Capítulo seis: Valor de la pureza de sangre
Un pequeño grupo de personas nos rodearon y tuve que apartarme de la pelirroja. La voz de una mujer de mediana edad era la que se escuchaba con más estruendo, aunque no estaba del todo seguro. Mi atención se había desviado hacia el andén: varias cabezas se asomaban por las ventanas de los compartimientos tratando de ver qué había ocurrido dentro del tren, y al parecer, un grupo de autores del ministerio no les permitían la entrada.
-... está bien. Sólo algo conmocionada y heridas leves -dijo la mujer observando a un hombre bajo y canoso-. No creo que sea necesario llevarla a San Mungo, pero sí hacerle una curación en...
Me puse de pie y miré a las cinco personas que estaban inclinadas sobre Weasley. A ninguna de ellas las conocía, pero asumí que la mujer era una medimaga por los términos que usaba y las indicaciones que daba.
-Señor Malfoy -me llamó una voz cortante a mis espaldas. Asustado que fuera otra persona revisando a Weasley, me di vuelta deseando que aún no se dieran cuenta de mi presencia-. Sus padres lo esperan en casa -dijo Selwyn, uno de los nuevos favoritos del Señor Oscuro.
Asentí parcamente. Lo mejor era que me retirara de la escena de los hechos lo más rápido posible, antes que me avistaran y me recluyeran en un incómodo interrogatorio. No sabía si ellos eran partidarios o acataban el nuevo régimen, por lo que no podía arriesgarme a que se dieran cuenta que yo había sido la única persona que se le había acercado a Weasley después del secuestro. Iban a sospechar de mí, aunque tuviera pruebas que no estaba involucrado en el asunto, ya que mi familia pertenecía al círculo de los fieles seguidores del Señor Oscuro. Tenía que huir.
Selwyn ya tenía mi baúl flotando a su lado, por lo que me dirigí lentamente hacía la salida. Contemplé el cuerpo de la pelirroja antes de irme. Sus llantos apenas eran audibles y se confundían con hipidos.
La salida estaba bloqueada por dos espaldas enormes. Selwyn ordenó que lo dejaran pasar y los hombres dieron un paso al lado, obedeciendo en completo silencio.
La suave brisa estival del andén me hizo salir de mi aletargamiento. Seguí a Selwyn, que caminaba rápidamente y llevaba el baúl flotando a escasos centímetros del suelo, sin importarle que a veces golpeara con él a una niña o un anciano.
-Creí que un elfo vendría a buscarme -dije alcanzándolo con largos pasos.
-Hubieron cambios de planes -sonrió burlón.
Llegamos a la pequeña central de red flu ubicada a un costado del amplio andén. No hubo necesidad de hacer una fila para ocupar una de las seis chimeneas habilitadas, ya que hacía más de una hora que el tren había llegado desde Hogwarts y ya casi todos los concurrentes habían arribado a sus hogares.
El viaje fue corto. Entre llamas verdes aparecí en la mansión, precisamente en el estudio de mi padre, donde él, mi madre y Selwyn me esperaban junto a la chimenea.
-Draco -mi madre me abrazó rápidamente. Apenas sentí el calor de sus brazos rodeándome, pero agradecía el gesto, ya que eso bastó para estar un poco más tranquilo. Últimamente el Señor Oscuro les había dado terribles misiones y castigos a mis padres debido a mi fallo en dar muerte a Dumbledore. Y cada noche, antes de dormir, pensaba en que los encontraría llenos de cicatrices y moribundos. Pero no. Ambos lucían bien, aunque mi madre bastante demacrada-. Por fin has llegado -dijo tomándome la cara para verme mejor.
-No hubo ninguna complicación para huir del percance -anunció Selwyn observando a mi padre. Éste asintió y preguntó si todo había salido según lo planeado-. Sí. El ministerio mandó un escuadrón de guardias para evitar que los concurrentes hicieran alboroto y les dieron facilidades a Callahan y Rowle de desaparecer con la mocosa sin tener más problemas.
