Capítulo once: Interrogatorio en el túnel

La mano de Malfoy permaneció fuertemente sobre la mía por lo que pareció ser una eternidad. Había perdido de la cuenta de los malditos escalones a eso de los ciento noventa y seis. Quería zafarme de ella, pero no hice ningún intento porque sabía que sería riesgoso. No estaba en mi territorio; sino en el del enemigo y cualquier movimiento en falso podría costarme caro… Además, que la mirada de Malfoy era tan gélida como si fuera un hombre de hielo. Me recordaba al chico prepotente de antaño; ese que conocí el tercer día de clases, a los once años y el que se apareció escasamente a lo largo de los años para molestar a mi familia y hacer estúpidos comentarios de Harry y Hermione. Su mirada, tan fría que daba miedo, era la de ese Malfoy.

Me dediqué a observar el túnel construido. No sabía cómo una tropa de inútiles –Zabini, por ejemplo- podía hacer de la noche a la mañana un pasadizo de tal longitud y arquitectura en tan poco tiempo. El año pasado ciertamente eso no estaba, porque desde el ataque que había sufrido Katie Bell en el baño de Las Tres Escobas, empecé a reparar en todos los detalles; tratando de encontrar alguna irregularidad que pudiera explicar el incidente. Y en la pared, del pequeño pasillo que daba a los baños, no había ninguna huella de una puerta entre la madera. Seguramente lo habían construido en el verano… pero, ¿cómo?

Si no mal recordaba, Harry me contó algunos detalles de lo que había pasado esa noche en que los mortífagos invadieron Hogwarts. No todo, claro. Me dijo que le era imposible confesármelo en su totalidad, mientras apartaba su mirada de mí pensativo. Y algo que está en mi memoria de forma intacta, es que reveló que Madame Rosmerta estaba bajo los efectos de una maldición. Los mortífagos manipulaban su mente; por eso los lame culo de Voldemort habían llegado tan fácil a la escuela; no tan sólo contaban con magia oscura y armarios idénticos, sino que también con uno de los locales más concurridos del pueblo. Por eso Bell sufrió un colapso con un collar… habían obligado a la cantinera a colocar ese objeto de anzuelo, seguramente con el fin de atacar a Harry o a mi hermano, quién sabe. Alguien más de interés que sólo una simple chica que estuvo en el momento y lugar equivocados.

-¿Qué piensas? –le pregunté a Malfoy luego devolver a observarlo. Hacía una leve mueca, mientras fruncía el ceño casi imperceptiblemente.

Sus pasos disminuyeron y también los míos, quedando un escalón más arriba que él. Se volteó mientras retiraba su mano. La extendí, disfrutando de la libertad, y luego apreté el puño. Lo hice varias veces, hasta que la mano la sintiera menos atrofiada. ¿Cuánto llevábamos? ¿Veinte minutos, quizás? ¿O cuarenta?

-Que para ser con alguien con una inteligencia promedio, eres demasiado imbécil –dijo con lentitud, casi saboreando las palabras. Parpadeé sintiéndome extraña con sus palabras, aunque debía esperármelas de él-. Hay dos posibilidades: no entiendes la magnitud de la situación en la que vivimos o tienes tendencias suicidas.

A la vez que modulaba exageradamente, se erguía para encararme. Si no lo conociera como un arrogante y egoísta, podría haber pensado que estaba enojado. La palabra "preocupado" también me vino a la cabeza, pero la deseché rápidamente. ¡Por Merlín, me refería a Malfoy!

-Ninguna –respondí seria. Subí un escalón de espaldas, y arqueé las cejas-. Pero gracias por participar, hurón. No se te da bien adivinar.

-¿Acaso estás loca? –preguntó un poco más rápido que antes-. ¿Qué te ocurre para hacer semejante acto?

-Espiar no es malo cuando se habla del rival, Malfoy –me crucé de brazos, algo hastiada porque sabía que esta discusión no llevaría a ningún lugar-. No me digas que jamás has escuchado detrás de las puertas… La gente de tu calaña también lo hace. Harry me contó que una vez espiabas a él, Hermione y Ron en la cabaña de Hagrid, en su primer año.

