Capítulo ocho: Entre serpientes te verás

No se quejaba a pesar que sabía que debía dolerle el tobillo y todo el cuerpo. La caída por las cuerdas que la sujetaban debió haber sido bastante grave, puesto que veía su muñeca derecha hinchada. Sin embargo, ella permanecía en silencio, trasbillando a saltos para seguir mis lentos y precavidos pasos hacia la enfermería.

Deseé con todas mis fuerzas que nadie me viera con Weasley. Si algún mortífago nos darían muchísimos problemas. Así también si se tratara de otra persona como un Hufflepuff o Gryffindor, ya que yo no era buena compañía para nadie. Podrían creer que yo había atacado a Weasley y que me iría a deshacer de su cadáver o algo parecido. Miré hacía ambos lados y atrás, cerciorándome que nadie o nada nos seguía. Ya me había arriesgado al salvarla, así que ahora sólo quedaba en confiar en mi buena suerte. Si es que aún me quedaba.

Doblamos por el pasillo y escuché con pesar los comentarios de los retratos en las paredes sobre qué le había pasado a Weasley, y de por qué iba conmigo. Hubiera querido gritarles, pero no podía llamar la atención. Ya corría suficiente peligro como para delatarme así nada más.

-Malfoy –gruñó la chica atrayendo mi atención. Vi que se mordía los labios reprimiendo un gemido de dolor-. No… tan rápido.

-Sigamos –dije después de darme cuenta que por querer terminar la tortura de los inescrupulosos cotilleos de los retratos, había acelerado el paso y ella había tenido que apoyar su tobillo roto para seguirme.

-¿No te vas a disculpar? –inquirió luego de unos segundos. Al ver que no le respondería, sonrió débilmente-. Me lo tenía que esperar de ti, hurón; aunque estás haciendo méritos dignos de un héroe.

Yo no era ningún héroe, pensé aún sabiendo que tal vez se tratase de algunos de sus comentarios sin pies ni cabeza de los que siempre hacía. Soy un cobarde, un paria, un bueno para nada; un traidor. ¿Héroe de quién? Ciertamente no lo era para mi familia, para los de mi casa, y muchísimo menos para las ratas que servían como yo al Señor Oscuro.

-¿Por qué me llamaste por mi nombre?

-Deberías callarte, Weasley. Sino vas a hacer esto más lento y podría plantearme la posibilidad de dejarte botada en un pasillo muriéndote –mascullé presintiendo que no tendría éxito; ella no dejaría de preguntar hasta que se sintiera satisfecha con la información obtenida.

-Claro, ahora me llamas Weasley y antes gritabas mi nombre –se burló.

-No entiendo por qué las mujeres tienen que hablar tanto. En especial tú… De verdad estoy pensando en dejarte en un pasillo retorciéndote de dolor, para que-

-¿Lo hiciste para que se fueran, no? –ningún rastro de burla ahora se dibujaba en su rostro. Aminoré la caminata hasta que me quedé detenido y ella se soltó de mi brazo alrededor de su cintura. Dio unos saltos hasta quedar apoyada en la pared-. Ellos creyeron que se trataba de un amigo mío y por eso se fueron sin muchos rodeos.

-Confié en que Daphne estuviera con ellos, ya que ella sería la única en saber que sería riesgoso que alguno de tus amigos o conocido los vieran atacándote –ella siempre había sido la más sensata del grupo-. No tenía que despertar sospechas, así que me atreví a llamarte por tu nombre de pila.

-Ella no me atacó. De hecho, sólo se limitó a observarme y a mantenerse al margen… Parkinson, Zabini, otro chico y tus gorilas estaban también –informó como si yo supiera algo importante-. Creí que Zabini era tu amigo. ¿Y cómo sabías que estaba en problemas?

Luego que ella me dejara solo junto al lago, también me fui. Me sentía algo confundido con su actitud. De un momento a otro me había hecho preguntas extrañas y eso me había molestado profundamente. ¿Es que acaso ella consideraba que podía pedirme consejos? No era su amigo, no era su confidente y mucho menos su guía espiritual. ¿Cómo iba a darle consejos siendo que no la conocía? ¿Por qué se desahogaba conmigo y no con el patético de Longbottom, por ejemplo?

