Capítulo diez: Reunión en Las Tres Escobas

No tenía idea por qué me sentía tan frustrado. Sabía que me encontraba enojado, pero eso claramente se debía a la intromisión y la altivez de Weasley. Esa chica nunca fue criada bajo modales estrictos, y se creía capaz de decirles a todos lo que se le diera la gana… Una irrespetuosa, eso era, una idiota que le falta el respeto a los demás. Quizás si no me hubiera pillado desprevenido, la hubiera puesto en su lugar. ¿Acaso qué creía? Nadie le gritaba a un Malfoy, y mucho menos a Draco Malfoy. Ella era una simple… traidora de sangre.

Llegué a la sala común aún dándole vueltas a lo dicho de Weasley. Por una parte me afectaba lo que me había dicho, aunque no quisiera admitirlo. Lo más lógico sería sobreponerme a los eventos del pasado y seguir adelante, sin importar lo que los demás piensen de mí. Pero había defraudado a mi familia, al Señor Oscuro, a mis compañeros de casa, a los seguidores de este nuevo régimen; a tantas personas que esperaban que siguiera al pie de la letra lo encomendado, que recorriera el mismo camino que mi padre y mis antepasados Black. Sin embargo, mi apellido no era Black y yo no era mi progenitor. No me sentía identificado con los rituales esquizofrénicos de mis antepasados ni con el sometimiento de mi padre… porque sí, admitía que había callado cada miedo y oposición ante los planes que el séquito del Señor Oscuro armaba para mí, pero se trataba de algo distinto. Mi padre me había ordenado, sin dar lugar a réplicas, que ya tenía la suficiente edad para unirme a la gran causa del mundo mágico. ¿Cómo iba a negarme ante mi padre, el hombre que ayudó a traerme a este mundo y me ha criado? En cambio, él se había sometido ante el poder y la riqueza, el renombre… No. Él se unió por miedo a la muerte, a que lo asesinaran por no empatizar con los planes del Señor Oscuro. Yo por terror a recibir el rechazo paterno, y él por pánico a recibir una maldición imperdonable. ¿Quién era el más cobarde ahora?

-Necesitamos hablar, Malfoy.

Me costó bastante salir de mis pensamientos y enfocar la mirada en Zabini, el cual caminaba hacia mí bajo la atenta mirada de todos los presentes de la habitación ovalada. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, rápidamente buscó a Daphne Greengrass. Ella asintió, animándolo. Carraspeó antes de voltear la cabeza:

-Supongo que ya te has enterado del accidente de Warrington –anunció parcamente.

Aunque estuviera cabreado por lo idiota y cabeza dura que era Weasley, no podía dejar de admirar algunas de sus cualidades. Como su imaginación, me dije tratando de no sonreír, y sólo asentí calmadamente. Por fin iba a tener el lugar que me merecía en la escuela.

-Supe que no podrá moverse por una semana y que, aparentemente, le tiene una fobia incontrolable a cualquier trozo de madera alargado… -dije y chasqueé la lengua-. Es una lástima que las escobas tengan un mango, de madera y delgado.

-¿Desafortunado accidente, no? –arqueó una ceja observándome-. No luces demasiado triste o conmocionado por la noticia –miró por encima de su hombro, a Crabbe, Goyle y el resto del equipo que se encontraba en una esquina escuchándonos-. Nos estábamos preguntando si quizás tú tendrías algo que confesar, Malfoy. Ya sabes… La envidia corroe y tú más que nadie la debes sentir.

-El día en que me deprima por personas que apenas he visto, pues será el día en que dejes de hacer deducciones imbéciles, Zabini –no pude evitar reírme, y miré hacia el resto del equipo-. Warrington es un pobre diablo que tuvo mala suerte, Pues, qué pena. ¿Y a mí qué? Recién supe de su patética existencia este año, cuando me quitó mi puesto.

-¿Quitártelo? –exclamó Zabini burlón mientras Crabbe y Goyle reían-. ¡Enhorabuena, entonces! Al menos él atrapa la snitch.

-Sí, porque al buscador del otro equipo se le cayeron las gafas –comenté dejando de un zarpazo a todos callados. Los ojos de Zabini se entrecerraron y sentí un silencio escabroso que empezaba a rodearnos-. Felicidades por tu buscador y tu victoria, Zabini. Lleva a tu equipo a la victoria de esa manera y serás el capitán que llevó a Slytherin a perder la Copa de las Casas contra Gryffindor.

-Como si de verdad fueran a ganar con un equipo mal entrenado. A duras penas les dieron permiso de jugar hoy y el partido es en dos semanas –dijo Goyle haciendo reír a varios.

-¡En especial con la comadreja de capitana que tienen! Debe ser una reina, como su hermano defendiendo los aros –contesto Crabbe siguiendo con el coro de carcajadas a su alrededor.

Apreté los puños, ocultando mis manos bajo las mangas de la amplia túnica. Me costaba admitir que el hermano de Weasley tuviera talento, ya que ese pobretón no podía jugar sin que los nervios lo traicionaran y dejaba que con las sosas canciones que inventamos en quinto año, se le colaran todos los lanzamientos. Pero su hermana era distinta. Ella, tal como en cualquier otro ámbito que no fuera el quidditch, no permitía que ninguna canción, opinión ajena ni advertencia, influyeran en su desempeño.

