Capítulo veintidós: La inesperada mascarada
En muchas oportunidades mis piernas no podían moverse y tenía la sensación que en cualquier segundo mis pies girarían rápidamente para llevarme lejos. Sin embargo, seguí a Blaise y Grengrass.
Weasley caminaba a mi lado, lanzándome intensas miradas de soslayo. No podía culparla. Si nos hubiéramos encontrado con Potter y su dúo dinámico, también estaría a la defensiva y confundido de seguirlos… Aunque no era lo mismo. Ellos supuestamente trataban de corregir el caos en el que nos habíamos sumergido, no aparentaban ayudar a que cobrara más poder.
Aparentar. Eso era.
Toda mi lógica me decía que me cuidara, pero otra parte dentro de mí, siseaba de alegría.
-Les dimos unas pociones nubladoras de juicio –explicó Daphne, mirando por sobre su hombro a los cuerpos inertes de los mortífagos que había derrotado con facilidad-. No podíamos arriesgarnos a que los vencieran o nos descubrieran.
-Me inclino más por la segunda –dije, sin poder evitar sonreír-. ¿Y cuál es el plan?
Caminábamos hacia el castillo, por el borde que separaba los jardines del Bosque Prohibido. Nos quedaban poco más de diez metros antes que éste se acabara y tuviéramos que seguir por los jardines desnudos hasta la entrada del castillo.
-Entrar será pan comido. Ya nos encargamos de la protección –respondió Blaise, con una gota de orgullo y diversión en la voz-. Pero movernos en el castillo, será toda una odisea…
Desde que lo conocí, supe que su gusto por el misterio y la arrogancia me darían dolores de cabeza. No tan solo porque solía ser tan pedante como él, sino porque le encantaba ganar la total atención de sus espectadores para generar un efecto de asombro cuando revelara lo que él sabía y los demás no.
Y eso solía molestarme muchísimo. Aunque ya no estaba tan seguro de aquello. Tal vez se debía al hecho de haber descubierto el teatro de los últimos meses, pero algo cálido se expandió en mi pecho al notar la arrogancia de mi amigo. Lo había extrañado.
-¿Y cómo nos aseguraremos que no planeas entregarnos a Snape? –rugió una voz a mi lado.
La varita de Weasley estaba tan cerca de Blaise, que moviéndola un poco podía incrustársela en un ojo.
-Vamos, Weasley. ¿Parezco que estoy jugando? –preguntó el chico, lanzando una risotada que podía interpretarse como burla o incitándola a que lanzara un hechizo.
Daphne se encontraba cruzada de brazos, unos pasos más adelante. Tenía las cejas enarcadas, como si hubiera estado esperando que esto sucediera en cualquier momento y ya estuviera resignada a soportarlo.
-Weasley, baja la varita –le dije, sin realmente esperar a que me obedeciera.
-Podrían estar engañándonos, Malfoy –la punta de su varita tocó la frente de Blaise, justo arriba del punte de su nariz. La retorció, pulsándola sobre su piel-. ¿Por qué tenemos que creerles? Los mortífagos van a usar cualquier artimañaza con tal de atraparnos… Sabemos demasiado, nos rebelamos contra ellos y sus reglas. Ésta tan solo puede ser una de las mil trampas que nos han tendido.
Mi respiración combatía a chillidos con los latidos de mi apresurado corazón, que retumbaban en mis oídos lastimándolos. Sabía que Weasley era capaz de matar a Blaise. Aunque no supiera cómo hacer una maldición (porque estaba seguro que no tenía idea), sí tenía suficiente odio contra el Señor Oscuro y los mortífagos como para decir pronunciar un Avada Kadavra con real deseo de acabar con una vida.
Di un paso hacia adelante y rodeando con toda mi mano, tomé su delgada muñeca. Sus ojos se posaron en mí con brusquedad mientras presionaba mi mano, tratando de disuadirla de hacer algo de lo que después lamentaría.
-Están diciendo la verdad.
Lo único que su mirada me transmitía era dolor. Seguramente sentía que la había traicionado.
-¿Y cómo lo sabes? –escupió, alzando la barbilla-. Lo más posible es que sea una trampa.
Varias razones me vinieron a la cabeza. Y la mayoría sonaban difíciles de explicar, porque se trataba de detalles tan simples como que Blaise y yo somos parecidos en muchos sentidos. Simplemente supe que todo había sido una actuación cuando vi su mirada.
-Porque me enseñaste a dejar de lado sentido común y a escuchar mis corazonadas –respondí, mirándola fijamente a los ojos. Aflojé mi mano sobre su muñeca, temiendo que pudiera lastimarla-. Tal como tú estás en la resistencia en un castillo lleno de mortífagos, yo sé que Blaise y Daphne nos van a ayudar a llegar sanos a nuestras salas comunes.
Los segundos transcurrieron manteniéndome al borde de lanzar una patada al suelo y gritar, y antes que pudiera hacerlo; los ojos de mi compañera bajaron hacia el suelo por unos instantes, para luego volver a encontrarse con los míos y lucir una mirada más serena. Cautelosa, pero serena.
Por el rabillo del ojo, comprobé que Blaise se encontraba bien. Mantenía su siempre constante sonrisa autosuficiente y burlona, mas suspiró como si hubiera temido la muerte.
-Si Blaise hubiera sido el que no pudo concretar la misión en la torre de Astronomía, también habría hecho creer a todo el mundo que lo repudiaba por ser un cobarde e indigno de servir al Señor Oscuro –no sabía realmente por qué, pero tenía que explicarle más. No tan solo porque estaría constantemente dudando si seguir las órdenes de Blaise y Daphne, sino por la razón que no podía evitar que todavía me mirara de esa manera-. Lo habría hecho para proteger mi familia y a mí mismo. Aún así, dejando de lado el miedo y la posición social, no lo abandonaría. No dejaría que arriesgara su vida por algo que me parece… -en resultaba difícil continuar. Estaba interviniendo según mi punto de vista, y tal vez él no pensara así-. Porque es mi amigo y puede confiar en mí.
