Capítulo II
LA AMENAZA DE LOS SIETE ÁNGELES
...me levanto tenaz, definitiva,
brutal como una lápida y en ocasiones triste,
como la tristeza pétrea del ángel funerario
que oculta entre sus manos una cara sin lágrimas.
"Origen". Rosario Castellanos
Azael miró con fijeza el Santuario mientras plegaba sus alas silenciosamente.
-Este es el lugar, hermanos míos -anunció con una voz grave, solemne, en la que había algo de mar profundo.
-Es un sitio hermoso -murmuró Anmael, sin que se pudiera adivinar si eso le resultaba agradable o no.
Los siete empezaron el ascenso por la escalinata.
Mu salió a su encuentro tan pronto como llegaron frente a la Casa de Aries.
-¡Alto! ¿Quiénes son y qué buscan aquí?
El más alto de los siete se adelantó e hizo una profunda inclinación antes de hablar, manteniendo siempre los ojos bajos, como muestra de respeto.
-Caballero de Aries, mis hermanos y yo somos conocidos como los Siete Ángeles. Estamos aquí para hablar con el Patriarca de la Orden de Atenea.
-¿Cuál es el asunto? -preguntó Mu, suavizando el tono.
-Sólo podemos decirlo en presencia del Patriarca.
-Entonces, temo que no los puedo dejar pasar de aquí.
-Comprendemos que cumples con tu deber, Caballero de Aries; ahora, nosotros cumpliremos con el nuestro.
Los siete invasores desplegaron sus alas y se elevaron por el aire, para pasar volando por encima de la Casa de Aries.
-¡Pared de Cristal! -Mu intentó detenerlos.
Hubo un ruido como de cristales rotos cuando los siete atravesaron la pared de cristal y continuaron adelante, como si nada. Mu los contempló con asombro, no muy seguro de qué hacer a continuación.
-Disculpa –era la voz del más algo, y al escucharla Mu sintió un dolor repentino, paralizante-. No te mataremos esta vez, pero tampoco queremos que nos des problemas por ahora.
Poco antes de perder el sentido, Mu creyó escuchar la voz de una niña preguntándole qué pasaba.
Los encuentros con los siguientes caballeros fueron prácticamente una repetición del primero y, cuando los siete desconocidos llegaron ante la puerta del palacio, los Caballeros de Oro habían quedado fuera de combate.
El Patriarca había sentido las alteraciones en el cosmos de los caballeros, y estaba preparado para luchar cuando vio entrar a los invasores... que lo sorprendieron saludándolo con una rodilla en tierra.
-Salve, Shion, Patriarca del Santuario y Guardián de la diosa Atenea -dijo el más joven de los siete, con una voz que todavía era de niño.
-¿Quiénes son ustedes?
-Nos conocen como los Siete Ángeles, somos los Carceleros de Lilith.
-¿Lilith?
-La encarnación del Mal. Maestro Shion –habló de nuevo el más alto-. Mi nombre es Araquiel, Ángel del Rayo Dorado; ellos son mis hermanos: Anmael del Rayo Azul, Azael del Rayo Verde, Asbeel del Rayo Naranja, Agniel del Rayo Rojo, Exael del Rayo Violeta y Tamiel del Rayo Añil.
Todos vestían armaduras negras, con detalles en el color que correspondía al título de cada uno, Shion no pudo identificar de qué material estaban hechas, pero no parecían ser de metal. Araquiel siguió hablando.
-Quizá usted ha escuchado la leyenda de Lilith, Maestro. Antes que Eva existió Lilith, y ella fue creada, como Adán, del barro. Pero Lilith era de carácter rebelde y voluntariosa en extremo, Adán la repudió y le pidió a Dios que le creara otra mujer, una que fuera sumisa. Entonces Dios creó a Eva de la costilla de Adán para que él entendiera que la mujer debía ser su igual, no su posesión. Lilith se sintió herida en su orgullo, tomó a sus hijos y se refugió en el desierto. A la muerte de Adán, los hijos que éste había tenido con Eva se negaron a dar parte en la herencia a sus medio hermanos hijos de Lilith. Ella juró que se vengaría, y desde entonces nace cada doscientos años para atormentar a la humanidad con la ayuda de sus hijos, que ahora son monstruos y demonios... Nuestra misión es encontrarla y darle muerte antes de que pueda causar daño.
-Ya veo... ¿Y por qué han venido al Santuario de Atenea?
Agniel tomó la palabra.
-Sabemos que Lilith está por nacer y sabemos que nacerá en Grecia. Hemos venido a solicitar la ayuda de los Caballeros de Atenea para encontrarla y destruirla.
El Patriarca frunció el ceño detrás de la máscara. Aquello era demasiado extraño. Esos guerreros no correspondían con nada que él conociera o esperara de los ángeles.
-¿Cómo es que están tan seguros?
-Lo sabemos -dijo Tamiel con tranquilidad, como si eso fuera una respuesta más que suficiente. No lo era para el Patriarca.
