Capítulo doce: Cacería de brujas

El entrenamiento no había salido para nada mal. Bueno, al menos eso creía al contrastar lo que había sucedido en realidad a mis lúgubres expectativas. Prácticamente ninguno del equipo me dirigió la palabra. Me saludaron cortésmente, con excepción de Crabbe y Goyle que me miraban atentamente, apartados del resto, cerca de las graderías. La siguiente hora fue calmada. El típico precalentamiento sobrevolando a distintas velocidades el campo de quidditch, y luego esquivando la bludger.

En el descanso, todos fueron a buscar al raído baúl de la escuela el material correspondiente: Crabbe llevaba la bludger bajo el brazo y Crabbe jugaba con uno de los bates; Higgs le lanzaba la quaffle a Terence, y Zabini la snitch.

Se acercó a mí, bajándose de la escoba con elegancia. Me parecía increíble que recién este año hubiera ingresado al equipo. Él sabía volar, pero una vez me había dicho que no se le daba muy bien. Me intrigaba la razón por la cual ahora estaba en el equipo, como capitán. Slughorn estaba chiflado en muchos sentidos, pero todavía le quedaba algo de cordura para decidir con precisión a quién elegir de cabecilla del equipo. ¿O quizás él no estuvo involucrado en su nombramiento? Ya no me llamaba la atención pensar que otros hubieran intervenido.

Zabini me miró con un brillo extraño en los ojos, pero con malicia. Se traía algo entre manos, además de la snitch.

-Hace varios meses que no juegas –comentó atrayendo la atención de todos. Hablaba con soltura, aunque claramente no quería ser cordial con sus palabras-. Podrías estar un poco oxidado… Y tengo que asegurarme que estés en buena forma. No podemos perder ante Gryffindor –levantó la mano, mostrando la pequeña esfera redonda entre sus dedos. Me quería fastidiar, y lo estaba logrando. Si quería permanecer cercano a ellos para seguir obteniendo información, debía permanecer en el equipo-. ¿Seguro que atraparás la snitch, Malfoy? –me sonrió Zabini, con su característica mueca de superioridad.

-Cuando quieras –dije tomando mi escoba.

Soltó la snitch y rápidamente di una patada al suelo, elevándome.

Traté de concentrarme lo más posible, porque lamentablemente sabía que atraparla dependía de suerte. Las veces que lograba aferrar la snitch entre mis manos, era casi una casualidad. La verdad era que a pesar de ser uno de los puestos más codiciados dentro del quidditch, muchas veces pensaba que era una estupidez. ¿Quién podía tener la habilidad de conseguir esa pelota cuando era tan voluble? Pequeña y veloz. Apenas se podía ver a distancia.

Tal vez la suerte estaba de mi lado, porque no perdí nunca de vista a la endemoniada esfera y la atrapé luego de algunos minutos. Y sin hacer el ridículo, lo que era extremadamente sorpresivo. En general, cuando perseguía la switch, terminaba en alguna persecución bajo las graderías o haciendo movimientos que me dejaban en posiciones sumamente patéticas.

Reduje la velocidad y volé en círculos arriba de Zabini.

-Creo que lo hago mejor que tu antiguo buscador.

-Sí. Al menos en eso tiene razón –asintió Higgs ganándose una mirada asesina de Zabini, quien chistó la lengua antes de aplaudir y llamarnos a retomar el entrenamiento.

Mientras el imbécil capitán daba las instrucciones sobre una simulación de partido, me fijé que teníamos compañía: Parkinson y Greengrass estaban sentadas en las graderías, observándonos. La primera parecía sumamente aburrida, y le decía algo a Greengrass. Ella parecía no estar escuchándola, sino que parecía más preocupada de guardar algo en la manga de su túnica.

-Oye, Malfoy –Higgs me llamó y descendí al suelo. Volví a lanzar una mirada a las graderías, suspicaz antes de centrar mi atención en el enclenque chico de cuarto año-. No me parece nada mal que estés en el equipo. Puede que hasta logremos ganarles a Gryffindor.

-Er… –me parecía demasiado extraño que fuera tan amable conmigo, porque apenas había hablado con él. Recién este año había sido elegido como cazador-… Gracias, supongo –dije no muy convencido.

-No dudo que se te hará fácil quitarle la snitch a la novia de Potter en sus narices.

No respondí nada ante ese comentario, preferí girarme para pretender que oía el monólogo de Zabini. Veía que su boca se movía, pero no emitía ningún sonido. Qué conveniente para mí.

Ginny Weasley era la buscadora de Gryffindor. No era para sorprenderse, ella era bastante buena desempeñándose como cazadora y buscadora. Ya le había dado la victoria a su casa el año anterior, lo que era un perfecto antecedente para usarla en esa posición. Además, dudaba que en Gryffindor hubiera alguien capaz de reemplazar el lugar de cara rajada Potter más que su propia… novia.

Aguantando las ganas que me daban de vomitar el sólo hecho de proporcionarle el título de novia de ese idiota, pensé que sería difícil jugar contra ella. Y no sólo porque éramos de casas rivales, ni tampoco mi conflicto de intereses al odiar prácticamente a todos los cínicos de Slytherin. Desde que habían anunciado en la sala común que reingresaba al equipo, había algunos que me saludaban en las mañanas y me preguntaban cómo estaba. ¡Cuánta hipocresía cabía en sus inmundos cuerpos!

El problema es que competía contra ella.

-¿Entendido? –Zabini aplaudió llamando mi atención. Lo miré y me sorprendí de que sus ojos estuvieran posados en mí, pero sin ningún atisbo de odio o desdén, como me miraba desde que no pude asesinar a Albus Dumbledore. De hecho, estaban como antes. Cuando éramos dos chicos que jugaban desde pequeños y prácticamente podían llamarse amigos-. Bien, ¡tomen sus escobas y a jugar!

Todos nos pasamos una pierna sobre nuestras escobas y con una patada ya estábamos siguiendo al capitán lo-sé-todo-por-mi-apellido-tan-chulo. Realmente dudaba que algún día pudiera decirle simplemente capitán. Sobre mi cadáver. Ese puesto era mío, y Merlín sabe que era así.

