Capítulo trece: Hogwarts, una historia

Me quité la capucha, más por hacer algo que por otra razón. La tensión se cernía sobre nosotros, especialmente entre Malfoy y Greengrass; y estaba tan asustada que no podía correr. Empecé a mover las manos, ocultas bajo las enormes mangas de la túnica y troné mis dedos varias veces.

No teníamos escapatoria. Ninguna excusa o explicación para tratar de alivianar el hecho que Malfoy estuviera ayudándome a escapar de la renacida Brigada Inquisitorial, serviría para restarle importancia ni evadir las consecuencias.

La mirada de Greengrass me daba miedo. Era muy fría, tanto como la de Malfoy o cualquiera de los pertenecientes a los mortífagos. A pesar de no ser fea, la tensión en su fuertemente cerrada mandíbula la hacía tomar una imagen dura, casi deforme. No podía adivinar qué pensaba. No era fácil de leer como Malfoy, que podía dilucidar algún sentimiento en sus ojos. Pero no era nada difícil ni descabellado imaginarme que estaba sumamente enojada. Y decepcionada. Corroída por la traición de su supuesto compañero.

Lo peor de todo era Malfoy, pensé observando su nuca. Parecía que me había buscado por mucho tiempo para impedir que me encontraran y cuando lo hizo, ya era demasiado tarde. Se había arriesgado. Por mí.

Su espalda estaba recta, sus brazos estaban al lado de su cuerpo sosteniendo manos relajadas. Su silencio me inquietaba. Podría idear algún plan, pero la posibilidad de tener éxito era ínfima; por no decir nula.

¿Por qué?

-Nunca he tenido que darte explicaciones, Greengrass –dijo usando su típico tono superior. Parpadeé, incrédula. ¿De verdad iba a admitir que me estaba ayudando?-. Y no recuerdo desde cuándo tengo que dártelas…

¿Por qué Malfoy se arriesgaba por mí?

-Desde que te he encontrado en esta… -me miró con desdén, seguramente analizando con qué adjetivo describirme-, situación tan curiosa –escupió volviendo a centrarse en Malfoy-. ¿Qué haces con Weasley?

-Él no tiene la-

-Cállate, comadreja –me detuvo el rubio volteándose un poco para observarme. Su rostro era solemne-. Ya es suficiente con tener que pagarte una deuda para que intentes hablar por mí.

Vale, oficialmente Malfoy no había cambiado tanto como creía. Que gritara a los cuatro vientos que se había unido a la resistencia y me apoyaba en mi investigación sobre Trelawney, hubiera sido toda una sorpresa. Aunque un acto estúpido de valentía. En cambio, optaba por mentir. Una salida peligrosa, pero la más segura de todas. No podía negar que me ayudaba a escapar, pero sí podía cambiar las razones para librarnos a ambos de castigo. El movimiento más sabio e inteligente que podría esperar de alguien como él.

-Weasley me ayudó antes de vacaciones. Para mi desgracia –agregó, cruzándose de brazos-. Ella sabía que estábamos haciendo ronda y al verme, me dijo que podía pagarle la deuda si la hacía llegar a salvo a su sala común.

-¿Puedes hacer una deuda mágica? –Greengrass se dirigió a mí.

Sin saber cómo responderle que sí, lo cual era una mentira porque ese tipo de magia era muy avanzada, sólo levanté la barbilla y giré un poco la cabeza. Esa pose se la había visto a los gemelos varias veces, cuando mamá los interrogaba sobre cómo podían haber logrado un experimento tan avanzado. Y siempre se veían más brillantes y arrogantes de lo que eran haciéndolos.

-¿Algo más que quieras saber, oh, su majestad Greengrass?

-Ahórrate el sarcasmo, Draco –le dijo bruscamente-. Te creo, porque Weasley sería capaz de atajar a cualquiera contar de protegerse de nosotros –de repente, una sonrisa se asomó por sus labios y me sorprendió. Ahora lucía una persona distinta: dulce y pacífica. Guardó su varita, con parsimonia-. No quiero perder más tiempo en esto. Supongo que no debo decirte qué debes hacer para que no los lleve ante el director Snape o le informé a los superiores de la pelirroja bruja que deambulaba por los pasillos.

Malfoy se tensó, pero asintió lentamente. Di un paso hacia adelante, para quedar a su lado y así observar mejor su rostro: ciertamente no lucía nada contento. No sería una sorpresa que él abriera la boca para quejarse, ya que sospechaba que se trataba de algo que él no quería hacer. Sin embargo, se quedó en silencio y miró los cuerpos inertes de Crabbe y Zabini.

-Cerciórate que sigan vivos –dijo, aunque hizo una mueca-, o mejor anda donde Parkinson. Puede estar desangrándose con el hechizo que invocó Weasley.

-Por supuesto. Me encargaré que estén bien –movió la cabeza afirmativamente mientras me miraba.

A pesar de lo que podía haber creído, no me colocaba nerviosa su presencia ni escrutinio. Nunca había tenido contacto con ella, porque siempre era la callada del grupo de Slytherins que tomaban como pasatiempo lanzar aburridas bromas al resto de estudiantes. Pero podía asegurar que se trataba de una buena persona. Al menos eso confirmaba su mirada, cristalina como el agua. No tenía rastro de dobles intenciones, como la mayoría de personas no dignas de confianza mostraban.

Algo en ella me recordó a Hermione. Tenía mucha perspicacia en su mirada. Me estaba evaluando antes de irse. Algo que indudablemente haría mi amiga en una situación similar. Además, la manera en que hablaba, aprovechándose de la debilidad del enemigo sin dar pie a una pelea que trasgrediera en ámbito verbal, era una cualidad que siempre había admirado en Hermione. Me asombraba la manera en que podía mantenerse a raya tan fácil, soportando incluso las estupideces de Ron sin dejarlo calvo.

