Capitulo 2
Los tacones de los zapatos de Candy resonaban sobre el mármol mientras ella cruzaba el vestíbulo. Frente a ella había un espejo con marco dorado, un jarrón lleno de rosas y claveles sobre la mesa de encino.
Al ver su imagen sobre las flores, ella noto que había un aire de reto en su figura que no acostumbraba tener. Hizo una pausa y aspiró profundo. Su paciente la había irritado más de lo que ella imaginaba. Se obligó a tranquilizarse y entró en el salón.
Eleanor, sentada en un sillón, hablaba con el médico. Descansaba el codo sobre el brazo del sillón y al escuchar las pisadas de Candy, levantó la mirada.
—¿Cómo se llevaron?—preguntó de inmediato.
—Me sorprende que no hayan escuchado los gritos.
—Me temo que Terry esta de muy mal humor en este momento—indicó Eleanor.
—La gente no esta en su mejor momento cuando se enferma. Siempre es un problema ajustarse a este tipo de limitaciones. Y para un hombre tan seguro de si e independiente, es mucho más difícil.
—Parece furioso—Eleanor suspiró.
—Eso no es tan malo—intervino Candy—muchos pacientes requieren de infinita paciencia. Con su hijo, lo único que tengo que hacer es sugerir que lo ayudaré y parece como si sintiera deseos de matarme.
Albert rió ante la descripción de Candy.
—Si, lo imagino. Pero, debo sugerirte que no permitas que te amedrente. Yo te quería en este caso porque estoy seguro de que podrás con él.
Eleanor se dirigió a las ventanas y contempló a Mark, quien jugaba con nikki bajo el sol del atardecer. La mirada astuta de Albert la observaba.
—Relájate, Eleanor—le dijo con voz amable y a la vez autoritaria—Terry ya salió del hospital; Candy esta aquí para iniciar la terapia ya puedes pensar en tu academia.
La mujer giró sobre sus talones.
—Es fácil decirlo, mas no todo es color de rosa. Terry esta amargado y no me acepta. Ha estado así varias semanas. Me rechaza cuando pretendo ayudar.
—La rechaza por el momento—dijo Candy, amable—no solo a usted.
—Trata de ser paciente, Eleanor—le aconsejó Albert.
—La paciencia no es el problema. Lo que no me agrada es sentirme inútil—hablaba con la voz entrecortada—¿Por qué no hay algo que pueda yo hacer para sacarlo de esta depresión y mal humor?
—No debe esperar hacerlo—le explicó Candy—no de inmediato. Todos los pacientes pasan por periodos de ira y depresión.
Albert se pasaba un dedo por la mejilla, pensativo.
—Creo que la mejor forma en que puedes ayudarlo, es si intentas tratarlo como si el accidente nunca hubiera ocurrido. Ahora que él esta en casa, ¿Por qué no te encargas de la administración de la academia?
Eleanor lo pensó por un instante, para más tarde replicar.
—Ya que todo debe volver a la normalidad, me disculparán, voy a decirle a Mark que pase a ver a Terry.
—Desde luego—el doctor rió.
—Le afecta mucho—comentó Candy después que Eleanor se retiró.
—Si, así es—aceptó Albert, serio—de hecho, es probable que tengas que actuar como psiquiatra con Eleanor mientras te encargas de la terapia de Terry. Para ella la perdida de su esposo y la parálisis de su único hijo han sido demasiado.
—¿Hace mucho que murió el padre de Terry?
—Aproximadamente, dieciséis años. Eso fue lo trágico, sufrió un repentino ataque al corazón. Una tarde llegó después de un largo día de trabajo y sufrió un colapso. Fue espantoso para Eleanor. Ninguna mujer espera enviudar a los veintiocho años.
—Por eso es que ella se retiró de los escenarios—dijo Candy. Ella era muy pequeña para recordar con claridad a la famosa actriz Eleanor Baker.
—Si, Richard no tenía ningún pariente. Así que Eleanor abandonó su exitosa carrera para hacerse cargo de los negocios que habían heredado Terry y ella, esperando que una vez teniendo la edad adecuada Terry se haría cargo de los negocios, pero cual seria su sorpresa al encontrarse con que quería ser actor así que Eleanor no se lo impidió. Y para proteger su identidad de millonario, es que adoptó el nombre de Graham Baker, y justo ahora que Terry había decidido tomar las riendas de la vinatería, fue que sucedió el accidente. Esta historia la saben muy pocas personas Candy, y como eres una persona de mi entera confianza es que te platiqué esto.