Crabbe y Goyle seguían rompiendo en risitas estúpidas, acompañadas por todos. Incluso Pansy mostraba su amplia dentadura blanca, disfrutando por los comentarios absurdos de imbéciles que no conocían a Weasley. Ninguno de ellos la conocía, de hecho. Y ciertamente dudaba que alguno fuera lo suficientemente digno de hacerlo, porque actuaban como una tropa de animales vacíos.

-Al menos ella sabe cómo montarse a una escoba al primer intento –dije haciendo silenciar de a poco a todos. Los ojos de mis compañeros me observaban fijamente, escandalizados por lo que habían oído; en especial los de Zabini, Crabbe y Goyle-, no como tú –miré a Zabini-, que tienes tan mal equilibrio que debes tratar tres veces antes de permanecer en tu escoba por más de cinco minutos.

No sabría decir qué vi en los ojos de Zabini. En el largo tiempo en el que lo consideré un camarada, lo más parecido a un amigo, siempre había dilucidado seguridad. Algo que me había llamado la atención de él, era eso. Su seguridad no se traducía en altivez, como la mía, sino que en el tono inflexible de su voz al decir una afirmación y la dureza en sus preguntas. Nunca se dejaba molestar por nadie, y se reía de mí cuando maldecía en contra de Potter y sus amigos, diciéndome que era una perdida de tiempo pelear contra ellos. Siempre se reía de todo; prefería eso a malgastar energías en discusiones que no llevaban a ningún punto en concreto.

Y con las tenues risas de los presentes, tratando de taparse la boca para evitar que se escucharan carcajadas, vi que la seguridad en los ojos de Zabini desaparecía. Bajó la mirada apenado, mientras apretaba el puño conteniendo las ganas de explotar. Me pregunté qué sería capaz de hacerme si no estuviésemos en medio de la sala común, llena de personas.

-El sábado te esperamos en Las Tres Escobas –intervino Pansy, emergiendo desde el grupo que nos rodeaba. Le puso una mano en el hombro a Zabini y aprecié la manera en que lo apretaba con fuerza. Una sonrisa cínica se formó en su rostro, tal como su amigable voz-. A las tres de la tarde nos reuniremos.

Claramente no se refería a una reunión del equipo de quidditch, como podría haberme esperado por el accidente de Warrington. Después de todo, Pansy era la que me lo informaba.

Mientras la sala común se vaciaba, entre risas y algunos murmullos, sólo quedaron Crabbe, Goyle, Pansy y Zabini. Los primeros avanzaron hasta llegar junto a los dos últimos, y me observaron con miradas apagadas y unas deformes muecas.

Ya había pasado más de tres meses desde el inicio del año escolar y no había asistido a ninguna reunión. De hecho, desde aquella fatídica noche en que mi padre me pidió acompañarlo a visitar al Señor Oscuro y recibí el peor castigo de mi vida, había prometido evitar a toda costa relacionarme más de lo estrictamente necesario con los mortífagos. No fue difícil, ya que ninguno me buscaba y la verdad no me interesaba si se trataba de una decisión privada o una orden del cabecilla del grupo.

Las palabras de Weasley diciéndome que la profesora chiflada de Adivinación había desaparecido bajo circunstancias sospechosas retumbaron en mi cabeza como un eco molesto, y cada palabra parecía cobrar más volumen.

-Estaré puntualmente allí –me encontré asintiendo antes siquiera de procesar mejor la estupidez que se me había ocurrido llevar a cabo.

Me giré y subí hacia los dormitorios, bloqueando lo que Zabini le decía a Pansy. Nuevamente colocaba esa pared que me separaba del resto, pero ésta vez más concienzudo que nunca.

Cabía la posibilidad que ellos estuvieran al tanto de lo que le había pasado a la profesora. Me parecía sumamente extraño que se tomaran medidas contra ella, siendo que no es un blanco de interés. Aparentemente, claro estaba. No podía asegurarlo por completo; no me encontraba tan informado de los últimos movimientos del grupo. Así que debía haber varios asuntos de los que no tenía idea y podría enterarme el día de la reunión.

Antes de entrar a mi cuarto, me quedé con la mano en el pomo.

¿Significaba que estaba ayudando a Weasley?

No sabía por qué, pero no podía afirmar honestamente que me importaba un carajo lo que ella hiciera. Porque lo hacía. Ella se estaba involucrando en un enorme embrollo desde el momento en que decidió proteger a Lunática Lovegood en la estación de trenes y estaba tomando mayor envergadura al planear averiguar la razón de la desaparición de Trelawney.

Con la respuesta en mi cabeza, giré la muñeca y con ello sacando el seguro de la puerta para darme paso a aquella oscura y fría habitación de seis camas.

Me lancé en mi cama, abatido. Cerré los ojos y dejé escapar un bufido contenido desde que Weasley me dio aquel sermón en una de las aulas abandonadas del castillo hacía poco menos de una hora.

Ayudar a Weasley era sinónimo de traicionar a mi familia y a mis compañeros de casa. No, sólo a su familia. Los otros eran unos imbéciles que no se merecían el perdón ni del mismo demonio por su volubilidad. Y lo peor de todo, es que apuñalar el apellido Malfoy y la sangre Black que corría por mis venas no me dolía como podría haber esperado… Me sentía muy tranquilo, casi en paz conmigo mismo. ¿Acaso era algo bueno darle la espalda a la honra familiar?

