EPÍLOGO
(...) Certifiqué verdades. Pensé morir por los principios
Que eran como cristales, puros, donde el mundo
Definitivamente se explicaba a sí mismo.
Ciego, conduje un rebaño.
Mea culpa.
"Lección". Isaac Felipe Azofeifa
Vio sus expresiones de sorpresa cuando entró. Caminó hacia ellos tratando de disimular su miedo.
La máscara ocultaba su rostro y su nerviosismo, pero apenas le permitía respirar.
Había desconfianza en los ojos de Mu y Aioros. No podía percibir el cosmos de Dohko, se había quedado en Rozan por algún motivo en lugar de acudir al Santuario, como él le había ordenado.
-¿Maestro? -dijo Aldebarán con una mezcla de asombro y miedo.
-Soy Arles. He venido a tomar el lugar de mi hermano Shion.
Estaba dicho. La mentira había salido de sus labios y su voz, distorsionada por la máscara, había llegado hasta todos.
Los caballeros estaban inmóviles y silenciosos, algunos cabizbajos, pero Mu y Aioros lo miraban fijamente. No iba a funcionar, se darían cuenta del engaño...
Entonces sucedió, Afrodita puso en tierra la rodilla derecha, dando inicio a la ceremonia tradicional, Piscis lo había aceptado como Patriarca del Santuario; lentamente, los demás lo imitaron... exceptuando a Mu, que sólo inclinó la cabeza.
Arles lo miró fijamente, un poco más seguro de sí.
-¿Sucede algo malo, Caballero de Aries?
-No, Maestro Arles -¿lo había llamado "Maestro"? Bueno, entonces no era tan grave el asunto, al menos reconocía su autoridad aunque no se arrodillara-. Con su permiso, deseo regresar a mi hogar, a Yamir, hasta que mi presencia aquí sea realmente necesaria.
Arles asintió. Si no se sentía a gusto, mejor que se fuera, un problema menos.
Las cosas se acomodaron poco a poco, ahora que el nuevo Patriarca había tomado el mando. Al final del día, Arles entró a la habitación donde dormía la nueva reencarnación de la diosa y la contempló largamente, preguntándose qué debería hacer a continuación.
-¿Todo está bien, Maestro? -Afrodita estaba en la puerta.
-Sí, todo bien, Caballero de Piscis. Er... Gracias por ayudarme en la mañana, la situación se estaba poniendo bastante tensa.
-Sólo hacía lo mejor para todos, dadas las circunstancias,... Maestro Saga.
Tuvo que sujetarse de la cuna con ambas manos para que Afrodita no viera cómo temblaba.
-Afrodita...
-Tiene mi lealtad, Maestro, en cualquier circunstancia.
Arles lo miró retirarse, no tenía idea de hasta qué punto era sincero, pero decidió confiar en él por el momento... luego volvió a mirar a la niña, que a su vez lo miraba a él con una expresión extrañamente seria para una recién nacida.
-Bien, Atenea, la pregunta ahora es... ¿cómo y cuándo voy a matarte?
(aquí termina "Espejos rotos", pero la historia continúa en "Ginsei")
