CAPÍTULO 2:
CAMPAÑA DE CONQUISTA
Mirando hacia fuera por la ventana de su limusina, Yami seguía pensando en cómo iba a hacer para conquistar a su maestra. En la esquina contraria estaba sentado Yuugi, su gemelo, en una pose pensativa pero preocupada. Tenía el ceño ligeramente fruncido y el codo apoyado en el soporte de la puerta, con la mano cerrada en un puño que le sostenía la sien. Los acontecimientos de aquel día le retumbaban en la cabeza sin dejarlo pensar, tanto así, que estaba a punto de darle jaqueca. Todavía no podía comprender que era lo que su hermano veía de bueno en una mujer tan nefasta como Meia Sakuraba, pero lo que sí comprendía es que mientras él siguiera viendo "la meta", seguiría corriendo hacia ella hasta alcanzarla, aunque no pudiera distinguir claramente lo que pudiera haber al llegar a ella.
Sin embargo, Yuugi consideró prudente abstraerse de sus propias opiniones sobre Sakuraba, y comenzó a analizar todo con calma. Si bien era cierto que la maestra tenía un carácter terrible y endemoniado como nadie, dejando eso de lado, era cierto también que Sakuraba-sensei era una mujer muy atractiva y todavía muy joven, aunque sí, algo mayor para Yami, a quien rebasaba por 6 años. Pero más importante que eso, ella era la primera y única persona, además del padre de ambos hermanos, capaz de enfrentarse a Yami y derrotarlo, lo cual era sin duda lo que lo tenía tan impactado.
Sakuraba había demostrado tener carácter y dignidad genuinos; incluso después de saber de la posición social de su familia, ella no se dejó intimidar ni remotamente, razón por la cual Yuugi le debía, si no su agrado, al menos sí su respeto. Este hecho también le hacía comprender de algún modo, el porque su hermano se hallaba tan cautivado con esa mujer. Después de todo, un hombre realmente orgulloso como él, jamás se conformaría con las presas de medio calibre. Un hombre en verdad orgulloso y que se respete a sí mismo, no escogería como su compañera a una mujercita común y ordinaria, sino a una mujer igualmente orgullosa, poderosa y con dignidad real. En otras palabras, sólo elegiría compartir su vida con un igual, alguien que esté a su nivel.
Sakuraba cumplía con los requisitos en ese sentido, el problema era ese horrendo carácter suyo. Encima de eso, estaba la fatal primera impresión que ella se había llevado de su gemelo. Yami tendría que pensar en algo realmente bueno, en primer lugar, para apaciguarla, y en segundo, para conquistarla; una tarea que se antojaba imposible. Si de verdad planeaba conquistarla tan seriamente, Yami tenía que poner inmediatamente en marcha su mejor rutina de ligue y mucho más, y eso, sólo para empezar. El sólo pensar en ello, hacía a Yami enardecerse aún más de lo que ya estaba. Era la emoción de la batalla, la adrenalina que provoca enfrentarse a un reto desafiante. Se encontraba lleno de ánimos y energía, con grandes expectativas, pues si tenía éxito, la mujer de sus sueños sería realmente suya por fin.
Justo en ese momento, le llegó una idea. Su rostro se llenó de luz y sonriente volteó a ver a su hermano menor.
-¡Oye, Yuugi! –le dijo- ¿Qué te parece una carta de amor?
-¿Qué? –dijo Yuugi sin haber entendido del todo.
-¡Una carta de amor! –repitió Yami- ¡Eso podría funcionar! ¡Es más, podría escribirla en verso y hacerle algunas poesías para impresionarla! Ella es maestra de literatura, ¡así que estoy seguro que le encantaría!
Yuugi lo miró preguntándose si de verdad su hermano se estaría volviendo idiota.
-Lo que yo creo es que la leerá frente a toda la clase y luego la romperá en pedacitos antes de que puedas decir "Duel Disck System".
-Mmm… tal vez tengas razón –comprendió Yami un poco desanimado-. ¿Pero qué podría hacer para complacerla? Dime, Yuugi, ¿tienes alguna sugerencia?
