Capítulo siete: Atisbo entre el pasado y hoy

-Nos vemos, Ginny –dijo Fred dándome unas palmadas en la cabeza, como si fuera una niña pequeña-. Estudia mucho…

-… no te metas en líos…

-… come toda tu comida…

-… y no te fijes en chicos…

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.

-Porque los hombres sólo traen problemas –completaron al unísono.

-Creo que ustedes son uno de los mejores ejemplos de ello –comenté riéndome. Ellos se alzaron de hombros y George me dijo que era su encanto natural ser problemático para la sociedad-. Mucha suerte, en todo –les guiñé un ojo, enfatizando lo último.

Me había sorprendido gratamente saber que mis hermanos dirigían un programa radial, Potterwatch. La primera noche que los oí, no pude dejar de reírme y sentirme entusiasmada, puesto que Lee Jordan y ellos transmitían las noticias que los medios de prensa establecidos no podían gracias a la censura. No era el simple hecho de informar sobre la real cantidad de muertes ni de las novedades de quiénes estaban siendo manipulados en el ministerio, sino que era la osadía que tenían para desafiar el sistema. Los gemelos siempre habían sido así: desafiantes, casi anarquistas. Y este programa era fiel reflejo de su personalidad. "Pienso que el tal Señor-de-las-tinieblas, nuevo apodo que le hemos dado, podría haber sido más original y cambiar a la cara-de-sapo, Umbridge, formalmente llamada, por un rostro más fresco y juvenil. Cada día nos acercamos al nuevo milenio y sigue con la misma tropa de momias andantes. Ahora el ministerio se transformara en un museo con la colección de vestigios del pasado." Eso fue lo primero que escuché de boca de Fred y supe cuán necesario era ese programa para todos los que creían que Voldemort debía caer; que aún había esperanzas.

George me abrazó sin previo aviso. Sentí los brazos de mi hermano apretarme con cuidado, mientras que sentía también los brazos de Fred por la espalda.

-Cuídate mucho, hermanita –me dijeron en voz baja.

-Lo mismo podría decirles a ustedes, pequeños rebeldes –respondí con voz ahogada, tratando de sonar animada.

-Sabes lo que queremos decir… -George me miró muy serio-. Cuando decimos que no te metas en líos, es verdad. Mamá ya enloqueció cuando te vio llegar con…

-El punto es que no queremos ir a recibirte a San Mungo, Ginny –sentenció Fred sonriéndome cariñosamente-. Eres lo suficientemente inteligente para alejarte de los peligros, pero de todas formas te lo advertimos igual.

Evité la mirada de los gemelos. El breve período de tiempo que había estado con mi familia, esas miradas llenas de preocupación era habituales y me estaban volviendo loca. Recordaba muy bien que cuando mis padres me preguntaron por qué me había involucrado en el altercado, les grité que era lo que debía hacer. ¿Cómo iba a dejar que a Luna…? Mi amiga Luna, mi mejor compañera, mi confidente. Mi Luna estaba a manos de esos cerdos asquerosos.

Tomé mi baúl y traté de componer un semblante sereno para mis hermanos.

-Saludos a todos. Nos vemos –dije convincentemente feliz.

-¡Adiós, hermanita! –se despidieron haciendo señas con las manos.

Les di la espalda y me dirigí al tren. Había menos estudiantes que de costumbre y pensé que era obvio, ya que el día previo a navidad hubo un asesinato de diez personas en el Callejón Diagon, a plena luz del día. Ni la censura de prensa ni la opresión de los mortífagos impidieron que la noticia volara rápidamente por toda la comunidad mágica. Más padres debían estar aterrados de mandar a sus hijos lejos de su lado. "Hogwarts es el lugar más seguro, Arthur" replicaba su madre todas las noches, cuando éste le preguntaba a su esposa si dejarían que Ginny siguiera asistiendo a la escuela.

-¡Ginny!

Neville corría hacía mí desde uno de los extremos del vagón. Lucía cansado, pero se veía saludable. Me saludó y tomó mi baúl a pesar que le dije que podría llevarlo yo misma.

-Conseguí un compartimiento y te guardé un lugar, así que vamos –se adelantó y empezó a caminar hacía la dirección que lo había visto-. ¿Cómo fue tu navidad? ¿Muchos regalos?

-Bien, nada especial –respondí bufando después de fallar por tercera vez en quitarle mi baúl. No valía la pena seguir insistiendo-. ¿Y las tuyas?

-Lo mismo. Mi abuela hizo un pavo asado exquisito… Me regalaron un nuevo caldero, lo que es realmente estúpido. Sabes cuánto odio las pociones o prepararlos o lo que esté relacionado con ellas –dijo entre risas.

Nos detuvimos y abrió la puerta de un compartimiento. Con la mano me señaló que entrara, pero le dije que él accediera primero. Arrastró el baúl y lo tomó sobre su cabeza con mucho esfuerzo, buscando un lugar donde dejarlo mientras oía algunas voces adentro.