La chica suspiró antes de voltearse para ir hacia donde Crabbe y Zabini seguían inconcientes.

-No tengo toda la vida, comadreja –Malfoy escupió. Lo miré y movía la mano con diligencia, como si sólo fuera un mero trámite a completar-. Apúrate.

-Eres pésimo cumpliendo deudas mágicas –dije cruzándose de brazos-. Puedo regresar a mi sala común sola. Sé caminar, ¿o estas piernas son una ilusión de tu chiflada cabeza? –insultarlo era como volver a las viejas costumbres-. Pues besa mi culo, hurón.

Sin decir nada más, comencé a caminar y salté sobre el escalón de la escalera antes que ésta se posicionara bien en su lugar. Podría haberme caído, lo que sería una actitud suicida para terminar aplastada en el primer piso del castillo por no esperar a la escalera; pero debía actuar como enojada. O, en cierta manera, de la manera en que me comportaría si no estuviera cooperando con Malfoy.

Cuando ya había recorrido la mitad de la escalera, él llegó a mi lado sin mostrar cansancio ni agitación. ¿Cómo había llegado tan rápido? ¿Y por qué no jadeaba? Hasta la fecha no conocía a nadie se moviera a la velocidad de la luz. Malfoy era todo un caso.

-¿De qué supuestamente te salvé antes de vacaciones para que me pagues la deuda mágica? –pregunté en voz baja. No sabía si Greengrass nos podía escuchar, pero estábamos en un castillo donde las paredes parecían tener orejas propias. O retratos, claro estaba. Todos los personajes roncaban sonoramente.

-¿Acaso importa? –él alzó una ceja.

-No sé cómo lograr una deuda mágica –expliqué como si con eso bastara-. Es tierno de tu parte considerar que pueda hacer ese tipo de magia antigua tan poderosa. No sabía que me tenías tanta fe.

-Me referiría a tu pobreza de vocabulario para denominar "tierna" mi acción, pero me parece más importante aclarar que la idea de que pienses que te tengo fe, es un poco grotesca –llegamos al cuarto piso y esperamos que otra escalera que tuviera rumbo hacia el piso de abajo se posicionara frente a nosotros-. Extraña, pero grotesca –recalcó.

No me atreví a preguntarle si me acompañaría hasta la sala común. Ya debía saber dónde estaba ubicada nuestra sala, pero aún así el hecho que me acompañara me hacía sentir un poco incómoda. No en el sentido en que detestara su presencia, últimamente podría casi admitir que era lo contrario. Es más, su constante arrogancia y sorprendente manera de sobrellevar las dificultades que nos ofrecía el panorama actual del mundo mágico me animaban bastante. Sino que, su presencia me hacía interrogarme sobre sus motivaciones para protegerme.

Él era más del estilo de salvar su propio pellejo antes de siquiera procesar la idea de ayudar a otro ser viviente. ¿Por qué se arriesgaba por mí? ¿Y por qué me protegía?

-Gracias por advertirme de la cacería –dije de repente, atrayendo su atención. La escalera esperada llegó y bajamos-. Y también por no permitir que Greengrass nos delatara.

En el caso que fuera así, él podría salvarse para sólo quedar con un castigo tan estúpido como limpiar un salón de manera muggle. Para mí sería una historia distinta. No era una gran amiga de los mortífagos ni sus empatizantes.

-Necesitamos estar en óptimo estado para seguir en nuestras investigaciones –dijo resueltamente. Abrí la boca para protestar, pero luego pensé que no tenía razón para hacerlo. Estaba en lo correcto-. Y eso me recuerda que debemos realizar una nueva reunión…

-Asumo que estas patrullas nocturnas seguirán por un buen tiempo hasta que aparezca la varita –antes que pudiera mencionar la idea de devolverla, para ahorrarnos problemas, continué-, será difícil juntarnos. Tenemos horarios diferentes y la vigilancia será extrema… ¡Ya sé! –exclamé más fuerte de lo que me hubiera gustado.

Ignorando la mirada de desquiciada que me dio el rubio platinado, tomé nuevamente la ocurrencia. Y realmente era muy buena. Usar un elemento tan insignificante en la vida de algunos magos para transformarlo en algo importante, era algo brillante; pero que eso además fuera tan poderoso, como para que nunca desvelara su magia a nadie más que el poseedor, era algo digno de alabar.

-Ya tengo resuelto el asunto de cómo juntarnos, sin tener que correr ningún riesgo en la comunicación –no podía contener la gran sonrisa que tenía pintada en la cara.

-Tengo mis métodos, Weasley –él no parecía muy convencido.

-Te podrían pillar escribiéndome. Sin importar cuán grandioso sea el pergamino, no puedes evitar que alguien te vea por encima del hombro lo que escribes –mi explicación lo convenció, porque asintió pensativo-. No te preocupes, déjamelo en mis manos.

Llegamos al último escalón y di un saltito mientras giraba, para encararlo. Era muy peligroso hablar de esto en un lugar tan público como en las escaleras; aunque Malfoy parecía tener cierta manipulación con los retratos para que no desvelaran información que escucharan. Recordaba que tomó varios días que dejaran de hacerme reverencias al pasar por sus pinturas. Era embarazoso.

