Capítulo III

BATALLA EN EL SANTUARIO

Lo oigo, lo persigo, lo hallo, lo destruyo

Comprometiéndolo en el crimen,

En el presente, en el pasado, en el futuro crimen.

¿Quién existe, quién es, dónde está el inocente?

Al reo, ¿dónde hallarlo?

(...) Quiero escribir algo que me señale a mí mismo

con el dedo,

acusándome,

diciéndome la verdad,

pero la luz me ahuyenta hacia el lugar donde sin sueño velo, acecho,

hace miles de años, pobre ser rechazado

por mí mismo.

Vivo el terror creciente de ser hombre.

Dentro de mí, acurrucado existo.

No he llegado a comprender lo inverosímil del alma.

Me sobrecoge el terror de encontrarme sin mí

En un recodo de mí mismo.

"Sin sueño velo, acecho". Isaac Felipe Azofeifa

-Saga -murmuró Metis.

-¿Qué es todo esto?... ¿Brujería?

-Si quieres llamarlo así...

Ella bajó la vista hacia el trozo de espejo que tenía en las manos, luego miró el fuego de Vesta, cuyas llamas estaban pasando del rojo oscuro al negro, finalmente miró de nuevo a su hijo.

-Kanon también reaccionó mal la primera vez que me encontró en esta labor, pero escuchó mi justificación y comprendió...

-¿Kanon sabe de esto?

-Casi desde el inicio.

-¿Y qué es lo que estás haciendo?

-La muerte de las otras amantes de tu padre -contestó ella con sencillez.

-¡Tienes que estar loca!

-¡Saga! ¡Saga, espera!

Demasiado tarde, el muchacho había salido corriendo.


Estaba contemplando el mar desde el cabo Sunión cuando Kanon logró encontrarlo finalmente.

-Esta vez sí que viniste a dar lejos. ¿Y qué haces aquí, por cierto? Aquí es donde vengo yo cuando estoy deprimido, no tú -dijo, acercándose a él, Saga no respondió-. ¿Te has dado cuenta de que huyes cada vez más lejos cuando hay algo que te perturba? A veces me da la impresión de que incluso huyes dentro de ti mismo.

-En eso somos diferentes, ¿no? Tú siempre aceptas las cosas como vienen.

-No creo que haya otra opción.

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo, sabiendo que nuestra madre es una asesina?

-¿Asesina? No lo había visto de esa manera...

Saga se volteó para enfrentarlo, los ojos brillantes de cólera.

-¿Entonces, cómo lo habías visto? ¿Como un pasatiempo?

-No, como un mal necesario.

Kanon se apartó unos pasos y fijó la mirada en el mar antes de seguir hablando.

-Quiero que tengas siempre presente lo que voy a decirte... Los dioses rigen el destino de los humanos, usándonos como marionetas, dándonos vida sólo para que participemos en sus guerras sagradas porque ellos no quieren luchar directamente entre sí y correr el riesgo de perder sus propias vidas, prefieren usarnos a nosotros. Y es por eso que esas mujeres deben morir, para que sus hijos sean los huérfanos que se convertirán en héroes como servidores de Atenea. Mamá sólo ha cumplido con su parte del destino y yo pienso ponerle remedio a este asunto en forma definitiva.

-Así que tienes un plan... ¿y qué es lo que harás?

-Mataré a Mitsumasa Kido. Y luego a Atenea.

-¿Qué?

Saga, que creía haber llegado al límite del espanto, se dio cuenta de que aún podía horrorizarse más. Kanon siguió hablando sin mirarlo.

-Sus muertes pondrá fin a este ciclo interminable de muertes inútiles, porque no sólo destruiré sus cuerpos sino también sus almas, entonces, nuestra madre estará libre de esta pesadilla para siempre...

-¿Kanon, acaso no sabes quién es nuestro padre realmente?

