Capítulo veinte: Fugitivos

Cerré la trampilla después que Weasley encendiera una pequeña luz con su varita. El pasadizo era muy angosto, porque a pesar que la luz era muy tenue, pude apreciar el moho, polvo y las telarañas asomándose por las piedras antiguas que formaban el lugar. Los escalones también estaban hechos de esta piedra, y con el moho y la suciedad, era muy fácil resbalarse, por lo que caminamos con mucha lentitud.

Se me hizo una eternidad la caminata. Los escalones no parecían acabarse. Pero me di cuenta que tenía esa idea porque me sentía claustrofóbico. Había poquísimo aire –la mayoría estaba cargado con el aroma del champú de Weasley-, y el ambiente era caluroso y un poco húmedo.

-No puedo imaginar que alguien hubiera estado por aquí en unos cientos de años –pensé en voz alta.

-Diría que sí. Al menos, supieron cubrir medianamente bien su presencia… Mira esto –dijo, apuntando con su varita hacia el lado.

En la pared se apreciaba una deformada marca de mano, como si alguien se hubiera apoyado para evitar caerse. Parecía reciente, porque solo tenía un poco de moho y estaba limpia de tierra.

-Y con toda la población arácnida por el lugar, sospecharía que habrían telarañas por todos lados –iluminó arriba de nuestras cabezas. Había en la parte superior, pero estaban cortadas y la mayoría de sus extensiones pegadas en la pared-. Definitivamente alguien estuvo por aquí hace no mucho.

-En mi defensa, tengo que decir que siento que moriré ahogado –mascullé, desabrochándome el botón del cuello de la camisa.

-Sí, claro –la escuché decir divertida.

Por fin la escalera terminó y llegamos a un minúsculo cuarto. Tenía el tamaño de un armario de escobas, pero estaba más sucio y descuidado que uno: las telarañas cubrían por completo los soportes enmohecidos que eran para colocar antorchas; en la parte derecha había un banco muy simple, roto por la mitad en la parte superior y envejecido. Pero lo que llamó mi atención fue lo que había junto a la puerta que se alzaba frente a nosotros.

-¿Aquí supuestamente se guardaban las llaves de las celdas? –preguntó Weasley, observando detenidamente el recipiente metálico oxidado.

Colocado en una posición muy cómoda para tomarlo si se estaba sentado en la banca, el solo hecho de ver el rústico emblema de una serpiente con un ave en su boca metálico me hizo estremecer.

-Somos magos. Decenas de hechizos y la creación de un conjuro son más poderosas que una simple llave para encerrar a los prisioneros… -me miró, con la confusión aflorando sin reparo en su rostro. Suspiré, sin saber cómo explicarle. De alguna extraña manera, Weasley despertaba en mí un sentimiento protector. Parecía una niña; pero no lo era. Me había dado sermones y pruebas que no era tan inocente como demostraba ser. Sin embargo, tener que contarle cómo los castillos de magos extralimitaban las costumbres muggle era un poco cruel-. Bueno… -volví a suspirar, pero esta vez de ansiedad. Quería cruzar la puerta y acabar con esta explicación-. Para intimidar a los cautivos, se les solía amputar alguna parte del cuerpo, dependiendo del crimen del que se les acusaba. En este recipiente se guardaban esas partes… ¿Puedes ver que está oxidado, a pesar que este lugar tiene poco oxígeno y no estamos cerca del mar?

El fondo del recipiente estaba negro, pero no de oxido. Seguramente el metal se había corroído con la carne en descomposición.

-De hecho, en la parte de atrás se puede ver que… –con las manos hice la mímica que levantaba el recipiente-… Tenía un nombre, pero no me acuerdo exactamente cuál… En fin, se toma esto y se les mostraba la mano, dedo, oreja, pie al prisionero. Se dice que era para que desesperaran y admitieran el crimen, y así recibir una muerte más justa que una decapitación muggle.

-¿Más justa? –preguntó, manteniendo la vista fija en el recipiente.

-Envenenamiento era la más usada. Se les añadía especias mortales al agua que les daban para mantenerlos vivos, y así fueran muriendo día a día… Aún así, recibían castigos como maldiciones, por lo que también eso los desgastaba –expliqué. Brevemente me estremecí, recordando cómo mi piel se abría producto de las maldiciones hechas por mi padre. Casi había olvidado aquel momento de mi vida-. No sé cómo llamamos a los muggle salvajes en este aspecto. Morir decapitado solo toma un segundo de sufrimiento, en cambio los nobles mágicos incentivaban la muerte lenta y dolorosa.

