Capítulo diecisiete: El retorno del Ejército de Dumbledore

Tomé el reloj de la mesita de noche. Casi nunca usaba ese reloj de pulsera, porque no me gustaban las flores de la gruesa cadena oxidada. Incluso los bordes del aparato estaban con esa textura polvorienta y color cafecillo, aunque mi madre había hecho todos los encantamientos posibles para que recuperara el brillo del oro.

Eran las tres de la madrugada. No dudé si era o no exactamente la hora señalada. Podía ser una herencia familiar demasiado ostentosa para mi gusto, pero funcionaba a la perfección.

Arqueé la espalda, de repente siendo consciente que había sudado tanto que la espalda de mi camisón y las sábanas estaban mojadas. De hecho, mi respiración todavía seguía un tanto agitada.

Cuando llegué a la habitación apenas hablé con mis compañeras. Me preguntaron por qué no había ido a cenar. Les dije que la detención de Neville me tenía demasiado preocupada como para sentarme en el Gran Comedor, como si nada ocurriera. No les había mentido. Me sentía incapaz de estar allí, viendo a los mortífagos en la mesa, sin hacer nada. Sobretodo si veía a los hermanos Carrow. De sólo pensarlo, la cabeza me dolía.

Sin decirles las otras razones por las cuales me había ausentado, me acosté.

La pequeña salida con Malfoy me había dejado agotada. En cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada, sentí los efectos de la somnolencia y rápidamente caí dormida.

La serpiente en la fuente apareció en mis sueños. Parecía moverse alrededor de ésta, enrollándose y subiendo, hasta estirarse y quedar casi de mi mismo tamaño. Me mostró la lengua. La sacaba una y otra vez, con ese siseo amenazador. Se estaba burlando de mí, e imaginé que se reía. Sus rasgados y pequeños ojos oscuros me miraban con desdén, como si fuera una criatura inferior. No estaba imaginando nada. En efecto, escuchaba risas, pero provenían de alguien detrás de mí.

Había despertado con la risa resonando en mi mente, y prácticamente con los ojos llorosos. La tranquilidad de la habitación me recibió, confirmándose que sólo se había tratado de una pesadilla. Pero aún estaba nerviosa, y mi respiración lo confirmaba. No había soñado con Tom Riddle desde hacía varios años. No desde que mi padre había inventado un repelente de diarios malignos, y me esparcía unos polvos antes de dormir en las vacaciones posteriores a iniciar el tercer año. Luego supe que se trataba de polvos flu.

Me senté, sintiéndome incómoda por el sudor de la sábana. Mis compañeras dormían. Miré instintivamente hacia la izquierda.

Michelle dormía con su cuerpo enfrentándome. Roncaba suavemente, y tenía las manos muy cerca de la cara, como si tuviera frío. Con la vista ya acostumbrada a la oscuridad, me fijé en que bajo sus párpados sus ojos se movían. Esperaba que no tuviera pesadillas, no al menos una tan traumática como la mía. No creía que ella pudiera tener algún evento que la hiciera sentirse igual que a mí. Tuve un poco de envidia. Su vida debía tener los tropiezos y alegrías de alguien ordinario. Entonces, sus pesadillas sólo serían la expresión de sus miedos… Unos miedos que no se acercaban remotamente a la intimidante mirada oscura de Tom Riddle, obligándola a acostarse en el mojado y asqueroso suelo de la Cámara de los Secretos.

Volví a observar el reloj. Sólo habían transcurrido dos eternos minutos.

La idea de dormir se me hacía lejana como imposible, por lo que me liberé de los ropajes de la cama y me calcé mis zapatillas de dormir.

Salí del cuarto sin hacer ruido. Ya sabía de qué manera debía cerrar la puerta para que no chirriara: lento, y procurando de girar el pomo para luego soltarlo cuando el marco estuviera pegado al borde de la madera de la puerta.