Fui al baño del segundo piso y cuando me disponía a bajar hacia las mazmorras, escuché un jadeo y pisadas arrastradas. No le tomé mayor importancia, pero vi que al otro extremo del pasillo venía Crabbe con Pansy apoyada en su hombro. Ella estaba tiesa, congelada como una roca y Crabbe caminaba pesadamente maldiciendo por lo bajo.

-… maldita sangre traidora –le entendí cuando pasó por mi lado. Él ignoró mi presencia, como si no existiera. Por primera vez no me fastidió que no me prestara atención, puesto que siguió murmurando-. Blaise le dará su merecido a Weasley, Pansy. No tienes que preocuparte por ello. Hay que ir con alguno de los profesores… -y se perdió al doblar la esquina.

Le expliqué a Weasley que después de haber oído aquello, me fijé en la dirección que habían bajado hasta el segundo piso y corrí hasta el sector de las escaleras movedizas. No fue difícil identificar en dónde se hallaban, puesto que la voz de Blaise resonaba por todo el lugar.

Omití varios detalles de la historia, tales como mi pequeña vacilación al decidir si ayudarla o no, o la preocupación que me invadió cuando escuché a Blaise decirle que podría matarla allí mismo. No me parecía conveniente para ella ni para mí revelar todo eso.

-Y en cuanto a Zabini -dije para responder lo primero que me había dicho-, pues… -habíamos sido casi inseparables antes del incidente del semestre pasado. Con él podía conversar, no como con Crabbe y Goyle que se limitaban a hacer todo lo que yo decía-. Él era algo parecido a un amigo.

-¿Algo parecido?

-Nunca he creído en tal cosa como la amistad. Me parece un mito urbano de esta podrida sociedad –sólo existía la fidelidad, pero no la amistad. Tal valor era una mentira que servía para disfrazar la lealtad condicional de siervos a sus amos.

-¿No has tenido un amigo? –preguntó observándome muy seria.

-Por supuesto que no –me apresuré a contestar ofendido.

Me taladró con su mirada de tal manera que me puso nervioso. No pude dejar de percatarme que cuando observaba a alguien o algo tratando de encontrar el significado oculto a sus palabras, parpadeaba con más lentitud y hacía una leve mueca con sus labios. Pero a pesar de eso, le sostuve la mirada desafiante. Sólo a dos personas no podía mirar a los ojos; uno poseía ojos rojos que envenenaban y el otro tenía pupilas del mismo color que las mías. Pero ni ella ni los idiotas compañeros de mi casa ni siquiera el mismísimo Merlín harían que me rebajara a bajar la mirada, dando una de las muestras de debilidad más penosas existentes.

-Entonces, ¿en qué crees? –ladeó la cabeza y la cascada roja de su cabeza se meció distrayéndome por unos segundos. Estuve seguro que si no estuviera con el tobillo roto, habría caminado para enfrentarme-. ¿En quién crees, Malfoy?

Ningún valor o sentimiento universalmente divulgado como incondicional lo era. La amistad estaba atada a intereses personales, la solidaridad al egoísmo, la paz al la naturaleza belicosa del hombre, y el amor, el más venerado y difundido de todos, se rompía con una gota de traición. Las pasiones y los deseos, tan volubles y dispares, eran siempre constantes en la existencia humana. Y gracias a ellas destruíamos una y otra vez el amor, la paz, la solidaridad, el amor. Muchos se lamentaban del porqué la vida les daba tantas desgracias, la razón por la cual aquella específica divinidad de su creencia les mandaba castigos quitándoles lo que con tanto esfuerzo habían conseguido. Pero ellos mismos eran los culpables. Ellos acabaron su aparente felicidad con un amor estable, una amistad a toda prueba, una paz inalterable.

Tenía que llevarla a la enfermería, me recordé con reproche. Si alguien nos veía juntos, sería nuestro fin.

-Creo en la traición, en el egoísmo, en la competencia, el rencor, la desidia y los celos –dije pausadamente-. Los amigos te traicionan, Weasley. Las promesas que hacen o lo que se subentiende de ese valor, son sólo mentiras. Las personas cambian, así que los valores y sentimientos también. Pero siempre permanecen los que anteriormente te mencioné. En ellos creo.

-¿Y…? –suspiró pensativa. Bajó la mirada sorprendiéndome, ya que de repente lucía cansada y débil-. ¿De verdad piensas que las personas cambian? Digo, ¿cambian sin retorno a lo que eran antes?

