Toda historia llega a su final para luego dar un nuevo comienzo. El amor triunfa pero eso no quiere decir que sea fácil, por suerte el destino esta del lado que debe ser.

A Erika, mi gemela.

A mi ángel eterno, quien camina a mi lado en mis sueños, a quien me lleva a volar en sus alas en ilusiones.

Naufragio del Destino

Parte 3, El Final: Cara o Cruz

Ya en esa misma noche, el sol se apartó para dar lugar a la Luna, quien era testigo de nuestro amor. Las estrellas brillaban como nunca, y no estaba imaginando, era real. Todo era real. Bella, mi doncella india, me correspondía como yo a ella. Juntos en esto no creo que sea la mejor opción rendirse. Si desde un primer momento estaba dispuesto a lugar, sin saber a qué me estaba enfrentando, ahora que éramos dos… ¿Quién nos detendría?

-Ven conmigo- tiró de mi conduciéndome quien sabe a donde- quiero mostrarte algo, si me lo permites.

Me dejé llevar sin censura. Fuimos por un sendero casi imposible de transitar, pero luego de cruzar unos matorrales de la zona, solo se vislumbraba arena, un sitio solitario, perfecto para pensar y estar con uno mismo.

-Ciertas veces- vagó chapoteando en la orilla y sus bellos pies se humedecieron- vengo aquí, cuando necesito dejarme estar, y recurro a la compañía de la soledad-me miró al ver que yo no decía nada y me acerqué junto a ella- pero ahora… que te tengo a ti, pensé en compartir algo contigo. No sé, suena estupido, pero funciona cuando estás metida en tierra de nadie ¿sabes?

-Ya nunca estarás sola amor- ¿amor? Sonaba tan cómodo llamarla de ese modo, como si siempre me hubiese dirigido así con ella- estaremos juntos.

Comenzó a mirarme de una forma rara, algo ocultaban esos ojos pardos, mis ojos pardos. Y así era, la conocía tan bien, aun así me tomaba de improviso.

Abrazados, las estrellas como luciérnagas traicioneras, besé su frente y ella, de la nada, soltando carcajadas me hizo cosquillas. Yo no me quedé atrás, escucharla reír, una de las cosas que me regaló la suerte.

-¿Ves lo que haces? ¡Míranos!

-No veo el problema, cariño- trabé mi boca con la suya en un afán de que no se le ocurra separarse de mis brazos, ahí, tendidos en las arenas vírgenes, entre tantas cosquillas y risas, caímos de golpe, y ahora, ella estaba debajo de mí, con sus brazos en mi cuello sin apartar su intensidad de mi rostro.

Tan bonita, mojada, por la marea baja, su vestido blanco liviano, suelto por arriba de las rodillas, se le pegaba a su contorno y las transparencias la hacían ver más preciosa que siempre.

Sus dedos desabotonaron mi camisa celeste cielo al igual que yo acariciaba su pelo, que seguía las líneas que dejaban la corriente calma.

-¿Estas segura?-pregunté acerca de, no a lo que ocurría, sino a la cuestión si en verdad el lugar era seguro.

-Toda mi niñez vine aquí, y –pestañeó varias veces por las gotas que caían sobre nosotros- te aseguro, nadie vino a seguirme, no es lugar secreto, pero mi padre no lo conoce. Si eso responde a tu pregunta…

La acerqué a mi tanto como pude, nuestras vestimentas a un lado, cerca de un gran palmar, nosotros juntos de una manera deliciosa, cubiertos por las mantas de olas bajas que llegaban hasta donde nos encontrábamos, y la sorpresiva lluvia que deslizaba sus gotas de agua dulce sobre mi doncella, y sobre mi también.

Se me cruzó por la cabeza si esto de la lluvia tenía algo que ver con nuestra "rebeldía" pero de mi boca no salieron palabras del asunto. No quería que ella se eche atrás, no ahora.

Fuimos uno, mis manos recorrían cada parte de su silueta, descubriendo puntos sensibles para ambos. Participando activamente de las sensaciones que nos proporcionaba ser enamorados y hablando el idioma universal de la vida, el amor…

No se qué pasaría mañana o dentro de un minuto, pero nadie me quitaría el deseo que siento ahora mismo. Cuando el fuego de nuestros cuerpos desnudos, iluminados por la luna llena arriba en la noche oscura, sucumbió, pensé que la pasión desaparecería, pero aumentó al acunarla en mis brazos, estando cerca de su respirar y teniendo total acceso a los latidos de su corazón. Gracias a ella, descubrí en mi mente, claro cuando mi Bella se durmió descansando su cabeza sobre mi hombro, que mis dudas acerca de esa cierta paternidad con la que me engatusó un día Tanya, fue puro verso, nosotros habíamos tenido relaciones tan solo una sola vez, vez que sé que no existió, lo único que recordaba era que estuvimos cerca y todo eso pero yo había bebido, ¡Todo fue mentira! Mi conciencia quedó tranquila y en paz al darme cuenta de la verdad, Bella me había entregado su pureza infinita y yo a ella, nunca estuve con aquella extraña, gracias al Cielo, así podía ser de mi doncella hablando claro y pronto.

Me desperté desorbitado, había amanecido y la llovizna de anoche terminó allí mismo sin dejar huellas. Pero eso no fue lo que me hizo abrir los ojos, una sensación de vacío llenaba mi corazón, y no la entendía porque después de lo que vivimos, no podía tener algún vacío, sería egoísmo. Ya sentado en la playa, Bella no estaba, esa alma gemela, ese cuerpo ya no estaba sobre mí. Esto no estaba bien, mi corazón me dictaba que algo pasó. Bella no era así.

