Bueeeno... Pues eso.

Yo ya avisé de que era muy empalagoso y tal.

See ya! x

Material Memories II

Libro

—No te perdonaré esto en la vida... En la vida, he dicho.

Danny dejó el móvil sobre su escritorio y bufó, apoyando sus mejillas en sus puños cerrados y mirando con gesto aburrido a través de la ventana de la habitación de Dougie. Su amigo rubio sonrió de lado e intentó que no se notase demasiado la satisfacción dibujada en su rostro.

Era jueves por la tarde. Danny y Dougie se encontraban en casa del pequeño, más concretamente en su habitación, entre libros y cuadernos con apuntes de español. El pecoso acababa de cancelar la cita de su vida, y todo por culpa de aquel mocoso que hacía llamarse amigo. Al día siguiente tenía examen de español y Dougie no se sabía nada de la asignatura, por lo que le había suplicado a Danny que repasasen en su casa aquella tarde.

En realidad, Dougie sí que se sabía el examen de español. De hecho, estaba seguro de poder hablar un castellano casi fluído con algún latinoamericano. Sin embargo, aquel jueves Danny había quedado con una rubia imponente de otro instituto. La razón interna que se había dado a sí mismo Dougie era que no podía soportar la idea de que Danny ligase más que él.

El motivo oficial era que Dougie quería a su amigo para él solito en cualquier momento y en cualquier lugar.

Danny bufó por enésima vez en la hora que llevaban «estudiando» y rebuscó entre sus papeles, buscando algo que pudiese sacar en claro de sus apuntes sobre las conjugaciones verbales.

—Sabes que he renunciado al polvo de mi vida por esto, ¿verdad? Qué asco.

Dougie arrugó la nariz, pero no se quejó. En realidad, había sentido un desazón desagradable cuando Danny había formulado aquella frase.

Aunque la verdad es que se sentía bastante satisfecho por la idea de que Danny renunciase a cualquier cosa por él.

—A ver, ¿por dónde vamos?

—No sé tú, pero yo ya voy por el comentario de texto.

Danny frunció el ceño mirando por encima del hombro de su amigo su trabajo y abrió mucho la boca, mirándolo. Después transformó ese gesto en una sonrisa.

—Joder, Dougie, estás en cuarto de secundaria y sabes más vocabulario que yo... No sé yo, ¿eh? ¿Seguro que necesitabas ayuda?—clavó sus ojos azules en los de Dougie, por lo que este parpadeó varias veces.—No me habrás retenido aquí por alguna otra razón, ¿verdad?

Dougie se sorprendió por la naturaleza de la pregunta, pero más se extrañó cuando sintió que se sonrojaba irremediablemente. El rubio se relamió los labios, balbuceando.

—No... ¿Por qué debería... Bueno... retenerte?

—Ah, y yo qué sé.—dijo Danny encogiéndose de hombros despreocupadamente y desviando la mirada para buscar el libro que Dougie estaba comentando. El rubio se percató de que le temblaban las manos y entrelazó los dedos para que no se notase, carraspeando y fijando su atención en su comentario de texto, releyéndolo. Danny agarró el pequeño libro beige de su amigo y lo contempló entre sus dedos aburrido, con una mejilla apoyada en la palma de su mano.

—«El príncipe y el príncipe».—leyó el pecoso con un acento más británico que español. Su amigo asintió con la cabeza, atento a su escrito.

—Es una obra teatral española. Narra la historia de dos príncipes homosexuales de reinos enemigos pero que debido a la época en la que viven no pueden demostrar su amor abiertamente. Después, lo típico, les conciertan una boda con princesas de otros reinados y tal...

—Sí, lo sé. Me la he leído.—interrumpió Danny mientras dejaba caer el libro en el escritorio, haciendo una pedorreta. Dougie arqueó una ceja, riéndose por lo bajo.

—Sí, claro, ni de coña...—corroboró negando con la cabeza.—A ver, ¿cómo termina?

Danny alzó las cejas y miró a su amigo con una sonrisa escéptica.

—Al final, el príncipe de Inglaterra introduce al príncipe de Francia en su alcoba con la excusa de que necesita ayuda con un problema monárquico para tener un rato a solas con él, a expensas de que el príncipe de Francia tenía una cita con una tetona despampanante aquella misma tarde.

