Capítulo dieciocho: Agridulce victoria
El golpe de Zabini a la puerta de su casillero no fue capaz de hacer decaer mi sonrisa ni por un milisegundo.
-Snape ordenó una caza masiva –anunció con amargura.
Volteé la cabeza para verlo, y me dio un poco de pena. Su rostro estaba pálido de tanto tensar sus músculos. La rabia parecía consumirlo, claramente. Con la mirada perdida, apretaba el borde de la puerta del casillero.
Qué estúpido, pensé volviendo a darle la espalda. Era muy obvio quién era una de las responsables. Y lo habría sospechado mucho antes de tener una charla urgente con la directiva cuando en al alba Filch corrió hacia el dormitorio de Snape para anunciarle el acto de vandalismo. Sólo personas muy imbéciles se podrían atrever a burlarse del nuevo régimen…
-¿Y qué pasaría si no tiene a los imbéciles que hicieron eso? –preguntó Goyle, con voz soñolienta.
-Los atraparemos –respondió mordazmente Zabini-, a menos que quieras conservar tu grotesco rostro, Goyle –un silencio incómodo se apoderó del vestuario, y luego escuché unos pasos-. Tal vez te verías mejor con cicatrices, tuerto y sin dientes. Al menos nadie se daría cuenta de lo idiota que eres solo con mirarte. De hecho, huirán de ti al ver a un hombrecillo deforme, que apenas podrá moverse y hablar…
Había avanzado hasta Goyle, y podría jurar que estaba haciendo uso del poco autocontrol que le quedaba para no tomarlo por el cuello del uniforme y zamarrearlo. Todos estaban pegados a las puertas de sus casilleros, observando estupefactos la reacción de Zabini. Incluido yo mismo. En todos los años que fuimos cercanos, nunca demostraba sus emociones tan impulsivamente. Normalmente él era el que me decía que me controlara cuando empezaba a formular insultos generados por la rabia del momento.
Goyle asintió, lentamente. Parecía tener miedo de decir o hacer algo más, y una expresión de profundo alivio se asomó por sus poros cuando Zabini le dio la espalda y volvió a su casillero al otro lado de la habitación.
-Es por eso que si tienen alguna información, me la dirán. Y hoy haremos sufrir a los Gryffindor, ya que alguno de mis pobres diablos que escribió el mensaje debe ser de esa casa... Los destruiremos de tal forma, que todos en este puto colegio sabrán que nadie se mete con nosotros.
-Se metieron con Snape y el resto. No con nosotros –puntualicé. Él me miró encolerizado-. Técnicamente, claro está.
-¿Tienes algún problema, Malfoy?
-Sí –respondí, sabiendo que esto podría traer serias consecuencias-. Puede que a nosotros nos torturen una semana completa por no conseguir a los responsables, pero tú eres el que tendrá el rostro deformado… Después de todo eres el jefe del grupo, ¿no? Y nosotros seguimos tus órdenes, no tenemos por qué pensar o analizar la situación.
Zabini sonrió, y lo único que se podía oír era el bullicio de las personas llenando en estadio.
-Tienes suerte que en quince minutos más juguemos –dijo antes de sacar guardar su camisa en el casillero.
Lo sabía, por eso lo dije. Lo conocía bastante bien para imaginar que no me daría ninguna represalia por mis dichos luego del partido. Estaría ebrio por la victoria o el haber perdido, así que en ambos casos su rabia momentánea disminuiría gracias al alcohol y en los días siguientes me trataría con la misma frialdad de siempre.
Pude sacar una conclusión del extraño epílogo al partido: Goyle tenía razón. Weasley era demasiado imbécil por desafiar de esa manera a los mortífagos.
Minutos antes de salir de los vestuarios, Zabini no dijo nada. Gracias a los eventos anteriores, todos teníamos bastante claro que debíamos dar nuestro mejor esfuerzo para ganar. Aunque eso significara infringir varias reglas del juego…
Al salir de los vestuarios, el aire fresco me despertó como de una pesadilla. Me di cuenta que por fin iba a volar. Nunca me había gustado realmente, pero había pasado buenos momentos en el paso por este deporte. No sabía si era nostalgia o alegría, sin embargo, el corazón comenzó a latirme más rápido que nunca.