—Gracias Albert—dijo la chica conmovida por el gesto que había tenido Albert—a propósito, ¿siempre tuvo un mal genio? Me refiero a antes del accidente.
Preguntó Candy en un intento de comprender un poco más a su paciente.
—Terry siempre ha tratado de poner a la gente en su lugar. Serás única si no te conviertes en el blanco de su sarcasmo.
—Para ser sincera, no me sorprendería que me despidiera antes que termine la semana. Supongo que no mucha gente le replica sin sufrir las consecuencias.
—Terry no te despedirá—aseguró el medico—sabe que tu eres la mejor oportunidad que tiene para volver a caminar. La cosa es ¿Cómo te sientes tú ante la perspectiva de que te grite todo el día?
—Sobreviviré—afirmó con la barbilla en alto—de hecho, me gusta este lugar. Eleanor me hizo sentir bienvenida y Mark es encantador.
—Según me dijo Eleanor, a él también le agradas mucho—Albert sonrió antes de comentar—Candy… no crees que ya ha pasado demasiado tiempo…—continuaba hablando buscando las palabras adecuadas, mientras observaba en el rostro de Candy mucha serenidad.
Albert dejó las palabras en el aire, no hacia falta mas explicaciones ella sabia muy bien a lo que se refería.
—Es obvio que aun no me e topado con el hombre adecuado—mintió de inmediato sin que se notara su dolor.
Alejó la idea de su mente. No tenia objeto desear que las cosas hubieran sido de otra forma. Anthony estaba muerto y nada se podía remediar. Así que, antes de que Albert siguiera insistiendo con el tema, añadió casi de inmediato.
—Pienso empezar mañana con dos horas de terapia matutina y dos por la tarde.
Albert decidió seguirle el juego, era obvio que ella aun no podía o no quería superar la infidelidad y posterior muerte de Anthony días antes de la boda. Habían sido días realmente tristes para la chica, él estuvo en todo momento a su lado, mas que por obligación por ser el tío de aquel muchacho que le rompió el corazón, por la amistad que la unió a ella años antes de que ella se comprometiera con su difunto sobrino.
La conversación se dirigió al trabajo de Albert en el hospital y continuaron con asuntos médicos hasta que se abrió la puerta y parecieron Eleanor y Mark.
—A cabo de mostrarle al tío Terry mis estampillas de Francia—anunció, feliz—la tía Eleanor me permitió ir a darle las buenas noches antes de acostarme.
—Y ya es hora de que te despidas del doctor Andrey y de Candy.
Le dijo Eleanor, claramente la hermosa mujer sentía más que simpatía por el pequeño y la madre de este.
—¿Qué pensó tu tío de las estampillas?—le preguntó el galeno.
—Le gustaron. Le dije que Candy prometió darme las de las cartas que reciba de Inglaterra. Ya tengo bastantes en mi colección ¿quieres verlas?
—En otra ocasión, pequeño—le dijo Albert dirigiéndole una sonrisa. El pequeño se despidió de los presentes, para posteriormente dirigirse a la cocina a ver a su madre.
—Parece que su presencia aquí ya empieza a marcar una diferencia. Terry parecía el de siempre al hablar con Mark.
Casi media hora después, Brigitte entró a anunciar que la cena estaba lista. Candy asumió que si Terry había invitado a Albert a cenar, él pretendía reunirse con ellos a la mesa, pero necesitaría ayuda para hacerlo.
Se dirigió a la habitación y llamó a la puerta. Preparada para recibir una respuesta sarcástica, entró. Se detuvo al notar que la cama estaba vacía y que la silla no se hallaba en la habitación. Las puertas de la terraza estaban abiertas. Abrió las cortinas y salió.
El sol ya se había puesto. Ella notó los últimos rayos que se reflejaban sobre las paredes del castillo y las flores coloridas que adornaban la terraza.
Nikki estaba echado a un lado de su amo. Aunque salió sin hacer ruido, el perro levantó la cabeza y empezó a gruñir, amenazador. Terry giró la silla de ruedas.