-¿Y a mí que me preguntas? Se supone que tú eres el gran "conquistador" aquí. Piensa en lago ingenioso, "Mr. Playboy"
-Bueno, es cierto que soy un maestro del ligue, –dijo Yami- y que no hay mujer que se resista a mi atractivo… -agregó.
"Olvidaste mencionar que eres el Rey de la Modestia…", pensó Yuugi.
-…pero me temo que Meia Sakuraba es un caso especial, querido hermano –concluyó. Yuugi se volvió a quedar pensando, "¿Cuándo dices 'especial' te refieres a… cabrona?", y luego respondió:
–Mira, yo no sé nada de estas cosas, así que no me preguntes. El sentido común dice me dice que no tienes oportunidad, pero sé que decirte eso no sirve de nada, así que te diré esto: usa tu imaginación, y por favor, no olvides usar un casco cuando lo hagas.
Yami frunció el ceño un poco y entrecerró los ojos ligeramente.
-Ja, ja, que gracioso, hermanito –le dijo-. Me muero de la risa.
Yuugi sonrió socarronamente.
-Pensé que lo de la regla te hacía mucha gracia.
Yami sólo desvió la mirada y se sonrojó un poco. Tan pronto como llegaron a casa, subió a su pieza solicitando que le llevaran ahí la comida, y se quedó encerrado el resto de la tarde para tramar su estrategia de conquista romántica.
En primer lugar, necesitaba borrar de algún modo la pésima impresión que le había dejado a la maestra, y cambiarla por una impresión mucho más positiva. Lo más adecuado sería adoptar la conducta de un estudiante modelo: llegar temprano, tener las debidas consideraciones, ser cumplido en sus trabajos y estudios, seguir sumisamente sus instrucciones, etcétera; sin olvidar lo más importante, convencerla de que su dedicación y devoción por el estudio eran sinceras.
Pero por favor, no crean ustedes que su dedicación al estudio hasta ahora había sido falsa. Tanto Yami como Yuugi eran excelentes estudiantes, concientes y responsables. El problema con ellos era que no aceptaban fácilmente las reglas o la autoridad de otros sin cuestionarlas. A Yami no le gustaba la idea de que alguien más le diera órdenes, razón por la cual disfrutaba fastidiando a los maestros y dejando su autoridad (y de paso su autoestima) por los suelos, pero en sí, él no era un rompe-reglas. De hecho era muy responsable y serio en sus estudios, procuraba ser educado y diplomático con todos y en todo momento, le gustaba vestir bien y andar siempre presentable de acuerdo a la ocasión, y le llamaban la atención todos los asuntos de tipo político y los negocios.
A Yuugi por su parte, no le molestaba seguir las reglas, pero cuando había alguna que no le parecía, simplemente la ignoraba y no se dejaba reprender. Su resistencia a la autoridad era mucho más discreta y silenciosa que la de Yami, y su carácter era más sosegado e indiferente, por lo que la mayoría tendía a percibir a Yuugi como el gemelo más tranquilo, cuando en realidad era el más rebelde. Contrario a su hermano, no le gustaba tener nada que ver en asuntos que involucraran temas políticos o de trato social. Prefería dedicarse a actividades más bien creativas, como diseñar, dibujar, construir, programar, etc; actividades que no entraban en el campo de habilidades de su hermano gemelo, pero en las que él era muy talentoso.
Pero volviendo al asunto de Yami, él aún no sabía que hacer para complacer a su maestra y que ella lo comenzara a ver con distintos ojos. Después de un tiempo de estarlo meditando con esmero, una idea finalmente tomó forma en su cabeza. Emocionado, Yami pasó el resto de la tarde y la noche alistando todo para el día siguiente; hizo unas cuantas llamadas y su plan se puso en marcha; apenas podía esperar a que amaneciera.
Al día siguiente en la escuela, Jounouchi y Seto encontraron a Yuugi recargado en el muro del pasillo. De lejos parecía sereno, pero al acercarse a él lo suficiente, alcanzaron a escuchar que mascullaba algo así como "Estúpido gemelo…", y de inmediato comprendieron que Yami había hecho algo. No tenían idea de qué, pero algo no muy bueno sería de seguro.
-¿Qué sucede, Yuugi? –preguntó Jou- ¿Qué hizo Yami esta vez?
