CAPÍTULO 3:
CUANDO NO ESTÁ MEIA
Para llegar temprano a su escuela, Jounouchi tenía que levantarse a una hora inhumana, saltarse el desayuno, bañarse desde una noche antes, tomar un taxi, y saltarse unos cuantos semáforos en rojo. No era de extrañarse que llegara siempre al ras del timbre o después de que sonara el mismo, ¿pero quién le mandaba ir a inscribirse en una escuela construida dentro de una colonia en forma de laberinto, y localizada justo hasta el extremo opuesto de la ciudad al que él vivía?
En cambio para Seto Kaiba, quien vivía casi a tres pasos del colegio, era tan fácil como salir 5 minutos antes del timbre y llegar tranquilamente caminando por la ruta panorámica (rodeando su mansión). Y sin embargo, el hombre prefería esperarse hasta el último minuto antes de las ocho para llamar a su chofer y hacer que lo llevara en la limusina hasta la entrada. Era más el tiempo que el pobre empleado tardaba en salir de semejante congestionamiento de autos, que el que invertía en llegar al portón del colegio. Y no faltaba el toque final de Seto: justo cuando metía un pie dentro del aula, Jou aparecía corriendo por el pasillo, y estando apenas a un par de centímetros de lograrlo, Kaiba metía el segundo pie y el timbre sonaba automáticamente.
-Tarde como siempre, perro perdedor. Deberías considerar tomar el turno nocturno.
-¡Cállate, Kaiba! ¡Tú también vienes llegando!
-Noup. Yo entré antes del timbre.
-Arrghh… ¡Te odio maldito poste con cabeza de bombilla!
Esta era la escena que se repetía del diario en el salón del grupo "A", salvo por muy contadas excepciones. Incluso, Yami y Yuugi tenían una divertida teoría al respecto, en la que afirmaban que Kaiba controlaba el timbre… ¡con sus pies! En alguna ocasión, los gemelos realizaron el siguiente experimento para comprobar dicha teoría: Yuugi ajustó la hora en su celular con el reloj de la escuela y esperaron hasta que dieran las 7:50. Llegada la hora, se postraron muy alertas en una de las ventanas del salón que daba al pasillo y esperaron. Justo a las 7:59 apareció al fondo del pasillo la inconfundible figura de Seto Kaiba, quien se aproximaba al aula con lentitud pasmosa. Los gemelos comenzaron a contar los segundos que faltaban para las ocho, mientras que el sujeto experimental (Kaiba) seguía su camino por el pasillo en ca…ma…ra…len…ta. A nuestros lindos hermanos Kisaragi no les faltaron tremendas ganas de salir por la ventana, y meter de una patada en el trasero a quien venía caminando con tales pelmas.
Justo cuando el hombre puso por fin un pie sobre el suelo dentro del aula, se escucharon desde el fondo del pasillo los alaridos de Jou, quien venía levantando una estela de polvo por donde pasaba. Yami y Yuugi miraron la hora; estaban muy seguros de que hacía eternidades que debían ser las ocho, pero el tiempo parecía alargarse para dejar que Kaiba, y sólo Kaiba, metiera su segundo pie en el salón, contando aún con 5 segundos para las ocho.
-¡Sí llegas, sí llegas! –animó Yami a su amigo, quien venía casi sin tocar el piso. Pero el destino, o mejor dicho el timbre, lo odiaban con saña, y en cambio amaban profundamente a Seto Kaiba. Justo cuando el segundo pie de este último tocó el suelo dentro del salón, sonó la campana al instante, aunque extrañamente, ya eran las 8:01 (con 46 segundos), y por más que Jou se barrió a casi 3 centímetros de la entrada, no lo logró. Kaiba volteó a verlo y soltó su frase triunfal como de costumbre.
-Otra vez tarde, Jounouchi. Ya ríndete, no perteneces al turno matutino.
-¡Mal…dito…MAMÓN! ¡Algún día…! ¡Algún día! –gritó Jou desde el suelo.
Kaiba sólo rió de medio lado satisfecho. Yami y Yuugi contemplaron la escena sin palabras, cuando al cabo de unos segundos, el menor finalmente afirmó.