—Se supone que a los americanos les gustan los animales—dijo al mirar la mirada cautelosa de Candy—¡Nikki, tranquilo!
—Su perro no me había gruñido antes—se defendió—debe percibir que no le agrado a usted.
—Los alsacianos son muy inteligentes. Esperaba algún comentario suyo cuando me viera aquí afuera.
—¿Qué puedo decir? Ignoró mis indicaciones y el peligro que corre si pierde el equilibrio y cae.
—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué aguardara humilde en la cama hasta que vinieras a ayudarme?
—Es un anochecer hermoso. En Chicago en esta época hace aun frío—comentó al aspirar el aroma de las flores.
—Si, tenemos suerte. Aqui el clima es moderado. Ya debes haber escuchado el dicho local: "el día de san Vicente el invierno pierde fuerza"
—¿Quién es san Vicente?
—El santo patrón de los vinicultores.
—Entonces debe ser el de la estatua en la plaza del pueblo. Me preguntaba quien…
—No me agradan las mujeres parlanchinas—la interrumpió Terry.
—Solo le agradan desvestirlas.
Un brillo cínico apareció en los ojos azules; ella lamentó haber hecho el comentario.
—Parece que estas obsesionada con eso—se burló—¿es debido a que hace tiempo que ningún hombre te proporciona ese placer?
Ella sentía que se sonrojaba, y esperaba que no fuera así.
—Mi vida sexual no le concierne—repuso, tranquila—señor Grandchester, la cena esta lista y me gustaría ayudarlo a llegar a la mesa.
—No cenaré con ustedes.
La declaración tajante le indicó a Candy que el tema no estaba abierto a discusión.
—Tiene que comer—protestó.
—Si siento apetito, comeré más tarde en mi habitación.
—Comer solo no abre el apetito, y es muy importante…
—No estoy de humor para conversaciones, así que puedes presentar mis disculpas.
Candy empezaba a sentirse cansada tanto de que le diera órdenes como de que la interrumpiera a la mitad de sus oraciones, cuando a ella solo le interesaba su bienestar.
—Puede disculparse usted mismo, pues yo no excusaré sus groserías cuando Brigitte se ha molestado tanto con la preparación de la cena.
La boca de Terry se tensó.
—Si en algún momento llego a ponerme de pie, me dará un gran placer acompañarte a la estación.
—¿Significa eso que cambió de idea y cenará con nosotros?
—Parece que no tengo elección—mantenía la mirada implacable sobre ella.
—Su madre piensa que nos llevamos a las mil maravillas. En cuanto a mi, puedo soportar su mal genio, pero como ella esta preocupada por usted, preferiría que no se desilusionara durante la cena.
—¿Te preocupa mi madre o la impresión que puedas darle a Albert?—Terry hablaba con desden.
—Ya le indiqué antes que no pretendo conquistar al doctor Andrey.
—¿Ni como terapeuta?
—Sucede que mis pacientes me importan mucho. No es una representación que realizo para beneficio del doctor, ni para alguien más.
—¡Que tranquilizante!
—¿Por qué, para variar, no decide ser agradable? No le haría daño dejar de atacarme cada vez que digo algo.
—Entonces trata de no hablar—contestó sarcástico mientras giraba la silla con mano débil. Se impulsó para entrar en la habitación. Candy lo siguió, molesta al descubrir que contemplaba los hombros anchos de Terry y el cabello castaño.
Después de anticipar que la cena seria muy tensa, para Candy fue una agradable sorpresa la atmosfera de armonía que prevaleció. Era evidente que Terry había declarado un cese al fuego, y también ayudó que con la presencia de Albert, Eleanor se sentía menos ansiosa.
—Pensé que esta noche podíamos celebrar con un poco de nuestro cuvée especial—anunció la madre de Terry cuando abrieron la botella de vino blanco espumoso.
—Idea que apruebo de todo corazón—comentó Albert con una sonrisa.
—Esperemos que no se desperdicie el la señorita White—se sentía la burla en la voz. Terry se dirigió a Candy y continuó—como eres americana…
—¿Así que el gustaría mi opinión?
—Espero ansioso.