Caminando por el pasillo vi una figura alta que venía hacía mí. Su lustroso pelo rubio casi brillaba y combinaba a la perfección con su túnica limpia. La varita la traía apuntando al baúl, que flotaba detrás de él mientras miraba a través de las ventanillas un compartimiento vacío.

-Listo, Ginny –anunció Neville tomándome del brazo.

Los fríos ojos de Malfoy se enfocaron en mí al oír que Neville me llamaba. Aminoró sus pasos y estaba a pocos metros de mí, observándome fijamente. Primero mi frente, como si buscara algo y luego su mirada se encontró con la mía causándome exaltación.

-Claro –le dije a Neville y sonreí. Le sonreí al mismísimo Draco Malfoy antes de voltearme y entrar al compartimiento.

Parvati Patil y Lavender Brown me recibieron con una pequeña sonrisa. Junto a ellas estaban Seamus Finnigan jugando con una pequeña bola de cristal, parecida a un recordatorio. Al frente de él se encontraba Michelle, una compañera de mi curso, quien al verme suspiró aliviada.

Le dirigí una mirada extrañada a Neville y me senté junto a Michelle. Ella me saludó preguntándome cómo había pasado la navidad y le dije lo mismo que a mi amigo, pero con un tono más neutro.

-¿Somos los únicos de séptimo y sexto año de Gryffindor? –pregunté pasando mi mirada sobre todos los presentes. Lavender asintió en silencio-. No puede ser… ¿Y qué pasó con el resto, Michelle? –me giré a la chica sabiendo que sería innecesaria la respuesta, era casi obvia.

-Supongo que sus padres creen que es más seguro en sus casas que en Hogwarts –dijo con un hilo de voz.

El tren emitió un silbido y empezó a moverse. El paisaje se hizo borroso y después de pocos minutos nos sumergimos en un lugar verde, lleno de montañas.

Seamus seguía jugando con el recordatorio en silencio mientras que Neville hacía un crucigrama de una revista que no conocía. Por un momento pensé que se trataba de El Quisquilloso, pero sería estúpido de su parte tener esa revista aquí siendo que esa fue una de las razones principales por la cual habían tomado a Luna como rehén. Y ahora que lo meditaba, la revista no había vuelto a tener nuevos ejemplares. Mis padres habían tratado de contactarse con el señor Lovegood, pero no les devolvía las cartas y había bloqueado la chimenea. Mamá había pensando en ir a su casa, pero Bill le dijo que no. Si él no quería hablar con nadie, se respetaría. Después de todo, estaba a punto de perder a su única hija a manos de mortífagos. Algo no me calzaba en todo eso: la incomunicación del señor Lovegood. Estaba segura que él no haría eso, le pediría ayuda a la Orden del Fénix, iría al mismísimo ministerio a enfrentarse a quien fuera para recuperar a su hija. Había gato encerrado en el asunto.

-Er… ¿Ginny? –la voz de Parvati me hizo volver a la realidad y la miré. Sus ojos oscuros me escudriñaban insistentemente y me di cuenta que también Lavender y Michelle me miraban así. ¿Acaso tenía tres brazos o alguna deformidad? Me crucé de brazos esperando que dejaran de hacerlo, me estaban poniendo nerviosa, pero fue la misma Parvati la que habló-. ¿Cómo estás? –fruncí el ceño sin entender nada-. Digo… Todos sabemos que estuviste participando en lo que pasó el día que llegamos a la estación King Cross y…

-¿Quieren saber cómo terminé perdiendo la consciencia? –inquirí sin ocultar una gota de desdén en mis palabras-. ¿O cómo fue pasar toda la maldita tarde en el hospital bajo observación?

-Ginny –dijo Neville dejando de lado su revista. Me miró duramente, como nunca antes lo había hecho y me hizo cerrar la boca de inmediato-. Por favor, no te comportes así. Sólo quieren saber si estás bien. Al menos yo lo estoy porque sólo me tumbaron en el suelo, pero tú… -movió la cabeza buscando la manera de terminar la oración-, pero lo tuyo fue más grave.

-Estoy bien. Tuve un golpe en la cabeza, nada grave.

En San Mungo me había topado con Colin y su familia. Al verme con unos vendajes en la cabeza, se acercó corriendo a las sillas donde nos encontrábamos mi madre, los gemelos y yo. No pude decirle lo que me había pasado, aún estaba traumatizada por el secuestro de Luna y los gemelos tuvieron que relatárselo a grandes pinceladas. El chico preguntó si estaba bien, y yo asentí diciendo que me darían unas pociones para cerrar la herida de la cabeza y en dos días ya no tendría heridas en los brazos. Los padres de Colin se acercaron también a nosotros y se quedaron con mi madre, mientras que los gemelos iban a la cafetería a comprar algo para beber.