-Ok, tenías razón. ¡Ese maldito mamón sí controla el timbre!
-¡Y con sus pies! –dramatizó el mayor, genuinamente anonadado de comprobar su propia teoría.
-Con el pie izquierdo, para ser precisos –agregó Yuugi.
-Bueno, Yuugi, creo que me debes cinco grandes.
Yuugi gruñó. Los resultados arrojados por esta falacia de experimento fueron: un Kaiba de buen humor, un Yami contento, un Yuugi molesto y con menos ahorros, un Jou furibundo, regañado y con retardo… ¡ah!, y no olvidemos, un sobrenatural reloj amante de Kaiba. Eso sin contar todo el acoso del que el castaño fue víctima en los días subsecuentes. Los gemelos Kisaragi inventaron un millón y medio de bromas y chistes con los que no dejaban de jo…jorobar al geniudo de Seto, a quien no daban un momento de paz, ni en clase ni en descanso. El pobre ya los alucinaba en todas partes y a todas horas. Esos gemelos del demonio lo perseguían por toda la escuela sin dejarlo ni a sol ni a sombra, con reloj en mano, y diciendo:
-¡Ocho treinta, Kaiba! ¡Entra al salón!
-¡Ya entré, maldita sea!
-¡No es verdad! Falta… ¡el pie mágico!
Al mirar hacia atrás, Kaiba veía como su pie izquierdo se desprendía del resto de su cuerpo y salía huyendo lejos de él, burlándose de su desgracia.
-¡Nunca saldrás de la escuela si no suena el timbre de entrada! ¡Buajajajajajajajaja!
-¡El pie, Kaiba! ¡Tu pie controla el timbre!
-¡CÁLLENSEEEEEEEEEEEEEE!
Fue una semana dura. El estrés del trabajo se le junto con la paranoia de los hermanos Kisaragi y su teoría desquiciante sobre el pie y el timbre. Pero bueno, de que valía remontarse a tan pavorosas memorias. Concentrémonos en lo que une los hechos antes narrados con el asunto de Yami y la maestra Sakuraba. "¿Y qué demonios tendría que ver esto con aquello?", se preguntarán, pues bien, como podrán imaginarse, Kaiba considera que llegar temprano a clase es una pérdida de tiempo, por lo que usualmente llega puntual (¡exageradamente puntual!) al timbre, pero desde hacía un par de semanas, tendía a llegar por lo menos media hora antes de clase, y todo para poder enterarse con antelación de que era lo que Yami había preparado para el día.
Cada mañana era un nuevo y mejorado plan para atrapar el corazón de Sakuraba-sensei, aunque entre más se esforzaba el mayor de los gemelos por halagarla, más deseos parecía tener ella de hacerle daño. En la primera semana uno de sus intentos fue mandarle preparar una cantidad de exóticos y finos platillos, dignos del mejor restaurante gourmet, sólo para terminar descubriendo que Sakuraba era alérgica a más de uno de los ingredientes utilizados. Después de estar unos cuantos días en el hospital, la maestra regresó a dar clase, y lo primero que hizo al ver a Yami, fue pegarle tremendo puñetazo en la quijada. A nuestro "Romeo" casi le tumbaron dicha parte con tan fuerte golpe, pero el hombre estaba feliz y extasiado ante el hecho de que ella lo había tocado; Kaiba casi podría haber jurado que sus pupilas tenían forma de corazón cuando se los dijo en la enfermería.
En otra ocasión, intentó obsequiarle un anillo carísimo de brillantes auténticos. Según él, quería sorprenderla, así que lo ocultó en su espumoso café capuchino, provocando que la maestra casi muriera de asfixia. Cuando por fin lograron hacer que la maestra escupiera la joya, ella inmediatamente procedió a saltarle encima a Yami para ahorcarlo con sus propias manos. La respuesta de Yami a este acto de intento homicida fue todavía más terrorífica que el acto en sí. El gemelo mayor sólo sonrió como idiota enamorado y, a pesar de que tenía el cuello morado e hinchado por el ataque, él afirmó entre suspiros que para ella esa era su forma de abrazarlo. Los otros tres estaban completamente convencidos de que si Yuugi y el director no la hubieran separado a tiempo de Yami, Sakuraba-sensei le habría exprimido la vida por el cuello, o se lo habría roto, lo que ocurriera primero.