La sala común no estaba vacía, como había supuesto. La luz proveniente del final de la escalera me lo advirtió y caminé tan silenciosamente pude. No me había puesto bata y tampoco me había arreglado el pelo, por lo que debía lucir hecha un desastre.

Aprovechando la forma de caracol de la escalera, me quedé en un escalón oculta y me incliné para observar quién estaría despierto a esa hora.

El perfil de Neville apareció entre los cojines del sillón. Contuve un ruido de sorpresa, y me escondí por completo. No había hablado con él desde hacía semanas, y lo último que nos dijimos no era nada de lo que me sintiera orgullosa. Me dejé llevar por mi humor amargo, así que no pude contenerme de hablar de desesperanza y que luchar no valía la pena. ¿Cómo podría encararlo luego de todo eso?

-¿Vas a estar allí hasta que amanezca, Ginny?

Hice una mueca al saberme descubierta. No tenía idea cómo podría haber sabido que estaba allí, pero quizás no había sido tan sigilosa como creí.

Inspiré profundamente antes de bajar el mínimo tramo de escalones. Sentí que la sangre me subía a las mejillas, y no precisamente por mi inapropiada vestimenta. Había actuado como una inmadura, una estúpida, insensata y arpía. En aquel momento no estaba lista para enfrentarme a la culpa que me pesaba en los hombros por aquel periodo oscuro que sufría hacía un tiempo atrás.

Me quedé a unos pasos del sillón. No me atreví a mirarlo, por lo que mis ojos se dirigieron a la llama de la chimenea. Siempre me había gustado buscar formar en el fuego, como si fuera una danza llena de figuras esperando a ser encontradas. Extrañamente, aquella actividad no me resultó tan interesante como para no estar ansiosa al sentir la mirada del chico clavada en mí.

-Si quieres puedes sentarte –dijo, y levanté un poco la mirada. Palmeó el lugar a su lado-. No muerdo.

Le hice caso, casi automáticamente. Me cuidé de mantener la mayor distancia y me resistí de observarle por todo el tiempo que la curiosidad me permitió… Necesitaba saber en qué condiciones se encontraba. Tenía que cerciorarme que estaba bien.

Luego de perder la batalla contra la vergüenza por mis dichos, lo miré.

Estaba pálido, y de hecho, pude verle las venas a través de su casi transparente piel del cuello. Y también estaba más delgado. No sabía si una larga sesión de… de tortura –un escalofrío recorrió mi cuerpo- podía provocar una baja de peso considerable. Tal vez era así o simplemente no me di cuenta antes porque desde que le dije aquellas infames palabras, me alejé de él. Pero no fue eso lo que me hizo contener la respiración: su cara.

Su ojo izquierdo estaba rodeado por un gran moretón rosáceo. Casi era un milagro que no estuviera hinchado, pero claramente se notaba que le dolía parpadear y mantener el ojo abierto. Después me fijé en sus mejillas: ambas estaban irritadas y en la derecha tenía una gran herida. La sangre ya estaba seca, pero no lucía como si hubiera dejado de sangrar del todo. En cualquier momento parecía que fuera a hacerlo. Y para completar sus heridas, en el mentón tenía unos rasguños profundos.

Me llevé las manos a la boca, y reprimí el llanto. Sin embargo, no pude impedir las lágrimas.

-Ginny… -dijo, mirándome resignado.

-Por Merlín –susurré repasando sus heridas. Reparé también en que su mano derecha estaba vendada, y me imaginé un sinfín de cortes y heridas-. ¿Qué te han hecho, Neville? –pregunté retóricamente, porque me parecía improbable que me dijera exactamente qué le había pasado-. Por Merlín, mira cómo esos salvajes te han dejado…

-No importa –afirmó, y me sorprendí de escucharle decir aquello. En su voz no había mentira y en su mirada tampoco-. Estoy vivo, a final de cuentas.