Yuugi sólo frunció el ceño marcadamente y no abrió la boca para decir palabra, pero un sonido muy parecido al de un gruñido emergió de su garganta.
-Adivinaré, se trata de la apuesta que hice con él ayer, ¿no? –aventuró Kaiba.
Yuugi entreabrió los ojos y lo miró severamente.
-Lo supuse –presumió el más alto.
-¡No es en serio! –exclamó Jou asustado- ¡Por favor dime que Yami no va en serio con eso, viejo!
Pero Yuugi no pronunció palabra y sólo desvió la cara con su expresión molesta.
-¡Aaaarrgghhhh! ¡Tienes que estar bromeando! –chilló Jou en respuesta.
-Entonces, -inquirió el castaño- ¿qué fue lo que hizo nuestro querido amigo?
Yuugi volvió a emitir ese pequeño gruñido, y torciendo la boca, apuntó hacia el aula. Una gran cantidad de estudiantes de otros grupos se hallaba conglomerada alrededor de la entrada y las ventanas del salón, por lo que nada podía verse hacia adentro. Jounouchi y Kaiba se abrieron paso entre la multitud agolpada en la puerta. Cuando al fin lograron atravesar aquella densa multitud, sintieron de pronto que habían entrado al jardín bíblico del Edén. Desde el fondo hasta la entrada, el aula estaba invadida de plantas florales y frutales de todo tipo, había montones de enredaderas con flores exóticas colgando del techo y ventanas, y el piso estaba convertido en un laberinto de macetas con plantas de todos colores, tamaños y formas; incluso el pizarrón y el escritorio del maestro estaban adornados con flores recién cortadas, y a cada lado de los mismos, había un par de pequeños manzanos en fruto escoltándolos. Sus frutos eran de un rojo brillante, y eran lo suficientemente pequeños para caber cuatro o cinco en una sola mano.
Al centro de todo, se hallaba Yami orquestando los últimos detalles. Jounouchi y Seto se quedaron parados en la entrada mirando todo con la boca abierta. De la nada, un par de pequeñas aves tropicales salieron volando, posándose sobre la cabeza de Seto y revolviendo su cabello. Las venas comenzaron a saltársele en la frente al castaño, y sus ojos comenzaron a echar chispas. Jou volteó a verlo y se soltó riendo a carcajada suelta. Yami notó la presencia de Jou por su escandalosa forma de reír. Cuando se volvió hacia ellos pudo ver como aquellas aves hacían su nido en la cabeza de Kaiba, y tampoco pudo contener la risa.
-¡Lindo peinado, Kaiba! –dijo Yami entre risas. Seto sólo lo vio furibundo aguantando las ganas de romperle el cuello.
-¡Cierra la boca, maldito idiota! –dijo al tiempo que se espantaba a las aves del cabello, el cual quedo revuelto y lleno de pequeñas plumas de colores- ¡¿Puedes decirnos que demonios es toda esta porquería?
Yami sonrió con orgullo.
-Esto es lo que preparé para Meia-sama. Es fabuloso, ¿verdad? Estoy seguro de que va a encantarle, después de todo, no hay nada mejor que las flores y frutas naturales.
-¡¿Qué dijiste? –exclamaron los dos, pero entonces repararon en algo- ¿"Meia-sama"?
-E…espera… Sólo espera un maldito segundo -comenzó a decir Seto-. Déjame ver si entendí, ¡¿tú crees que esto va a complacer a la maestra Sakuraba?
-No lo creo. Estoy seguro de ello –respondió Yami. Seto lo miró con desaprobación.
-Estás demente –le dijo. Un par de aves volvió a posarse sobre él, una en su hombro y otra en su cabeza. Enfadado se las espantó, y luego se dirigió a Yami.
-¡¿Y qué diantres hay con las malditas aves?
-¡Ah, sí! Las traje para ambientar un poco todo esto. Le dan un toque muy realista, ¿no creen?
Los otros dos sólo se le quedaron viendo. En eso, la turba de alumnos curiosos que se hallaba fuera del salón, se dispersó rápidamente en todas direcciones, y los compañeros de grupo que se hallaban aún fuera del aula entraron despavoridos a sentarse en sus correspondientes asientos; esta fue la señal de que Sakuraba venía llegando. Yuugi, quien venía entrando junto con el resto, se dirigió a su hermano y amigos.
