Capítulo dieciséis: Las mazmorras de Salazar Slytherin

Traición. Me parecía extraño que esa palabra llegara a generar dudas en Weasley, ya que en mi caso, no me sorprendía.

La miré de reojo. Caminaba con tranquilidad y miraba al frente, sin miedo que alguien la viera a mi lado. Aún así, podía percibir que no estaba del todo aquí. Su mente parecía estar en otro lugar, mientras que su cuerpo se movía automáticamente ante mis escuetas instrucciones.

Seguimos avanzando en silencio. Las mazmorras se encontraban tenuemente iluminadas por las antorchas, por lo que pude darme cuenta que Weasley movió un poco la cabeza para volver en sí y estar alerta. Un paso en falso, y podías rodar por minutos en la casi interminable escalera de caracol.

De repente, las palabras de Astoria Greengrass sonaron como un eco lejano en mi mente. Había sido hacía dos días, cuando le contaba los más usuales castigos que ofrecía el Señor Oscuro a los desleales. Se aclaró la garganta luego de terminar de contarle una de las torturas que escuché antes de volverme mortífago, y en un tono preocupado que jamás habría podido imaginar oír en ella, preguntó:

-¿Y no importa que una no haya traicionado sus instintos?

-A Él no le interesaría lo que tú sintieras –dije, frunciendo el ceño. Sólo un niño pequeño podría preguntar algo así, aunque ella parecía estar seria al respecto-. Después de todo, hiciste un juramento de fidelidad antes de unirte a sus seguidores. Violarías uno de los puntos más sensibles que les pide en un principio… El resto de errores los castiga, pero hay más seguridad que te deje con vida –le expliqué, tratando de borrar las caras de las personas que salían moribundas de la habitación donde Él acostumbraba a torturar. Seguían vivos, pero bajo efectos de maldiciones y eran prácticamente muertos que caminaban, respiraban y comían-. Bueno, todo depende de qué ánimo esté aquel día. No te puedo asegurar nada –añadí, con ironía.

-Pero si no sientes que te has traicionado a ti misma, entonces podrías estar en paz –dijo apenas con un hilo de voz. La miré fijamente, y ella parpadeó lentamente, observando el Bosque Prohibido que se asomaba en la ventana-. Porque si estabas allí en un principio, debías tener una razón: seguir tus instintos. Y si tenías que afrontarlo a Él y su séquito, entonces… Morirías en paz –sus ojos se posaron en mí, y por un momento creí que estaba llorando-. Morirías sabiendo que hiciste lo que creíste correcto.

Nos quedamos un gran rato en silencio. No lloraba, pero ya no tenía su usual desenfado. Y por la pena que se reflejaba en su rostro, no quise preguntarle por qué quería unirse a los mortífagos. Tal vez antes de que me sucediera todo esto, lo habría hecho y no me importaría ganarme su odio por ir directo al grano. En cambio ahora, me conformaba con darme cuenta que no era una mala chica. Y que como muchos de los que tenemos una Marca Tenebrosa en el brazo, tenemos un doloroso pasado que nos llevó a aceptar ese símbolo de por vida.

Astoria me recordaba mucho a Weasley. Ésa pregunta me la habría esperado de la pelirroja que me acompañaba en este preciso instante hacia uno de los lugares más recónditos del castillo. Y cuando Weasley me preguntó si era posible no traicionar a pesar de darle la espalda a su grupo, por un momento pensé que el señor Lovegood, Astoria y yo; éramos traidores en teoría. El primero por querer tener a su hija con vida, la otra por una razón que no me atrevía a averiguar y yo por dejar de obedecer los deseos de mi padre.

Sin embargo, no lo éramos, ¿verdad? Astoria me lo había dicho con una convicción tan precisa, como si se tratara de algún teorema comprobado por los más grandes sabios del mundo. Y yo se lo dije a Weasley, porque tenía sentido. Al menos, yo quería creer que lo era, para así dejar de torturarme.