-Sería sospechoso que incluso el hurón Malfoy que me paga una deuda mágica me acompañe literalmente hasta la entrada de la sala común –dije medio en broma, pero él no sonrió. Pocas veces lo había visto sonreír, y menos reír. La experiencia de encargarme del ex buscador de Slytherin fue una en un millón para haber hecho morir de carcajadas a Malfoy-. Tienes que irte pronto. Alguien deberá ayudar a limpiar el desastre que dejamos allá arriba…

-Al menos tengo más clase que tú al usar hechizos sofisticados. No tus barbaridades que vuelan cuerpos por doquier –Touché. Un buen recordatorio de que no estaba soñando, era el sarcasmo de Malfoy. Sin él comenzaría a dudar que mi cerebro estuviera en un buen estado, para siquiera crear un mundo en donde él y yo estábamos unidos por una causa común-. No te metas en problemas, Weasley.

-Ya estoy en varios, así que es inútil tu advertencia –alcé la mano, en un gesto vago de despedida. No sabía cómo hacerlo, ya que no podía acercarme para abrazarlo, como habría hecho si se tratara de alguno de mis hermanos o Harry, por haberme salvado de ser la presa de la cacería. E irme sin más, era descortés. Así que un gesto era la mezcla justa de gratitud y cordialidad que necesitaba-. De todas formas trataré de no convertirme en la más buscada de los mortífagos –suspiré y él iba a decir algo, pero le interrumpí:-. En lo cual estoy a pasos de convertirme. No necesitas gastar saliva en eso. Buenas noches.

No me giré para ver si Malfoy seguía allí, pero de todas maneras no hubiera servido de nada. Él ya debía estar en camino hacia el séptimo piso. Se demorarían horas en despertar a Crabbe y Zabini, luego ver las heridas que tenía Parkinson y limpiar el desorden. Ellos por su parte también lanzaron hechizos, por lo que arriba debía estar la viva imagen del caos.

La Dama Gorda me preguntó si estaba bien, y cuando le respondí que sí mostrándome confundida, ella me contó que el director había ordenado reinstaurar la Brigada Inquisitorial para hacer rondas en los pasillos.

-Y parece que pasó algo porque hace poco el pastor del retrato del corredor del piso seis nos llegó contando que esa tal chica de apellido Parkinson quemó con su varita varias pinturas persiguiendo a alguien –se aclaró la garganta, dándose cuenta de su tono de cotilleo-. Por suerte todos los personajes están sanos a salvos. Se refugiaron en otros retratos.

-Vaya, menos mal… Supongo que se terminaron mis visitas a la lechucería… -comenté, un tanto nerviosa. Si bien era positivo que no mencionara a quién perseguían, no era nada prometedor que Parkinson hubiera hecho cenizas unos retratos. Mañana todos en el castillo sabrían sobre sus rondas y se crearan rumores respecto al incidente-. ¿Qué? –sin darme cuenta, la Dama Gorda había estado hablando-. Perdón, estaba un poco impresionada por la noticia que me dio.

-Oh, sólo comentaba sobre el amor juvenil –pestañeó soñadoramente, lo que me recordó a Luna por un instante-. Tantos años en esta pared y tantas parejas que he visto romper, formarse y volver a juntarse… Para que sepas –su voz cambió a una más seria, mientras se agachaba para mirarme mejor-, no creo en nada de lo que dicen los periódicos sobre Harry Potter. Sé bien que a veces es un irrespetuoso, en especial cuando me despertaba a deshoras para salir, pero jamás sería un rebelde ni cobarde o ladrón.

-Er, gracias, supongo.

-De nada, niña. Me parecía importante aclararlo. Me siento fiel a los de mi casa. Estaré afuera, sirviendo de portera, pero soy una Gryffindor y los conozco –sonrió con dulzura-, lo suficiente para saber cómo son.

Si alguna vez me había cuestionado si los retratos tenían sentimientos, entonces podía asegurar que sí. O al menos emulaban la manera de sentir y pensar que sus creadores les otorgaron.

-En ese caso, también me parece un buen momento aclarar que servir de portera es un trabajo que requiere mucho esfuerzo y paciencia. Por no decir vital –dije en el mismo aire de complicidad.

-Siempre tan adorable –se rió halagada-. De todos los Weasley que han desfilado por aquí, y te advierto que son generaciones, tú eres la más guapa y amable de todos.

Luego de decirme que ya se estaba haciendo tarde, dije la contraseña y entré. Nunca me había detenido a hablar con la Dama Gorda, excepto por la ocasión en segundo año cuando Sirius Black desgarró su retrato cuando ella no quiso dejarle entrar. Una semana después del incidente, Colin y yo la encontramos en uno de los retratos del corredor este del quinto piso. Le pregunté si se encontraba bien y le expresamos que la extrañábamos. Ella quedó encantada, y no nos atrevimos a mencionarle que en verdad lo hacíamos porque Sir Cadogan era un completo chalado.

Subí hasta el cuarto tratando de no hacer ruido para despertar a mis compañeras. Ya tenía suficiente con que me odiaran por haber actuado como una zombi a principios del curso y que ahora cuchichearan sobre mi extraño comportamiento, dándole la razón a Neville en que ya no era la misma. Aparentemente no todo permanecía en privado en este castillo, pensé casi por casualidad. Malfoy y yo tendríamos que esforzarnos en que nuestro plan sí lo fuera.

Por debajo de la puerta, vi que una luz estaba encendida, por lo que no me sorprendió encontrar a Michelle sentada en su cama, con una vela encima de su mesita de noche.