No, el problema principal no era competir contra Weasley. Era una de las consecuencias, porque la causa de importancia era otra bastante ligada, pero más significativa… Muchísimo más.

Traté de no seguir dándole vueltas al asunto. Al menos no en ese instante. Tenía que concentrarme en buscar la snitch. No podía dar un desempeño mediocre, sobre todo ahora. Zabini y todos los Slytherins se tragarían sus insultos. Y mi familia también. Demostraría que podía hacer algo bien y sin la necesidad de recibir la presión de mi padre. Si iba a desligarme de mi apellido, si iba a romper las cadenas que me retenían al orgullo Malfoy y Black, condenándome a una vida miserable; entonces debía ser exitoso en lo que yo me proponía serlo. Sobresalir independientemente. Sin mi padre, sin mi apellido, sin el oro y los prejuicios de los demás.

Era sólo yo, Draco Malfoy contra el mundo.

El entrenamiento terminó alrededor de una hora después. Había sido bastante esclarecedor, de sobremanera para el resto. Ya no podían jactarse de burlarse, porque había atrapado la snitch en un tiempo nada despreciable y me había movido bien sobre la escoba.

Fuimos a los vestidores, a ducharnos y cambiarnos de ropa. Me quedé rezagado del equipo, pero de una manera extraña lo agradecí. Semanas atrás hubiera dado todo lo que fuera para volver estar aquí y conversar con ellos, como en los viejos tiempos. Sin embargo, todo era distinto. Yo era diferente. Y no sentía ningún afán de mezclarme con ellos.

Al salir, no pude evitar fijarme en que Parkinson y Greengrass seguían en las graderías. Zabini les sonrió, y les hizo una seña a Crabbe y Goyle para que lo siguieran.

-Tú también, Malfoy –dijo Zabini serio antes de voltearse.

Miré al resto del equipo que se encaminaba al castillo, y bufé molesto. Sinceramente no quería arruinar un día tan perfecto juntándome con ellos. La recién utopía de mi vida se volvería a ir, como el agua entre los dedos.

Mientras los seguía, me recordé mi misión. Tenía que servir como un espía, así que debía mostrarme dispuesto a colaborar con los mortífagos.

-¿Cómo va tu trabajo? –preguntó Zabini luego de que hubiéramos llegado a reunirnos con Parkinson y Greengrass. Cómo detestaba la prepotencia de su voz-. ¿Algo que debamos saber de Weasley?

-Nada –contesté antes de tomar aire-. La comadreja no tiene ningún tipo de conducta que deba alarmarnos –sentí el estómago pesado al usar el último verbo en plural, como si a mí también me concerniera.

-¿Es eso cierto, Daphne?

¡Debía habérmelo temido! Había sido demasiado inocente al creer que me entregarían tal responsabilidad sin cerciorarse primero de mi lealtad. Se notaba que estaba algo oxidado en el juego. En el lugar de Zabini, hubiera hecho exactamente lo mismo. Una buena jugada, por supuesto.

Ella me estaba mirando cuando él le había hablado. ¿Por qué Greengrass parecía tan interesada en mí? En toda la práctica, casi no había quitado su mirada de mí.

-Sí –dijo a secas.

-Oh, bien –asintió pensativo-. En ese caso, no tenemos que encargarnos de ella por ahora. Aún así, sigue vigilándola –me ordenó-. En cualquier momento la comadreja se descuidará y tendremos algo de diversión…

-Creí que era mi trabajo espiarla, Zabini –sonreí calmadamente, usando todo mi autocontrol. El brillo en su mirada al mencionar que sería una diversión encargarnos de Weasley, me hizo querer lanzarle una maldición-. ¿O es que tampoco soy suficientemente bueno para encargarme de ello? No sabía que ahora Weasley era considerada una de las mejores brujas de todo el mundo mágico para dar la tarea de vigilarla a más de una persona. ¿De qué me he perdido este último tiempo? –hice una falsa expresión de sorpresa, añadiendo aún más ironía a mi pequeño monólogo-. ¡Merlín! ¿Tu madre ya ha llenado otra bóveda con la herencia de su nuevo difunto marido? –tenía que comportarme proactivo a colaborar, pero algo muy distinto era ser amable.

Crabbe y Goyle se rieron en voz baja, haciendo intentos inútiles que Zabini ni los viera ni escuchara. Las chicas sólo se miraron apenadas antes de observar a la víctima de mi pequeña "broma", si podía nombrársele como tal.

-No te metas con mi madre y seguirás a salvo hasta fin del curso –me advirtió con las orejas rojas y los labios apretados. Sus puños los tenía tan apretados, que los nudillos tomaban un color blanquecino enfermizo-. ¿No quieres abrir las heridas que te dejaron en la espalda los castigos del Señor Oscuro? –bajó uno de los niveles de la gradería, hasta llegar al frente de mí y me sonrió, agregando casi en un murmullo apenas audible:-. Me contaron que lloraste como un bebé y tus gritos se escucharon por toda la mansión. ¿Cómo se siente haber llenado las paredes de tu propio hogar con humillación y traición, Malfoy?

-Bueno, al menos era mi mansión. Con el dinero de mi familia… Y mis padres no necesitaron sobornar a todo un cuerpo de aurores y a media docena de autoridades del ministerio para evitar una investigación por las extrañas muertes de los esposos de la señora Zabini, y así quedarse con las respectivas herencias en su totalidad –imbécil. Retrocedí y me dirigí a los demás-. ¿Ningún otro tema a tratar?

Todos negaron lentamente con la cabeza, asustados y a la vez curiosos en saber qué nos habíamos dicho.

-Bien, en ese caso volveré al castillo a cenar. Un gusto verlos –hice un movimiento con la cabeza antes de retirarme-. Y no te preocupes, Zabini. Seguiré echándole un ojo a la comadreja, ya que esa es mi labor, ¿no?