-Claro que lo sé, él me lo dijo... y ahora veo que te lo dijo a ti también. A cada uno por aparte y ordenándole que guardara silencio, ¿no? Un perfecto manipulador... pero de mi cuenta corre que no vuelva a jugar con la vida y los sentimientos de nadie más... Creo que es lo único que podemos hacer, hermano. ¿No te das cuenta? Claro que no, todos aquí te consideran una especie de santo, mientras que los pocos que saben de mi existencia me consideran un demonio, pero yo sé mejor que nadie que, muy en el fondo, somos exactamente iguales y opinamos lo mismo, sólo que tú te niegas a admitirlo y... ¿Saga? ¡¿Qué es lo que sucede?

La armadura de Géminis acababa de aparecer y ahora cubría a Saga.

-Eres un traidor -dijo Saga en voz baja, como sorprendido de escucharse.

Un destello de rabia apareció en los ojos de Kanon.

-No sabes lo que estás haciendo, hermano. Buena parte de mis ideas para derrocar a los dioses no han salido de mi imaginación, sino que las he escuchado de ti cuando hablas dormido... No son mis planes únicamente, son nuestros planes...

-¡No es así! Yo sirvo a Atenea, quien sirve a Zeus. Al amenazar de muerte a Mistusmasa Kido has roto tu juramento de lealtad y ya no puedes seguir siendo parte de la Orden. ¡Tu única razón de vivir debería ser Atenea!

-¿Atenea? ¡Ella es la principal razón de que quiera destruir a los dioses! Si ella vive, nuestra madre tendrá que morir...

-Estás diciendo incoherencias -Saga retrocedió, lo espantaba la transformación de Kanon.

-No has escuchado una palabra, ¿no? Dime qué es lo que piensas hacer a favor de Atenea -murmuró Kanon, luchando por calmarse.

-¡Primero que todo, acabar con todo lo que haya de maligno en su Santuario!

Una sonrisa burlona apareció en los labios de Kanon.

-¿Empezando por mí y continuando con... mamá?

Saga sintió como si le hubieran dado una bofetada, de pronto le pareció escuchar la voz de una niña suplicándole que se detuviera y escuchara.

-Esa voz... -murmuró, mirando a su alrededor.

-Es nuestra hermana -dijo Kanon, irónico-. Parece que la estamos preocupando y eso es malo para ella y para mamá.

Saga miró fijamente a su hermano. A Kanon se le borró por completo la sonrisa cuando comprendió que Saga no prestaría atención a esa voz.


Los Caballeros de Oro se habían reunido en la Casa de Aries esperando al enemigo.

-¿Dónde está Géminis? -preguntó Aldebarán por tercera o cuarta vez.

-Ahí viene -dijo Mu, con voz aliviada.

El Caballero de Géminis se unió a los otros con aspecto sombrío.

-Ya era hora de que llegaras -dijo Aldebarán, iba a añadir algo más, pero entonces se quedó mirándolo asombrado-. ¿Pero qué te sucedió? Parece que acabaras de ver un fantasma.

Saga no tuvo tiempo de responder. La voz de la niña se escuchó de nuevo, angustiada, llena de alarma.

"¡Caballeros de Atenea! ¡El palacio del Patriarca está siendo atacado!"

Los Ángeles no se habían molestado en pasar por las Doce Casas otra vez, todos empezaron a correr subiendo las escaleras.

Shion y Arles estaban rodeados, conscientes de que ellos dos no serían suficientes en contra de los invasores. Habían utilizado todas las técnicas que conocían, pero los siete se habían limitado a rodearlos, el cosmos de cada uno brillando con un color diferente, y cada ataque de los dos guerreros simplemente se disipaba antes de tocarlos.

-¡¿Qué es lo que quieren? -protestó Arles, furioso por la sensación de estar atrapado en el círculo de colores.

-Sólo queremos la muerte de la reencarnación de Lilith -replicó Tamiel-. Una vez que hayamos obtenido eso, los dejaremos tranquilos para que sigan esperando el regreso de Atenea...