El pequeño no podía estar más rojo. Su cara estaba ardiendo y se sentía violado. Apretó los labios con furia y entrecerró los ojos.

—Eso te lo has inventado.

Danny lanzó una carcajada con su risa de loco maníaco y apoyó un brazo en el escritorio, acercando el rostro al de su amigo.

—Sí... ¿Pero a que quieres saber cómo termina?

El rubio giró lentamente la cara hacia Danny y lo miró a los ojos para desviar su mirada instintivamente unos segundos hacia sus labios. Pegó los labios y contuvo la respiración, presintiendo peligro. La verdad era que su amigo estaba cerca, muy cerca.

—¿Cómo termina...?—preguntó casi entre dientes. Se sentía hipnotizado y embriagado por el aroma de Danny. No olía a nada especial, solo a... Jones. Sí, ese era el adjetivo perfecto. Olía a Jones.

El pecoso sonrió de tal forma que enseñó todos sus imperfectos pero blancos dientes y se separó de Dougie, tirándole un cojín de su propia cama a la cara. El rubio dio un bote en su silla como si le hubieran despertado violentamente de un largo letargo y dejó que el cojín se escurriese hasta su estómago para agarrarlo con las dos manos y abrir lentamente los ojos con gesto de enfado.

—El príncipe de Inglaterra acaba solo y teniendo sexo duro con su cojín.

Danny siguió partiéndose ante el gesto contrariado de Dougie, al cual aquello le había sentado como una real patada en el trasero. El pecoso se acercó a su amigo solo para revolverle el pelo y pasar un brazo por su cuello, pegando sus mejillas durante un segundo en una especie de abrazo.

—La verdad es que sí que eres una nenaza... Pero, después de todo, eres mi nenaza, así que te tendré que aguantar gustosamente.

Danny soltó a Dougie y le sonrió con la cara ladeada, luego siguió buscando los verbos entre sus apuntes. Dougie se quedó saboreando ese momento unos instantes más, realmente contento.

Y es que, por algún insólito motivo, su cerebro no era capaz de detener de reproducir uno de los monosílabos que Danny había pronunciado segundos antes.

Mi mi mi mi mi mi mi mi.

Fotografía

Danny volvió a soltar una risotada de las suyas, de esas que simulaba a un demente cuyo sonido penetraba hasta lo más hondo de los tímpanos. Un compañero de su clase le había gastado una broma telefónica con buenas intenciones a otra chica ubicada dos asientos por delante de él y a Danny eso le había causado una gracia considerable. Le hubiera gustado que Dougie estuviese despierto para que hubiera presenciado aquel momento.

Danny y Dougie ya eran alumnos de segundo de bachillerato, aunque no les quedaba mucho tiempo para dejar de serlo. Habían ido a Edimburgo en un viaje de curso y ahora se disponían a volver a sus respectivas casas en Londres después de haber estado prácticamente una semana sin dormir entre fiestas nocturnas y visitas a las habitaciones de los compañeros. Por esa misma razón su amigo había caído derrotado en el asiento contiguo a los quince minutos de viaje, con los auriculares de su mp3 en las orejas y la cabeza apoyada en la ventana dándole la espalda a su amigo, el cual se había colocado en el asiento que daba al pasillo. Él nunca era capaz de dormirse en los viajes, hablaba por los codos con sus compañeros de curso y no podía estarse quieto más de cinco minutos. Por eso le sentó algo mal que su amigo rubio se durmiese. Después de todo, lo que quería era pasarse todo el viaje charlando con él. Por supuesto se pondría a hablar con cualquier chico o chica de su curso si la situación lo requería, pero él prefería con creces pasarse las nueve horas en aquel autobús con Dougie en cuerpo y alma presente, y no con el cuerpo inconsciente de alguien que no es capaz de aguantar ni tres días sin dormir ocho horas seguidas como si de un niño pequeño se tratase.