Fruncí el ceño. Volvía a hablar del "cambio". Si hubiera sabido que con mi pequeño monólogo traería a colación sus dramas personales, mejor le hubiera hecho un encantamiento para que no pudiera hablar y así llevarla sin interrupciones a la enfermería.

Me acerqué y rodeé su cintura con uno de mis brazos. Comencé a caminar y ella me siguió saltando con su pie sano.

-No lo sé –admití honestamente-. Muchos procesos de la vida son cíclicos, y si me baso en ese principio, entonces todo vuelve a su origen.

-Tiene sentido lo que dices –afirmó con voz ida. Parecía demasiado ensimismada en sus pensamientos-. Me pregunto si los cambios malos pueden transformarse en buenos. No todo es lo que parece ser en un principio, y podría ser que… que un cambio que aparenta ser dañino, en verdad sea positivo para la persona.

Llegamos a una parte del pasillo donde había una pequeña escalinata. La sostuve con fuerza para evitar que cayera y avancé lentamente acorde a sus mediocres saltitos en cada escalón.

-Por más que me encante tener estas charlas contigo, Weasley –dije irónicamente-, preferiría que te quedaras callada. Nos estamos demorando años en llegar a la maldita enfermería con tu afán filosófico.

Terminamos de subir la escalinata y me di cuenta que nos quedaba muy poco de trayecto. Si seguíamos derecho hasta el final del pasillo y luego doblábamos a la izquierda, la puerta de la enfermería aparecería ante nosotros.

-Nos tardaríamos menos si me cargaras –replicó entre jadeos. La miré ligeramente impactado por su proposición-. Sé que podrías contagiarme lo cabezota y lo detestable que eres, pero es la mejor opción. Ya no puedo seguir… me está empezando a doler mi pie sano.

-Seré yo el que terminé hospitalizado por llevarte a ti –mascullé mientras doblaba las rodillas y pasaba mi brazo libre por detrás de sus rodillas. Fue realmente extraño tener su cara tan cerca y su cuerpo pegado al mío. Ella pareció pensar lo mismo, ya que me miraba alzando una ceja con incomodidad-. Sí, definitivamente terminaré hospitalizado de gravedad.

-Deberías sentirte honrado. Muchos hombres en la escuela desearían estar en tu posición –dijo con una sonrisa suficiente. No podía rebatirle eso, porque era cierto. Hasta los Slytherins, incluido yo mismo, la encontrábamos bastante guapa. Le dije que no había honor en eso y agregué que muchos tenían un sentido del gusto deplorable-. Sí, entre ellos tú –se rió.

Llegamos a la enfermería y la deposité en la cama más próxima que encontré. Weasley me sonrió, y extendió las piernas plácidamente. Lucía cansada, sucia y adolorida; pero la tranquilidad en su cara me demostró que no se sentía tan mal como se veía. Tal vez no fuera la primera vez que se quebraba un tobillo. Tenía seis hermanos hombres y era la menor, así que debía haber sufrido lesiones más graves que la actual. Además, recordé de pronto, que ella había ido al ministerio de magia junto con Potter y su grupito hacía dos años. Supe que todos terminaron hospitalizado con heridas no menores y por el escueto comentario de mi padre, me enteré que hubo un difícil enfrentamiento entre los mortífagos y ellos.

Me volteé para buscar a la enfermera y vi una sombra tras el biombo de la esquina. Iba a dirigirme hasta allá, pero Weasley me tomó de la manga de mi túnica y me obligó a inclinarme a la cama:

-Ya has hecho suficiente. No te pueden ver conmigo –dijo en voz baja. Era cierto. Al parecer, nadie nos había encontrado en los pasillos y no podía arruinar aquella racha de buena suerte haciéndole saber a Madame Promfrey que Weasley estaba conmigo. Creería que yo le había hecho algo o Merlín sabe qué atrocidad-. Ándate y no vuelvas a visitarme.

-Nunca he tenido la intención de venir a visitarte, comadreja –sonreí poniéndome de pie.

-Oye, Malfoy –me llamó antes que me retirara. La miré exasperado. Ya estaba en la enfermería, ahora debía irme-. No creas que no me di cuenta que no mencionaste la pureza de sangre. ¿Ya no crees en eso, verdad? –preguntó alzando la voz un poco.

No le respondí y me fui. Al alejarme de la enfermería, escuché la fingida voz de víctima de Weasley llamando a la enfermera. Era bastante creíble, debía admitir. Miré a mi alrededor cerciorándome que nadie me observaba, a excepción de los retratos que se movían de una pintura a otra murmurando algo en que mi nombre y el de Weasley se dejaba descifrar entre las palabras rápidas e incoherentes.