-Idiota –murmuró saliéndose de sus casillas y ondeó su capa negra con violencia. Abrí los ojos sorprendida por su reacción. El iris gris de sus ojos pareció encenderse, a derretirse entre rabia y agresividad dejando una tonalidad celeste que incluso en las penumbras del túnel podía apreciar-. Merlín debe estar de tu lado. La historia sería muy distinta si Parkinson o Zabini te hubieran encontrado –bufó, y escupió con molestia-. Ahora mismo te inflingirían una maldición imperdonable… o te machacarían la espalda a latigazos.

-¿Crees que no lo sé? –sonreí, con burla-. Por favor, Malfoy. Hablas de mí. No necesitas graficarme lo hipotético como si fuera una niña de dos años…

Pasé por su lado saltando los escalones que nos separaban y entonces seguí con agilidad. Malfoy realmente era un chico complicado… Me costaba admitirlo, pero lo que decían sus palabras y luego sus ojos, su actitud me desconcertaba de sobremanera. ¿Qué se creía de hablarme del peligro cuando hablaba con Zabini de vigilarme?

Eso te pasa por relacionarte con un Slytherin, me dije; aunque esa frase no surtió el efecto deseado. Eran palabras vacías. Y ciertamente no se acercaban a lo que sentía por él en aquel instante. ¿Cuál era el Malfoy real? ¿El que se explayaba sobre las expectativas junto al lago o el que le prometía a su grupo de mortífagos ayudarlos en la tarea de espiarme?

-¿Entonces por qué, comadreja? –me tomó la túnica con brusquedad.

Perdí el equilibrio y casi me caí, pero él me ayudó a permanecer en pie. Me tomé de su brazo, para apoyarme y lo fulminé con la mirada. Realmente no lo entendía… si tan sólo tuviera acceso a su lógica, todo sería más fácil.

-Era el momento indicado. Siendo peligroso o no, tenía que agarrar coraje y lanzarme. Aproveché mi oportunidad, y punto –retrocedí, sin romper el contacto visual. Él me observaba cuidadosamente, pero a mi rostro. Bingo, pensé mientras buscaba mi varita entre las mangas de la túnica-. Lo que verdaderamente me intriga eres tú, hurón. Hay dos posibilidades: eres un mentiroso o uno de los nuestros –lo apunté y gocé el placer de ver sus ojos dirigirse a la punta de mi varita, ubicada a escasos centímetros de su frente-. ¿Vas a cooperar con ellos? ¿Me vas a espiar, les vas a dar información de mí?

-Parece que la estupidez se hereda –sin temor, tomó la varita y la bajó sin hacer ningún gesto de esfuerzo-. Eres sumamente ridícula, Weasley.

Sentí arder la punta de mis orejas y pronto todo mi rostro, pero traté de mantener la compostura. ¡Había tenido la osadía de humillarme bajando mi varita tranquilamente! En general las personas se mostraban temerosas, hasta un poco nerviosas en los casos aislados, al ver que no hay escapatoria con una varita a menos de cinco centímetros de tu cabeza.

Me dijo que guardara la varita, y resistí a obedecerle. Malfoy jamás me iba a obligar a seguir sus instrucciones así nada más. Necesitaba respuestas; necesitaba saber si podía confiar en él antes de seguir en el largo recorrido de escaleras que nos restaba para llegar a la tienda.

-Si quisiera deshacerme de ti, créeme que ya lo habría hecho –insistió con evidente cansancio en la voz. Se giró un poco y extendió el brazo, invitándome a pasar-. En estos días se castiga a los opositores en público, así el mensaje llega a la multitud. ¿Ganaría algo, en el caso de estar del lado del Señor Oscuro? Matarte en un lugar así; solitario y oscuro, no tendría sentido.

-No es una razón suficiente –repliqué, aún vacilante.

-Te prometo que no te haré daño, comadreja. Es más, puede que hasta te proteja –recitó de manera solemne. El conjunto de su tono de voz, sus palabras y sus facciones aristocráticas, me recordaban a las historias de caballeros medievales que mi madre solía contarme cuando pequeña-. Y la palabra de un Malfoy, es sagrada. Nunca incumplimos las promesas.

Podría usar un juramento inquebrantable, pensé; pero lo lamenté al instante. Ese tipo de magia era cruda y sumamente detestable. Antiguamente así se aseguraban los soldados y miembros de una institución importante que lo dicho sería hecho al pie de la palabra; pagando con la vida propia en el caso contrario.