Llamaron primero al equipo de Gryffindor. Cada nombre pronunciado quedaba oculto bajo una ola de gritos, aplausos y cánticos típicos de la casa de los leones. Me percaté que cuando anunciaron a Ginny Weasley como buscadora, los aplausos se intensificaron. La última integrante del clan Weasley jugaría uno de sus últimos partidos, dando fin a una enorme generación de la familia. La mayoría de ellos estuvieron involucrados en el quidditch, y quizás por eso recibía tanto apoyo. Pero también podía deberse al hecho que la chica era bastante popular.
No importaba pensar en el inmenso respaldo que tenía, me dije apretando la escoba entre mis manos. Volvería a jugar, y por primera vez me esforzaría en ganar. No buscaba la aprobación de mi padre ni el de mis compañeros de casa. Ésta sería la primera ocasión en que buscaba ganar por mí mismo. Para seguir disfrutando de un deporte que me parecía absurdo, pero que ahora era lo único que me permitía despejar mi cabeza del Señor Oscuro, la Marca Tenebrosa, mortífagos, asesinatos, confabulaciones, y más. Solo pensaría en volar, en esquivar bludgers, y en tomar la snitch.
-Si no ganamos será tu culpa –Zabini se plantó frente a mí-. No me importa que tengas que golpear a la chica Weasley, pero quiero que le refreguemos en la cara a todo esta escuela que nadie se mete con Slytherin.
Slytherin era solo una manera para decir que nadie se metía con él, Blaise Zabini. Los eventos como el mensaje en la pared del vestíbulo iban a seguir repitiéndose, y el que tenía el peso de encontrar a los culpables y castigarlos, era él. Este partido no era simplemente por la copa, sino una demostración de su orgullo en peligro.
Nuestros nombres empezaron a ser nombrados, y Zabini se elevó por los cielos. Le seguí poco después, con una extraña emoción embargándome el alma.
Fuimos recibidos con aplausos moderados y algunos gritos, proveniente en su exclusividad por parte de nuestra misma casa. Las otras casas aplaudían por miedo, seguramente. Incluso los Gryffindor lo hacían en silencio, cuando en oportunidades anteriores lanzaban insultos y abucheos.
En el palco reservado a los docentes, había una clara línea divisoria entre la parte superior e inferior: en el sector elevado se encontraban Snape, los hermanos Carrow, Yaxley, y otras personas allegadas al nuevo régimen; mientras que en la parte inferior del palco, la figura de la profesora McGonagall, Flitwick, Sprout, Sinistra, y los demás que seguían firmes en resistirse ante el Señor Oscuro.
-¿Listos? –la voz del comentarista resonó-. Capitanes, se les llama a ubicarse en el centro para el saludo oficial. Equipos hacer favor de tomar posiciones.
Me ubiqué junto a Crabbe y Goyle.
Zabini le tendió la mano a Weasley, y ésta permaneció seria mientras la observaba. Hubo un incómodo silencio. Miré hacia el palco, y los Carrow se ponían de pie, con movimientos acalorados. Volví a centrarme en los capitanes y deseé que Weasley no fuera tan estúpida, que le diera la mano y empezara el partido de una buena vez.
-¿Qué pasa, Weasley? –escuché que preguntaba Zabini-. ¿Quieres morir en cinco minutos más?
Como única respuesta obtuvo la gélida mirada de la chica, y luego de unos segundos más, aceptó la mano, dándole un rápido y tenso apretón.
Sentí como el cuerpo dejaba de temblarme, y estaba seguro que más de la mitad de los presentes también se aliviaban al notar que no habría ningún incidente. No al menos por el momento.
El silbato repicó y catorce personas montadas en escobas nos esparcimos por el estadio. Traté de no fijarme demasiado en lo que hacían mis compañeros ni los Gryffindor, puesto que eso me había traído muchas distracciones en los juegos pasados. Solo debía concentrarme en seguir la snitch y en esquivar cualquier bludger que me quisiera golpear.
Al cabo de tres minutos, una bludger casi me bota de la escoba. Por fortuna, me percaté de algo rojo que me seguía; giré la cabeza y vi la bola dirigirse hacía mí velozmente. La esquivé cargando mi peso hacia la derecha y alcé la escoba, para subir un poco de altura.
-Buena esquivada, Malfoy.
Un destello rojo me cegó por una fracción de segundo, y cuando pude recuperar la vista, tuve a Weasley a escasos centímetros de mi rostro.