-Sí importa –repliqué, sintiendo que nuevas lágrimas se agolpaban. La vergüenza y la culpa que desde hacía tanto me atormentaban, por fin estaban saliendo a flote-. Nada de esto te hubiera pasado si no… Estando a tu lado, jamás habrías tenido que enfrentar solo el castigo por decirles la verdad y-

-Y está bien, porque lo que hice fue una verdadera estupidez. Debí haberme controlado –con su mano sana, me acarició la rodilla.

Neville siempre lograba sorprenderme. A veces comentaba frases que debían ser memorables y apuntadas por algún escritor, porque eran consejos invaluables. En otras ocasiones reaccionaba de una manera innatural, pero que finalmente era la más acertada con su naturaleza bondadosa y perseverante. Como en aquel preciso instante. Me hablaba con dulzura y preocupación, expresándome que no debía sentirme así por él ni tampoco repetir su conducta, cuando me había portado como una imbécil.

Se me escapó un gemido, y tuve que restregarme los ojos, para impedir que la vista se me nublara. Ya la apariencia me importaba un pimiento. Estaba frente a una de las personas más maravillosas del mundo, a la que había defraudado al rendirme ante el régimen mortífago y herido cuando él sólo había sido honesto respecto a mi persona.

-Lo siento tanto –dije como pude. No creí que me entendiera entre los sollozos, pero su expresión seria dijo lo contrario-. Cuando me dijiste que no debía perder la esperanza, te dije cosas terribles –tomé aire apenas-. Tú eres una de las personas que más me importa en el mundo. Eres prácticamente mi mejor amigo, junto con Luna y Colin y Hermione… No hay nadie en el mundo que sea el más indicado para hacerme ver cuán equivocada estoy. Y yo… yo no quise creerte porque lo más fácil era ser negativa y hacerme la víctima ante el mundo –bajé un poco la cabeza. No me sentía capaz de mirarlo, porque si los papeles se invirtieran, no sabría si fuera capaz de disculpar o siquiera de escuchar a una persona mediocre como yo-. Era más fácil sentirme así que luchar, que levantarme para hacer valer nuestros derechos y… Y ahora estás así –lo señalé descuidadamente y la garganta se me oprimió al notar los cortes en su muñeca izquierda. Al notar hacia dónde mis ojos se dirigían, estiró la manga para ocultar ese pedazo de piel-. Esos malditos hijos de puta casi te han asesinado –no sabía si llegué a gritar o creí hacerlo, pero el pecho me dolió y no pude continuar.

De repente, me encontré en los brazos de Neville. Su barbilla estaba apoyada en mi cabeza, y sus grandes brazos me rodeaban sin fuerza, pero con firmeza. El olor a su colonia me recordó el Baile de Navidad y por unos segundos volví a sentirme aquella chiquilla que bailó su primera canción lenta con su gran amigo. No pude dejar de llorar al pensar en eso, y en todos los momentos en donde él se preocupaba de mi bienestar y me hacía reír incluso cuando creía que no podría recomponerme.

-Soy una basura –mascullé.

-Adoro la basura –dijo él, y no pude evitar sonreír. Qué absurdo-. Creo que no debes martirizarte tanto –sus labios me dieron un corto beso en la cabeza, antes de volver a apoyar su barbilla-. Todos tenemos días de flaquezas, y optamos por lo menos complicado.

-He vivido con culpa desde que te dije todo eso. Fui una imbécil.

-Si de algo sirve, yo también lo fui al encarar a Yaxley. Debí haberme contenido, pero dejé que la rabia por la editorial de 'El Quisquilloso' me ganara.

No supe cuánto tiempo estuvimos así. Con el transcurso del tiempo y del calor que emanaba la piel de mi amigo, me empecé a tranquilizar hasta que sólo quedó un rastro pegajoso en mi cara como símbolo de mi llanto.

-Lo siento muchísimo, Neville. Fui una estúpida –dije, aún escondida en su pecho. De alguna manera me sentía extremadamente protegida y no quería que dejara de abrazarme-. Una enorme estúpida.

