Capítulo diecinueve: La fuente de las Mazmorras
Aquella noche con Malfoy marcó una nueva etapa en el oscuro periodo que se vivía en la escuela: los dementores.
A pesar de ser domingo, se nos informó que debíamos almorzar todos a las una en punto. Snape explicó que, como se habrían dado cuenta, habría dementores custodiando los alrededores de Hogwarts para reforzar la seguridad. Una oleada de escepticismo y miedo recorrió el Gran Comedor, pero no se escuchó ningún murmullo o se vieron cabezas moverse para intercambiar miradas significativas entre los estudiantes. El director agregó que cualquier acto rebelde era una falta que manchaba el prestigioso emblema de la escuela y que era motivo de severas consecuencias, entre ellas la expulsión definitiva.
-¿Nadie sabe, verdad? –pregunté, tomando a Neville su bufanda.
Todos salían del Gran Comedor casi pisándose los talones. La mayoría parecía no haber probado bocado alguno, porque usualmente el lugar quedaba casi vacío luego de una hora.
-No vuelvas a hacer eso, podrías ahogarme –se ajustó la bufanda, mirándome severamente-. La leyenda ha cobrado vida, pero no el nombre del héroe –dijo, cambiando el semblante a uno enigmático.
-Merlín, mira tu cara. ¿Quieres un monumento de tu persona bañado en oro?
-Qué graciosa –enarcó las cejas y le saqué la lengua.
La leyenda de los misteriosos salvadores de la libertad corría más rápido que las bromas de Peeves hechas a un desprevenido de primer año. Thomas Meester había salido ileso de lo que podría ser el acto más traumático de su vida. El pequeño rubio de ojos saltones regresó a su sala común de Hufflepuff la tarde anterior sin ningún rasguño, solo con los ojos más grandes de lo habitual, producto de lo que él describiría como "tener la mejor suerte del planeta". En un principio se negó a contar lo sucedido, pero le reveló a sus amigos que alguien se enfrento a Yaxley y lo salvó. No dijo su nombre, porque debía ser un secreto. Sin embargo, no importaba la identidad del héroe. Desde la mañana en los pasillos se esparció la historia, en boca de estudiantes, fantasmas, pinturas, y, seguramente, de profesores.
¿Cuán amenazados debían sentirse Snape y su séquito? Esa pregunta rondó por nuestras cabezas por los siguientes días.
No volvimos a salvar a personas de tortura, ya que era demasiado peligroso. En especial si la mayoría cedía a las presiones de los mortífagos y terminarían revelando nuestros nombres. Ninguno era una gran amenaza, pensé un día en vez de atender lo que decía el profesor Binns. No al menos en el sentido literario de la palabra. Sonaría poco modesto, pero la que mejor usaba su varita era yo, y aún así los Carrow podrían matarme en menos de dos segundos. Y la motivación y la mente planeadora de Neville no podían ser suficientes para asustar a personas que habían soportado al mismísimo Voldemort por tantos años.
-Debe haber algo más… -dijo Neville una tarde. Suspiró y se sentó con pesadez en el sillón-. La verdad es que no los entiendo.
Sus palabras sonaban vacías, en cambio su tono dejaba entrever algo distinto a lo que decía. El orgullo y la satisfacción brillaban por saberse responsable de haber despertado el nerviosismo de los mortífagos. Y ningún ejército de dementores, vampiros, gigantes, hombres lobo y cuanta criatura estuviera de su lado, lo harían arrepentirse de haber tomado la decisión de revivir al Ejército de Dumbledore.
La intriga de la presencia de los dementores me asediaba con recurrencia, pero no me carcomía por completo. Últimamente pensaba más sobre las mazmorras, específicamente la parte de las celdas.
Existían, no podía ser de otro modo. No solo porque 'Hogwarts, una historia' mostraba las celdas en un mapa, sino también porque un lugar para encerrar a los prisioneros era infaltable en cualquier edificación de gran tamaño en los tiempos antiguos. Un castillo debía contar con celdas.