-Sangre limpia –dijo, sacándome de mis cavilaciones. Levantó la cabeza para mirarme-. Los nobles eran sangre limpia, no los disfraces con otro nombre.

Nos sumergimos en un incómodo silencio. No sabía qué decirle. El tema de la pureza de sangre era delicado para ambos. A pesar de ser sangre limpia, habíamos sido criados de maneras distintas: en mi familia la pureza de sangre era lo más preciado, mientras menos mancharan el árbol genealógico con sangre impura, más estatus te daba; en cambio, Weasley tenía indiferencia por la pureza, y si sentía algo, entonces era rabia por el elitismo y la discriminación que despertaba esta cualidad en mi círculo social…

Me sentí molesto por pensar en presente. Ya no quería pertenecer a los Malfoy, ni a los Black ni a ninguna otra familia de sangre pura. Porque aunque hubiera personas que se desenvolvían sin matar o iniciar guerras sin sentido, eran considerados traidores. Y yo era considerado uno.

Weasley caminó hasta la puerta la tocó, palmando con extremo cuidado la superficie raída y astillosa del material.

Su pelo se movió como una cascada cuando giró la cabeza para mirarme.

Lo único que tenía claro en aquel momento era que ambos teníamos miedo de encontrarnos con algo horrible allí dentro. Con dolor recordé que su mirada me transmitía el mismo temor que la de mi madre cuando vio la calavera del Señor Oscuro tatuada en mi brazo…

-Vamos –dije con voz quebrada, obligándome a asentir casi enseguida para reafirmar la respuesta.

Respiró profundamente, mientras imitaba mi gesto y se volvió para empujar la puerta.

La madera rasguñaba la piedra polvorienta del suelo, haciendo un ruido bastante molesto. Parecía también estar muy pesada, a juzgar por el grosor y los detalles de hierro como unos enormes clavos que asemejaban a estacas uniendo las tablas de la estructura.

Una vez abierta, me coloqué detrás de Weasley.

Era una cabeza más alto que ella, por lo que no tuve que hacer ningún esfuerzo para ver la nueva habitación abierta: las celdas.

Todo estaba construido por piedras, a excepción de unos barrotes de metal colocados de manera vertical muy cerca del contorno del lugar. Frente a nosotros, en el fondo, había dos pequeñas ventanas sin cristal, de estilo gótico.

-Necesitamos más luz –cuando oí a Weasley, me percaté que su respiración era irregular. La puerta tal vez era más pesada de lo que creía, pensé mientras acercaba mi mano hacia la misma; pero, de repente, la luz de la varita de Weasley se apagó y todo quedó a oscuras. Que fuera de noche no ayudaba tampoco a tener un poco de iluminación-. Fuego –invocó y una pequeña bola incandescente salió disparada hacia una pared.

-Buena idea –murmuré.

Encendió las cuatro antorchas que se encontraban en mejor estado, proveyendo una iluminación mucho mejor y así todo se veía con más detalle.

Obviando las arañas y la tierra acumulada por todos lados, lo que más destacaba era el emblema de la serpiente en las ocho celdas que había. La serpiente se enrollaba entre dos barrotes. Cuando me acerqué a la celda más cercana para examinarla mejor, me di cuenta que servía como candado, ya que los barrotes de los que se sujetaba tenían bisagras en la parte superior e inferior.

Debía estar protegido con un conjuro o magia antigua. Así también los barrotes, para evitar que cualquiera pudiera salir estando en su interior.

-No hay nada adentro –me giré y vi a Weasley caminar por el pequeño pasillo que formaban las celdas-. Solo grilletes… lo cual es sospechoso –llegó hasta el fondo y miró a través de la ventana-. Si han estado usando las celdas, debería haber señales que han estado encerrando gente aquí.

-No son estúpidos –contesté, pensativo-. Tienen que cubrir sus huellas. McGonagall y el resto de los profesores también son inteligentes… pero…

-Pero la perfección no existe –finalizó por mí, volteando-. Debe haber algo fuera de orden que los delate y nos diga qué hacen aquí. Y qué pasa con la gente... con la profesora Trelawney.

Volvió a caminar, observando cada celda. La imité, pero prestando más atención a las serpientes. Esta parte del castillo había sido obra de Salazar Slytherin y no era sorprendente que usara la criatura de su casa para darle más dramatismo y significado a las celdas, donde suponía que debía ser el lugar de castigo y tortura para los que no tenían la suficiente pureza de sangre en sus venas para merecer estar en la escuela.