-Lo último lo dices como si no todo hubiera sido tan fácil -comentó mi padre frunciendo el ceño.
Las delgadas manos de mi madre se deslizaron por mis mejillas hasta que me hubieran liberado del contacto. Pude enderezarme y observar con más atención a ambos hombres, quienes ahora caminaban hacia el escritorio de mi padre.
A pesar que mi familia había sido desonrada con el incumplimiento de mi única misión, aún había mortífagos que nos tenían respeto. Eran pocos, pero existían. Uno de ellos era Selwyn. Su familia había trabajado por generaciones en las múltiples empresas de los Malfoy y mantenían un fuerte agradecimiento por nuestra hospitalidad. No se traba de hospitalidad, verdaderamente, sino de una especie de relación de vasallaje, por lo que el joven siempre nos había mostrado su fidelidad y estima.
-La hija de Lovegood iba acompañada de Longbottom y Weasley -dije atrayendo la atención de todos. Por un momento pensé en lo extraño e irónico que tantos ojos se posaran sobre mi persona. Antes siempre llamaba la atención porque me odiaban o porque me idolatraban; ahora eran contadas las ocasiones, pero si las había, eran con repudio y desdén-. Callahan se encargó de Longbottom mientras que Rowle tuvo que perseguir a Weasley, que trataba de llevarse a Lovegood -al menos eso escuché que comentaban unos niños de Hufflepuff sobre Longbottom antes de salir del tren asustados.
La boca de mi padre se crispó de asco.
-Los traidores de sangre siempre dan problemas. Meten sus narices donde no los llaman -musitó entrecerrando sus alargados ojos-. No sé qué es peor: los sangre impura, los mestizos o los traidores. Sangres pura que manchan su linaje con tales... mediocridades.
-¿La menor de los Weasley? -habló mi madre pensativa. Asentí vagamente-. Según lo que sabía, mantenía una relación con Potter.
La mención de la relación que Weasley tenía con Potter me hizo moverme incómodo. No sabía si seguían juntos, pero me parecía lo más lógico. Ella siempre había besado el suelo por donde cara rajada caminaba desde su primer año. Además, respondía a mis insultos contra Potter con ahínco y el otro día en la biblioteca observaba los titulares con su nombre muy triste.
Mi padre volvió a decir algo sobre los traidores de sangre y le agradeció secamente a Selwyn por haberse ofrecido a buscarme a la estación de trenes. Presumí que el secuestro de Lovegood estaba planificado desde hacía semanas. Y no podía mentir diciendo que me sorprendía, puesto que me lo esperaba. Las columnas de opinión del señor Lovegood en su revista de cuarta clase eran un grito nada silencioso que llamaba a los seguidores del nuevo régimen a encargarse del asunto.
Una vez que Selwyn desapareció, mis padres me dijeron que fuera a mi habitación a cambiarme porque el almuerzo estaría listo dentro de media hora. Un elfo doméstico entró al estudio caminando con lentitud y bastó con chasquear sus dedos para que el baúl se levantara del suelo.
Seguí al elfo en completo silencio y reprimiendo un bostezo. La mansión estaba exactamente igual: cortinas de gamuza perfectamente limpias, los cristales de los adornos brillaban, la alfombra verde que se extendía por toda la escalera no tenía ningún agujero, y hasta los pliegues de las enroscadas formas de los pomos de las puertas no tenían ni un atisbo de suciedad.
-Bienvenido a casa, amo –dijo el elfo mientras hacía que el baúl flotara hasta llegar a los pies de la cama e hizo una reverencia antes de desaparecer entre pequeñas florituras de humo blanco.