A Danny aquella independencia hacia su amigo le estaba empezando a molestar, realmente. Ese pensamiento a veces incluso le había llegado a asustar, y es que para Danny el hecho de que alguien le hubiese calado tan hondo como para echarlo de menos a los diez minutos de haberse despedido de él le parecía extraño e inadmisible. El pecoso nunca había conseguido encariñarse tanto como lo había hecho con Dougie. Después de todo, tampoco es que le hubieran dado buenas razones para hacerlo.

En cuanto Danny terminó segundo de bachillerato, una sensación de vértigo y pánico se apoderó de él. No podía (ni quería) imaginarse a sí mismo solo en una universidad en la que no conocía a nadie, por muy extrovertido que fuese. Y para colmo, universidad... Lo que conllevaba estudios, responsabilidades, el hecho de hacerse mayor...

Y además, el separarse de Dougie por primera vez en muchos años.

Danny se mordió la mejilla por dentro y desvió la mirada hacia su amigo. Si había suspendido todos los exámenes de selectividad había sido para poder pasar otro año junto a su amigo, y así ir al mismo ritmo que él. Además, elegiría la carrera que el rubio decidiese estudiar. Tampoco es que hubiera decidido un futuro profesional... Así que no tenía nada que perder.

Otro de los motivos por los que quería estar en el mismo curso que Dougie era para percatarse de que él no se echaba nuevos amigos. Podía sonar posesivo, y seguramente lo fuese, pero no podía soportar la idea de que el rubio conociese a amigos más atentos, divertidos y maduros que él y se quedase solo.

Dougie era lo único de valor que tenía en su vida, y no iba a dejarlo escapar aunque le costase perder un año más de estudios en aquel instituto.

El rubio se revolvió en su asiento y se giró sobre sí mismo, suspirando levemente. Danny observó el rostro dormido de Dougie y sonrió de lado enternecido por la escena aunque nunca lo reconociese. De pronto, al castaño se le ocurrió una idea que le hizo alzar las cejas y esbozar una sonrisa traviesa, satisfecho con sus propios pensamientos. Se agachó y abrió la cremallera de su mochila, buscando su cámara de fotos. A continuación la encendió, se irguió y la enfocó hacia Dougie, dispuesto a hacerle una captura a su cara de zombie dormido para después colgarla en Facebook y así reírse de él. Se lo merecía por haberle tenido aburrido en su asiento tanto tiempo.

Danny se rió solo cuando echó la foto y separó la cámara de la cara de Dougie, agarrando el aparato con las dos manos y dándole al botón del menú para contemplar la cara atontada de Dougie cuando dormía. No obstante, en lugar de encontrarse con una cara ridícula que él decidiese conservar para insultarlo, se encontró con algo muy distinto. Danny desvaneció la sonrisa y contempló la captura, embobado.

En aquel momento, el pensamiento que se le cruzó por la mente al mayor fue «Soy un fotógrafo cojonudo». Después pensó que, simplemente, Dougie era así de adorable todo el tiempo.

En la imagen podía contemplarse a un Dougie dormido en un ángulo picado perfecto. Su flequillo rubio le caía sobre los ojos, pero no tapaban sus espesas pestañas ni las ojeras que se le habían marcado debido a aquella semana de insomnio voluntario. El rubio se había apoyado sobre su hombro con la boca cerrada y un imperceptible mohín con los músculos de los labios relajados. Su nariz lucía más roja que de costumbre. Todo su rostro completaba un collage perfecto que le dotaba de un rostro aniñado del que Danny estaría orgulloso de usar como argumento para picar a Dougie durante una buena temporada.

Pero sin duda lo que más le gustaba de la foto a Danny era el collar que reposaba sobre el pecho de su amigo y que se veía en la foto sobre su camiseta blanca.

Cuando Dougie cumplió dieciséis años, éste le regaló a su amigo rubio una placa grabada en la que por delante había escrito su nombre completo y su fecha de nacimiento. Como, evidentemente, no podía faltar su típica broma, había mandado que por la parte de atrás le escribiesen en letras más pequeñas «Si ve usted a este enano perdido por la calle, devuélvaselo a Danny Jones.»

A Dougie le gustó tanto su regalo que su amigo no lo había visto una sola vez sin él, y eso a Danny le encantaba.