Decidida a establecer que ella no era la inculta que él imaginaba, inclinó la copa frente a ella, evaluando el color delicado del vino contra lo blanco del mantel. Un hilo de burbujas finas subía a la superficie, característica de los mejores vinos espumosos. Después giró la copa con rapidez entre los dedos para que el líquido despidiera su fragancia, acercó la nariz antes de dar un trago generoso para catarlo.
—Diría que es un chenin Blanc con aroma amielado, con cierto sabor a fruta muy bien balanceado y excelente para una celebración.
—Bravo—Albert aplaudió.
—Debo admitir que estoy impresionado—Terry entrecerró los ojos, pensativo—¿en donde aprendiste a ser tan experta?
Candy titubeó un poco. Nunca pensó que esta demostración le llevaría al tema de Anthony.
—Conocí a alguien que trabajaba para un comerciante de vinos—dijo tan informal como pudo—el hablaba mucho de su trabajo.
—¿Un novio?—preguntó Eleanor con una sonrisa.
Un paciente—repuso Candy dando otra impresión, aunque no era mentira. Candy lo conoció cuando aun estaba convaleciente de su operación de apendicitis, mientras ella aun realizaba sus prácticas de enfermería. Prosiguió, alegre—una de las cosas interesantes de mi trabajo es que se conoce a mucha gente.
—Creo que eso es cierto en el mundo de la medicina—admitió Albert, Candy le dirigió una mirada de agradecimiento por haber cambiado la conversación.
Fue solo hasta que levantó la mirada, que se dio cuenta de que Terry la evaluaba con la vista. Sintió un picoteo en la piel que la puso a la defensiva. Era ridículo suponer que el hubiera adivinado algo por el timbre de su voz, pero, aunque lo hubiera hecho, ella nunca discutía el rompimiento de su compromiso con nadie.
Terry se mantuvo cortes aunque en ocasiones sus palabras continuaron siendo burlonas. Eleanor sugirió que tomaran el café en el salón, donde la charla giró en torno a la vinatería, a la academia de arte dramático que dirigía Eleanor antes del accidente. Candy, a quien le fascinó el paseo que dio por la propiedad, estaba interesada en escuchar los procesos de la transformación de las uvas.
Al principio, no notó que Terry no participaba en la conversación. Su indiferencia a todo lo que se había hecho en su ausencia intrigó a Candy, más después Albert le explicó que el se encargaba del manejo y control de la vinatería.
Ella lo estudiaba sin que se notara que lo hacia, mientras trataba de explicar el por qué de su indiferencia.
—No, gracias—Terry indicó a Eleanor cuando empezaba a servir más café. Tenia la boca tensa aunque trataba de sonar alegre cuando añadió—estoy cansado, y se que mi terapeuta me recomendaría irme a la cama. Así que si me disculpan, me retiro. Buenas noches.
El alejó la silla de la mesa de centro y Candy se puso de pie para abrir las puertas dobles para que él saliera. Ella notó el músculo que brincaba en la mejilla de Terry y se percató de que estaba a punto de explotar.
Terry no había indicado si tenía dolor, aunque después del viaje y los movimientos era probable que la espalda le causara molestias. Pero cualquiera que fuera la causa de su incomodidad, lo mejor sería no seguirlo a su refugio hasta que se hubiera tranquilizado.
Cuando Candy apareció en su habitación, a él no le pareció agradarle. Había terminado sus acciones en el cuarto de baño y se dirigía a la habitación cuando Candy entró. El se había quitado la camisa y el corazón de la chica dio un brinco al ver el pecho desnudo.
—Te has convertido en mi maldita sombra.
Era ridículo que después de haber visto a tantos pacientes desnudos, ella de repente se sintiera tan limitada frente a él. Controló su respuesta física y empezó a hablar, amable.
—En tanto me necesite, así tendrá que ser.
—¿Y ahora que? ¿No me digas que viniste a desvestirme y a meterme a la cama?
—Vine a ayudarlo a que se desvista—lo corrigió.
—Parece que tienes un instinto maternal desviado.
—Me limito a hacer mi trabajo—le recordó; entonces se reprendió por el tono agudo de su voz—si se cambia a la cama, le ayudare a terminar de desvestirse y después trabajaremos con algunos movimientos pasivos…
—El énfasis en la palabra "pasivos"—repitió brusco.
