Capítulo quince: Sin lugar para rendiciones
Ni el hecho que estuviéramos frente a cientos de personas y que varias de esas fueran mortífagos, me impidieron lanzar la revista en la mesa y golpearla varias veces. Y cada una más brusca y desesperada que la anterior; hasta que la mano de Michelle encima de la mía, hizo que empezara a detenerme lentamente, golpe a golpe y finalmente quedar con la mano extendida sobre la infame publicación.
El hombre a quien había visto desde pequeña y me presentaba junto a su esposa a su hija de mi misma edad; el hombre a quien había visto llorar en el funeral de su esposa, el hombre quien llevaba a la que se convertiría en una de mis mejores amigas a mis cumpleaños antes de iniciar Hogwarts. Una de las personas que más admiraba por no ofenderse ante las agresiones que le hacían por sus convicciones y dichos. Al que había llegado a considerar más valiente que un Gryffindor por sus agallas…
-Traidor –murmuré con la garganta oprimida. Mi compañera simplemente me miró-. Traidor… Traidor… -seguí repitiendo, como si eso fuera a servir de algo para tratar de comprender el repentino giro que había dado el panorama de la guerra. O de nuestro bando, a decir verdad-. Traidor…
-Ginny –Michelle apretó mi mano. Su voz sonaba muy lejana y hueca-, ten cuidado. No estamos en nuestro dormitorio –me advirtió, en una manera que me recordó vagamente a mi madre.
Sus palabras no hicieron efecto, aunque ella parecía no haberlo creído desde un principio. Seguía murmurando esa palabra, mientras mi mano comenzaba a arrugar con auténtico odio 'El Quisquilloso':
"SALVEN AL MUNDO MÁGICO DE HARRY POTTER".
No había terminado de leer ni siquiera el primer párrafo. Me daba asco. Me carcomía la rabia, el odio, el rencor, la cólera; todo sentimiento negativo que podía alojarse en mi cuerpo. Y estaba segura que si leía por completo el inmundo artículo, iba a gritar ante el público que me rodeaba y sería hasta capaz de desafiar a los mortífagos con tal de obtener una chimenea y viajar a la casa del señor Lovegood a…
¿Matarlo? Ciertamente no caería tan bajo como otros. ¿Torturarlo? Quizás.
Levanté la mirada, conteniendo las lágrimas aunque mis ojos debían estar rojos. Nadie parecía extrañado que algunas lechuzas llegaran con la suscripción a la revista, aunque hacía varias semanas estaba prohibida su circulación en la escuela. Y tampoco ninguno la leía con asombro.
Claro, pensé hundiendo mis uñas en el papel hasta romper las hojas, nadie sabe leer. Nadie se dio cuenta del repentino cambio de editorial; que 'El Quisquilloso' pasó de ser uno de los pocos medios de comunicación que apoyaban a Harry Potter a convertirse en otra mierda igual a 'El Profeta'. Un medio controlado; un medio… vendido ante los individuos que ni si quiera podrían considerarse personas por matar a personas, que son tan humanos como ellas, por las órdenes de un loco obsesionado con la pureza de sangre. Un enfermo que sólo piensa en la limpieza de sangre, cuando debería hacer un mea culpa y darse cuenta que el sucio es él. El inmundo, el impuro… por asesinar, por usurpar poder, por engañar y extorsionar.
Pasé mis ojos sobre muchas caras que permanecían insensibles o no interesadas en el hecho hasta detenerme en la mesa de los profesores.
McGonagall tenía más arrugas en su envejecido rostro, ya que crispaba la boca con nerviosismo. A su lado, Flitwick y Sprout permanecían callados, observando con miradas vacías las delicias que cocinaban los elfos.
Ellos sabían.
-Yo… -la mano de Michelle era muy cálida y suave. La miré y brevemente recordé que solía pensar así de las de mi madre. Me protegían, porque me envolvían con mucho cuidado y firmeza a la vez, de tal manera que me sentía muy segura en aquellas noches en que sufría pesadillas en el verano posterior a primer año-. Lo siento –mascullé avergonzada.