-Nunca te odié. Bueno, sí estuve enojado contigo por varios días –admitió, y probablemente estaba sonriendo-; pero me di cuenta que no podía pedirte ser fuerte todo el tiempo en una situación como ésta. Harry es tu novio, Ron tu hermano, Hermione, Luna y Colin tus mejores amigos. Y con lo que le pasó a tu hermano el curso anterior con lo del hombro lobo… La guerra te ha golpeado más que a mí y se me olvidó que también eres humana.

-Un pedestal no es un buen lugar para mí –me liberé un poco de su abrazo, pero aún así me acomodé para seguir teniendo uno de sus brazos alrededor de mi hombro. Lo miré a los ojos-. También has sufrido con la guerra. Por eso creo que estuviste tan empeñado en un principio por pelear, ¿no?

Hacía poco empecé a darle vueltas al ahínco de mi amigo por revelarse contra el sistema. Sus razones más que idealistas, eran por venganza, finalmente me dije. Neville había tenido que ver a sus padres encerrados en San Mungo desde que tenía uso de razón, y nadie más que él había sido penado por el fantasma de la primera guerra. Ahora tenía la posibilidad de vengar a sus padres y vengarse a sí mismo, por haber sido privado de una vida junto a ellos.

Todavía me sentía como una imbécil. Mis razones para ser una completa arpía se limitaban a una repentina soledad, mientras que la soledad de Neville había sido prácticamente toda su vida. Y él no se daba por vencido, sino que cada mañana renovaba sus energías para convencerme de mantener las esperanzas que todo cambiaría algún día.

No, la palabra no era imbécil. El adjetivo para mejor describirme era insignificante. Sí, me sentía insignificante comparada con Neville.

-En el fondo, mis razones personales mueven mucho de lo que hago –respondió, tristemente. Se movió un poco, acomodándose-. Y hoy… ayer –corrigió-, me pasó de la cuenta.

-Cuando leí lo que escribía el padre de Luna, por primera vez tuve ganas de usar magia para matar a alguien –confesé. La culpabilidad nunca se extinguiría, pero de a poco se iba mitigando. Suponía que tendría que vivir con ella, como Malfoy también lo hacía. No quise imaginar qué diría Neville si supiera que he estado juntándome con él-. Recuerdo que miré hacia la mesa de los profesores y…

-Y quisiste acabar con Snape –completó él, con la voz extrañamente ronca. Sentí que apretaba su mano sana, sobre mi hombro-. Me da rabia pensar cómo habrán amenazado al señor Lovegood para darnos la espalda.

Me sentía feliz, aunque estuviera fuera de lugar hacerlo. Una parte de mí había vuelto a calzar en mi interior. Cómo extrañaba a Neville. No estaba sola, puesto que tenía la compañía de Malfoy, pero él no podía llegar a compararse a mi gran amigo. Con Neville teníamos una historia que precedía lo esencial que era en mi vida. Luna, él y yo éramos, por decirlo así, el otro trío del Ejército de Dumbledore.

-Lo que más me da miedo, es que de verdad dañen a Luna –dije muy bajito. Admitirlo en palabras, era hacer ese sentimiento más real-. No sé si se ensuciarán las manos por gusto o solamente asesinan cuando es conveniente.

Demoró largos segundos en contestar:

-Quiero pensar que Luna no les dará problemas –dijo, al fin.

Las llamas crepitaron, llamando nuestra atención por un momento. Aproveché aquella distracción para mirarlo sin reparos. Su rostro estaba realmente deteriorado, así como su cuerpo; pero su temple seguía igual de determinado que antes.

-Neville –lo llamé. Él giró la cabeza hacía mí-. Me alegra saber que sea lo que fuera que te hicieron los Carrow y Yaxley, no hubieran acabado con tu espíritu luchador –me atreví a tocarle la cara.

No me lo impidió. Mantuvo la mirada fija en mí, esperando a que concluyera con mi análisis.

Tal como temía, la herida no había cerrado del todo. Un poco de sangre manchó mis dedos. Me aseguré que los rasguños no sangraban antes de bajar mis manos hasta la muñeca cortada. Estaba algo incómodo cuando hice esto, pero dejó que le subiera un poco la manga y rocé con extremo cuidado los finos y profundos cortes horizontales a la vena.