-Será mejor que no te vean –ella dejó de caminar, y se detuvo un escalón arriba de donde yo lo hice. Volteé para mirarla-. ¿Sabes hacer el encantamiento que te hice la otra noche?

-Creo que sí –respondió, mientras sacaba su varita del bolsillo de su túnica. Llevó la punta de ésta a cabeza y me lanzó una mirada dudosa, como si yo le fuera decir qué hacer-. Dissaparate.

Su voz fue segura, a pesar que lucía nerviosa. Seguramente nunca había hecho el encantamiento, y sólo estaba probando si le resultaba. Para mí grata sorpresa, sí pudo.

Weasley empezó a desaparecer, camuflándose con todo lo que la rodeaba. Como si alguien le hubiera lanzado un balde de agua; progresivamente de la cabeza a los pies, ya no era visible. Su sonrisa de satisfacción al haber invocado bien el encantamiento, desapareció tan rápido como había aparecido en sus labios.

-Er, mi varita no se hizo invisible –dijo, moviéndola. Traté de no reírme-. ¿De qué te burlas, Malfoy? –sonaba molesta-. No es momento de pasarla bien.

-Que la varita se mueva sola, es una imagen bastante ridícula –la tomé, y antes de guardarla, apunté al escalón para hacer un encantamiento insonoro. La escuché hacer un ruido, como conteniendo un grito de sorpresa-. La idea de explicarle a alguien el porqué de que me sigan pasos de alguien invisible a los curiosos, no me apetece para nada.

-Cómo sea –bufó, y sentí algo cálido en mi lado izquierdo-. ¿Seguro que no me descubrirán como la otra vez? –su voz procedía al lado de mí, por lo que había bajado.

-Greengrass no está aquí –respondí, volviendo a retomar el paso.

No supe si me seguía hasta que escuché su voz varios segundos después, muy cerca de mí; justo en mi oído:

-¿Ésa respuesta quiere decir que el encantamiento me salió bien? –estaba divertida. Me estremecí, podía sentir su aliento extenderse desde mi oreja hasta erizar los diminutos pelos del cuello-. ¿Me sale mejor que a ti?

-Sólo has tenido suerte que en, asumo, tu primer intento, lo hayas hecho –respondí, sabiendo que ella tenía la razón, aunque no lo admitiría.

¿Cómo era posible que siendo que nunca lo había hecho, lo hacía bien de inmediato? No bien, perfecto. No podía verla, ni siquiera fijarme en el contorno de su cuerpo; que normalmente bajo los efectos del encantamiento, se podía distinguir casi imperceptiblemente del lugar que la rodeaba. ¡Yo lo había aprendido el año anterior y en ninguna de las ocasiones que lo había realizado lo hacía a la perfección! Sólo una persona muy observadora podía darse cuenta de mi falla, pero siempre quedaba alguna parte del cuerpo menos camuflado.

Antes que empezara a regodearse de su éxito, le recordé que debía estar en silencio. Ya nos acercábamos a la sala común de Slytherin; uno de los mayores obstáculos en nuestro trayecto.

Zabini y los demás no debían estar aquí. Últimamente estaban haciendo más rondas en el último piso, creyendo que el intruso que habían encontrado la otra noche, podría volver con seguridad al lugar. No fue difícil que pensarán ello, porque a Parkinson se le ocurrió que quizás estaba buscando o guardando algo. Y con todo el alboroto, existía la posibilidad que tuviera que regresar a concretar su tarea.

Con aquella idea metida entre ceja y ceja de la cabecilla de la Brigada Inquisitorial, a mí me delegaron a las mazmorras.

-No pudiste detener a un sospechoso, menos vas a poder hacerlo ahora que sabe que estaremos en alerta –me dijo, con voz socarrona-. Vigilarás las mazmorras. Tendrás mucho trabajo allí abajo –añadió, causando las risas de Crabbe y Goyle.

