Capítulo nueve: Espíritu Gryffindor

La única vez que me había sentido tan observada había sido cuando me llamaron para cumplir mi castigo por desobedecer a mi muy falso profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mis compañeros me miraban con pena, despidiéndose con lánguidos ojos mientras podía ver escritas sus condolencias en sus semblantes. La mayoría pensaba que fue mi culpa por no haber cumplido las órdenes de los mortífagos. ¿Demostrar el uso de las maldiciones con Luna como voluntaria? Jamás. Ni aunque me hubieran torturado, como debió haberse hecho en mi fallido castigo, hubiera lanzado una maldición imperdonable a mi amiga.

Tragué lo último de mi tarta de calabaza y me puse de pie. En realidad no me importaba llegar tarde a Transformaciones, pero no le veía el caso a quedarme en el Gran Comedor sola y callada.

Dejando de lado mi sentimiento de soledad basado en el clásico narcisismo humano, me preocupaba muchísimo Luna. Mis padres no habían tenido ninguna noticia, y aunque la tuvieran, dudaba que me lo dijeran por medio de una carta. Todo lo que llegaba o salía del castillo pasaba por el filtro de vigilancia del nuevo sistema instaurado. Era por eso que lo aceptaba, pues ahora más que nunca teníamos que ser precavidos. Pero no podía evitar sentirme mal o sumamente encolerizada en contra de todos, en especial del mundo mágico; corrupto, débil, manipulable. Muchas personas presenciaron el ataque en el andén al tren y vieron como a Luna la secuestraban los mortífagos. No hicieron nada y, para colmo, no se menciona el incidente en el periódico. El Profeta estaba en manos de Voldemort y su séquito, obviamente iban a censurar la noticia; pero… ¿Y los demás? Las revistas semanales, los periódicos de crónicas rojas, todo medio escrito ignoraba la situación. Ya habían pasado varios días, así que debía saberse. Las malas nuevas siempre se llegaban a miles de oídos en pocos segundos, y esas personas se lo hacían saber a otros y así. El secuestro de Luna ya debía ser conocido.

-¡Ginny! –me giré y me encontré con Demelza. Me saludó y yo simplemente sonreí-. En el receso es la reunión con la dirección.

La verdad es que no estaba emocionada con la idea de pasar más de cinco minutos frente al consejo directivo, encabezado por Snape y seguido por otros mortífagos aparentando ser una buena estudiante, respetuosa y cordial, explicándoles por qué Gryffindor debería tener permiso para participar en la copa de las casas. Nuestra casa era la que más adversarios tenía en contra del sistema y claramente querían mantenernos controlados.

-Está bien… -asentí sabiendo que ya le había dado mi palabra a Demelza-. Nos vemos en la gárgola de la oficina de Snape.

-Claro. Me alegro que no hayas dado un pie atrás –comentó genuinamente aliviada-, porque pensaba que me recitarías nuevamente tus argumentos de por qué no deberíamos insistir.

-Lo que pasa es que no tengo ganas de discutir, Demelza –confesé. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan calmada. Aún no podía dejar de pensar en Luna o de enojarme ante los viles actos de los mortífagos en Hogwarts; pero me sentía muchísimo mejor que antes-. Pero no te preocupes. Ya insistiré en convencerte en que la capitana del equipo deberías ser tú.

-Es una lástima que no te des cuenta que el equipo te necesita…

-Demelza –dije suplicante. Suspiré-. Nunca te prometí que sería la capitana. Sólo dije que te acompañaría a la reunión.

-Está bien –alzó las manos, como haciendo una tregua-, no necesitas estar tan a la defensiva.

Entrecerré los ojos recordando que Neville me había dicho lo mismo varias veces. Y lo reiteró con énfasis el día en que discutimos. No es que desconfiara de él, pero últimamente no había sido el mismo. Neville estaba extraño, y me empeñé en que sus palabras no me descolocaran. Pero, ¿Demelza también?

La chica se despidió de mí, recordándome que teníamos que juntarnos en el primer receso y se fue hacia su grupo de amigas que la esperaban en la entrada del Gran Comedor.

Mi estado anímico era de equilibrio, sentencié en Transformaciones. Aún había muchísimas situaciones que me molestaban, empezando por Luna, pasando por la censura de información por parte de mi familia en su correspondencia y el poderío de los seguidores de Voldemort en todo el mundo mágico. Sin embargo, me sentía mejor. Ya no me costaba encontrarle algo positivo a mi situación actual; había encontrado en Michelle una compañera paciente en sobrellevar mi humor de perros, y… Bueno, también estaba Malfoy. Realmente no entendía la razón específica, la detonante de este cambio; pero de alguna manera ese hurón estaba involucrado.