No me quedé ningún segundo más para ver qué reacción había tenido él con mis palabras ni tampoco para saber de qué más iban a hablar. No había tenido planeado comportarme así, pero la situación se había escapado de mis manos. Zabini simplemente me desesperó y no pude evitar que las palabras salieran de mi boca sin siquiera poder meditarlas. Al menos ellos no sospechaban que andaba en algo turbulento. Sólo seguía actuando a la defensiva, como había hecho desde comienzos de curso y en eso no había nada extraño.

Ya iba casi atravesando el borde del lago cuando sentí una voz femenina que me llamaba. Me giré curioso, porque no se trataba de Weasley.

-Caminas demasiado rápido –Greengrass me alcanzó a grandes zancadas. Se detuvo a mi lado y respiro profundamente varias veces, para recuperar el aliento-. Oye, jugaste muy bien hoy. Ni siquiera en tu primer partido, cuando íbamos en segundo, te había visto tan entusiasmado…

Daphne Greengrass siempre había sido un misterio para mí. La conocía desde pequeña, como a casi todos los demás. Su familia además de poseer una gran riqueza gracias al negocio de los transportes, también tenía muchísimo poder político. La mayoría de sus tíos y sus abuelos, pertenecían al Consejo de Magos de Winzengamot y tenían cargos importantes en el ministerio. Como la familia de Nott, por lo que ellos ya eran conocidos el primer día que los conocí, en mi cumpleaños número siete.

Jamás había hablado con ella de algo serio, a pesar que era muy inteligente. Le iba bien en los estudios, aunque no se esforzaba demasiado. Quizás nunca habíamos intercambiado un gran contenido porque desde el principio ella se había juntado más con Nott y Parkinson, dos personas extremadamente opuestas. El primero no estaba en mi círculo más allegado y la segunda solía ponerme los nervios de punta más de una vez con sus cotilleos recurrentes, por lo que inevitablemente no le prestaría atención a Greengrass.

Hija de ambos padres mortífagos, nunca le puso mucha atención a la magia oscura, aunque formó parte de la Brigada Inquisitorial en quinto año y se había unido al grupo tradicional de la familia junto a nosotros. Ella estaba presente, pero no resaltaba. Simplemente estaba.

-¿Por eso trataste de encantar la snitch cuando Zabini me desafió a atraparla? –ella parpadeó sin lucir sorprendida ni avergonzada. Hizo una débil mueca, suspirando-. Deberás guardar más rápido tu varita cuando hagas algo que se considera como trampa –tomé la manga de su túnica por unos segundos-. Aunque no necesito tu ayuda, creo poder arreglármelas solo.

-Me di cuenta –asintió vigorosamente antes de voltear la cabeza. Seguí su mirada y vi que Zabini, Crabbe, Goyle y Parkinson venían hacia nosotros-. Vamos, tenemos que seguir…

Sin muchas ganas de contradecirla, le hice casi y comenzamos a caminar con dirección a las enormes puertas de roble del castillo. Si había sido amigo de Nott por tantos años, entonces no podía ser tan odiosa.

-Supuestamente vine a decirte cuándo será la siguiente reunión e informarte que ya no vigilaré a Weasley –sonrió, y sacó unos guantes del interior de su capa-. Blaise está muy malhumorado. No sé qué le habrás dicho, pero debes haberle dado algo de verdad para que esté así… -comentó mientras se los colocaba, con parsimonia.

-Entonces, ¿para qué viniste, Greengrass? –pregunté sin rodeos-. No me quitaste la vista en todo el entrenamiento, intentaste encantar la snitch para que la atrapara e inventas alguna excusa para buscarme.

Seguimos andando en completo silencio. La miré extrañado, ya que ni siquiera parecía estar pensando qué contestarme. Sólo terminaba de calzarse los guantes y miraba el lago con nostalgia, como si de verdad un sentimiento pudiera aflorar de un cúmulo de agua congelada. Qué chica más rara, me dije.

-Sí, tienes razón. He reflexionado bastante y tomé la decisión de pedirte ayuda, Malfoy -¿ayuda? Abrí la boca sin saber qué decir, impactado-. Incluso si de eso depende tragarme el orgullo y actuar a espaldas de algunas personas –miró de reojo hacia atrás al grupo que nos seguía.

-¿Por qué habrías de pedirme algo a mí? –fruncí el ceño sin saber realmente hacia dónde quería llegar. Su petición no tenía ni pies ni cabeza-. Nunca te he pedido nada ni tú a mí. Y con suerte hemos conversado algo-

-Pero eres distinto –me interrumpió. Sus mejillas se enrojecieron, lucía acalorada. Por primera vez vi a la heredera primogénita Greengrass perder la compostura. Generalmente ella se quedaba en silencio, esperando a que el otro terminara para hablar. Era muy respetuosa-. Lo he notado, Draco. Te atreves a poner en su lugar a los demás, no te aíslas y te juntas con Nott, jugaste como si de verdad tuvieras talento para el quidditch; como si te interesara.

Cuando me monté una escoba a los tres años, supe que sería un desastre en el quidditch. O al menos eso mi madre me dijo cuando tuvo que llevarme a la clínica porque me había roto varios huesos. No toqué una escoba una vez más en mi vida y no fue hasta llegar a la escuela, donde en primer año la clase de Vuelo era obligatoria, donde tuve que comprarme una. La clase logré aprobarla esforzándome gracias a la ayuda de Zabini. Ese imbécil me animó muchísimo, incluso en las vacaciones de navidad fue todas las tardes a ayudarme en mi vuelo hasta que pudiera conseguir sobrevolar la mansión sin caerme.

Ese verano decidí entrar al equipo de quidditch de Slytherin. Potter ya se había ganado al viejo del director salvando a la escuela del profesor Quirrell, tenía un maldito reconocimiento por servicios especiales prestados a Hogwarts, y sumaba popularidad por ser el buscador más joven en no sé cuántos años. No podía ser menos que él, así que convencí a mi padre de la idea. Para entrar no tuve que ni siquiera hacer esas patéticas pruebas a principio de cada temporada, sino que regalándoles las escobas más nuevas y caras a los miembros del equipo, ya estaba dentro.