-Compórtate, Blaise –Parkinson le dirigió una mirada dura-. Debemos estar pendientes de todo el castillo. No sólo-

-Lo haré con gusto –dije, cruzándome de brazos-. ¿Algo más que hablar? Tengo que ir a entregarle mi redacción a McGonagall, y no quiero que me repruebe por llegar tarde por estos asuntos.

Entrecerró los ojos, antes de anunciar que habíamos terminado. Por un momento creí que me iba a lanzar una maldición por desafiar su vulgar autoridad. Cómo si eso me importara. Ya no iba a dejar que una basura me menospreciara, aunque debía aparentar que estaba con ellos lealmente. Ellos tenían que pensar que seguía obedeciendo a mi padre, y que esta horrenda marca en mi brazo la llevaba con orgullo.

Pasamos sin ningún problema frente a la entrada de la sala común. El único problema que podría presentarse era que alguien saliera, pero con el nuevo toque de queda, podía usar mi posición para quitar puntos y darle un castigo. Lo de los puntos era simbólico, porque a los Carrow no les interesaban los relojes de diamantes en el vestíbulo. Al recibir a los castigados, desenfundaban sus varitas mientras una sonrisa desquiciada se formaba en sus labios. Siempre me recordaban a tía Bellatrix cuando hacían aquello.

-Malfoy.

El Barón Sanguinario se materializó frente a nosotros. Se quitó el sombrero, y me saludó con una corta reverencia; como siempre hacía.

-¿No han encontrado al estudiante que estaba en el séptimo piso? –preguntó, solemnemente.

-Todavía no –dije, mirando hacia mi lado izquierdo. Podía sentir el calor del cuerpo de Weasley quemándome sobre la túnica.

-Pues, cuando lo hagan avísenme –ordenó fríamente-. Me encantaría darle su merecido por violar las reglas –palmó un par de veces el mango de su espada, y rió-. Bien, no puedo quedarme. Suerte en la cacería –se quitó el sombrero a modo de despedida y flotó, subiendo la escalera.

Esperé más de un minuto, y me aseguré de no escuchar el típico tarareo del fantasma cuando merodeaba en las noches. Parecía que siempre buscara alguna víctima a la cual atormentar, y trataba de herirlo en el pecho, con su espada. A pesar que no pudiera hacerles daño por razones obvias, los estudiantes y hasta profesores, quedaban aterrados y muchas veces debían ir a la enfermería por una poción para calmar los nervios.

-¿Estás bien? –pregunté en voz baja, hacia donde la sentía.

-No lo sé –respondió con voz ahogada. La escuché tomar bocanadas de aire-. Tuve que contener la respiración, para que no me descubriera –se explicó, y ya con más calma, dijo:-. Da más miedo de lo que me habían contado.

-Su nombre no es en vano.

-Me pregunto por qué es así. Ningún fantasma es tan amargado como él –podía imaginarla haciendo una mueca, pensativa-. Tal vez vivió una pena de amor y por eso no tiene ninguna gota de calidez.

-¿Pero qué idioteces dices, Weasley? –pregunté, sorprendido de su teoría; pero aún así no pude evitar sonreír-. No es tiempo de descubrir la vida del Barón Sanguinario –seguí bajando.

La puerta del despacho de Slughorn estaba entreabierta, y el lugar iluminado. Me acerqué con cuidado, y abrí un poco más la puerta para asomar la cabeza. El regordete hombre dormía en su sillón, con los pies en un pequeño taburete frente a éste. Roncaba como un animal pequeño, y bajo sus párpados se apreciaban sus ojos moverse de un lado hacia otro.

Con Slughorn dormido, hice una seña para indicarle a Weasley que seguiríamos.

Mientras nos adentrábamos en lo más profundo de las mazmorras, aparecieron varias puertas. Todas eran salas de clases abandonadas, que a veces los fantasmas usaban para reunirse en fechas especiales o los mismos Slytherins las ocupaban para irse con la pareja de turno de alguna fiesta, para estar a solas.