Todavía seguía comportándose como un patán y era tan insufrible como cuando oí por primera vez una de sus patéticas bromas con su grupito de amigos en mi segundo día de clases de primer año. Pero no era un patán de la peor clase ni tan insufrible para no soportarlo. Algo tenía que me hacía estar con él más de cinco minutos y no sentir la imperiosa necesidad de llevar mi puño a su nariz. Aunque era difícil de explicar. Nunca me había llevado bien con él; siquiera habíamos hablado más de dos veces –y en ambas él me insultó y yo lo ignoraba- y apenas me fijaba en él más que cuando hacía alguno de sus espectáculos atacando a Harry o a mi hermano. Y ahora todo era tan distinto… aunque seguía mirando con desdén a toda persona que se le cruzara en frente, él ya no se burlaba de los demás ni ya no caminaba creyéndose el rey del mundo. Malfoy había caído en algo que él no tenía control ni tampoco noción del colosal tamaño del movimiento; participó por los deseos familiares y falló en el intento de matar a alguien. ¿Acaso eso era algo malo? Él se lo reprochaba, se creía un cobarde por haber traicionado los deseos de los demás en su supuesto momento de gloria dentro de los mortífagos. Y aquella… desolación, esa soledad que sentía en medio de lo que vivíamos en el castillo me hacía reflejarme en él. De alguna u otra manera me identificaba con Malfoy.

Al toque de la campana, anunciando el cambio de hora, Michelle me tocó el hombro y me dijo que debíamos ir a Adivinación. Asentí tratando de dejar de pensar en Malfoy y nos dirigimos hacia aquella torre en donde no había pasado más de treinta minutos despierta. Cuando Ron me había contado que Adivinación era la mejor clase para dormir, nunca le había creído y le dije que era muy irresponsable de su parte no prestar atención; pero cuando había tomado la clase, lo entendí a la perfección. Esa torre estaba hechizada, estaba segura. Y aunque nunca fui especialmente buena o mala en la asignatura, la seguí cursando para mis ÉXTASIS porque mi don de la imaginación siempre me salvaba en los exámenes.

La habitación circular estaba más desordenada que de costumbre. Al llegar, un fuerte olor a incienso de todos los tipos y perfumes me taladró el olfato, haciéndome toser. Michelle se tapó la nariz y me miró extrañada, mientras me fijaba en lo que ella ya había visto: las mesa de la profesora Trelawney dada vuelta en el suelo, con su bola de cristal rota y varios aparatos desparramados por la habitación.

-¿Qué pasó aquí? –preguntó una chica de Ravenclaw llegando a mi lado y escuché el resto de murmullos asombrados de mis compañeros.

-Me parece extraño que la profesora no se encuentre –comentó Michelle observando hacia las mesas dispuestas para los estudiantes. Todo se veía tan pulcramente limpio como siempre-, ella parece hasta hibernar acá.

-Es cierto –dije y avancé hacia la mesa de la profesora. Vi el mantel arrugado, peligrando con dejar de tocar la superficie de la mesa en cualquier segundo y polvos morados esparcidos por la alfombra.

-¿Acaso le habrá pasado algo? –alguien preguntó a mis espaldas.

-Vamos, quizás por fin se quedó encerrada en su bola de cristal y nos deja en paz –comentó una chica a mi lado y algunos rompieron en carcajadas.

Mientras pensaba en el mal chiste de la chica, me agaché al ver entre los pliegues del mantel un pedazo de madera que me llamó la atención.

-Ginny –me llamó Michelle por encima de las risas producidas por las nuevas bromas de algunos y rodeó la mesa, quedando al frente de mí-, ¿qué ocurre? –preguntó al analizar mi rostro. La verdad es que no tenía idea cómo lucía, pero no debía estar feliz. Tomé el pedazo de madera y se lo enseñé cuidando que nadie me descubriera-. Oh, Merlín… -musitó abriendo los ojos sorprendida. Abrió la boca varias veces y miró por encima de mis hombros, seguramente cerciorándose que nadie nos prestaba atención-. ¿Esa es la varita de la profesora Trelawney?

-Apostaría mi colección de cromos de ranas de chocolate a que sí es –dije pasando la punta de mis dedos sobre la varita. Era delgada y corta, con retoques de recovecos en espiral; y con algunas líneas sobre los recovecos de colores fuertes, con un brillo parecido al acrílico muggle o a la saliva de dragón. No podía ser de nadie más, la decoración de la varita era perfecta para describir a mi chiflada profesora de Adivinación-. Me preguntó por qué dejó su varita aquí –un mago siempre la llevaba consigo, era casi una parte más de nuestro cuerpo.

Mi compañera se alzó de hombros aún impactada, y de repente saltó nerviosa al escuchar otro de los estúpidos comentarios de nuestros compañeros; aunque esta vez no era tan idiota: seguramente alguno de los profesores o profesores suplentes vendrían a explicar la razón de la ausencia de la profesora y nos darían el material de aprendizaje.

Guardé la varita dentro de mi bolso y me acerqué a Michelle:

-Vamos. Dudo que tengamos Adivinación –dije tomándole el brazo.

Arrastré a Michelle casi todo el camino hacia la sala común. Caminaba como un autómata, y apenas se percataba de por dónde pisaba, así que tuve que gritarle tres veces para que no tropezara con algún escalón y en una ocasión casi se estampó contra una pared.