Los únicos profesores que quedaban en la escuela, no estaban a segundos de armar un escándalo como yo. Permanecían allí, callados; y aunque la descolocación y el enojo afloraban en sus pieles, no permitían descontrolarse. Ni si quiera McGonagall, que le era imposible no demostrar sus sentimientos con una gélida mirada de reprobación o de candidez cuando trataba de ocultarlos bajo sus estrictas palabras de solemnidad.
Snape estaba al centro, conversando con Yaxley. Aparentemente no había notado la extraña tensión en el extremo de su derecha de la mesa.
-No te preocupes –Michelle me sonrió y me apretó una última vez la mano, antes de retirarla y tomar su taza de té-. Se trata de tu amiga, después de todo.
Asentí, sin saber qué contestarle. Estaba en lo cierto, pero nada me venía a la cabeza. Me sentía demasiado abrumada y exaltada. Como si de repente fuera a explotar o algo parecido…
Nuestra primera clase era Defensa Contra las Artes Oscuras. Genial, pensé mientras entrábamos al aula y me ubicaba junto a Michelle en uno de los pupitres del fondo. Mi odio por los mortífagos había aumentado considerablemente en los últimos treinta minutos y tenía clases con uno que me tenía más atención de lo normal. Estaba segura que Yaxley se sentía culpable de no haberme dado el castigo en Octubre cuando no quise infligirle una maldición imperdonable a Luna. Desde el regreso de las vacaciones de navidad, trataba de pillarme desprevenida en cualquier lección, para así remediar su cargo de consciencia.
Prácticamente no estuve presente en la clase, o la mayoría de ella. La voz de Yaxley no era más que un murmullo casi inexistente.
El señor Lovegood era un férreo opositor a Voldemort. Desde el principio, me había contado Luna uno de los días que antecedieron a nuestra ida al ministerio de magia en cuarto año. No se había unido oficialmente a la Orden del Fénix, porque creía que un alma debía ser libre y no atarse a contratos para creer en una causa. No pudo hacer mucho en la primera guerra, ya que estaba recién graduado de periodismo y recién se estaba estableciendo con un trabajo mal pagado en un periódico semanal de Escocia.
Siempre lo había admirado; a él, y a Luna. No alcancé a conocer a la señora Lovegood, porque falleció antes de que ellos se mudaran a las colinas colindantes a Ottery St. Catchpole.
Había algo especial en ellos. Defendían con tanto ahínco sus ideas, que hasta no se me hacía difícil pensar que los nurgles existieran. Y no les importaba lo que los demás pensaran. Eso me llamaba la atención, ya que no eran como mis padres. Ellos tampoco se preocupaban de lo que pensara el resto, pero en privacidad, sí lo hacían. Mi padre se oía alicaído al hablar de su sueldo en el ministerio y mi madre trataba de animarlo, pero siempre con menos ánimo que la vez anterior. Los Lovegood no. No les importaban que les dijeran locos, porque ellos decían que los demás lo estaban. Discutían siempre que fuera necesario, para tratar de hacer entrar razón a los que no entendían que el ministerio mantenía un ejército de vampiros y en un verano planearon hacer una campaña para salvar a heliopaths. No resultó porque según las runas de la edición de Junio de ese año en 'El Quisquilloso' no era una época auspiciosa para proyectos ambiciosos.
Si yo estuviera secuestrada por los mortífagos, mis padres harían todo lo posible por encontrarme. Incluso las cosas más imprudentes que se podrían imaginar con tal de tenerme de vuelta. No se venderían ante la amenaza del régimen de Voldemort. No empezarían a traicionar a la Orden, a las miles de personas que pelean contra medidas injustas, a mis hermanos, a Harry.
-Ya terminó, Ginny.
Enfoqué la mirada, sintiéndome algo mareada.
-¿Tenemos deberes? –pregunté.
-No –dijo, guardando su libro en la mochila. Comenté lo extraño que era no tener algún estúpido deber de Yaxley, y miré hacia el frente. Yaxley arreglaba unos papeles con una sonrisa bizarra, aunque se lo atribuí a que era anormal verlo sonreír-. Está feliz.