A juzgar por lo que me había demostrado, él quería vivir. No creo que Malfoy fuera tan idiota para asegurarme que no me haría nada, sabiendo que sería capaz de atacarlo o usar magia poderosa como un juramento inquebrantable. Aunque cabía la posibilidad que se aprovechara de mi inocencia… Tenía que aceptar que se me hacía difícil la idea de matar, de extorsionar a alguien. Nunca había sido mi estilo. Mis padres me enseñaron a rechazar ese tipo de acciones.

Si alguno de mis hermanos o Harry me escucharan ahora mismo, divagando sobre confiar en Malfoy; me regañarían hasta que les doliera la garganta. ¡Estaba decidiendo sobre depositar confianza en un Malfoy, por Merlín! No sólo era raro, sino también contradictorio con el pasado y arriesgado.

Examiné al chico, que aún mantenía su brazo extendido para que lo acompañara. Malfoy me había contado sus mayores temores y remordimientos. ¿Cómo no iba a sentirme de cierta manera atada a él? Había compartido algo sumamente importante y delicado de su vida. Y en sus ojos, tal como ahora, no había ningún rastro de engaño.

-Gracias por no delatarme, Malfoy –dije descolocándolo. Seguramente creía que seguiría asaltándolo con preguntas o me dispondría a escapar. Lo que él no tenía idea era que había decidido depositar mi confianza en él-. Y el ridículo eres tú. ¡Mira que prometerme por tu apellido cuando lo traicionas al ayudar a una Weasley!

La boca de Malfoy permaneció horizontal, pero sus ojos se abrieron un poco llenos de diversión mientras ocultaba mi varita nuevamente en la manga derecha.

Retomamos el trayecto, con un ambiente menos tenso. Ambos queríamos hacer varias preguntas, por lo que se me ocurrió establecer turnos. Después de todo, teníamos mucho tiempo hasta llegar a Las Tres Escobas y sería provechoso resolver nuestras dudas antes de arribar. El lugar estaría concurrido de personas, por lo que tendríamos que separarnos y no sabíamos cuándo podríamos juntarnos de nuevo. Si de verdad Snape les dijo a Zabini y los demás que debían mantener un ojo sobre mí, entonces debía permanecer fuera de acciones sospechosas por un par de días.

-¿Madame Rosmerta no había sido curada? –pregunté luego que él dijera que las mujeres van primero.

-¿A qué te refieres? –sus cejas se juntaron.

-Cuando tú… Cuando todos los mortífagos ingresaron a Hogwarts por medio del armario. Bueno, más tarde, cuando ya se habían ido –aparté la mirada nerviosa. No quería saber qué expresión había puesto al darse cuenta que sólo lo iba a mencionar a él, como si tuviera exclusivamente la culpa-, supimos que Madame Rosmerta había estado bajo el efecto de un Imperius. Creí que los aurores la habían curado.

-Ya desde ese momento, el mundo mágico británico sufría un golpe de estado –explicó sin atenuar el potente significado de sus palabras. Me dio tristeza pensar en un golpe de estado, con todas sus letras y lo que conllevaba. No era más que división y desastre-. Los aurores tenían a varios espías seguidores del Señor Oscuro, por lo que ellos se encargaron de los detalles en los días siguientes. Destituir a los opositores, encargarse de los rebeldes y dejar sin efecto la acción legalmente a seguir.

-Es decir que…

-Los aurores encargados de restituir la memoria a los que estaban controlados por los mortífagos, fueron asesinados –asintió-. No sólo la cantinera está bajo un Imperius, sino casi todo Hogsmeade –lo miré incrédula. ¿Cómo podía ser eso posible?-. Además, creo que los Carrow les dieron la misión a Zabini y al resto de ser los que conjugaran esas maldiciones. No vas en séptimo, pero si le preguntas a cualquiera de mi año, es realmente extraño que ellos gocen de tantas salidas disfrazadas de actividades curriculares –sonrió, como si de verdad con ese toque de ironía suavizara la bomba que me había lanzado-. O al menos eso sospecho, según lo que escuché allá arriba. Daphne Greengrass se lo hizo a la cantinera –antes que pudiera hablar, expresó que era su turno de preguntar. Suspiré molesta, de verdad yo tenía muchas más dudas que él-. ¿Cómo llegaste aquí?

No fue nada difícil, le dije. Había venido a Las Tres Escobas con Demelza para hablarle del programa de quidditch que desarrollé el día anterior, y quería que ella lo viera para aprobarlo y así usarlo con el equipo. Mientras charlábamos y bebíamos nuestras cervezas de mantequilla, vi que la puerta se abría y entraba él. Vestido con su típica túnica negra, dio una rápida ojeada al local, sin reparar en mí. Me pareció extraño verlo, porque Malfoy jamás solía visitar este sitio. De hecho, creía que se quedaría encerrado en el castillo.