El pecoso sonrió con una sensación de candidez embargándole por todo el estómago y decidió guardarse aquella composición perfecta en la cámara de fotos para su disfrute en vez de para meterse con él. Después, guardó el aparato y se dispuso a hacerle cosquillas a su amigo para despertarle y entretenerse un rato a su costa.

Canción

Cuando Dougie presionó el portero automático sintió una especie de descarga eléctrica recorriéndole desde la yema del dedo con el que había llamado hasta la punta de los pies pasándole por la espina dorsal, sintiendo unos intensos retortijones de puro nerviosismo.

Lo había hecho, había llamado. No había vuelta atrás.

«¿Y si salgo corriendo y hago como que han sido unos niños tocapelotas los que han llamado?», pensó Dougie casi como en una posibilidad digna. Sin embargo, antes de que pudiese reconsiderarlo, una voz ronca y varonil respondió al otro lado.

—¿Dougie?

El rubio se sobresaltó y tragó saliva, asintiendo con la cabeza. Cuando quiero darse cuenta de que su amigo no podía verle chasqueó la lengua, fastidiado por su propia estupidez.

—Sí... Soy yo.

Danny colgó y un sonido zumbante le precedió, por lo que Dougie empujó la puerta métalica del portal y entró con paso solemne al edificio, recreándose todo lo que podía durante el trecho hasta el ascensor, leyendo los nombres de los buzones de los vecinos y preguntándose si las plantas que adornaban aquella estancia serían naturales o de plástico.

En circunstancias normales, Dougie habría subido raudo hasta el piso de su amigo sin dudarlo para pasarse todo el día con él, pero en aquellas circunstancias lo único que quería hacer era salir corriendo, y es que sabía a ciencia cierta que habían quedado precisamente para hablar de cierto suceso acontecido, para más inri, en un armario.

Aquel día, solo podían suceder dos cosas: O Danny y Dougie perdían para siempre esa amistad que les avalaba, o...

O...

Pensarlo solo producía que se le quedasen las orejas del mismo color que los pimientos morrones.

Cinco días antes, Danny y Dougie habían asistido al cumpleaños de un amigo que tenían en común que había sido del mismo curso que el rubio. Celebraba su veinteavo aniversario y había invitado a un estrecho grupo de amigos a ir a su casa a tomar algo. El pecoso y el enano, que siempre habían sido unos liantes, les propuso a los amigos del chico, Mike, esconderse mientras él iba al servicio por toda la casa y darle un susto.

Fue entonces cuando ocurrió. Y por extraño que sonase, no había alcohol por medio, lo cual hizo que aquella situación se volviese aún más violenta.

Danny y Dougie corrieron con un ataque de risa hasta la habitación de Mike. Habían decidido esconderse en el armario, pues sabían de sobra que el mueble de su amigo era lo bastante amplio como para que cupiesen los dos. Abrieron el armario y se escondieron entre las camisetas, aún riéndose.

—Joder, qué grande es esto... Podríamos irnos hasta Naaaarnia.

—Shhh, cállate y no me empujes, que me estoy chocando con Justin Bieber.

Empezaron a reírse más fuerte que la anterior vez, lo que provocó que el rubio trastabillase con un ovillo de pantalones que Mike había guardado allí, desordenados, y cayese encima de Danny, el cual lo cogió de los hombros para que no se comiese el suelo del armario. Los dos amigos se volvieron a reír mientras el rubio intentaba incorporarse. Entonces hubo un silencio en el que los dos compartieron pensamientos.

Sus alientos se chocaban entre ellos, lo cual les dio sensación de cercanía. Danny se relamió los labios y Dougie apretó la tela de la camiseta de su amigo entre los dedos, con las manos aún en sus costados. No sabrían explicar qué les motivo a hacer aquello, si el hecho de no poder verse las caras, el poco espacio que tenían o la excitación del momento, pero los dos parecieron ponerse de acuerdo a la vez para atacar la boca del contrario.

Dougie jadeó en los labios de su amigo cuando los atrapó entre los suyos, sintiendo pequeñas chispitas recorriendo todo su cuerpo y un agradable cosquilleo a la altura del ombligo. Danny colocó una mano en la parte más baja de la espalda del rubio y la otra en su nuca, acercándolo más a él y comiéndole, literalmente, la boca. Dougie no podía sentir nada más que la lengua de Danny hasta la campanilla y su brazo en la espalda aprisionándole contra su cuerpo, y le encantaba.