Una serpiente en particular llamó mi atención:

-Weasley, ven.

-¿Has encontrado algo? –preguntó, llegando a mi lado, entusiasmada.

-Tal vez –señalé la serpiente-. No tiene polvo como las demás. Parece que han abierto esta celda antes –la miré-. ¿Crees que puedas abrirla?

Parpadeó, mientras su boca temblaba ligeramente. ¿De verdad esperaba que el candado en forma de serpiente se abriera de otra forma? Era lo más lógico. Al fundador de la casa de Slytherin le encantaba el idioma y pocos tenían el conocimiento de hablarlo, por lo que era un medio de seguridad ideal.

-Yo… no sé parsel –evadió mi mirada-. Solo sé de memoria lo que me obligaba a decir Voldemort para abrir la Cámara de los Secretos y las palabras para que el Basilisco atacara…

Nunca me había hablado del tema. Es decir, sabía lo que le había ocurrido porque mi padre me lo comentó el verano pasado, mientras me instruía en todos los movimientos que se habían hecho en los últimos años para que el Señor Oscuro retornara al poder. Desde que él permanecía vivo en el profesor Quirrell, hasta la trampa a Potter del Torneo de los Tres Magos con el fin de obtener su sangre y entregarle un nuevo cuerpo. Pero, escuchar lo de Weasley, en sus propias palabras era muy distinto.

Sin saber qué decir, le puse una mano en el hombro y ella saltó. Tenía mucho miedo, y estaba seguro que por el fantasma de diario más que por la situación riesgosa en la que nos habíamos involucrado.

Una sonrisa era insignificante para poder calmar sus nervios, pero al menos, para envalentonarla a actuar. Necesitábamos su memoria para poder abrir la celda y hacer este viaje algo provechoso, y no solo una potencial oportunidad de morir.

No hizo ningún gesto, mas en su mirada vi que haría el intento.

Su voz me producía escalofríos. Todo su tono cambiaba a uno más grave y tosco, como si su lengua estuviera atascada en la garganta. Y eso sumado al eco, me ponían la piel de gallina. Sentí erizarse los pelos de mi nuca ante aquellas desconocidas palabras.

La serpiente empezó a moverse, desenrollándose de un barrote y solo quedando colgada de uno.

-Gracias –susurré, abriendo la celda y ofrecerle entrar primero.

Me sonrió débilmente antes de dar un paso hacia adelante. En la garganta sentí un nudo formarse al notar sus ojos aguados.

La celda estaba más limpia de lo que se podría esperar para no haber sido usada desde siglos o nunca. Había polvo y telarañas, pero no en gran medida como en el resto del lugar.

En el suelo vi algo extraño. Me puse de cuclillas, examinando la variación de color de la piedra. Debía ser de un gris casi amarillento, como las demás, pero había mancha oscura casi invisible.

-Es sangre seca y que olvidaron de limpiar bien –observó Weasley, levemente doblada y con la cabeza sobre mi hombro derecho.

-No cubrieron tan bien sus huellas…

Nos miramos en un intenso silencio por un segundo. Sus labios estaban a la altura de mi nariz y algunos de sus cabellos me hacían cosquillas en la mejilla.

-Creo que sé de quién es la sangre –dijo, esta vez en voz baja. Sus ojos ya sin rastro del temor por tener que volver a desenterrar su experiencia con el diario maldito, me escrutaban con interés-. Mira esto –se quedó con la boca ligeramente abierta, como si quisiera decir algo más, pero no era conveniente y se irguió.

De mala gana me puse de pie. No sé por qué, pero me sentía muy molesto que se hubiera apartado tan repentinamente.

Había un par de grilletes abiertos y a pesar de verse gastados y llenos de moho, en el interior había unas pequeñas gotas de sangre.

-Trelawney debió haberse hecho heridas en los tobillos por la tierra enmohecida acumulada… Es como tocar una lija.

-¿Segura que se trataba de Trelawney? –pregunté.

-Sí. Estos son sus cabellos –recogió del suelo, muy cerca de los grilletes un par de cabellos canosos y muy largos-. Todavía huelen a incienso –los olió y me los acercó.

-Er, no, confío en tu sentido olfativo… -me recliné, alejándome de los cabellos. La idea de oler el pelo de Trelawney me daba asco-. Ya no está aquí. Se la han llevado.