De repente, reparé en Madame Rosmerta, que le hacía un gesto y Malfoy fue hasta ella. Le dijo algo al oído, y aunque hubiera gritado, dudaba que escuchara con todo el zumbido de las conversaciones de los comensales.

-Oh, recordé que tengo que enviar una lechuza –anuncié de improviso, pero Demelza pareció no alarmarse. Tomé lo que me quedaba de cerveza-. A Colin. Me pidió que le escribiera cómo iban las cosas en la escuela, y como hoy es día libre… -la chica sonrió, diciéndome que le enviara sus saludos. Me preguntó cuándo Colin volvería a la escuela y le conté que parece que no lo haría, por decisión de sus padres-. Antes iré al baño. Nos vemos, Demelza –me despedí finalmente luego de un largo intercambio de peticiones y agradecimientos.

Tratando de pasar desapercibida, me senté en una mesa cerca de los baños. Malfoy estaba de pie, tocando la pared. De vez en cuando me volteaba, como si buscara a la cantinera para ordenar algo; y me aseguraba que Demelza no me había descubierto. Ella ya se debía haber ido, porque nuestra mesa estaba vacía. Y para que Malfoy no me viera, fingí buscar algo dentro de mis túnicas, por lo que me agaché, desapareciendo de su campo visual. ¡Cómo odiaba tener un color de pelo tan poco discreto!

¿Iría a una reunión? Me intrigaba, puesto que parecía estar demasiado concentrado en que nadie lo estuviera observando. Cabían otras posibilidades, pero ésa era la que más parecía factible. No por nada seguía perteneciendo a ellos. En ninguna de nuestras extrañas conversaciones, Malfoy me había contado que había renunciado a los mortífagos. Si es que se podía renunciar a ellos, claro estaba.

Vi que Malfoy pronunciaba unas palabras y luego retrocedía, pasmado. Maldije no poder ver bien qué había ocurrido, así que moví mi silla y descubrí que se trataba de un pasadizo.

-Tuve que armarme de valor y correr a la puerta, porque la puerta se cerraba. Era ahora o nunca, principalmente. Y lo hice. Cuando ya habías pasado, corrí y coloqué la varita entre el borde del agujero de la pared y la puerta –era lo más seguro. Como mi varita era delgada, dejaría un mínimo espacio entre la pared y la puerta; dejando escasa luz entrar por esa línea. Entonces, cualquier persona adentro, creería que estaba cerrada, puesto que era normal que las puertas tuvieran una separación con los marcos de éstas-. Empujé la puerta, entré y con un encantamiento en mis botas, silencié mis pisadas. Y listo. No fue para nada complicado.

La mirada de Malfoy se posó en mis pies, dándose cuenta que en verdad no se escuchaban mis pasos. Los suyos eran los únicos que rebotaban infinitamente en el túnel.

Era bastante arriesgado lo que había hecho, y estaba segura que hasta en la mismísima Academia de Aurores me hubieran reprobado en un examen por haberme infiltrado así; pero era una oportunidad en un millón. Ciertamente dudaba que en un futuro cercano se hubiera producido algo así. No tenía tiempo ni ganas de arrepentirme. Tenía que actuar.

-¿Cómo supiste que el lugar donde estaban era la casa de campo de Zabini? –Malfoy lanzó una risotada y preguntó si eso realmente era importante-. Pues, sí. ¿Por qué en su casa de campo y no en otro sitio?

-Primero que nada por el clima. No sé si lees los periódicos, Weasley; pero en Inglaterra estaría parcialmente nublado, con chubascos a mediodía.

-¿Para leer basura que dice que el mundo es color rosa y recompensas por la cabeza de Harry? No, gracias. Tengo algo mejor en que ocupar mi desayuno.