Tenía muchas pecas en las mejillas, pero las de la nariz eran más pequeñas y apiñadas. Sus pestañas eran tan pelirrojas como las de su pelo; sin embargo, eran curvas y largas, no como su pelo, que era lacio. Y bajo sus enormes ojos castaños, había delgadas, casi imperceptibles, sombras moradas. Las había tratado de camuflar con maquilla o algún encantamiento, pero no eran totalmente invisibles.
Me sentí perturbado al darme cuenta que pude rescatar todos esos detalles en menos de un segundo. Lo que parecía haber sido una eternidad, solo fue aquella pequeña porción de tiempo.
El rostro de Weasley rápidamente estaba a mi lado, y su cuerpo inclinado hacia adelante. Y me costó atribuir todo ello a que la snitch estaba sobre mi hombro, y ella había estado muy cerca de atraparla.
-Creí que la poca comunicación con tu equipo nos harían más fácil la victoria –miró hacia uno de los golpeadores de su equipo. Seguramente había visto la snitch cerca de mí, y para evitar que yo lo hiciera, le había dicho que me lanzara una bludger-, pero parece que tienes habilidades escondidas para el quidditch. ¿Por qué no las usaste en todos estos años?
La respuesta era bastante simple, pero me quedé en silencio. La rabia empezó a brotar en mi pecho y se extendió por todo el cuerpo, haciéndome temblar.
-Por un tiempo pensé que eras inteligente, Weasley, mas me doy cuenta que estaba equivocado –miré sus ojeras, y ella pareció darse cuenta inmediatamente de qué le hablaba. Se llevó una mano bajo sus ojos y su sonrisa flaqueó hasta convertirse en una mueca-. Te advertí que no fueras imbécil y te mantuvieras fuera de peligro.
-Tengo que hacerlo, Malfoy –contestó, con la voz quebrada. No por tristeza, sino por repentina pasión-. Esto es lo que quiero hacer.
-¿Qué te asesinen? ¿Quieres morir a manos de un inmundo mortífago?
-Quiero luchar, quiero ser la resistencia –dijo, antes de volver a sumergirse en el juego y volar, hacia un punto que realmente no me interesaba.
¿Cómo alguien podía ser tan poco precavido? ¿Y a la vez tan testaruda? Weasley me desesperaba. Su actitud llena de valerosidad no era más que una estúpida y reprochable muestra de temeridad. Esto no se trataba de un juego, no cuando el Señor Oscuro estaba de por medio. Podría salir fácilmente herida, como mínimo. Muerta, sería la respuesta más a apropiada a su reciente vida de rebelde revolucionaria.
Zabini se me acercó y preguntó qué rayos me pasaba. Le ignoré, y empecé a dar vueltas sobre el estadio. Generalmente no tenía ganas de tratar con él, pero mi humor me decía que si no me alejaba, terminaría por explotar y estropear todo el trabajo realizado hasta el momento. No podía permitirme arruinar la oportunidad de sabotear los planes de los mortífagos en Hogwarts por un arrebato de rabia. Rabia producto de la insensatez de Ginny Weasley. Qué absurdo sonaba al ponerlo de aquella manera…
Gryffindor se mantuvo ganando todo el tiempo, pero no por muchos puntos. De una manera sorprendente, Slytherin parecía estar jugando mejor de lo habitual y tenía una defensa más sólida que en los años anteriores. Por mucho que me costara admitirlo, se debía a los entrenamientos especiales que Zabini le dio a los golpeadores y guardián. Podría ser un bastardo traidor y pedante, pero tenía buenas ideas para el equipo.
En dos ocasiones vi la snitch y me lancé a su caza, y en ambas terminé perdiéndola. Weasley no iba conmigo, sino que permanecía observándome a la distancia, casi con burla.
No entendí el porqué hasta que pensé en mi inútil estrategia para atrapar la pequeña esfera dorada. Me abalanzaba sobre ella, sin pensar que de un momento a otro podía cambiar su rumbo de vuelo; y como iba a tal velocidad, en picada a ella, no alcanzaría a seguirla y terminaría con la mano extendida en vano.
Y fue entonces cuando sonreí, casi solté una risa por primera vez desde hacía días. ¡Cuatro años como buscador y recién me daba cuenta de ello! Con razón siempre me la quitaban. Pensaba tanto en tener la snitch, que no me fijaba en ella. No anticipaba el movimiento de sus alas ni el pequeño balanceó que daba cuando iba a tomar otra dirección o altura.