Ya en nuestra sala común, nos sentamos cerca de la chimenea y aproveché que nadie más estuviera en la habitación para sacar la varita y observarla de nuevo. Tenía varias teorías de lo que podría haber pasado, y todo me conducía al nuevo equipo docente de la escuela: mortífagos.

-Er… ¿Ginny? –musitó mi compañera tímidamente. Alcé la vista y vi que se enrojecía, y poco después empezó a jugar con el dobladillo de la manga de su túnica-. Lo siento mucho.

-¿Por qué?

-Porque no soy como tú –contestó y parpadeé impresionada por sus palabras. ¿A qué se refería? Me miró y luego continuó, pareciendo adivinar lo que pensaba-. Bueno, no me gusta estar en problemas… y aún estando en la situación en la que… estamos ahora –fruncí el ceño pensando que era raro que repitiera dos veces una misma palabra y balbuceara. No era típico de ella-… Es casi inevitable no estar en problemas. Pero… -exhaló aire, como si hubiera aguantado la respiración hacía muchos segundos-. Tú estás acostumbrada a este tipo de cosas. Ya sabes, ir al ministerio de magia, pelear contra cualquiera que moleste a tu familia, ingresar a ese grupo que hizo Harry Potter y el director Dumbledore en cuarto año… Es parte de tu vida encontrar situaciones riesgosas y enfrentarlas.

Una gran parte de mí me dijo que esa era otra persona, y una muy pequeña me recordó que esa había sido yo. En el pasado.

-Yo no soy valiente –sentenció luciendo avergonzada-. Lo siento por comportarme así en el aula de Adivinación, yo…

-Está bien –dije en el tono más suave que pude usar. Le sonreí, tratando de animarla-. No tienes por qué darme explicaciones. Todo lo que acaba de pasar fue… -saqué la varita de mi bolso y la observé atentamente-, todo fue una casualidad. Nunca planeamos encontrar esto.

Y así era. Las circunstancias no eran extrañas, puesto que todo el dominio de hasta la institución más precaria estaba bajo el régimen de Voldemort y las desapariciones o abusos de poder eran pan de cada día. Esa era la única forma en que se podía controlar a los rebeldes o simplemente a los sospechosos que entorpecían la labor del nuevo gobierno. Pero estábamos en Hogwarts, el lugar más seguro de todo el mundo mágico. Este castillo era una burbuja aislada del mundo exterior y… y siempre habíamos estado protegidos aquí dentro.

Sentí que la mitad del asiento del sofá se hundía y me percaté que se trataba de Michelle. Ya no tenía la cara roja, pero seguía luciendo muy nerviosa.

-¿Crees que fueron… ellos? –me preguntó con un hilo de voz.

-No hay otra opción, ¿no? –me enderecé y empecé a jugar con la varita-. Me pregunto por qué se la llevaron a la fuerza.

-Bueno, de todos los profesores… ella no es la más fuerte –al decir eso, bajó la cabeza avergonzada; pero asentí pidiéndole que me explicara a qué se refería-. Si yo fuera… uno de ellos, no secuestraría a Trelawney. Me preocuparía de McGonagall o Flitwick.

-Entonces, algo especial debe tener ella. Pero, ¿qué? –pregunté más para mí misma que para Michelle.

El dolor de cabeza que había sentido en el aula de Adivinación se estaba disipando, hasta el punto de ser sólo una mala experiencia pasada. Los olores fuertes siempre me habían afectado bastante, hasta el grado que los aromas desagradables y fuertes lograban que me mareara y una vez, cuando pequeña, vomité por oler uno de los tantos experimentos de los gemelos. De a poco me sentía con más ánimo y podía analizar los hechos con más claridad.

Obviamente los mortífagos se habían llevado a la fuerza a la profesora, a juzgar por el estado del aula: mesa daba vuelta, los inciensos y velas aún encendidos, y el desorden en general. El punto era por qué. Mi compañera había declarado algo muy importante, pero no me llevaba a nada concreto. La profesora Trelawney además de vestir ropas estrafalarias, usar anteojos espeluznantes y hablar como una persona un poco ida de olla; no tenía nada especial. Sólo era una mujer charlatana que trataba de enseñar un arte que la única ciencia que tenía era la de usar bien la imaginación y tener un buen dominio de la palabra; listo. ¿Qué de especial podía tener esa mujer para que los mortífagos se la llevaran?

-¿Qué va a pasar ahora, Ginny?

Miré a Michelle y me alcé de hombros, sin poder articular ninguna palabra. Yo también me preguntaba lo mismo.

-Lo único que sé es que debemos guardar silencio al respecto –a medida que iba hablando, empezamos a escuchar murmullos provenientes detrás del retrato de la Dama Gorda-. Nadie puede saber que nosotras tenemos la varita de Trelawney –expliqué guardándola con rapidez en mi bolso, casi al mismo tiempo que el retrato se deslizaba por la pared, permitiendo la entrada de los estudiantes-. Te prometo que no estarás involucrada más de lo necesario. No tendrás ningún problema…

Soy un asco, pensé sintiéndome fatal. Esa promesa sería muy difícil de llevar a cabo, ya que uno siempre forma parte del secreto con sólo enterarse; y no hay escapatoria. Sin embargo, necesitaba que nadie, en especial los mortífagos, se enteraran que habíamos hablado más de lo necesario respecto al incidente y que habíamos tomado la varita de la profesora.