A veces maldecía que fuera tan riesgoso dar una visita a la Sección Prohibida de la biblioteca. La fuente al final de las mazmorras era la clave para acceder a las celdas, pero no tenía idea de cómo podía activarla. Debía ser magia muy poderosa o antiquísima. En ninguno de las decenas de libros en la zona de Encantamientos o Defensa Contra las Artes Oscuras hacía mención a mantener cerrado y oculto una habitación.
-Podrías empezar a escribir, Ginny. McGonagall no dará un nuevo plazo para entregar la redacción –dijo Michelle, sacándome de mis cavilaciones una tarde.
La miró. La chica me sonrió, mientras la punta de su pluma volvía a rasgar el papel.
Nunca me lo diría con palabras, pero estaba preocupada. No sabía si ella estaba al tanto que Neville y yo éramos los responsables de la resistencia, mas lo sospechaba. Desde aquel día en que me confesó que temía por mi seguridad, Michelle trataba de no hacer mención a la guerra ni al oscuro panorama de Hogwarts. Pero a menudo trataba de distraerme cuando me sumergía en mis cavilaciones, como hacía un minuto atrás, o me observaba detenidamente, estudiándola. ¿Qué pensaría? Ella era un punto ajeno a todo. No había tenido contacto con Harry ni tampoco formó parte del ED, por lo que podía ver el asunto de una perspectiva distinta. Me reprendí mentalmente por pensar en eso. Lo que menos quería era involucrarla. Mientras solo fueran Neville y yo, los demás estarían a salvo.
Una tarde encontré un paquete en el fondo de mi baúl. No recordaba qué era hasta que me vino a la mente una imagen: Luna entregándomelo. La boca se me secó y agradecí a Merlín que la garganta se me oprimiera, así no podría hacer ningún ruido que delatara mis deseos de llorar. Era mi regalo de navidad. Me hizo prometer que no lo abriría antes. Mientras lo guardaba en el fondo del baúl, me reía diciéndole que me sentía dolida por su falta de confianza.
Las manos me temblaron cuando lo abrió. Se trataba de una caja delgada envuelta en papel café. Al levantar la tapa, un hermoso colgante con forma de luna -creciente o menguante- apareció.
-Me gustaría algo que te protegiera de las mayorías de las criaturas invisibles –me dijo una vez-. ¿Sabías que la mayoría ama la noche? Pero por alguna extraña razón temen a la luz de la luna –hablaba con mucha seriedad. Entonces comenté que quizás por eso le costaba tanto encontrar nargles-. No sé si considerar mi nombre bueno o malo… ¿A ti te gusta?
-No te quedaría otro nombre. Luna es perfecto para ti –respondí, resuelta.
-A mí también me gusta mucho Ginevra. Siempre he pensado en ti como una guerrera…
Me coloqué el colgante alrededor del cuello, bajo la blusa. A pesar de ser de plata, no le parecía frío al tacto. Debía tener algún encantamiento para que se adaptara a la temperatura corporal.
Actividades como escribir otro mensaje en la pared frente a la gárgola del despacho del director, y desarmar a Crabbe y Goyle cuando molestaban a unas niñas de tercer año sin razón alguna; fueron suficientes para mantenerme ocupada en el presente de Hogwarts y no lamentarme por mi amiga. Quería creer que se encontraba viva. Me sentía estúpida al pensar que estaría intacta, a salvo. No estaba en alguna isla disfrutando de vacaciones. La habían secuestrado mortífagos. Y solamente Merlín sabía qué rayos le hacían… Luna es la chica más fuerte que he conocido, me decía para tranquilizarme mientras tomaba la luna en su pecho, y seguirá con vida hasta que cumpla su sueño de viajar alrededor del mundo cazando mitos.
La respuesta a la fuente de las mazmorras me llegó de improviso.
Michelle y yo nos encaminábamos a la sala común luego de una tediosa hora de Pociones. Slughorn estaba nervioso con los mortífagos en la escuela, pero con la llegada de los dementores parecía enloquecerlo. Saltaba cuando alguien le hablaba por la espalda y repetía cada dos segundos que estuvieran callados, no tenían que disturbar el silencio del castillo con conversaciones banales.
Recordaba como si fuera la vida de alguien más las noches en el Club de las Eminencias. Ataviada con vestidos nuevos y maquillándome para verse acorde a las veladas, me sentía como una princesa. Aunque luego veía a Ron farfullando contra el club al día siguiente y debía darle en parte la razón: Slughorn nos elegía como objetos, según un criterio bastante cuestionable.
