Capítulo veintiuno: Expecto Patronus
Cuando analicé mentalmente la estructura del castillo y me di cuenta que las celdas debían hallarse a pocos centímetros sobre el nivel del lago, era en el momento menos indicado: trataba de nadar hacia la superficie, pero el peso de la túnica me lo impedía.
Desesperada, empecé a sacármela, así como también de la bufanda que me ahorcaba. Lo último no sirvió de nada, ya que llevaba tanto tiempo bajo el agua, que me ahogaba con o sin ella estrangulándome el cuello.
Cerré los ojos e hice un último intento. Si moría esa noche, entonces debía irme de este mundo con la conciencia tranquila de que hice todos los esfuerzos para poder vivir. Lo único que nos quedaba en plena guerra, era la esperanza de la vida; y no podía renegarla por haber apelado a conocer lo que verdaderamente ocurría en Hogwarts.
El golpe de aire llenó mis pulmones de improviso; haciéndome un tanto dolorosa, pero placentera la tarea de respirar.
Me froté los ojos. La luz era precaria; solo las antorchas que encendimos en las celdas iluminaban el lugar. Pero estaba tan alerta por los eventos anteriormente ocurridos que pude examinar con detalle que todavía no nos veían. Yaxley gritaba encolerizado en el agujero que había abierto, y otra larga sombra se movía con avidez reptando por las paredes. Seguramente la oscuridad que nos otorgaba la infraestructura del lago nos ayudaba a pasar desapercibidos: habíamos caído en una zona angosta y cerca de nosotros se abría uno de los puentes que conectaban la planta baja del castillo con los invernaderos.
Fue entonces cuando me di cuenta que todavía no veía a Malfoy.
Empecé a girar, moviendo los brazos para ayudarme a hacerlo con más rapidez, y solo las ondas producidas por mi movimiento perturbaban la superficie del agua.
-¿Malfoy? –susurré, nerviosa.
Las dudas respecto a si sabía nadar quedaron olvidadas cuando un chapoteo llamó mi atención. Una respiración entrecortada y dificultosa se dejó escuchar.
Debe ser él, pensé nadando hasta donde provenía el alboroto.
Malfoy se encontraba apoyado en el borde de un bote. De hecho, estaba lleno de botes. El pequeño canal que formaba esa parte del lago se extendía y un techo aparecía cubriendo decenas de botes.
-Aquí guardan los botes donde traen a los de primer año…
-¿Casi muero ahogado y te preocupas de los botes?
Había una mezcla de ironía, diversión, incredulidad y molestia en su voz. Lo que me llamó la atención fue las dos primeras. ¿Draco Malfoy podía usar un recurso literario tan común entre la gente normal y usarlo para reafirmar la entretención que le causaba mi descubrimiento de los botes?
-Vamos, tenemos que salir de aquí –tocó uno de hombros y me empujó levemente, obligándome a nadar.
Tenía mucha razón. Debíamos movernos, porque los mortífagos ya debían haber avisado que estábamos fuera del castillo. Quedarnos aquí, sería prácticamente firmar nuestra sentencia de muerte.
Nos pegamos a la mohosa pared tras la eterna fila de botes. Mientras nadábamos hacia un destino desconocido, me fijé en que la pared que nos protegía de dejarnos a la simple vista de cualquiera, era del ala sur del castillo. Si mi mapa mental de Hogwarts no se había distorsionado con la adrenalina que corría por mis venas, saldríamos a la parte más ancha del lago.
-¿Cuánto crees que demoren en empezar a buscarnos? –pregunté, esperando que cuando saliéramos a la extensión máxima del lago, nadie nos viera-. Vamos a salir al lago. Nos pueden ver con facilidad. Y nos rodearían desde toda la orilla… Estaríamos perdidos…
-Para ser tan valiente, Weasley, eres demasiado miedosa –se quejó. Sospeché que sonreía mientras decía esto-. Lo tengo todo bajo control. Necesitamos llegar bajo el otro puente que conecta las partes del castillo –dijo, mirándome por sobre el hombro.
-No puedo creer que dependa de tus ideas, Malfoy.