-No volveré a Hogwarts –me confesó mi amigo y yo dije que no me sorprendía, pero bajé la mirada triste-. Ya atacaron a Dennis y mis padres no quieren que vuelva. Aunque me encantaría regresar a Hogwarts… -lo miré confundida-. El mundo está en guerra, Ginny. Cada vez es más difícil permanecer a salvo siendo hijo de muggles. Al menos en la escuela contaba con Neville, con Luna, con los que aún creían en que podemos ganar… contaba contigo –me sonrió débilmente-. Siempre has protegido a todos, Ginny. Te admiro por eso. No tienes miedo a enfrentarte a los enemigos, a obtener heridas por tus seres queridos –dijo observando mi vendaje-, a arriesgarte por los demás. Mis padres no estaban en riesgo. Ellos apenas conocen el mundo mágico y pueden permanecer al margen de todo, pero ahora… yo en casa… -suspiró y se golpeó suavemente la cabeza-. Qué va. Estoy hablando cosas deprimentes. Prométeme que les mandarás mis saludos a todos y que te recuperarás. Tienes que estar en buenas condiciones, en especial cuando son las festividades.

Cerré los ojos reprimiendo un gruñido. Últimamente me estaba enojando con toda la atención que me brindaban por lo que había ocurrido. Mi familia me cuidaba como si fuera una muñeca de porcelana y ahora mis compañeros me miraban como si fuese una leyenda viviente o algo parecido.

-De todas formas, no es bueno hablar de estos temas aquí –dije a modo de disculpas por mi actitud-. No es un lugar seguro.

-Tienes razón –Parvati asintió y miró a Lavender-. Lo sentimos, Ginny.

-No importa –mascullé torciendo los ojos al observar esa mirada de complicidad que intercambiaban las chicas. No tenía idea ni tampoco quería saber qué pensaban, sólo debía ser algo realmente estúpido.

Me giré hacia la ventana. No le presté mucha atención a lo que conversaba Neville y Lavender. Solamente podía pensar en que los meses que quedaban en Hogwarts iban a ser muy difíciles. Muchos estudiantes no asistirían; entre ellos Colin y Luna. Al nombrar a mi amiga me sentí fatal. La Orden no había encontrado ninguna pista de ella, y su padre no quería colaborar con la investigación… ¿Dónde podría estar Luna?

OoOoO

Como Michelle era la única compañera de mi curso, estaba con ella todo el tiempo. Nos sentábamos juntas en clases y en el gran comedor; cuando una quería ir al baño en el receso, la otra la acompañaba. Para mí era demasiado extraño, porque mi único amigo era Colin. No me llevaba mal con mis compañeros, pero usualmente solía estar con Colin y nunca había tenido tanta compañía femenina como la que tenía en el mes de vacaciones que me juntaba con Hermione Granger.

-¿Qué te ocurre? –me preguntó Michelle al ver que fruncía el ceño.

-Er… nada –dije toscamente. Estaba segura que me retaría si le decía que pensaba en cómo estarían Harry, mi hermano y Hermione. Ella fue una de las primeras en decirme a principios de año que no podía deprimirme por algo así-. Sólo pensaba en qué pasará con el equipo de quidditch –mentí, aunque me preocupaba realmente. Era una de mis menores preocupaciones, pero sí existía.

-Es cierto –asintió rápidamente-. Se me había olvidado que aún no aprueban el equipo. ¿Qué pasará si el director no lo hace?

-Ravenclaw pasará inmediatamente a la final con Slytherin –contestó una voz a mis espaldas.

Demelza Robins me miraba seriamente. Saludó a Michelle con un rápido movimiento de su mano y se colocó a mi lado con sonoras pisadas.

-He pedido una reunión con la dirección –anunció sin rodeos.

-Que tengas buena suerte –contesté sin saber qué decir, ya que dudaba que nos permitieran formar el equipo legalmente.

-Y tú vendrás conmigo.

-¿Qué? –me detuve. Demelza se giró y alzó una ceja desafiante mientras que Michelle nos miraba un poco asustada. Y no podía culparla por ello. Ambas teníamos un carácter difícil, en especial cuando se trataba de deportes-. ¿Estás loca?

-¡Tú eres la capitana del equipo, Ginny! –replicó como si fuera lo más obvio.

-Sí, y me odian. La dirección de detesta –hubiera querido decir "mortífagos que formaron un cuerpo directivo tirano", pero me mordí la lengua para ser lo más cuidadosa posible en mis palabras-. Te dije antes del partido entre Slytherin y Hufflepuff que no lo haría, Demelza. Es tan estúpido como... –como mandar a Harry a hablar serenamente con el asqueroso Severus Snape.

-Por eso te acompañaré a la reunión.

Miré a Demelza como si hubiera sido la primera vez que lo hubiera hecho en muchísimo tiempo: tenía una sonrisa burlona asomándose por sus labios, seguía parpadeando con insistencia dándole la apariencia de una niña pequeña. Era la misma chica que había conocido el año pasado; la misma que se presentó como una de las mejores cazadoras y que quería desafiarme a anotar más puntos que ella en el primer entrenamiento.

¿Y qué había pasado conmigo? No me sentía la misma que se río de Demelza y le dijo que en sus mejore sueños podría ganarme. Era una persona distinta; una persona que se divertía con sus amigos, que se escabullía de los estudios para estar con su novio.

-Como sea –mascullé alzándome de hombros.