-Ginny –saltó al verme y se levantó bruscamente. Ya vestía su largo camisón para dormir y traía puestas unas trenzas que le daba un toque infantil. Cuando niña, mamá solía arreglarme así el pelo para dormir. Según ella, eso impediría que amaneciera con una maraña casi imposible de desenredar al día siguiente. Ese hábito lo perdí rápidamente en mi tercer año de escuela-, ¿dónde estabas? –me preguntó preocupada.

-Averiguando sobre el secuestro de nuestra profesora de Adivinación –respondí luego de cerciorarme que las demás estuvieran durmiendo. Michelle abrió la boca, pero no dijo nada. Sus ojos se agrandaron de sorpresa ante mi respuesta directa-. No me pasó nada. No hay de qué preocuparse.

-No lo sé –empezó a jugar con sus manos nerviosa. La voz le temblaba un poco-. No son tiempos para descuidarse, Ginny. Podría pasarte algo.

-Bueno, es una suerte que no –me acerqué a mi cama y saqué mi pijama debajo de la almohada-. No queremos que Slytherin gane el partido del fin de semana.

Michelle me miró molesta, ya que esa no era la respuesta que deseaba, pero de todas formas caminó hasta su cama y se introdujo dentro de las frazadas.

-No me gustaría que algo te pasara –dijo, casi inaudiblemente. Me quité la blusa, algo ataviada y la miré sin saber qué decirle-. No te lo mereces –sentenció luciendo nerviosa, y empezó a jugar con el dobladillo de la sábana.

A pesar de que Luna y Colin ya no estaban, no me sentía tan sola. No podía mentir que extrañaba mucho a mi mejor amigo, y a veces me daban ganas de escribirles a sus padres para decirles el error que cometían al apartarlo del mundo mágico. También las ganas de llorar por saber de Luna, me carcomían. Todos los días me levantaba y me convencía que fuera donde estuviera, ella estaría bien. Después de todo, las defunciones siempre se publicaban en El Profeta. Y su nombre no aparecía ni tampoco lo haría hasta dentro de unos cien años, si fuera posible.

Michelle era una compañera excelente, por no decir amiga. No me acosaba con preguntas y cuando a veces se me daba por hablar incoherencias, la mayoría pensamientos inconexos sobre la guerra, me escuchaba sin juzgarme. Me divertía con ella en Historia de la Magia jugando a tres en raya y no se oponía a algunas risas de vez en cuando en las clases más aburridas. Pero, por sobretodo, se preocupaba por mí. Si no desayunaba o si llegaba a altas horas de la madrugada, como ahora, se dedicaba a mirarme con un afecto parecido al materno. Y luego me hablaba, para hacerme entrar en razón. Aunque ya se había dado cuenta que regañar a un Weasley era como pelear contra la gravedad: una causa perdida.

-¿Mañana me acompañas al despacho de McGonagall? –le pregunté mientras me calzaba los pantalones del pijama. Ella asintió-. Tengo que entregarle la redacción del viernes pasado. Nos seguirá descontando puntos si no la tiene en su escritorio mañana a primera hora.

Me acosté y nos despedimos, antes que ella apagara la vela y se acomodara, emitiendo un sonoro y largo bostezo. Me había esperado cuando estaba muerta de sueño, pensé agradecida por todas sus atenciones mientras cerraba los ojos.

Esa noche soñé con algo diferente: seguía en el mismo bosque nebuloso, que resultaba ser el Bosque Prohibido. Pero esta vez no estaba buscando a Harry ni a nadie, sino que me encontraba fascinada haciendo magia sentada encima de una roca. Caminaba el color de la neblina; convirtiéndola en un humo ligero anacarado, luego rojo, azul, y de muchas otras tonalidades. Y para mi sorpresa, estaba feliz. No lloraba ni gemía por la pérdida de algún ser querido. De verdad estaba feliz.

Me costó bastante despertar a la mañana siguiente. Se necesitó una ducha de agua casi fría para por fin abrir los ojos sin cerrarlos al segundo entrante. Según el reloj en la mesita de noche de una de mis compañeras, eran la una de la mañana cuando había llegado.

Antes de desayunar, fuimos al despacho de McGonagall. La profesora no estaba, pero eso no nos detuvo de entrar. Saqué de mi mochila el pergamino perfectamente enrollado y tomé otro para escribirle una breve nota mientras Michelle empezó a leer los varios diplomas que colgaban en la pared. Nuestra jefa de casa y subdirectora parecía haber hecho varios cursos, porque tenía títulos, diplomas y certificados que pasmaban. Y después algunos se quejaban de los profesores, si supieran cuán inteligentes y constantes eran algunos en la rama de la enseñanza, entonces cerrarían la boca.

-Tengo hambre y se nos hará tarde para Pociones –dijo mi compañera girándose-. ¿Qué haces?

-Nada. Sólo veía esto –señalé uso papeles que flotaban detrás del escritorio. Algunos eran memorándum y otros apuntes para clases-. ¡Mira, aquí aparece el menú de la cena hasta para fin de año!

-Vamos, Ginny. Mejor probemos el menú del desayuno ahora –me tomó de la túnica.

Cuando nos dirigíamos al Gran Comedor, busqué en mis bolsillos si tenía alguna moneda. Para mi suerte, tenía un knut. No sabía si el encantamiento funcionaba con otra que no fuera un galeón, pero podría intentar hacerle modificaciones si se daba el caso.

Lo único que realmente me preocupaba en ese momento era poder pasar desapercibida en el entrenamiento de Slytherin…

OoOoO

'Colin:

Gracias a la adorable lechuza prestada por Ron, me fue imposible contestarte antes la carta. ¡Se le había perdido! Una chica de segundo año llegó recién hoy en el almuerzo con tu liviano rollo de papel, y dijo que Pig la picoteó hasta que le dejó una marca en la mano. La acompañé a la enfermería, en agradecimiento por traerme la carta.