Lo único que recibí a modo de contestación fue la vista de su nuca. No esperaba a dijera algo, de todos modos. Él también debía sentirse así: dos personas que por creencias y convicciones de sangre, se aborrecían, quedaban atrapadas en una situación mortal. Vida o muerte. O mejor dicho, muerte o muerte. Porque si nos lográbamos entrar al castillo y fingir que nunca habíamos salido de él o roto alguna regla; nos quitarían el alivio y los deseos de vivir. Con tortura, maldiciones, terror psicológico, usando a los dementores…
Después del verano, creí que no querer vivir. Era tan solo una chica insignificante en una gran guerra. En cualquier momento podrían matar a mi familia o amigos. A Harry. Y no podría hacer nada para impedirlo. El futuro se veía desalentador; más nombres de personas conocidas rellenando el obituario de "El Profeta", noticias de secuestros y ataques a familias inocentes, disturbios en el mundo muggle, asesinatos a las pocas personas valientes y con una gran influencia en el mundo mágico. Era como si todos desaparecieran a mi alrededor, y observara sus cadáveres tendidos en el suelo, recordándome lo inútil que eran mis deseos de luchar contra el régimen de Voldemort.
Ahora, quería luchar. Abrí los ojos. Podía ser inútil e insignificante, los mortífagos me matarían en menos de un segundo. Pero me iría de este mundo con la convicción de haber hecho lo correcto: pelear por salvar nuestra sociedad de la injusticia y la muerte.
-Bien, ven aquí –llegamos al otro puente que unía partes del castillo separadas por un pequeño tramo de lago. Malfoy se movió hasta la base que sostenía el puente de arco en la entrada de la torre de Adivinación-. Espero que funcione…
-El agua no afecta a la varita –dije, viendo cómo sacaba la varita, emergiendo desde el agua.
Invocó un encantamiento ilusionador, y otro para que no hiciéramos ruido al nadar.
-Aunque los dementores serán los únicos que podrán vernos, es mejor que nada.
-Tenemos que tener cuidado con ellos. ¿Sabes realizar el hechizo Patronus?
A juzgar por la mirada que me dio, la respuesta era un rotundo no.
-No me digas que tú sabes.
-Pues… -Malfoy enarcó las cejas y sonrió, con incredulidad-. Mientras tus amiguitos y tú nos hacían la vida imposible, nosotros hacíamos algo realmente productivo –expliqué, repentinamente orgullosa de revelarle una pequeña parte de aquellos maravillosos días en Hogwarts-. Harry nos enseñó de todo para combatir.
-¿También les enseñó a ser idiotas? –preguntó, empezando a nadar.
Ignoré momentáneamente lo último. Ya habíamos entrado a la zona más peligrosa: la parte abierta del lago. Estábamos completamente a la vista de cualquiera, y nos podían rodear en todos los ángulos posibles; ya que ésta era la parte del lago que daba hacia los jardines.
El castillo se veía tranquilo, aunque no debía ser así en el interior. Por los pasillos, los mortífagos seguramente se movilizaban para buscarnos, produciendo un ambiente de caos. Nadie había conseguido burlar el sistema de vigilancia. Y menos probable que ocurriera bajo las rondas de la reformada Brigada Inquisitorial, mortífagos recién o próximamente iniciados, con las maldiciones imperdonables en los labios, listos para demostrar su lealtad a Voldemort.
De repente, me dieron escalofríos. Me costaba moverme y agradecí que Malfoy estuviera adelante, dándome la espalda. No quería que me viera así. Después de la conversación sobre las actividades del Ejército de Dumbledore, por un segundo me sentí hablando con el Malfoy de antaño. El que se burlaría de mi familia y amigos, para luego llamar a su grupo de estúpidos amiguitos para darme mi merecido por existir.
-Bien, llegamos a salvo –dijo, poniéndose de pie cuando quedaba menos de dos metros para llegar a la orilla. Me dio la mano, ayudándome a llegar más rápido a pisar tierra firme-. Primera parte completada. Ahora tenemos que…
-Correr.
-¿Por qué? –preguntó, confundido-. Tenemos que ir al castillo, Weasley.
-No, mira –señalé hacia la cabaña de Hagrid-. Hay que correr ahora mismo.
Un grupo de tres personas estaban caminando alrededor de la cabaña del guardabosque. Iban con antorchas en la mano y se habían percatado de sombras ajenas a ellos a las orillas del lago. No podían ver nuestros cuerpos, pero nuestras sombras larguiruchas, producto de la luz de la luna, se expandían bajo nuestro sin ningún miedo.
-¡Miren, ahí! –gritó uno.
-Podríamos perfectamente ir al castillo.
-Sí, con esos cinco dementores cuidando la entrada –repuse, con ironía-. Vamos, Malfoy. Llévanos a la muerte inminente.
-Eres tan-
Cualquier insulto que iba lanzarme, quedó en su boca, porque los hombres nos reconocieron y desenfundaron sus varitas. Un rayo rojo llegó a menos de un metro de mi pecho, chocando contra una roca y haciéndola mil pedazos.
-¡Hay que huir!
Lo tomé por la manga de la túnica y empezamos a correr.