-Es ella, y no parece venir de muy buen humor.
-¡Eeeekk! –exclamó Jou en pánico, al tiempo que sus pupilas se volvían infinitamente pequeñas- ¡La mujer demonio ya esta aquí!
-¡Al fin! –dijo Yami emocionado- ¡No puedo esperar a ver su reacción cuando vea lo que preparé para ella!
"Yo tampoco…", pensó Yuugi rodando los ojos.
-Esto acabará mal… -dijo Seto.
De pronto se oyó un grito iracundo que venía de la entrada del salón.
-¡¿¡¿Qué en el nombre del maldito infierno le pasó a mi salón de clases?
El grito de la maestra hizo que todas las aves ocultas entre las plantas, salieran volando asustadas de sus escondites, no sin antes dejar un desagradable recuerdo por todo el salón. El efecto adverso dejó toda superficie manchada de la "gracias" de estos animalitos emplumados. Sakuraba estaba furiosa, incluso podía casi verse una oscura aura maligna creciendo a su alrededor. Yami se levantó de su asiento y caminó hacia ella.
-Fui yo, sensei. Hice esto para usted.
Sakuraba lo miró con rabia apretando los dientes.
-¡Kisaragui…! –ladró furiosamente.
-Así es. Estoy completamente enamorado de usted.
Hubo una exclamación general de sorpresa. Todos los alumnos se quedaron atónitos y petrificados en sus asientos al escuchar la declaración de Yami. Yuugi se golpeó la frente con la palma de la mano. Seto sólo estaba ahí sentado con su cara sulfurada, mientras sus hombros y cabeza se llenaban poco a poco de pequeñas aves, y Jou, bueno… esta de más decir que él estaba muerto de miedo. Yami se acercó un poco más. Sakuraba-sensei bajó la cabeza encogiendo los hombros y se cubrió los ojos con una mano, mientras la otra se hallaba cerrada en un puño que sostenía su gruesa regla. Su puño temblaba y se iba apretando cada vez más, amenazando con partir en dos aquella pieza de madera. Yami creyó que estaba llorando de emoción, pero fue hasta que ella emitió su escalofriante gruñido que él supo la verdad.
-Tú… ¡Tú…! ¡PAYASO INSOLENTE! –gritó al tiempo que dejaba caer sobre la cabeza de Yami todo el peso de su castigadora regla. El golpe fue tan rápido y tan fuerte que Yami casi no lo sintió en un principio, sino hasta que aquel chichón recién hecho comenzó a inflarse en su cabeza. Por unos segundos, no pudo ver nada más que luces pequeñas de colores bailando frente a sus ojos. Poco a poco su vista fue regresando, el dolor era tan intenso, que hizo pensar a nuestro enamorado que tal vez su amada maestra podría haberle roto el cráneo de verdad. Al recuperar por completo la visión, levantó el rostro y lo primero que vio fue a Sakuraba-sensei apuntándole a la nariz con la punta del dedo.
-Escúchame bien, mocoso del mal: vas a levantar este teatrito, y vas a limpiar todo el salón de arriba abajo hasta que quede IM-PE-CA-BLE. La próxima vez que vuelvas a hacer otra estupidez como esta, haré añicos esa linda nariz griega que tienes, ¡¿te quedó claro?
Todos en el salón contuvieron la respiración, hasta el momento en que la maestra terminó su frase y salió por la puerta del salón como una tempestad.
-¿Vieron eso? –preguntó un emocionado Yami a su hermano y amigos.
-Sí, -respondió Jou mordiéndose las uñas- ¡y fue terrorífico!
-¡Le gusta mi nariz! ¡Ella cree que mi nariz es perfecta!
Los otros tres se le quedaron viendo.
-Ok, es oficial, -dijo Yuugi- ahora sí estas asustándome de verdad.
-¡Y eso no es todo! –agregó Yami- Esta vez me apuntó con el dedo.
-¿Y qué con eso? –preguntó Kaiba. Se iba a arrepentir de preguntar.