¿Las cartas de tu casa son hechas de piedra o qué? Casi matas a mi pobre lechuza. Piénsalo la próxima vez, porque le daré instrucciones de que si le das algo que pese más de cien gramos, te picoteé hasta que tengas la mayor herida del mundo mágica hecha por un animal.

Me alegro que tu hermano esté muchísimo mejor. Tienes razón, todavía estar en cama no es una gran mejoría; pero ya no debe estar encerrado en paredes blancas. Los hospitales tienden a enloquecer a las personas. Además, debemos estar agradecidos con Merlín porque siga aquí, con nosotros y en perfecto estado físico y mental. Ni tu familia ni tú tuvieron la mala suerte de vivir una desgracia, lo que es una gran razón para estar contentos.

Antes que se me olvidé, agradécele a Dennis por las fotos. No es tan bueno como su grandioso hermano mayor, pero el talento parece estar en la sangre. Las colocaré en mi álbum, aunque algunas estén algo desfasadas en el tiempo. ¿No podría haberme dado algunas el año pasado?

En cuanto a nuestra amiga, nada nuevo…'.

-¿No te parece algo estúpido mencionar a Lunática Lovegood en una carta?

Salté de mi asiento, asustada. Moví la cabeza y Malfoy estaba inclinado, leyendo la carta encima de mi hombro.

-El hecho que tu vida social sea limitada, no quiere decir que me contagies la impopularidad. Tengo varias amistades y no necesariamente me refiero a Luna.

-Nuevamente tendré que recordarte que te quedes al margen del peligro, Weasley –dijo como si no hubiera dicho nada. Parpadeó, y me hice consciente de lo largas que eran sus pestañas platinadas-. ¿O quizás sirva tatuarlo en tu mano para grabar el mensaje?

-Qué considerado –volteé los ojos y doble el pergamino, para evitar que siguiera leyéndolo-. Asumo que no te costó llegar…

-No –caminó hasta situarse al otro lado del escritorio-. El pasillo estaba vacío –sonreí ante la mención de aquello.

Aunque Peeves estaba vetado de hacer bromas, eso no quería decir que siempre se quedara de brazos cruzados. El poltergeist arremetía contra los que circulaban en aquel sector del quinto piso, especialmente con los nuevos profesores enviados por el ministerio. Y ya desde hacía un buen tiempo, cualquier persona trataba de evitar tomar ese corredor para ir a la torre de Astronomía, aún cuando se trataba del trayecto más directo.

La Sala de los Menesteres estaba descartada para juntarme con Malfoy, puesto que desde la cacería, tres noches atrás, el séptimo piso estaba súper vigilado por la Brigada Inquisitorial. Aún no tenían idea de la identidad del sospechoso que andaba merodeando por allí a medianoche, pero los rumores decían que Zabini estaba dispuesto a acampar en el piso con tal de atraparlo cuando regresara a hacer fuera lo que estuviera haciendo.

Así también lo estaban las aulas abandonadas, porque eran un blanco fácil.

-Ser hermana de Fred y George tiene beneficios con Peeves.

-No me lo hubiera esperado de ti –comentó, haciéndome fruncir el ceño. ¿A qué se refería?-. Manipular a los demás usando tus lazos familiares… Es algo muy curioso.

-Vamos, hurón –reí-. No puedes negar que no has oído la fama que tengo: cuando quiero algo, lo consigo –golpeé la mesa suavemente, como símbolo de poderío.

Él apartó la mirada de mí y vio todos los libros que estaban apilados sobre el escritorio. Eran en total doce; dentro de los cuales había de encantamientos avanzados y defensa, pero la mayoría eran de historia mágica y de Adivinación. Y, por supuesto, casi todos eran de la Sección Prohibida de la biblioteca. Por eso había ido tantas veces a ese lugar de noche y a escondidas, para robar los libros, copiarlos con ayuda de un encantamiento que Percy me enseñó en sus tiempos de mayor estrés académico, y luego regresarlos a su sitio.

Tomó el ejemplar de 'El oscuro secreto de la bola de cristal' y pasó sus dedos por las gruesas páginas, deteniéndose en las marcas de agua en forma de estrellas en la numeración de éstas.

-Con que estos libros sacabas de la biblioteca… -murmuró, dejando el libro encima del escritorio y volteó 'Protectores del destino: Los caballeros templarios del mundo mágico'-. ¿Algo interesante?

-Sólo confirmé nuestras sospechas. Los inefables trabajan para proteger las profecías, y que éstas se cumplan. También hacen varias copias para clasificarlas según distintos criterios… -me incliné para quitarle el libro, y él me miró algo ofendido por aquel movimiento tan repentino. Sin hacerle mayormente caso, lo abrí en la página 115 y se lo di, señalando el título del capítulo-. Y resulta que el Departamento de Misterios tiene el nombre porque funciona como lugar de experimentación del ministerio.

-Durante el siglo XIII, cincuenta años después de la formación de un gobierno democrático y centralizado del mundo mágico británico con el Concilio Mágico, se creó una entidad especializada en el uso y descubrimiento de hechizos, pociones, encantamientos y embrujos, llamada el Departamento de Misterios –leyó él con interés. Sin apartar su mirada del libro, se sentó sobre la mesa detrás de él. Se acomodó y siguió:-. Pero en el año 1453, se creó el Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica, que ayudaba a legislar sobre el uso de los descubrimientos aprobados por los integrantes del Departamento de Misterios…

-Eso siguió así, hasta que en 1600 asumió el primer ministro de magia e hizo varios cambios al código mágico, lo que involucró dar el mando completo del uso de magia al Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica; mientras que al Departamento de Misterios se le dio la tarea de sólo resguardar las profecías –dije antes que siguiera aburriéndome con la lectura, aunque debía admitir que su cara de profundo asombro al leer las palabras; como si de repente las piezas de un puzzle fueran calzadas en su lugar correspondiente, era algo digno de ver.