Mis palabras tuvieron el efecto esperado: su barbilla descendió y negó suavemente con la cabeza, rindiéndose.
-Oh, Draco, eso fue tan emotivo –Blaise se limpió una lágrima imaginaria-. Aplaudiría, pero probablemente nos escucharían…
Weasley y yo lo miramos como si quisiéramos matarlo. Aunque creo que ella realmente sería capaz de hacerlo.
-Estamos atrasados. No sé por cuánto tiempo más podamos retener a los que montan guardia en el vestíbulo –anunció Daphne.
Casi me había olvidado de su presencia. Todavía se encontraba de brazos cruzados, pero ya no mostraba hastío, sino que me miraba con extremo interés.
-¿Vamos? –preguntó-. Blaise, deja de fingir que lloras. No tenemos mucho tiempo.
Mientras volvíamos a retomar nuestro apresurado camino al castillo, Blaise nos explicó que luego de detener el caos generado en el Gran Comedor, los profesores de cada casa tuvieron que asegurarse que todos los estudiantes se encontraran en sus salas comunes. La profesora McGonagall no dio alerta de la desaparición de Weasley, sino que fue Parkinson. Anunció a Snape que no vio la distintiva cabellera rojiza de la chica con los otros Gryffindor.
-Fuiste un estúpido, Draco. Ambos lo fueron –corrigió el chico, mirando también a Weasley-. Se descubrió que sobornaste al Barón Sanguinario para que mantuviera un régimen de silencio entre las pinturas, pero no todos los retratos se atuvieron a quedarse callados. Una pastora le confesó a los Carrow que te había visto con Weasley bajando hacia las mazmorras.
-Fue entonces cuando Snape nos llamó a todos a una reunión urgente –continuó Daphne, moviendo la cabeza para poder mirarnos por sobre su hombro-. Teníamos que capturarlos. Vivos o muertos.
-¿Eso quiere decir que…?
-De un simple cobarde y traidor, te has ganado el título del peor traidor de las filas del Señor Oscuro –Blaise chasqueó la lengua-. Es por eso que tenemos que llegar donde McGonagall lo antes posible.
-Tiene mucho sentido –dije después de pensar sus palabras-. Mucho sentido.
Estaba seguro que me había comportado con normalidad alrededor de los mortífagos, pero no importaba realmente. Cualquier excusa sería suficiente para liquidarme. Mi familia ya estaba denigrada en el círculo del Señor Oscuro, y si no capturaba a Potter y lo traía sobre una bandeja de plata como un trofeo de guerra, entonces no habría nada que pudiera recuperar un poco de la posición que gozábamos tiempo atrás. Con este panorama, un movimiento indebido o un paso que levantara alguna sospecha, sería suficiente para acabar con el apellido Malfoy por siempre.
Mi evidente traición al ayudar a la novia de Potter e hija de la familia de sangre pura más odiada del nuevo régimen, era una invitación abierta a que me degollaran para limpiar las filas del Señor Oscuro. Y a saciar la gula de sangre de los mortífagos, que no habían podido matar a gusto en Hogwarts.
-¿McGonagall? –inquirió Weasley, hablando por primera vez desde que había amenazado con matar a Blaise con tal de defendernos de una trampa-. ¿Por qué?
-¿Crees que vas a poder volver a la sala común así nada más? –Blaise comenzó a reírse-. Tan guapa para tener el cerebro vacío… –susurró, sonriendo.
-Veremos qué dirás cuando tengas pústulas en los lugares más impensables de tu asqueroso cuerpo –amenazó, adelantando el paso y colocándole la varita en el cuello-. Retráctate ahora mismo, serpiente inmunda.
-Vale, vale –atraje a Weasley hacía mí-. No seas idiota, Weasley. Blaise siempre trata de provocar a las personas para deleitarse con el espectáculo que montan.
Fue entonces cuando me di cuenta por qué Daphne Greengrass nos miraba con tanto interés momentos atrás: mi mano todavía se encontraba alrededor de la muñeca, tomándola con un poco de fuerza para impedir que la chica volviera a abalanzarse sobre Blaise. Sonreí, pensando en cuántas veces dije que prefería besarle el culo a Dumbledore que tener que tocar a un Weasley.
Rompiendo lentamente el contacto, asegurándome que Weasley estuviera más tranquila, dirigí mi mirada hacia Blaise y entendió perfectamente que si no dejaba de actuar como un imbécil (como él mismo), no iba a volver a impedir que tuviera que lidiar con la pelirroja.
-No aceptas bromas, Weasley. Qué aburrido va a ser el trayecto siendo tan serios –suspiró, lanzándole una mirada de soslayo a Daphne.
Cuando Blaise estaba a cargo de La Brigada Inquisitorial, daba órdenes sin ninguna gota de duda o debilidad en la voz. Era extraño compararlo con esta actitud tan arrogante e irónica, en especial cuando él solía comportarse así todo el tiempo. Aunque yo también solía ser distinto. Y todo porque ambos pertenecíamos a familias íntimamente ligadas a las filas del Señor Oscuro, y debíamos protegerlas con nuestras vidas. Hicimos lo necesario por nuestros padres, a pesar que no sintiera afecto y cariño por ellos (estaba seguro que así era con Blaise también), por no ensuciar el apellido que nuestros hijos lleven y pudieran llevarlo con orgullo…
¿Orgullo? Unas enormes ganas de reír se consumieron en mi garganta. Si no estuviéramos ahora mismo caminando a lo que sería un juego de evadir y correr en el castillo, me habría detenido a lanzar carcajadas. La sola idea de pensar que mis hijos estarían orgullosos de ser Malfoy, era ridícula. Ni siquiera yo todavía podía entender realmente por qué seguía tratando de protegerlo, siendo que esto se ve amenazado por mis ganas de acabar con esta pesadilla impuesta por el Señor Oscuro. Lo único que quería era limpiar mi apellido, mi vida, para poder vivir tranquilo. Y que los futuros Malfoy pudieran elegir qué hacer con sus vidas, no tener que nacer con la Marca Tenebrosa en sus brazos…
-… sería inútil. Tienen una gran sensibilidad para detectar encantamientos o artefactos mágicos que disfracen a una persona. No serviría de nada –la voz de Daphne me llegó como un eco lejano. Su nuca apareció lentamente, mientras enfocaba la mirada. Hablaba mirando hacia adelante, con la varita empuñada en su mano derecha-. Hay que abrir nuestros sentidos y atacar antes que nos ataquen.
