Título: Cocinando

Claim: Francia-Inglaterra

Prompt: Clases de cocina

Extensión: 462

Advertencia: Francis y Arthur de pequeños. Y un poco fail!

Francis estaba exasperado. El pequeño Arthur no daba ninguna muestra de progreso, o al menos, eso creía. El menor había estado desde temprano en su humilde cocina, intentando en vano preparar con éxito un buen plato de pato a la ciboulette. A pesar de haber seguido con cuidado cada paso del libro de "Cómo ser un buen Chef parte I", algo andaba mal. No era la sal, no era el exceso de ciboulette, no era la carne a medio cocer. Ese chico no había nacido para cocinar, eso era todo.

-Francia…es la quinta vez que intento. Supongo que esta vez sí está rico. ¿Quieres probar?

El rubio hizo un gesto negativo con la mano, llevándose la otra a la boca, tratando de ocultar del menor las nauseas que sentía al ver que el pote de sal yacía vacío a un costado y que el pato estaba cubierto por una fina capa de arenisca blanca. Eso seguramente…sabía fatal.

-Arthur…Mon chéri, excuse-moi! No me siento de todo bien…

El ojiverde amagó un puchero y se sentó en un banquillo de madera del costado, llevando las manos a su rostro, con ademán cansado.

-Mentiroso. No te gusta mi comida.

Francis suspiró. Se acercó al pequeño y le acarició la cabeza con cariño. Detestaba verlo llorando, y más si era por su causa. A pesar de que vivían peleándose por cualquier causa, eran en esos momentos cuando el inglés bajaba la guardia y mostraba sin darse cuenta su lado mas emotivo. Y adoraba esos momentos.

-Mon amour…le pusiste demasiada sal. ¿Acaso quieres matarme? Te daré una última oportunidad. Pero echa ese pato a la basura, ya esta arruinado con tanta salazón.

Arthur enjugó sus lágrimas y lo miró sonriente.

-Thanks.

Estiró sus brazos y depositó un pequeño beso en la mejilla del mayor, con una leve risita maliciosa. El galo conocía ese tipo de gestos. En el futuro alguien podía acusarlo de pervertir al pequeño, aunque difícilmente podía hacerlo, ya que… Francis apenas estaba comenzando la adolescencia.

No entendía mucho qué era exactamente lo que hacía que sus mejillas se sonrojaran cuando el anglosajón hacía eso, pero otro día lo averiguaría. Por el momento, le interesaba más molestarlo y burlarse de su cabello (cuando se enfadaban); y enseñarle cómo ser un buen cocinero (cuando hacían una tregua y el pequeño se mostraba receptivo).

Se separó de rubio con una sonrisa, lo tomó de la mano y lo ayudó a bajarse del asiento. Sin soltarlo, volvió a llevarlo hasta donde yacían todos los enseres y utensilios usados. Tomó el ramo de ciboulette y, depositándolo en la pálida mano de Inglaterra, lo soltó y volvió a su pose anterior de profesor, sentándose a un costado y observando todo con los brazos cruzados.

-Bueno, Arthur…a cocinar. Empecemos de nuevo.