-Pero aún en el Departamento de Misterios hay laboratorios de… investigación –dijo aún leyendo, pero ésta vez en silencio-. Y otros artefactos mágicos peligrosos, de los que no se sabe su mecánica de funcionamiento y podrían ser perjudiciales para la sociedad.

La sala de los cerebros, el velo donde Sirius cayó, la habitación circular llena de puertas; todos esos lugares eran parte del laberinto de experimentaciones mágicas del ministerio. Ninguna otra institución más que el mismo gobierno era el único abalado para garantizar el uso de hechizos, los cuales eran probados en el Departamento de Misterios. Además de requisar elementos mágicos de alto peligro; como el velo. Hermione había buscado en varios libros los días siguientes a los eventos del ministerio hacía dos años atrás, pero ningún libro mencionaba algo de un velo encantado ni de voces que salían de éste. Posiblemente podrían tratarse de objetos con magia oscura y encantamientos antiguos; indescifrables en la actualidad.

Por esa razón el Departamento de Misterios era el más antiguo de todos: realizaba y protegía partes esenciales del mundo mágico, profecías y artefactos perjudiciales.

-No hay nada más que valga la pena aquí –afirmó ojeando las siguientes páginas.

El libro había sido escrito hacía dos siglos y pertenecía a un tal Melchor Bones, quien fue condenado a la decapitación un año después de escribir el libro. Según un periódico de la época que conseguí en los archivos de la biblioteca, decía que se trataba de un demente que atentaba contra la integridad del mundo mágico al confabular historias sobre una de las entidades del ministerio de magia.

-Lo decapitaron por publicarlo. Se decía que estaba loco por inventar todo esto. Y quizás tuvieran razón, porque me parecería ilógico pensar que hubo una cruzada entre sirenas y langostas para apoderarse del codiciado asiento del segundo ministro de magia –entre los libros, le mostré un pergamino que contenía varias líneas de los sangre pura. Había sido muy útil vivir todo un verano en Grimmauld Place, viendo el tapiz familiar de los Black-. Pero Melchor Bones, el autor, era muy amigo de Artemisia Lufkin, la primera ministra de magia en 1798. En los periódicos antes de su sentencia, ella se mantenía al margen de opinar, aunque parecía apoyarlo… Y también es pariente lejano de Susan Bones, de tu mismo año, perteneciente Hufflepuff –dije más por no quedarme callada, puesto que el último detalle era irrelevante.

-Así que algo de verdad debe tener este libro.

-El capítulo que leíste es el único que de hecho tiene sentido. Además de concordar con obras de historiadores y cientistas políticos renombrados.

Sin darse rodeos, Malfoy sacó un pergamino perfectamente enrollado desde su túnica. Lo dejó en la mesa, junto también con un knut.

-Una idea brillante lo de encantar el knut para que en el número de serie apareciera el lugar, fecha y hora de nuestra reunión –atajó cuando se dio cuenta que lo observaba. Mis mejillas se enrojecieron, e hice una mueca sin saber qué decirle. La idea no era mía, sino de Hermione, con sus monedas para el ED. No había sido difícil pillar el encantamiento y colarme al entrenamiento de quidditch de Slytherin para dejar el knut en la túnica de Malfoy en los vestidores-. ¿Cómo se te ocurrió? ¿Y cuándo deslizaste la moneda en el bolsillo de mi túnica? –aunque quisiera ocultarlo, había un dejo de curiosidad y admiración en su voz que me hacía sentirme orgullosa.

-Te dije que no te preocuparás. Por lo otro, es fácil entrar a los vestidores cuando Zabini hace el ridículo haciendo piruetas vergonzosas y todos lo miraban hipnotizados –alcé una ceja, de manera burlona-. ¿Así planean derrotarnos el sábado?

-Bueno, ahora que Slytherin me tiene como buscador, creo que podrás despedirte de sostener la copa en tus manos –sus labios se curvaron en una mueca de superioridad insufrible.

-Ahórrate las palabras –doblé el pergamino con el árbol genealógico de los sangres pura y me puse de pie-, porque el único que se despedirá eres tú de mi espalda cuando veas que tengo la snitch frente a tus narices.

Estaba preparada para recibir alguno de sus agudos comentarios, cuando de la nada comenzó a revisar nuevamente los títulos de los libros que se encontraban en las partes bajas de las pilas.

Abrí la boca varias veces, meditando qué decirle, pero mis labios fueron más rápidos que mi mente al segundo de decidir:

-Oye, ¿qué mierda te pasa? –pregunté, confundida. Malfoy hubiera sonreído para luego rebatir el solo hecho que Gryffindor ganara el partido o se reiría de mis habilidades como buscadora, comparándome con alguna especie de duende borracho a la hora de subirme en una escoba-. No estás actuando muy Draco Malfoy últimamente… -susurré, más como pensamiento hablado que para expresarlo en voz alta.

Él se tensó al oír aquello y dejó su mano encima de 'Hogwarts, una historia', pero no estaba mirándolo. De hecho, sus ojos grises se posaban lentamente en mi cara. Se detuvo especialmente en mis pecas esparcidas por la nariz, lo que me produjo profundo nerviosismo. ¿Qué estaba haciendo? O mejor dicho, ¿qué rayos pensaba? Se encontraba demasiado callado, como si estuviera buscando alguna respuesta en mis facciones.