Ella no asintió, pero vi algo en su mirada que delató que me decía que no se lo diría a nadie.

Casi al mismo instante en que un grupo de estudiantes de todos años ingresaban a la sala conversando, la campana retumbó en el edificio anunciando los veinte minutos de receso.

-Tengo que ir al despacho de Snape por lo del equipo de quidditch –anuncié dándome cuenta que verdaderamente tenía que enfrentarme no sólo a él, sino a varios mortífagos que opinarían sobre la seguridad en la escuela cínicamente, fingiendo que ellos no hacen daño ni a una mosca-. Nos vemos luego.

-Suerte –me dijo mientras me ponía de pie. Antes de irme, Michelle me agarró de la túnica y me hizo voltearme-. ¿No descansarás hasta averiguar qué pasó, no?

Michelle nunca había ingresado al Ejército de Dumbledore ni la había visto muy interesada hablando de Harry o los problemas políticos que cada día cobraban más fuerza en el mundo mágico hasta culminar en la situación actual. Ella era una chica dulce y sensible. Bastaba con mirar el miedo y la preocupación de su mirada para darme cuenta de ello.

-Después de todo lo que está pasando... –agregó soltándome la túnica y juntó las manos, nerviosa-. No quiero que te pase lo que le ocurrió a Lovegood por la osadía de su padre ni lo que les pasa a nuestros compañeros al hablar demás.

-Y yo no quiero que estos actos sigan ocurriendo, Michelle. Hay que hacer algo, aunque sea algo pequeño y realmente estúpido –me colgué el bolso en un hombro-. Toma apuntes en Encantamientos y me los pasas en la tarde para copiarlos –me giré moviendo mi mano en señal de despedida.

Mientras subía hasta el lugar de encuentro con Demelza, me apresuré a ordenar mis pensamientos: tenía que investigar qué le pasó a Trelawney y por qué. Debía evitar a toda costa que alguien descubriera que tenía la varita de la profesora en mi poder, y aún más que Michelle también estaba involucrada. Si quería hacer algo más que sentarme a ver como cartas anunciando la defunción de sus padres y hermanos llegaban a un niño cada mañana en el Gran Comedor, tenía que actuar a sangre fría.

Llegué hasta la escultura de la imponente gárgola, donde Demelza me esperaba impaciente:

-¡Te demoraste cinco minutos! –me gritó cuando aún no estaba a diez pasos de distancia.

-Los pasillos están llenos, Demelza –dije rodando los ojos. No era mentira, porque un mar de gente en túnicas negras y bufandas de colores atiborraban el castillo-. Además, aún no termina el receso.

-Bien, bien –suspiró. Llegué hasta ella deseando que algún evento desafortunado impidiera que subiera a ese lugar. Cuando más necesitaba a los gemelos y sus locas ideas, ya no estaban en la escuela-. Tenemos que se respetuosas, hablar con claridad, ser serias, no hay que mirarlos con odio…

-Eso será bien difícil, si te refieres al mismo señor que traicionó a-

-¡Ese no es el espíritu, Ginny! –me reclamó enojada. Preferí quedarme callada a recibir un largo monólogo de su parte, con argumentos muy parecidos a los que hubiera usado Hermione-. Es nuestra última oportunidad de lograr que el equipo de Gryffindor participe en los juegos.

Una vez que había dicho lo último, me percaté en que tenía toda la razón. Los mortífagos nos habían quitado la libertad de hacer actividades, nos arrebataban día a día las vidas de magos y muggles inocentes, nos quitaban las ganas de vivir y las esperanzas de un mundo mejor; nos robaban una buena educación y en cambio, nos daban clases sobre maldiciones y el uso de la magia oscura. No podía ser que nos quitaran hasta el derecho de divertirnos sanamente jugando partidos de quidditch. Por Merlín, ¿en qué estaba pensando antes cuando no me preocupaba del equipo? Era inaudito que no nos permitieran formar el equipo, luego de siglos de haber participado en la copa de las casas como Ravenclaw, Slytherin y Hufflepuff.

-Sí, tienes razón… no sé en qué estaba pensando antes –dije golpeándome la frente-. Hay que hacer esto bien.

-Hay que hacerlo por Gryffindor –Demelza me dio una gran sonrisa y pronunció la contraseña para que la gárgola nos permitiera el paso al despacho.

Ya había entrado al despacho dos veces, una para robar la espada de Godric Gryffindor y otra para cumplir un castigo por no querer lanzarle una maldición a Luna en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras; pero aún así no podía dejar de asombrarme la habitación. Era oscura y llena de frascos con sustancias asquerosas. Nunca había entrado al despacho cuando era de Dumbledore, pero estaba segura que fue muy diferente. Más iluminado, con artefactos fantásticos y cajitas en cada esquina llena de caramelos de limón.