Finalmente, Mike abrió la puerta del armario, Danny y Dougie cayeron de culo a la realidad y la magia se rompió. No volvieron a hablarse hasta que Danny le sugirió por teléfono móvil que el rubio podía pasarse por su casa para que pasasen la tarde juntos.

Sí... Para que pasasen la tarde juntos... A lo mejor el pecoso se creía que Dougie era tonto.

Dougie dio un brinco exagerado cuando el ascensor llegó a su destino y se advirtió mentalmente a sí mismo que se calmase, saliendo al pasillo. Antes de que llamara a la puerta, Danny ya había quitado el pestillo y la había abierto, recibiéndolo con una sonrisa ladeada. Vestía una camiseta básica de color gris, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas negras de andar por casa que dejaban entrever sus calcetines blancos. Un atuendo perfecto para estar por casa, por lo que a Dougie se le desvanecieron todas las esperanzas de que Danny y él saliesen a tomar algo y así pudiese escapar en cualquier momento poniendo alguna excusa.

Por supuesto, estando en su casa también se le podía ocurrir algo con lo que poder escaparse, pero en aquel sitio se sentía peligrosamente encerrado... Como si pudiese ocurrir lo que su mente llevaba imaginándose varios días, de lo cual Dougie se avergonzaba y juraba no reconocerlo jamás en voz alta.

En realidad, sabía que era algo imposible, pero no podía evitar sentir cosquillitas agradables en la boca del estómago al recrearse alguna bucólica escena en su mente sobre ello.

—Bueno, ¿vas a pasar o me saco unas patatitas para que piquen también los vecinos en el rellano?

Dougie parpadeó. Quiso responder que sí, que le parecía una buenísima idea, pero todas sus ganas bromear se esfumaron en cuanto se empezó a sentir muy avergonzado y desprotegido nada más ver a Danny Jones en el umbral de la puerta. Se limitó a asentir con la cabeza y entró en la casa con la cabeza gacha. Escuchó con atención por si había alguien en la casa, pero ningún ruido asolaba aquel hogar. A sus veintiún años, Danny seguía viviendo con sus padres. Aunque tampoco fuese un hecho insólito, a decir verdad aquella casa parecía que fuese solo del pecoso, ya que ningún familiar suyo se pasaba mucho por allí, ni siquiera los habitantes de dicha casa.

—Vamos a mi habitación.—sugirió Danny haciendo un gesto con la cabeza y adelantándose al rubio. El pequeño tembló al asentir con la cabeza y agradeció el hecho de que su amigo no le hubiera visto. Se quitó la chaqueta mientras caminaban por el pasillo y la dejó en el pomo de la puerta. Observó la habitación de Danny nada más entrar; seguía igual de descolocada que siempre, con su sencillo color lino de las paredes adornadas por varios pósters de grupos de música y fotos de guitarras eléctricas. Había montones de ropa, cajas de comida y revistas por todas partes. Si apartabas todas esas cosas, podías ver una cama y un bonito escritorio dotado de una pantalla de ordenador.

Danny apartó las cosas de su cama y se sentó sobre el edredón púrpura, mirando de forma significativa a Dougie. El pequeño pensó que sería algo idiota por su parte negarse a sentarse en una cama junto a Danny cuando lo habían hecho cien veces antes, por lo que se sentó al otro extremo de la cama y apoyó su espalda contra la pared. Danny observó cada movimiento de su amigo con la esperanza de que entablase contacto visual con él, pero el rubio siguió con la mirada clavada en la pared de enfrente, tenso. El rizoso suspiró y miró a su alrededor. Decidió encender la radio para poner alguna excusa con la que romper el silencio. Sintonizó un canal de música que le gustaba y volvió a colocarse en su sitio, emulando el ritmo de la batería con sus manos, golpeándose las rodillas. Dougie miró de soslayo a Danny. No podía creerse que una semana antes aquella escena, los dos sentados en la cama del mayor, fuese de lo más normal y corriente y en ese instante se asase de calor de una forma psicológica solo por estar encima de sus sábanas, donde horas antes Danny había enredado su torso desnudo en ellas...