Pero Greengrass tenía razón: jamás había jugado así. Y se debía principalmente a que estar en el equipo, me aseguraba algo de respeto entre los de mi casa y un cupo permanente en los mortífagos. Tenía que demostrar que podía seguir siendo útil, luego del fiasco del curso anterior.

-No me gustan las personas que dan vueltas en círculos una y otra vez… Se directa –dije prácticamente como una orden indirecta.

-El sábado en la mañana mi madre me escribió contándome que a mi hermana le van a hacer la Marca Tenebrosa –su voz flaqueó, volviéndose más quebradiza y emocional. Así que por eso en la casa de campo de Zabini, había estado tan callada y alejada del grupo. La noticia la tenía conmocionada-. No habló de ninguna fecha, pero será muy pronto debido a lo que me comentó Yaxley y al… entusiasmo que demuestra ella.

-¿Y por qué debería importarme eso? –inquirí sin siquiera sentirme conmovido por su pequeña historia-. ¿En qué quieres que te ayude?

Me tomó la manga, obligándome a detenerme. Estábamos a escasos metros de la entrada del castillo, y a Zabini y compañía todavía les faltaba un buen trecho por recorrer antes de alcanzarnos.

Sus ojos cafés estaban demasiado cristalinos, como si en cualquier momento pudiera ponerse a llorar. La desesperación los corroía; la corroía entera, todo su cuerpo. ¿De verdad podía importarle tanto que su hermana se uniera a los mortífagos cuando era predecible que así sería? Sus abuelos, sus padres, tíos, primos; prácticamente toda la familia Greengrass tenía la Marca Tenebrosa en su brazo izquierdo.

-Las probabilidades de disuadir a mis padres o a los nuestros de no involucrarla son nulas. No soy nadie para ellos, absolutamente nadie –afirmó con mucha convicción, recordándome un poco a Weasley. Tal lucía que le había dado vueltas al asunto varias veces para poder hablar con tanta claridad y dominio-. Pero el tiempo se podría aplazar si ella no se mostrara tan positiva ante esto…

-¿Quieres que le diga que no es bueno ser un mortífago? –pregunté arqueando las cejas.

-Si lo planteas de tal forma, suena ridículo, pero… -bufó, exasperada. Volvió a mirar a Zabini y los demás, cerciorándose que aún podía hablarme en privacidad-. Astoria y yo vivimos en una familia altamente diplomática. Cada movimiento es clave, por lo que nuestra unión a los mortífagos sería un jaque mate dentro del mundo político… Como con todos nosotros –posó su mirada en mí-. Tú eres el que ha vivido, tal vez, la peor parte de pertenecer a esta red de confabulación y extorsión política. Para Blaise, Pansy; incluso para mí es sólo un juego donde vigilamos, delatamos a algunos y nos felicitan por ello –sus ojos se llenaron de lágrimas, y se las empezó a limpiar frenéticamente-. No quiero que Astoria aprenda a controlar las mentes, no quiero que aprenda magia oscura, no quiero que sepa invocar un Avada Kadavra… Ella no merece estar viviendo esto.

Me parecía increíble que me estuviera pidiendo convencer a su hermana menor de no unirse a los mortífagos… de rechazar una idea concebida en su núcleo familiar como lo correcto. Yo no era ningún ente de autoridad para disuadirla, a pesar de lo que creyera Greengrass.

Las expectativas de nuestras familias eran grandes. Apellidos importantes, oro respaldándonos y un futuro prodigioso aguardándonos. Eso teníamos, y tomar parte del bando que tenía todas las posibilidades de ganar, le aumentaba el poder, no sólo a la familia, sino también a nuestro futuro. Dudaría en poner las manos en el fuego afirmando que todos los seguidores del Señor Oscuro lo hacían por el trasfondo ideológico de su movimiento. La limpieza de sangre más que de manera espiritual y símbolo de una estirpe original, nos daba una gran ventaja en el caso que en el mundo mágico desaparecieran las sangres impuras y sucias. Menos personas, más capacidad de ganar poder sin rendirle cuentas a nadie. Era quizás ése el enorme atractivo que poseía unirse a las filas del Señor Oscuro.

¿Cómo competir contra eso? Los Greengrass debían jugar bien sus piezas, para seguir teniendo un estatus social y político importante. Ambas hermanas fueron criadas en ese ambiente, por lo que desde que estaban en el vientre de su madre ya recibieron un futuro pensado en función de ser parte de los mortífagos.

-Como te dije, lo medité mucho –añadió al darse cuenta que no sabía qué decirle. O más bien, cómo negarme a su petición-. Si no estuviera tan desesperada, no estaría aquí solicitando tu ayuda… No te debo nada ni tú a mí. Lo tengo muy claro, pero… Por favor, Draco –juntó las manos y suspiró-, enséñale a Astoria el error que cometerá uniéndose a esta causa.

-¡Daphne! –Parkinson levantó las manos. Ambos miramos, sorprendiéndonos de cuán cerca estaban-. ¿De qué tanto hablan?

-Draco, por favor… -la morena me escrutó con sus enormes ojos cafés.

-Temo que lo que me pides es un asunto que no me concierne –dije después de inspirar. Tomé más fuerte mi escoba, como si de un momento a otro fuera a volar sola-. No puedo intervenir en situaciones familiares, Greengrass… Eso sin mencionar que no ganaría nada ayudándote.

Su mirada flaqueó y me giré, dirigiéndome al castillo. Lo que me pedía simplemente estaba fuera de lugar. Tal como ella había expresado, no teníamos ningún tipo de deuda. ¿Por qué habría de hacerlo?

Antes de perderme en la entrada, no pude evitar observar por el rabillo del ojo al grupo. Zabini parecía más animado mientras que Greengrass le sonreía forzadamente a Parkinson, como si tratara de encontrar interesante alguno de sus cotilleos.

Los siguientes días fueron relativamente tranquilos y comunes. Con dos entrenamientos más en las tardes, se corrió el rumor por toda la casa que teníamos grandes posibilidades de ganarle a Gryffindor. Me sentía viviendo en una ilusión barata, porque ahora todos me saludaban con mucho entusiasmo en los pasillos. Se habían olvidado que hacía unos días atrás era un paria. Los mismos que me miraban como una aberración ahora me adulaban. Como antes, como nada hubiera ocurrido. Qué irónico, ¿verdad?