Nos adentramos en el Bosque Prohibido, saltando las enormes raíces de los árboles y sumergiéndonos en una niebla tan espesa, que luego de un rato, ya no podía ver distinguir mis propias manos.
Aún así, seguimos corriendo, sorteando árboles y rocas sin saber cómo.
Malfoy se quitó la túnica. El peso mojado de ésta, le impedía movilizarse con facilidad. Mientras, aproveché de tomar mi varita y estar preparada para lanzar un encantamiento escudo. En cualquier momento podría salir algún mortífago, que nos había seguido o pensó que podríamos llegar a este lugar. Después de todo, el lugar más evidente para esconderse en los terrenos, era el Bosque Prohibido. Los peligros y el miedo del lugar, lo hacían perfecto para huir y despistar al enemigo.
-Creo… -empecé a reducir la velocidad-. Creo… creo…
-¿Qué ocurre, Weasley? –Malfoy volvió para ver qué me pasaba-. ¿Te heriste o qué?
-No, no es eso –dije, tratando de controlar la respiración-. Creo que nos alejamos lo suficiente. Si nos adentramos más, no sería seguro.
-Como si esto fuera seguro –dijo, mirando hacia todos lados. La niebla ya no era tan espesa, pero no había desaparecido. Aproximaba que podíamos ver unos ocho metros a la redonda, mientras que luego de esa distancia, los árboles se transformaban en sombras hasta los más lejanos esconderse tras la nube grisácea-. En cualquier momento, un maldito centauro viene y nos mata.
-No puedo creer que seas tan prejuicioso con ellos –escupí, dando un paso hacia atrás-. Son buenas criaturas, ¿sabes? Además, nosotros invadimos su bosque.
-Oh, ¿acaso eres amante de ellos? –preguntó, entrecerrando los ojos. Se acercó a mí, cada vez con el semblante más serio-. Para tu información, Potter los obligó a atacarme en nuestro primer año.
¿Acaso hablaba en serio?
-Mentiroso. Los centauros lo salvaron de Quirrell alimentándose de los unicornios, después que tú corrieras como un marica asustado –escupí, enojada-. Y en primer lugar, me refería a que no nos atacarían porque le temen a los dementores. No deben haber salido de su nicho durante meses desde que esas cosas están deambulando por toda la escuela –expliqué, apuntándolo con mi varita. La miró, nervioso-. Así que lo único que pone en peligro tu mentiroso pellejo, soy yo. Ten cuidado con lo que dices, Malfoy –le advertí, antes de darme media vuelta.
Caminé hasta el árbol más cercano. En el Bosque Prohibido, todos los árboles tenían enormes raíces que emergían desde la tierra como verdaderas extensiones del tronco, siendo anchas y muy firmes.
Me senté en la más alta, apenas tuve que saltar y pude posicionarme sin mayores esfuerzos.
Estábamos libres de los centauros, pero no de los hombres lobo. Remus Lupin nos había explicado una noche del verano antes de cuarto año (el mismo en el que la Orden del Fénix volvió a formarse), que en el bosque vivía una colonia de ellos. No podía asegurar cuántos eran, ya que en los periodos que se perdía por el bosque eran los de su primer año, cuando aún Dumbledore no le ofrecía la Casa de los Gritos, y no tenía recuerdos de aquellas transformaciones llenas de irracionalidad y efervescencia de la prepubertad. Según nos dijo, habitaban en la parte más periférica, evitando toparse con los centauros y unicornios; pero se alimentaban de las demás criaturas existentes.
Sin centauros por aquí, los hombres lobo tenían la completa libertad de transitar por este sector del bosque.
Traté de aproximar en qué parte nos hallábamos exactamente, pero me era imposible. Había corrido sin pensar, huyendo por mi vida. Además, nunca antes había estado en el Bosque Prohibido. A juzgar por las descripciones que Harry y Hermione me habían hecho, nos habíamos adentrado bastante. Podíamos estar a la mitad o un poco más allá de ésta, más cerca del límite de los terrenos de Hogwarts. Más cerca de los licántropos salvajes.
-No te tomes a mal lo que dije de tu novio, Weasley.
La piel se me puso de gallina al sentir su voz tan cerca. Volteé el rostro y lo encontré de pie, a mi lado.
No pude evitar sonreír. Ésa era su manera de pedir disculpas.
-Estoy pensando en cómo defendernos de los hombres lobos, no deprimiéndome por tu discurso de nena celosa –dije, entrecerrando los ojos y golpeándolo levemente en el brazo co mi hombro izquierdo. Él me miró, sorprendido por esto último-. Lo que no entiendo, es por qué te refieres así de Harry.