Alrededor del escritorio de Snape había cinco personas más. A los únicos que conocía eran los hermanos Carrow, que formaron una burlesca mueca en sus caras cuando entramos al despacho. Tanto como ellos, los otros dos hombres y una mujer; nos dedicaban miradas de desprecio y falso respeto. Claramente no les interesaba el tema a tratar y creían que era una pérdida de tiempo.

-Buenos días –saludó Demelza usando un tono de voz completamente distinto al alegre que empleaba todos los días. Estaba demasiado seria.

-Llegan tarde a la reunión, señoritas –dijo la mujer viendo un horrendo reloj peludo en su muñeca-. Seis minutos y medio atrasadas, para ser exacta.

-Lo lamen-

-Las disculpas son sólo para débiles –le cortó el hombre más viejo y los hermanos Carrow rieron-, sean breves y puntuales; que no tenemos todo el día para sus niñerías.

-Muy bien –Snape golpeó la mesa suavemente, atrayendo la atención de todos los presentes. Traía puesta la misma túnica inmaculadamente negra y su pelo grasoso enmarcando sus toscas facciones-, el motivo de esta reunión es la petición de aceptar la participación de la casa de Gryffindor en la copa de las casas –hablaba con elocuencia, el muy maldito. Parecía tranquilo, dueño de la situación.

-¿Para qué hacernos perder tiempo en esto cuando Slytherin la ganará? –inquirió el señor mayor sacando nuevamente carcajadas en los del consejo.

Me mordí la lengua para evitar replicar y sentí la mirada precavida de mi compañera, advirtiéndome de cometer alguna locura.

-De antemano queremos darles las gracias por ofrecernos algo de su preciado tiempo, caballeros –dijo Demelza sacando una carpeta de su mochila.

-Agradécele a la jefa de ti casa, chiquilla –escupió Alecto Carrow, llevándose uno de los mechones de su pelo oscuro detrás de la oreja-. McGonagall no nos dejó tranquilos hasta tolerar ofrecer esta reunión.

-Lo haremos, profesora –dije con una sonrisa irónica. Demelza me miró atónita, suplicándome silenciosamente que me callara-. Pues bien, como se nos ha pedido, seremos breves y puntuales. Aquí les tenemos un copilado con la información del equipo; los miembros y lo que pedimos…

-¿Acaso piden algo más que formar su equipo sin ser expulsados? –inquirió el hermano de la mujer Carrow, Amycus.

-Tenemos que estar en igualdad de condiciones que los demás equipos, señor.

Demelza les pasó la carpeta, y retrocedió un poco asustada. Nos miramos en silencio, sin saber qué pensar. Snape leía detalladamente el copilado, mientras la mujer del reloj lanudo anotaba en un raído pergamino.

-¿Algo más que decir, señoritas? –preguntó Snape con suavidad, excesivamente amable.

-Nada, profesor –se apresuró a decir Demelza antes que yo hablara más.

-Entonces, esperen afuera unos minutos y las llamaremos cuando hayamos decido nuestra resolución –ordenó sin dar lugar a ninguna réplica.

Al salir, mi compañera exhaló como si hubiera aguantado la respiración muchísimos minutos. De hecho, tenía la cara con una tonalidad muy parecida al morado.

Se sentó en una de las sillas dispuestas precisamente para esperar y me hizo una señal para que la acompañara, pero le dije que prefería estar de pie. No podía quedarme quieta en un momento de tal tensión.

No sabía si aceptarían el equipo de quidditch. Habíamos sido lo más educadas posible, y soporté las ganas de saltarle encima a ese viejo asqueroso para decirle que Slytherin era el peor equipo en la historia de la escuela. Además, Demelza había luchado desde principios de año por la causa y hasta había preparado un fardo de papeles con información inútil para convencerlos que no había nada malo en permitirnos jugar.

Sin embargo, hablábamos de mortífagos. Y con eso, se explicaba toda situación adversa a nuestros propósitos.

-Ginny… -nunca había escuchado a Demelza tan nerviosa. ¿Acaso era la misma chica que se reía de lo empollón que era Ron en los entrenamientos del año pasado?-, ¿por qué los retratos del castillo hacen una reverencia cuando te ven pasar?

-Yo… -miré hacía el mismo lugar en que se enfocaban los ojos de la chica y vi un retrato de un caballo colgado en la pared. Como estaba caminando en círculos, el animal hacía una diadema cada vez que pasaba al frente de él-. Es una larga historia –dije soltando una risita.

Menos mal el ambiente se había hecho más ligero, puesto que Demelza empezó a hablarme de la próxima salida a Hogsmeade.

OoOoO

-Prior Incantato –aparté mi varita de la de la profesora Trelawney y observé como ésta empezó a vibrar ligeramente.