Aún así el enamorado no desistió. Su siguiente intento fue regalarle un caballo blanco. Para sorpresa de todos, ese día no hubo comentarios de la maestra con respecto al obsequio. Al llegar sólo se le quedó viendo durante unos segundos en el patio de la escuela sin una expresión específica, y luego siguió su camino hacia el salón para dar clases. La deducción a la que llegó Yami, fue que esta era la manera correcta de llegar a ella, por lo que al día siguiente lo intentó con algo aún más exótico. Muy temprano en la mañana, hizo traer un tigre blanco a la escuela, pero la jaula no había sido apropiadamente asegurada, y la fiera escapó, devorándose al caballo para empezar, y después anduvo deambulando por todo el plantel, mientras que alumnos y maestros corrían apanicados por todas partes. Finalmente llegó la policía para capturar al animal, junto con varias ambulancias para aquellos que habían colapsado por ataque de nervios, o que en el tumulto de la situación habían salido lastimados.
La maestra también salió lesionada de un brazo al tratar de sacar a rastras a un torpe que intentó salir de la escuela por el lado contrario, y ambos fueron acorralados por el tigre. De suerte que Sakuraba-sensei pudo hacer frente a la fiera hasta que llegaron los rescatistas. Los cuatro amigos no pudieron distinguir si la maestra estaba molesta o sólo shockeada, y no hubo oportunidad de comprobarlo, pues la ambulancia se la llevó antes de que Yami pudiera alcanzarla.
La cuestión era, que Seto había llegado temprano esa mañana, pero no había plan preparado. La razón era sencilla: No había maestra, y por lo tanto, tampoco había plan de conquista del día. Yami estaba algo deprimido. En realidad sí había preparado algo, pero ya que su amada Meia Sakuraba se hallaba ausente, todo se había ido por tierra. Sin embargo se sentía muy inquieto y enormemente tentado a escapar de clases para ir a buscarla. Tal vez le había ocurrido algo, un accidente en su casa, en la calle, tal vez la habían secuestrado, tal vez estaba en el hospital. Las posibilidades bullían en su cabeza a la velocidad de la luz, disparando su imaginación hasta los límites de la paranoia.
Por fortuna, el director llegó con un comunicado. La maestra Meia Sakuraba había salido en un viaje de emergencia por razones familiares, y estaría de regreso para mañana. Una vez enterado, Yami se quedó más tranquilo, pero todavía deprimido por no poder verla. Tampoco relajó su mente, la cual seguía afinando hasta el más mínimo detalle del plan de mañana. ¿Qué haría esta vez para sorprender a su amada maestra sin poner en peligro su integridad, y la propia de paso?
Por otra parte, el director decidió que sin Sakuraba, el grupo "A" sería casi imposible de manejar gracias a cierta persona, por lo que separó al grupo en dos partes. Yami y Jou se quedaron en el salón con una parte del grupo, mientras que Yuugi y Seto fueron enviados a la biblioteca con la otra parte. Inquietos y sin nada que hacer, Yami y Jou dispusieron matar el tiempo, cada uno a su modo. Yami abrió su laptop y comenzó a fastidiar a Seto por el chat, mientras que Jou por su lado, organizó una guerra de bolitas y avioncitos de papel. En la biblioteca, Kaiba estaba entrando en una crisis neurótica, ya que mientras él trabajaba en su laptop, intentando aprovechar el tiempo en algo verdaderamente productivo, Yami se dedicaba a saturarlo de mensajes en el chat, los cuales eran, en su gran mayoría, estupideces.