-¿Dijiste hombres lobo? –preguntó, convenientemente alarmado. No sabía si de verdad le preocupaba eso o no quería tener esta conversación.
-Sí. Los centauros los mantienen alejados con sus armas. Sin ellos y en la parte más profunda del bosque –abrí los brazos, señalando a nuestro alrededor-, hay una gran posibilidad que vengan.
-Bueno, los licántropos salvajes no se rigen por la luna llena –su rostro cobró un aire de arrogancia casi palpable. Así que de esta forma actuaba Malfoy en clases, cuando respondía algo que sabía a la perfección. Ron y Hermione solían imitarlo en la sala común, la última recalcando lo estúpido que lucía-. Pero las fases de la luna son vitales en su vida. Tal como en luna llena están en su mejor estado, en luna nueva –miró hacia arriba. Las frondosas copas apenas dejaban un pedazo de cielo visible- es el peor. Por eso en luna llena cazan y se cortejan, mientras que en luna nueva hibernan, por decirlo así.
Una pequeña porción de la luna nueva se podía ver. Era casi traslúcida, y no había nubes o niebla que hicieran pensar que se tratara de una luna llena camuflada tras éstas.
-Genial –suspiré, aliviada-. Un problema menos… ¿Y en dónde íbamos? Ah, sí. Entiendo que no te caiga bien Harry, pero menospreciarlo o tratar de engañarme con eso de los centauros, es… es volver a ser el antiguo tú –lo miré, curiosa por la manera en que evitaba que nuestras miradas se cruzaran.
-Deberíamos volver. Cambiemos un poco nuestro trayecto, así los despistamos –propuso, empezando a caminar.
Me bajé de un salto y lo seguí sin decir nada.
Nos alejábamos de manera curva de la línea recta en la que habíamos venido. Era un buen plan. Si entraban a seguirnos, podríamos escondernos y atacar con mayores posibilidades de salir vivos.
-Acepto que me he comportado injustamente con Potter, la san… Granger y tu hermano –dijo, disminuyendo el paso y posicionándose a mi lado. No lo miré ni hice ningún gesto que indicara que le prestaba atención. Sabía que si lo hacía, dejaría de hablar. Le resultaba difícil todo lo referente a aceptar sus errores o demostrar sentimientos-. En la mayoría de las veces, me comporté como un imbécil. Incluso contigo –hizo una prolongada pausa. Hojas secas se quebraron bajo nuestros pies-. Pero ellos… Nunca serán mis personas favoritas.
-¿Por qué? –pregunté, sin entender y lo miré-. Están luchando por nosotros, por el mundo mágico. Arriesgan sus vidas con las mayores posibilidades de fracasar, por la mínima oportunidad de ganar.
Una débil sonrisa se dibujó en su rostro y me sentí pequeña e ignorante a su lado.
-Se puede respetar a las personas sin necesidad de tenerles aprecio –dijo, lentamente. Dimos varios pasos, antes de seguir:-. Lo que dijiste es verdad, se arriesgan para salvarnos del Señor Oscuro. Y eso es realmente admirable, valiente y muy Gryffindor de su parte. No puedo discutirte nada al respecto. Sin embargo, Potter con sus amigos se creen los reyes del mundo. Tal vez tu hermano no sea así, pero le gusta recibir la atención de los actos heroicos de tu novio. Granger es insoportable. La verdad no sé cómo tiene amigos, de seguro solo por ser una enciclopedia ambulante. Y Potter… -estaba incómodo diciéndome todo esto, pero insistí en que continuara. No quería que mi relación y afecto por ellos impidieran que me dijera lo que pensaba-. Digamos que estoy en peligro mortal y él es el único en salvarme. De seguro lo haría, pero porque al héroe le corresponde, no porque quiera... Tiene un complejo de héroe que me ha hecho odiarlo desde que lo conocí.
-¿Tan importante era ser mejor que él? –pregunté, luego de unos segundos en silencio.
-No tienes idea cuánto –respondió, sorprendido por mi nueva pregunta y no por algún reclamo ante sus palabras-. Mis padres habían defraudado al Señor Oscuro y necesitaban levantar su imagen ante él. Si conseguía ser mejor que Potter, mi familia volvía a ganar el lugar que antes tenían.
Podía imaginarme a Lucius Malfoy retándolo, gritándole por no haberle ganado en algún partido de quidditch o dejar que entrara a la Cámara de los Secretos, ganándose el título de héroe por la eternidad en la escuela. Sin mencionar, el no haber hecho nada para matarlo cuando los persiguió a Snape y él por los jardines cuando Snape tuvo que asesinar a Dumbledore. Su relación con su padre se trataba de llenar expectativas, y nunca poder hacerlo.