Metis acertó a pasar por ahí justo en ese momento. No salía mucho en esos días, cuando ya se acercaba el nacimiento de su bebé, pero había querido tomar un poco de sol. La incomodó la forma en que la miraron los siete intrusos, como si vieran a través de ella, o mucho más lejos...
Araquiel se adelantó unos pasos y la saludó con una profunda reverencia.
-Dama Roja, es un placer verla de nuevo.
El fuego de Vesta centelleó en los ojos de la mujer por un instante.
-Ni siquiera lo piensen -advirtió con voz suave, pero llena de amenzas-. Yo estoy aquí para cuidar de ella y no la mezclarán en sus conflictos.
-Sueles evitarlo -dijo Asbeel con una media sonrisa-, pero no creo que hayas hecho una buena elección esta vez, Dama Roja. No estás en condición de luchar contra nosotros como las otras ocasiones.
-Puede ser, pero cuando nazca será más fuerte que en ninguna otra de sus vidas. Yo le daré mi fuerza. Pueden decírselo a su ama. Mi hija nunca se ha involucrado en su guerra y no será ahora cuando empiece.
-Transmitiremos su mensaje, señora, pero no creo que sea bien recibido -dijo Araquiel.
Los Ángeles se prepararon para retirarse, como si la presencia de Metis los obligara a irse sin terminar de hablar con el Patriarca, pero en el último momento, Agniel miró de nuevo a Metis.
-¿Sabe que estás indefensa, Dama Roja? Te has destruido a ti misma en esta vida, podrás protegerla tanto tiempo como querrías.
Con pasos rápidos, Metis fue hasta él y lo encaró mirándolo fijamente a los ojos, ninguno de los dos retiró la mirada.
-Lo haré de todos modos -sentenció ella.
-Es libre de intentarlo.
Se marcharon de la misma forma que habían llegado. Metis respiraba agitadamente, como si hubiera hecho un esfuerzo enorme. El Patriarca se acercó a ella preguntándose si debería llamar a alguien para que la acompañara a sus habitaciones, si debería ofrecerle un vaso con agua o si simplemente debería esperar a que ella recobrara la calma.
Era sólo la madre del Caballero de Géminis y una invitada en el Santuario, pero en ocasiones lo hacía sentirse intimidado, como si estuviera en presencia de una reina, tal vez era algo natural en ella, que había sido la máxima sacerdotisa de una de las diosas más poderosas de Roma. Por honor a Vesta era que sus sacerdotisas tenían el poder de confirmar o revocar las sentencias de muerte, en cierto modo, eran dueñas de la vida...
-¿Se encuentra usted bien, Señora? -no tenía ni idea de por qué, pero siempre que la llamaba "señora" sentía que su voz, involuntariamente, añadía la mayúscula a la palabra en cuestión.
-Lo estoy, Maestro -y, como siempre, su voz sonaba condescendiente, como si lo considerara de un rango inferior al suyo... El Patriarca maldijo para sus adentros, sobre todo porque ella no lo hacía intencionalmente, de eso estaba seguro.
-¿Cuál es su relación con esas personas? -preguntó el Patriarca.
-Ellos han venido a matar a mi hija -respondió Metis con sencillez.
-¿A su... a su bebé? ¿Pero por qué?
-No lo sabía antes, lo recordé cuando los vi. En otras vidas han tratado de aliarse con mis descendientes, pero nunca han sido bien recibidos.
El Patriarca bajó la cabeza, aquello era un problema bastante serio.
-Usted está aquí como la madre de un caballero dorado, eso la pone bajo la protección del Santuario, y también a su bebé, sea quien sea y sea lo que sea...
-Se lo agradezco, Maestro -y su voz parecía indicar más bien que eso exactamente lo que ella esperaba de él, como si fuera su deber protegerlas.
El silencio se prolongó por unos segundos.
-¿Por qué la llamaron "Dama Roja"? -preguntó el Patriarca de repente.
-Por mi cabello, obviamente.
-¿Por ser pelirroja, eh?... Como las brujas de la mitología celta -murmuró el Patriarca, luego de verla marcharse.
Tal vez porque estaba cansado, tal vez porque se sentía demasiado preocupado por otras cosas, el caso es que no advirtió que Saga había estado cerca de ahí durante toda la escena, oculto detrás de una columna, y había escuchado incluso su último (y poco afortunado) comentario.
-¿Estás seguro de que quieres protegerla? -preguntó Arles, con algo de duda en los grandes ojos color miel.
-No es cuestión de si quiero o no quiero. La ley de hospitalidad es muy clara: la dama Metis pertenece al Santuario y nadie puede atentar en su contra, ni en contra de su bebé. En Yamir actuaríamos igual.
Arles sacudió la cabeza con desaliento, a su hermano le haría bien pasar algunos días en Yamir, últimamente se veía fatigado. Para ningún elfo es bueno permanecer siglos lejos de su tierra natal, eso los hace envejecer casi... casi como humanos. En cada una de sus esporádicas visitas al Santuario, Arles encontraba a Shion más desmejorado.