-Menos mal no tenemos clases hasta después del almuerzo –dijo Michelle, suspirando.
-Aún así no podremos descansar. Tenemos que… Oigan, cuidado.
Unos de primer año corrían y uno de ellos chocó contra mí.
-¡El que llegue último será el perro de todos por una semana! –espetó un niño a mis espaldas, seguramente iba a la punta de la pequeña manada.
-Lo-lo siento –dijo el chiquillo, mirándome apenado. Se escucharon ladridos y luego varias risas perderse por el pasillo.
-¿A qué clase van?
-Historia de la Magia.
-Cuando subas las escaleras, sigue derecho y luego doblas a la izquierda. Es el corredor con un gran reloj en la pared, ¿lo conoces? –él asintió-. Llegarás antes que ellos.
Unos hoyuelos aparecieron en las puntas de sus labios cuando me sonrió y agradeciéndome, corrió en la dirección que le di.
Michelle comentó que los niños eran un poco crueles. Era bastante humillante hacer carreras para llegar antes a clases y el último se convirtiera en el perro, el esclavo del resto.
-Pero también son muy tiernos. ¿Viste cómo te sonrió? Te has ganado un admirador de por vida.
Ya no la estaba escuchando, pero no pareció darse cuenta. Mientras seguíamos caminando, pensé en lo ocurrido: los niños ladraron, imitando a un perro. A corta edad, se les enseña los animales a los niños imitando los sonidos de éstos, y relacionándolos con sus imágenes. Para aprender qué era un perro; se le señalaba y se ladraba. Y el niño repetía.
Una fuente con una serpiente en las mazmorras de Slytherin. Salazar Slytherin había construido la Cámara de los Secretos en las profundidades del castillo, protegiendo su entrada por el lenguaje de las serpientes…
¿Cómo no lo vi antes?
-Disculpa, tengo que hacer algo.
Mi compañera me miró, extrañada. Antes ya había tenido que pedirle que me cubriera las espaldas mintiendo sobre mi paradero. Parecía entender que se trataba de una situación similar. No me preguntó qué era, al igual que la vez anterior.
-¿Nos vemos en el almuerzo?
-Sí.
-Te guardaré un puesto, entonces –asintió.
No esperé a que dijera nada más, sino que giré sobre las puntas de mis pies y corrí en la misma dirección de los niños.
Era solo una teoría, pero debía ser acertada. Claramente Slytherin iba a esconder todos sus secretos bajo la imagen de las serpientes. La entrada a la Cámara de los Secretos desde el baño de mujeres en el segundo estaba marcada por una pequeña serpiente alrededor de un grifo de los lavabos. Y la entrada misma estaba custodiada bajo una puerta rodeada por una serpiente metálica. En ambas oportunidades las había abierto hablando parsel, al igual que Harry.
Se escondió en el baño y buscó el galeón dentro del bolsillo interior de su túnica. Esperaba que Malfoy tuviera el otro consigo y estuviera solo, para que pudiera leer el lugar de encuentro.
Corrió hasta las escaleras. Hizo dos saltos muy peligrosos cuando éstas cambiaban de lugar. No tuvo tiempo de preocuparse en el caso que hubiera caído, ya que no podía perder ningún segundo en esperar a las malditas escaleras que se movían a su antojo.
Debía ser eficiente. No podía esperar a Malfoy en persona, porque me descubrirían. Desde la noche en que la persiguieron por esos lugares, estaba segura que habían puesto algún tipo de vigilancia; ya fuera de alguna persona, dementor o mágica.
Al llegar frente al tapiz de Barnabás el Chiflado, me apoyé en el alféizar de la ventana frente a éste. Dejé mi mochila en el suelo, y la abrí para sacar un pergamino y pluma.
"Ya sé cómo llegar a las celdas. Necesito flanquear la protección del castillo. Haz que eso ocurra".
Corté por la mitad el pergamino, y la parte no escrita la guardé junto con la pluma en la mochila. La colgué al hombre mientras doblaba por la mitad el mensaje. Miré hacia ambos lados, agudizando el oído. Nadie se aproximaba.