-No te han permitido tomar una poción para que cicatrices –establecí, consternada.

-La enfermera no se arriesgara a desatar su ira –contestó, sonriendo tristemente-. De todas formas, no quiero que la magia me sane.

-¿Por qué? –pregunté sorprendida. Le solté la muñeca-. Te pueden quedar marcas, Neville. No sabes si cicatrizas bien de la manera muggle. Además, pasarás así más de un mes…

Algo en su mirada se encendió, tal como las llamas del fuego delante de nosotros.

-Las personas tienen que ser testigos de lo que me ha pasado. Usaré lo que los mortífagos consideran como una humillación para mí, en su contra. Mis heridas serán una señal de protesta en contra del inhumano sistema en el que nos hunden.

En Neville vi un poco de Harry. No en la manera en que hablaba literalmente, pero sí en el fervor impreso en su voz. Por un milisegundo creí estar junto a aquel hombre de pelo azabache rebelde, mas la ilusión de los ojos verdes desapareció para mostrarme los cafés de mi amigo.

No había sido plenamente consciente del cambio de Neville hasta ese instante. Ya no se limitaba a quejarse, sino a actuar, a movilizar masas, y a establecer la verdad sin medir las consecuencias.

-Bueno, al menos puede que conquistes luego varias chicas si te queda una cicatriz sensual en el rostro, ¿no crees?

Pero seguía siendo el mismo de siempre. El mismo chico que se sonrojaba cuando lanzaba un comentario de ese tipo. Solamente había cambiado un poco. Neville había roto el cascarón en donde vivía. Y realmente me alegraba de ello. Él tenía tanto por ofrecer: sus consejos, su leal compromiso a la Orden del Fénix, y más.

Estuvimos un rato en silencio. Esta vez fue uno cómodo, en el que podíamos sumergirnos por horas y no sentíamos la necesidad de huir.

Por un momento pensé que el tiempo había retrocedido. Que estaba en cuarto año, y llegaba cansada de estudiar, pero al ver a Neville lo retaba a una pequeña partida de snap explosivo. Sobretodo en las tardes de invierno nos quedábamos por horas frente a la chimenea, apostando tesoros y joyas imaginarias en cada partida. A veces nos sumergíamos en un silencio prolongado y luego de un rato nadie nos podía detener de hablar.

Pero, pensé con nostalgia, eso no es real. Ambos habíamos cambiado, gracias a la manera en que nuestro entorno había evolucionado.

-No saber cuánto me alegra ver que tengas ganas de luchar –dijo, estudiándome el rostro. Yo simplemente sonreí-. En tus ojos reapareció un brillo de esperanza…

-Sólo necesitaba que un buen amigo me recordara que hasta los mínimos esfuerzos son los que pueden traer la victoria definitiva…

-Así habla la novia de Harry Potter –asintió, satisfecho.

No me atreví a corregirle que no era la novia de Harry. Cada vez que alguien lo mencionaba, la garganta se me secaba y podía sentir la amargura corroer mi lengua. Sin embargo, mis palabras lo animaron, como si necesitara que le confirmara mi posición. Y no iba a arruinar su repentino fulgor de valentía cuando prosiguió:

-He pensado que el Ejército de Dumbledore debería volver –anunció. Su voz sonaba segura, pero sus ojos me decían todo lo contrario. La idea parecía haberla pensado hacía mucho y no sabía cómo iba a tomarla-. No hay nadie que haga frente a las represalias de los mortífagos. Estamos a su merced… -explicó, y miró en dirección al fuego, pensativo-. Alguien debe, al menos, traer esperanzas.

-¿Quieres hacer una resistencia literalmente?

-Exacto –me miró-. Comprendo que no quieras ayudarme, pero quiero que lo sepas. Ya no soporto estar de brazos cruzados cuando podríamos alzar la voz, reclamar desde las sombras y ayudar a los débiles. Tenemos que salir adelante, no estancarnos en la mierda que Snape esparce por el castillo.