OoOoO

Nott rompió en una sonora carcajada, seguido de un respingo constante de su nariz hasta que pudo calmarse. En todos esos minutos, no pude evitar observarlo casi sorprendido. Costaba creer que estaba presente y quizás era el causante, de que Nott estallara en risas. Lo había visto reírse, incluso un par de veces sonreía ante algún comentario que hacía en clases de lo mal que lucía Granger con esos dientes de castor, pero nunca de esa manera tan espontánea y real. Era la primera vez que lo veía reírse de tal forma, casi con lágrimas en los ojos.

Salimos del carruaje y luego de casi llegar a la calle principal del pequeño pueblo comercial, por fin pudo respirar profundamente y hablar:

-¡Un infiltrado en las líneas amigas!

-No deberías gritarlo –le advertí mirando si alguien nos había escuchado, pero los transeúntes caminaban sin dar señales de haberse percatado de lo que decía-. Es peligroso.

-Te has convertido en la peor pesadilla de un Slytherin –dijo negando la cabeza, fascinado con mi idea de ayudar a Weasley obteniendo información como mortífago que era-. Es realmente maravilloso que esté vivo para ver cómo se desarrolla y termina este asunto.

Sin embargo, más que bromas, a Nott le parecía muy buena la idea. Su desprecio por los fundamentalismos mortífagos le parecían deplorables y cooperar a combatirlo le parecía osado, pero no imposible. Aunque le traté de explicar por todos los medios que nunca estaba concertado en mi plan la idea de pelear en contra de los mortífagos, pero no seguí insistiendo tras un breve razonamiento que me hizo creer en sus palabras.

Weasley pertenecía a un entorno de ideales de justicia y bien, por lo que haría todo lo que estuviera en su alcance para finalizar el régimen del Señor Oscuro. Si bien; tenía dudas y crisis, como todo ser humano debía vivir; era casi predecible que volvería a encaminarse por sus convicciones y sería un alma luchadora más en el silencioso, pero poderoso grupo de opositores. No por nada, su familia parecía ser de vital importancia para los adversarios y ella misma era especial para el líder natural y simbólico de su causa: Harry Potter.

-De todas formas, me siento como un traidor de mi apellido –dije, con un poco de resquemor. Aún no me acostumbraba a hablar de mis problemas, pero Nott me había demostrado con creces que era un sabio milenario en un cuerpo de adolescente.

-¿Y no se tratará de culpa? –se detuvo un par de segundos a observar las nuevas plumas de tinta china que colgaban de un aparador. Fruncí el ceño, confundido-. ¿O debería decir alivio? –me sonrió antes de continuar caminando.

Lo siguió, alcanzándolo con facilidad. ¿Por qué siempre debía lanzar conjeturas que raramente podía descifrarlas él mismo?

-Tus ojos demuestran convicción, Malfoy –explicó mirando al frente. Volteó la cabeza para observar una cascada de chocolate colocada en el aparador de Honeydukes. Había un grupo de niños chillones pegando su nariz al cristal de la tienda, maravillados por la nueva atracción. Lucían desesperados por introducir la mano en el pozo espeso que se formaba en la caída del chocolate-. Y si hay convicción en un acto que se puede considerar traición, entonces se trata de una acción correcta –sonrió, débilmente luego de girar un poco la cabeza, observándome por primera vez desde que había empezado a cuestionar mi supuesta traición a la familia Black-. Estás haciendo lo correcto para ti.

-¿Y si no es lo correcto para los demás? –pregunté después de repetir mentalmente sus palabras, como un eco infinito en mi cabeza-. Muchas veces el egoísmo y despotismo humano se traduce en accionar contra el bien común. ¿No hay que obrar según la máxima más buena para el resto?

-¿Cuál resto? –alzó una ceja, con la misma actitud altanera que adoptaba en clases para rebatir algo al profesor y dejar en ridículo a algún estudiante-. Ya se hace tarde, Malfoy. Creo que hasta en los grupos subversivos la puntualidad es fundamental.

Aún no habíamos terminado, pero tenía razón. El reloj de la única y pequeña plaza del pueblo anunciaba que ya eran las tres de la tarde. Si llegaba tarde, quizás no volvieran a invitarme a una de las reuniones y el plan se me iría al caño. Tenía que actuar con precaución y hacerlo a la perfección; ningún detalle podía dejarlo al azar.

-Una mejor manera de calificarlos sería escoria –dije antes de esconder mi boca en la bufanda.

-Gracias por el dato cultural del día –volvió a soltar una risita-. Hasta luego, Malfoy –se despidió antes de ir hacia la librería.

Mientras me encaminaba a Las Tres Escobas, el rostro cansino de Albus Dumbledore apareció en mi cabeza. Me había reído de él varias veces, y con justa razón, ya que muchas veces sólo hablaba disparates y era demasiado excéntrico para mi gusto. Me preguntaba cómo alguien así podía ocupar el cargo de director de Hogwarts; con sus caramelos de limón, amigo de un semigigante y favoreciendo a los hijos de muggles y sangres impuras. Empero, no podía negar que se trataba de un viejo inteligente. Él sabía todo lo que ocurría a su alrededor.