Luego, me dirigí a una familiar pared varios metros más adelante y caminé tres veces frente a ella, pensando en un lugar para esconder algo. Cuando la silueta de una puerta apareció ante mí, volví a cerciorarme que nadie me observaba. Nada.
El interior era un lugar desordenado y oscuro. Cientos de estantes dispuestos de manera laberíntica contenían diversos objetos. En el techo había varias jaulas vacías y la luz se colaba por alguna especie de atrapaluz escondido entre éstas.
Había estado una vez antes en ese lugar, y no podía creer todo lo que se encontraba oculto. Me pregunté cuántos años llevaban algunos objetos allí, sus dueños muertos hacía décadas…
Dejé el mensaje en una mesita polvorienta que resaltaba desde la entrada. Parecía árabe, a juzgar por su extraña forma y los desteñidos dibujos dorados en los bordes. Y para asegurarme que Malfoy lo encontrara, dejé mis guantes en el suelo. Los arreglé de tal manera que solo la parte de los dedos índice estaban extendidas y señalaban la mesa. Había tanto desorden que sería difícil pensar que estaban puestos premeditadamente, excepto por Malfoy. Él era muy observador.
Salí tan rápido como había llegado. La puerta de la Sala de los Menesteres empezó a difuminarse entre las piedras de la pared, hasta desaparecer por completo.
El plan hubiera sido perfecto si no hubiera sido porque al doblar la esquina, me encontré con Blaise Zabini.
Me miró con sorpresa, y luego el desprecio floreció en sus ojos.
-¿Qué haces aquí, Weasley? ¿Acaso te perdiste?
-No es de tu incumbencia –respondí a secas.
Di un paso hacia el lado, con intención de irme; pero él se acercó.
-Por tu bien, no te recomiendo que me hables así. En especial cuando no te creo nada.
Sentí mi varita en mi brazo, escondida bajo la blusa. La podría sacar con facilidad y noquearlo. Nunca había tratado con él tan de cerca, pero lo que le había contado Malfoy sobre él me hacía odiarlo. No solo estaba unido a Voldemort, sino que traicionó a su amigo. Se merecía que lo atacara. Sin embargo, no podía.
Tenía que mantener las apariencias…
-¿Acaso no tienes algo más importante qué hacer, Zabini? –retrocedí-. Buscaba la rana de Neville, ¿contento? Si quieres te incluyo en la patrulla de búsqueda. Parece que así usarías tu tiempo en algo mejor que preocuparte de lo que hago o no.
A juzgar por su mirada, no quería dejarme en paz, pero me creyó. Me dedicó un par de insultos antes de seguir caminando en dirección opuesta a la mía.
Le observé por encima del hombro. Me pareció extraño que no reparara en mi presencia, pero sentí una ola de alivio recorrer su cuerpo cuando pasó de largo frente a la Sala de los Menesteres.
El resto del día se me hizo una eternidad. Hice los deberes como una autómata y era incapaz de leer los libros de estudio para rendir los ÉXTASIS. Personalmente, me parecía bastante estúpido preocuparse de esos exámenes cuando lo más probable era que los mortífagos no fueran a considerar que mereciera vivir por haber obtenido buenos resultados en los ÉXTASIS.
Mientras recogía sus libros para guardarlos, Neville se me acercó:
-¿Quieres jugar ajedrez? –preguntó, mirando tentativamente la mesita con dos sillas junto una ventana de la sala común.
-Iré a mi cuarto a guardar esto –dije con parquedad.
Regresé en menos de un minuto, y vi a mi amigo esperándome con el tablero de ajedrez en la mesita.
El ajedrez nunca había sido mi juego favorito. Mi padre me había enseñado cuando tenía diez años, y sinceramente me aburría muchísimo tener que planear tanto para mover una insignificante pieza. Nunca lo había encontrado interesante, a diferencia de Ron. A él le brillaban los ojos cuando tocaba un alfil o un caballo.
-Asumo que solo jugar no está en tus planes… -mencioné, moviendo sin pensarlo mucho un alfil.
Neville no era un buen jugador, pero era mejor que yo. Comió mi alfil y una de sus piezas blancas estaba entrando en el territorio de mi ejército negro.