De todas maneras, revisé cada una. Abría la puerta, iluminaba con mi varita el aula y al comprobar que no había nada sospechoso, me iba. Aunque no fuera una fecha especial, alguien podría estar allí y era muy peligroso arriesgarnos si esa situación se daba. Si veían a Weasley, tendríamos una ida asegurada al despacho de los Carrow.

Podía presentir que Weasley debía estar enojada por la demora. Nos tardaríamos más de la mitad del tiempo que nos tomaría llegar hacia la fuente de la pared que cerraba esta parte del castillo. Pero no la escuché quejarse ni emitir algún suspiro exasperado. Y cuando pensaba en eso, creía que quizás era porque ya no estaba conmigo. Movía mis brazos, buscando tentativamente su cuerpo con mis manos, y cuando sentía su aliento en la punta de mis dedos, me tranquilizaba.

-Al fin llegamos –dije, saltando el último escalón.

Las mazmorras terminaban como un túnel. Un gran arco se abría desde el suelo, y tenía en su centro una pared de piedra caliza. En los primeros años del castillo, debía haber sido gloriosa la vista. Ahora no. La piedra estaba un poco carcomida, y estaba llena de polvo y algunas telarañas.

En el centro, había una pequeña fuente de un material parecido al yeso. Con la forma básica de una caja alargada, tenía detalles en todo el cuerpo como si se tratara de una versión en miniatura de una columna de las construcciones griegas. En el borde de arriba, tenía la figura de una serpiente rodeándola.

-Finite Encantatem –dijo Weasley, y sentí vibrar mi bolsillo. Miré hacia abajo, sorprendido y sentí una onda de energía procedente de allí-. Al parecer nunca la han usado.

Estaba frente a la fuente, observando su interior.

-¿Cómo hiciste eso? –pregunté, atónito. Ella volteó y me miró confundida-. Tú no tienes tu varita y finalizaste el encantamiento –me llevé la mano al bolsillo, palpando su varita.

-Aprendí a usar un poco de magia sin varita hace dos años… -se rió al ver mi cara. ¿Cómo podía ser posible? ¡Sólo los magos más avanzados podían realizar magia sin hacer uso de su varita! Era prácticamente un arte-. Hay muchas cosas que no sabes de mí, Malfoy –hizo un gesto, invitando a acercarme-. No es momento de descubrir mi vida.

Esto no puede estar pasando, me dije mientras rodé los ojos. Se estaba burlando de mí al usar la misma frase que le había dicho antes, respecto al Barón Sanguinario y sus conjeturas.

Dejando de lado su nueva faceta, la cual no iba a olvidar porque todavía no me cabía en la cabeza que una bruja sin nada especial como ella pudiera hacer uso de su magia sin varita, caminé hasta llegar a su lado.

Sus manos tocaban el interior de la fuente, y tenía razón en que probablemente no la habían usado. La superficie estaba llena de polvo y tierra, pero la superficie no parecía estar erosionada por el agua y sus minerales. De hecho, dudaba si estaba conectada a las cañerías.

-Mira –apunté hacia el pequeño tubo que sobresalía del fondo-, parece que no tiene salida para el agua.

-Es como si la fuente no cumpliera su única función –se llevó las manos a las caderas-. ¿Por qué estaría aquí si no es para otro fin? –preguntó, arqueando las cejas.

-No entiendo cómo detrás de esto habrían celdas –rodeé la fuente y toqué la pared. Limpié un poco la suciedad-. No habría forma de entrar según el mapa del libro… La entrada y salida, están selladas.

-Sellada y oculta –corrigió retrocediendo lentamente. Me giré, observándola con interés-. Debe ser sólo una. Sería un mal diseño si las celdas tuvieran más de un lugar para salir o entrar…

-Entonces sería demasiado obvio que aquí sería la única conexión con la superficie –golpeé la pared. No parecía tener ningún hechizo, o al menos eso creía, porque no presentaba ninguna anormalidad visible-. Y que la fuente debe ser la cerradura de la puerta.