—Por el momento, si. El programa de ejercicios se tiene que desarrollar poco a poco. Hasta que haya recuperado movilidad y sensación en las piernas…
—Lo que nunca ocurrirá…—interrumpió.
—Entonces tendrá que soportarme mucho tiempo ¿no?
Ahora lo había hecho, pensó ella, exasperada consigo. Ese comentario descuidado encendería la atmosfera cargada que existía entre ellos. En lugar del enojo salvaje que ella esperaba, Terry solo gruñó con un gesto de desden. Su mirada cínica permaneció un momento sobre ella antes que se impulsara hacia la cama.
—¡Que futuro para los dos!
—Desabróchese el cinturón y le mostraré como quitarse el pantalón—Candy le indicó después de respirar profundo para mantener su actitud profesional.
—¿Escuché bien?—preguntó enarcando una ceja.
—Mientras permaneció en el hospital no tuvo que preocuparse por ponerse el pijama solo. Ahora esta en casa, y cuanto mas independiente logre ser, mejor—explicó enérgica—necesitaré mostrárselo solo una vez. Lo demás es práctica.
—Tienes razón, ¡maldita sea!—gruñó mientras llevaba la mano a la hebilla del cinturón.
Candy sintió que se sonrojaba y esto la preocupó.
—Ahora gire su peso de un lado a otro. Y mientras lo hace, inclínese hacia delante y baje poco a poco la prenda.
—Es mas difícil de lo que parece—murmuró mientras luchaba con el pantalón tratando de que se deslizara por las caderas.
—Le ayudaré, si quiere.
—¿Y privarme de una lección de independencia?—respiraba con fuerza mientras mantenía la lucha.
Candy lo observaba mientras volvía a girar. Al fin, casi doblado en dos, tiró del pantalón y lo arrojó al pie de la cama.
Ella lo tomó y lo colocó sobre el respaldó de una silla antes de rociar un poco de talco sobre las palmas de las manos.
—Le daré un masaje vigoroso en las piernas para estimular la circulación, y después terminaremos con los movimientos pasivos que mencioné antes—indicó al regresar a un lado de la cama.
—No puedo esperar.
—¿Fue así de agradecido con todos los que hicieron algo por usted en le hospital?
—Le pagan, ¿no es cierto?—gritó.
—Yo no hago mi trabajo solo por dinero—le indicó, en tanto que con movimientos circulares empezó a dar masaje en las piernas, de los pies hacia arriba.
—¿Cuánto tiempo nos llevará esto?—preguntó con un tono molesto.
—¿Por qué? ¿Tiene algo mejor que hacer?
—¡Insolente!
—Usted también.
El corazón de Candy se alteró al notar la mirada amenazadora de Terry. Por alguna razón la calidez de la piel bajo sus manos no la ayudaba a controlar su genio. Los ojos azules de Terry permanecían sobre ella mientras las manos hábiles lograban que los músculos se relajaran, después de haberse tensado por el tiempo que permaneció en la silla de ruedas.
—Me sorprendió que no mostrara mayor interés en lo que pasó en la vinatería mientras estuvo en el hospital.
—¿Cómo lección para llevar una vida de segunda mano?—repuso, áspero.
—¿Así lo ve?
—¿Cómo demonios podría verlo?—la ferocidad iba en aumento.
—Es una forma ridícula de verlo—Candy protestó—Albert piensa…
—No deseo su opinión, no quiero saber lo que dice de mi—su furia era notoria.
—Lo hace otra vez—suspiró—me ataca por todo lo que digo.
—Entonces mantén tus comentarios para ti misma.
—Parece decidido a no aceptarme.
—Eso es algo que sin duda podremos resolver en los meses venideros.
Ella lo miró y luego cerró los ojos un instante.
—Ahora empezaremos con los movimientos pasivos—indicó, tranquila.
Terry no respondió. El rostro permaneció rígido e inexpresivo mientras toleraba el tratamiento, y ella tuvo la impresión de que él intentaba aminorar su furia con mucha dificultad.
Al terminar, ella se frotó las manos para deshacerse del talco.
—Ahora puede ponerse el pijama—se volvió hacia el armario para sacar la prenda.
—No tomaron mucho tiempo los ejercicios—comentó, aceptando la orden.