-Tienes un buen punto a tu favor –dijo sonriendo. ¡Había hecho sonreír a Malfoy! Y se había reído antes. Extrañamente sentía que había ganado una silenciosa batalla, iniciada años atrás entre unos chiquillos que insultaban a la familia del otro-. En primer año, Zabini no dejó de pavonearse sobre el papel tapiz de su casa de campo en Irlanda era igual al de la sala común. El mismo diseño de hojas plateadas en un fondo verde aperlado… Y en cuanto a la segunda pregunta, por lo que me tocan dos seguidas -¡maldito! Ni yo misma me había percatado que había hecho dos-. La posición de los Zabini ha ascendido en los últimos meses. En especial porque la señora Zabini se ha casado con un pez gordo del ministerio… Si su hijo quería que fuera su casa de campo fuera el centro de operaciones, ¿qué objeción iban a tener?

Los rumores decían que misteriosamente los hombres casados con la señora Zabini, fallecían a los pocos meses. El apellido de su familia no era la gran cosa, incluso el mío al provenir de raíces de sangre pura; era más prestigioso, dejando de lado el hecho que éramos tachados de traidores de sangre. Debían tener tanto oro, que de alguna manera esa mujer arreglaba la muerte de sus maridos para que no la culparan. Y, por supuesto, se llevase una gran herencia por el infortunado accidente del cónyuge.

Malfoy me preguntó por mi hermano. Le miré descolocada y le dije que no tenía idea a qué se refería. Él simplemente respondió que no se tragaba esa mentira, que había contraído una enfermedad que lo había deteriorado hasta el grado de parecerse a un troll.

-Tu familia debe tener miedo por la ley del ministerio de comprobar la pureza de sangre –afirmó mirándome fijamente. Bajé la cabeza, sintiendo la manera en que mi corazón latía más rápido y fuerte-. Igual que Granger. ¿En Australia?

A nadie le había comentado esa parte negra del verano. Ni a Colin o Neville o Luna. Los tres creían en la versión oficial: Ron estaba enfermo en casa y Hermione se había ido a Australia, por miedo, por problemas de sus padres, qué sabía yo. El punto era mantenerlos a salvo. Sus nombres aún no aparecían en los periódicos, sólo el de Harry y eso ya era un logro. Habíamos pasado las duras pesquisas del ministerio para sabotear nuestras pruebas de pureza de sangre, pero con ayuda de la calma de Bill para tratar a los funcionarios y algunos árboles genealógicos, nos habíamos salvado.

Sinceramente, creo que ni Ron ni Hermione se llevaban la peor parte. Sino sus padres. Mamá estaba destrozada; y aunque no quisiera comentarlo, la había escuchado llorar todas las noches en la semana de vacaciones de navidad. Y los padres de Hermione… Desmemorizados o no, aún debían tener su esencia intacta. Esas grandes lagunas mentales en donde eran padres de Hermione Granger, otras que los mostraban como odontólogos y que vivían en los suburbios de Londres. Ellos tenían que soportar las consecuencias de la guerra. Hermione tuvo que hacerlo para salvarlos, para evitar que el ministerio los matara.

Recuerdo la noche en que ella me tomó la mano y me dijo que ya lo había hecho:

-No me importa sacrificarme, Ginny. Y tampoco trastornar sus mentes, con tal que sigan vivos… Prefiero morir a leer el obituario de un periódico, diciendo que encontraron sus cuerpos, sin mayor razón –sus ojos estaban cubiertos de lágrimas y me senté a su lado, sin apartar mi mano de la suya. Hermione lloró en silencio y yo le acaricié el pelo, tratando de no caer en las ganas de acompañarla en el sollozo-. Odio esto. La guerra no es sólo mágica. Afectará a muggles por igual…

Aún sentía la escrutadora mirada del rubio sobre mi perfil. No se quedaría contento hasta que le contestara. Pensé en una buena mentira, incluso en alguna razón para no decir del todo la verdad; pero un nudo de formó en mi garganta. No sabía si por el hecho de engañarlo o de pensar en los daños colaterales de la guerra.

Me quité la bufanda del mentón, y la acomodé para que apenas me tapara el cuello. Volví a introducir mis manos dentro de la capa, de repente sintiendo más frío que antes. Frío psicológico, supuse después de unos segundos.

-¿Me vas a responder, Weasley? –habló de una buena vez, impacientemente-. Porque podría enviar una carta al ministerio pidiendo acceso a los archivos de hechizos-

-Están con Harry –dije en voz baja. Él se quedó callado, inexpresivo. Y dejé que la cólera me invadiera por un rato-. ¡Están con él! ¿Contento? –escupí subiendo una octava la voz-. Oye, Malfoy, dime cómo tu familia ocultó que en los Black hace pocas generación Andrómeda Black se casó con un muggle. ¡No! Mejor dime cuánto sufrió tu madre cuando el asqueroso de tu padre estuvo en Azkaban. ¿Le importó? ¿Lloró por él?