-Me preguntó por qué será… -solté con mucha ironía mientras me levantaba.
Los mortífagos debían estar felices. El único medio legal que se les oponía abiertamente, ya estaba bajo su poder. Malditas ratas. Estaban transformando este mundo en una mierda llena de corrupción, me dije con amargura al mismo tiempo que nos encaminábamos a Encantamientos.
Dejé de lado un poco al señor Lovegood y pensé en Luna. Nunca había sido muy creyente, pero le rogaba a Merlín cada noche que siguiera con vida y últimamente también le pedía lo mismo al dios de los muggles. Todos profesaban religiones distintas, pero a fin de cuentas se trataba de la misma divinidad, me había dicho una vez mi padre. Luna tenía que seguir con vida. Fuera lo que fuera que se propusiera a hacer en su vida, iba a ser exitosa; porque nadie con esa capacidad de aferrarse tanto a los sueños podía morir antes siquiera de concretarlos.
No podía mostrarme tan desinteresada. También quería que estuviera bien no sólo por ella, sino por mí. Mi vida sin Luna sería oscura. Era extremadamente egoísta, pero ningún vínculo estaba exento del interés por el otro y el uno mismo. Luna era mi mejor amiga. Nos habíamos conocido en primer año porque nos asignaron un trabajo en pareja y extrañamente, no me alarmé de su excentricidad. De hecho, me agradó bastante ver a alguien así de abierta, confiada de lo que decía y relajada. Creo que por eso empezamos a frecuentar. Ella era todo lo que necesitaba para hacerme sentir un poco mejor en esos meses con el diario de Tom Riddle atormentándome.
No me llevaba particularmente bien con mis compañeras de casa, y la única amiga que había tenido estaba en casa porque sus padres no quisieron enviarla a la escuela por el panorama actual. Hermione sí era mi amiga; confiaba en ella, nos reíamos y podíamos filosofar de la vida. Pero no era Luna. Con Luna podía caer en silencios entretenidos o hablar sobre cada una de sus criaturas místicas. No me sentía desafiada a ser mejor que ella, como constantemente me pasaba con Hermione. Me caía muy bien, y la quería; sin embargo, muchas veces debía estar a la defensiva. No debía avergonzarme de mis sentimientos ni tampoco cuidar mis palabras para ofender a Luna. Esa era la principal diferencia, y por eso Luna era mi mejor amiga, casi mi hermana.
Al salir de Encantamientos, nos topamos con un gran grupo de estudiantes susurraban mientras otros se ponían de punta de pies o se daban paso para ver algo en la zona de las escaleras.
Sin poder escuchar qué comentaban las personas, divisé a Seamus hablando con Lavender y Parvati.
-¿Qué ocurre, Seamus? –pregunté tocándole el hombro. Él se giró, y me asusté. Estaba sudando y el rostro lo tenía muy pálido.
-Oh, Ginny –musitó Lavender y me di cuenta que tenía lágrimas en los ojos-. Es terrible.
Parvati también estaba al borde de las lágrimas, pero parecía estar controlándose más que su amiga.
Y fue en ese momento cuando caí en la cuenta de un detalle…
-¿Dónde está Neville? –Lavender se echo a llorar gimiendo y Parvati bajó la cabeza, evitando mi mirada. Fue entonces cuando sentí una larga exhalación por parte de Seamus, quien me sostenía la mirada con recelo-. ¿Por qué no está con ustedes?
-Neville acusó a Yaxley de asesino –respondió a secas, pero con mucha dificultad.
Un nudo se me formó en la garganta. Y pareció ser el causante que mis ojos escocieran. Parpadeé una vez. No, mis ojos ardían. Parpadeé nuevamente. Seamus seguía serio, observándome. Y otra más. No se trataba de una mala broma.
Empujé un poco a Seamus, y pude ver, por un pequeño espacio entre unos chicos de quinto año, que los hermanos Carrow subían las escaleras aceleradamente junto con Snape. El último llevaba la varita en alto, y me di cuenta que las escaleras no se movían. Estaban estáticas, como si no estuvieran encantadas.