Unas chispas amarillas comenzaron a emitirse de la punta de la varita de la profesora y empezó a levitar, hasta estar a treinta centímetros de la mesa. La varita hizo una floritura, como si una mano invisible la moviera y se escuchó en todo el aula la voz de un hombre diciendo: Imperius.

-Deletrius… -murmuré e inmediatamente la varita cayó a la mesa rodando hasta caer al suelo. No me preocupé de recogerla, estaba conmocionada escuchando el eco de la voz masculina pronunciando aquella maldición imperdonable.

-¡Oh, rayos! –escuché otra voz masculina, pero no era perteneciente al que había usado la varita de la profesora Trelawney-. ¡Déjenme tranquilo!

Quité el encantamiento a la puerta y la abrí comprobando mi sospecha: Malfoy. El chico se hallaba siendo golpeado por pesados libros que había dejado escondidos en el pasillo en caso que alguien quisiera entrar al aula. En cuanto alguien pusiera su mano en el pomo de la puerta, los libros se lanzarían ante la persona hasta aturdirlo y hacer que se retirara del lugar.

-¡Weasley, haz algo! –gritó al verme de pie en el umbral de la puerta.

-¿Y perderme el placer de ver cómo Draco Malfoy es vencido por cinco ediciones de Historia de Hogwarts? –sonreí divertida al ver cómo trataba de esquivar el libro más viejo, pero al agacharse, le dio de lleno en la cara la edición más nueva-. Ni pensarlo.

-¡Estoy hablando en serio, comadreja! –replicó furioso.

-Dime las palabras mágicas, y los detendré.

-Ya traté de romper el encantamiento, pero no funcio… Oh, mierda –se quejó por la embestida de los libros en su codo-, no funciona.

-Cuando digo palabras mágicas, me refiero a las dos palabras más célebres de la cortesía tanto muggle como de magos, Malfoy.

En otra circunstancia, Malfoy se hubiera burlado de mí argumentando que él jamás se rebajaría al nivel de rogarle a una comadreja; pero tuvo que hacerlo. No pude evitar hacer un gesto de triunfo al escuchar decirme "por favor, Weasley, detén a estos endemoniados libros", en especial por el desagrado en su voz. Aunque no quisiera, lo hizo porque ambos sabíamos que era perfectamente capaz de dejar que los libros lo molieran a golpes hasta que estuviera inconsciente.

Apunté con mi varita a los libros y pronuncié el contra encantamiento, y uno por uno los libros fueron cayendo pesadamente sobre el suelo.

-¿No era tan difícil, verdad? –le pregunté mientras guardaba mi varita y entraba al aula.

-Me has humillado, Weasley –me dijo siguiéndome. Se limpió la túnica y se arregló el cabello con mucho cuidado-. Créeme que me las pagarás.

-¿Así me hablas después de haberte hecho un regalo tan genial?

Me senté en uno de los pupitres y le sonreí desafiante. Malfoy simplemente terminó de acomodarse la ropa antes de apoyarse en el pupitre de adelante:

-Sí, resulta que por eso te buscaba… -se cruzó de brazos y encargó las cejas-, ¿cómo es que Warrington terminó en la enfermería con parálisis en las extremidades del cuerpo?

-Los accidentes pasan –respondí con voz casual.

-Oh, y no he mencionado que extrañamente ahora le tiene fobia a las escobas. ¿Un accidente terrible, no? –se inclinó y me sonrió cínicamente-. ¿De verdad no tenías idea?

-Mira, si el chico tuvo un pequeño encuentro en las duchas con su escoba después del entrenamiento del equipo de tu casa, pues sí que es un accidente penoso.

En el fondo sabía que a Malfoy no le molestaría que me haya desecho del buscador de su equipo, así él podría jugar. No habría nadie más capacitado y disponible para hacerlo, en especial cuando Slytherin ya había pasado a la final del campeonato. Lo que sí podría enfadarle, era el hecho que yo, una comadreja y sangre traidora, lo habría ayudado. Y fue por eso que me impresioné cuando escuché carcajadas inundando el aula.

Era la primera vez que veía a Malfoy riéndose de aquella manera. Sus ojos estaban cerrados y hoyuelos se arremolinaban en cada punta de las comisuras de sus labios. Se sentó como pudo sobre el pupitre y se llevó las manos al estómago, mientras se doblaba y seguía riéndose sin parar.

Me pregunté si antes se había reído así; con su grupo de amigos, con los mortífagos o con su familia. Y tuve la sensación que lo más probable es que no, que nunca se hubiera ahogado en carcajadas como lo hacía en ese preciso instante. Se veía tan feliz, tan relajado.

-Ay… -trató de calmarse y me miró con los ojos brillantes. Me encontré sonriéndole de vuelta-. No sé qué es más gracioso: la cara de de esos idiotas rogándome que estuviera en el equipo o la historia de cómo la escoba trató de violarse a Warrington.

-Creo que la segunda, porque la primera es más… no sé, se tuvieron que comer sus palabras, ¿no? –sentía algo florecer en mi pecho al ver a Malfoy tan contento-. Gracias por ayudarme de Zabini, Malfoy. Tienes más fuerza de lo que aparentan esos brazos flacuchos, me pudiste llevar hasta la enfermería.