Ella solo hablaba cuando era necesario, lo cual era infrecuente. Pero me di cuenta que estaba poniendo al corriente a Weasley de todo el plan para que se calmara y pudiera confiar en ellos. Al menos, lo intentara; porque lograrlo con total éxito lo veía imposible.
El perfil de la pelirroja lucía como el de una guerrera romana. Con el mentón alzado, signo inequívoco que no quería sentirse denigrada por el grupo, hacía que sus ojos recibieran más luz de la luna y así pude ver la decisión en su mirada. Sabía muy bien que pronto nos enfrentaríamos a una situación de vida o muerte. Lo lográbamos o no. Y las probabilidades iban en nuestra contra. También vi que esa gran ola de confianza ocultaba miedo. Me recordó a esas pequeñas criaturas en las tiendas de mascotas, hundiéndose en las esquinas de sus jaulas para huir de los ojos de los desconocidos compradores. Asustada, pero no débil. Ginevra Weasley nunca podría considerársele como débil. Sería innatural no sentir miedo en esta situación, sin embargo, ella lucharía. Tal como me lo dijo desde un principio, aquel día en una sala abandonada hacía un par de meses atrás: solo le quedaba luchar.
En mi interior, quería pensar en ello, tener la misma confianza que ella. Solo repasaba todo lo que podría salir mal. Y se trataba de una lista interminable…
-No nos pueden ver –dijo, girando la cabeza hacia la torre de Astronomía. Seguí su mirada y me di cuenta que algunas sombras permanecían en las ventanas, en ninguna posición que delatara que tuvieran algún artefacto para vernos-. ¿Y los telescopios?
-Ah, eso –Blaise chasqueó la lengua-. Daphne se encargó de dejar el castillo sin telescopios…
-¿Hiciste un encantamiento para atraerlos a un lugar donde esconderlos? –afirmé, y ella asintió como única respuesta-. Y no hay ningún hechizo que permita afinar la vista humana para ver en la oscuridad o a la lejanía… Muy inteligente.
Podía imaginarlos caminando con histeria, pegándose a las ventanas para poder captar algún movimiento extraño. Sin embargo, no sacarían nada concluyente que les diera nuestra posición. Solo seríamos cuatro sombras acercándonos al castillo. Perfectamente podríamos ser cuatro mortífagos o cuatro miembros de la Brigada Inquisitorial.
-Realmente mi indiferencia estos meses ha atrofiado tu cerebro. ¿Creías que vendríamos a tu rescate sin haber hecho nada? –preguntó, bajando la voz. Un golpe eléctrico subió desde la punta de mis pies y me hizo temblar la espalda: estábamos llegando al camino de piedra que anunciaba la llegada al castillo-. La impulsividad no es nuestro pasatiempo… -susurró, sacando la varita del interior de su túnica.
En el momento en que nuestros pies dejaron de pisar pasto, y tocaban piedras perfectamente pulidas, empuñábamos nuestras varitas agudizando nuestros sentidos. Detectaba todas las sombras que se alzaban a nuestro alrededor: el castillo con los pequeños pliegues de luz de las ventanas, los árboles, los relieves del terreno, el de una lechuza sobrevolando el área… Estaba listo para apuntar a lo que fuera un riesgo que amenazara nuestros planes.
No tenía idea cómo iríamos a la oficina de McGonagall. Seguramente Daphne se lo había explicado a Weasley, pero no la había escuchado. Debíamos ir al segundo nivel, luego subir al tercero por las escaleras movedizas y finalmente rodear toda el ala oeste hasta llegar al despacho de la jefa de Gryffindor.
Al llegar al enorme umbral protegido por las imponentes puertas de roble, vi tres figuras tendidas en el suelo. Habían sido atacados por la espalda, asumí por su posición boca abajo contra las inmaculadas alfombras con la insignia de la escuela en el recibidor.
-¿Inconcientes o muertos? –pregunté, percatándome de la palidez de sus rostros.
-No lo sé –Daphne se detuvo y dio una vuelta completa, mirando los retratos-. Lo consiguió. Al menos los retratos no nos delatarán –informó a Blaise, antes de bajar la mirada hacia nosotros-. Vamos, no tenemos mucho tiempo.
Subimos hacia el segundo nivel.
El silencio era ensordecedor. Ni el usual crepitar de las llamas de las antorchas encendidas me calmaba. Hogwarts parecía haberse perdido, y ahora nos encontrábamos en un castillo donde reinaba la sangre. Podía sentir que en el ambiente reinaba un deseo de asesinar, que se cernía sobre nosotros como una nube intoxicante. Aquello no lo sentí la noche en que los mortífagos invadieron el castillo y peleaban contra estudiantes y profesores. No percibí nada debido a mi propia conmoción después de haber fallado en la misión de matar a Dumbledore. ¿Acaso el aire era tan pesado en aquel entonces como ahora?
Mientras subíamos, nos encontramos con un mortífago. Alley, creía que se llamaba, pero no estaba seguro. Simplemente escuché un murmullo, que identifiqué como un tarareo. Cuando su figura apareció ante nosotros, un rayo salía de mi varita dejándolo inconciente al mismo tiempo que su boca se abría en una gran "o". Antes que cayera y alertara al resto de mortífagos, Blaise lo sostuvo y lo sentó junto a la baranda, dejando que sui cabeza se quedara ladeara en una posición extraña.