Nott me pidió el libro y asentí, diciéndole que no lo leía. Estábamos estudiando para un examen de Encantamientos en la biblioteca, pero había hecho todo menos precisamente, estudiar. Mi compañero me escuchaba parlotear sin decir nada, aunque tenía la seguridad que podría imitar a la perfección mi monólogo sobre la hipocresía de la sociedad.

Tratando de enfocarme en otro asunto menos denso y más productivo en sí, le pregunté:

-¿Ya tienes la información que te pedí? –no tenía por qué preocuparme, ya que nadie estaría en la biblioteca en el periodo libre.

-No, pero me debería llegar esta semana –contestó levantando la mirada del grueso libro. Sonrió-. ¿Interés en tenerla?

-Sería útil. Es difícil trabajar a tientas…

Después que Weasley me comentará su hipótesis sobre la extraña desaparición de la profesora de Adivinación y de su posible relación con una profecía crucial para los movimientos del Señor Oscuro, me dispuse a buscar toda la información necesaria.

Solicitar algunos papeles al ministerio, no fue nada difícil. Aún mi apellido daba cierto estatus de autoridad y pude conseguirme una lista de todos los inefables vigentes, jubilados, y fallecidos; junto con su visión política y otros detalles más escabrosos, en el caso de los opositores del nuevo sistema. Sin embargo, no pude tener los nombres de los protegidos por los inefables. Tal como había dicho Weasley, ellos sí tenían la misión de cuidar que las profecías que cumplieran, y eso conllevaba proteger tanto como a los profetas y a los profesados implicados. En la carta adjunta que me había enviado la señorita Gibbon, quien nos debía un favor a la familia por algunas transacciones monetarias irregulares en el banco y era mi única fuente para obtener la información, declaraba que más datos serían clasificados. No podía tener acceso a ellos si no trabajaba en un cargo alto del ministerio.

Pero no todo estaba perdido. El padre de Nott había sido nombrado por el ministerio como subdirector del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, gracias a ser el único buen abogado que estaba enlistado como partidario del Señor Oscuro. Él tenía la libertad de acceder a los registros de defunciones, presos y otros excipientes legales en donde podría haber algo que nos sirviera.

Lo que me preocupaba era que descubrieran a Nott por ayudarme. Él me había dicho que no tenía ningún problema, incluso su padre estaría contento de serle eficiente en algo, porque eso significaría que estaría interesado en algo de su trabajo. Me contó que realmente odiaba las leyes, y su padre siempre había querido que siguiera la ocupación familiar por tradición.

-¿Te sirvió el pergamino que te di? –preguntó de repente. Había dejado de lado el libro, la pluma y su cuadernillo.

-Sí, gracias.

La hermana mayor de Nott se había casado con un multimillonario empresario, que en una de sus tantas empresas, tenía una franquicia de pergaminos. Sin saber cómo comunicarle a Weasley el ligar donde reunirnos, él me dio un nuevo pergamino experimental que al escribir en él, no quedaba marcado. Algo como tinta invisible, pero ningún encantamiento podía revertir que lo escrito se hiciera visible. Seguramente diseñado para comunicaciones secretas e importantes, como las del ministerio, que ahora habían dejado de usar esos papelitos volando por todo el edificio, sólo bastaba con escribir y decir los nombres de la persona a la que iba dirigido, para que quedara sellado.

-Nunca creí que sería algo de utilidad que mi hermana se interesara en un magnate de los pergaminos. Todos los meses me manda una caja llena de pergaminos y papeles; la mayoría experimentales –chistó la lengua y estiró los brazos, cansado-. Debo probarlos y enviar una carta a la secretaria de mi cuñado, contándole qué tal funcionan sus potenciales minas de oro.

-Ahora entiendo por qué una vez Crabbe dijo que ni por todos los dulces de Inglaterra volvería a pedirte prestados tus apuntes –sonreí, aún recordando la apariencia que tenía cuando llegó a la sala común agitado. Nott frunció el ceño-. En tercer año, creo, él fue a pedirte unos apuntes de alguna clase, y luego regresó con todo el rostro lleno de cenizas y su pelo chamuscado. Hasta las pestañas se le desaparecieron.

-Oh, eso –él se rió, controlando una carcajada-. Un pergamino equipado con alta protección. Lanzaba fuego cuando alguien que no era el dueño, lo tocaba… Cuando estaba desactivándolo, para que pudiera usarlo, él se impacientó y me quitó los pergaminos de las manos… La impaciencia es un gran defecto.

Esa misma noche me reuniría con Weasley. Antes de la cena, Parkinson me llamó en el pasillo y me dijo que teníamos que oficiar una ronda especial.

-El director acaba de hablar con Blaise –explicó girándose, al darse cuenta que me había detenido. La escalera se quedó quieta, justo finalizando en el pasillo que nos servía para ir al Gran Comedor-. Quiere que hagamos rondas, ya que los prefectos no están facultados para hacerlas.

-¿Por qué? –los prefectos ya no tenían el mismo rol de antes. Al menos, eso era en la práctica. Teóricamente podían hablar con profesores para castigos, hacer rondas y ser un ejemplo para sus casas. Pero ahora sólo eran seis estudiantes con medallas para adornar sus túnicas-. ¿Qué ocurrió? Creí que los Carrow y los demás eran los encargados de supervisar la escuela de noche.

-Bueno, es que pasó algo de lo que no nos habían advertido –miró hacia todos lados antes de subir dos escalones y estar frente a mí-. La desaparición de la chiflada de Trelawney no fue un accidente –enarcó las cejas sugestivamente, aunque entendía a lo que se refería. ¿Cómo no hacerlo? Lo estaba sospechando desde ya hacía un buen tiempo-. La mañana que se la llevaron, no tuvieron mucho cuidado con su aula. Parece que les dio varios problemas para haberse descuidado… Luego de retirar a los estudiantes que tenían clases, limpiaron el desastre de la torre; pero no encontraron la varita de Trelawney –hizo una mueca mientras movía la cabeza, como cada vez que hacía cuando contaba algo que quizás no debería haber dicho-. Tal parece que van a usar medidas drásticas para encontrar la varita, y para eso necesitan que todos los estudiantes estén en sus salas comunes.