Mi madre me había repetido hasta el cansancio que no me involucrara en nada peligroso, y mi padre me advirtió lo mismo con su elocuente mirada. Fred y George fueron más allá e hicieron una lista de cosas que no tenía que hacer mientras estuviera en Hogwarts. Y Bill, antes de la cena de navidad, me hizo jurar que trataría de pasar inadvertida a mi regreso.

Aún así, ¿cómo apagar el deseo que empezaba a arder en mi pecho de unirme a la causa de Neville? Si me quedaba de brazos cruzados, nadie haría nada. Había muchos cobardes en el castillo, y no sólo eso, sino que todos temíamos por nuestras vidas. Revelarse contra los mortífagos era más que valentía: era temeridad. Un acto arriesgado, prácticamente se llamaba a la muerte.

En todas las causas se necesitaba mártires o extremistas que expresarán la preocupación colectiva…

-Por casi un año completo viví bajo el control de Voldemort –Neville no tembló por la mención de aquel despreciable ser, pero sus ojos se abrieron sorprendidos por mi manera directa de hablar-. Fue un infierno. No quiero que nadie más sienta lo que…

La risa de Tom Riddle resonó en mi cabeza, tal como en mi pesadilla horas atrás. Sus ojos oscuros me miraban con asco y burla, señalando mi condición. Me encontraba en el suelo, sin poder mover siquiera un dedo. En el techo veía unas tuberías oxidadas y mohosas. Traté de levantarme, y con mi inútil movimiento, algunos pelos mojados se me pegaron al rostro.

-Niña idiota –dijo, pegándome en la pierna-. Gracias a ti haré que Harry Potter muera aquí mismo. Gracias por llevarme a él…

Neville me miraba, preocupado. Traté de sacar aquella mezcla de la pesadilla y de mis recuerdos, para poder retomar el hilo de lo que decía:

-No quiero que nadie más sienta eso. No quiero que nuestro mundo esté bajo el mando de aquel asesino.

-¿Eso quiere decir que…?

-Que estoy contigo, Neville –afirmé, regocijándome con el calor que se expandía desde mi pecho hasta todo el cuerpo-. Los mortífagos tendrán que enfrentar el retorno del Ejército de Dumbledore.

Aquella noche elucubramos muchos planes, pero a la vez precauciones. Por primera vez íbamos a jugar con la muerte, porque si nos descubrían en el acto, no tendríamos oportunidad alguna de escapar. Él me preguntó si realmente estaba segura de querer eso, y yo le dije que sabía de las consecuencias. Y pensaba aceptarlas todas con tal de aportar con un pequeño granito de arena en la causa más importante que podría tener en toda mi vida.

Embriagados del espíritu luchador, decidimos dar una pequeña muestra de lo que sería una amenaza para el completo reinado del terror en Hogwarts.

-Debo irme –anuncié, una vez que llegábamos a la sala común-. Hoy es el gran partido.

-Ganaremos, Ginny –me abrazó, y supe al instante que en esa frase se refería más que al quidditch propiamente como tal.

En la puerta del Gran Comedor rezaban las palabras escritas con carbón:

"Muerte a los mortífagos y larga vida al fénix".

Mientras llegaba a mi habitación, supe que desde aquel momento todo sería distinto. Pero nunca podría haber adivinado el torbellino en el que se transformaría mi vida.


N/A: Neville ha vuelto, Ginny saca su lado rebelde y la resistencia se ha materializado. ¿Mucho, no?

Ya queda poco para terminar el fic. Estamos entrando en la recta final… No saben cuánto he soñado en decir eso. Parece una eternidad desde que empecé el fic xD. Y todavía no me creo que ustedes lo lean. En especial, por mis demoras. Muchas gracias, chicas.

Nota cortita. Tengo examen el miércoles en la uni y no he estudiado nada.

Besotes, chau.