-¿Estará con vida?

-No lo sé, pero… diría que sí –me miró, curiosa por la confianza en mi voz.

De no haber sido porque a ella se le ocurrió una idea, tendría que haber empezado a explicarle algo que involucraba a su noviecito, a san-cara-rajada-Potter, y la profecía que lo marcaría con el Señor Oscuro para hacernos estar en la situación en la que nos encontrábamos. Y la verdad es que me encontraba agradecido que así no fuera, porque cada vez que mencionaba a Potter, Weasley cambiaba por completo.

-Espera, ¿las celdas han sido usadas antes? –inquirió, ansiosa.

-No que yo sepa –busqué en mi cerebro la información que podía estar relacionada con prisioneros y tortura-. Sé que hubieron severos castigos en un principio cuando un hijo de muggles o sangres impuras entraban en Slytherin, pero hay un ensayo de Rowena Ravenclaw que apela a la estupidez de imponer la pureza de sangre por sobre una mente brillante, y se dice que ya no se castigaría más la cuna de donde se nacía. Fue un poco antes que Slytherin se fuera de Hogwarts… Si los fundadores estaban al tanto desde el principio sobre los castigos, dudo que hayan sido hechos aquí a modo de tortura. Ni siquiera aparece en los mapas oficiales de la escuela.

-Y Sirius Black estuvo prisionero en unas celdas acondicionadas… en una torre –señaló hacia arriba, haciendo evidente el hecho que estaban bastante lejos de las torres del castillo-. Entonces, ¿por qué ese contenedor estaba oxidado, como si se debiera a sangre?

Prácticamente corrimos hacia la entrada de las celdas.

Noté que era cierto. El metal estaba corroído por sangre, lo cual era muy extraño. La celda estaba casi limpia y exceptuando por la mancha de sangre en el suelo, se necesitaría litros para poder oxidar metal al punto de casi romper el fondo del recipiente.

Me incliné un poco, y vi que el contenedor estaba sujeto a la pared gracias a una pequeña bandeja que estaba adherida a ésta. La superficie de la bandeja estaba muy limpia. De hecho, había marcas con distinta cantidad de polvo, como si se hubiera sacado varias veces el recipiente hacía poco.

-Aquí se han depositado grandes cantidades de sangre. Repetidas veces, para que esté así –dije, sintiéndome aterrorizado ante esta revelación.

-¿Sangre fresca? –Weasley hizo una mueca de asco-. Me suena a vampiros…

Aunque el comentario había venido acompañado con un tono despreocupado, residía una gran verdad. Una horrorosa verdad.

Los vampiros casi nunca trataban con humanos. Ya era mal visto que criaturas que pudieran matar antes que un mago pudiera invocar un hechizo para protegerse, como Greyback, se unieran a ellos. Además de rebajarse a ser viles sirvientes de humanos, también negaban uno de los placeres más grandes que gozaban: disfrutar del sufrimiento de sus víctimas. Los hombres lobo obtenían humanos en bandeja de plata, que tan moribundos se encontraban de las torturas recibidas por tratar de resistirse al ataque de los mortífagos, que el veneno inmediatamente los convertía en licántropos.

Adivinar qué era lo que obtenían a cambio los vampiros con tal de apoyar al Señor Oscuro no era para nada difícil. No cuando los vampiros mordían a seleccionadas personas, las que para ellos eran una joya necesaria de tener para mantener una especie perfecta; por lo que no cualquier humano les servía.

-¿Crees que…?

-Maldito bastardo –masculló, con voz ahogada.

Su mirada se había oscurecido, y capté un tono acusatorio en sus palabras.

-Te juro que no lo sabía –escupí antes de pensar lo que decía-. Tal vez-

-¿Vas a intentar defenderlos? –inquirió-. ¡Están usándonos como alimento!

-No los voy a defender. Los vampiros además de ser seres terriblemente egoístas y traidores, son detestables…

Si tener contacto amigable con gigantes u hombres lobo era mal visto por la sociedad mágica, estar mordido o que un vampiro se alimente de la sangre de una persona es ml veces peor. Era un completo suicidio social. Hasta los más liberales y que protegían los derechos de todas las criaturas mágicas se apartarían de la persona relacionada con vampiros.

Antes de poder explicarle mi teoría de por qué había rastros de sangre para vampiros en aquel lugar, escuchamos un ruido que nos hizo callar abruptamente.