Malfoy dejó de caminar y yo me giré tres escalones más abajo. Me incliné, sonriendo mientras sentía mis orejas encenderse.

-¿O se involucró con otros hombres? –añadí con amargura. La cara de Malfoy palideció y se tornó roja en una fracción de segundo. No me sorprendió, era el efecto que quería lograr-. Porque podría decir que en muchos casos de abandono de hogar, las mujeres rehacen su vida… -si hubiera sido hombre, él no hubiera podido ser capaz de tener tanto autocontrol. Sus nudillos blancos, me dieron la señal que estaba reprimiendo las ganas de plantarme un golpe en la cara-. Si quieres que conservemos una buena relación, no me preguntes por Ron, Hermione o Harry. Ellos son un tema prohibido. ¿Entendido?

No me gustaba hablar de ellos, y no por ser Malfoy, sino que con cualquiera era extraño. Me sentía incómoda. Pensar en Ron significaba en sentir nostalgia por su protección y sus cálidos abrazos, como cuando pequeña sentía miedo a la oscuridad y él me envolvía en sus brazos mientras me decía que nada malo pasaba. Luego venían los gemelos y me animaban, pero los abrazos de Ron era lo que más añoraba de mi hermano. Hablar de Hermione sólo me recordaba que ya no tenía a nadie en quien contar hasta los disparates más inútiles de mi día e inevitablemente imaginaba lo terrible que debía ser para sus padres y todos los muggles este momento inestable.

¿A quién quería engañar? Cada vez que alguien los mencionaba, siempre terminaba pensando en Harry. Su nombre en los titulares del periódico, su mención en algunas conversaciones de pasillo, el diploma que ganó por servicios especiales prestados a la escuela en el salón de trofeos… Me dolía pensar en él.

Si hablaba con Malfoy sobre ellos, era igual que abrirle una enorme parte de mi corazón. Teníamos confianza, pero no tanta. No quería mostrarme tal como era ante él… porque si sabía todo lo que pensaba de ellos, lo que me encantaría decirles, lo que opinaba; demostraría mi verdadera debilidad: ese enorme sentimiento típico humano que se oponía a mi sed de justicia.

En una respuesta silenciosa, seguimos bajando. De una manera entendimos que él no podría preguntar por Harry, Ron y Hermione; mientras que yo no podía mencionar a su madre ni su padre.

Había usado un golpe bajo, pero era necesario. Narcissa Malfoy debía haberlo pasado terrible. Juntando todas las piezas de ese puzzle en que los comentarios de Harry, otros de algunos estudiantes y mismos dichos de Malfoy; podía pensar que su madre no era tan parecida a su marido o su hermana Bellatrix Lestrange. Se preocupaba muchísimo por su hijo, y temía que se había opuesto terminantemente a la idea que su hijo se uniera a los mortífagos. Y para una mujer acostumbrada a llevar un buen apellido y estar en el ojo del huracán, ¿cómo sería sobrevivir el escarnio? Todos acusaban al señor Malfoy por ser un hombre inmoral y sobornador.

-Todavía te queda una pregunta –le recordé. El eco rápidamente se dejó oír y ya cuando la sílaba "a" dejó de rebotar, volví a hablar-. ¿No quieres saber nada más?

Pasaron prolongados minutos hasta que finalmente se dignara a mirarme. Se sentía humillado, por supuesto.

-¿Cuál es tu objetivo sacando libros de Adivinación?

-Quería saber qué es lo tan importante que puede tener la profesora Trelawney para que los mortífagos se la hayan llevado –dije inmediatamente después que había terminado de formular la pregunta-. O lo que puede ofrecer

-Pero, ¿por qué libros de la sección prohibida? –movió la cabeza-. En estos días es muy riesgoso colarse a ese sector de la biblioteca, y robarse libros… Todos tienen magia antigua, que de alguna forma delatan la persona que se los llevó una vez que son devueltos.

-Nunca pensé que tendrían el tiempo de contar los libros y de revisar la lista de libros prestados.

-Exacto, nunca pensaste en primer lugar –dijo golpeadamente, a modo de venganza por haber usado a su madre de ejemplo para marcar los límites de lo que podíamos compartir.