-¿Y estás seguro de que podemos protegerla?
A pesar de la duda que había en aquellas palabras, Shion miró a su hermano con gratitud, ese "podemos" indicaba que se quedaría un tiempo más en el Santuario para ayudarlo. Arles detestaba el mundo exterior y no veía la hora de regresar al Tíbet, para él era un gran sacrificio permanecer ahí más de dos o tres días.
-Claro que podemos. Hay cinco caballeros dorados aquí, además de Kanon, que es casi tan bueno como su hermano, también estoy yo y está mi hermano menor. ¿Qué pueden hacer siete Ángeles en contra nuestra?
-Psemmm... Te estás poniendo viejo, hermano, no podemos subestimarlos, le pasaron por encima a tus cinco Caballeros de Oro con demasiada facilidad.
-Mmm...
Saga encontró a Kanon en la Casa de Géminis, recuperándose de su breve enfrentamiento con los Caballeros Celestiales. Era frecuente el que Kanon se hiciera pasar por él en los entrenamientos, pero aquella había sido la primera vez que intentaba usar la armadura en su lugar mientras Saga visitaba a Metis. El resultado había sido un desastre, porque eran capaces de engañar a todos los habitantes del Santuario e incluso a la armadura, pero Kanon estaba muy por debajo del nivel de Saga, y los Ángeles casi no habían tenido que esforzarse para vencerlo. La vergüenza de su derrota caía exclusivamente sobre Saga, puesto que eran muy pocos los que sabían de la existencia de su gemelo y absolutamente nadie sabía de su "juego" de intercambiar identidades.
Por supuesto, a Saga no le hacía ninguna gracia el haber sido derrotado… sobre todo cuando no había estado en el combate.
Al momento de entrar en la habitación, Saga decidió sufrir con paciencia el trago amargo que había ganado permitiendo que Kanon intentara usar la armadura a pesar de que seguía sin alcanzar el séptimo sentido... ya habría tiempo para discutir eso también, cuando las cosas se calmaran.
-¡Si alguien vuelve a tratar de cruzar por aquí, voy a hacer que dé vueltas como por un laberinto, hasta que se maree! -concluyó Kanon, luego de contarle a su hermano su versión de lo sucedido.
Saga no parecía haberle prestado atención. Eso incomodó a Kanon, quien temía que se estuvieran distanciando desde que habían vuelto de Italia. Desde niños, notaba el que Saga sufría con frecuencia cambios bruscos de carácter, seguidos por largos períodos durante los cuales apenas hablaba y se comportaba como si tuviera miedo de sí mismo. Él ya estaba acostumbrado a los cambios y se adaptaba a la actitud que tuviera Saga casi sin detenerse a pensarlo, pero aún así no podía dejar de preocuparse de vez en cuando.
-¿Sucede algo, Saga? -preguntó con inquietud.
Saga le contó todo lo que acababa de presenciar y luego guardó silencio, esperando que su hermano opinara.
-¿Y tú crees que ellos decían la verdad? ¿Que nuestra hermana nacerá para destruir el mundo? -preguntó Kanon, frunciendo el ceño.
-Me preocupa más nuestra madre, por lo que dijo el Maestro acerca de las brujas celtas.
-Saga, nuestra madre es italiana...
-¿Qué no hubo celtas en Roma durante el apogeo del Imperio? ¿Es común que las latinas sean pelirrojas?
Kanon suspiró.
-Deberías ir y hablar con ella antes de empezar a atar cabos tú solo.
-¿Tú crees?
Tan pronto como su hermano salió de la habitación, Kanon se dirigió a una de las ventanas. Nuevamente había tenido la impresión de escuchar la voz de una niña llamándolo, casi con desesperación; la misma voz que le había parecido escuchar mientras trataba en vano de detener a los Ángeles, y que también habían escuchado los demás Caballeros de Oro sin que ninguno se atreviera a comentarlo con los demás.
Pero ahora la voz de la niña había sonado con más claridad en su mente, había podido distinguir las palabras...
"¡Kanon! ¡Kanon! ¡Eso fue un error! ¡Ve y detenlo antes de que sea tarde!"
¿Que lo detuviera? ¿A quién? ¿A Saga? ¿Y por qué? Solamente iba a hablar con la madre de ambos, que en ese momento sin duda estaría en su habitación... oh, no...
Kanon corrió para alcanzar a Saga antes de que viera lo que ocurría en la habitación de su madre.
Metis sintió una corriente de aire en el momento mismo de arrojar otro pedazo de espejo al fuego de Vesta, eso la hizo detenerse, con la sensación de que se le congelaba la sangre en las venas. Advirtió por medio del cosmos que alguien estaba observándola... demasiado tarde como para ocultar lo que tenía en las manos, demasiado tarde como para inventar alguna excusa. Sólo atinó a voltear, para encontrarse con la mirada horrorizada de Saga.
continuará...