-¿Eso es un sí? –preguntó acercándose. Asentí no muy convencida que fuera una buena idea-. ¡Oh, Ginny! –me abrazó y dio unos saltitos de alegría-. ¡Ésa es mi Ginny! No temas por nada. Haré un punteo con las principales ideas a exponerles a los de la dirección, lo lees y practicaremos todos tus gestos… así no harás nada que los moleste y podremos tener el equipo de Gryffindor con toda legalidad.

Luego que Demelza se fuera porque tenía clases de Encantamientos, nosotras seguimos nuestro camino a la torre de Gryffindor.

Una parte de mí ansiaba que el equipo volviera a formarse; que pudiéramos reunirnos, entrenar, planear jugadas y vivir toda esa energía antes de los partidos. Los mejores momentos de mi vida los había vivido sobre una escoba y con una quaffle en mis manos. Y ahora que lo pensaba, hacía bastante que no jugaba. Casi seis meses… desde el último partido del año pasado. La celebración de ese partido fue un momento inolvidable; el sentimiento de haberle quitado la snitch en sus narices a Cho Chang, la copa en mis manos, los brazos de Harry alrededor de mí…

Llegamos a la sala común y sólo había un par de niños de primero alrededor de la chimenea jugando snap explosivo. Me pareció raro que tuvieran ese juego, ya que era uno de la larga lista de cosas prohibidas en la escuela. Estaba segura que el más feliz con el nuevo régimen mortífago en Hogwarts, además de los Slytherins, era Filch. Había conseguido su ansiado permiso para torturar con cadenas y grilletes a los estudiantes cuando se les pillaba haciendo cualquier mínima falta. En fin, siempre se podía transportar lo ilegal de alguna forma. Con tal que no se supiera fuera de la sala común que poseían esas cartas, no tendrían ningún problema.

Sentí la mitad del sillón hundirse un poco y levanté la mirada de mis apuntes de Historia de la Magia para encontrarme con Neville.

-¿No tienes frío? –me preguntó observando la chimenea al otro lado de la habitación.

-Para nada –contesté ignorándolo para volver a mi lectura.

-Me encontré con unas chicas de quinto año. Demelza estaba en el grupo –empezó a contar con una fingida voz que deseaba sonar casual-, y me dijo algo muy interesante –como no lo miré ni hice ningún movimiento dándole a entender que lo escuchaba, prefirió continuar-. Creí que la persona que debía encargarse del equipo de quidditch era el capitán. La capitana, en este caso.

-Yo me encargo de hacerlos sudar en el estadio y que jueguen bien; no del papeleo… Ella se quiso encargar de esa parte –expliqué con voz monótona.

-Pero… ¿Podrías dejar un momento eso, Ginny? –me pidió y no esperó mi respuesta, puesto que puso su mano sobre los apuntes y me los quitó. Bufé enojada y me crucé de brazos con lentitud-. Me parece raro que no te importe el equipo de quidditch.

-Nunca fui como Oliver Wood…

-Antes solías hablar del quidditch con pasión. Recuerdo que podías explicarme con infinita paciencia el nombre de cada jugada y el rol de los jugadores en el campo –sonrió tímidamente y suspiró al contemplar mi serio semblante-. Sé que no eres obsesiva con el quidditch y los estudios. Eres la persona más equilibrada que conozco y… -se inclinó y prosiguió en voz baja-. Y últimamente cuando pienso en tus cualidad, cuando pienso en ti; lo hago en pasado… como si ya no fueras la misma, Ginny. ¿Qué te está pasando?

Abrí la boca sin saber qué decir. Neville estaba diciendo las mismas palabras que se cruzaban por mi mente al pensar que había una enorme diferencia entre lo que era y lo que soy. Era una persona completamente distinta, porque esas memorias que pertenecían a mi pasado directo, no eran más que imágenes y experiencias lejanas ajenas.

Pero, a pesar de aquel pequeño descubrimiento, me enojé con Neville por decirme todo eso. Él no era nadie para juzgarme ni atreverse a cuestionarme.

-¿Qué te está pasando a ti? –pregunté arrebatándole mis apuntes con brusquedad-. Mi amigo Neville nunca se hubiera atrevido a decirme que he cambiado… ¿Sabes por qué? Porque soy la misma –enarqué las cejas-. Misma cara, mismo cuerpo, misma mente desde el momento que nací. ¿Acaso me vas a decir ahora que estoy bajo los efectos de un Imperio? –dije con sorna.

En los ojos del chico vi claramente un destello de dolor y luego de ira. Le había hecho daño con mi última pregunta.

-Me atrevo a decírtelo porque eres otra persona –dijo poniéndose de pie-. Ginny no está a la defensiva todo el tiempo; ella es dulce, alegre, vivaz. Encuentra algo gracioso que decir en cada momento y apoya a los que más lo necesitan, aunque ella también pase momentos difíciles… -hizo una mueca resignada-. Luna tenía razón –murmuró con pesar.

-¿A qué te refieres? –salté del sillón como un resorte al escuchar el nombre de mi amiga.