-Pero si saltaste casi todo el camino.

-Exactamente –dije riendo.

Cuando le pregunté qué le había hecho a los retratos, él simplemente respondió que había usado alguno de los contactos que le quedaban que respetaba su nombre. Sinceramente, no le creí. El respeto por un apellido, en especial por el suyo, en estos días; no valía de mucho, así que debía haber hecho algo más. No me quiso dar más detalles, diciendo que se perdería el misticismo de su acto así como él tampoco quería saber qué encantamiento había usado para lograr que la escoba persiguiera a Warrington el día anterior.

Si alguien hacía tres meses atrás me hubiera dicho que me encontraría hablando con Malfoy más de lo necesario para intercambiar un par de insultos, me hubiera reído en su cara. Y aún así me parecía surrealista el hecho que me sintiera tan bien a su lado.

-Oye, Weasley –recompuso su postura formal y miró de soslayo el aula-, ¿qué haces encerrada en este sector abandonado del castillo?

-Pues… -me mordí el labio inferior indecisa. No quería involucrar a más personas en el asunto, pero Malfoy podría ser útil. No por nada todavía seguía enlistado en las filas del enemigo-. ¿Supiste que la profesora Trelawney no está en el castillo?

-Algo escuché, pero no sé muy bien por qué. La gente está ahora ocupada hablando que Gryffindor participa en la copa de las casas –hizo una mueca que parecía una sonrisa-. Felicitaciones, capitana.

-Er, gracias –dije algo descolocada al analizar que él me felicitaba. Qué raro, pensé-. Pues, la profesora fue atacada por los mortífagos.

Le expliqué que a la tercera hora de la mañana, teníamos clase con ella y le conté que al llegar, nos habíamos encontrado con el aula desordenada y la mesa de la profesora volteada, como si alguien la hubiera empujado adrede. Me puse de pie y recogí la varita, mientras él seguía atento mis movimientos.

-El último hechizo conjurado de la varita fue… un Imperius –dije enseñándosela y no pude evitar temblar al pensar que alguien había tratado de manipular a otra persona.

-Deberías dejar de hacer esto, Weasley.

Miré a Malfoy sorprendida por sus palabras. ¿A qué se refería?

-Este tipo de cosas no traen más que problemas.

-El problema son ellos, Malfoy –suspiré enfadada-. ¿Es que ya han caído tan bajo de atacar profesores de la misma escuela y encubrir el accidente sin decirles la verdad a los estudiantes?

-Aún así, son más en número y en fuerza –de un salto se puso de pie y caminó hasta llegar a mi lado. Me quitó la varita-. Supongo que tomaste esto de la escena del crimen a escondidas, ¿o me equivoco? –sonrió burlón. Me quedé en silencio-. Me lo suponía –chasqueó la lengua-. Te dije una vez que tenías mantenerte alejada de esto, Weasley. Y creo que te debería haber quedado claro el día en que se llevaron a Lunática Lovegood en el tren.

Sus palabras eran duras, pero sabía que esa era su intención, y aún así me sentí arremetida por sus dichos. Cientos de personas eran encontradas muertas a manos de circunstancias sospechosas, todas apuntaban a mortífagos; familias se despedazaban día a día, incluso la mía se veía azotada con las noticias que amigos o primos habían desaparecido de sus viviendas y lo único que encontraban eran una marca tenebrosa en el cielo. Y Luna, mi Luna estaba a la merced de aquellos desquiciados que no sabían distinguir entre un ideal político a un fanatismo esquizofrénico.

Empero, había hecho una silenciosa promesa de llegas hasta las últimas consecuencias en esto. Estaba muy consciente que no podría acabar con Voldemort ni desmigar su imperio asesino que controlaba el ministerio, mas podía intervenir en la situación de injusticia que vivíamos cotidianamente en el castillo.

Malfoy me observaba enojado, esperando pacientemente a que le contestara con un insulto, negándome a obedecerle. Por el contrario, hice algo muy distinto:

-¿Y a ti qué te importa? –bramé como una pregunta casi sin fundamentos reales, pero en realidad, era una duda que hacía tiempo me rondaba por la cabeza-. ¿Por qué debería importarte a ti que me maten los mortífagos? ¿Acaso te interesa el bienestar de mi familia, de mis amigos, de los miles de inocentes que viven aterrorizados ante los de tu bando? –entorné la mirada convencida de cada cosa que decía-. ¿Te interesa lo que me pase a mí?

En sus ojos grises apareció una neblina, como una especie de pared que se interponía entre los demás y él. El brillo de alegría, de autenticidad en sus pupilas se había extinguido.

Se iba a quedar en silencio, se quedaría mudo ante mis preguntas. Nunca me contestara, me dije sintiéndome idiota por exigirle a Malfoy tales demandas, porque Malfoy nunca sería capaz de mostrar interés en alguien o algo.