-Que esta vez no usó la regla, ¡quiere decir que estamos progresando!
-¡Ay, por el amor de…! –dijo Kaiba rodando los ojos.
Cuando la maestra regresó, se llevó al grupo al salón de actos para tener ahí la clase. Yami se quedó a limpiar, por supuesto. Su hermano, así como Kaiba y Jounouchi decidieron quedarse a ayudarle, en vez de ir y morirse de aburrimiento en clase. Para el final de la cuarta clase, los cuatro apenas habían terminado y se sentaron casi desfallecidos en el suelo del pasillo justo fuera del salón. No era de extrañarse, pues en su vida ninguno de los cuatro chiquillos mimados, con excepción de Jou, había hecho alguna vez las tareas domésticas ni cosa parecida, ni siquiera en sus propias habitaciones.
Antes de que sonara el timbre del receso, Sakuraba-sensei apareció en el aula para supervisar la limpieza. Comenzó barriendo el salón con la mirada. Todo se veía reluciente, pero ella los miró recelosa. Los cuatro le aseguraron por sus traseros que todo estaba impecable, como ella lo había pedido. Incluso trajeron tinas de agua con cloro para desinfectar el piso y los muebles del salón. Sakuraba recorrió el aula lentamente inspeccionándolo todo, y pasando los dedos por toda superficie, incluso traía consigo un guante blanco del laboratorio para que no se le escapara ni el más mínimo rastro de suciedad.
Lo que eran Yuugi y Kaiba sólo la miraban tensos, esperando que la maestra no fuera a encontrarse alguna molécula de polen flotando en su escritorio; Jounouchi estaba hecho una pila de gelatina con ojos, pero Yami, Yami estaba muy contento, mirando a la maestra caminar entre banca y banca, y disfrutando cada movimiento de sus manos, su cara, su cabello, y todo su cuerpo en general. La forma en como Sakuraba-sensei caminaba con ese aire amenazador le parecía los más excitante que había visto en su vida. El contoneo lento de sus caderas al caminar le era especialmente enloquecedor, y estaba tan concentrado en ello, que por poco y deja caer una gota de saliva que estaba empezando a escurrirle.
-¿Con que todo esta reluciente, eh? –dijo ella y comenzó a caminar hacia la salida- Pues eso espero…
Los cuatro amigos sintieron que por fin podían respiran tranquilos cuando la maestra abrió la puerta del salón dispuesta a retirarse, pero no contaban con el as que ella se guardaba bajo la manga. La mujer alzó el brazo, levantando la mano por encima de su cabeza, y deslizó un par de dedos por el marco superior de la puerta, llevándose la fina capa de polvo que suele formarse en tan recónditos rincones. Yami, Yuugi, Jou y Seto no lo podían creer; esa mujer se había salido con la suya.
-¡¿A esto le llaman ustedes impecable? ¡Patético! ¡Quiero que este salón sea limpiado de arriba abajo…¡una vez más!
-¡¿Quéeeeeeee? –exclamaron los cuatro a coro. Jou sintió que el alma se le salía del cuerpo de sólo imaginarse que habría que empezar todo otra vez; Yuugi sólo miró a la maestra con odio, mientras que Kaiba estaba a punto de gritarle, "¡Hija de pe…!", pero entonces ella agregó estricta:
-¡Ustedes tres no! Dejen al Kisaragi mayor, y bajen al salón de actos con el resto del grupo.
Jou quiso abogar un poco por su amigo.
-Pero nosotros…
-¡Dije que vayan al salón de actos! ¡Ahora! –recalcó ella crispada.
-¡Sí, sensei! –dijeron los tres y salieron casi corriendo por la puerta.
Yami se acercó un poco a ella y con cierto aire de inocencia le preguntó:
-¿Habría preferido que le diera dinero o algo más costoso?
Lo que obtuvo en respuesta fue una mirada fría y llena de desprecio.
-¿Acaso tienes deseos de morir, o simple y sencillamente te divierte fastidiarme?
-Em, no… -respondió Yami- Simplemente me gustaría saber que clase de obsequio le haría tenerme en consideración.
-¿Consideración? Si quieres consideración, te recomiendo que asistas a un grupo de beneficencia, en cuanto a mí, ten por seguro que estas en mi lista de alumnos considerados –le dijo agriamente.