Me quedé flotando en un lugar. Debía esperar el momento justo para perseguir la snitch, y eso podía demorar desde unos segundos hasta varias horas.
Por primera vez oí al público. Normalmente gritaban eufóricos, con sus cánticos y vítores; pero ahora se encontraban casi en silencio. Solo lanzaban ciertos gritos cuando una bludger golpeaba a alguien o el guardián salvaba el aro de la quaffle. La única excepción eran los goles, que se celebraban con la intensidad usual. Ni el sentimiento de libertad y diversión que transmitía el quidditch podía superar el ambiente tenso que invadía Hogwarts desde que los mortífagos se habían establecido en el poder.
La snitch estaba revoloteando cerca de las tribunas de Ravenclaw. Seguí su recorrido. Parecía que volaría eternamente describiendo círculos por aquella zona, pero sabía que de repente, se iría hacia otro lugar. Y estaba en lo cierto, ya que poco después cayó hasta rozar el pasto y se dirigió hacia la zona de los aros que Gryffindor protegía.
Comencé a seguirla lentamente, casi como si volara sin rumbo alguno. Divisé a Weasley al otro lado del estadio, haciendo lo mismo. Ya no debía estar riéndose por mi carencia de táctica, sino que me tomaba como un rival digno de competir.
Nunca me había sentido tan bien sobre una escoba. La sensación podía resultar dolorosa luego de un largo partido, pero en el presente me hacía sentirme la persona más afortunada del mundo. Mis problemas parecían quedarse en el suelo, pisoteados cuando me elevé hacia el cielo. Aunque no me resultaba más fácil aplacar la rabia que tenía con Weasley. El hecho de estar en el partido me detenía de zarandearla y amarrarla con magia negra, con tal que no siguiera arriesgando su vida.
Cuando la esfera dorada empezó a batir sus alas con más frecuencia y fuerza, supe que empezaría a cobrar altura. ¡Era mi oportunidad para atraparla!
Me incliné hacia delante y la escoba empezó a tomar velocidad. Las figuras a mi alrededor comenzaron a hacerse difusas, lo único que no era borroso era la snitch que, tal como anticipaba, volaba cada vez más alto.
De repente, todo se hizo vertiginoso. Estaba atrapado en un torbellino con pintas rojas y otras motas de colores difusas. Luego me di cuenta que lo rojo era Weasley, pegada a mi lado, tratando de evitar que llevara la delantera. Sentía su pelo golpear mi nuca, y por un momento creí que su coleta iba a deshacerse y me impediría la visión, pero no fue así. Y de haberlo sido, nada habría impedido que tuviera en la mira a la snitch. No perdía detalle del batir de sus alas, de su inclinación, y la manera en que los débiles rayos del sol que penetraban a través de las densas nubes, rebotaban sobre la estructura esférica.
La idea de haber hecho esto por años para obtener la aprobación de mi padre me resultaba ridícula, también así haber pensado perder el juego para demostrarle a Zabini que era un golpe bajo intimidar a las personas sobre el despertar de la resistencia con un partido de quidditch.
¿Cómo iba a perder si la snitch la tenía tan cerca? Sus alas rozaban la yema de mis dedos.
De repente, vi que Weasley se detuvo y ya no la tenía a mi lado. Disminuí la velocidad y volteé la cabeza, preguntándome qué le pasaba. En su rostro había una expresión indescifrable, como si no supiera si reír o llorar, gritar o quedarse en silencio. Fue entonces cuando me di cuenta del por qué…
-¡Draco Malfoy ha atrapado la snitch! –la voz del comentarista anunció neutralmente-. Eso hace que Slytherin sume un total de 500 puntos, ganándole a Gryffindor contra sus 410 puntos.
Los aplausos me envolvieron en una especie de burbuja, donde empezaban a rebotar y se hacían cada vez más estrepitosos. Alcé la mano, mostrando la snitch entre mis dedos, y me encontré luciendo una gran sonrisa. ¡Nunca había logrado atraparla! ¡Slytherin nunca había ganado gracias a mí hasta ahora!