-Tengo que soportar varios insultos y burlas de otras casas. Estoy acostumbrado, ya no me siento mal por ello –dijo, quitando la vista del tablero y clavándome los ojos-. Pero me molesta cuando no sé lo despistado que soy por haber perdido a Trevor…
-¿Tuviste un encuentro con Zabini?
-Algo así. Tuve Transformaciones con Slytherin esta tarde.
-¿Y qué quieres que te diga? –pregunté, moviendo otra pieza. En menos de tres jugadas, mi reina corría serio peligro de ser devorada-. Tuve que salvar mi pellejo diciéndole aquello. No es gran cosa. Fue lo único que se me ocurrió para que me dejara tranquila.
-No es eso lo que me preocupa –tomó una de sus torres-. ¿Por qué le mentiste? ¿Dónde estabas? ¿Qué hacías?
Apenas me di cuenta que la torre había acabado con uno de mis caballos. Mi vista estaba fija en Neville y su mente estaba atando algunos cabos sueltos…
-No te lo diré, aunque me lo pidieras de buena manera –dije, frunciendo el ceño-. No trabajo para ti ni soy una de tus sirvientes.
-Quiero respuestas, Ginny. No puedes mentirme y-
-¿Y qué? –rugí, furiosa. Me incliné y bajé el tono de voz-. No eres mi superior ni nada parecido para exigirme esto. Mi vida no se basa simplemente en la resistencia o en las clases o en Harry. Hay muchos aspectos de los cuales no tienes el derecho de obligarme a decírtelos como si fueras una especie del señor de la guerra.
-Estamos en guerra –sonrió con ironía-. Jaque Mate.
Se puso de pie y me miró por unos segundos antes de retirarse.
-Bueno, lo estamos, pero hace tiempo ya no estamos en territorio de amistad –dije con la voz temblándome de cólera.
Él se quedó quieto, pero no se volteó a encararme. Su espalda fue lo único que podía observar y hasta agradecí a Merlín que fuera así. No sería capaz de tolerar alguna mirada herida u otra de sus órdenes. Últimamente Neville parecía ser otra persona. La guerra cambiaba a las personas, eso era cierto; pero no las convertía en extraños. Mi amigo se había tomado demasiado en serio la tarea de planear los pasos de la resistencia. En el último tiempo empezaba a trabajar solo, sin decirme siquiera qué haríamos. Me lo informaba después, como si recién cuando lo buscaba se acordara de mi existencia.
Neville volvió a caminar y salió por el agujero de la sala común. Me quedé un largo rato observando el tablero. Mi gran odio por la guerra parecía haber aumentado en una cantidad considerable…
Fue entonces cuando en mi pecho sentí arder el galeón. Lo saqué con premura, leyendo los números y letras del borde.
El corredor estaba vacío. Casi nadie solía caminar por allí, excepto para acortar camino para llegar a Transformaciones. Y ya era casi hora de la cena, por lo que era poco probable que alguien me descubriera entrando en la Sala de los Menesteres.
Mis guantes estaban encima de la mesita árabe. Había una nota encima de ellos.
Estaba demasiado ansiosa por leerla como para pensar en la decepción que me causó no ver a Malfoy. Por un instante creí que tendríamos una pequeña reunión para conversar mi descubrimiento y el plan a seguir.
Tomé el pequeño pedazo de pergamino y lo leí:
"Después de la cena gran espectáculo".
¿Qué iba a hacer? ¿Acaso esa misma noche iríamos a las celdas?
Llegué al Gran Comedor con el corazón latiéndome muy rápido. Michelle me miró con extrañeza, ya que estaba demasiado inquieta. Pedía la bandeja con patatas, luego decía que no y pedía la de arroz. No comí prácticamente nada. El estómago se me revolvía de emoción.
Divisé a Malfoy sentado junto a Daphne Greengrass al otro extremo del Gran Comedor. Involuntariamente me estremecí al recordar cuando la chica descubrió que Malfoy me protegía la noche de la cacería de brujas. Nunca supe cómo Malfoy logró que ella no nos delatara, en especial cuando él no poseía nada de valor para otorgarle…
Unos estridentes ruidos alejaron mis preocupaciones. Parpadeé varias veces y dirigí mis sentidos hacia el lugar donde provenía el alboroto.