Haciendo el mínimo ruido posible, continuamos.
En el sector de las escaleras movedizas nos encontramos con dos cuerpos flotando boca abajo.
-No sé quién lo habrá hecho, pero se merece un aplauso –musitó Weasley, sonriendo ampliamente.
-Bien pensado, Blaise –dije, pensando en que si estuviéramos en una situación distinta, no dudaría en aprovecharme de hacerle una broma a los cuerpos inconcientes de Crabbe y Goyle.
Nos acercamos a ellos, y vi que Goyle tenía la boca abierta, como si estuviera durmiendo. La saliva le caía por las comisuras de los labios.
-Me encantaría adjudicarme esto –escuché decir al chico a mi lado.
-¿No lo hiciste tú? –miré a Weasley extrañado, pero inmediatamente comprendí la razón de su afirmación.
Detrás de la enorme escultura de un centauro, apareció la indiscutible figura de Theodore Nott.
El chico que pertenecía a Slytherin, pero que jamás se involucraba demasiado en nada. El muchacho de apariencia normal y que no resaltaba más que en sobresalientes calificaciones, que poseía una astucia y capacidad de observación que podían hacer temblar de miedo al hombre más tozudo en la faz del planeta, el que nunca quiso bañar sus manos en la sangre que, estúpidamente, los de su familia y compañeros de casa derramaban cada día; él, se encontraba fuera de la sala común, arriesgando su pellejo por mí, por el solitario, traidor, deprimido, y vacío Draco Malfoy.
-Pude distraer a un grupo de seis, pero tenemos que apurarnos. Van en dirección oeste y cundo miren por las ventanas, verán que todo se encuentra demasiado tranquilo allá afuera –anunció, deteniéndose frente a mí.
Las palabras eran innecesarias, así como algún amago de sonrisa o gesto entre ellos. En todo este tiempo habíamos forzado un inexplicable lazo de comprensión y apoyo. Prácticamente era al único que podía hablarle sin sentir que me recordara en su mirada que decepcioné al Señor Oscuro. Y entre sus ojos verdes, distinguí la alegría de ver que me encontraba aún con vida.
-¿McGonagall está al tanto? –preguntó Blaise, con la mirada fija en el cuerpo de Goyle.
-Todavía no. No sé cómo los Carrow lograron que se quedara en su despacho luego de la alarma –explicó Nott, con voz sombría-. No hay ningún profesor en esto. Los mortífagos están al control.
-Debieron haberla amordazado o hacer varios encantamientos en su despacho… -murmuró Daphne, pensativa. Sus ojos viajaron entre Weasley y yo-. Esto va a ser difícil.
-¿Difícil? Si hay que hacer explotar la puerta del despacho de McGonagall, lo haremos. Necesitamos ir con ella ahora para que Ginny esté a salvo –dije, enojándome por la pérdida de tiempo que cometíamos al lamentarnos por todo lo que teníamos en contra-. Las consecuencias las resolveré luego. Ahora mismo, movámonos.
Todos parecieron despertar de sus tribulaciones; y cada uno a su manera, pareció acordar conmigo. Blaise simplemente asintió, mientras Daphne y Nott intercambiaron una mirada de la que no tenía tiempo de preocuparme en descifrar su significado.
Antes de ponernos en marcha, me di cuenta que Weasley me observaba con curiosidad y me pareció encontrar una leve expresión de sorpresa, aunque de lo último no sabía si lo había imaginado o estaba en lo correcto. No había tiempo y apenas me detuve a enfocarme en ella durante una fracción de segundo.
El corazón me latía con rapidez y sentía que con cada latido, se clavaba en mis costillas, produciéndome un dolor que se expandía desde el pecho y subía atizándome la cabeza. Aún así, mis sentidos estaban más despiertos que nunca, y ningún detalle pasaba desapercibido para mí.
Los retratos se encontraban vacíos. Aquello solo aumentaba el peso invisible que caía sobre nosotros, asfixiándonos. Los mortífagos realmente debían estar furiosos como para infundir miedo en las figuras que llenaban de color e incesantes conversaciones los pasillos de Hogwarts. Al menos, pensé después de un rato, era algo positivo. No habría nadie que pudiera vernos ayudando a Weasley y delatarnos.
-¿Qué es eso? –preguntó, de repente, Blaise.
Nadie le respondió. Todos nos quedamos quietos, flexionando nuestras rodillas, y Weasley fue la primera en empuñar su varita.
Rápidamente, buscamos refugio en el espacio entre la puerta de un aula y las paredes del corredor.
-¿Quién anda allí? –la voz de Yaxley resonó con potencia desde el otro extremo del lugar.
Daphne nos ofreció una mirada significativa, antes de suspirar y salir de nuestro escondite:
-Soy yo, Yaxley –dijo, alzando las manos. Hubo un prolongado silencio, antes de escuchar pasos aproximándose a la chica-. Creí que se trataba de Weasley o Malfoy, y me escondí para capturarlos de sorpresa –caminó, desapareciendo del campo visual de nosotros, seguramente para encontrarse con el hombre-. ¿No han encontrado ninguna pista más de ellos?
-No, nada. No están en el lago –contestó y se escuchó una grotesca risa inundar el ambiente-. Debiste haber visto el sufrimiento de los fantasmas para que confesaran si seguían en el lago o no…
Los puños de Weasley se cerraron, y me volteé para dirigirle una mirada de advertencia. Cualquier movimiento en falso nos llevaría a la muerte instantáneamente.
-Vaya, tendrás que enseñarme a torturar fantasmas algún día de estos –Daphne también rió.
-En fin… ¿No crees que todo está muy calmado? –inquirió, cambiando rápidamente el tono de voz a uno suspicaz. Blaise se movió incómodo a mi lado-. No me he cruzado con nadie en varios minutos.