De una manera sigilosa se escapaba de las trampas que el ministerio de magia y otros hombres de importantes familias puras le tendían, y actuaba con una serenidad casi atemorizante al enfrentarse al ministro de magia o a otros encargados, que venían a disturbar la aparente vida de ensueño dentro del castillo. Sin mencionar que él había sido el único en decirme la verdad: no podía matarlo. No tenía las suficientes agallas para dejar que su vida dependiera de mis manos, y él lo demostró cuando me sonrió penosamente, desde el suelo en la Torre de Astronomía aquella asquerosa noche.

¿De verdad había permitido transformarme en un supuesto asesino a sangre fría? ¿Ellos me habían hecho esto? ¿Mi padre los había dejado?

Ahora entendía un poco mejor por qué mi madre había estado tan preocupada, casi consternada cuando supo que yo tendría que llevar a cabo el punto culmine del mayor plan de los seguidores del Señor Oscuro. Mi tía estalló de felicidad, mi padre estaba orgulloso… pero ella, estaba sentada en el salón de la mansión, de piernas elegantemente flexionadas y observaba un punto fijo perdido en el horizonte, sin decir absolutamente nada. Fue una de las pocas personas que se dieron cuenta en qué me había metido, en qué estaba dejando que me convirtieran.

Las Tres Escobas estaba tan lleno como lo había pensado. Entré ignorando algunas miradas curiosas de los presentes, la mayoría estudiantes de la escuela, y busqué entre los pequeños grupos apiñados en cada mesa. Ninguno de los rostros familiares apareció, y no pude evitar soltar un bufido extrañado. ¿Dónde rayos estaban? Llegaba atrasado, de hecho.

-¿Qué? –la cantinera de la tienda me hizo señas desde la barra, al fondo.

Me abrí paso entre la gente, para poder llegar hasta donde se encontraba, si no mal recordaba se llamaba Madame Rosmerta. Un imbécil de Gryffindor trató de hacerme una zancadilla, pero como me había dado cuenta, le pegué intencionalmente en todo el tobillo. A juzgar por sus reclamos a mis espaldas y las palabras de sus amigos, dudaba que alguna vez se atreviera a engatusar a alguien con ese antiguo truco. Se necesitaba más para hacerme quedar en ridículo.

La mujer estaba pálida y tenía un extraño temblor en la mano que equilibraba una bandeja llena de botellas cervezas de mantequilla. Mientras un hombre le daba una bandeja con vasos recién lavados, se inclinó hacia mí.

-Anda hacia el baño, y luego a la derecha –dijo expeliendo un aliento desagradable.

-¿Perdón? –pero no me oyó porque ya estaba encaminándose a una mesa del fondo, haciendo uso de una admirable equilibrio con las bandejas.

Seguí observándola por un par de segundos antes de seguir sus instrucciones. Fui al baño de hombres, y antes de entrar, vi una puerta camuflada a la derecha del pasillo. Apenas se podía divisar con todo el polvo que bañaba la madera de la pared.

Toqué con la yema de los dedos varias veces el contorno de la puerta rectangular, preguntándome cómo se abría. Con magia típica sería demasiado fácil, y si esta puerta levaba a una habitación especial de la tienda, entonces debía haber otro modo para ingresar: magia antigua, o magia negra. Ambas prohibidas en los últimos siglos y casi desconocidas por la mayoría de personas…

No, había algo extraño. Volteé y miré a través del pasillo la parte frontal de la taberna. Madame Rosmerta hablaba con un trío de niñas de Ravenclaw, y anotaba lo que ellas pedían. No pude dejar de notar que su mano seguía temblando, y…

-Draco Malfoy –dije de repente, casi sin pensarlo.

La puerta casi invisible se movió hacia atrás un par de centímetros y después se deslizó a la izquierda, dejando una gran obertura. Sólo los primeros tres peldaños de una escalera que subía se podían divisar debido a la oscuridad.

Miré hacia ambos lados, cerciorándome que nadie me veía y entré sin vacilar. El pedazo de madera volvió a acomodarse en su lugar una vez que había puesto ambos pies en el primer escalón.

No había polvo ni telarañas, a pesar que el lugar se veía algo deteriorado. Las escaleras crujían a cada paso. Debían usar fuera lo que hubiera allí muy seguido, pensé al mismo tiempo en que un murmullo empezó a oírse arriba.

Luego de un minuto subiendo, me di cuenta que este lugar no podía pertenecer a Las Tres Escobas. La extensión de la escalera era muy larga en comparación con la altura de la tienda, desde afuera. A lo sumo podía tener un ático, a escasos metros del piso donde se atendía público. Había dos posibilidades: el lugar estaba encantado o me había transportado a un sitio distinto de la taberna juvenil por excelencia.

-Menos mal llegas, Malfoy –aumenté la velocidad. Ya comenzaba a ver una luz al final de las escaleras-. Me parece increíble que en tan poco tiempo hayas cambiado tu puntualidad irreprochable –Blaise Zabini sonrió al verme.

Tal como lo había pensado, el lugar no pertenecía a Las Tres Escobas. Ni tampoco a Hogsmeade: era una habitación ovalada, tapizada con un papel lleno de recovecos y adornos en color plateado. Excelentes muebles de madera oscura, sospechaba abedul, decoraban el lugar y en el fondo había un carrito de color dorado lleno de licores exóticos y pequeños vasos.