Entre tanto, Yuugi se hallaba sentado bajo el marco de uno de los ventanales de la biblioteca, leyendo tranquilamente. Al tomar un breve descanso de su lectura, no pudo evitar fijarse en Kaiba. Tecleaba tan desquiciadamente que parecía que quería dejar las teclas clavadas en el teclado, tenía los ojos enrojecidos y casi botados fuera de sus órbitas, rechinaba los dientes con fuerza, y parecía que fuera a arrojar lenguas de fuego de su cuerpo en cualquier momento. Yuugi enarcó una ceja.
-¿Hablas con Yami? –preguntó.
-¡Nooooo! ¡Hablo con la puta Madre Teresa! –contestó el otro sarcásticamente, ignorando a la bibliotecaria, quien volteó a verlo con odio.
-Oh, bueno, –dijo Yuugi en un fingido tono inocente- creí que hablabas con Yami, y que tal vez querrías deshacerte de él, pero ya que no es así…
-¡Deja de hacerte el idiota y quítame de encima al imbécil de tu hermano!
-Ok, ok… Hazte a un lado.
Kaiba cedió su lugar a Yuugi, quien con sus habilidades de hacker, se las arregló para infiltrarse en el sistema de la escuela, inhabilitando el servicio de Internet inalámbrico, y frustrando con ello, la diversión de su hermano gemelo.
Ahora Yami no tenía nada que hacer, y se quedó sentado en su banca, haciendo un puchero de aburrición y desencanto. Las chicas del salón lo vieron en tal estado, y aprovecharon para acercarse a sacarle plática. Él se mostró cortés, aunque en realidad no tenía interés alguno en el asunto. Sin embargo pretendió seguirles la conversación, ya que no había más en que distraerse, pero a los pocos segundos le fue imposible seguir escuchándolas. Su mente ya había volado a un rincón alejado del infinito, y las voces de las chicas eran ecos muy lejanos. De vez en cuando alcanzaba a captar sólo algunas palabras salteadas de su plática, pero lo único en que él estaba concentrado era en que estaría haciendo Sakuraba-sensei.
Su pensamiento comenzó a divagar sobre eso, y de pronto, él y Sakuraba ya se encontraban en una romántica y casi erótica escena telenovelesca en la playa. Yami por fin tenía a la rubia maestra justo donde quería, el momento era perfecto y todo estaba dispuesto. Un hilito de baba escurría por la comisura de su boca entreabierta, al tiempo que su imaginación seguía corriendo la cinta dentro de su cabeza. Ni siquiera estaba suficientemente conciente para darse cuenta de que las chicas que lo rodeaban se le habían quedado viendo desde hacía rato, e incluso algunas intentaron sacarlo de su trance, pero no había poder humano en ese momento que pudiera arrancarlo de los brazos de Sakuraba, o al menos no lo hubo hasta que un avioncito de papel salió de pronto de quién sabe dónde para estampársele en la sien, haciendo que la mujer de sus sueños se desvaneciera instantáneamente en sus brazos.
El sueño se diluyó tan drástica y definitivamente, que Yami sintió como el agua se le agolpaba en las comisuras de los ojos, amenazando seriamente con salírsele. Sintió que un horrendo vacío le crecía en el estómago, y estaba por soltar un dramático grito de agónica desesperación sentimental, cuando de pronto, otro avioncito llegó a golpearlo entre los ojos.
-¡Oigan, tarados! –dijo una de las admiradoras de Yami- ¡Dejen de arrojar avioncitos de papel!
-¡Sí, -apoyó otra- le están pegando a Yami-sama en su bello rostro!
Yami tomó aquella rudimentaria pieza de origami en sus manos y la miró con rabia. ¡Cuanta infelicidad le había causado aquella basura voladora! De pronto, algo se le reveló como por arte de magia y esbozó una gran sonrisa.
-¡Eso es! –exclamó- ¡Jou, amigo mío, eres un genio! –gritó hacia el otro lado del salón, desde donde el otro le contestó.
-¡Sí, ya lo sabía! Ehhh… ¿qué hice?
-¡Gracias por la idea! –contestó Yami, y se movilizó hacia su banca haciendo a un lado a su grupo de fanáticas- Disculpen, señoritas, tengo algo que hacer.