Desde aquel instante todo sucedió demasiado rápido como para ser conciente de lo que hacía y donde me encontraba. Unas manos se aferraron a mí y el equipo me felicitaba, inclusive Zabini, quien me dio unas palmadas en la espalda y reía eufórico. Luego de bajar hacia el pasto y poner los pies sobre tierra, me llevaron hacia los vestidores para cambiarme de ropa. En el camino hacia el lugar, me quitaron la snitch para guardarla. No supe cómo conseguí quitarme el uniforme de quidditch, ducharme y calzarme la ropa de escuela normal; porque todos me hablaban, se ufanaban de lo bien que habíamos jugado y un extraño buen humor reinaba. Seguramente así debían ser los vestidores en el resto de los equipos, porque solían ganar más partidos que nosotros.
La sala común estaba atiborrada de gente, todos pertenecientes a la casa de las serpientes. Las cervezas de mantequilla se repartían como si allí mismo se embotellaran y alguien había encantado un toca discos para que tocara las canciones de moda.
Cuando llegué, me recibieron con aplausos y sonrisas, lo cual me hizo sentirme confundido. Hacía menos de dos horas era un completo paria, y ahora me consideraban uno de los suyos. ¿Cuán hipócritas podían llegar a ser?
Soporté estoicamente los halagos que personas que me ignoraban y repudiaban me daban. Me ofrecían sus reservas de whiskey de fuego y otros licores fuertes, pero me negaba con toda la cortesía que podía. Las ganas de huir aumentaban con cada segundo. Debí haber pensado mejor si quería ganar o no, porque si perdíamos, seguiría siendo odiado y no tendría que tratar con este séquito de lame culos. Me daban asco.
Desde el otro lado de la sala común, divisé a Pansy Parkinson. Conversaba con Zabini, y nuestras miradas se encontraron. Me sonrió con timidez.
-Buen juego, Draco.
Astoria Greengrass estaba a mi lado, sirviéndose jugo de naranja en un vaso.
-Gracias –dije automáticamente. Los monosílabos los tenía memorizados.
-Vaya, luces terrible –se inclinó, observándome la cara-. Estás pálido. ¿Te sientes bien?
-Siempre he sido pálido…
-Pero ahora pareciera que vas a vomitar –apuntó, divertida. No pude evitar sonreír. De alguna manera siempre conseguía hacerme sentir un poco mejor-. Para haber sido el héroe del día, no te ves contento. Imagino que no te sientes a gusto con toda la atención recibida, ¿no?
Una vez creí haberle mencionado que me gustaba permanecer al margen de todo luego de lo ocurrido con Dumbledore. Le advertí que desde el Señor Oscuro hasta los vendedores ambulantes del callejón Diagon son seres cínicos, de los que había que aprender a manipular. Un día te aman, y al siguiente te detestan. Por eso había que controlar las emociones, pero nunca traicionar a tus superiores. Mentirle al Señor Oscuro era una invitación a la muerte segura, le dije como primera regla para unirse a los mortífagos.
La miré sorprendido. ¿Acaso recordaba aquello? Hablábamos de mucho en nuestros recorridos nocturnos a través del castillo, especialmente de las características que debía tener alguien para llegar a tener la Marca Tenebrosa.
-Si quieres irte, te cubro –dijo en voz baja. Sus labios apenas se movían, por lo que aparentaba que estaba en silencio-. No creo que duden de tu ausencia si les digo que fuiste a prepararme una sorpresa o algo así.
No lo pensé dos veces. Sabía que Astoria era de confianza; lo podía ver en su mirada. Veía en ellos sinceridad y fidelidad, como si yo fuera alguna especie de maestro para ella. Además, no se atrevería a traicionarme sabiendo que era cercano a su hermana. Astoria admiraba fervientemente a Daphne, y quería seguir sus pasos. Nunca me había dicho por qué quería unirse a los mortífagos, pero sabía que el hecho que su figura a seguir lo estuviera tenía en gran parte la respuesta.
Me escabullí caminando por los bordes de la sala, sin que nadie se percatara de mi presencia con todo el escándalo de la fiesta.
En el pasillo, muy cerca de la entrada, algunos grupos conversaban y bebían tranquilos. Os fantasmas y retratos de la zona nunca nos delataban por tener alcohol o hacer fiestas, de hecho, se contagiaban el espíritu festivo diciendo que no todo era estudio en la escuela.