En la mesa de Slytherin, dos personas se levantaban mientras alzaban el tono de voz. Uno de ellos era Goyle, mientras que al otro solo lo reconocí como uno de quinto año.
-¡No tienes ningún derecho para hablarme así, tarado! –espetó el desconocido, sumiendo en silencio por completo al Gran Comedor.
-Te castigaré por ser una maldita rata estúpida. ¿Acaso te crees gran cosa? –contestó Goyle con voz burlona-. Quizás antes, sí. Pero ahora ve tu lugar, mocoso… Eres un-
-No me siento intimidado por una escoria como tú… Eres tan imbécil, que no me sorprendería encontrar rastros de sangre muggle en tu linaje.
-¡Insolente! –gritó Goyle, encolerizado-. ¡Sectusempra!
Goyle se sumió en un duelo con el desconocido, ocasionando los gritos de los más pequeños y el nerviosismo en los demás. El resultado fue obvio: en menos de dos segundos, el caos reinó en el Gran Comedor.
Algunos huyeron, despavoridos. Otros, especialmente los Slytherin, observaban imparciales la escena hasta que alguno de los hechizos alcanzaba el plato o la túnica de un espectador, y éste se unía a la batalla. Y mientras unos pocos se escondían bajo las mesas, los profesores no sabían qué hacer.
McGonagall tenía la boca crispada y todo el rostro tenso. Miraba con espanto todo lo que ocurría, y su semblante se tornó en uno de rabia cuando vio que los Carrow aprovechaban el desorden para enseñarse con cualquier estudiante que se les cruzaba por delante.
-Castigada por disturbar la calma en la cena, jovencita –Alecto Carrow le sonrió a una chica de Ravenclaw, que había tenido la mala suerte de haberse enredado con el dobladillo de la capa del mortífago en su intento de escapar del lugar.
Tenía mi varita en mano, lista para atacar a ese inmundo hombre cuando alguien me tomó de la mano.
Malfoy estaba de pie, detrás de mí. Sin decir nada, me soltó y empezó a correr hacia la puerta, teniendo cuidado de no toparse con ningún mortífago.
¡Ésa era la distracción! Había planeado armar una verdadera batalla en el Gran Comedor, que tardaría horas en solucionarse, para que pudiéramos ir a las mazmorras sin muchas dificultades.
Con todo el desorden, nadie notó que habíamos tenido contacto físico o que lo seguí casi al instante.
Lo encontré escondido detrás de una estatua, esperándome. Cuando llegué a su lado, comenzó nuevamente a correr y lo alcancé hasta que fuimos al mismo ritmo.
Atravesamos tres pasillos sin escuchar nada más que los gritos provenientes del Gran Comedor hasta que nos sumergimos en las mazmorras. El silencio empezó a hacerse presente, solo interrumpido por nuestras pisadas y nuestras respiraciones agitadas. Nunca antes había bajado tantas escaleras tan rápido como en aquella ocasión.
Al divisar el final, disminuí la velocidad y bajé de dos en dos los escalones restantes.
-¿Y ahora qué? –preguntó Malfoy. Había una nota irreconocible de ansiedad en su voz-. ¿Cómo entraremos?
Mis ojos se dirigieron a la serpiente enroscada en el pequeño pilar que sostenía la fuente. La respuesta había estado ante mí todo el tiempo…
Intenté responderle, pero la garganta se me oprimió. ¿Qué le diría? Sabía cómo abrirla, mas no era capaz de lograrlo. No sabía hablar parsel. Solo dos veces lo había escuchado: en un duelo entre Harry y Malfoy en primer año, cuando el primero intentaba deshacerse de una serpiente invocada por el segundo; y en labios de Voldemort. Técnicamente mis labios, pero estaba bajo su control por el diario.
-Weasley, respóndeme. ¿Lo sabes, verdad?
Aún así, había sido yo la que había abierto la Cámara de los Secretos. Un escalofrío me recorrió desde la cabeza la nuca hasta la punta de los pies ante la idea de recordar exactamente qué había hecho en los lapsus que estuve bajo el dominio de Voldemort.