-Merlín santo –escuché a Michelle murmurar a mi lado.
Se me había olvidado que había otra persona más que quería tanto a Luna como yo. Una persona que compartía también una historia con ella, porque los tres nos hicimos muy cercanos luego de estar en el ED. Él no la veía como una loca; de hecho, apoyaba varias de sus teorías, aunque de forma parcial. La saludaba por su cumpleaños y en los veranos se escribían…
Seamus retrocedió, al igual que todos y me tomó del brazo para evitar que me cayera. Apenas podía moverme.
-¡Vayan a sus clases inmediatamente o recibirán un castigo! –gritó Alecto Carrow, arrastrando las palabras con pesadez-. ¡No hay nada que ver por aquí, así que circulen!
La multitud empezó a desaparecer. Los niños más pequeños casi corrieron despavoridos y los mayores se fueron con orden, pero rapidez a sus destinos, sin dejar de susurrar en voz baja.
Michelle y yo nos fuimos con los de séptimo año. Seamus aún me mantenía tomada del brazo, y no me molestó para nada. De hecho, estaba segura que si me dejara caminar sola, no sería capaz siquiera de doblar una rodilla. Me encontraba demasiado conmocionada procesando todo lo que conllevaba la confrontación de Neville contra Yaxley.
Llegamos a la sala común. Estaba vacía, pero no nos llamó la atención. Todavía era antes de mediodía, y los únicos que gozaban de horas libres éramos los de sexto y séptimo.
Seamus me sentó en un sillón antes de quitarse la bufanda. La miró asqueado, porque estaba llena de sudor.
-¡Es un estúpido! –soltó Lavender una vez que el ruido del retrato cerrando la entrada terminó de retumbar en el lugar-. ¿Cómo se le ocurre haber hecho eso? –preguntó, comenzando a caminar en círculos alrededor de los sillones.
-Qué se yo –Seamus dejó la bufanda flotando cerca del fuego de la chimenea, y mientras guardaba su varita en la manga de su túnica, miró a Lavender-. Ha estado muy extraño este último tiempo.
-¿A qué se refieren? –inquirí, sintiendo mi voz casi como ajena.
Ambos suspiraron, y se miraron cómplices. Dudaban si decirme o no, pero fue Parvati la que habló, sentándose a mi lado:
-Bueno, desde principios de Neville ha estado… diferente. No le importa hablar de los mortífagos en medio de un pasillo o en clases. Y luego de navidad, ha sido peor. No respetaba a los prof… mortífagos…Tú me entiendes. A ellos –dijo, atareada. Asentí-. Les hablaba de mala manera, se iba antes de que la clase terminara o los miraba con abierto odio.
-Y obviamente no habían tomado medidas al respecto porque Neville es… ¡Neville, por Merlín! -exclamó Seamus, incrédulo ante los eventos recientes-. El más despistado de todos, el que sólo le faltaba olvidar su nombre. El que llevaba listas de las contraseñas para entrar a la sala común, y quien se emociona con su extraña planta escupe vómito… El que bailaba solo en el dormitorio antes del Baile de Navidad cuando creía que no lo veíamos.
El Baile de Navidad, pensé, y si hubiera estado menos agobiada, habría sonreído al recordar esa noche. Neville me había invitado porque siempre lo ayudaba a buscar su rana, y generalmente la encontraba. Acepté con el único motivo de asistir a un evento de tal calibre, pero luego reconocí que había ganado más que un baile. Había encontrado un gran amigo. Neville podía ser despistado, olvidadizo y torpe; pero tenía tanto entusiasmo en cada actividad que realizaba, y se preocupaba de mí con tan ahínco, que me cayó bien inmediatamente. Después de todo, nadie me habría regalado una caja de ranas de chocolate como compensación por pisarme tantas veces los pies en el baile ni me habría ido a buscar al final de una clase para preguntarme si podía caminar bien.