Zabini estaba hablando con Daphne y Goyle, alejados del resto. El primero lucía molesto, y hablaba atropelladamente mientras Daphne solo asentía. No cedí ante la curiosidad, puesto que si se trataba de un asunto de la Brigada Inquisitorial, nos lo haría saber pronto. Tampoco estaba demasiado interesado en saber los líos privados de Zabini, así que escapé del sector Slytherin con presteza.
El castillo estaba bajo un silencio sepulcral. Ni los murmullos fantasmas o maullidos de la gata de Filch se escuchaban a lo lejos. Generalmente era así, por el toque de queda; pero tenía la sensación que ahora había una gran cuota de tristeza en la forzada calma Hogwarts. Si Gryffindor hubiera ganado, el resto de casas sentirían que no estaban gobernados absolutamente por el nuevo régimen; pero no fue así. Por primera vez en años, Slytherin le ganó a los leones, sus más grandes rivales, y era prácticamente como si los mortífagos obtuvieran la victoria y restregaran en la cara de todos que ellos tenían el poder.
Tal vez se podía encontrar en silencio, pero una figura bajando las escaleras me llamó la atención. Sus pisadas no hacían ruido, de seguro por un encantamiento silenciador bien realizado.
La seguí con recelo. No sabía qué decirle o cómo enfrentarla. Y no únicamente por el partido, sino por el nuevo panorama que se cernía sobre todos.
-Debería entregarte a los Carrow por salir en el toque de queda –dije mientras cerraba la puerta del aula vacía. Era la misma donde la había encontrado un día después del revuelo causado por la desaparición de Trelawney. La misma donde de alguna u otra manera, habíamos sellado una extraña alianza-. ¿Qué haces, Weasley?
Se encontraba junto a la ventana, con la mirada perdida en los jardines. No se giró para observarme, pero al parecer sabía que se trataba de mí cuando llegué al lugar. Tal vez me había visto, tal vez no. Podía haber supuesto que escaparía de la renovada atención de Slytherin, y que eventualmente terminaríamos reuniéndonos… porque nuestras caminos se estaban entrecruzando lo quisiéramos o no.
Bajo su túnica, sacó una botella y me la ofreció:
-Emborrachándome. ¿Qué más podría hacer? –lanzó una pequeña risa sorna. Era cerveza de mantequilla, por lo que en realidad no se emborracharía-. ¿Quieres?
-Me encantaría –dije, después de un largo rato.
La noche estaba muy oscura y sombría. Nubes de lluvia ocultaban la escasa luz lunar, aportándole largos trazos negros al Bosque Prohibido, haciéndolo lucir más tenebroso de lo que podía llegar a ser. Y entre todo el silencio, se escuchó el aullido de un lobo. Un aullido penoso, como si estuviera pidiendo ayuda a la nada, porque no tenía manada y ninguna criatura se le acercaría a socorrerlo.
-Neville liberó a unos niños de segundo de Hufflepuff durante el partido –anunció, aunque en su voz había una gota de preocupación. Destapé la botella y la llevé a mis labios, sin probar la bebida-. Tenían moretones en los brazos y… sus espaldas…
La noche del día anterior, Goyle encontró a unos niños Hufflepuff saliendo de la biblioteca a las once de la noche. Llegó feliz, con el pecho inflado por las felicitaciones que recibió de Snape y los Carrow.
-Solo eran niños que querían terminar sus deberes de Transformaciones –sus manos apretaron la botella y me pregunté cómo resistía para no quebrarla en mil pedazos-. ¿Cuál es el problema de esta gente? ¿Qué mierda tiene Voldemort en la cabeza?
-Demencia de poder, supongo –respondí, antes de beber un sorbo. No me estremecí a la mención del nombre del Señor Oscuro-. Neville los rescató dejando inconciente a un mortífago, ¿verdad?
-A Yaxley, luego que éste viniera a revisar cómo estaban los niños.
Por eso Zabini estaba molesto. Había desparecido casi desde el inicio de la fiesta. Lo más probable es que lo hayan llamado para informarle del rescate de los niños y de cómo Yaxley había sido vencido. Ahora debía haberle dado expresas órdenes a Zabini de atrapar a los responsables, porque Longbottom podía ser despreciable, pero no estúpido. Debió haber hecho bien su trabajo: entrar al despacho de Snape sin que nadie lo viera, noquear a Yaxley y hacerle un hechizo desmemorizador. Longbottom había humillado a los mortífagos, y éstos iban a tomar medidas drásticas. No contra esos niños, porque sería admitir que tienen puntos débiles, sino contra toda la escuela para atrapar a la resistencia y acabar con ella.