Abrí el enorme armario de madera oscura y busqué una túnica limpia. Pensé en darme una ducha, porque me sentía sucio por el hollín, pero decliné la idea pensando que no sería conveniente hacer enfadar a mi padre demorándome para almorzar. Una de las cosas que más le importaba a mi progenitor era la puntualidad. Y la limpieza, agregué observándome en el espejo ovalado que colgaba junto a la ventana. No lucía sucio, pero sí cansado.
Fue entonces cuando sentí un fuerte dolor en mi cuello y en los hombros. Me sentí como si hubiera cargado enormes bolsas llenas de piedras o algo parecido. Empero no debía extrañarme, ya que la tensión que había vivido en el tren fue demasiado repentina y fuerte. Era obvio que sentiría las consecuencias al preocuparme por… Weasley.
Me costaba admitirlo, incluso el simple pensamiento de haber salido de mi compartimiento para socorrer a la chica me hizo estremecerme de asco. No, no se trataba de preocupación. Se trababa sólo de curiosidad. Sí, curiosidad. Una de las máximas características del ser humano, la característica que le había valido sufrimientos y descubrimiento en la larga historia de la humanidad.
Me pregunté si mis compañeros estaban al tanto de que se secuestraría a Lovegood el día de hoy. No me extrañaba que yo no estuviera al corriente, puesto que mi lugar en la escala de fieles había caído hasta ser uno de los tantos en el escalafón más bajo; estaba en la base de la pirámide. Sin embargo, ellos debían saber. Al menos Pansy o Blaise, ya que el resto eran unos inútiles, buenos para nada que sólo traerían problemas si sabían del ataque.
-El almuerzo está servido, amo –anunció el elfo asustándome un poco. Me giré y vi que sólo había humo en la esquina del cuarto.
El almuerzo fue calmado. Sólo se escucharon los cubiertos cuando se dejaban encima del plato o chocaban contra los vasos por casualidad. Me llamó la atención que la tía Bellatrix no estuviera, ya que antes de irme a Hogwarts me había dicho que vendría a vivirse a la mansión por petición expresa del Señor Oscuro, pero asumí que se encontraba en una misión y no me atreví a quebrar el enorme silencio que se cernía sobre nosotros.
-¿No estás en el equipo de quidditch, Draco? –me preguntó mi padre mientras terminaba de beber su café. Su voz era demasiado casual.
-Te lo dije en una carta, padre –dije tratando de sonar indiferente ante el hecho-. Ya no pertenezco al equipo.
En su mirada había algo de vergüenza, pero me convencí que sería imposible que él sintiera eso. La culpa había sido mía; yo había fallado, yo había deshonrado el apellido familiar, yo marqué nuestro futuro como unas escorias en el mundo mágico. Yo era el culpable; no mi madre o mi padre o la tía Bellatrix. Simplemente era yo.
-Mañana haremos una cena –dijo mi madre con una clara intención de cambiar el tema-. Vendrán todos nuestros amigos –es decir, que todos los mortífagos venían. Claro, no se presentaría el Señor Oscuro en la mansión o sus fieles con más rango; pero la gran mayoría asistirían-. La familia Parkinson y Nott también vendrán.
-No me llevo bien con ellos, madre –repliqué.
-¿En serio? –inquirió luciendo genuinamente sorprendida-. Pansy y tú eran muy cercanos el año pasado.
-Sí, bueno… El año pasado cambió todo –dije limpiándome la boca con la servilleta-. Permiso, iré a mi cuarto a descansar un poco.
Me retiré del salón lo más rápido que pude, porque no quería escuchar uno de los comentarios cargados de cólera de mi padre. Desde que tenía memoria era así. Él creía que yo no escucharía al estar de espaldas y comenzaba a despotricar en contra del ministro de magia o del director de la escuela o de cualquier persona.
-Los Parkinson son hipócritas –dijo lanzando una carcajada-. En cualquier momento podría revelarle a toda la sociedad mágica que tienen un squib entre sus últimas generaciones y ahí verán quiénes son los rechazados de la comunidad.