Sus ojos castaños se fijaron en mí, y no pude evadir su mirada. Parecía analizar mis palabras, como si estuviéramos en una sintonía distinta y ella pudiera sacar algo en limpio de lo que a mí me parecía una observación sin mucha profundidad.

-A veces en lo más obvio se esconde la respuesta correcta –dijo, seriamente.

Tal vez estuviera en lo cierto. Nuestra mente siempre trabaja tan rápido, que tachamos las posibilidades que nos parecen las más fáciles. Todo siempre tiene que ser difícil, sino, no tendría sentido averiguar un enigma. Pero aún así, descartábamos posibles respuestas sin pensarlas bien. Y quizás una de ellas fuera la correcta, tal como había dicho Weasley.

No obstante, estaban refiriéndose a Salazar Slytherin. Él mismo había hecho los planos de la parte baja de la escuela, a excepción del sector donde se encontraban las cocinas y la sala común de Hufflepuff. No podía ser posible que a alguien tan brillante y precavido como él, quien había sido capaz de esconder una cámara en la construcción por siglos, pudiera dejar tan a la vista un lugar tan controversial como las celdas. De seguro Dumbledore y otros directores, inspeccionaron con cuidado cada centímetro de la escuela, y lo más seguro era que manejaban la información que allí habían celdas, por lo que deberían haber puesto especial atención en aquel lugar, ya que era la única zona donde el supuesto lugar de aprisionamiento colindaba, era con el final de las mazmorras.

-Aquí hay un emblema de una serpiente –Weasley se había puesto de cuclillas frente a la fuente y tocaba la serpiente. Por un momento me distraje con su pelo, que cubría su rostro como una cascada de fuego-. Me parece haber visto esto antes.

-¿Si? –pregunté, caminando hasta ella. También me agaché y vi con detención el emblema: era una serpiente zigzagueando entre unas líneas que formaban un círculo-. Eso es extraño. ¿Tienes alguna idea en dónde?

Tomó todo su pelo y empezó a jugar con él, enroscándolo varias veces. Entrecerró los ojos, mirando fijamente el singular emblema en medio del cuerpo de la fuente.

-No me acuerdo –dejó su rostro libre, con el pelo tras sus hombros. Me miró, luciendo realmente apenada-. La verdad es que no sé.

-¿Algún libro o fotografía? –ella negó con la cabeza-. ¿O no te lo habrá descrito alguien?

-Lo siento –movió la cabeza negativamente-, estoy en blanco.

-No importa –le sonreí, y ella entreabrió la boca, observándome como aturdida. Me pregunté qué le pasaba, pero preferí ignorar aquel detalle-. Después de todo, no sabemos con certeza si esta fuente es importante o no.

-Trelawney podría estar detrás –dijo, mordiéndose el labio inferior y miró hacia la pared-. Si tan sólo pudiéramos…

Me puse de pie, suspirando.

-El papel de heroína te traería un gran problema –ella me miró, con su aire altanero, pero sabía que tenía la razón. Le tendí la mano, para que se levantara-. Simplemente investigamos, no intentamos salvarla.

-Por ahora –musitó, tomando mi mano.

Era raro estar ayudando a Weasley. Y no lo decía porque nunca había sentido unos dedos tan delgados envolviendo mi mano, sino por estar cooperando en la misma causa. Todavía no me acostumbraba del todo a tratar con ella como si su familia no me disgustara, pero de todas formas, sabía que sentiría un vacío sin su presencia en mi día a día. Ginny Weasley fue el golpe necesario para darme cuenta que necesitaba darle un real sentido a mi vida.

Aún así, me sentía un poco en desventaja con ella. Weasley sabía más de mí que yo de ella, ya que con sus preguntas siempre terminaba revelando alguno de mis pensamientos más profundos. La necesidad de estar en igualdad de condiciones rondaba en mi cabeza con más fuerza luego de que ella me preguntara sobre la traición.