-¿Me vas a escuchar o no? –rugí molesta. Una vez que él se quedó en silencio e hizo un gesto muy formal para indicarme que podía proseguir, tomé una gran bocanada de aire-. Pues, me dispuse a averiguar la razón por la cual los mortífagos están interesados en Trelawney. Supuse que podía relacionarse con su materia, puesto que no es un secreto que los Carrow antes de expulsar a Firenze como profesor, le preguntaron detalles sobre Adivinación… -parpadeé sintiéndome ligeramente mareada. Los escalones seguían apareciendo, y empecé a imaginarme que rodaba escaleras abajo. Preferí observar el enfermizo rostro de Malfoy, a pesar que él me fulminaba con frialdad-. El arte de la Adivinación es uno de los más raros de todos, puesto que es el menos exacto, el más especulativo y uno de los más antiguos. Es por eso, que es sumamente sospechoso que por una rama tan ineficaz y conocimientos poco fiables secuestraran a la profesora Trelawney… A menos-

-A menos que haya algo de utilidad –completó asintiendo. Parecía pensativo, pero aún estaba interesado en escucharme-. ¿Algo que incluso a ellos podría servirles?

-El ministerio se ha valido de las profecías por centenares de años –la velocidad de nuestros pasos disminuyó, pero sólo porque Malfoy me miró directamente a los ojos. Una chispa se encendió en ellos, como si hubiera descubierto todo. Me erguí orgullosa, y sonreí burlona-. La única rama de la Adivinación que parece ser provechosa. ¿Por qué? Porque desde los inicios de los tiempos, los brujos han descifrado alguno de los múltiples destinos de una persona y la encadenan a cumplir la profecía que ellos establecen.

El ministerio guardaba las profecías en el Departamento de Misterios. En cuarto año, cuando Harry, Ron, Hermione, Neville, Luna y yo fuimos allá porque Harry temía que Sirius se hallaba herido por la serpiente de Voldemort, entramos al ministerio y nos infiltramos a ese sitio. Aún la imagen vívida de ese enorme recinto oscuro, con estantes kilométricos y pasillos interminables. Los mortífagos nos habían engañado para llegar ahí, y estaban tras la esfera con una cierta nebulosa plateada que Harry tenía en sus manos.

Le expliqué a Malfoy que había leído en los libros prohibidos, que las profecías se guardaban en el Departamento de Misterios y que los inefables se encargaban de hacer una lista cronológica de los eventos que deberían ocurrir. Ellos también se aseguraban que pasaran, sin ser alterado el destino ya decidido. Y lo más importante, era que sólo las personas involucradas en la profecía podían escucharla. Para los demás, sería una bola con neblina inservible. No desvelaría nada.

-En 1995, cuando fuimos al ministerio y los mortífagos nos atacaron, todo fue ideado por Voldemort –hizo una mueca y le dije que ya debía aprender a ser inmune a esos reflejos absurdos. Tenía que ser capaz hasta de reírse de su nombre-. Él quiso que Harry fuera al Departamento de Misterios por esa profecía que contenía su nombre… Al final, la esfera se rompió y nadie escuchó nada –me lamenté hacer alusión al hecho, pero era necesario para llegar al punto que quería decir. Supuse que Malfoy lo entendió al analizar mi mirada culpable-. ¿Por qué la quería? ¿Y por qué necesitaba de Harry?

-Porque el nombre de cara rajada estaba señalado bajo la esfera, Wealey –respondió rodando los ojos.

-Y luego te pavoneas de tu brillantez –le di un suave golpe en las costillas. Él me miró levemente asombrado, para luego apartar la mirada apenado-. La única profecía que podría interesarle a Voldemort, es una que le afecte… Y quizás en ella también estuviera mencionado Harry.

La profesora McGonagall me había dicho que los secretos que rodeaban al Departamento de Misterios eran múltiples. No se sabía muy bien cómo llevaban a cabo su custodia y qué tipo de magia usaban para almacenar las profecías, pero era muy posible que el sistema tuviera algunos fallos.

-Entre ellos, algo que el ministerio no podía haber contado y Voldemort sí –dije chasqueando la lengua-: que el profeta se acordara de la profecía.

-Pero, ¿no se dice que las profecías se hacen en un estado poco consciente de la persona? He leído que los profetas parecen abstraerse, ser otros cuando marcan los destinos ajenos.

-Es lo mismo que el Imperius: mismo cuerpo, mente y alma. Siempre habrá secuelas, memorias que quedan grabadas y en algún momento salen a flote.