Zabini se levantó, para llenar hasta el extremo un vaso con un licor que sospeché whiskey mientras Parkinson puso su vaso en la mesa de centro, pidiendo que también le diera. En la habitación también estaban Crabbe y Goyle, sentados en un sillón frente a los antes mencionados; engullendo almendras de un enorme pocillo. Y Daphne Greengrass estaba en la ventana, al fondo, observando el cielo. Un enorme cielo azul y despejado.

Hacía frío, por lo que aún debía hallarme en el Reino Unido. Pero no exactamente en un sitio cercano a Hogsmeade o los terrenos circundantes a la escuela.

Me acerqué alisándome la túnica y observé por encima de mi hombro que la puerta que se abría para las escaleras, seguía abierta. Era zúrrela el contraste de tal lujo en el cuarto con las piedras frías y descuidadas de las paredes del interior de la puerta.

-Debería decir lo mismo de ti, Zabini –dije llegando hasta el semicírculo que formaban los sillones. Él empezó a servirle whiskey de fuego a Parkinson-. Manipular a la dueña de Las Tres Escobas, crear un transportador a la casa de campo de tu familia –el escudo familiar de los Zabini se alzaba reluciente en las tapas de las botellas de cristal que contenían el whiskey-, y sirviendo el licor más barato y común a tus invitados… -su mano apretó fuertemente la botella, y sirvió de más al vaso, derramando un poco. Evité reírme, para no causar problemas-. ¿Dónde quedó el licor de avellanas y chocolate?

-Fue fácil controlar a la señora de Las Tres Escobas –Crabbe habló sin limpiarse la boca ni tragar, por lo que una masa pastosa cayó de su boca. Cerré los ojos con asco, mientras que Parkinson replicó su mala educación-. ¡Un imperius de Daphne y la vieja quedó en las palmas de nuestras manos!

Daphne bajó la cabeza, molesta por su mención. Se cruzó de brazos y fulminó con la mirada a Crabbe, Goyle y Zabini que reían. Si no hubieran estado de espaldas, estaba seguro que habrían detenido inmediatamente sus risitas estúpidas porque ella lucía profundamente enojada. ¿Qué le habría pasado? Normalmente, Daphne era la más calmada del grupo. Desde que había empezado a frecuentar a Parkinson, y por ende, uniéndose más a mis cercanos en la escuela; siempre me extrañaba que estuviera en nuestra casa. Nunca expresaba su desprecio por los sangres impuras, sólo sonreía ante nuestras bromas. De hecho, no podría decir si los odiaba. Era callada, y la mayoría del tiempo hablaba cuando le preguntaban algo directamente o nos ayudaba a estudiar para el examen del día siguiente. Algo grave debía haber ocurrido para que estuviera así.

Luego que Zabini me invitara a sentarme, me informó que los demás no se encontraban porque el siguiente asunto era un tanto delicado para que los principiantes se vieran involucrados. Y fue desde aquel momento en que entendí por qué me habían pedido asistir: me necesitaban, porque fui el primero de todos en obtener la marca tenebrosa en mi brazo y pavonearme sobre lo importante que era al ser seguidor del salvador de un mundo contaminado.

-Snape me ha informado que debemos encargarnos de controlar a los estudiantes –anunció, atrayendo la atención de todos. Daphne fue la única que permaneció con la mirada perdida, aparentemente ajena a lo que él decía-. Por la desaparición de la lunática de Adivinación, nos expusimos al escarnio público.

-No puedo decir que me sorprende que ustedes estuvieran involucrados en lo de Trelawney –comenté, mientras apoyaba mis codos en las piernas-. ¿Puedo saber por qué es de tanto interés esa mujer chiflada?

-Vuelve a hablar en ese tono tan autoritario, Malfoy, y te echaré de mi mansión de la peor manera que te imagines –estalló Zabini, dejando su vaso vacío con violencia en la mesa-. ¡Es una suerte para ti que volvamos a incluirte en nuestros planes!

-Cómo si quisiera perder mi sábado sentado en tus muebles de terciopelo de segunda mano y tu whiskey en descuento en alguna licorería de mala muerte…

-¿Entonces para qué viniste? –exigió inclinándose, mientras alzaba la voz. Todos me miraban en silencio, incluida Daphne. En sus ojos leía la misma pregunta. No estaba allí por su propia voluntad, sino porque Snape debió habérselos ordenado y no pudieron negarse. Casi por inercia, me llevé una mano al brazo izquierdo, y lo presioné sintiendo un dolor agudo; imaginario, suponía-. Oh, por el temor a represalias… ¡Eres una mierda, Malfoy! Un cobarde de primera.

Me puse de pie abruptamente. Las palabras de Zabini ya no me importaban en lo más mínimo, en especial si venían bajo un estado de ebriedad notorio. De todas formas, tenía que jugar bien mis cartas y si debía actuar sucio, entonces así sería.

Cuando vieron que me levanté y me proponía a irme, Parkinson fue la que me detuvo. Su mano fría agarraba el puño de mi túnica con muchísima más fuerza que la usual en una persona bastante bebida. Bajo un tenso silencio, me pidió que me quedara. Sin hacer gala de un tono amablemente forzado o de antipatía. Parecía sincera, me dije mientras me volvía a sentar.

Crabbe dejó en la mesa el pocillo vacío e hizo un puchero al ver que no había más comida. Me pregunté cómo podía comer hasta en los momentos más inapropiados.