No dije nada, ya que Weasley debía estar al tanto de todo esto. Nadie se involucra en amenazar el reinado del Señor Oscuro en Hogwarts sin tener pleno conocimiento de lo que pasa y lo que ocurrirá en el futuro cercano. Todo era un tablero de ajedrez. Había que tener las jugadas claras, las piezas bien dispuestas. Y, aunque a veces no lo pareciera, Weasley era una excelente jugadora.
-¿Te das cuenta que ya no puedes echarte hacia atrás? No hay huida, ya estás en esto –la miré directamente por primera vez que había entrado al aula abandonada.
Su perfil bañado por la escasa luz de la noche la hacía parecer casi irreal: su piel blanca parecía brillar como una perla, sus pecas pasaban desapercibidas y su pelo parecía más café que pelirrojo.
-Quiero estar en la resistencia –nuestros ojos se encontraron y tuve el extraño presentimiento que me iba a quedar pegado en sus pupilas por toda la eternidad-. No me importa que me critiques, Malfoy, porque también estás en la resistencia. Oficial o extraoficialmente.
El apellido Malfoy ya no significaba nada para mí. Los mortífagos solo eran unos imbéciles que seguían a un ser controlado por la ansía de poder y de matanza… Era como si mi existencia los últimos años hubiera sido una completa mentira, y que mi verdadera función era intimar en este grotesco grupo para rescatar información valiosa. Información que podía servirle a Weasley y Longbottom para evitar que heridas y moretones en la espalda dieran paso a cadáveres cubriendo los pasillos de Hogwarts.
Soy parte de la resistencia, pensé con sorpresa. Pero algo se infló en mi pecho, algo cálido que me hizo sentirme orgulloso de mí mismo por la decisión tomada.
-Muy buen partido. Nunca te había visto jugar como un verdadero buscador –alzó la botella-. Felicidades, Malfoy.
Las chocamos y bebimos, en un silencioso, pero agradable brindis.
No estaba del todo seguro si habíamos ganado por mí o por Weasley. Ella se desenvolvía muchísimo mejor que yo en el quidditch, y que le hubiera ganado me parecía sumamente raro. Me avergonzaba el solo hecho de pensar que la victoria fue regalada, que ella al último minuto decidió darme la oportunidad de tener la snitch en mis manos por primera vez.
No pude seguir pensando en ello, porque sombras flotantes aparecieron en los jardines y captaron nuestra atención: dementores.
Los tiempos oscuros recién estaban comenzando. La presencia de dementores solo podía significar que los mortífagos se sentían amenazados, y necesitaban llamarlos para reafirmar su autoridad.
Volví a beber cerveza de mantequilla, y la garganta me quemaba mientras tragaba el brebaje.
Nos quedamos hasta el amanecer con Weasley observando los jardines de Hogwarts, conversando de repente sobre los planes que tenía la resistencia para hacerse más fuerte y seguir en secreto.
La cerveza de mantequilla no era lo que me quemaba, sino el sabor de la victoria. El de la agridulce victoria. Slytherin había ganado el partido, pero los demás habían perdido más que la posibilidad de ganar la copa de las casas.
Hogwarts entero había perdido la libertad. Los dementores iban a quitar cada grano de esperanza que permaneciera en nuestros corazones, hasta que la idea de un futuro sin el Señor Oscuro quedara marchitada por el gélido aliento de estas criaturas.
N/A: Siempre vengo con excusas. La universidad ha devorado casi todo mi tiempo libre, y la verdad es que cuando podía y tenía ganas de escribir, lo menos que se me apetecía era escribir este fic. Supongo que últimamente he estado más propensa a la comedia estos meses. Lo siento muchísimo la demora, me doy vergüenza y entiendo que nadie lea este capítulo.
Como en el capítulo pasado no hubo muchas escenas Draco/Ginny, opté por dar un montón aquí. Bueno, preferentemente al término… En especial porque la conversación es importante para el final del fic.
Muchas gracias por los reviews. ¡No puedo creer que ya tenga tantos! Y si todavía hay alguna alma que lee esto, que me deje alguno. Sus opiniones siempre son importantes.
Trataré de buscar la manera de animarme a seguir escribiendo. Trataré de buscar películas de aventura o algo así, para inspirarme…
Saludos, chau.