Al menos no tenían tantos traidores de sangre como la nuestra. La familia Black está llena de traidores, pensé amargamente antes de desaparecer por las puertas del comedor.
OoOoO
Los elfos habían puesto un enorme árbol de navidad en una esquina del salón principal: estaba decorado con bolas y perlas plateadas, y con algunos retoques de nieve en las puntas del pino. Era imponente, gigantesco. Se parecía muchísimo al que teníamos en la sala común de Slytherin; un árbol de navidad sofisticado, elegante, minimalista.
También habían dispuesto varias mesas llenas de canapés, salsas variadas y aperitivos; que prácticamente nadie había tocado porque la mayoría hablaban en voz baja en pequeños grupos.
Agité lo poco que quedaba de licor de dragón en mi copa y la puse a la altura de mis ojos. Vi la figura distorsionada de mi madre caminando entre los invitados, interviniendo en sus conversaciones para sonreír y preguntarles cómo estaban, si se les ofrecía algo y para enterarse de los últimos chismes que traían consigo los asistentes. Una verdadera pena era que casi todos le decían que no necesitaban nada con un semblante cínico y seguían en su tema de conversación apartando a mi madre, hasta conseguir que ella se fuera.
Siempre eran así las cenas de la elite del mundo mágico. Círculos cerrados, conversaciones apenas audibles, hostilidad palpable. Por eso había agradecido que mis padres me dejaran faltar a esos odiosos eventos, pero como recién llamado adulto, debía estar presente. Aunque fuera para que todos me observaran de reojo con desidia antes de volver a sus superfluos diálogos.
Cobarde, vergüenza para los Black, mal nacido, paria. Sí, podía adivinar sus pensamientos sin necesidad de saber utilizar Legeremancia.
Volví a darle otra mirada a los presentes, en un movimiento para no quedarme dormido. Y aún me quedaba la tediosa cena navideña, pensé con desgana. No me encontré con ninguna cara que me suscitara ánimos para seguir allí –o que me mirara con algo de simpatía-, por lo que decidí salir al balcón para tomar un poco de aire fresco. Después de todo, quedaba más de una hora para que sirvieran la cena y si me iba a mi cuarto, mi padre me retaría por la demostración de falta de educación.
-Ah, Nott –dije una vez que me encontraba en el balcón. El chico se giró y me vio con sus ojos oscuros impenetrables.
-¿No has soportado el ambiente de adentro, verdad? –preguntó sin sonreír, pero un brillo en su mirada me informó que de ser más expresivo, lo hubiera hecho.
-Algo así –murmuré situándome en la baranda y miré hacia el cielo.
Hacía muchísimo frío y las nubes grises se arremolinaban por todo el firmamento celeste, dando señales que llovería en toda la ciudad sin excepción.
Luego, observé a mi compañero. Theodore Nott era uno de los mejores estudiantes de mi año, siendo digno de admiración por todos los Slytherins, incluso cuando no perteneciese a los seguidores del Señor Oscuro. Nunca había sabido por qué no era uno de nosotros, pero se lo atribuía a algo predecible viniendo de él. A pesar de tener una familia acomodada y bien podría usar el poder de su sangre pura sobre muchas escorias de la escuela, él permanecía al margen de todas las rencillas. Era casi invisible. No se metía en peleas ni discusiones, evitaba hablar de política y se limitaba a estar presente en las reuniones que nuestro jefe de casa convocaba en ocasiones extraordinarias. La única persona con la que se juntaba regularmente era Daphne Greengrass, pero sólo a veces los había visto conversando, ya que la mayoría del tiempo estaba solo o estudiando en algún rincón de la sala común.
-¿Qué ocurre? –me preguntó volteándose hacía mí.
-Nada. Es sólo que… me preguntaba por qué nunca fuimos amigos –dije lentamente.