-Pero esta vez se sobrepasó –dijo Lavender, volviendo al tena central. Se cruzó de brazos-. Hasta él es inteligente para saber que terminaría recibiendo… Bueno, cuáles serían las consecuencias.
-¿Y por qué le dijo eso a Yaxley? –preguntó Michelle, atrayendo la atención de todos. Nunca habían cruzado palabra, y a decir verdad, no me extrañaba. Michelle se juntaba más con los de nuestro año que los mayores-. Creo que él sabía qué pasaría, ¿no?
-No sé por qué, pero hoy recibió sus suscripciones a 'El Profeta' y 'El Quisquilloso', y después de leerlas, quedó bastante alterado –respondió Seamus, alzándose de hombros-. Estuvo muy callado en Transformaciones y cuando llegamos a Defensa Contra las Artes Oscuras… se reveló… Fue, demasiado-
-Lo que pasa es que 'El Quisquilloso' publicó un artículo pidiendo que Harry Potter debía ser entregado a las autoridades, porque era un peligro público –le interrumpí. Tragué saliva, y pensé en la promesa que me había hecho a mí misma de ser fuerte ante este tipo de eventualidades. Ya había tenido un momento de crisis, y Neville pasó por el suyo-. Los mortífagos debieron haber amenazado al señor Lovegood con la vida de Luna para que hiciera ese cambio a su revista –seguí, ante la atenta mirada de los demás. Todos menos Michelle, parecían sorprendidos por lo que decía-. Supongo que por eso él está tan exaltado hoy…
Ignoré las miradas incómodas de los demás. No me llamaba realmente la atención que se sintieran así, ya que dudaba que Neville fuera a confiar en ellos sobre Luna. Y menos cuando ellos querían permanecer ajenos a la guerra. A veces desearía tener esa superficialidad para dejar que todo esto rebotara sobre mí, y otras, como ahora, los odiaba por eso mismo. ¡Estábamos en guerra! Y no simplemente eso, ¡Luna había sido secuestrada en el mismo tren! En la estación King Cross nos atacaron los mortífagos, y ellos hacen como si nunca hubiera pasado, como si no les importara, como si… Como si ahora no se estuviera librando la continuación de una cruel disputa que empezó décadas atrás.
Me dirigí a Parvati, la cual era la más calmada, para mi sorpresa:
-¿Qué pasó, exactamente? ¿Qué dijo Neville?
Generalmente Lavender y ella eran las más cotillas y escandalosas de toda la casa. Sin embargo, parecía que ese calificativo llenaba por completo a Lavender, quien parecía querer huir de la sala común cuanto antes.
La chica suspiró antes de contestar. Parecía que le costaba pronunciar las palabras:
-Yaxley nos hacía un temario para un examen que tenemos la siguiente semana... Y Neville preguntó por qué aprendíamos todas esas maldiciones si lo que necesitamos es defendernos de, aquí cito: "escorias como ustedes" –alzó las cejas, preocupada. Seamus negó con la cabeza, y se giró hacia la chimenea, para palpar su bufanda-. Todos nos quedamos en silencio. Yaxley se quedó de pie, y se giró a él. Le pidió que repitiera lo que había dicho y-
-Y el nuevo héroe de Gryffindor forzó una risa. No digas que no me escuchaste, le dijo –Seamus empezó a guardar la prenda en la mochila. Ya debía estar seca-. Luego, sus exactas palabras fueron: "o tal vez quieren que aprendamos sus métodos para pelear de una manera justa, ser asesinos para aniquilar asesinos".
Sentí a Michelle tensarse a mi lado, y se llevó una mano a la boca; mientras que Lavender gesticuló con un movimiento de brazos exagerado:
-¡Un completo imbécil! –crispó la boca-. ¿En qué estaba pensado? O mejor dicho, ¿pensaba?