La conversación con Nott en navidad me había dado mucho que pensar. Él tenía razón al decir que la pureza de sangre era estúpida al ser valorada con tanta ahínco en la sociedad mágica. El dinero podía comprar las posiciones sociales, el tipo de oficio de una persona le daba estatus y le permitía forjar conexiones con magos importantes, y la inteligencia era lo que contaba para pasar un examen; no la sangre. En los principios de la magia, la ascendencia tenía un valor fundamental, ya que así se organizaba la sociedad. Pero habían pasado siglos. Ya no estábamos en el medioevo ni en la prehistoria. Como le había dicho a Weasley, todo cambia; nada es constante a excepción de las pasiones y deseos. Y la pureza de sangre no era una pasión ni un deseo. Sólo una característica, una cualidad o un valor para otros. Mutaba, cambiaba. ¿Por qué habría gente que creía en cosas volubles? Gente retrógrada, anticuada, idiota, ignorante.

Llegué hasta el vestíbulo del castillo y busqué al fantasma de la casa de Slytherin. El Barón Sanguinario pocas veces transitaba por otros lugares que no fueran las mazmorras, pero últimamente caminaba por todo el castillo refunfuñando. Gracias al nuevo régimen, los estudiantes vivían amenazados y temerosos por el nuevo cuerpo docente de la escuela; y los comentarios ácidos o las miradas llenas de odio del fantasma, ya no eran motivos de chillidos de niños despavoridos. El Barón Sanguinario ya no producía miedo y eso lo tenía deprimido.

Había escuchado por boca de mis compañeros en la sala común que ahora se dedicaba a molestar a los elfos domésticos en las cocinas o trataba de pelear con los demás fantasmas, sin obtener demasiados resultados puesto que sólo Myrtle la llorona era la única que corría traspasando las paredes. Los demás se limitaban a bufar y pasar por su lado sin prestarle atención.

En vez de al Barón Sanguinario, divisé a Nick Casi Decapitado conversando con la pintura de ninfas junto al Gran Comedor.

-Perdón –me acerqué a él. Las ninfas lanzaron unas suaves risas mientras se ocultaban detrás de los árboles de la pintura. El fantasma giró primero su cabeza y luego el resto de su cuerpo. Al ver que se trataba de mí, hizo una mueca-, ¿ha visto al Barón Sanguinario?

-¿A ese chiflado? –preguntó e hizo un gesto de disculpa-. Mil perdones, olvidé que pertenece a tu casa –negué con la cabeza, restándole importancia-. Está en el ala oeste, segundo piso. Planea atacar a las estatuas… lo que es francamente ridículo -dijo ladeándose hacía el cuadro de las ninfas-. Hacer una emboscada a objetos inanimados –agregó reprobatoriamente.

-Muchas gracias –me retiré pensando que en este día había recorrido casi todo el castillo.

Cuando llegué al ala oeste, lo primero que vi fue al Barón Sanguinario flotando en círculos tras una pila de objetos requisados. Había cajas de bombas fétidas, varias pelotas de colores, un cargamento de bolsas con el sello de la tienda de los gemelos Weasley estampadas en ellas, juegos varios, un snap explosivo y algunos ejemplares de 'El Quisquilloso'. Seguramente Filch había tenido una buena jornada confiscando artículos prohibidos.

-Barón –lo saludé e hice una pequeña reverencia. Me miró de soslayo y luego me devolvió el saludo.

-Señor Malfoy, ¿qué le trae por aquí? –siempre hablaba con mucha formalidad. Se quitó el sombrero y se alisó el jubón. Sus movimientos seguían tan agraciados como siempre, pero algo torpes. Realmente la nueva situación de Hogwarts le estaba afectando-. Pocos estudiantes osan transitar por este sendero. ¿Acaso os has perdido?

Sí, de verdad le afectaba. Me dijo lo último en un tono tan amable, que pareciera que me ayudaría a encontrar el camino a la sala común. ¿Desde cuándo el fantasma de mi casa era un buen samaritano?

-No me he perdido. He venido a buscarle –contesté tranquilamente. Él parpadeó-. Necesito su ayuda…

-¿Ayuda? Yo no socorro a nadie, buen señor –replicó frunciendo el ceño.