Las muchachas lo miraron alejarse y suspiraron decepcionadas, mientras que el objeto de sus fantasías románticas se concentraba en sacar una libreta de entre sus cosas, para inmediatamente arrancar una hoja en blanco y doblarla en forma de avioncito. Acto seguido, se acercó a la ventana, sabiendo que del lado opuesto, se hallaban los ventanales abiertos de la biblioteca. Buscó a Seto entre la multitud de cabezas que engentaban el lugar, no tardando mucho para encontrarlo; se hallaba recargado junto a uno de los ventanales leyendo un libro, sin mucho interés, aparentemente. El malicioso gemelo le apuntó con el avioncito y se lo lanzó con fuerza.
Mientras tanto en la biblioteca, Yuugi seguía teniendo el monopolio de la laptop de Kaiba, a quien de todos modos no le servía de mucho si no podía conectarse a su compañía. Sin más remedio, el joven CEO tomó en sus manos el libro que Yuugi había abandonado, y se dispuso a leerlo. Se recargó junto al marco de una gran ventana y comenzó a leer entre líneas sin interés real. No era un tema que le llamara particularmente la atención, pero no estaba mal del todo. Sin darse cuenta, la lectura comenzó a absorberlo de tal manera que se perdió por completo entre párrafo y párrafo, y justo en medio de la escena cumbre del nudo, un avioncito de papel entró volando por la ventana y se le clavó en la cabeza. Kaiba tomó el pedazo de papel doblado y sus ojos desearon convertirse en lanzallamas para desintegrarlo en ese mismo segundo. Notó que tenía algo escrito, y lo peor, esa caligrafía le era familiar. "¡Hola, Kaiba!", decía el mensaje en el avioncito, y entonces una voz alegre y despreocupada se oyó desde una ventana del edificio opuesto.
-¡Vamos, Kaiba! ¡Ahora contéstame! –gritó Yami con singular alegría.
Kaiba sintió unas ganas poderosas de romper la cabeza de ese insufrible estúpido con un bat de hierro, pero antes de que pudiera gritarle que se fuera mucho a chingar a su madre, otro avioncito le aterrizó en la cabeza, y en adelante, los pequeños kamikazes de papel no dejaron de precipitarse sobre el cuerpo del castaño como una lluvia de agujas. En menos de cinco minutos, Yami ya le había enviado a Seto un total de 23 avioncitos con toda suerte de mensajes idiotas, tales como: "¿qué haces?", "¿por qué el cielo es azul?", "¿por qué los pájaros cantan?", y cosas por el estilo.
Seto intentaba cubrirse, pero era imposible; demasiados proyectiles, demasiado rápido. Comenzó una guerra. El CEO empezó a recoger los avioncitos que le llegaban y a enviarlos de vuelta con tanta fuerza como podía, pero sus brazos de empresario y miembro del club de ajedrez, aunque largos, no se comparaban a los de Yami, capitán del equipo de kendo y miembro auxiliar del equipo de futbol americano.
Del otro lado, Yami estaba más que sólo entretenido. Jamás creyó que los avioncitos de papel pudieran ser tan divertidos. Al verlo tan concentrado en su tarea de doblar y arrojar hojas, Jou sintió curiosidad por su amigo.
-Oye, Yami, ¿qué haces?
-Intento darle a Kaiba.
-¿Qué?
-Espera un momento. ¡Ahí va, ahí va! –y le lanzó otro más. Rápidamente tomó otro avión y volvió a apuntarle.
-¡Oye, que divertido! ¡Te ayudo! –dijo Jou comenzando a arrancar hojas de la primera libreta que se halló.
-Mmm… Mejor que sea una competencia. Si le das son 10 puntos, la cabeza vale 20 puntos, el trasero son 50, y son 100 puntos si le das en la entrepierna.
-¡Ya dijiste! –y comenzó a lanzarle avioncitos a lo loco.
El pobre Kaiba ya no veía lo duro si no lo tupido. Ni siquiera podía asomar la nariz por el ventanal de la biblioteca, porque una nube de avioncitos se le venía encima sin piedad. Un avioncito fue a dar a manos de Yuugi, y fue hasta entonces que el otro gemelo se percató de cómo su hermano usaba la cabeza de Kaiba como tiro al blanco.