Algo lo interrumpió... Con ojos llameantes de furia, el Ángel del Rayo Añil buscó a quien fuera que le había lanzado un puñado de barro y le había acertado en la nuca.

-¡¿Quién fue? -gritó.

-Hermano, no pierdas la compostura -lo regañó Araquiel.

Pero Tamiel ya había roto el círculo y, acercándose como un rayo a una de las columnas, había logrado atrapar a un niño de cabello castaño que se debatía furiosamente.

-¡Suéltame! -gritó el niño-. ¡No tienes derecho!

-¡Tú me tiraste el barro!

-¡Y, si quieres, vas a recibir más! -replicó el niño, al tiempo que caía una lluvia de bolas de barro sobre los Ángeles.

-¿Pero qué es esto? -exclamó Agniel, perdiendo la concentración.

Exael y Asbeel salieron de la formación y regresaron poco después con una niña de cabello rojo y un niño rubio que pataleaban encolerizados.

-¡Suéltanos! ¡Canalla! -gritó la niña.

-Propongo que nos libremos de estos mosquitos antes de acabar con la Dama Roja y su cría -gruñó Anmael.

-Propuesta aceptada -dijo Tamiel.

-¡Suelta a mi hermano, miserable!

El Caballero de Sagitario había sido el primero en llegar.

Tamiel dejó caer al primer niño, adivinando por la semejanza familiar que ese debía ser el hermano que les reclamaban.

Aioria se puso en pie de un salto y corrió hacia Aioros.

-¿Estás bien? -preguntó el Caballero de Sagitario.

-Sí -respondió el pequeño, mirando con odio a los Ángeles, especialmente al de añil-. Iban a lastimar al Maestro y al señor Arles, pero nosotros no los dejamos.

Araquiel no pudo contener la risa.

-¿Y también van a pelear los niños en nuestra contra? Veo que realmente los educan bien aquí.

-¡Lo suficiente como para darte una lección, canalla! -respondió la niña, tratando de patear (sin éxito) a Asbeel.

-Ya fue suficiente -dijo Shion, con voz calmada-. Dejen ir a los niños y enfréntense a los adultos, como debe ser.

Azael sonrió con indulgencia.

-De acuerdo. Suéltenlos, hermanos.

Asbeel y Exael obedecieron y Marin y Albiore fueron a reunirse con Aioria.

-Ahora, regresemos a donde nos habíamos quedado... -dijo Araquiel, muy educadamente, tan pronto como los Caballeros Dorados le ordenaron a los aprendices que se refugiaran en un sitio seguro y éstos obedecieran a regañadientes.

Los Ángeles asintieron y atacaron todos al mismo tiempo. Una red de siete colores se extendió envolviendo a los servidores de Atenea, paralizándolos.

-Me temo que este será el fin de su Orden -dijo Araquiel-. Qué lástima.

Los hilos luminosos empezaron a apretarse y, sin dañar las armaduras doradas, empezaron a herir los cuerpos de los caballeros a los que aprisionaban, la sangre empezó a correr por el suelo del palacio.

-Terminemos -indicó Araquiel, acrecentando su cosmos.

Sin embargo, alguien llegó en auxilio de los Caballeros Dorados. Un cosmos rojo, intenso y ardiente pareció surgir del suelo, elevándose muy por encima de todos como una llamarada que consumió en segundos la red de los Ángeles.

Araquiel descubrió a Metis, apoyada contra una columna y respirando fatigosamente.

-Así que estás dispuesta a luchar, Dama Roja. ¿Arriesgarás la vida de tu hija para salvar a los siervos de Atenea?

-Las dos lo hemos querido así -respondió Metis, levantando la cabeza en un gesto orgulloso.

Su cosmos rojo se encendió de nuevo, esta vez era auténtico fuego que corría sobre el suelo de mármol a una velocidad pasmosa, rodeándolos a todos y trazando extraños dibujos, de los que los Caballeros Dorados no podían extraer ningún sentido, ¿qué significaba todo aquello?