-¿En serio? No me he dado cuenta –la mentira sonó prácticamente real en la impasible voz de la chica-. Aunque vi a algunos salir a los jardines. Todavía Malfoy y la traidora de sangre deben estar afuera y Snape parecía decidido en quererlos lo más pronto posible. Mientras más rápido los atrapemos, mejor.
-Malfoy… Ése es más estúpido de lo que creía. Bueno, no se puede esperar más del hijo de Lucius, ¿no? Ineptos, no sirven nada más que para dar problemas.
No tuve ni siquiera un segundo para pensar en hacer comer sus palabras a Yaxley por referirse así de mi familia, porque sentimos un ruido extraño proveniente del otro extremo del pasillo.
-Ah, Yaxley, estás aquí –dijo una tercera voz-. ¿Cómo va todo, Greengrass?
Estábamos acabados. Nott miró a la puerta, y su mano se quedó en el pomo, sabiendo muy bien que abrirla causaría un chirrido que nos delataría. Y cualquier hechizo silenciador haría una especie de sonido succionador que también serviría como un saludo a una muerte segura.
Daphne se quedó en silencio, mientras Yaxley le informaba de las pocas novedades con tranquilidad. Seguramente, la chica ya había previsto que no había otra manera de escapar que encargándose de los dos mortífagos.
-¿Greengrass, pero qué…? –preguntó Yaxley.
Sin esperar más, todos saltamos de nuestro escondite; sabiendo muy bien que aquella pregunta del mortífago era una señal para atacar al otro.
Cuatro rayos de distintos colores impactaron contra el pecho del mortífago, produciendo que su cuerpo saliera expedido hacia atrás, dejándolo como una marioneta sin vida en el suelo.
-¡Traidora! –gritó Yaxley, siendo más hábil que el otro, tenía buenos reflejos y pudo salir ileso del ataque de la rubia-. ¡Son unos traidores, unos amantes de la sangre sucia! –rugió, ahora lanzando diversas maldiciones contra todos.
Un Cruciatus alcanzó a Daphne, que dobló las rodillas y cayó en el suelo mordiéndose los labios. El primer en reaccionar fue Nott, quien aprovechándose del estado de catarsis del mortífago al ver que podía regocijarse del dolor ajeno, le dio una patada en la cadera al hombre para luego lanzarle un Desmaius con la varita incrustada en la parte trasera de su cuello.
Nadie se preocupó de Yaxley, sino que todos nos giramos a Daphne, que permanecía de rodillas en el suelo, con ambas manos apoyadas en el suelo.
-¿Estás bien? –preguntó Nott, poniéndose de cuclillas a su lado.
-Sí, sí –dijo y levantó la cabeza. Estaba más pálida de lo normal y vi que una lágrima solitaria caía por su mejilla-. Puedo… -sus palabras quedaron en el aire y sus ojos se abrieron, otorgándole una expresión de profundo terror.
Pasos. Muchos de ellos, como mínimo de siete personas. Rebotaban desde las escaleras, y se escuchaba con ellos los gritos enfurecidos de sus dueños: los gritos de Yaxley los habían alertado y ahora venían sedientos por oír los gemidos de dolor de sus víctimas.
-Váyanse. Los distraeré de alguna manera… -dijo, levantando un brazo y moviendo su mano frenéticamente. Su voz era suplicante y en sus ojos se leía la desesperación que invadía su cuerpo-. No me ocurrirá nada… Váyanse, aún tienen tiempo de llegar donde McGonagall.
Una mano me tomó por la túnica, y vi que Blaise estaba retrocediendo, listo para seguir las órdenes de la chica y continuar nuestro camino. Por un momento dudé en acceder, pero supe que Daphne estaba en lo correcto. Después de todo, ella era una mortífaga y podía inventar cualquier excusa para explicar la razón por la cual estaba en el suelo, incapacitada para caminar. Podía decir que fuimos Weasley y yo, tratando de escapar. Le creerían de inmediato. Y fue entonces, cuando mis pies comenzaron a moverse sin ser realmente conciente de ello.
Sin cerciorarme que Nott nos siguiera, me giré y tomando a Weasley de la mano, comencé a correr.
Todo se movía de manera vertiginosa a mi alrededor. En cualquier momento podía caer, el peso de mi cuerpo ya casi no lo podían contener mis cansadas rodillas; pero corrí, seguí corriendo, sintiendo que las uñas de Weasley se clavaban en el dorso de mi mano, mas no sentía dolor. Tan solo era una de las pocas sensaciones que sentía con claridad, que la mano de Weasley se apretaba con la mía, como única conexión tangible en aquel mar de desesperación.
Gritos llenaban mis oídos y la verdad no estaba seguro de quiénes eran las voces o qué decían. Tal vez tan solo eran insultos, porque ningún rayo se aproximaba a nosotros.
El despacho de McGonagall se encontraba al fondo del siguiente pasillo. Solo nos quedaba atravesar un extremo al otro, doblar la esquina y estaríamos en el trecho final.
De repente, una extraña sensación de felicidad rebotó en mi interior como si fueran los latidos de mi corazón el que la lanzara. Era la realización de que tan solo faltaba un esfuerzo más y estaríamos a salvo. Weasley finalmente estaría bajo la protección de la profesora McGonagall. Nunca en esta larga noche, había tenido un sentimiento tan opuesto a la preocupación y el fatalismo. Había sido una noche con el poder de la muerte, con horas eternas y pesadas, llenas de tribulaciones y miles de encuentros con la inexorable línea entre la vida y la muerte.
Una mano, atrapándome por el borde de la manga de mi túnica, me hizo detenerme de improviso, sonando como una nota desafinada en aquel réquiem que llegaba a su final.
Blaise se llevó una mano al oído y lo golpeó enérgicamente con el dedo índice.
El latido de mi corazón haciendo eco en mis tímpanos impidió que pudiera oír algo más, y maldiciendo a esta situación, la guerra, al mundo, a Snape, a Voldemort y a la maldita vez que se me ocurrió que podía marcar una diferencia en Hogwarts, el eco desapareció hasta ser casi tan débil que pude escuchar lo que Blaise insistía que hiciera:
Voces. Alecto y Amycus Carrow, seguramente custodiando la puerta del despacho de McGonagall.