-Oh, cállate, Lavender –escupí y las cuatro cabezas se giraron a mí de repente. Fruncí el ceño, enojándome aún más con ella-. ¿Sólo eso tienes en la cabeza? Podrías preocuparte mejor por Neville, quien debe estar desangrándose por los azotes infligidos en su espalda –me puse de pie, y me quedé incrédula al notar que ninguno respondía-. Neville es su amigo, y es en vano pensar en cómo hizo lo que dijo cuando-
-Disculpa, Ginny, pero, ¿qué harías tú? –ella sonrió de una manera que me recordó al cinismo de la profesora Umbridge-. ¿Salvarlo de su castigo? Porque eso sería arriesgado y estúpido.
En lo más profundo de mi ser, quise asentir, pero no pude. En cambio, volteé hacia el resto y ese asqueroso nudo apareció nuevamente en mi garganta al ver que mi pensamiento no era compartido.
-Lavender tiene razón –dijo Parvati.
-¿Seamus? –probé, aunque ya sabía la respuesta.
-Er, concuerdo con ella –se alzó de hombros, y agregó lo que posiblemente sería uno de los comentarios más dolorosos que me habrían hecho en la vida:-. El complejo de heroína no te ayudara en nada por ahora… No eres Harry.
¿Cómo nadie entendía?
Bajé la mirada, sintiéndome un ente extraño entre todos. Michelle por supuesto no contaba, ya que ella permanecía al margen, pero me apoyaría en cualquier decisión que tomara. Era un cuerpo ajeno, una invasora. O al menos, así me sentía, porque no pertenecía a ellos, a su pensamiento, a su cobardía, a su sumisión. No, eso no iba conmigo para nada.
Había salido ilesa de la oscuridad de Tom Riddle a los once años con un propósito. Y aunque mi madre me lo repetía, no lo creí hasta ahora: no podía rendirme. No ahora.
De repente, algo me quemó la pierna. Traté de no sonreír ante esto, puesto que sabía muy bien lo que significaba.
Con una débil sonrisa, me despedí de ellos.
-No creo que vuelva hasta la cena. Si preguntan, estoy con Hagrid limpiando los cultivos de mandrágoras –le dije a Michelle en voz baja, una vez que ella me había seguido hasta el agujero de la salida-. ¿Está bien?
-Ginny –parecía querer saber adónde iba, y no la culpaba. Extrañamente, no me preguntaba por qué desaparecía tanto rato o la razón por la que siempre buscaba los libros más rebuscados de la escuela-, ten cuidado. Por favor, cuídate.
-Eres peor que mi madre –sonreí antes de irme, pero fui capaz de escuchar a Seamus preguntarle a Michelle hacia dónde iba:
-Le debe un favor a Hagrid. Creo que algo de cultivos de mandrágoras. No sé muy bien –dijo con una naturalidad sorprendente.
Ya fuera de la sala común y bastante lejos de los retratos más chismosos, introduje mi mano en el bolsillo derecho de la túnica.
El knut estaba caliente, pero permanecía de su color cobre opaco. A los lados, en vez del número de serie, estaba la fecha, hora y lugar a las que me citaba Malfoy: hoy, en quince minutos más, en la sala de trofeos de la entrada principal.
Me fijé que pocos estudiantes deambulaban por el castillo. La mayoría debía estar en sus salas comunes, a pesar que normalmente había clases a esta hora. Seguramente se habían suspendido, debido al incidente causado por Neville.
La sala de trofeos estaba al lado de las escaleras que se hundían con dirección a las mazmorras. Era una sala pequeña, y usualmente ordenada, aunque con escasa luz. La única ventana estaba cubierta de polvo. Allí se guardaban los trofeos que no habían sido limpiados por alguna razón especial o los que ya no eran tan dignos de ser mostrados al público.
Nunca se me había ocurrido ayudar a Neville, de hecho. La idea sí se me había cruzado por la cabeza, pero debía pensar fríamente, y era demasiado arriesgado. Snape, los Carrow y el mismo Yaxley debían estar encerrados en el despacho del primero realizando el castigo. Me sería imposible siquiera salir con vida de allí en el caso que interrumpiera.