-Ahora no sé qué estupidez son capaces de hacer para recuperar un poco de categoría –dijo, pensando en voz alta. Debía referirse a sus padres-. Tía Bellatrix vive ahora con ellos. Controla sus movimientos para el Señor Oscuro y los llena de miedo. Ella fue la que convenció a mis padres que ya era hora de hacerme mortífago…
Nunca habíamos hablado del tema antes. No de esta manera. Mis ojos se abrieron, impresionados; y él me miró de la misma forma. Era tan conciente como yo, que estábamos cruzando una invisible línea de seguridad. Él protegía los secretos de su familia y su vida como mortífago, mientras que yo, a Harry. Y ahora, ambos temas eran tocados, traspasando la línea y derribando las paredes que los cubrían.
-¿Estuvieron de acuerdo? –pensé en mis padres. Les era imposible ponerse de acuerdo al tomar una decisión, y mamá solía imponerse-. ¿Ambos dijeron que sí?
-Mamá no, pero no importó –dijo, con un dejo de pena-. Papá necesitaba desesperadamente limpiar nuestro apellido y yo ya había accedido. Me entrené desde el primer día de vacaciones de verano…
Sus ojos se desviaron al suelo y me di cuenta lo que significaban sus palabras: desde el primer día tuvo que matar.
-Draco… -acerqué mi mano derecha a la izquierda de él y la rocé levemente-. Nunca quisiste hacerlo realmente. Eres bueno, lo sé –dije, sintiendo cómo sus dedos extendían y me tomaban los míos-. Tienes un buen corazón.
Me quedé sin palabras cuando sus ojos se encontraron con los míos. Era tan vulnerable, temeroso y débil. Se veía asustado, con las cuencas marcadas y los ojos más brillantes de lo usual. Y tan pálido, que creí que en cualquier momento se haría transparente.
Suspiré, sintiendo mi corazón encogerse de lástima y rabia a los mortífagos por haber causado que su vida fuera tan miserable.
Un vaho frío se expandió delante de mí. Malfoy lo notó al mismo tiempo que yo y sopló, obteniendo el mismo resultado.
-Malfoy… -miré hacia el cielo, moviendo un poco el cuello para encontrar alguna zona que no estuviera cubierta de ramas y hojas. Se estaba nublando rápidamente-, ¡corre!
Nos abalanzamos hacia adelante con violencia.
Rompimos el contacto de nuestras manos, para tomar nuestras varitas y poder esquivar troncos, raíces, montículos de tierra y rocas con mayor eficacia.
Con la rapidez vertiginosa, mi respiración se transformó en un jadeo insoportable. Volutas de aire gélido eran la muestra fehaciente que el calor de nuestra respiración se condensaba con la frialdad del ambiente.
-¡No!
Volteé la cabeza y vi a Malfoy corriendo tras de mí, mirando hacia los lados con terror.
-¡Expecto Patronum! –grité, apuntando hacia las fantasmagóricas figuras negras que se deslizaban tras los árboles que se abrían a nuestros lados. Las del lado izquierdo hicieron un ruido extraño, como si fueran criaturas con miles de tentáculos en la boca gimiendo de dolor. Moví la varita hacia la derecha, y el dementor desapareció-. ¡Tenemos que salir de aquí cuánto antes, antes que vengan más! –articulé como pude, sintiendo que los pulmones demandaban más aire.
-¡La presencia de los dementores aterra a los mortífagos! –dijo, aumentando la velocidad para llegar a mi lado-. Nos… dará…ventaja contra ellos –su respiración era tan desastrosa como la mía.
-Buena idea. Nos van a seguir de todos modos –tropecé con una raíz y me afirmé de su brazo. Me tomó por los hombros y me ayudó a ponerme de pie mientras caía con mis pies moviéndose por inercia-. Gracias –escupí, soltando aire con pesadez.
-No fue nada. Lo que hiciste con los dementores… fue increíble.
¿Intercambiábamos cumplidos cuando nos perseguían dementores y nos enfrentaríamos a un enorme grupo de mortífagos, esperándonos a la salida del Bosque Prohibido? Éste era uno de esos momentos bizarros, que no se podían explicar.