Algo se quebró en mi interior, haciendo que aquella felicidad de derramara como el agua en una vasija rota. Por supuesto que ellos sabrían que Weasley trataría de recurrir a McGonagall. Era la única persona en el castillo capaz de hacerle frente a Snape y tener éxito en la labor de salir invicta ante una legión de más de veinte mortífagos en Hogwarts.
Blaise y Nott nos miraron, la duda hirviendo en sus pupilas. Pedían a gritos alguna solución, un plan maestro que nos pudiera salvar; y a la vez, chillaban disculpas por haber fallado en la que era una de las únicas cosas que eran de vital importancia para mí.
Porque era evidente: cuando los gritos de los demás mortífagos se hicieran audibles a nuestras espaldas, los Carrow vendrían a nuestro encuentro y nos darían fin sin siquiera mirar dos veces.
El tiempo pareció alargarse, los segundos parecían minutos. Algo se oprimió en mi pecho, y por primera vez sentí el dolor al fallarle a una persona que creía en mí. Miré a la figura de mi derecha, y me encontré con dos ojos llenos de lágrimas bajo un pelo rojo rebelde. Había decepcionado a muchos, pero ninguno realmente había esperado algo de mí. Mi padre nunca creyó en realidad que sería un hijo de quien sentirse orgulloso. En cambio, Weasley había depositado su confianza en mí. En todos estos meses, ella se había colado en mi vida de alguna manera u otra, y despertó en mi interior algo que jamás había sentido: esperanza. Ella me hizo ver que existía una manera de remidirme con el mundo, de poder limpiar los pecados cometidos por la presión de mi padre y los mortífagos. Ella, la pelirroja amante de sangres sucia, había visto en mí algo más que un simple mortífago.
Me dolía mirarla, pero no podía bajar la mirada. No. Por alguna razón, me tranquilizaba pensar que moriría con la imagen de ella grabada a fuego en mi memoria.
Morir… Ese pensamiento me inquietó. Deseé durante días irme de este mundo cuando mi padre me torturaba hora tras hora, ante la presencia del Señor Oscuro. Pero viví. Y ahora, cuando por fin sentía que mi presencia en el mundo servía de algo, no quería irme. Una maldita amarga ironía.
-Malfoy…
La voz de Weasley era suave y quebrada, llena de temor. Su cuerpo decía lo contrario: su mentón, tan alzado como siempre, y su espalda muy erguida. Parecía que su voz y mirada pertenecían a otra chica, a una a la que no había tenido la oportunidad de conocer; y que nunca me habría gustado hacerlo. Weasley sabía bien que dentro de pocos segundos, no quedaría nada de altivez y decisión en su postura, ya que el intenso dolor de las maldiciones que arremeterían con su cuerpo opacaría cualquier rastro de orgulloso en ella.
Su mano libre, se deslizó en mi rostro y sentí que sus dedos se encontraban calientes. De un parpadeo a otro, la chica se encontraba frente a mí.
¿Acaso alguien sería capaz de borrar la Weasley que siempre había conocido? El poder en su decisión, esa que chillaba que se enfrentaría a rayos y fuegos con tal morir con dignidad, me perturbó e hizo ver que ella no dejaría que el miedo la aterrorizara. No, Weasley no sucumbiría ante el miedo una vez más. Su corazón, digno de una Gryffindor, lucharía hasta el final. Ella me lo había dicho varias veces: luchar la mantenía viva.
Una tímida sonrisa se esbozó en sus delgados labios y lentamente la vi inclinándose hacía mí, como si le costara ponerse en la punta de sus pies. Y la textura de sus labios secos, temblorosos sobre los míos, hizo que mi interior explotara. Moví mis labios, sabiendo muy en el fondo de mí que hacía algún tiempo había querido besarla. No así, claro estaba; pero nunca se me podría haber ocurrido un momento más oportuno. Aunque había entrado en mi vida para darme una tarea y ver mi propósito en el mundo como algo de profunda utilidad, ella amaba a San Potter y sabía muy bien que sería imposible dejar de lado al héroe del mundo mágico en su vida. Por lo tanto, solo la besé. Casta y simplemente. Ninguno quiso derrumbar el último bloque de la invisible barrera que nos recordaba que seguíamos siendo Ginny Weasley y Draco Malfoy, aunque por un momento, tan solo por una corta e insignificante fracción de segundo, quise que todo fuera distinto. Que la guerra fuera tan solo una mala pesadilla, y que Malfoy no fuera una lápida desde la cuna.
Ella fue la que concluyó el beso. Aún con los ojos cerrados, pude sentir el calor de su cuerpo pegado al mío. No se había apartado ni tan solo un centímetro.
-Puedes salvarte, Draco –susurró con la voz apagada. Su aliento chocó contra mí oído, causándome escalofríos. Nunca la había escuchado pronunciar mi nombre de pila con tanta familiaridad-. Eres valiente y una buena persona. No dejes que te hagan pensar lo contrario, ¿entendiste? Todos son unos imbéciles por no querer ver más allá de tu apellido y esa calavera en tu brazo izquierdo –¿Era posible que mi corazón dejara de latir y aún pudiera seguir vivo? La mano de la chica se deslizó dentro de mi túnica, guardando algo en el bolsillo del pecho, antes de retroceder un paso y apartarse-. Anda donde McGonagall. Tal vez todavía queda esperanzas para mí… -dijo esta vez, elevando un poco la voz-. Adiós.
La pelirroja dobló las rodillas rápidamente y se dejó caer en el suelo, sin apartar su mirada de mí. Fue entonces, a través de sus elocuentes ojos, que entendí el significado de sus palabras.