-Porque tal vez me das pena, Weasley –dijo con voz gélida. Apreté los puños, oprimiendo las ganas que me dieron de llorar-. Hablas como Potter. ¿De verdad crees que vas a poder salvar este mundo del poder del señor Oscuro? –lanzó una carcajada y chasqueó los dedos, haciéndome saltar por el susto-. Reacciona, estamos en el mundo real. No en las utopías de tu cara rajada que se cree el salvador de hasta las ratas del basurero de Hogsmeade.

De alguna manera extraña sentía que con Malfoy había establecido un vínculo. Algo me hacía sentirme identificada con él, algo me unía a ese rubio de facciones delicadas y tez casi traslúcida. Ése algo era el sentimiento de soledad y traición ante la guerra que se cernía en nuestro mundo.

Me giré sobre los talones evitando hacer contacto visual con él y guardé la varita de la profesora Trelawney en mi bolso. Lo cerré a tirones y me lo colgué a un hombro, luego tomé mi varita y la guardé en uno de los bolsillos interiores de mi túnica.

-Alguien tiene que pelear por las utopías, Malfoy. De soñadores se hace el equilibrio en el mundo –dije volteándome hacía él. Su semblante era indescifrable-. Y aunque no tenga plena esperanza en que la situación cambie, porque sé que las condiciones me son adversas y que estoy cometiendo una locura; lo haré. Se lo debo a Luna, a Neville, a mis hermanos, y a Harry. Sobre todo a él –agregué pensando en cómo se encontraría. Hacía días no había noticias en los periódicos, y me preocupaba-. Debo luchar en contra de Voldemort, a mi manera… -le sonreí, tomando valor para decirle lo que tanto deseaba-, y tú deberías luchar en contra lo que tu familia quería que hicieras. Pelea en contra de los imbéciles que te hacen creer que no haber matado a Albus Dumbledore fue un acto de cobardía… porque para mí fue el más valeroso de todos, Malfoy.

Salí del aula sin siquiera comprobar si la reacción de Malfoy había cambiado, si daba la señal de mostrar alguna emoción. Tenía ahora que concentrarme en algo muchísimo más importante. Por fin podría hacer algo en ese castillo de mierda, llena de enemigos: proteger a mis compañeros.

Y el único punto de partida, era averiguar la razón por la cual la profesora Trelawney había sido secuestrada por los mortífagos. Lo único lógico, aunque también era bastante poco probable, es que ella tuviera información privilegiada. ¿Qué tipo de información? Algo importante, algo que los mortífagos temieran como poderosa o… que desearan, una que Voldemort deseara.

Sólo de algo estaba segura: la voz que había escuchado en la varita de la profesora había sido la de Amycus Carrow, el hombre de los hermanos Carrow. Él había invocado el Imperius.

-¿Señorita Weasley? –la profesora McGonagall estaba extrañada de verme en su despacho-. Ya me han informado que el equipo de quidditch ha sido aprobado en la dirección. Felicidades –dijo sin ocultar una sonrisa victoriosa, y al ver que yo sólo asentía, preguntó:-. ¿Le ocurre algo?

-Pues, he tenido una duda profesional, profesora –me preparé para actuar lo más convincentemente posible-. Estaba pensando en qué me gustaría estudiar luego de graduarme de Hogwarts y… leí algunos panfletos que nos dio a principios de año en las horas de asesoría vocacional, sobre el ministerio de magia –la ceja de la mujer se alzó interrogante, obligándome a dirigirme al grano-. ¿De qué trata el Departamento de Misterios?


N/A: De los muchos giros que pensé para la historia, éste era inesperado. Recién hoy, cuando lo escribía se me ha ocurrido y tuve que agregarlo… le da un toque más rebelde y verdadero a Ginny. Así que, para ser sincera, no tengo idea cómo esto va a terminar, jaja. Tendré que consultarlo con la almohada.

No tengo idea cómo funciona el Prior Incantato, así que inventé eso de las voces y que la varita vibra. Tengo la idea que en alguno de los libros debe decirlo, pero como sólo me acuerdo de lo especial que fue ese hechizo con las varitas de Voldemort y Harry, me da pereza buscar un ejemplo con este hechizo en circunstancias normales. Y tampoco sé si Warrington era el buscador de Slytherin en aquel tiempo, pero como ElDiccionario(punto)org no decían fechas, lo escogí por el nombre.

Muchas gracias por sus reviews, simplemente me encanta leer sus sugerencias y opiniones. Ya saben que dejar un review no cuesta dinero y son de mucha ayuda para los escritores y lectores, así que los animó para que me dejen sus impresiones del capítulo (o podría optar por la propaganda: "dejar reviews adelgaza", pero siempre alguien me vendrá a decir que ha dejado miles de reviews en su vida y es una bola ambulante).

Me he emocionado con el fic, así que de hecho seguiré escribiendo hasta que mis padres me reten por estar despierta y/o se me agote la inspiración. Hay que aprovechar… así que los dejo, eso es todo por hoy.

Besotes y hasta la próxima.