Tragó saliva. No, aquello era de lo más surrealista.

Danny suspiró y giró la cabeza hacia Dougie, decidiendo ir al grano de una vez por todas.

—Creo que deberíamos hablar de lo que pasó el otro día.

Dougie se humedeció los rabios y entrelazó las manos sobre su regazo para que no se notase que le temblaban.

—Sí, claro.

Otro silencio incómodo se formó. Dougie se mordió el labio inferior entristecido. No podía creerse que fuesen a perder años y años de amistad por aquel desliz. Danny pareció pensar lo mismo, porque los dos giraron sus caras al unísono y dijeron.

—Oye, yo...—se callaron al mismo tiempo.—Tú primero.—volvieron a decir, coincidiendo. Se rieron de manera nerviosa y volvieron a callarse. Dougie se encogió de hombros y enredó con su pendiente en la oreja izquierda, nervioso.

—Siento lo que pasó el otro día en casa de Mike.

Danny chasqueó la lengua y se encogió de hombros dejando caer su nuca en la pared y mirando aburrido el techo.

—Yo no lo siento.—dijo firmemente.—No lo siento para nada en absoluto.

A Dougie se le encogió el corazón hasta ser incapaz de respirar. Abrió mucho los ojos mientras bajaba la mirada, tornándose su rostro en un color rojo en su totalidad. De pronto, unos acordes de una guitarra comenzaron a salir de la radio y Danny miró la minicadena, parpadeando. Después desvió la mirada y sonrió levemente.

—Esta canción es la hostia de cursi.

Dougie asintió con la cabeza. Danny siguió hablando.

—-Pero me gusta.—añadió aún sonriendo.—Hasta hace unos días no me di cuenta, pero sí. Me gusta.

Dougie torció la boca y observó que Danny cerraba los ojos.

—And I've wasted half my life to throw it away saying "everyday should be a new day to make you smile and find a new way of falling in love". Yeah, falling in love.

Dougie se revolvió incómodo, tragando saliva. Danny abrió los ojos y sonrió mirando el techo.

—Out of our minds, and out of time wishin' I could be with you to share the view, oh. We could've fallen in love.

El rubio respiró con la boca entreabierta y miró a su amigo. Su corazón dio un brinco cuando se fijó en que tenía los ojos clavados en él, con una sonrisa traviesa de lado. Danny la ensanchó mostrando los dientes y fue acercándose a Dougie mientras seguía cantando.

—Sick of waiting I can't take it gotta tell ya... Sick of waiting I can't take it gotta tell ya.

El pecoso se acomodó al lado de Dougie y pasó una mano por su mejilla hasta enredar los dedos en su cabellera y acariciarle la cabeza. El rubio se sintió extasiado con ese pequeño contacto de su amigo. No pudo evitar sonreír tontamente al igual que él. Danny cerró los ojos y ladeó la cabeza, acariciando superficialmente sus labios. Dougie hizo lo mismo y disfrutó de aquel mínimo roce, estremeciéndose.

Antes de que pudiese acostumbrarse demasiado a la carne de gallina por la cercanía, Danny se separó completamente de él, colocándose en su asiento. Dougie abrió los ojos con la sensación de le hubieran despertado de una bofetada. Observó el gesto consternado de su amigo, con los ojos entrecerrados y mordiéndose el labio inferior.

—Dougie... ¿Tú crees que lo que estamos haciendo está mal?

El rubio parpadeó varias veces seguidas y se aclaró la garganta, mirándose las manos como si fuese lo más interesante del mundo.

—Bueno... ¿A qué te refieres exactamente?

Danny apretó los labios.

—Al calentamiento global. ¿A qué va a ser, Doug? Enano, no me compliques esto más... Bastante nervioso estoy ahora mismo.

Dougie se encogió de hombros, avergonzado. La verdad es que él también estaba tan nervioso que temía decir algo por si vomitaba al abrir la boca.