Cerró los ojos y empezó a chillar, mientras los gritos de los mortífagos a nuestras espaldas empezaban a oírse con fuerza:
-¡MALDITOS MORTÍFAGOS! –exclamó, llorando-. ¡NO SON NADA MÁS QUE UNA BASURA, UN JUGUETE DE VOLDERMORT!
Los segundos, tan eternos, se acabaron. Los eventos siguientes ocurrieron a una velocidad vertiginosa:
Los Carrow aparecieron ante nosotros, y Alecto le lanzó una maldición a Weasley después de reponerse por la sorpresa de vernos allí.
-¿Qué tenemos aquí? –preguntó mientras Amycus, clavando sus calculadores y fríos ojos sobre mí-. ¿Algo que contar, Malfoy? –escupió, jugando con su varita en las manos.
Su pregunta no fueron más que palabras carentes de sentido. Mis ojos estaban puestos en Weasley, que apretaba los labios para no lanzar ninguna muestra de dolor ante el potente Cruciatus que Alecto disparaba contra ella.
Un golpe en mi hombro me hizo quitar la vista de aquella horripilante visión y vi que Blaise lo hacía, como si estuviera felicitándome:
-Un pequeño plan que teníamos. Tuvimos que usar a Draco para hacer caer a Weasley…
No escuché más de lo que me decían. Supe que por sus movimientos y el desenlace de las cosas, que la mentira de Blaise había sido recibida con sorpresa y luego, fue creída como si fuera la absoluta verdad. Algo que Weasley había querido desde un principio desde que se lanzó al suelo, fingiendo que nosotros la estábamos torturando.
La vista se me nubló. Vi que Alecto tomaba a Weasley y la obligaba a caminar, cuando las delgadas piernas de la chica apenas podían mantenerla en pie, y mis pasos los siguieron.
Llegamos a la oficina de Snape, y allí, Blaise informó de todo. Supuestamente, él me había dado la misión de hacerle creer a Weasley que era su aliado, ya que debido a mis acciones del pasado, no me sentía cómodo en mi posición. Y de una manera casi hermosa, Blaise usó la realidad, y le dio toques y matices distintos. Nott inevitablemente se vio obligado a cooperar, y todo por atrapar a la imagen más poderosa de libertad y justicia en el castillo: la novia de Harry Potter. Ella era la semilla que sembraba desidia entre los estudiantes, escabulléndose por las noches para aturdir a mortífagos y salvar a niños de torturas justas por desobedecer la ley del director.
No sé lo que hice. Tal vez asentí o incluso agregué algo más a las mentiras de Blaise. Me encontraba demasiado ocupado mirando Weasley, que mantenía la vista baja y no habló en ningún momento.
Un enorme y asfixiante ¿por qué? se atascó en mi garganta. Una pregunta que englobaba todo lo que sentía en aquel instante y la imperiosa necesidad que tenía de dar un paso al frente, y exigirles a esos hijos de puta que liberaran a la chica.
Sin embargo, algo me quemó los ojos y me di cuenta que se trataba de Snape. El hombre me observaba fijamente, como estudiándome con cuidado. Esos ojos oscuros sobre la nariz aguileña, me desmenuzaban cual planta sin hojas cubriéndole el tallo. Quería ver si había verdad en mí, si todo lo que Blaise relataba era cierto.
Y, en un ataque irreversible de desesperación, no hice ninguna mueca o usé alguno de mis usuales escudos invisibles de protección para que nadie pudiera saber lo que pensara o sentía. Quería que viera la mentira, que supiera que ya no era el mismo niño sumiso que seguía órdenes y se ocultaba tras él luego de cometer un error. No. Yo había ayudado a Weasley porque quería hacerlo.
-Muy bien –dijo, frunciendo los labios-. Puedes retirarte, Draco.
¿Qué? Parpadeé, por primera vez plenamente conciente de dónde estaba y con quiénes. ¿Por qué?
-¿Qué esperas? –preguntó, adivinando mis pensamientos. No, era imposible. Había aprendido Oclumancia y había aprendido a mantener mi mente cerrada todo el tiempo, en especial este último año-. ¿O quieres quedarte para hacer los honores? –su mano se movió en dirección de donde estaba Weasley.
-No, señor –musité, hundiéndome en su enigmática expresión. ¿Acaso él sabía y no decía nada? ¿Por qué? Nunca había logrado conocer siquiera un ápice de Severus Snape. Un hombre que había velado por mí y veía más allá de mi máscara de orgullo y autosuficiencia: vio a ese chiquillo, asustado por tener que llevar a cabo una misión de una causa de la que ni siquiera estaba plenamente entregado a creer-. No quiero hacer los honores.
-Entonces, lárgate. Y llévate contigo al señor Nott.
Blaise me lanzó una larga mirada triste. Posiblemente él tendría que ayudar en la tarea de torturar a Weasley y en sus ojos leía a la perfección que no tenía otra elección. Él ya pertenecía a ese bando y aunque tratara de luchar por lo contrario, no podía cambiar la situación. Desde niño en su destino estaba escrito que serviría al Señor Oscuro y todo lo demás tan solo eran destellos de un futuro que jamás podría obtener. Una vida en la que yo mismo también debía permanecer, quisiera o no.
No miré a Weasley antes de irme. Y tampoco quería hacerlo. Estaba seguro que no podría haber mantenido tanta tranquilidad de lo contrario. Porque sabía que esa sería la última vez que la vería.
Bajamos por las escaleras de caracol, con el temor de tener que escuchar gritos en cualquier momento. Porque aunque Weasley era la persona más fuerte y tozuda a la que había conocido en toda mi existencia, cuatro mortífagos torturándola desgarrarían hasta lo más profundo de su alma. El solo hecho de pensar que ella viviría lo mismo que yo hacía unos meses atrás, hizo que todo se aguara. Me limpié las lágrimas, diciéndome que los hombres no lloraban, que los Malfoy no tenían permitido aquella muestra de pura debilidad.