Sin saber por qué, bajé la mirada. No estaba lo suficientemente avergonzada para haberlo hecho. De eso estaba segura. Había estado con varios hombres cerca, que me analizaban de pies a cabeza… ¡Pero se trataba de Draco Malfoy! Y más encima estaba cerca.

Al darme cuenta de ese hecho, observé sus finos labios. No eran carnosos ni nada atractivos. Eran desabridos de color, como su pelo o sus ojos; por lo que tenían esa marca intransferible de su familia.

-Lo que nos ayuda en la investigación sobre Trelawney es esto –tomé el libro, cuidando de no tener contacto con su mano y lo abrí de manera muy concienzuda. Si Hermione me viera usando así su biblia mágica por excelencia, estaría orgullosa. Nunca me había interesado en él hasta que por casualidad lo saqué de mi baúl la semana pasada y Michelle empezó a leer el índice, mientras sugería que era una real lata leer colosal libro-. Hay un mapa detallado de casi todo el castillo, el cual-

-¿Qué quieres decir cuando dices que he estado actuando muy poco a lo Draco Malfoy?

Lo miré, ceñuda. ¿No había escuchado ninguna palabra que dije?

Lucía muy solemne, como si se tratara de un asunto oficialmente de importancia. Casi no parpadeaba y sus ojos se entrecerraron, esperando mi respuesta.

-Principalmente porque me estás protegiendo –respondí sin usar ningún atisbo de broma. Si lo hacía, podía enfurecerlo-. Y no me molesta, por cierto, porque te dije una vez que deberías arriesgarte por luchar en lo que crees… La verdad no sé por qué luchas, cuál es tu causa –admití con honestidad. Nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar de este tema, y la única vez había sido en el túnel de regreso a Las Tres Escobas desde la casa de campo de Zabini, pero habíamos acordado no tocar ciertos temas, y así implícitamente vetamos la conversación sobre los fundamentos de nuestra unión en una causa común-, pero aquí estás y eso quiere decir que estás comprometido. El punto es que… -suspiré, mientras él siguió impávido, mirándome fijamente-. Actuar conjuntamente en una causa es una cosa, sin embargo, que vayas a advertirme sobre Zabini y los demás, y atacar a Parkinson, y defenderme… Y salvarme cuando Zabini podría haberme matado para después llevarme a la enfermería… Eres distinto –sentencié, convenciéndome de mis palabras mientras las pronunciaba-. Estás distinto, pero para mejor. Has mejorado.

Abrió la boca, sorprendido por mis palabras; pero supuse que se trataba más de un acto reflejo que porque de verdad fuera así. Su mirada no mentía, porque no se dilataron demostrando aquel sentimiento. Pero no me llamaba la atención, ya que hasta él mismo debía haberse dado cuenta que ya no era el mismo imbécil que atacaba a los demás con insultos pobres, sólo para no dejar ver el tremendo cobarde que era.

Me tenté en preguntarle por qué quería derrocar el régimen de Voldemort. No tenía la menor idea, aunque claramente las consecuencias de no haber asesinado al profesor Dumbledore lo habían hecho reflexionar al respecto de los mortífagos y su manera de actuar. Pero, aún así era un completo misterio la razón por la cual quería resistirse a algo en lo que toda su familia había cooperado y participaba activamente, algo en lo que él creyó hacía tan sólo pocos meses atrás.

-Weasley… -seguí su mirada y vi que era hacia el lugar donde estaba la carta que le escribía a Colin. Junto a ella estaba la que él me había enviado y las fotografías que Dennis me regalaba. La primera de ellas era una de Harry y yo, en la celebración por haber ganado la copa de quidditch el año pasado. Ambos lucíamos felices, especialmente Harry, quien sonreía de oreja a oreja. Nunca lo había visto así, ni siquiera cuando se reía con mi hermano y Hermione sobre alguno de sus asuntos privados-. Repite eso sobre 'Hogwarts, una historia'. ¿Por qué nos sería útil un mapa?

Respiré luego de haber contenido el aire por casi un minuto completo. Por un momento creí que me preguntaría por Harry o algo relacionado con él y yo.

-El mapa y la página 346, que explica sobre los usos que se les dio a las mazmorras hasta 1889 –volví a concentrarme en el libro. Pasé mi dedo por el mapa, dibujando el recorrido que hacíamos para ir al aula de Pociones-. En ésa época los castigos físicos estaban todavía permitidos…

-No me dirás que ahí los realizaban… -al ver mi expresión, lanzó una risotada-. ¡Por favor, Weasley! Pociones se ha realizado por siglos allí y…

-Y la sala común de Slytherin también –terminé la oración por él-. Sé dónde se ubican todas las salas comunes, así que no me revelas ninguna información crucial –le sonreí, perspicaz. Me había hundido por libros estos últimos días y no para hacer un mal trabajo-. Pero las mazmorras son grandes y no hay que olvidar que esto es un castillo, por lo que ciertos salones tienen funciones tradicionales -le puse el libro frente a su nariz, señalando las mazmorras.

Me lo quitó, enojado y leyó justo el lugar donde había estado la punta de mi dedo: celdas.

-Tanto como muggles y brujos, usaron las mazmorras en la antigüedad para encerrar a sus prisioneros. Incluso Azkaban es un castillo, pero sólo de habitaciones como celdas; con una construcción similar al de las mazmorras.