-Déjeme terminar –le pedí-. Mi problema será un momento de diversión para usted –me exigió que prosiguiera-. ¿Piensa, con todo respeto, que un gran hombre con un título como el suyo debe desperdiciar su tiempo atracando estatuas? Le propongo hacer una emboscada a otros enemigos.

-¿Enemigos?

-Sí, por montones. Y en cada rincón del castillo residen –quise sonreír al ver la emoción en los ojos nebulosos del fantasma. Ya había solucionado el problema más reciente por haber ayudado a Weasley del ataque de Zabini y los demás.

Después que el Barón Sanguinario me contó la forma en que procedería a actuar, me encaminé a la sala común. Las mazmorras se veían tan oscuras y frías como siempre, reflexioné, al observar que ya no quedaba rastro de la decoración navideña. Escuchaba algunos murmullos y me crucé con un grupo de niñas de quinto que subían.

La sala común estaba casi vacía. Unos chicos de primero hacían sus deberes en una esquina mientras que el prefecto de la casa leía el tablón de anuncios. No había rastro de Zabini. Parkinson y Crabbe debían estar con algún profesor, ya que la enfermera se negaría a curarlos al tratarse de ellos. Goyle también estaría con ellos; el bueno para nada no sabía estar por su cuenta. Pero Zabini estaba sano, de eso estaba seguro. Tampoco estaba Daphne, apunté luego de girar sobre mis talones buscando a la chica.

Al que sí vi fue a Nott. Se encontraba sentado en un sillón leyendo un delgado libro y traía puestas unas gafas de lentes cuadrados.

Me senté a su lado y alargué los brazos sintiéndome agotado. Lo que creí que se trataría de una tarde placentera y tranquila, se transformó en fingir ser un amigo de Weasley y soportarla todo el camino a la enfermería.

-Luces exhausto –dijo Nott con voz perdida. Cambió la página del libro y sus pupilas se movían de lado a lado, leyendo con avidez las líneas. Asentí reprimiendo un bostezo. No había vuelto a hablar con él desde la cena de navidad en mi casa, pero en el desayuno me senté a su lado y me saludó. Me pareció surrealista que alguien me diera los buenos días en la escuela, alguien me dirigía la palabra-. Quizás porque te esforzaste mucho ayudando a esa pelirroja de la emboscada de Zabini y Parkinson, ¿no? –comentó con tono casual.

No hice ningún movimiento pensando qué hacer. Primero que todo: ¿cómo se había enterado? ¿Acaso los retratos del castillo ya habían regado el mensaje hasta el cuchitril del guardabosques? No, no podía ser. El Barón Sanguinario se iba a encargar de los retratos, me lo había jurado hasta por la condesa de no sabía qué lugar. También existía la posibilidad que alguien me hubiera visto, pero… en ese caso el cuerpo docente estaría enterado. Y el resto de estudiantes. Dudaba que hubieran dado un mensaje en cada sala común, puesto que los niños que se hallaban aquí lucían tranquilos y normales. No me miraban extraño ni susurraban misteriosamente.

Nott suspiró y cogió la delgada cinta del empaste de su libro para marcar la página antes de cerrarlo. Se quitó los lentes y me miró impasiblemente, como siempre.

-Hace un rato Daphne llegó a la sala común con Zabini todo sucio y con algunos raspones en la cara. Luego, llegó Crabbe y Parkinson –explicó en voz baja. No sabía qué decirle, por lo que seguí escuchándolo-, y comentaron algo sobre la chica, diciendo que las pagaría. Me preguntaron si había visto a Zabini o Daphne, y les dije que se fueron hacia nuestro dormitorio.

-Mira, Nott –me mordí la lengua para evitar armar un escándalo. Me incliné sintiendo como la frente me palpitaba-, no sé qué relación hay entre las niñerías de ellos y de lo que yo hago. Deberías dejar tus libros de detectives y usa tu intelecto en algo más productivo –escupí encolerizado.

Si esto se llegaba a saber estaba muerto. No quería pensar en el castigo que me darían los mortífagos a cargo de la escuela, en los retos de mi padre mientras mi madre rompería a llorar desesperada y mi tía Bellatrix… ella se encargaría de mancharse las manos para darme mi merecido. El Señor Oscuro no se molestaría en acabar con una basura como yo, de eso no cabía duda. Acabaría con la poca reputación de la familia, nos pondría en el ridículo y escarnio público, hundiría el orgullo de mis padres, mancharía el apellido Black y el linaje puro de nuestra sangre.