El punto era distinto. Ninguno de los tres se mostraba preocupado por Neville. Habían compartido con él íntimamente desde principios del curso y no eran capaces de darse cuenta de algunos aspectos, y no me refería a mínimos detalles. Todos los criticaban, lo atacaban. ¿Y qué pasaba con la lealtad de casa? ¿Dónde estaba la amargura de la espera? De la espera por saber cómo estaba, por recibirlo aún con vida…
El año en que participamos del ED, él me confesó uno de sus mayores secretos: lo que les pasó a sus padres. Y la verdad no podía esperar que todas las personas se preocuparan tanto sobre su situación, pero… Pero Neville estaba sufriendo lo mismo que sus padres. Y el sólo hecho de imaginar que podría quedar como alguno de ellos, me daba escalofríos. No, me atemorizaba enormemente. Él era el chico más dulce y desinteresado que había conocido, y no se merecía vivir una tortura por decir la verdad. Por ser temerario, pero apeló a la honestidad.
Luna y él no debían estar pasando por esto. De todas las personas existentes, ellos nunca. No le habían hecho daño a nadie. En cambio, los mortífagos gozaban de poder siendo que eran unos criminales que no tenían el derecho de vivir.
Respiré profundamente, tranquilizándose. Ya era la segunda vez en el día que mencionaba la idea de tomar cartas en el asunto con mis propias manos. Aunque me asustaba sentir que ajustar las cuentas llenándome de sangre ajena, me llenaba de sosiego placentero. No, de venganza realizada, mejor dicho.
-¿Un día difícil, Weasley?
Malfoy entró, luciendo menos atormentado de lo usual. Le sonreí cansinamente, mientras asentía.
-Me lo temía –apuntó con su varita la puerta y recitó varios encantamientos, para evitar que alguien la pudiera abrir con un simple Alohomora-. Recién hoy me enteré lo que ocurrió con la revista del padre de Lovegood. El muy amable de Nott nos lo había ocultado para darnos una grata sorpresa en la mañana.
-Supongo que fue un desayuno de lujo –comenté, enarcando las cejas.
-No para mí…
Nos sumergimos en un silencio diferente. No sabría decir si era cómodo o no. Él simplemente se limitaba a observarme, sin ir al grano como siempre hacía. Y yo me sentía demasiado agotada, como para pedirle explicaciones. El simple hecho de no estar más con los de séptimo año, ya era algo bueno. La sensación de abandono y de bicho raro, era inexistente.
El rubio se abrió paso entre los estantes, y pasó por mi lado rozando su mano con la mía. La tenía muy fría. ¿Habrían andado afuera sin guantes? La noche anterior había comenzado a nevar, y recién hoy en la mañana los copos habían dejado de caer.
-Debo admitir que cada día me sorprenden más tus cambios radicales de personalidad, comadreja. No eres para nada predecible –comentó, apoyándose contra la pared del fondo y observó con interés mi reacción.
-Tomaré eso como un cumplido. Gracias –mascullé, sonriendo falsamente.
-En efecto, lo es.
-Oh –de haber estado más animada, me habría sonrojado. Jamás se me habría ocurrido esperar algún comentario positivo respecto de mí de su parte, aunque el significado de "cumplido" fuera bastante discutible-. Er, Malfoy… -tanteé, un poco nerviosa al pedirle lo siguiente. Él permanecía sin emoción alguna en el rostro-. Sé que te pedí no hablar de algunos temas personales, pero necesito preguntarte algo. Tú eres el único capaz de responderme de la manera que buscó.
Su cuerpo seguía elegantemente con la espalda apoyada en la pared, casi como si posara para alguna sesión de fotografías. Sin embargo, sus ojos habían cambiado de indiferencia a un vertiginoso remolino de sentimientos. Había confusión, claro estaba. Y aunque no distinguía ninguna señal para saber qué pensaba, me alegré de no atisbar rabia o nada parecido.
Él era el único que podía entender la pregunta, porque él mismo ya lo había pasado. Y podía darme una pequeña pista de lo que sentía, para quitarme esos pensamientos de matar que me perseguían desde la mañana.
-¿Qué, Weasley? –preguntó, con voz ronca.