-¿Lo dices porque ahora no tienes a nadie de tu lado en nuestra casa? –inquirió con tacto, aunque sin remordimientos.
Era extraño que alguien me lo dijera frente a frente. La única persona que era así conmigo era Weasley.
-No –negué pensativo-, sólo pensé por qué nunca lo fuimos siendo que, en su momento, nuestras familias gozaban de mucho poder en la comunidad mágica.
-Es simple, Malfoy –se alzó de hombros, como si se tratara de un simple movimiento de varita para lograr el hechizo-: tenemos prioridades diferentes. Creencias distintas.
¿A qué se refería? Las familias de sangre pura –sin contar a los traidores, por supuesto- tenían una formación muy parecida. La tradición, la lealtad, el orgullo, la elite; todo eso buscábamos. Todas esas eran nuestras prioridades para proteger lo más preciado, lo que nos diferenciaba de los demás: nuestra pureza.
Al ver mi expresión de desconcierto, suspiró y se dio media vuelta, para dejar que la parte baja de la espalda se apoyara en la baranda del balcón.
-Mi prioridad en la vida es ser mejor que los demás.
-Igual que yo –dije-. Igual que todos los sangre pura.
-No es así –observó cauteloso hacia la ventana, asegurándose que nadie nos estaba escuchando o vigilando-. Ustedes ven la sangre como lo determinante, lo que nos hace superiores ante el resto –asentí y dije que de eso se trataba-. Pero yo veo como lo determinante a la inteligencia y astucia. No la pureza de la sangre.
La voz de mi padre exclamando que una de las peores calañas en el mundo eran los traidores de sangre me perforó los oídos. Fruncí el ceño repitiendo las palabras de Nott nuevamente en mi cabeza y a la única conclusión a la que llegaba era que se trataba de un traidor.
Él soltó una corta risa antes de añadir:
-Apuesto a que piensas que soy un traidor.
-Sería estúpido creer lo contrario. No tiene sentido lo que dices –me defendí rápidamente.
-Pues, para ser un traidor, debería renegar mi sangre y adorar la impura –hablaba como cuando le respondía una pregunta al profesor Slughorn en clases-; pero nunca he dicho que apoyo a las sangres impuras. Simplemente ignoro esa burda característica. Veamos si puedes responderme a esto, Malfoy: ¿cómo es posible que individuos de sangre pura sean tan detestables y aún más despreciables que los muggles?
Había montones de los que entraban en esa categoría, sólo bastaba que me pidieran dar cincuenta ejemplos y los daría sin problemas. Muchos magos de sangre pura eran repugnantes, estúpidos, groseros. A veces me preguntaba por qué existía gente así, era un desperdicio de cuerpo y magia. No sabían hacer nada bien, eran molestos y sólo causaban conflictos.
Desvié la mirada del escuálido chico junto a mí y observé nuevamente el cielo. Ya iba a nevar, en cualquier momento los amplios jardines de la mansión se cubrirían de un manto blanco.
-¿Se te ha ocurrido algo?
-Es la pregunta más idiota que podrías hacerme, Nott –respondí bufando. No se me había ocurrido ninguna razón de peso para decirle.
-Por supuesto que lo es, porque eso demuestra que la pureza de sangre no es más que una característica. Sin embargo, no marca la diferencia entre magos. Si no puedes darme una respuesta lógica del porqué existen magos sangre pura, que idolatran su nobleza y nunca favorecerían a mestizos o impuros, sean peores a los muggles en todos los sentidos; sin que cometas falacia, entonces te convertirías en el nuevo icono de culto –volvió a reír, y me escrutó con atención-. Vamos, ¿no lo habías pensado antes?
Si me hubiera atrevido a darle un discurso semejante a mi padre, podría estar seguro que el castigo que me dio el Señor Oscuro tras mi fracaso en mi misión sería una broma en comparación con la tortura que él me daría por osar siquiera a cuestionar lo que ha sido la doctrina, el símbolo, el objetivo, el orgullo familiar.