La revelación fue tan fuerte en Malfoy como la misma que sentí yo cuando releía uno de los libros que había robado y analizaba todos los datos que tenía sobre las profecías. Y el entusiasmo que generaba, hervía en el pecho como una llama que parecía ganar tamaño a cada segundo.

Sin darnos cuenta, ya estábamos más cerca del final. Ya se empezaba a ver el fin de los escalones y la puerta de madera tapando la salida.

-Los inefables deben encargarse que la profecía se cumpla al pie de la letra. Para eso, también deben vigilar a los profetas… ¿verdad? –la pregunta fue un mero detalle, porque en realidad no parecía confundido. Su mente trabajaba a una gran velocidad, lo que me impresionó. A mí me había costado un poco atar todos los cabos sueltos hasta llegar a una conclusión decisiva-. Un inefable tendría que haber cuidado de Trelawney, en teoría.

-Exacto –asentí-. ¿Por qué su inefable no la protegió del allanamiento de los Carrow? ¿Y qué tal si lo había hecho, pero no pudo contra ellos? –llegamos a suelo firme. Me acomodé la túnica y traté de recuperar mi respiración normal, callando unos segundos e inspirando mucho aire-. ¿Dónde está Trelawney ahora? ¿Y qué podría contener la profecía?

-Tendremos que investigar bastante… -dijo pensativo-. Creo que podría conseguir un informe con los nombres de los inefables que apoyan el nuevo sistema. Y los nombres de los fallecidos y en qué circunstancias, los retirados, los opositores y de qué manera se deshicieron de ellos.

Asentí, satisfecha del resultado de la travesía. Había sido realmente provechoso haber hablado con Malfoy, ya que el poder que aún gozaba su familia, era útil a la hora de conseguir ciertos favores. No le costaría mucho conseguir esos informes, incluso podría hasta traer a qué profeta protegía cada inefable.

Miramos la pared, reticentes a salir. El viaje por aquel pasadizo había sido sumamente surrealista, pero no por eso menos significativo. De cierta manera, ahora veía en Malfoy a un compañero. Él me ayudaría a desvelar la red de secretos que envolvían a los mortífagos en la escuela. No por estar lejos del ministerio, quería decir que ellos estaban en Hogwarts sólo para aterrorizarnos. Parecía haber algo más que parecía ser de interés, incluso muchos más que sólo una cosa en particular.

-Salgamos separados –dijo Malfoy antes de suspirar. Me lanzó una mirada fría, pero con un dejo de preocupación-. Trata de permanecer alejada de problemas esta semana. No quiero tener que hacer un falso reporte de tus movimientos, Weasley.

-¿Cuándo nos podremos reunir?

-Yo te lo haré saber –sonrió y sin saber por qué, me sentí más calmada. Tenía tanta seguridad, que hasta parecía saber que así sería, como si fuera capaz de leer el futuro-. Nos vemos.

Se acercó a la pared y dijo su nombre. El bloque comenzó a moverse y él sacó su cabeza, moviéndola a ambos lados. Después, llamándome con su mano, me dijo que no había moros a la costa, pero debía salir lo menos descaradamente posible.

Me escabullí rápidamente y pretendí que iba hacia el baño, asegurándome que ningún gesto en mi cara me delatara. Antes de caminar, le sonreí a Malfoy, quien me observó entre las penumbras del túnel.

La resistencia recién había empezado. La batalla contra el régimen y las barbaridades de Voldemort daba inicio.


N/A: ¡Los milagros existen! Pues espero que se acostumbren a esta velocidad, porque planeo actualizar así de rápido desde ahora en adelante.

En cuanto al capítulo, sé que dije que la acción empezaría; pero no exactamente aquí. Muchas dudas quedaban sin resolver y una charla por el túnel me pareció interesante… Además, así incluyo un poco más de interacción entre Draco y Ginny, que había sido muy cortada hasta la entrega presente. De alguna manera se lo debía al fic y a ustedes; ellos también necesitan más de una página de Word juntos, ¿no?

Y eso es todo… No quiero decir más, porque el próximo capítulo tiene más enigmas y acción (de verdad); y allí sí que haré una larga nota. Lo presiento.

¡Gracias por sus palabras! Me alegra el día saber qué piensan del fic, y la manera en que me apoyan. Espero seguir contando con ustedes en este proyecto.

Besotes y hasta la siguiente entrega. ¡Hasta entonces!