-¿Uno puede no ser traidor a pesar de darle la espalda a su grupo? –le sostuve la mirada, con mucho esfuerzo. Su boca se entreabrió, al comprender mi duda-. Digo, es posible no ser un traidor siendo que actúas como uno en teoría.
Podría haberme explayado mucho más, pero algo en su mirada me decía que no necesitaba seguir agotando palabras.
Luego de lo que me pareció una eternidad, contestó:
-Si te sientes como un traidor, lo eres –dijo con mucha calma-. Sin importar lo que los demás opinen, todo depende de lo que tú opines de ti mismo. Y si crees que haces lo correcto, si no tienes siquiera una mínima gota de culpa; entonces no eres un traidor, a mi juicio –sus palabras siempre eran sabias. Y me alegraba saber que ya no se sentía un cobarde por no haber asesinado al profesor Dumbledore. No se veía como un traidor-. ¿Lo preguntas por el señor Lovegood, no?
-Le he dado muchas vueltas al asunto, y necesitaba alguna explicación coherente para no odiar –suspiré. Habían sido demasiadas emociones para un solo día-. Sé que actúa por Luna, pero… Fue duro leer la revista –al menos me había contenido más que Neville, aunque a largo plazo me haría mal no desahogarme-. Bueno, eso y lo que pasó luego en tu clase con Yaxley.
-Sí, Longbottom nos dio una sorpresa –asintió-. ¿Estás bien, Weasley?
-He tenido momentos mejores, pero podría estar peor –dije, sintiéndome contenta por su preocupación.
-Vale, porque te tengo una noticia que nos mantendrá ocupados el resto de la tarde –caminó hacia mí-. Estabas en lo correcto. Trelawney está en el castillo –me quedé boquiabierta, antes de preguntarle cómo lo sabía-. Vi su baúl en el despacho de Yaxley.
Me explicó que hacia dos noches atrás, había tenido una ronda con la Brigada Inquisitorial y vio el desaliñado baúl de la profesora en una esquina del despacho. También, me dijo que por regla de la escuela, los baúles de los profesores estaban encantados para que no abandonen el mismo lugar físico de sus dueños. Así se evitaba que se los estudiantes los roben para conseguir exámenes o cualquier material que les sería de utilidad para hacer trampa.
Y con el revuelo que había por los dichos de Neville, los mortífagos estaban encerrados en el despacho de Snape encargándose de él.
-Es nuestra oportunidad de ir al final de las mazmorras y analizar ese pozo en la pared –dijo con elocuencia. Parecía haber planeado todo detenidamente desde hacía tiempo-. Los Slytherins están encerrados en la sala común, y los de la Brigada hacemos rondas… Y a mí me toca los niveles inferiores del castillo.
No podía rendirme, aunque tuviera que aprovecharme de la desgracia de Neville para mis propósitos. Se lo había prometido a mis hermanos, una vez que nos habíamos separado en la estación King Cross en las recientes vacaciones de navidad. Lo había jurado en esos silencios tan significativos que compartíamos con Harry el día de su cumpleaños número diecisiete. Pero por sobre todo, me había prometido a mí misma ser fuerte para jugar un papel activo en la oposición al régimen mortífagos en Hogwarts.
Y en la resistencia, no cabía lugar para rendiciones.
N/A: Primero capítulo del año. Me demoré más de lo esperado, mil disculpas. Estas vacaciones no han sido tan desocupadas como creía, sino que he tenido muchísimas cosas qué hacer.
Luna y Neville saldrían a relucir muy pronto, les dije a varias en sus reviews. El capítulo quizás tiene poquísima acción, pero mucho contenido. Me ha encantado mencionar el trasfondo de la amistad que tiene Ginny con ellos. Me los imagino como el otro trío del ED, siendo una contraposición y a la vez reflejo de Harry, Ron y Hermione.
Sus reviews me hacen muy feliz. Gracias. Y si quieren hacerme feliz para continuar escribiendo, ustedes ya saben qué hacer xD. Me gusta saber qué opinan del capítulo.
¡Besotes, chau!