Seguimos andando, luego de recordarme que debía actuar normal. O como usualmente me comportaría con aquella noticia.

-¿Cómo encontrarán la varita? –pregunté tratando de sonar tan curioso-. Fue un error patético el que cometieron; dejando toda la evidencia cuando se supone que había clases de Adivinación.

-No tengo idea –se alzó de hombros, mientras se acomodaba su pelo-, pero sospechan que alguien la debe haber recogido. No puede haber desaparecido sola, ¿verdad? –sonrió, ante lo correcta que era su pregunta-. Y si tal es el caso, las medidas que tomarán contra la persona que tenga la varita, serán de las graves.

-Bueno, puede ser que no la tenga alguien –dije resolutivamente. Tenía que asegurarme si estaban realmente seguros que una persona había tomado la varita de Trelawney de la torre esa mañana-. Si fueron tan despistados como para dejar expuesta la escena, entonces podría haber más posibilidades.

-¡Por favor, Draco! –se rió y me puso una mano en el hombro, amistosamente. Bajé la mirada a su mano, extrañado-. Alguien robó la varita, está confirmado. Dudo que no la hayan buscado bien antes de inculpar a alguien.

Bueno, con tal de tener cualquier excusa para lanzar maldiciones imperdonables a diestra y siniestra, entonces los Carrow serían capaces de patrocinar una masacre falsa con tal de divertirse por un par de horas. Ya no quedaban muchos opositores que se expresaran; la mayoría habían sido retirados por sus padres a medida que el año transcurría. Debían estar muy aburridos sin castigos que propiciar.

La mano de Parkinson me empujó un poco, invitándome a pasar al Gran Comedor. Me sentía muy incómodo, puesto que pocas veces le permití tener contacto físico en el pasado. A pesar de lo que nuestros padres planearon por un tiempo y las expectativas de nuestros compañeros, ella y yo jamás nos sentimos muy unidos para ser una pareja en el sentido amoroso. Parkinson me ponía de nervios, con su chismorreo constante; sin contar que su tendencia a afianzarse a la creencia que gracias a la riqueza y posición familiar podría vivir, no necesitaba estudiar ni tener un mínimo de conocimientos básicos para no ser tachada de ignorante. El oro y el apellido no lo eran todo, y eso lo había aprendido en los últimos meses.

Me senté junto a ella, aunque claramente no estaba feliz y mi semblante lo expresaba. Ella me preguntó qué me pasaba y le dije que sólo estaba un poco cansado, mientras miraba a Nott, quien se servía empanadas de calabaza casi al otro lado de la mesa.

-¿Pansy ya te contó acerca de hoy en la noche? –Goyle mostró prácticamente casi todo lo que contenía en la boca.

-Sí –extrañamente me sentía regresando al pasado; sentado con ellos y presenciando lo que hacían.

-Tú te encargarás del tercer piso con Crabbe –Zabini dejó sus cubiertos encima de su plato vacío y se limpió lentamente con la servilleta-. La ronda termina a medianoche, y tienes permiso para faltar a las tres primeras clases de mañana.

-Snape ya habló con McGonagall. Podremos dormir y olvidarnos de Encantamientos –añadió Parkinson alcanzando una bandeja de ensaladas.

Mi mirada inevitablemente se desvió a la mesa de Gryffindor. Entre el dorado y escarlata, no distinguí a Weasley, aunque esa chica con la que últimamente se juntaba estaba charlando con Brown. ¿Dónde rayos se hallaba cuando más la necesitaba? Corría un serio peligro si estaba fuera de su sala común, lo que era lo más probable… De un momento a otro empezaría la caza y ella era la presa, sin que ella ni los mismos cazadores supieran. ¡Le había advertido que la varita de Trelawney le causaría problemas!

De repente la mano de Crabbe estaba frente a mí y la aparté escuchando las vacías risas de los demás.

-No has escuchado nada de lo que dije –Parkinson suspiró.

-Creí que necesitabas ayuda, para concentrarte –se excusó Crabbe ocultando la mano bajo la mesa y apartó inmediatamente su mirada de mí, temeroso.

-Dejemos a Malfoy en las nubes. Parece que tiene mejores pensamientos en los cuales enfocarse –sonrió Zabini, tomando una taza de café. Mientras me fijaba en que le echaba tres cucharadas a la taza, siendo que siempre era una; escuché que Parkinson le preguntaba al mismo qué le había ocurrido a Greengrass-. Al salir de Pociones me dijo que se sentía mal, un dolor de cabeza o algo así –tomó un sorbo de su café-, iba a la enfermería y se juntara con nosotros en la ronda.

-Ah, es que ha andado últimamente muy extraña –comentó ella despreocupadamente-. Incluso se negó a ir conmigo con las niñas de tercer año de Hufflepuff, cuando me costó tanto conseguir que nos hicieran masajes y nos exfoliaran la piel…

-Daphne siempre ha sido rara –saboreó lo último de la bebida antes de dejar la taza vacía en el platito-. Además, quizás esté en uno de esos días de las mujeres. No nos molestemos en preocuparnos por ella –se puso de pie y vio nuestros platos, limpios porque ya habíamos terminado de cenar-. Pues bien, vamos a cumplir nuestro deber.

Sin casi darme cuenta llegué al tercer piso. Estaba demasiado ocupado pensando en dónde podría estar Weasley, para escuchar el murmullo lejano perteneciente a Zabini parloteando sobre trivialidades.

Me parecía poco probable que la pelirroja estuviera en nuestro lugar de reunión, la misma sala en la que la había encontrado la semana pasada cuando me contó lo de la profesora Trelawney y me enseñó loa infame varita. Weasley era precipitada, pero no estúpida. En estos tiempos y en su situación particular, como vigilada especial por los mortífagos, no podía darse la libertad de cometer actos irresponsables. Llegaría a la hora acordada al aula abandonada del ala este.