-Siendo sincero: no –confesé en voz baja. Junté mis manos sintiendo algo de frío-, es mucho más fácil vivir lo que te inculcan desde la cuna sin poner en duda nada –él asintió en silencio-. ¿Es por eso que no eres amigo de nadie, en la escuela? Siempre estás solo.
-Nadie comparte mi creencia, y sería realmente ridículo si tratara que me comprendieran. En especial, a esta edad donde la mayoría ya parece tener definida su elección respecto a qué obstáculo vencer para progresar en el futuro… Además, es más divertido escuchar sus insulsas conversaciones sobre la pureza de sangre.
-¿Y tu padre lo sabe?
-No, pero no le importaría de todas formas escuchar mi opinión –suspiró cansinamente-. Me dio la libertad de llevar mi apellido a mi manera, no cargando con su legado.
-Es por eso que… no perteneces a…
-Encuentro realmente grotesco la existencia de la idea de matar a inocentes por la pureza de sangre –sentenció con mucha convicción-. Los mejores son los que con su inteligencia y astucia vencen a los demás, los que pueden obtener más conocimientos y usarlos a su favor para conseguir sus intereses, ya sean personales o comunes. Es una demostración de inmadurez e ignorancia que le den tanto valor a un elemento que a final de cuentas no hace diferencias a la hora de medir a las personas exitosas en la vida. Siempre se evalúa la inteligencia, no la lealtad a un sistema sin pies ni cabeza. Se valoriza la astucia, no la pureza de sangre.
Quizás por eso tantas personas no aceptaban la sangre pura como determinante de la magia, tal vez por esa razón muchas personas traicionaban a su linaje y apoyaban a los impuros en señal de protesta. Muchos Black, mis antecesores, habían optado por no darle importancia a la pureza o a apoyar los derechos de los muggles. Y todos sin excepción habían sido eliminados del árbol genealógico, eran un tema prohibido en la familia hasta que su existencia no quedaba más que en el olvido.
Y de cierta forma, Nott tenía razón. Muchos hijos de muggles o mestizos eran más inteligentes, agraciados, astutos y exitosos que otros hijos de sangre pura. A mi mente me vino la imagen de la sucia de Granger, como la estudiante estrella de la generación, y no pude evitar pensar que la chica podría ser una sangre sucia, una insufrible sabelotodo, poseedora de un carácter que me sacaba de quicio cada vez que hablaba en clases; pero era muchísimo más inteligente que, incluso, mis propios compañeros de casa. Incluso, en Slytherin se valorizaba la astucia, no la pureza de sangre, y por esa razón habían algunos mestizos o hijos de muggles, eran la minoría, pero estaban en la casa por completar los requisitos del mismísimo Salazar Slytherin.
Entonces, recordé también que los mayores movimientos en la historia de la magia se habían llevado bajo doctrinas ignorantes y poco elaboradas. Ideas progresistas que ensalzaban a algunos, pero que a la perspectiva de miles de años posteriores no eran más que ideas vacías y perjudiciales para otros. El mismo régimen actual podría ser considerado uno de esos movimientos ignorantes y odiados en un futuro cercano. Bueno, claro si el Señor Oscuro era derrocado de su lugar.
-Hablas como todo un Slytherin –comenté tratando de no perderme en mis cavilaciones.
-Gracias –volvió a suspirar y se compuso su postura-. Parece que la cena va a empezar. Entremos antes que piensen que planeamos aliarnos con Potter para acabar con todo lo que han logrado en estos meses.
En la cena no hablé nada. Estaba sentado junto a mi madre y las tímidas conversaciones rebotaban en mí con facilidad, ya que me encontraba demasiado ocupado pensando en lo que había hablado con Nott.