El rubio tragó saliva y se humedeció los labios. Torció la boca mientras echaba un último vistazo a Danny y entonces expulsó aire entre los labios, pestañeando una sola vez lentamente y relajando los hombros.

—Es solo que... Estamos forzando demasiado la situación... Por eso quizá nos esté costando admitir todo esto.

Danny escuchó atentamente y suspiró, asintiendo con la cabeza.

—Tienes razón... Será mejor que lo dejemos estar. Los dos sabemos lo que nos está pasando, ¿no? Otra cosa es que nos cueste bastante mostrarlo. Pues ya está, ocurrirá cuando tenga que ocurrir. Que surja de un modo espontáneo.

—Exacto.—contestó Dougie esbozando una media sonrisa. Su corazón parecía calmarse por momentos, pero su pulsación seguía acelerada. En verdad, y aunque no lo llegase a reconocer del todo, hubiera deseado que Danny juntase sus labios con los suyos antes de que se arrepintiese demasiado.

Un silencio austero se apoderó de la habitación. Dougie se frotó las manos muy despacio y Danny se movió encima de la cama, acomodándose.

Entonces, el castaño espetó:

—Eh, Dougie.

El pequeño giró la cabeza sobresaltado ante el tono de voz brusco de su amigo y despegó los labios para preguntar qué pasaba. Unas gruesas manos se apoderaron de sus mejillas y solo pudo ver una masa de pecas ante sus ojos asombrados.

Cerró los ojos y la canción terminó.

Ardor. Ardor y un torrente de emociones. Eso era lo único que podían sentir. Lo perceptible no importaba. La imagen de la habitación se había distorsionado y el sonido de la voz del locutor quedaba muy lejos.

Dougie agarró las muñecas de Danny para sentir que aquello era real y aferrarse a aquel momento para que no terminase jamás. El rizoso dejó de hacer presión con sus labios en los de su amigo solo por un segundo para sentir un pequeño resquicio de aire que les enfriase los labios ardientes debido al contacto y ladeó aún más la cabeza para morder el labio inferior de Dougie e irrumpir con la lengua en su cavidad, convirtiendo aquel beso en uno lento, apasionado y húmedo. El pequeño creyó desfallecer emitiendo un jadeo que se perdió en la boca de su amigo, y cuando creyó que estaba tan excitado que sus entrañas rugirían por más, Danny le dio un último pico y se separó de él muy despacio, recogiendo cada hálito de los labios de Dougie en los centímetros que los separaban.

El rubio abrió los ojos y se encontró con una mirada azul cielo divertida que acompañaba a una sonrisa traviesa, la cual formaba unas incipientes patas de gallo alrededor de sus ojos. Dougie quiso recorrer cada una de sus arruguitas con las yemas de los dedos y se prometió a sí mismo que nunca dejaría de gustarle cada centímetro de la piel de Danny, ni siquiera cuando envejeciese lo suficiente como para que aquellos pequeños pliegues se convirtiesen en rugosidades que enterrasen la mirada de su amigo hasta apagarla.

—Creí que iba a ser espontáneo.—dijo Dougie esbozando una sonrisa ladeada y agachando la cabeza, pero no la mirada. Danny arqueó una ceja.

—¿Acaso te lo esperabas?—preguntó en voz baja de forma confidencial. Dougie se rió entre dientes con él y entrelazó sus dedos con los de su amigo. Danny sonrió y se acercó a él y le dio un beso en la comisura de los labios para después bajar hasta su pecho. Dougie se mordió el labio inferior durante el proceso y bajó la mirada para encontrarse con unos rizos que le hacían cosquillas en la nariz. El rizoso rozó la cadena de su collar con sus labios y lo agarró con los dientes, provocando un mordisco superficial en la piel del rubio que hizo que se le erizase el vello y contuviese un pequeño gemido que quería escapar de entre sus labios. Danny levantó la cabeza con la plaquita entre los dientes y entrecerró los ojos con una sonrisa victoriosa. Dougie esbozó un mohín y frunció el ceño, dándole un pequeño golpe en la nuca, lo cual provocó que Danny soltase la placa y se frotase la nuca, dolorida. El rubio lanzó una carcajada suave y casi melodiosa al aire, terminándola en un pequeño suspiro.