Recordé una vez que Harry me había contado sobre la noche en que fueron a rescatar a Ron a la Casa de los Gritos. Aquello terminó en él viajando a través del tiempo con Hermione, para impedir que mataran a Sirius. Estuvieron mucho tiempo en el bosque, esperando a que el Harry, Ron y Hermione salieran del Sauce Boxeador junto con Sirius, Snape y Remus Lupin. Harry no pudo explicarme cómo fue la espera, pero me dijo que sintió que Hermione y él se acercaron muchísimo más. Aquel año se habían alejado por un prolongado periodo de tiempo, y aunque no estuviera de acuerdo con ella por sus objeciones respecto a la Saeta de Fuego, vivir ese momento lleno de expectación y ansiedad, lo hizo darse cuenta de características de su amiga que antes no había notado: lo preocupada que era por ellos, por Ron y él.
Esta noche, había descubierto al verdadero Draco Malfoy. Al que escondía su inseguridad por no cumplir las expectativas de su familia y el que velaba por el futuro de ésta.
Mi familia tampoco era perfecta. Ser la única hermana entre seis hombres mayores, me habían hecho tener una infancia difícil. La manera en que Fred, George y Ron me molestaban, vino a mi memoria. Muchas veces lloraba en mi cuarto, frustrada por haber sido mujer. Y la forma en que Bill y Charlie me protegían, era exasperante. ¡Y cuánto discutían mis padres! Por cómo debía vestir, si debía juntarme tanto con Fred y George, si-
-¡Mira! –Malfoy señaló hacia atrás de nosotros.
Un dementor y no solo él, sino que aparecían más detrás de él, empezando a rodearnos.
Aún estaba aferrada al brazo de Malfoy, por lo que lo tiré hacia la derecha y empezamos a correr hacia esa dirección, ya que todavía no había dementores en esa zona.
-¡Vamos, Malfoy! –dije, tirándolo con más fuerza al notar que empezaba a detenerse.
-No puedo más… no vale la pena… -susurró entre jadeos.
-Pero, ¿qué rayos dices?
La respuesta vino del cielo. Literalmente.
El corazón empezó a dolerme, como si no quisiera latirme más. Y sentí el antes imperceptible roce de tela harapienta sobre nuestras cabezas.
-¡Expecto Patronus! –humo plateado salió disparado de mi varita e hizo convulsionarse al dementor, dejándonos tranquilos-. Tienes que combatir los pensamientos negativos. ¡Piensa en lo que te hace feliz! –le dije, zamarreándolo con preocupación. Malfoy seguía pálido, a pesar de la maratón que hacíamos-. No puedes dejar que te debiliten.
Su paso firme y más rápido fue el mejor resultado que pude esperar, y lancé entusiasmada más Patronus hacia los dementores que nos seguían.
Las criaturas chillaban adoloridas y se detenían, pero solían volver, con más ímpetu que antes. La diluida nube platinada que lanzaba no iba a seguir sirviendo de nada dentro de poco.
-¡Expecto…! –nos estaban alcanzando. Sentí las uñas de uno tocarme el cuello-. ¡Expecto Patronus! –nada, seguía allí, inmutable a la voluta plateada-. ¡Expecto…!
-¡Expecto Patronus!
Un poderoso vapor plateado chocó contra la cabeza del dementor, lanzándolo hacia atrás mientras daba volteretas en el aire.
Le sonreí a Malfoy y él solo rió, volviendo a repetir el hechizo y espetando a los dementores que nos daban alcance.
-¡Expecto… No! –dije, casi chocando con tres que nos bloqueaban el camino.
Desesperados, dimos vueltas y nos vimos completamente rodeados. Tal vez quince o veinte dementores formaban un círculo alrededor nuestro, aproximándose con lentitud y extendiendo sus esqueléticos dedos con impaciencia.
De la varita de Malfoy, en vez de un fuerte vapor plateado, salió una voluta que desapareció al instante en el ambiente.
¿Harry estará bien? No había sabido de ellos hacía días. Los reportes del periódico sobre su infiltración al ministerio no fueron claros y… Y yo estaba esperándolo, sin saber nada. No me había llevado con él. ¿Acaso creía que era una niña? Al igual que mis padres, que mis hermanos. Me veían como una indefensa chiquilla, a la que podrían matar con el chasquido de los dedos.
-Están haciendo efecto en nosotros –susurré, enojada por aquellos pensamientos en mi cabeza.
Malfoy gruñó y vi que cerraba los ojos, con una mueca de profundo esfuerzo. ¿Esfuerzo por no sufrir, por no recordar?
El diario de Riddle fue el catalizador, pero yo fui la culpable de petrificar a todas esas personas. Y la satisfacción que sentía al saberlas como rocas, solo confirman mis deseos de verlas muertas… No merecía vivir por esos crímenes…
Apunté mi varita hacia adelante, pero los dientes me castañeaban tan duro, que no podía siquiera articular palabra.