-Hechizos de protección contra los malos espíritus -murmuró Anmael, contemplando las letras llameantes-. ¿Piensas librarte de nosotros con un simple exorcismo medieval?

Metis sonrió, tenía los labios blancos por el esfuerzo que estaba realizando.

-El Fuego de Vesta es lo que estás contemplando, pequeño demonio.

Aquello provocó una carcajada por parte de los siete.

-¡El Fuego de Vesta! ¡La diosa del hogar, la guardiana de la fidelidad y la lealtad! -rió Araquiel-. ¡De todos los panteones, ella es la única diosa a la que no puedes invocar! ¡Tú la traicionaste... dos veces!

-Y moriré por hacer uso del Fuego -respondió Metis con tranquilidad-, lo sé. ¡Pero habrá valido la pena!

Siete sonrisas se congelaron cuando el Fuego de Vesta ardió con toda su fuerza.

-¡Demonios del Averno, regresen al lugar que les corresponde y esperen ahí el fin de los tiempos! -gritó Metis con una voz que no parecía humana-. ¡Que el Fuego de Vesta purifique el Santuario y expulse de aquí todo Mal!

Por unos instantes el Fuego fue lo único que existía. Los Caballeros Dorados pudieron ver que el Fuego pasaba a través de ellos sin sentirlo y luego se desvaneció. Ya no estaban los Siete Ángeles, sólo estaban ahí Aldebarán de Tauro, Mu de Aries, Saga de Géminis, Afrodita de Piscis, Aioros de Sagitario, Shion, Arles y Metis.

-¡No... espera! -gimió Metis-. ¡Vesta, no me abandones tan pronto... la purificación está incompleta!

Pero no pudo decir que era lo que faltaba, porque cayó al suelo, inconsciente.

-¡El bebé! -exclamó Mu, arrodillándose para atenderla-. ¡Ayúdenme a llevarla a su habitación!


Horas depués, Mu y Aioros salieron de la habitación de Metis preguntándose cómo le darían a los gemelos la noticia de que su hermana menor había nacido un poco antes de lo esperado, y que se encontraba bien, pero que la dama Metis moriría en pocas horas, ya que algo que ellos no podían identificar parecía estar consumiéndola por dentro. No encontraron a Saga, que se había marchado en la confusión que siguió a la derrota de los Caballeros Celestiales, y ninguno de los que sabían de la existencia de Kanon tenía noticias de él desde la mañana.

-Saga debe estar con el Maestro Shion, él y el señor Arles tampoco están -señaló Aldebarán.

Aioria contemplaba arrobado a la bebé que su hermano mayor tenía en brazos.

-¿Cómo se llama, Aioros?

-Pues no lo sé, supongo que su madre y su hermano le habrán elegido un nombre bonito.

-Cualquier nombre... siempre y cuando no le pongan Lilith -murmuró Mu, con aire sombrío. Su sexto sentido no lo dejaba en paz, indicándole que algo malo aún estaba sucediendo en alguna parte.


En el calabozo del Cabo Sunión, Kanon gritó llamando a Saga hasta quedarse afónico.

-¡Estúpido! ¡Debiste escucharme hasta al final!... ¿Te asustó lo que viste en mí, hermano? ¡Supongo que sí, porque siempre hemos sido como una sola persona y lo que hay de malo en mí también existe en ti!

Agotado, apoyó la frente contra las rejas, la marea estaba empezando a subir.

-La historia no va a acabar de esta manera, Saga -murmuró, mientras el fulgor de sus ojos se apagaba para ser reemplazado por una resignación amarga y sombría-, te conozco mejor de lo que te conoces tú mismo: el fuego maldito está en los dos y pronto despertará en ti como lo hizo en mí. No tienes miedo de mí, sino de ti, porque si uno de nosotros es un criminal y un loco... pues lo somos los dos...

continuará...