásemos a que la mayoría de estudiantes bajaran porque el único corredor estaba atestado y accedimos.
Vimos cómo todos se peleaban por ganar un espacio en la fila que conducía a la salida y cuando ya quedaban unos pocos, salimos. Neville primero, Luna le seguía y cerrando el trío, yo.
-¡Luna Lovegood! –gritó una rasposa voz proveniente de la puerta de salida. Fruncí en ceño mientras Luna me miraba extrañada, ya que no conocía al hombre que esperaba junto a la puerta y volvía a gritar su nombre. Neville se detuvo abruptamente, haciendo que mi amiga casi se tropezara con su baúl. Pregunté qué ocurría, pero de inmediato vi el porqué de la tensión de los músculos de Neville: El hombre tenía su varita fuertemente tomada y, al vernos, sonrió como si el depredador hubiera atrapado a la presa-. ¡Allí! –se acercó a zancadas, dándole un tremendo empujón a una niña de Hufflepuff que iba delante nuestro y se interponía en su camino.
Tomé la mano de Luna asustada y Neville nos miró por encima del hombro, con una expresión cautelosa.
-¿Quién es usted? –preguntó él de golpe, sin ninguna gota de temor en su voz.
-Sal de mi camino, chiquillo –le dijo alzando una ceja y al ver que no se movía, dio un paso hacia atrás y le apuntó con la varita-. ¡Dije que salieras de mi camino! –vociferó enojado.
-¡Corran! –nos gritó Neville mientras extendía sus brazos.
-¡Vamos! –aún tomada de Luna, salté mi baúl para huir.
Ella apenas pudo saltar su baúl y el mío, pero el pánico la hicieron reponerse y aumentar la velocidad.
Los gritos de dolor de Neville se confundieron con los del hombre informando que escapábamos, pero no miré hacia atrás. No podía hacerlo, ya que cualquier distracción podría costarnos la vida. Solamente esperé en una silenciosa petición a Merlín que Neville estuviera bien, que estuviera con vida.
Por primera vez, el corredor del tren se me hizo eterno. Corrimos aterradas y maldije en voz alta que la próxima puerta de salida estuviera a dos vagones de distancia.
-¡No crean que podrán huir por siempre, niñas! –Luna dobló el cuello y abrió desmesuradamente al ver al mismo hombre persiguiéndonos-. ¡Sectusempra! –el rayo de color rojo impactó en la ventanilla de un compartimiento.
-¡Sigue, Luna! –grité al notar que mi amiga iba más despacio.
-¡No puedo, Ginny! –sollozó ella-. ¡Creo que me doblé el tobillo! –por primera vez la oí hablar tan desesperada.
-¡Petrificus totalus! –nuevamente el hechizo dio en la ventanilla de un compartimiento y como pude saqué mi varita del bolsillo de mis pantalones.
Aún quedaban algunos estudiantes en los compartimientos arreglando sus cosas y al escuchar el escándalo, asomaban sus cabezas curiosos.
-¡Oppugno! –vi el baúl abierto de una chica más adelante el corredor y lo apunté con mi varita. Plumas, tinteros, ropa y pesados libros flotaron desde su interior y con un simple movimiento volaron a nuestro lado para darle de lleno en todo el cuerpo al hombre.
-¡No, mira! –Luna señaló que en la mitad del siguiente vagón, se encontraba otro tipo apuntándonos con la varita.
-¡Deben ser mortífagos!
-Correcto –respondió el hombre, un poco más viejo que el otro y sin hacer ningún ademán brusco dijo:- ¡Zancadilla!
-¡Protego! –el embrujo rebotó y cayó muy cerca de unos niños de Ravenclaw que chillaron asustados-. ¡Déjenos en paz!
-¿Lo dice quién? –una sonrisa marcada por sus negros y chuecos dientes me hizo estremecer-. ¿Por ti, nena?
-¡Nadie se llevara a mi amiga! –di un paso al frente, protegiendo a Luna y la miré preocupada. Sus ojos llorosos me alertaban que su simple doblez de tobillo podría ser algo más grave.
-No tengo paciencia y menos tiempo para juegos… Así que ven, Lovegood –movió la cabeza para que ella fuera a su lado.
-Jamás accedería a irme con usted –contestó ésta moviéndose frenéticamente, seguramente buscando su varita.
-Vaya, para ser una jovencita tiene mucho temple… -chasqueó la lengua y me miró furioso-. Ya que no quieren hacerlo fácil, tendré que encargarme de ti, pelirroja.
-¡Mocomurcié…!
-¡Desmaus!
El rayo dio de lleno en mi cara y quedé ciega por unos instantes. Un fuerte dolor me invadió la cabeza al mismo tiempo que sentía que mis sentidos se iban apagando, por decirlo de una manera: No podía ver, ya no podía sentir la mano de Luna, el aroma a zumo de calabaza del tren se esfumaba, el sabor a rana de chocolate desaparecía y los gritos de de los estudiantes, la voz del mortífago y los chillidos histéricos de Luna se enmudecían con lentitud.
¡No, Luna!
Con mucho esfuerzo abrí los ojos y el techo del tren me recibió. Todo daba vueltas y algo líquido rodaba por mi mejilla.
-¡Weasley!
Alguien me ayudó a sentarme, precisamente Malfoy. Limpió algo de mi cara con un hechizo y supuse que era sangre, porque tenía un fino hilo de ella corriendo por todo mi brazo. Una punzada en mi nuca comenzó a palpitar y debía ser producto de la caída cuando el encantamiento me había dejado casi inconsciente.
-¿Qué pasó? –pregunté con la garganta seca y pensé que mi voz debía ser patética.
Me di cuenta que todo estaba demasiado silencioso. Enfoqué mi vista sintiéndome mareada, pero logré ver que algunos estudiantes me miraban impactados, otros curiosos y más allá una figura se acercaba a toda prisa. Me recordó al caminar de la profesora McGonagall.
-No sé, hubieron gritos y-
-¡Luna! –tragué saliva y me mordí el labio inferior. Mi amiga no estaba por ningún lado y al ver un dejo de culpabilidad en la mirada de Malfoy-. ¡Se la han llevado!
-Si hubiera sabido… yo…
-¡Mortífagos han secuestrado a Luna! –grité antes de llorar.
N/A: Dije en alguna oportunidad que particularmente en este fic me podría demorar más en actualizar por el contenido de los capítulos. Para que vean que no mentía xD… Pues, no sólo me he demorado por buscar más detalles del secuestro de Luna en el tren (recuerden que al trío le cuentan que a Luna la raptaron los mortífagos cuando el tren había llegado a Londres para las vacaciones de navidad); si no que tuve un debate en inglés que me agotó el tiempo en ensayos, preuniversitario, colegio, etc. Pero, bueno, heme aquí.
Espero que se haya entendido un poco la forma que va tomando la relación de Draco y Ginny… Y además el porqué no se hablan tan seguido como se espera, si no que en semanas no se dirigen la palabra. Ninguno de los dos tiene la confianza necesaria para hacerlo, ni tampoco dejan de lado sus respectivos orgullos para darse el tiempo de conversar con sinceridad. Aunque, de a poco ya son un pelín más cercanos :).
Mil gracias por sus reviews, me anima mucho saber que les gusta el fic. Y también ya saben que acepto sus sugerencias, comentarios, pensamientos, correcciones de ortografía o cualquier cosa; con mucho gusto.
Un abrazo y hasta la próxima. ¡Adiós!