-La puerta se abre con el idioma de las serpientes…
No lo miré directamente, pero percibí que el ambiente se tensaba y vi de reojo cómo sus ojos se abrían enormemente ante mi respuesta.
Inspiré y expiré profundamente, varias veces mientras miraba la cabeza de la serpiente. Su delgada y plana lengua, partida en dos en la punta, parecía que cobraría vida en cualquier momento para atacarme. Sus ojos pequeños resaltaban muchísimo a pesar que podían confundirse fácilmente con las escamas talladas a lo largo de todo el cuerpo.
Había querido olvidar las noches en que Voldemort tomaba el control de mi mente, obligándome a caminar, respirar y reír a su antojo. Fui su marioneta por mucho tiempo, casi un año completo. Y lo hice, lo bloqueé de mi memoria con largas noches de insomnio y esfuerzo personal. Sin embargo, hay algunos detalles que nunca se olvidan. Desde su cuidada caligrafía cuando me respondía mis infantiles confesiones en el diario hasta la sensación de placer que me hacía sentir cuando observaba a una de las víctimas del Basilisco…
-Ábrete, ahora. Llévame hacia el lugar que proteges.
Conocía el significado de las palabras, pero el eco que rebotaba era una serie de sonidos toscos y prácticamente desconocidos. Aunque no para mí. Voldemort me había hecho decir aquellas palabras para abrir la Cámara de los Secretos. Y jamás podría borrarlas, jamás por completo de mi cabeza.
La serpiente empezó a desenrollarse, como si quisiera caer de la fuente. Cuando se hubiera quedado en la base del artefacto, el suelo empezó a temblar ligeramente.
Retrocedí, asustada por lo que acababa de hacer y nerviosa por lo que comenzaría a ocurrir.
-Bien hecho, Weasley.
Malfoy seguía pálido, pero una sonrisa apareció en sus labios cuando pronunció mi nombre. Su rostro pareció iluminarse. Me dio seguridad.
-Gracias…
La fuente se había deslizado, mostrando que bajo ésta había una trampilla. Era pequeña y los bordes estaban llenos de telarañas, polvo y moho, quizás como producto del funcionamiento en antaño de la fuente.
Malfoy caminó hasta donde segundos antes había estado la fuente, y tomó la polvorienta argolla. Haciendo una mueca de asco, tiró de ella y abrió la trampilla.
Al acercarme, vi escaleras; aunque solo podía ver tres escalones con nitidez, porque más abajo, todo se sumía en sombras. Un rancio olor a humedad me hizo respingar.
Puse un pie sobre el primer escalón y miré a mi compañero.
-¿Miedo?
No le respondí. Por alguna razón, me sentía incapaz de mentirle. Me sentía como una idiota admitiéndole que estaba muerta de susto. Todo había sucedido a una velocidad vertiginosa y ahora me encontraba adentrándome en las celdas de Hogwarts… ¿Y si la trampilla nos llevaba a otro lugar? ¿Una fosa de cadáveres? ¿Una guarida de mortífagos?
Mis miedos se mitigaron cuando Malfoy me ofreció su mano y la tomé. Su mano estaba tan cálida como la mía, pensé mientras retomaba el descenso y Malfoy caminaba detrás de mí.
N/A: La verdad no sé qué decir. Traté de escribir todos los cabos sueltos que quedaban para poder hacer coherente el tramo final del fic, porque ninguna palabra desde el inicio ha sido escrita sin ninguna razón en especial. Ya verán por qué a medida que sigan leyendo.
Hacía tiempo no me sentía entusiasmada con el fic, y creo que gracias a este capítulo he vuelto a retomarlo en serio. Ya tengo fríamente calculado el siguiente, para evitar así largas demoras.
Ah, me gustaría aclarar que Ginny no sabe hablar parsel. Solamente creo que debido a la posesión de Voldemort, puede recordar las únicas palabras que dijo para abrir la entrada a la Cámara de los Secretos, porque lo hizo repetidas veces. Hay muchos detalles de aquel evento traumático que le serían imposibles olvidar del todo.
¡Muchísimas gracias por los reviews!
Y solo les puedo decir: prepárense para la acción.
Besotes, chau.