Los días en los que me encerraba en mi cuarto a llorar, por no poder comportarme normalmente ante la presencia del famoso Harry Potter; vinieron a mi mente con fuerza. Era tan patética, que todos se reían de mí. ¿Y qué quería? ¿Compasión? Risa, burla, y pena; eso generaba.
Me costaba respirar por la nariz, por lo que abrí la boca y me importó un pimiento que la garganta se me congelara. La imagen de aquella patética niña llorando, llena con el eco de las palabras compasivas, pero divertidas de sus padres, me nublaban los sentidos. Ahora me costaba inspirar, era más fácil expirar. ¿Mi padre había muerto en el ministerio? Me sentía ligera, como si mis pies no estuvieran en la tierra…
¡Papá no estaba muerto! ¡Eso fue un inmundo acto de Voldemort para llegar a la profecía!
Salí del sopor de infelicidad y tragedia en el que estaba sumergida, y me encontré con horror con la asquerosa boca llena de pequeños y filudos dientes de un dementor sobre mi rostro.
-¡Mierda, sal de acá! –chillé y apunté hacia su boca-. ¡Expecto Patronum!
El vapor le dio de lleno en sus fauces, causándole un sufrimiento tan grande, que cayó al suelo chillando.
Busqué a Malfoy, pero no lo vi por ningún lado. Sentí la respiración de un dementor a mis espaldas, y empezó a succionar con su boca. Anodada, me di cuenta que mi renovado espíritu de lucha se veía nuevamente opacado ante los peores momentos de mi vida.
Dirigí el Patronus hacia él y empecé a llamar a Malfoy, hasta que miré a un dementor que flotaba casi horizontalmente sobre el rubio, que estaba tendido en el suelo.
¡Debía hacer algo rápido o iba a quitarle el alma!
Varios dementores volaban hacia mí, y a algunos pude alejar, mientras que otros se alimentaban de mis recuerdos felices con tanta técnica, que sabían cuándo debían alejarse para no recibir un Patronus.
Me costaba pensar en momentos felices. Era como si tuviera una especie de amnesia, que me borraba lugares y personas, nombres e incluso las emociones sentidas en aquellas ocasiones.
-¡Aléjate de Draco! –grité, dirigiendo mi varita hacia el dementor sobre él y golpeando de paso a uno que estaba a mi lado. Pensar en Harry ya no servía, y el primer beso, ése increíble que nos dimos frente a todos en la sala común, se hizo borroso junto con los vitoreos del ambiente-. ¡EXPECTO PATRONUS!
Mi varita vibrando me hizo saber que por fin había llamado a mi Patronus corpóreo: un imponente caballo plateado relinchó con energía antes de arremeter contra el dementor.
El animal, galopando con gracia, siguió embistiendo al resto de las criaturas de capas negras. Solo unas cuantas salieron intactas, huyendo despavoridas.
Sentí agua caer en mi brazo y me di cuenta que estaba llorando.
El hermoso caballo desapareció en el bosque, persiguiendo al último dementor que quedaba.
No me quedé observándolo por mucho. Corrí hacia Malfoy y caí de rodillas a su lado, tocándole la frente y diciéndole que ya estábamos a salvo por el momento.
Abrió lentamente los ojos, y me miró desorientado. El labio inferior le temblaba y su respiración parecía inexistente, pero respiraba, ya que puse una de mis manos en su pecho para asegurarme de ello.
-Esta… ha… sido… -le dije que recobrara el aliento-, la experiencia más horrible de toda mi vida.
-Casi te da un beso. Podrías haber muerto… Podríamos haber muerto segundos antes –el peso de lo ocurrido me golpeó. Muertos, estaríamos muertos.
-Pero no gracias a ti –sonrió suavemente, casi con dolor.
-¿Puedes levantarte?
-Sí –se sentó con dificultad y después de usar ambas manos como ayuda para flexionar las piernas, gimió-. No me ayudes, Weasley. Estoy bien –lo miré como si fuera una mala broma y lo rodeé de los hombros con un brazo mientras lo tomaba de un codo-. No necesito… Gracias –dijo, al verse de pie.
-Debe quedar poco. La niebla es menos densa –apunté, sonriendo. Él me imitó.
La figura inconfundible de la cabaña de Hagrid empezó a hacerse más nítida entre los árboles y la niebla.
Al llegar a los primeros árboles que limitaban el bosque con los jardines del castillo, nos detuvimos y estudiamos la situación que se nos presentaba: no había ningún mortífago rondando a simple vista, pero Malfoy identificó a un grupo de cuatro camuflados en la orilla del bosque donde nos habíamos adentrado en un principio.