-¿De verdad? –dijo Yami con una sonrisa emocionada.
-Sí, en los considerados… ¡para candidatos a expulsión! –y salió de nuevo del salón dejándolo ahí solo. Yami suspiró.
-No tienes que ser tan fría… -le dijo al aire.
Yami estaba seguro de que en el fondo, el arreglo le había gustado a Meia, después de todo, ¿a qué mujer no le gustan las flores, y más si están tan frescas? Pero el incidente de los pájaros había arruinado el regalo, según había visto. Mientras limpiaba todo de nuevo, se dedicó a pensar en cual sería su siguiente estrategia, una que no incluyera aves. Al cabo de casi dos horas, finalmente terminó, quedando exhausto, adolorido y hambriento. En ese punto, consideró seriamente el sugerirle a su padre que diera un sustancioso aumento de sueldo a la servidumbre. Quedaban otras dos horas todavía para el timbre de salida, las cuales decidió aprovechar para descansar antes que empezaran las actividades del club de Kendo, del cual era capitán. Se dirigió a la enfermería y se echó a dormir en una de las camillas. No supo cuanto tiempo estuvo dormido, hasta que a la enfermería llegó su hermano para despertarlo.
-¿Yuugi? –dijo un adormilado Yami.
-Imagine que estarías aquí –dijo, y le extendió a su gemelo un recipiente desechable con comida- Toma esto.
-¿Y qué es esto?
-¿Pues que ha de ser? Es el almuerzo que "tu novia" no te dejó comerte.
-Mmm… -gimió bajando un poco la cabeza.
-Y… ¿qué hablaste con la maestra cuando nos fuimos?
-Creo que aún sigue enfadada. Las aves definitivamente fueron demasiado para ella.
-¿No, tu crees? –dijo el otro sarcástico.
-¡Pero eso no importa! ¡Ya lo verás, mi plan de mañana será magnífico!
-¡¿Lo harás mañana otra vez?
-Sip, ya tengo todo planeado. Esta vez lograré impresionarla –su rostro esbozó una sonrisa de medio lado. Yuugi puso cara de fastidio.
-¿No podrías esperar al menos a que se le pase el coraje de hoy?
-¡De ninguna manera! ¡El tiempo es oro y lo tengo contado! Además, tú sabes muy bien como odio tener que esperar.
Yuugi sólo suspiró resignado. Sí, sabía bien que su hermano era un tipo impaciente y algo caprichoso. No tenía caso intentar persuadirlo de esperar un poco. "Siempre llevas todo demasiado lejos…" pensó.
-Haz lo que quieras… -le dijo finalmente. "…pero yo creo que esa mujer terminará odiándote de verdad", pensó. Luego le dio la espalda a Yami, dispuesto a salir de la enfermería. Tenía cosas que hacer, el club de arquería le esperaba para la práctica. Yami miró a Yuugi con una sonrisa afectuosa.
-¿Estás preocupado por mí? –le dijo enderezándose de la camilla.
-¿Eh?
-¿O acaso…estás celoso porque ahora he encontrado a alguien a parte de ti?
-¡¿Qué dijiste? –Yuugi abrió los ojos con sorpresa al oírlo, y Yami llegó por detrás a abrazarlo. Rodeó los hombros de su hermano gemelo con sus brazos y le dijo:
-No te preocupes, Yuugi, no importa lo que pase, tú siempre serás mi favorito…
Yuugi apretó los dientes enfurecido, y le lanzó a su hermano un glorioso gancho a la barbilla.
-¡Muere imbécil!
El golpe mandó al mayor de los gemelos al suelo; el menor volteó a verlo por encima de su hombro con una mirada asesina y gruñó.
-Maldito estúpido depravado…
-¡Ja, ja, ja, yo también te amo, hermanito! –le dijo el otro divertido, mientras se sobaba la barbilla. Yuugi se volvió a la puerta y se fue gruñendo. Yami se levantó del suelo y también salió de ahí llevándose su almuerzo recalentado en la cafetería. Salió al jardín para oxigenarse y se apresuró a comer para luego irse a la práctica con el club de Kendo.