Antes que nada, tenía que deshacerme de Goyle. Con la pobre excusa de mantener más espacio controlado, nos dividimos acordando que él supervisaría la parte este del piso y yo la oeste. En un principio no se vio muy animado a hacer caso, seguramente por alguna orden de Zabini, pero al ver mi rostro nada amable, cedió. En cualquier otro tipo de situación, tampoco me gustaría estar con él. Además de incómodo, podría desatar que la rabia que se ha alojado en mi pecho desde aquella noche en que recibí mi castigo por no haber cumplido mi misión de asesinar a Albus Dumbledore.

Ya caminando a solas, pensé en dónde podría encontrarse Weasley. Tenía que advertirle que no podríamos juntarnos, y tampoco en una fecha cercana. La seguridad aumentaría, y ella ya corría peligro. Si nos encontraban juntos o a ella deambulando a deshoras, o simplemente en el lugar y momento equivocados, entonces recibiría un pase directo al despacho de los hermanos Carrow. Nada ni nadie podría salvarla. Y también estaba el asunto de la varita…

Revisé varias aulas vacías, pero en ninguna estaba Weasley. Existía la posibilidad que estuviera en otro lugar; en los jardines o en un aula de otro piso. En ese caso, sería más difícil advertirle del riesgo. Fue en ese momento cuando entendí a algunos brujos cuando le pedían a Merlín que los ayudara, otorgándole ridículas plegarias.

Ya eran casi las once de la noche y aún nada. Me dolían los pies de tanto caminar y empezaba a impacientarme. Definitivamente Weasley no estaba en el tercer piso, porque había conseguido colarme a la zona que le tocaba revisar a Goyle y no había rastro de ella.

Abruptamente, escuché un grito. Y otro más. Ambas voces enojadas, a la lejanía.

Me acerqué a las escaleras, tratando de agudizar el oído y captar a quién le pertenecían las voces.

-¡Corre! –chilló un hombre. Zabini, de hecho-. ¡No puede escapar! –y el sonido de una explosión, como el de un hechizo desviado rugió desde arriba.

-Comadreja –murmuré corriendo a la primera escalera que se movía con dirección a los pisos superiores.

Del cuarto piso aparecieron Parkinson y Crabbe, y llegaron a mi lado con sus varitas en mano. Ambos estaban serios, aunque parecía que el último lo estaba pasando muy bien. Si no mal recordaba, la mañana siguiente luego de recibir la Marca Tenebrosa en mi brazo, él me había confesado que con esto tenía licencia para torturar. Una valiosa lección proporcionada por su padre, por supuesto.

El escándalo provenía del séptimo piso, por lo que nos dirigimos hasta allá. Crabbe quedó rezagado, jadeando del cansancio mientras que Parkinson miraba frenética a todos lados.

-¡Anda por allá! –señalé a la derecha y ella me obedeció sin chistar.

La vi alejarse mientras retrocedía en la dirección opuesta y cuando la vi doblar en la esquina, empecé a correr buscando en cada aula y detrás de cada estatua. Aún no la habían logrado capturar, porque los gritos no se dejaban de oír. Había cientos de pasadizos secretos donde podía estar Weasley… Pero, ¿cómo encontrarla?

Casi como una epifanía, recordé la Sala de los Menesteres. Esa dichosa sala que aparecía a la persona que más la necesitaba; y que en más de una ocasión le fue útil al Ejército de Dumbledore. Weasley debía conocerla bien y sería el único lugar ideal para ocultarse en este piso, y en estas circunstancias. No tenía otro lugar adonde acudir.

Sin ya sentir las piernas, corrí hasta llegar al tapiz Barnabás el Chiflado. Sin poder respirar con normalidad, caminé tres veces y pensé en un lugar para esconderse, pero nada. Repetí la acción y tampoco; el tapiz seguía indemne colgado en la pared, tan limpio e inmóvil como siempre. Desesperado, pensé en Weasley. Pero no obtuvo resultados.

-¿Pero qué…? –de repente, del tapiz emergió una puerta, que se abrió. Lo primero que emergió fue una varita y luego un rostro pecoso, altamente enrojecido-. Malfoy –dijo sorprendida y salió con premura-. Me están persiguiendo… -parecía que iba a decir algo más, pero se quedó en silencio escuchando a Zabini dando instrucciones mientras los gritos de Goyle clamando ayuda me distrajeron-. Los detuve por un momento con un encantamiento, pero-

-Cállate –tomé su muñeca y con la mano libre le acomodé la capucha de la túnica, la cual traía puesta encima de la cabeza. Aún no debían saber que se trataba de Weasley, porque de espaldas y en una persecución, no se notaba que era una mujer y menos ella. Buena idea-. Tenemos que llegar a tu sala común ahora.

-¿Qué…? –miró mis dedos alrededor de su muñeca confundida.

No le di tiempo de seguir preguntando, porque empecé a correr. Me siguió sin oponerse, lo que me pareció algo extraño, pero aliviador. Ciertamente no me dejaría en paz hasta que le contara qué pasaba, aunque sabía que era prudente hacerme caso. ¿Y cómo no hacerlo cuando Zabini comandaba al resto al más puro estilo de una cacería?

Nuevos pasos se agregaron a los suyos, pero ésta vez provenían de atrás y adelante. El pasillo se encontraba desierto. Parkinson podría perfectamente devolverse, según lo dicho por Zabini, para hacernos una emboscada.

Saqué mi varita mientras giraba la cabeza hacia Weasley. Miraba hacia el frente, con la varita aferrada. Le dije que se tapara la cara, y que me dejara a mí el resto. Frunció el ceño, antes de cubrirse más con la capucha.

-Disparo de flechas –de mi varita salieron pequeñas esferas oscuras, disparadas hacia el pasillo, que a medida que volaban se fueron alargando hasta adoptar forma de flechas.