-Esto es raro… -frunció el ceño y siguió observando la página, para luego mirarme-. Conozco las mazmorras y esta parte no existe. La de las celdas –me mostró la esquina de un pasillo-. Aquí terminan. Hay una fuente antigua, parecida a un pozo lleno de moho en esta pared.

-Malfoy, ¿tienes la información de los inefables? –pregunté. Él asintió y me mostró el pergamino que había sacado antes-. ¿Por casualidad tendrás algo relacionado a Azkaban?

-Por supuesto que sí –contestó desenrollando el pergamino, que para mi deleite eran cinco, no uno.

Mientras revisaba uno de los pergaminos, tomé los demás y empecé a leerlos. Todos mostraban nombres de los inefables que habían trabajado en el Departamento de Misterios hasta este año y el anterior. Además de las fechas exactas de muerte, aparecía al lado la manera en que fallecieron. La mayoría rezaban: "Aurores no determinan causa de muerte, por lo que se abandona el caso", luego decía la fecha en que el caso se cerraba. Todos los muertos por causas no naturales, eran opositores de Voldemort.

Me estremecía pensar en qué manera murieron. Torturados, por supuesto, y sin contar que quizás sus familias también lo fueran. Todo por defenderse; por no estar de acuerdo con un loco y su séquito, que sólo querían apoderarse del mundo mágico y establecer reglas absurdas.

En otro pergamino, aparecía una nota de una tal señorita Gibbon, quien le decía a Malfoy que allí estaban los nombres que pedía para su trabajo de Historia de la Magia. Así también, recalcaba que junto a los nombres, estaban las fechas de deceso, las causas, otros detalles y la línea de sangre que tenían obtenida gracias a la campaña del ministerio realizada algunos meses atrás para hacer un catastro de los sangre pura, impura y nacidos de muggles que participaban en el mundo mágico.

-Aquí aparece algo curioso… -dijo mientras leía que todos eran sangre impura o nacidos de muggles. Todos los inefables que seguían activos, eran sangre pura. Y varios apellidos me sonaban familiares, aunque sospechaba que todos de conversaciones de la Orden del Fénix sobre mortífagos-. El encargado de Azkaban, renunció a su cargo en el verano. Y pocos días después lo encontraron muerto en su casa de verano.

-¿Los mortífagos?

-Indudablemente. Él pertenecía a Wizengamot, la asociación de la que Albus Dumbledore era jefe y de la cual él era el candidato perfecto para asumir como si sucesor, luego del la muerte de éste.

-Por eso ahora Azkaban no es la cárcel de mayor seguridad –dije tratando de no mirarlo.

Su padre había estado en Azkaban el año anterior, por haber irrumpido sin permiso en el ministerio en 1995. Así declaraba oficialmente su condena, aunque la verdadera razón fue que era mortífagos y quería emboscar a Harry Potter esa noche, y al mismo tiempo encubrió el regreso de Voldemort a las autoridades del gobierno. No era nada que no se supiera, pero nadie lo decía en voz alta. Sólo algunos que se burlaban de Malfoy a principios de año, cuando ya no tenía a su grupito y el orgullo mortífagos protegiéndolo.

Habíamos acordado la tarde en que él se había reunido con Zabini y su séquito, que ése era un tema intocable: su padre. Pero no podía negar que tenía ganas de preguntarle cómo se sentía al respecto. Supongo que él lo admiraba, como todos los niños hacen con sus padres cuando actúan como ellos, y que terminara preso, debió haber sido un golpe fuerte.

-En fin –se aclaró la garganta. El aire parecía tensarse a nuestro alrededor-. Tengo una lista de los apresados en el último mes y la chiflada de Trelawney no figura.

-¿De dónde sacaste eso? Es… increíble –dije impactada.

-No subestimes mis contactos, Weasley –sonrió-. Y antes de seguir, con el dolor de mi orgullo, tendré que concordar con tu teoría demente sobre las mazmorras…

-Trelawney debe estar todavía en Hogwarts.


N/A: Capítulo tan largo como el anterior. Creo que así serán de longitud, porque son demasiadas cosas y no me gustaría terminar con un fic de mil capítulos, jeje. ¿Mejor para ustedes, no? Tienen más que leer y así no me reclaman por la falta de algún condimento a la trama, porque hay de todo un poco en éste y el anterior.

La teoría del Departamento de Misterios es puramente mía. No se aclara cuándo se formaron los departamentos, porque antes del ministerio había un Concilio Mágico. Aún así, supongo que necesitaban organización y como el arte de los videntes era antiquísimo, ordenaron las profecías bajo la protección de ciertos miembros del concilio, los "inefables". Además, lo de la experimentación de magia allí lo aludo a todas las cosas extrañas que habían allí descritas por Harry en el quinto libro. No se me ocurrió otra cosa. Para crear y comprobar magia, tiene que intervenir el gobierno, ¿no? Después de todo, éste termina haciendo leyes sobre su uso.

Pasando a otro tema… ¡Ya llegamos a más de 100 reviews! Que sí, llego muy atrasada a la noticia, pero más vale tarde que nunca. En verdad les agradezco por todo; pero sobretodo por la paciencia. Con este fic tuve un tiempo de sequía increíble, del cual lo más afectados fueron ustedes y siguen aquí igual, leyendo. ¡Gracias por todo el apoyo! Y vamos, que tener más de 100 reviews me hace sentir genial, jaja. No hay por qué mentir.

El siguiente capítulo estará para la semana entre navidad y año nuevo. Será mi regalo de las festividades.

¿Sabían que un excelente regalo de navidad serían sus reviews? Y les saldrían gratis… Vamos, hagan a una pobre adolescente feliz :).

¡Besotes, y hasta la próxima!