-Ella me dijo que estabas perdiendo la fe en Harry, en Ron y en Hermione. Que te estabas sumergiendo en la misma mierda que los mortífagos quieren que nos hundamos… Les estás siguiendo el juego a ellos, haces exactamente lo que ellos quieren que hagas –alcé la barbilla para enfrentarlo mejor. Lanzó una suave risa-. ¿Y sabes? Le dije a Luna que no podía ser cierto. Que tú no eras así… Serías la última persona en perder la confianza en que el orden natural se reestablecería. Pero ella tenía razón. Y no quise darme cuenta antes.

-Quizás deberías buscar algo mejor en qué ocupar tu tiempo libre, Neville –repliqué con desidia. Tomé mi mochila y la colgué sobre mis hombros-. No necesito una niñera, pero gracias por tu preocupación.

-Te vas a quedar sola y cuando te quieras salir de ese mismo hoyo que haz cavado, será demasiado tarde. Nadie querrá ayudarte –me dijo con pena.

-No necesito la ayuda de nadie. Luna ya no está, Colin tampoco… Mi familia está lejos. Todas las personas que podrían haberme ayudado, se fueron –me puse de puntillas para poder acercarme a su oído-. Y tú, jamás fuiste una de esas personas, Longbottom.

Salí de la sala común escuchando los murmullos de los niños de primero. Habían escuchado todo y comentaban lo que posiblemente había ocurrido para que hubiera mandado a la mierda a todos. Antes de atravesar el agujero, me pregunté si Neville estaba bien, pero no me volteé para cerciorarme. Simplemente escapé de esa habitación sintiendo que me faltaba el aire.

Hubiera esperado que cualquiera me dijera todo eso o que me hirieran con sus palabras, pero nunca lo hubiera previsto de Neville. Él fue una de las primeras personas mayores que se me acercó cuando llegué a la escuela y me preguntó si había visto a su rana, Trevor. Después de un par de bromas y buscar la rana por toda la sala común, nos hicimos amigos. Me saludaba en los pasillos y a veces se sentaba a mi lado preguntándome por qué estaba tan pálida. No le iba a decir que de repente perdía la memoria, que a veces tenía un diario en mis manos y luego despertaba en la habitación de los chicos de segundo revolviendo el baúl de Harry Potter. Sólo negaba con la cabeza y decía que estaba asustada por lo que pasaba, le preguntaba qué ocurriría si cerraban Hogwarts y él sólo me sonreía calmándome. Él era una de las pocas personas que lograba calmarme, aliviar mi ansiedad. ¿Cómo podía ser ahora Neville el que me causaba tanto dolor?

Cuando sentí un escalofrío recorrer mi espalda, me di cuenta que estaba en los jardines. Hacía mucho frío, puesto que había nevado casi todos los días anteriores y sólo estaba con mi capa. Escondí mis manos dentro de las gruesas mangas de la capa, en un vano intento de retener el poco calor que me quedaba en ellas.

-¿Acaso no tienes guantes, comadreja? –preguntó una voz burlona y luego una persona caminó por mi lado, siguiendo su camino.

Se trataba de Malfoy. Lo miré por un segundo y decidí acercarme a él, así que corrí lo más rápido que la nieve me permitió y lo alcancé.

-Pruebo que tengo resistencia al frío. Oye, pareces un oso polar –comenté tomando la punta de su bufanda y agitándola. Traía puestos unos gruesos guantes, una bufanda con los colores de su casa y un estúpido gorro que usaban los cazadores en la nieve-. ¿Y cómo estuvieron las vacaciones? ¿Qué te dio Santa Claus?

Entrecerró los ojos antes de acomodarse la bufanda y echarle una mirada de reojo a la entrada del castillo. Hizo una mueca antes de posar su mirada sobre mí, con frialdad.

-Nada que te importe, Weasley. Y mejor anda con tus amigos leoncitos a jugar –dijo con una sonrisa-. Es peligroso que estés aquí.

-Si te refieres a que me vean contigo –no permití que se fuera sin mí, así que comencé a caminar a su lado a pesar de la gélida mirada que me daba-, pues me arriesgaré.

-Me alegro por ti, pero tengo una reputación que cuidar y se vería estropeada por tu presencia a mi lado.

-¿Cuál reputación? –inquirí lanzando una risita y alcé las cejas-, ¿la que tus serpientes amigas destruyeron a pedazos? –quiso decir algo, pero cerró la boca y en cambio aceleró su caminata-. Touché.

-Habrás ganado esta ronda, pero no la guerra verbal –masculló conteniendo una sonrisa por mi gesto de victoria.

Nos dirigimos al lago. Me sorprendió no ver a nadie patinando, ya que una de las atracciones principales de esta época era el patinaje sobre hielo. No le di importancia y seguí a Malfoy, quien caminaba por la orilla del hielo y se detuvo ante a una roca escondida entre algunos arbustos. Limpió la nieve de ella con un ágil movimiento de su varita y se sentó.

Una fría brisa hizo que me estremeciera.

-Siéntate, comadreja –dijo impresionándome. No lo había dicho como una orden o con asco, sino que en su voz había… amabilidad. Parpadeé un par de veces antes de sentarme junto a él-. La navidad fue como todas las demás. Nada especial.