-¿Qué crees que estás haciendo? –inquirió Yuugi en tono severo.
-¡¿Qué parece que estoy haciendo, grandísimo idiota?
-Pues déjame ver… creo que mi hermano y Jou te han convertido en su tablero interactivo de tiro al blanco. Sólo mírate: tu cabeza parece un cojín de alfileres andante. Y eso no es lo peor de todo; no sólo no sabes lanzar, ¡lanzas como niñita! Tus tiros no tienen fuerza y tu puntería es patética.
-¡Argh, ya cállate! ¡¿Por qué mejor en vez de mofarte, no me ayudas un poco, eh, "Sr. Miembro destacado del club de arquería"?
-¿Realmente hay necesidad?
-¡¿No estás viendo que sí?
-Emm… ¿y no podrías simplemente, no sé, hacer algo como… cerrar la ventana?
La irritante oración dio en el blanco. Kaiba sintió como ese sarcástico tonito de interrogación al final, le calaba hasta el último y más recóndito rincón de su ser. Yami y Jou podían tener buena puntería para darle a Kaiba con avioncitos, pero sólo Yuugi poseía la suficiente agudeza y cinismo para darle al CEO donde más le dolía, es decir, directo en el… orgullo.
Seto se cimbró de rabia. Lo que más le molestaba es que el bastardo maldito le había hecho caer en cuenta de su propia estupidez. ¡La respuesta era TAN obvia, y había estado frente a su cara TODO el tiempo! Estaba furioso, y peor que eso, se odiaba a sí mismo más que a nadie en ese momento. Sentía ganas enormes de darse golpes contra la pared por haber sido tan estúpido. Pero nuestro par de bombarderos no le dieron oportunidad de concretar sus intenciones suicidas, pues justamente, entró uno de aquellos origamis voladores y fue a clavarse directamente a su ojo derecho, sacando de Kaiba un rugido que retumbó hasta el último rincón de la academia.
En el salón de clases, Jou y Yami seguían entretenidísimos dándole de avionzazos a su amigo, aunque se hallaban ligeramente frustrados ante el hecho de aún no poder conseguir el tan ansiado objetivo de atinarle a su entrepierna, aunque lo que sí lograron, fue darle en otro lugar…
-Oye, Yami, ¿cuántos puntos son si le doy en el ojo?
-Emm… déjame ver… ¿70? ¡No, espera! ¡¿Qué dijiste?
Y entonces aquel grito explosivo salió de la biblioteca, deseándoles lo peor de lo peor a sus atacantes. Este último acto coronó el gran momento de victoria por el que nuestros dos bombarderos tanto habían estado luchando. Pero quien no lo vio con tanto humorismo, fue el director, quien de inmediato procedió a sacar a Kaiba de la biblioteca, y lo llevó a la prefectura en calidad de castigado. El castaño protestó bastante, por supuesto, pero al final se resignó, consolándose a sí mismo con el hecho de que, por lo menos ahí, no tendría que soportar a esos despreciables gemelos.
Se quedó sentado en una de las bancas sin nada que hacer, pero satisfecho de poder estar tranquilo finalmente. No pasaron ni diez minutos de su detención, cuando aparecieron el director y el prefecto en el lugar, trayendo a otros dos detenidos que habrían de quedarse con Kaiba el resto del día escolar. Y que gran chasco se llevó el CEO de KaibaCorp al ver que sus compañeros de castigo eran nada más y nada menos que Yami y Jounouchi.
-¡Hola, Kaiba! ¿A ti también te trajeron a esta prefectura? –preguntó Jou.
-¡Mira, que suerte! –sonrió Yami- Parece que vamos a divertirnos mucho rato juntos…
La voz del Kisaragi mayor hizo un eco escalofriante en los oídos de Seto. Su rostro se torció en una mueca de horror, y su ojo aún lastimado se convulsionó en un violento tic nervioso.
-¡NOOOOOOOOOOO...!