Habíamos hecho un pacto días atrás: ninguno se inmiscuiría en los asuntos privados de cada uno. Si no queríamos hablar de algo, lo decíamos y el tema quedaba vedado.

-¿Me pasas mi varita? –extendió su mano-. No quiero asustarte de nuevo –sonrió, mostrando sus dientes.

¿Y qué pasaba si quisiera preguntarle lo que ella había dicho exclusivamente que no podía?

Ya volviéndose invisible, me entregó la varita y la guardé. Nuevamente tomé nota mental que el encantamiento había salido bien; sin ninguna parte que pudiera denotar que delante de la fuente se encontraba una persona. Se había camuflado con lo que la rodeaba a la perfección.

El camino de regreso no tuvo ningún problema. En caso de lo contrario, ya tenía preparado un argumento para el profesor Slughorn. Me preguntaría qué estaba haciendo tan tarde, si las rondas ya debían haber terminado. Le habría respondido que buscaba al Barón Sanguinario, porque me había pedido informarle si habíamos atrapado al intruso de la otra vez. Y él me creería, ya que era demasiado crédulo, en especial de los estudiantes de su casa. Me había aprovechado varias veces de su inocencia el curso pasado para salir de clases a trabajar en lo del armario transportador en vez de ir al baño.

Llegamos a la superficie después de unos pocos minutos. Weasley me tocó el hombro, al verme que observaba a todos lados buscando alguna señal que estaba conmigo.

-¿Podemos ir a la sala de trofeos, por favor? –me susurró al oído.

Una vez allí, mientras aseguraba la puerta con varios hechizos, sentí nuevamente su varita vibrar y apareció, desde la punta de la cabeza hasta los pies.

-Me duelen las piernas –recostó la espalda en uno de los estantes llenos de cajas.

-Supongo que jamás habías subido tantas escaleras… -comenté, girándome hacia ella.

-Fue un suplicio –inspiró y exhaló varias veces-. No entiendo por qué cuando regresamos a Las Tres Escobas desde la mansión de Zabini, no me sentía así.

-Se trataba de una puerta transportadora. Estaba encantada, lo más seguro.

-Oh –fue lo único que dijo.

Recuperó su respiración luego de poco tiempo. Ya sin estar tan agitada, se irguió y chasqueó la lengua:

-Tenemos que saber qué hace esa fuente allí. Si es una especie de cerradura, entonces debe haber una llave para abrirla.

-¿Cómo encontraremos la llave, Weasley? –di un paso hacia adelante, y enarqué una ceja. Ella me miró un poco enfadada por mi escepticismo-. Debes admitir que es imposible saber cómo hacer funcionar esa fuente o lo que sea que haga.

-Por eso, meditaremos hasta que la cabeza nos duela de tanto darle vueltas al asunto –dijo finalmente. No estaba contenta por dejar en pausa lo que podría ser un gran descubrimiento, pero era lo más razonable-. No hay nada más que podamos hacer.

Cabía la opción que la fuente tuviera algo especial, que la delatara. Como la serpiente del borde en lo alto o el emblema. En ninguno de los libros de 'Hogwarts, una historia' describían la fuente, por lo que había buscado después de juntarme la última vez con Weasley, donde me expuso su teoría de las celdas. Podría arriesgarme en la Sección Prohibida de la biblioteca. Había muchos libros antiguos con información a veces sorprendente.

Weasley se despidió de mí, pero antes me pidió de vuelta su varita. Me sentí tentado en preguntarle cómo había aprendido a usar magia sin varita y cuáles eran sus límites, mas no lo hice. Muchas veces había escuchado que la menor del clan de pobretones tenía una gran habilidad para manejar la magia, haciendo uso de ésta que sacaba algunos comentarios en profesores y estudiantes. No era rumores, después de todo.

-Quiero preguntarte algo, Weasley –le dije, deteniendo el amago de salir del lugar.