Las flechas pasaron de largo las escaleras, dirigiéndose hasta el final del pasillo y luego doblaron antes de que los chillidos de Parkinson rebotaran en todo el lugar.

-¡Oh, por Merlín, ayúdenme! –lloriqueaba al mismo tiempo que Goyle gimoteaba alterado-. ¡No te quedes sin hacer nada y haz algo, imbécil! –se quejó luego de chillar, adolorida.

Tomé más fuerte a Weasley y doblamos para tomar las escaleras. Teníamos que darnos prisa.

-¡Ahí va! –escuché a Zabini tras nosotros.

Volteé la cabeza alarmado por la cercanía de la voz de éste y vi con horror que el pie de Zabini se veía por la esquina; casi a milisegundos de aparecer y poder vernos.

-¡Flipendo! –una ola de energía azulina salió de la varita de Weasley y se dirigió al pecho de Zabini, quien fue lanzado hasta chocar contra un retrato vacío.

Fue allí cuando me percaté que ninguna de las pinturas contenía sus personajes. Todas estaban vacías. ¿Por qué?

Weasley me tiró la mano, y tomó la delantera sonriéndome. Llegamos hasta las escaleras, pero ninguna estaba en nuestro piso. Todas se movían, y maldije, impaciente. Si no llegaba cualquier escalera pronto, tendríamos que enfrentarnos ante Greengrass y Crabbe, eso sin contar que nos podrían descubrir y-

-Flipendo –bajé la mirada hasta Weasley, quien bajaba la varita, y de repente me dije hacia adónde apuntaba: Crabbe yacía en el suelo, encima de Zabini-. Si ninguna escalera viene, tendremos que batirnos a duelo.

-Estás loca –dije atrayendo su atención. Ella me miró extrañada-. Ellos no siguen reglas, comadreja. Esto no es un juego.

-¿Qué pasó? –preguntó sin discutirme.

-Se ha iniciado la cacería de brujas –miré al pasillo. Vacío, aunque pisadas se escuchaban-. Buscan a la persona que tiene la varita de Trelawney –murmuré volteando hacia las escaleras-. Malditas –todas cambiaban de posición, pero ninguna venía hacia nosotros. Quería evitar a toda costa luchar. Weasley y yo éramos mucho mejores que ellos, pero estábamos en territorio enemigo-. Ven aquí –ella dio un paso, concentrándose en las pisadas-. Dissaparate –dije tocando con la punta de mi varita la cabeza de la pelirroja.

El cuerpo de Weasley empezó a hacerse transparente con el paso de cada segundo. Sus ojos parpadearon sorprendidos observando que desaparecía, y luego me escrutaron curiosos y nerviosos a la vez. Le sonreí, para que estuviera tranquila. No permitiría que le pasara nada.

Las pisadas cesaron y giré, encontrándome con Greengrass. Miró alternadamente los cuerpos de Zabini y Crabbe, y a mí. Jugó con su varita, observándolos. Podría despertarlos con sólo un hechizo, pero en vez de hacerlos volver a la consciencia, caminó hasta mí.

Nunca había visto a Greengrass tan… dura. Sus facciones estaban endurecidas, pero había un brillo siniestro en sus ojos cafés que me recordaron a los de mi padre cuando planeaba algún chantaje o extorsión. Y, a decir verdad, esa imagen le quedaba mal. Greengrass era de las chicas comunes, de las que tienen el pelo oscuro y ojos cafés, como la mayoría y que aparentemente no tienen ningún encanto en particular. Solían ser de las dulces, y calladas. No de las sensuales, ni las hermosas, atrevidas; y mucho menos de las amenazadoras.

Llegó hasta mi lado e hizo una mueca, confianzuda.

-¿Dónde habías estado, Draco? –preguntó, sorprendiéndome. No sabía qué esperarme de ella, porque no estaba actuando normalmente-. No nos fuiste a ayudar.

-Me quedé esperando que el fugitivo viniera acá, para atraparlo… pero se fue –bufé, aparentando fastidio-. No era un principiante, parecía bueno.

-¿Y cómo se fue? –inquirió moviendo al cabeza negativamente-. Tú eres uno de los mejores magos que tenemos y para que pueda haberte derrotado-

-Me tumbó –la corté. Alcé una ceja-. ¿Adónde quieres llegar con este interrogatorio, Greengrass?

Retrocedió un paso con lentitud.

-Sólo quería hacerte saber que deberías practicar tus encantamientos avanzados, Draco –sacó su varita de la manga de la túnica y apuntó a mi derecha-. Finite Incantatem.

Tragué saliva, lívido. No necesitaba darme vuelta para ver que el cuerpo de Weasley estaba a mi lado, completamente visible.

Greengrass siempre había sido brillante. Una de las mejores de nuestra casa, pero no lo demostraba a menudo. No le gustaba toda la atención que generaba el puesto de la sabelotodo… Siempre había demostrado cierta repulsión a personas que se jactaban de su inteligencia, como Granger o los Ravenclaw en general. Pero ella no dudaba en vanagloriarse de ésta en los momentos indicados.

-Empieza a hablar, Draco –bajó la varita, y cruzó los brazos. Estaba más seria que nunca-. ¿Por qué estás del lado de Weasley?


N/A: Bendito sea ElDiccionario(punto)org, que sin su existencia, este capítulo hubiera sido una monstruosidad. Y gracias por sus reviews, me animaron mucho. La recepción del capítulo anterior me abrumó un poco, no esperaba tan buena respuesta de su parte. Muchas gracias :).

Pues, aquí estamos. La bomba estalló. Ya no sólo Nott sabe que Draco es un traidor, sino que también Daphne. Además de eso, todo se complica porque Ginny ha hecho algunas investigaciones por su lado... No por nada estaba en la Sala de los Menesteres cuando Draco la encontró. Sin contar que faltan los papeles que Nott le entregará a Draco. Es decir: el caos comenzó. ¿Así debe ser la resistencia, no? Neville dijo en el último libro que había sido algo terrible. Y esto, ciertamente se está transformando en eso.

Hasta la siguiente entrega. Gracias por el apoyo y espero seguir recibiendo sus reviews. ¡Nos vemos!