Me alejé, caminando sin destino fijo. Solo iba derecho, esquivando las personas que se me cruzaban y las palabras felicitándome por el logro cometido. Ninguno de ellos sabía la historia era una muy distinta.
La tortura podía cambiar a una persona. Lo sabía yo, porque había y me habían torturado. Ninguna parte es fácil, pero la primera podía ser hasta satisfactoria para los que olvidaron alguna vez lo que se sentía ser una persona llena de dudas y temores. Y la última… la última te podía trastornar, te hacía cambiar; siempre para mal. Olvidabas quién eras, las líneas de lo que era real y no se hacían difusas, y lo único que te quedaban, eran las pesadillas de tu interior ensangrentado, de tu cuerpo convulsionándose mientras lo único que pides es morir y dejar de pensar, de sentir. La muerte era la única salvación que veías y podías obsesionarte con ella, hasta el grado de ser tu endeble fuente de esperanza cuando tus propios gritos son algo normal de oír retumbar en tus oídos.
-Tal vez todavía queda esperanzas para mí…
Recordé el tacto cálido de su pequeña mano, introduciéndose en mi túnica y provocando que mi cuerpo temblara con aquel gesto.
Me llevé la mano al bolsillo interior de la túnica y sentí un delgado relieve circular dentro de él.
Extraje el objeto, tan solo para encontrarme con la moneda encantada que Weasley me había dado tiempo atrás para poder fijar nuestras fechas y horas de encuentro sin ningún peligro.
Un insignificante galeón, parecía real al tacto, pero estaba seguro que si alguien quisiera comprobar su legitimidad, se sabría que era falso hasta en las manchas sobre el escudo del ministerio de magia.
Y con aquella observación, una exhalación se escapó de mis labios.
-¿Qué haremos ahora? –escuché preguntar a Nott, haciéndose presente por primera vez que habíamos salido del despacho de Snape.
Mi galeón no estaba manchado. Éste era el galeón de Weasley. Ella se había llevado el mío, los intercambió.
No iba a rendirme. Durante meses dejé que la vergüenza y el rencor me aprisionaran, y me sumergí en la depresión y autocompasión. Tan solo deseaba que todo terminara, que nadie pudiera ver a través de mí; mientras un odio incontrolable hacia el apellido Malfoy, hacia el pasado de mi familia, y todo lo que me inculcaron creer desde pequeño, crecía en mi interior y me envenenaba. Pero ya no más. Ya no tenía dudas ni miedo.
Si debía lucir mi antiguo traje de orgullo de sangre pura y obediencia ciega a Voldemort, lo haría. Era mi mejor arma para poder preparar y esperar el mejor momento para alzarme contra el régimen y la época de crueldad en el mundo mágico. Todos creerían que volvía a ser el mismo Malfoy de antes, la rata cobarde que vuelve al amo; tal como su padre hizo una vez que demostró su insuficiente lealtad a Voldemort. Todos, menos yo.
Había un guerrero en mí, un fuego ardiendo en mi interior que tan solo una persona pudo encender en mi interior.
-Vamos a buscar a McGonagall –dije, con una voz tan clara y decidida, que me costó reconocer como propia.
Por Weasley. Por mi familia. Por el mundo mágico.
La resistencia recién había comenzado.
FIN
N/A: Dios. Esto es… el fin de una era. Lo sé, me he demorado siglos en actualizar; y la verdad es que fue una horrible combinación de poco tiempo, poca inspiración para este tipo de género, y la certeza de que lloraría con el fin de este fic. Sí, estoy llorando y de hecho, he estado llorando desde que Draco y Ginny se han mirado antes que se besaran. Ya les había dicho que el final sería así, agridulce, porque esto se rige ante los hechos de las Reliquias de la Muerte, pero aún así me siento sumamente triste por el final y por… bueno, por escribirle "FIN" a este fic que he adorado, odiado, querido, maldecido, y nuevamente adorado durante meses.
Dejando este sentimiento y siendo un poco más calmada, espero que se haya notado el cambio que ambos han hecho en el otro. En Ginny se vio a lo largo de todo el fic, desde el momento en que empezó a confiar en Malfoy, cuando lo salva de los dementores, y finalmente cuando se entrega a los mortífagos y le da la oportunidad de salvarse con toda esa mentira dicha por Blaise. Y con Draco, pues… el cambio se ha visto poco de manera explícita, pero el final lo deja muy claro: Ginny fue quien le hizo ver que con sentarse a lamentarse de sus acciones y su vida, no iba a conseguir nada.
El punto que McGonagall esté al corriente de lo que ocurre, es que su intervención es la que logra convencer a Snape que Ginny pueda irse de Hogwarts. Bill explicó a Harry, Ron, y Hermione que Ginny ya no estaba en Hogwarts desde la Pascua. Creo que McGonagall es la razón de esto.
He agregado un poco de Nott/Daphne porque pienso que en el fondo, estos personajes se quieren mucho y lamentablemente fueron víctimas de sus posiciones en la vida. Mientras que Blaise… bueno. Es un maldito, pero quiere a Draco y haría todo por él, incluso arriesgarse a ayudarlo a llevar a Ginny con McGonagall para salvarla de las garras de los mortífagos.
También, he escrito una especie de epílogo. Lo pueden encontrar en este sitio, se llama "Allegro non molto". Es bastante más dulce que este amargo final, pero no lo subiré al sitio porque considero que es algo muy alternativo y el verdadero final se encuentra aquí.
Y bueno, creo que indiscutiblemente, tengo que darle las más profundas y enormes gracias a todos ustedes, quienes leen o alguna vez leyeron este fic. Soportaron mis idas de olla y por sobretodo, varios aún soportan lo tardona que fui para actualizar. No los culpo si se rindieron y ya no siguen el fic, en serio que no. Pero esto va para todos los que alguna vez han estado aquí: MUCHAS GRACIAS.
Sin más, me despido del proyecto más intenso y tormentoso que jamás he escrito.
Un gran saludo y un abrazo.
Atte.,
Sirenita.