De pronto, sentía que las convicciones de mi padre estaban realmente equivocadas. Los traidores de sangre eran tan despreciables como los sangres puras que no valoraban nada más que en linaje sanguíneo, porque se apoyaban en el mismo elemento: sangre. Sólo sangre. Algo tan fácil de perder como cortando las venas, tan asqueroso al gusto, tan acuoso a la vista.
Entonces, todo lo que me habían enseñado desde niño era una vil mentira. Y todo por lo que ahora supuestamente luchaba lo era.
Me estremecí al pensar en desafiar al Señor Oscuro y a sus más fieles diciéndoles que sus ideales eran una demostración de su ignorancia. Sería una sorpresa si realmente uno se hubiera atrevido a hacerlo, ya que los únicos que lo desafiaban eran sus adversarios declarados. Como cara rajada Potter, o el fallecido Dumbledore o los Weasley.
¿Cómo estaría Weasley? El recuerdo de la sangre que caía desde su nuca tiñendo la alfombra del corredor del vagón era demasiado vivido. Su mirada desenfocada y su voz mareada al preguntarme qué había pasado era como si las tuviera a mi lado. Y su llanto amargo al darse cuenta que su amiga estaba a manos de los seguidores del Señor Oscuro –mortífagos, como ella los llama sin un pelo de miedo- hacía eco en mi mente causándome que el estómago se me encogiera. Ella estaría bien, traté de tranquilizarme. Siempre salía de los problemas y ésa no sería la excepción.
Lo aceptaba: me daba algo de pena que hubiera terminado así por defender a su amiga hasta las últimas consecuencias. Pero, ¿qué esperaba? El señor Lovegood había firmado la desgracia a su familia cuando osó a publicar esos artículos. Y la censura de prensa era una cruel realidad estos días.
-Un gusto, Malfoy –se despidió Nott con un movimiento de cabeza mientras mis padres se despedían de los suyos y había un gran movimiento en el salón, porque muchos ya se retiraban.
-Lo mismo digo –por primera vez pasaba algo interesante en una de las tediosas cenas de mis padres-. Nos vemos en la escuela.
Nott abrió un poco los ojos, luciendo sorprendido por mis palabras; pero sólo se limitó a asentir y a seguir a sus padres para ir a una chimenea.
No sabía muy bien por qué, pero ansiaba que llegara el día de volver a Hogwarts. Estaba seguro de que no se trataba de subirme a ese tren escarlata, ni de sentarme en el Gran Comedor a sentirme como un bicho raro entre mis compañeros. Tampoco se trataba de las clases; era algo completamente distinto: la conversación con Nott me había demostrado un pensamiento que ciertamente me parecía más lógico que el que vivía desde mi nacimiento.
Pero, casi sin proponérmelo, dejé que la imagen de Weasley se colara en mi cabeza al pensar en Hogwarts. Y sentí que mis labios se curvaban en una sonrisa. Sólo fue por un momento, sólo por unas fracciones se segundos me permití ver a la pelirroja en mi cabeza antes de escuchar a mi padre despotricando contra alguno de los invitados.
N/A: Los nombres de mortífagos usados en este capítulo fueron usados por JKR en los libros. Visité ElDiccionario(punto)org y elegí los personajes que tenían las características más cercanas a cómo necesitaba que se desenvolvieran aquí.
Este fic se me estaba haciendo realmente difícil de sacarlo adelante, puesto que de alguna forma el hilo argumental se fue al caño y tuve que replantearme todo. Pues, a medida que escribí este capítulo con los dientes apretados, se me ocurrió cómo llevar la historia y volveré a reescribir un esquema. Espero que esta vez sea definitivo y así no tenga que demorarme más de lo deseado. Mil disculpas por la tardanza (me la paso disculpando en cada actualización xD).
Millones de gracias a todos los que me dejan sus reviews. ¿Y qué esperan para mandarme sus opiniones? Les digo que reviews hace bien para el alma y no causa enfermedades. En serio, gente; no miento.
Hasta la próxima, adiós.