-Es información clasificada –dijo Parkinson, contestando mi pregunta. Cuando las situaciones se iban de control o eran asuntos pequeños, nos encomendaban a nosotros, los eslabones más bajos de la pirámide jerárquica, que teníamos que encargarnos. Nunca nos habían dado una razón de peso para justificar nuestro accionar, porque todo era información delicada. Nosotros nos ateníamos a obedecer sin chistar-. Suponemos que no debe ser nada grave, pero… -miró a Zabini, dudando si continuar o no.

-Hay sospechas –completó éste, llenando nuevamente su vaso de whiskey de fuego. Si algo admiraba del chico era su resistencia a perder el conocimiento luego de tres botellas de vodka seguidas-. Junta un grupo de curiosos, un hecho anormal y obtendrás lo peor para el nuevo régimen…

-Que los oprimidos piensen por sí mismos –Parkinson asintió y Zabini alzó su vaso, a modo de brindis. Lo que más nos habían enseñado en mi preparación para entrar a los seguidores del Señor Oscuro, era que un enemigo importante, además que de El Niño Que Vivió, era la capacidad de análisis de los sometidos. Si uno lograba sacar conclusiones esclarecedoras, se estaba en serios problemas-. ¿Quiénes son los individuos de potencial peligro? ¿Y por qué los Carrow o los demás no se pueden encargar de ellos?

-Sí –habló Goyle de la nada. Lo miré confuso-. Estoy harto de hacer el trabajo que ellos deberían hacer… ¿No son nuestros superiores?

Antes que ella contestara, Zabini la interrumpió. Nos explicó que había un gran conflicto en el interior del castillo, porque aunque el consejo directivo y el mismo director fueran de nuestro bando, aún quedaba una amplia mayoría de opositores; en especial los que apoyaban a Potter.

Tenía mucho sentido: si cualquiera de los mortífagos atacaran a la profesora McGonagall o a algún estudiante, el infierno se alzaría ante nuestros ojos. No sabía muy bien el porqué, pero ellos ya eran mayores de edad, supuestamente más impunes ante el vituperio público y las estrictas leyes que castigaban a los asesinos. En cambio, Zabini, Parkinson, Crabbe, Goyle, Greengrass y los demás eran sólo jóvenes… Y hasta en un juicio, lleno de amantes de Potter y empatizantes con los sangres sucia, podrían anular los cargos en contra de adolescentes, con un criterio manipulado; sin real consciencia de la manera en que obraban. Que ellos se encargaran de los individuos que veían en el secuestro de la profesora Trelawney algo más que una repentina renuncia, como decía la versión oficial entregada en los tablones de anuncios de las cuatro casas de la escuela hacía dos días, conllevaría menos problemas judiciales.

-De todas maneras, ni yo sé quiénes son los que hablan de más… -Parkinson miró a Zabini-. Tú hablaste con Snape, dinos de una vez a quién tenemos que matar.

-Vigilar, no seas tan extremista. No hay que precipitarnos –él se rió-. ¿Verdad, Malfoy? Hay que dejar la medida más segura para el final...

Asentí, casi sin quererlo realmente. Mi mente estaba en el pasado, recordando aquel día en que mi madre me preguntó en qué consistía mi misión. Era antes de iniciar las clases. No se lo dije, obviamente. Lo único que pude articular fue que decepcionaría a mi padre si fallaba… Fue entonces cuando ella, se acercó a mí y puso sus gélidas, pero suaves manos en mi cara, obligándome a mirarla a los ojos. Me preguntó si sería capaz de matar, con tal que eso fuera lo que me ordenara el Señor Oscuro. Con pesar, recuerdo que sonreí, casi sorprendido por la manera absurda en que actuaba, y respondí: "No sólo mataría, sino que asesinaría a sangre fría por él, madre".

Esas palabras se asemejaban a las que diría tía Bellatrix, bajo su asquerosa demencia. Sin embargo, habían sido mías… de la misma forma y con el mismo significado, que las de mis compañeros, mis iguales. A Parkinson ni Zabini no les molestaba hablar de matar, de acabar con una vida así nada más.

¿En qué monstruo me había convertido con tal de proteger el apellido Malfoy?

-Se trata de Ginevra Weasley –anunció entre tragos, y terminó de beber el vaso para dejarlo en la mesa, estirando los brazos como si acabara de despertar-. Ha sacado registros de libros prohibidos sobre el arte de la Adivinación…

-¿Hablas en serio? –inquirió Parkinson conteniendo una carcajada-. ¿Weasley?

-Parece que se contagió de la impertinencia de su novio –Zabini asintió, también contagiándose de las risas. Crabbe y Goyle dijeron que era obvio, porque todo lo que Potter tocaba se contaminaba-. En verdad es una lástima… no está nada mal, para ser una pobretona.

¡Le había dicho que dejara de entrometerse! Toda mi vida había vivido en este ambiente, sabía de lo que podrían ser capaces de hacer si por alguna razón llegaba a descubrir información de relevancia. ¿Por qué no me podía escuchar por una vez en su inmunda vida? Ahora estaba bajo la mira de los mortífagos; todos sus enemigos la tenían a su merced, y esperaban a que cometiera cualquier error para matarla.