-Ah –abrió la boca, pero la cerró de repente. Suspiró en frustración-. ¿Quieres saber cómo estuvo la mía? –pregunté dudosa y él asintió con lentitud. Sonreí satisfecha por haberle causado vergüenza a Malfoy-. Fue la peor navidad que he tenido. Me la pase en el hospital, en casa escuchando estúpidos discursos de mis familiares… No sabía qué era peor: estar en casa o aquí.

-¿Cómo…? –desvió su mirada al lago y se tocó la nuca-. ¿Cómo estás?

Malfoy había estado el día del secuestro. Interminables imágenes intermitentes aparecían en mi cabeza. No recordaba mucho lo que pasó luego que el mortífago me dejara inconsciente, sólo sabía que había estado herida y de repente me encontraba llorando bajo un círculo de personas desconocidas. Pero antes de ese círculo había alguien más: Malfoy. Al abrir los ojos, él estaba sobre mí observándome con preocupación antes de darme cuenta que Luna no estaba por ningún lado. Y luego lloré, grité y me encontraba rodeada por cinco adultos desconocidos.

Me demoré un poco antes de contestarle, se me había ocurrido una idea.

-Bien. Fue un simple golpe y heridas menores –me quité la mochila y la dejé apoyada en la parte inferior de la roca-. Er, ¿Malfoy? –éste volteó su rostro para mirarme-. ¿Tú sabías que a Luna le iba a pasar eso, no? Digo… por algo que advertiste el otro día en la biblioteca que ella tenía serios problemas.

-Era obvio que a su padre o a ella les pasaría algo por estilo, gracias a la dichosa revista –explicó con facilidad-, pero no sabía que la iban a secuestrar, si a eso te refieres. Pertenezco a sus seguidores, mas no soy partícipe de todas sus acciones –iba a preguntarle algo más, pero me cortó antes siquiera de que pudiera hablar-. No sé dónde está, Weasley.

-¿Cómo adivinaste que te iba a preguntar eso?

-Lógica. Simple lógica.

Asentí y miré el lago. El hielo estaba liso, sin ninguna imperfección. Duraría semanas antes que se derritiera y diera paso a las calmadas aguas donde habitaba el calamar gigante. Siempre me había imaginado que el calamar hibernaba durante todo el invierno o quizás la primera noche en que nevaba era ayudado por las sirenas a llegar hasta el mar de alguna manera mágica.

"… Serías la última persona en perder la confianza en que el orden natural se reestablecería." Las palabras de Neville seguían rondando en mi mente como el eco en una cueva. Aunque le diera muchas vueltas al asunto, estaba segura que nada volvería a ser como antes. Tenía serias dudas que él volviera a hablarme después de cómo lo traté. "Y tú, jamás fuiste una de esas personas, Longbottom."

-¿Me encuentras diferente, Malfoy? –pregunté de repente. Él me miró confundido, sin saber qué decir o más bien, sin entenderme-. ¿Crees que ya no soy la misma que antes?

-No soy la persona indicada para responderte eso, creo –dijo pensativo-. Apenas te conozco y mucho menos te conocí en el pasado.

-Pero es fácil darse cuenta cuando alguien ha cambiado. Lo notas en su actitud, en lo que dice; en toda su forma de ser y… -escondí mi rostro entre mis heladas manos-. Lo siento. No puedo creer que esté hablando de esto contigo –mascullé sintiéndome una completa idiota-, ya que eres… tú. Y el hecho que te esté preguntado este tipo de cosas es… insólito… y…

-Mira, Weasley –se enderezó y movió la cabeza con autoridad-, jamás te pedí que me preguntaras tales cosas. Pero déjame decirte que es muy molesto que empieces a balbucear incoherencias.

Me callé y lo miré impactada. ¿Acaso era bipolar o tenía algún problema mental del que no estaba enterada? A ratos era casi amable y luego volvía a ser ese maldito gusano insensible que conocí en primer año. Imbécil, pensé tranquilizándome.

-¿Ahora qué? No me digas que querías que te dijera algo para subirte el ánimo –se rió-. No soy tu amiga, comadreja. Sólo he dejado de insultar a tu familia cada dos oraciones…

-Se trata de ti, hurón. No puedo pedirte que te conviertas en una persona civilizada –torcí los ojos y me colgué la mochila a los hombros-. Es como pedirle a Voldemort que se case con una muggle –cerró los ojos fuertemente al escuchar su nombre-. Ah, patético. Tenerle miedo a un nombre…

Era tarde y pensé en volver a la sala común. Si tenía tiempo suficiente, podría terminar de leer mis apuntes y hasta empezar a escribir la redacción que nos había pedido la profesora McGonagall para la siguiente semana.