¿En qué estaba pensando cuando me involucré más de lo debido con Weasley?

-Bueno, además que después de una corta visita a la torre de Astronomía para buscar el telescopio que había olvidado, te vi caminando con ella hacia el lago –agregó con naturalidad. Estoy muerto, me dije y lo repetí una y otra vez. No tendría escapatoria: con el nombre de mi familia humillado, el oro que podría ofrecerle a Nott por su silencio no valía nada. Tampoco creía que me serviría hacerle un hechizo para modificar su memoria. ¿Y si lo atacaba en la noche? Se me daban muy bien las maldiciones imperdonables, o al menos eso me había dicho Rowle en uno de los tantos entrenamientos que tuve con otros nuevos alistados al séquito del Señor Oscuro-. No te preocupes, no le diré a nadie –dijo divertido al examinar mi rostro-. Deberías ver tu expresión. Vale la mitad de una cámara de lingotes de oro.

-¿Qué dices? –fruncí el ceño nervioso. No me parecía posible que no revelara este incidente. Todo terminaba sabiéndose y la gente traicionaba el mínimo gesto de confianza del otro-. ¿Por qué? –aunque se trataba de Nott. Él no era como los demás.

-Por supuesto. ¿Qué obtendría yo a cambio de publicar esto? -nada. No obtendría nada-. Mi familia ya tiene suficientes riquezas, títulos, renombre, conexiones, y facilidades…

Tenía sentido, pero no del todo. Aún así podría mentirme y hacerlo de todas formas. Él no perdería nada, así le resultaría bastante fácil abrir la boca a las personas indicadas para desatar un panorama predecible de mi futuro.

Se puso de pie y guardó el libro en la mochila.

-Acompáñame a la biblioteca –dijo con tranquilidad, pero había una gota de amabilidad.

Me dolió todo el cuerpo cuando me levanté del sillón. Tenía los músculos tan tensos que cuando me moví, sentía que se tensaban como una tela roñosa y tiesa. Lo seguí observando con detenimiento su espalda. Nott no era fuerte, ni tampoco ágil. También me fijé en que no traía consigo su varita. Sería pan comido atacarlo a unos cuantos metros de la entrada de la sala común.

-Entiendo que estés a la defensiva, Malfoy. Yo en tu lugar estaría igual.

-No sabes lo que dices –repliqué subiendo de dos en dos los escalones hasta alcanzarlo-. Aún no me calza que prefieras guardar silencio, en vez de informarle a alguien sobre… lo que viste.

-Bueno, hay otras razones además de las que te mencioné –sonrió-. Lo que se vive en el castillo este último tiempo es la mayor demostración de decadencia en nuestra sociedad –dijo mientras salíamos al vestíbulo y miró a los hermanos Carrow, quienes conversaban en la entrada del Gran Comedor. Nunca había visto en Nott alguna nuestra de emoción, pero en sus ojos vi claramente el asco que sentía por los mortífagos-. Y aún más me parece patético que haya personas que les sigan… Como Parkinson y Zabini.

Subimos al segundo piso, mientras seguía despotricando con vehemencia y elocuencia en contra de los ignorantes que se vanagloriaban por matar a tantas personas o por hechizar a varios muggles. Dijo que no quería contribuir al mal que le hacían estas sucias personas al mundo, acusándome por haber salvado a una de sus víctimas.

Recordé que Daphne y él tenían una buena relación. A ella era la única persona que le había visto conversar con regularidad; y ahora que lo pensaba, no los había visto juntos. Podría ser que estuviera equivocado, ya que no me importaban los demás y siempre prefería abstraerme en mi propio mundo antes que socializar con tales escorias que me rodeaban, pero su discurso contra los que creían ciegamente en lo dictado por los adoradores de sangre pura…

-Tengo una duda: ¿tu ahínco por criticar a los seguidores de esta creencia es por alguien especial o por razones desinteresadas? –lo único que se escuchó fueron nuestros pasos. Aproveché de mirar de reojo a los cuadros y los vi vacíos. Sonreí pensando en cómo se deberían hallar en ese mismo instante-. Daphne y tú son amigos.

-La creí más astuta –masculló y ladeó el rostro para observarme-. Sus padres no la obligaron a tomar esta posición. No tiene presiones más que las de incultos como Crabbe o Zabini…

-Una buena teoría es que Parkinson le haya lavado el cerebro con alguno de los productos de belleza que le pudo haber prestado –dije con burla y él sonrió.