Ella me había preguntado si alguien podía no traicionar a su grupo, aunque les diera la espalda. Y había recurrido a mí porque yo había vivido con consecuencias sangrientas lo que era no atenerse a las promesas. Había prometido matar a Dumbledore, pero no fui capaz y las cicatrices en mi espalda me recordarían siempre que no seguí las órdenes del Señor Oscuro. Sabía bien lo que era sentirse solo, habiendo sido prácticamente abandonado por mis supuestas amistades y familia… Era un traidor, en teoría.

-¿Por qué sigues ciegamente a Potter? –la pregunta se deslizó entre mis labios con dificultad. No sabría qué bomba podría estallar con esto, pero la duda me carcomía desde hacía un tiempo y necesitaba resolverla-. ¿Por qué crees en él?

Ya me había expuesto ante ella, como si me sacara la ropa y quedara desnudo; así que ella también debía hacer lo mismo. Debía existir un intercambio equivalente en el mundo, porque así funcionaba el universo completo.

-Si hay alguien que puede arriesgar su propia vida con tal de salvar la de otros, es él –dijo, con la voz ronca. Sus ojos brillaban, sin mostrar pena al mencionarlo-. Me siento protegida con Harry.

-¿Aunque muchos se sientan así respecto a él?

Hubo un prolongado silencio antes de responderme. Al final de lo que parecía haber sido una batalla interna, donde el color de su rostro se había esfumado, ella sonrió melancólicamente para decir con un dolor casi palpable:

-Él es demasiado noble –se encogió de hombros y de repente tuve la sensación de estar ante una niña indefensa y débil-, pero aún así no puedo evitar quererlo.

Sin decir nada más, avanzó con la mirada puesta en el piso. Me hice a un lado, dejándole un espacio libre para que pudiera llegar a la puerta. Todavía no había desencantado sus pisadas, por lo que me tomó desprevenido escuchar el chirrido de la puerta. ¿Cuándo había roto los hechizos de la cerradura? Me giré, y vi la desvencijada puerta de madera medieval cerrada.

Mi corazón se encogió y me quedé solo, sintiendo una sensación extraña recorrer todo mi cuerpo. ¿Por qué las palabras de Weasley se oían como un eco lamentoso en mi mente?


N/A: Que no es el fin del mundo ni van a haber cerdos volando por el cielo… ¡He actualizado! Al fic ya estaba siendo el hogar de telarañas cibernéticas con la larga demora, ¿no?

Primero que nada, debo disculparme por haberlos hechos esperar tanto. Dos cosas jugaron en mi contra a la hora de escribir el capítulo: estaba bloqueada y la universidad está consumiendo todas mis energías. He tenido que sudar casi sangre para sacar esto adelante, lo cual me tomó sólo un día de concentración extrema (de hecho, recién lo he terminado). Si iba aplazando el capítulo hasta Abril, de verdad que iba a pedirles que me enviaran vociferadores o algo para lincharme. En fin, ya está aquí.

No hay mucha acción, pero he puesto mucho Draco/Ginny porque se necesitaba un buen desarrollo de ellos en la trama. ¿Se han dado cuenta que Draco se preocupa por ella? Si casi son amigos; es muy lindo. Se ha tardado dieciséis capítulos en decir que no le agradaría tener a Ginny fuera de su vida, pero lo ha hecho :).

¡Muchas gracias por sus reviews! En verdad me siento feliz de sus opiniones y teorías; y simplemente invito a todos a seguir reviewando (no existe ese verbo, ¿verdad?). Y respecto a esto, quiero disculparme, pero no tengo tiempo de responder los reviews que me quedan del capítulo pasado. Aún así, los de éste sí lo haré. Estoy un poco corta de tiempo. Espero que entiendan.

Vale, esto se está haciendo eterno.

¡Un gran besito y disfruten el capítulo!

PD: Como publicidad barata, me gustaría invitarlos a todos a leer un one-shot D/G que escribí hace un tiempo. Se llama "Dualidad" y lo encontrarán entrando en mi perfil. Es una gran reflexión de lo que para mí significa el amor, y bueno… El desenlace los dejará felices :).