—Pero mira que eres tonto...—declaró el pequeño negando con la cabeza ante la mirada atenta de Danny, que seguía tocándose la nuca. Compuso una ancha sonrisa que le produjo escalofríos y supo que no quería que esa desconocida y vergonzosa pero agradable sensación desapareciese nunca.

—Entonces... ¿Qué significa esto? ¿Acaso hemos empezado... Una relación?—preguntó Danny algo intimidado. Dougie torció la boca y compuso una mueca, agarrando por los pelos de la coronilla al pecoso y acercándose a su rostro.

—No, idiota, la relación ya estaba más que empezaba en todos los sentidos.—sonrió.—Comenzó desde el primer momento en el que nos vimos desde los dos extremos de la calle, yo con mis golosinas destrozadas y tú con mi soldadito de plomo en la mano.

Y entonces le tocó el turno a Danny de sentir pequeñas cosquillas en la parte baja del estómago mientras Dougie se acercaba para replicar con un beso casto, solo carne con carne y un pequeño movimiento de labios bastante suave.

Antes de que Danny pudiese acostumbrarse a la delicadeza de Dougie, se separó de él para empujarlo y dejarlo tumbado en la cama sobre su edredón púrpura, colocándose sobre él. Dougie observó con un brillo impaciente en los ojos a su amigo, el cual le dedicaba una sonrisa pícara.

—Menos mal que nuestra relación ya estaba comenzada... Porque entonces me sentiría muy violento por lo que vamos a hacer.

Dougie se rió de forma nerviosa y se mordió el labio inferior, sonriendo y rodeando con sus brazos los hombros de Danny mientras este se acercaba a él para darle nuevamente otro beso con el que esperaba dejarle sin aliento.

Enrojece al percatarse de que Danny ya ha abierto los ojos y le observa con una de sus características sonrisas, mezcla de burla y diversión. Dougie tuerce la boca y nota cómo se ruboriza aún más debido a la vergüenza de ser pillado contemplándolo mientras duerme. Danny se revuelve un poco hasta llegar al rostro del rubio y le da un beso en la frente. El pequeño cierra los ojos y disfruta de ese pequeño roce, guardándolo en su memoria.

Eres tan crío que aún te entretienes mirando a la gente mientras duerme.—dice el pecoso aún con los labios pegados a la frente de su amigo. Dougie arruga la nariz y le da un pequeño empujón a Danny, apretando los labios.

Sí, claro, como que tú nunca lo haces...

No, claro que no. Por cierto, hablas en sueños.

Dougie rie y se incorpora boca abajo en la cama para poder besar a Danny en los labios. Su típico beso de «buenos días», porque ellos nunca se saludan, sino que se dan un beso.

Ni Danny ni Dougie son muy dados a expresar sus sentimientos en voz alta. Más bien, se les da mejor demostrarlo con acciones.

De ese modo, Dougie nunca sabrá que a Danny le encanta cuando arruga la nariz.

Ni Danny sabrá que Dougie se hace el asustadizo en muchas de las películas solo para que él lo abrace.

Ni Dougie sabrá que Danny adora cuando envuelve sus pies con los suyos en la cama cuando tiene frío.

Ni Danny sabrá que Dougie le cuenta las pecas con la yema de los dedos cuando se queda dormido en el sofá.

Ni Dougie sabrá que Danny muestra una gran debilidad por sus pijamas desgastados con estampados infantiles.

Ni Danny sabrá que Dougie le pone su cara a todos y cada uno de los personajes de las películas románticas.

Y por supuesto, Danny nunca sabrá que Dougie lloró la noche de su cumpleaños de la felicidad por haber recibido de regalo aquella placa, por tonto que le sonase.

Así como Dougie desconocerá por completo que Danny aún sigue guardando aquel soldadito de plomo junto a la foto que le echó aquel día en el autobús escolar.

Porque cuando un sentimiento es más fuerte que el soporte que sostiene las estrellas en la bóveda celeste, no se necesitan palabras para describirlo ni demostrarlo.

Y aunque no supieran todo aquello... Lo sospechaban.

Por algo Dougie seguía poniéndose el pijama de los Power Rangers por muy desteñido y estrecho que le quedase.