Al llegar a la biblioteca, antes de entrar, Nott se detuvo:

-Y realmente no quiero hundirte más de lo que estás, Malfoy. Ya eres bastante deprimente ahora.

-No creo que me mientas –dije calmadamente. También me sentía aliviado, ya que Nott no me cuestionaría ni me reprocharía nada. Él no era así-. No eres como el resto.

-A eso se le llama tener cerebro –corrigió con sorna.

Nos introducimos en la enorme sala llena de estanterías y libros, en donde estuvimos hasta la hora de la cena. Me costó mucho admitirlo, pero lo había pasado medianamente bien junto a él. Era agradable tener a alguien que me prestara atención y me conversara de temas interesantes. Y ciertamente pensé en que había desperdiciado años de buenas charlas por pasar rodeado por torpes como Crabbe y Goyle.

Fue así como pasaron dos días y me encontré el jueves en la mañana desayunando frente a Nott. Él leía el periódico, en silencio. Mordí mi tostada francesa con brusquedad; estaba un poco cabreado. De lo único que se hablaba en la escuela era que el equipo de quidditch de Gryffindor había sido aceptado. Nadie tenía verdadera certeza de cómo el consejo había permitido que la casa de los leones tuviera su equipo legalmente, y con derecho a participar en la copa de las casas. Los rumores decían que un donador anónimo había dado toda una cámara de oro de Gringotts para sobornar al consejo y otros decían que Weasley debió haber aprendido a usar magia oscura para hechizar hasta a McGonagall. Cierto o no, Gryffindor se iba a enfrentar a Hufflepuff este fin de semana.

Weasley se había mejorado. Había salido el día de ayer recuperada del todo y la vi dirigiéndose al aula de Encantamientos en la tarde. Nuestras miradas se cruzaron, y seguí mi camino hacia el ala este del castillo.

Miré a Zabini y compañía sentados a un par de puestos de distancia. Todos lucían bien, pero desde el incidente, Parkinson andaba más irritable de lo común. Le chillaba hasta a las niñas de primero exigiéndoles que le pasara la bandeja con panecillos, sino les haría un encantamiento para dejarlas calvas de por vida. Sabía que iban a volver a atacar a Weasley. Era propio de ellos arremeter luego de un fracaso; se vengarían. En cada momento que había estado en el dormitorio junto a Zabini o los demás, trataba de oír hasta el mínimo detalle de sus conversaciones, pero no había sacado nada en limpio. Parecían tratar el tema con delicadez y secretismo.

Terminé de comer mi tostada y me limpié las manos con una servilleta para abrir mi correo. Además del periódico y una suscripción a la revista económica del mundo mágico, había recibido una carta de mi madre y otra de una tienda exclusiva de túnicas anunciando que me tenían descuentos en varios productos por mi calidad de cliente frecuente. Y… otra carta.

Tomé el sobre blanco alargado y lo giré buscando el remitente. Nada, sólo estaba mi nombre como destinatario. La caligrafía no me parecía conocida tampoco.

La abrí pensando que debía tratarse de algún anuncio barato o algo así:

'¿Me podrías explicar porque ahora los retratos del castillo me hacen una reverencia cuando me ven pasar? Me pregunto si les amenazaste con romperles los lienzos o encerrarlos en una caja por siglos. Es bastante gracioso, me sube el ánimo.

Muchas gracias.

Al final del día tendrás mi regalo de agradecimiento. Sólo espero que no me haya pasado un poco de la raya…'.

No hacía falta que tuviera firma o leer el remitente para saber quién la había escrito. Me giré aparentando observaba la multitud en general y mi vista se detuvo por una milésima en la única melena pelirroja en la mesa de Gryffindor. Y podría jurar que Weasley me estaba sonriendo.


N/A: Sus reviews me alegran el día. Muchas gracias :).

Me fui por un par de días a la playa, y como no tenía muchas distracciones, terminé de escribir el capítulo. Me ha gustado el resultado. Escribir sobre Malfoy es un desafío, pero me encanta… Es un personaje ciertamente interesante. Y Nott también. No hay que perderlo de vista, ya que puede dar más de una sorpresa.

¿Y para cuando el siguiente capítulo? Pues, muy pronto.

¡Cuídense, adiós!