Las voces de Zabini y Parkinson se hicieron lejanas, como si de alguna manera me estuviera trasladando a otro lugar. En lo único que podía pensar era en lo imbécil que era Weasley al no hacerme caso. Gracias a su poca precaución e idiotez, ahora se hallaba en grave peligro. A veces creía ridículo que algunas personas admiraran la tenacidad, ya que sólo traía problemas. ¿Acaso era digno de admirar la terquedad de Ginny Weasley?

Sentí calor en las orejas, y tuve que deshacerme de la bufanda. Me sentía repentinamente acalorado, y no precisamente por la rabia, sino porque la había llamado por su sobrenombre. Había pensado en ella como Ginny

-Las órdenes de Snape son claras –Zabini trató de calmarse-: estar atentos a los movimientos de ella y de sus cercanos. Qué hacen, de qué hablan, qué comen, qué hacen para matar el tiempo libre… Todo.

-Me suena más a ser espía barato que a un trabajo de elite –comenté, tratando de ocultar mi temperamento enojado con ironía.

-Aceptas o no, Malfoy –a pesar de la hipócrita sonrisa en su cara, me taladraba con la mirada-. Snape verá en nuestros pensamientos que te invitamos a participar con nosotros, y que si no aceptaste, fue tu responsabilidad exclusiva. Nos librarán de culpa, y tú tendrás problemas en casa cuando tu familia sepa que has vuelto a decepcionar los deseos del Señor Oscuro –dijo con ligereza, como si le hablara a un niño-. Es tu opción. Cooperas o te vas.

Los ojos verdes de Greengrass volvieron a posarse en mí. Como la observaba mejor, me di cuenta que sus ojos se encontraban hinchados. Lucía cansada, casi llegando al punto de demacrada. Parecía profundamente interesada en mi respuesta, y me evaluaba en silencio. ¿Habría visto mi sonrojo de hacía poco atrás? Me hundí, tratando de esconderme entre mis hombros alzados.

Era ahora o nunca. El momento de decidir si entraba a ser un traidor para con los que decían mis compañeros o si seguía en el limbo de la nada, absteniéndome de envolverme en la situación insostenible que se cernía sobre todos. ¿De verdad negaría mi apellido por ayudar a los que supuestamente eran los enemigos?

-Perderé mi tiempo siendo la niñera de Weasley –dije con dificultad. Un nudo en mi garganta me impedía el paso del aire. Era extraño mentirles y usar una máscara para ocultar mis reales intenciones-. ¿Me puedo retirar o además me dirán que debo cambiarle los pañales sucios a la comadreja menor?

Los ojos de Parkinson se cerraron con tal fuerza, que unas pequeñas arrugas cubrieron su frente mientras convulsionaba en risas. Crabbe y Goyle también se ahogaban, con sus carcajadas cínicas. Ahora que volvía a ser parte importante del grupo, mis bromas resultaban ser graciosas. Idiotas, pensé tragándome mi orgullo y sonriendo cordial. Podría hacerme el estúpido, pero no significaba que lo fuera. ¿Acaso de verdad creían que no me daba cuenta de su falsedad?

Zabini me ofreció algo de beber antes de irme, pero me negué. Le dije que no tenía ganas de tomar nada, aunque me hubiera gustado mencionar que el olor de su whiskey de fuego era parecido al de una oferta de un mercado para pueblerinos. Sólo se burló de mí, pero no insistió más. Nunca había sido amigo del alcohol como él.

Antes de irme, quise preguntar qué le pasaba a Greengrass. La chica había sonreído cuando oyó que estaría con ellos en la misión y volvió a mirar por la ventana, esta vez apoyando su cabeza en el cristal. Y por un instante vi en ella la imagen de mi madre; triste en la mansión, observando el exterior como si quisiera desaparecer cuanto antes de allí y ser una de las aves que revoloteaban en los árboles.

Sintiéndome aturdido por esa visión, tomé la bufanda y me levanté del sillón. Parkinson tomó su vaso, todavía con un poco de whiskey en el interior, y se acercó para tenderme la mano, en forma de despedida. Los demás simplemente me miraban sin mucho interés.

De repente, un ruido se escuchó desde las escaleras. Me giré perturbado, mientras Zabini vociferaba de qué se trataba. Goyle dijo que no tenía la menor idea, pero que el ruido provenía desde las escaleras que conducían a Las Tres Escobas.

-Ve qué es, Malfoy –Zabini hizo una señal con su mano para que fuera-. Hay que aprovechar que estás de pie, ¿no?

-Te acompaño –se ofreció Parkinson, acercándose a mí.

-No, que lo haga él. Ya es hora que nuestro Malfoy vaya haciendo lo que se le dice… ¿O es que replicarás que te da miedo la oscuridad?

-La crueldad no te queda bien, Zabini –dije lanzando una pequeña risotada, aunque en realidad tenía ganas de plantarle un golpe en la cara-. Aprende a interpretar tu papel con más veracidad, sino luces francamente patético.

Sus miradas me quemaban la espalda, como si todos sus malos pensamientos los pudiera sentir atacándome. Me parecía casi increíble que esas mismas personas habían estado conmigo desde que era pequeño, como amigos de la familia. Jugábamos en las reuniones de nuestros padres; Crabbe y Goyle me agradecían siempre cuando iban a mi casa y podían comerse triple ración de pastel, Parkinson y yo solíamos planear la manera más atroz de arruinar el discurso del ministro de magia en una de sus cenas de gala, y Zabini había sido mi compañero en las navidades, el primero en abrazarme con una sonrisa de genuina alegría al saber que habíamos sido seleccionados para la misma casa y en felicitarme cuando le conté que tendría una cita con la hermana de Bole.