Para quitarme al estúpido de Malfoy de la cabeza, pensé en el equipo de quidditch. Ya estaba involucrada, ya le había dicho que sí a Demelza y debía asumir la realidad: tendría que comportarme frente a un grupo de mortífagos. Ser amable con ellos y casi rogarles que nos permitieran tener nuestro equipo. Tendría que humillarme para conseguir la aprobación. Y no pude dejar de aceptar que Demelza era valiente al rebajarse a pedir otra reunión con la dirección, porque significaba que le importaba un pimiento si se veía desesperada y debía arrastrarse ante esos lunáticos para que pudiéramos jugar en esta temporada. También recordé que no sabía cuándo era la dichosa reunión. ¿Y si era luego o antes de la cena? Moriría sin haberme preparado psicológicamente para enfrentar a esos trogloditas… Tendría que hablar con Demelza más tarde.

Iba por la mitad de una escalera cuando ésta se movió y maldije por lo bajo. Ahora debería dar una enorme vuelta para llegar a la torre de Gryffindor.

-Pero miren a quién tenemos aquí –vi que en lo más alto de la escalera se encontraba un grupo pequeño de Slytherins, entre los que destacaban Crabbe y Goyle-. La única comadreja que queda en la escuela –Pansy se rió y todos la siguieron, como si de verdad hubiera dicho algo inteligentemente divertido.

Subí los escalones que me faltaban bajando la mirada, y caminé por el espacio entre los cuerpos de Zabini y Goyle. La verdad es que hasta a mí se me hacía raro ignorarlos, en especial a la imbécil y enfermiza de Parkinson, pero claramente no era mi día y no podía seguir amargándome. En especial por un grupo como ése.

-Oh, vamos, comadreja. ¿Qué te pasa hoy? –inquirió Parkinson con voz infantil-. ¿Estás triste que los de tu especie estén en extinción?

Seguí caminando pensando que lo último no era un mal insulto, pero era muy liviano para hacerme reaccionar.

-No, ya sé por qué está así –dijo Crabbe-. Es porque su querido Potter la abandonó aquí y él viaja por el país disfrutando de la libertad de no estar con ella.

-En verdad es porque él ya te hubiera tumbado en el suelo con una maldición, idiota –mascullé girándome. Era estúpido contestarles, lo sabía, pero estaba tan enojada y frustrada, que podría descargarme contra ellos-. Lástima que tendré que ensuciarme las manos yo misma.

-Qué femenina –comentó Parkinson llevándose un mechón del pelo tras su oreja-. Es curioso que hasta estando en desventaja creas que puedas salir ilesa –señaló a su grupo. Eran seis: Zabini, Crabbe, Goyle, una chica bastante bonita, un chico que no conocía y Parkinson-. Te tendremos que enseñar a ser un poco más respetuosa con tus superiores.

-Primero que nada, lo que es curioso es que estén por este lugar siendo que las serpientes se pudren en las mazmorras –introduje mi mano dentro de la capa buscando el bolsillo donde estaba mi varita-; y segundo: ¿qué superiores? Tus aires de vanidad cada día me asombran más, Parkinson.

-¿Por qué? –ya tenía su varita en mano.

-Pues, es raro que alguien con un apellido que significa una enfermedad muggle se rebaje a titularse de superior. Eso es patético.

-¡Maldita comadreja! –chilló frunciendo el ceño-. ¡Goyle, Crabbe, a ella!

Los dos enormes chicos vinieron hacía mi apuntándome con sus varitas. Me miraban con pena, como si de verdad creyeran que me iban a vencer.

-¡Mocomurciélagos! –grité, tomándolos por sorpresa porque no habían visto que ya tenía mi varita en mano. Se taparon las caras, botando sus varitas al suelo y se lanzaron a la pared del pasillo gritando de dolor-. No te preocupes, Parkinson, tengo reservado uno especial para tu cutis facial –le dije sonriendo.

-Eres tan estúpida, Weasley –abrí los ojos desmesuradamente: la voz provenía de mi espalda. Traté de voltearme, pero un rayo pasó por encima de mi hombro-. ¡Esto te pasa por hacernos enfadar! –Blaise Zabini se rió antes de lanzarme otro hechizo.

-¡Mimblewimble! –gritó el chico que no conocía al mismo tiempo que Parkinson me lanzaba un encantamiento.

-¡Protego! –una capa invisible se extendió sobre mí como un domo e hizo que los tres rayos rebotaran.

El chico recibió el hechizo de Zabini en el pecho y cayó al suelo con un sonido seco. Otro rayo le hizo perder la varita a Parkinson, mientras que Zabini esquivó con agilidad el de color azul y me miró desafiante.

-Petrificus Totalus –apunté a Parkinson y su cuerpo se inmovilizó como una estatua. Se cayó y rodó hasta llegar al inicio de la escalera. Ahora sólo quedaba Zabini y esa chica, quien tenía su varita, pero analizaba mis movimientos sin hacer nada más. Miré a Zabini-. ¡Expelliarmus!

-Tendrás que hacer algo mejor para ganarme –dijo mientras daba un paso al lado, esquivando el rayo rojo-. ¡Stupefy!

-Protego –el hechizo se desvió a la pared, destruyendo un pedazo de piedra-. ¡Zancadilla!