Definitivamente se trataban de pasos y personas hablando. Venían discutiendo, por la cantidad de blasfemias y el tono sofocado que llegaba como un eco lejano desde la escalera.

-¿Cómo nos encontraron? –Weasley parecía tener problemas para respirar.

-No sé, pero tenemos que huir ahora –entramos a las celdas, cerrando la pesada puerta-. Hagamos un hechizo y un encantamiento, para ganar más tiempo –dije, sacando mi varita.

-Yo buscaré si hay alguna trampilla o puerta oculta –asintió ella, desapareciendo tras de mí.

Teníamos poco tiempo para poder escapar.

Tratando de no dejarme dominar por los nervios, recité cuanto encantamiento y hechizo recordé para evitar que entraran con facilidad. Si se trataba de los Carrow o el mismísimo Snape, en breve llegarían a romperlos todos en una pequeña fracción de un minuto.

¿Hace cuánto estábamos aquí? ¿La distracción preparada en el Gran Comedor ya se había resuelto y se habían percatado de nuestra desaparición? ¿Quiénes serían lo que venían? Y lo más importante, ¿cómo sabían dónde buscarnos?

Me aproximé hasta Weasley, que estaba gateando en el suelo, tanteando con sus manos cada piedra con desesperación.

-No hay nada –me informó-. ¿Qué hacemos? En las celdas no creo que haya nada para escapar. Sería estúpido que los prisioneros pudieran huir.

Las voces se hicieron más cercanas y audibles producto que ya no llegaban con mucho eco.

-¡Ese niñato me las pagara!

Se trataba de Alecto Carrow, y a juzgar por la contestación de Yaxley, me di cuenta que no viviría si no salía de este lugar rápido.

-Si alguien me hubiera dicho que iba a morir junto a una Weasley… -empecé a decir, pero ella me calló-. ¿Qué haces allá? –volteé, confundido al notar que estaba caminando hacia la pared del fondo.

-Sacarnos de aquí –contestó, y levantó la varita-. Cúbrete los ojos.

-No me digas que piensas-

Finite Incantato!

Una parte de la pared explotó, saliendo una nube de humo con piedras disparadas hacia todos lados.

Me lancé al suelo inmediatamente, por instinto de supervivencia. Puse mis manos sobre la nuca y cerré fuertemente los ojos. Sentí pequeños pedazos de roca esparcirse sobre mí, sin hacerme daño alguno.

-Vamos, Malfoy. Ya están aquí –me apremió Weasley, tosiendo. Los ojos me ardían con el polvo. Me limpié el dorso de las manos en la túnica mientras me levantaba-. Apúrate.

-Nunca pensé que destruirías el castillo –comenté, entrecerrando los ojos.

Unos golpes me hicieron saltar: trataban de abrir la puerta.

Weasley me miró y luego se giró hacia el abismo que se abría ante nosotros. No se veía nada. Solo oscuridad hacia abajo. No estábamos bajo tierra, porque el cielo se abría ante nosotros como si estuviéramos en los jardines. Pero debíamos estar en un lugar cerca de la tierra, porque las mazmorras llegaban hasta uno de los niveles más bajos del lago…

Alecto Carrow gritaba los hechizos correctos para desmantelar mis pobres protecciones. Entrarían en menos de quince segundos.

No me di cuenta quién le tomó la mano a quién, pero me encontré flexionando rodillas y salté al vacío con los dedos de Weasley aferrándose a los míos con aprehensión.

A medida que la tenue luz de las antorchas de las celdas quedaba arriba, la ansiosa mirada de mi compañera se hicieron invisibles ante la oscuridad y aparecieron los gritos coléricos de Yaxley maldiciendo nuestra existencia.

De repente, me estaba ahogando y no podía gritar.


N/A: La acción no es lo mío. Trato de evitarla a toda costa, y aquí lo he dejado casi al final del capítulo. Lo sé, soy pésima. En especial porque lo llené de información y de preguntas sin respuesta. Solo habrá hipótesis.

Lo de los vampiros fue algo que tuve que mencionar. Digo, ¿qué beneficio tendrían ellos apoyando a Voldemort? Sangre, ¿no? Porque siempre he pensado que no cualquier persona serviría para ser convertida en vampiro. Además, que tengo varías teorías de por qué la sangre de los jóvenes puede resultar más apetitosa para ellos… (Advertencia: no soy una loca por los vampiros, gracias).

¡Muchas gracias por leer! Y también por los reviews.

Hasta la siguiente entrega.

¡Saludos, chau!