-No entiendes lo que pasó, no fue su culpa-explicaba Paul, lo conocía de vista únicamente- Ya, podemos arreglar esto.

Puse en forma de traba dos dedos en los labios de mi doncella que no paraba de derramar lágrimas. La estreché contra mi costado, y no me importó que el cacique me fulminara con la mirada.

-De ninguna manera, esto no se puede dar. No hay forma, y lo saben estrictamente-sentenció enojado el padre mi Bella.

Mi doncella lloraba descompasadamente en mi hombro.

-Haber, explícame Paul, si esto tiene algún sentido, aceptaré la idea de repensarlo.

-Padre, por favor, que Edward sea extranjero, que no pertenezca a la tribu…-no pudo terminar de hablar.

-Ni se le ocurra- dije secamente interponiéndome entre mi amor y su padre, este loco levantó la mano a punto de darle una bofetada a su hija. No iba a permitirlo.

-¿Y tú quien te crees que eres hombre blanco?-escupió.

-Edward, calla.-señaló Paul.- De verdad, hazme caso.

Bella tiró fuertemente de la espalda de mi camisa, era señal de miedo.

-¿Hombre blanco?- dije irónico- no será mas bien… ¿Payo?

Todos voltearon a verme, disgustado por la atención, seguí. Espero que esto funcione, pedí a Dios.

-¿Payo?-repitió el jefe de la tribu.

-Exactamente, ¿Acaso no llamaba así su mujer a las personas que no eran gitanas?

El hombre enrojeció de la ira, estaba que echaba humos.

-Si ¿verdad?- continué mi monologo apoyándome en Bella, que me miraba con su brillo especial en sus ojos- no veo cual es el problema o inconveniente que tiene en que Bella y yo estemos juntos, nos amamos, nadie puede negar las fuerzas del destino, usted mas que nadie debe saber sobre eso.

-No tiene derechos de poner excusas, blanco.

-Déjalo hablar- indicó Paul, ¿estaba de mi lado? Eso era apoyo no esperado.

Lancé un suspiro para darme fuerzas.

-Usted dice que no podemos estar juntos porque yo no pertenezco a esta tribu, por ser un extranjero. Pero ¿Qué me dice de que… Dalila Reneé haya sido su esposa, madre de Bella, a pesar de que ella era gitana?

-Eso no te incumbe, Cullen.

-Es lo mismo, si usted pudo casarse con esa gitana, debió de haber luchado por ella o ¿no? Su familia era distinta a la suya, y no lo quería como esposo de su hija.

El cacique gruñó por lo bajo, la batalla llegaba a su fin.

-De todas formas, muy bien pensado blanco, de verdad pareces amar a mi hija, y aunque lo reconsidere… Ella ya está entregada a Paul. Así es la tradición. Y este joven la ama, o así debe ser al menos.

-¿La ama? Si es así, ¿Por qué piensa que esta de nuestro lado? Si un joven amara a su joven doncella lucharía por ella.

Ahora todos miraban a Paul.

-Yo estoy del lado de ellos porque no amo a Bella, es hermosa, es cierto, pero ese amor que se tienen con este joven-me dedicó una mirada- es solo de ellos, tal es así que usted, cacique, ha estado tan ensimismado en cosas sin importancia que no vio que yo amo a Emily, ni que Edward y su hija tenían un romance.

Con que eso era todo…

-Emilie y yo nos amamos, y si fue que Bree vio a escondidas sin querer a Bella y Edward juntos fue por mi culpa, anoche yo quise ir a hablar con ellos acerca de un trato pero la niña me siguió, y como los niños no mienten, no se dio cuenta del error que cometía al sacar a la luz este amor.

Bella estaba junto a mi, y tan asombrada como yo, nos besamos, su padre se enojo pero no valía la pena. Recordar esa vez que ella me contó que su madre fue gitana y que este cacique pasó por las mil y una noches como yo ahora, era mi punto a favor.

-Y… ¿Cómo termina la historia?-pidió Marina en mis brazos- ¿La doncella pudo estar con su príncipe?

-¿Tú que piensas amor?- dijo Bella tomando en brazos a la niña- Toda historia de amor triunfa, pase lo que pase.

Nos besamos y Marina aplaudió feliz haciendo remarcar sus hoyuelos.

Marina… Así decidimos llamar a nuestra hija, en conmemoración a esa noche de amor en la isla donde fuimos cómplices del amor, donde después de luchar, ganamos esta batalla, estuve seguro, cumplí mi promesa a mi doncella, no seríamos otros Ágil y Flor.

-Tengo sueño mami- dijo soñolienta la pequeña, Bella la tomó en brazos y la llevamos a su cama.

-Te amo cariño-susurró ella viendo la luna desde el ventanal de nuestra habitación. Ya no vivíamos en la isla, compramos una pequeña casita remodelada al estilo mapuche para que Bella no eche de menos su hogar, pero todos los fines de semana íbamos a nuestra cabaña en una isla pequeña, casi inexistente en el mapa, donde recordábamos nuestros días, la vida nos enseño que las cosas no se toman a la ligera y en situaciones hay que elegir, no hay sortilegio, no hay cara o cruz, se arriesga. como fue todo un naufragio del destino.