-¡Protego! –gritó la chica a mis espaldas y corrió hasta llegar a Zabini, quien me miró con rabia. Los tres sabíamos que el embrujo le hubiera llegado, de no ser por la muchacha-. Debes fijarte hacía adónde apunta, no te dejes engañar por el movimiento de sus ojos. Lo hace para distraerte –dijo cerciorándose que su compañero se encontraba bien.

-Puedo hacerlo yo mismo, Daphne –replicó limpiándose el sudor de la frente-. Zancadilla –conjuró de repente y un par de cuerdas me amarraron los tobillos haciéndome caer de bruces al suelo-. Eres tan débil como tu amiga, esa Lunática Lovegood.

El muy maldito había fingido estar cansado para hacerme bajar la guardia y así atacarme. Traté de mover mis piernas para quitarme las cuerdas, pero sabía que era inútil. No recordaba el contraembrujo.

Zabini se acercó hasta mí jugando con su varita.

-¿Sabes cuál es la diferencia, Weasley? –preguntó con sorna-. Es que tú juegas limpio en los tiempos en que jugar sucio está permitido… Podría lanzarte una maldición imperdonable aquí y ahora, quizás hasta que mueras gritando de dolor. Y nadie me retaría. Apenas obtendría una estúpida conversación con la dirección que no llevara a nada, porque a ellos no les importa que matemos, torturemos a otros.

Daphne se acercó también, pero me miraba imparcialmente. No como Zabini, que sonreía con maldad y realmente llegué a pensar que se atrevería a lanzarme una maldición imperdonable. Él no perdería nada; sólo sería por simple diversión.

-¡Ginny!

Unos pasos apresurados retumbaron por la zona donde se encontraban las escaleras. Zabini miró hacia el lugar e hizo una mueca al escuchar que los pasos se dirigían a este mismo lugar, mientras que nuevamente la voz me llamaba. Una voz masculina, apunté fijándome en que Daphne guardaba su varita y tomaba la manga de la capa de Zabini, atrayendo su atención.

-Es peligroso –dijo haciendo un gesto-. Ya todos escaparon; Crabbe se llevó a Pansy –me miró rápidamente-. Sus amigos vienen por ella…

-Está bien. Vamos –asintió y se fue corriendo con la chica.

Rodé hasta quedar boca arriba y respiré profundamente. Me dolía todo el pecho con la caída y como había recibido todo el peso de mi cuerpo en mis manos, creía que me había torcido la muñeca de la mano derecha. No podía moverla. Y más encima me incomodaba la mochila, que se me incrustaba en la espalda.

Los pasos se aminoraron y luego oí un murmuro que desató las cuerdas de mis tobillos.

Me senté como pude y observé a mi salvador: Malfoy. Él miraba el pasillo, asegurándose que todos se habían ido y se puso de cuclillas a mi lado.

-Ciertamente has cambiado, Weasley –murmuró quitándome la mochila y le sonreí-. Siempre has sido una idiota, pero hasta un troll sabe que es imposible enfrentarse con tal desventaja de números… Apuesto a que antes hubieras escapado de esto antes de terminar mutilada por Slytherins.

Sí, ya no era la misma. Esos recuerdos de días felices en la Madriguera y de juegos en la sala común eran de otra persona; recuerdos que no me pertenecían. Y podría también asegurar que esta nueva Ginny no era una persona optimista, de hecho, estaba segura que hasta yo misma me odiaría por ser tan crítica, pesimista, huraña.

Pero algo había aprendido con el encuentro con el grupito de mortífagos: tenía que tener más cuidado. Y tenía que hacer algo en contra de ellos. La escuela estaba aterrorizada por el nuevo régimen; todos vivíamos asustados porque a la vuelta del pasillo nos mataran con una maldición imperdonable. Debía hacer algo en contra de eso. No podía permitir que me volviera a ocurrir lo mismo, y menos que se volviera a repetir con otros.

-Lo que pasa es que no cuentas que tengo a un Slytherin cuidándome las espaldas –contesté suspirando. Rodó los ojos y vio que me tocaba la mano con una mueca de dolor.

-Te llevaré a la enfermería.

-Gracias, Malfoy –dije mientras él me ayudaba a levantarme. Él me miró extrañado-. Gracias por todo –añadí y supe al instante que por primera vez alguien le agradecía con sinceridad, puesto se sonrojó. Draco Malfoy se había sonrojado por mí.


N/A: Este capítulo salió kilométrico, pero me ha gustado el resultado. Debo admitir que escribir a Ginny en una fase bastante emo fue raro… Sin embargo, ya no será tan apática ni tan pesimista como lo ha sido en el fic. Se ha dado cuenta que tiene que actuar, en vez de quedarse sentada sufriendo como todo el mundo.

Las definiciones de los embrujos y hechizos están en ElDiccionario(punto)org. Me da bastante pereza explicar uno de ellos que no es tan conocido, pero todos tienen el punto de atacar al oponente incapacitándolo de alguna forma.

Y muchas gracias por sus reviews. Debo admitir que este fic es uno de mis mayores tesoros, porque a pocos les he puesto tanto trabajo de trasfondo como éste…

Besotes y hasta la próxima entrega.