-Debe haber otro grupo en la puerta principal del castillo. Los demás, están en el bosque o en las afueras de los terrenos, custodiando a la barrera protectora. Creen que queremos escapar –dijo, pensativamente.
-Snape está despierto –la luz de la ventana de la parte más alta de la torre donde estaba el despacho del director, estaba encendida-. Espera noticias de nosotros. Pero, ¿cómo estás tan seguro que piensan que nuestro plan es escaparnos de Hogwarts?
-Te han estado vigilando desde hace mucho. Todo apunta a que quieres armar una resistencia… y deberías traer refuerzos para ello, ¿no?
-Tiene sentido. Aún así, no sé cómo salir de los terrenos. El escudo protector…
-Con Snape a cargo, los antiguos conjuros del escudo que protege Hogwarts ya no es un secreto –explico, mirándome directamente a los ojos. Vi mi desastrosa melena roja reflejada en ellos-. Estás conmigo. Yo te puedo sacar de aquí.
-Pero eso… Eso te haría un traidor. Si volvemos, ¿cómo los harás pensar…?
-Es parte del plan, Weasley. Solo tienes que llegar a tu sala común y cumples tu parte. Déjame la otra a mí –dijo, como si estuviera hablándole a un infante y no a una chica de diecisiete años-. Ahora, ¿lista para luchar y correr de nuevo?
La última carrera. Tenía que llegar desde los jardines hasta mi sala común.
Dije que sí e iba a preguntarle si ya se sentía mejor, pero antes de poder hacerlo, se soltó de mí y empuñó su varita, ofreciéndome una de aquellas miradas socarronas. Me pregunté si recién ahora estaba en buenas condiciones para correr o había estado fingiendo la mayor parte del trayecto.
-Vamos –dijo, saliendo de nuestro escondite en el bosque.
Nos acercamos sigilosamente hacia los mortífagos camuflados. Habían cometido el mismo error de nosotros: sus sombras no eran invisibles, por lo que podían distinguirse con facilidad.
Cada uno atacó a uno por sorpresa, dejándolos inconcientes en el acto.
A los otros dos, los derribamos luego de un corto enfrentamiento. Tal vez se debía a la adrenalina, pero no tuve mayores problemas. A pesar de no ver sus cuerpos, la dirección de mis hechizos los atacaba de la manera más eficaz.
Malfoy les quitó el encantamiento ilusionador.
-No son los Carrow –dijo, antes de dirigirme una mirada preocupada-. Éstos eran los más mediocres de todos. Alecto Carrow suele reírse de ellos por su patética manera de batirse a duelo.
-¿A qué te refieres? –pregunté, percibiendo que no me decía todo lo que pensaba.
-Hay algo extraño. Fue demasiado fácil.
Miré los cuatro cuerpos. Cuatro mortífagos, supuestamente especializados en matar. Sin embargo, no había sido para nada difícil.
-Sí, esto está mal –dije, levantando la mirada hacia él.
Ambos lo sabíamos: nos habían tendido una trampa.
-Vaya son muy inteligentes.
Gracias a un encantamiento ilusionador ejecutado a la perfección, Blaise Zabini apareció ante nosotros causándonos una gran impresión.
-Blaise… -Daphne Greengrass estaba detrás de mí. Me giré para tener uno a cada lado y tenerlos a la vista sin problemas-, ¿es necesaria tu asquerosa ironía ahora?
-Deben saber que-
-¿Que no estás de nuestro bando, Draco? –preguntó Zabini, arqueando una ceja. Su varita se movía peligrosamente en su mano-. Lo sabemos, pero no hay tiempo de explicaciones ahora.
Fruncí el ceño, confundida.
-¿Qué ocurre aquí? –preguntó Malfoy, tan desorientado como yo.
-¿Quieres llegar al castillo sano y salvo, no? –dijo Greengrass.
-¿Es esto uno de tus trucos, Daphne?
-Oh, Draco. Venimos a ayudarlos, ¿vale?
¿A ayudarnos? ¿Es que acaso creíamos que éramos estúpidos?
-Eres un grandísimo imbécil, Blaise –miré a Malfoy, y vi que sonreía burlonamente.
-No tanto como tú, Draco –dijo el chico de piel oscura, mostrando sus blanquísimos dientes.
De pronto, sin saber cómo ocurrió, me vi caminando tras Zabini y Greengrass.
N/A: ¡Feliz año nuevo 2010!
Escritor de un tirón (después de reescribir el principio mil veces), éste es el penúltimo capítulo del fic.
¡Muchísimas gracias por sus reviews!
Hasta la siguiente y última actualización,
¡Chau!