No obstante, ellos eran unos extraños. Eran unas personas completamente ajenas a mí; no compartíamos más que recuerdos y nuestros presentes se distanciaban mostrando futuros irreconciliables.

¿Y qué hacía yo allí, con ellos? ¿Aparentando ser su amigo para volver a gozar del mismo puesto de antes? ¿Mentir con tal de obtener información para ayudar a Weasley?

Ella, Weasley

El ruido no era más que ella, que se había resbalado de uno de los escalones superiores. Se encontraba agazapada, encorvada y con prácticamente todo el cuerpo pegado al suelo. Llevaba una capa oscura y sucia, y su varita la tenía fuertemente agarrada con una mano, mientras que con la otra se tomaba de una piedra de la pared, seguramente para evitar trasbillar de nuevo.

La sensación que me fluyó por todo el cuerpo era indescriptible. Por primera vez experimentaba lo que muchos llamaban como mezcla de sentimientos, todos contradictorios e intensos a la vez.

Entré al túnel, deteniéndome en el primer escalón. Sus ojos estaban abiertos como platos. El miedo que expresaban era innegable, y estuve seguro que si la hubiera atacado o si llamara a Zabini para que viera a la intrusa, no podría defenderse por el fuerte temblor de la mano que empuñaba la varita. Weasley estaba presa del pánico por ser descubierta espiando los planes de un grupo que tanto aborrecía, como ellos.

-No veo nada –anuncié en voz alta, volteándome para observar a través del umbral la habitación. Parkinson asintió, mientras Zabini seguía bebiendo whiskey sin prestar atención-. En todo caso, si encuentro algo extraño, les notificaré.

-El entrenamiento es el lunes, luego de Pociones. ¡No llegues tarde o me replantearé tu participación en el equipo! –dijo Zabini antes de tomar su varita y murmurar algo, haciendo que un bloque de mármol, dentro de la habitación, tapara el umbral del túnel.

Aún con el ruido del mármol rozando con las paredes en mi cabeza, miré a la chica en el suelo. Aún seguía con miedo, pero un brillo se había encendido en sus ojos al saber que no la había delatado. Estaba sorprendida, claro.

Sentía que apuñalaba mi honra familiar, pero eso no me iba a detener. Nunca me había sentido tan aliviado e inspirado en mi vida. Estaba haciendo lo correcto, como había planteado Nott horas antes. Hacía lo correcto para mí, porque había llegado el momento de decidir a quién apoyar. Pero más que haber solidarizado con los opositores, y haberle dado la espalda a todos los obsesionados con la limpieza de sangre, me estaba apoyando a mí mismo. Oía mi propia voz; ya no tenía necesidad de descansar en los deseos de mi padre o en los sueños de mi tía. La única expectativa que tenía que cumplir era la mía: revindicarme de mis errores.

Avancé hasta llegar a Weasley y pasé por su lado, sin decir nada. Su respiración se contuvo cuando pasé a su lado, y se sentó violentamente para verme. Sus ojos estaban rojos, de conmoción. Y antes que pudiera arruinar el encubrimiento que nos había hecho al decir que no había nada que fuera el causante de ese ruido, le di la mano para que se levantara.

Y si reivindicarme tenía que hacerlo junto a la comadreja Weasley, entonces así sería. Después de todo, ella no era tan estúpida como aparentaba con su terquedad. Muchas veces decía cosas más inteligentes de las que ellas misma era consciente.


N/A: ¡Que por fin estoy llegando a lo que deseaba del fic! Podría decirse que ya estamos en la mitad o un poco más de la mitad de la trama de la historia. ¡Aleluya, Draco y Ginny van a trabajar juntos! Ya no serán más que sólo unas conversaciones, discusiones, etc. sino que habrá descubrimientos, misterios y más. ¿No suena interesante? Bueno, menos mal… Ya me había tardado a llegar a este punto, ¿no?

Bueno, ya les había dicho que Nott es importante en el fic, y todavía sigue siéndolo. Él no sólo es esa vocecita que actúa como la consciencia de Malfoy (debería ser el angelito, que todas las caricaturas tienen junto al diablito en su hombre, jaja), sino que desarrollará un papel más decisivo dentro de poco. Y también hay que tomar en cuenta a Daphne Greengrass… Ella es un personaje conflictivo. ¿Qué más? Oh, es importante el hecho que Malfoy ya no se considere parte de los mortífagos, y hable de "ellos" como en plural. Demuestra un desapego que ya recalca su decisión de no apoyarlos más.

Muchas gracias por sus comentarios, me han hecho sentir… varias cosas. Desde la felicidad y orgullo por el fic, hasta muchísima risa por las visiones erradas de un no-lector en particular. Si lee esto, me encantaría decirle que espero su comentario, ésta vez leyendo el fic para opinar algo más puntual y verídico. Creo que esa es la lección básica que nos dan a los tres años cuando podemos comentar sobre qué sabor de leche queremos para la hora del té: informarse antes de opinar.

Oye, que esto se me está transformando casi en bashing… En fin, no quiero aburrirlos con mi verborrea. Espero leer sus impresiones del capítulo y nos vemos en la siguiente entrega.

¡Besotes!