—El objetivo de los ejercicios es que las articulaciones ejecuten todos sus movimientos. No necesitamos más de cinco minutos para cada pierna.
Ella dio media vuelta y notó que él se subía hacia las almohadas; había mucho poderío en el movimiento, lo que hacia difícil recordar que estaba paralizado de la cintura para abajo.
—¿Ya viste suficiente?
La voz dura y tensa la sobresaltó. Se acercó a la cama donde le entregó el pijama.
—Para mí, no es un hombre, señor Grandchester, solo un caso.
—¿Y cuando fue la ultima vez que alguien fue un hombre para ti, señorita White?
Ella se controló justo a tiempo para no indicarle que eso lo le incumbía. No se dio cuenta de que el verde de sus ojos se había acentuado y su mirada era tormentosa.
—Necesita lanzar el pantalón con fuerza hacia abajo, cerca de los pies. Después inclinarse y subirlos.
—Me sorprende que el servicio americano de salud publica te haya permitido dejar tu puesto—arrastraba las palabras con desden.
Ella no se sentía de humor para tener un altercado con él. Tomó el pantalón que estaba en la silla y lo colgó en un gancho del guardarropa.
—¿Qué demonios haces ahora?
—Son para que le sostengan las piernas—le indicó mientras colocaba unos cojines bajo las rodillas y los tobillos—si se mantienen erguidas se evita la tensión en las caderas y las rodillas.
—¿Forma parte del encanto del trabajo con parapléjicos el mantener una relación platónica cómoda con un hombre?—preguntó Terry, mordaz.
—No puedo imaginar que nuestra relación sea cómoda.
—¿Ni platónica?
Había algo sensual en la voz áspera y ella se rebeló contra ello.
—¿Puede levantar su peso en poco?—se notaba un poco de disgusto en la voz de Candy.
—¿Para someterme a tus cuidados molestos?—gruñó mientras elevaba el cuerpo con las manos.
Candy estiró la sabana debajo de él con un movimiento rápido.
—Le pueden parecer molestos—dijo, tajante—pero son preferibles a que le salgan llagas que no lesionarán su orgullo, pero si su trasero.
—Le das un buen nombre a tu profesión—comentó, sarcástico.
Ella lo miró un instante. Entonces, se dirigió a la puerta y con una tranquilidad que parecía intacta, pero que era fingida, le indicó:
—Los analgésicos están a un lado de la cama, por si los necesita. Espero que duerma bien.
Candy salió de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta, mientras a la mente de Terry llegaron a su mente los recuerdos de aquella primera vez que la vio. Fue hace aproximadamente seis años antes, la obra en la que él participaría se presentaría en Chicago, así que decidió ir a visitar a Albert, quien mas que un amigo era como un hermano para él. Se habían conocido cuando su padre aun vivía, ya que ambas familias tenían algunos negocios en común.
Al llegar al hospital, a su paso se encontraba con miradas curiosas de la gente a su paso, a las cuales el respondía con una sonrisa, había algunas mujeres mas atrevidas, que le pedían un autógrafo, a partir de su rápido ascenso en el teatro, él estaba acostumbrado a ser mirado por toda la gente, en especial por el sexo femenino, por eso, le extrañó que al llegar al consultorio de Albert, y chocar de frente con Candy, ella solo le dirigió un vistazo y una disculpa, lo cual, fue un duro golpe para su inflado ego.
—¿Quién era esa chica? —le preguntó Terry a Albert, una vez dentro del consultorio.
—Se llama Candy, y ni lo intentes Terry, ella no es del tipo de mujeres a las que estas acostumbrado—fue la respuesta que le dio Albert. Terry se extrañó por la intensidad con la que dijo esas palabras.
—Creo que estas enamorado Albert.
—En eso estas equivocado Terry, ella es como una hermana para mi, y ella era la ex prometida de mi sobrino Anthony ¿lo recuerdas?
Terry solo asintió con la cabeza, escuchando la historia de cómo fue que Anthony le había pedido matrimonio a Candy, y como días antes de que se realizara la boda, este la dejó diciéndole que en realidad lo que sentía por ella era afecto que confundió con amor. Ahora Albert la estaba ayudándola superar lo sucedido, sugiriéndole que tomara un curso de fisioterapia.
Meses después de esa visita, mientras leía el periódico, se enteró del repentino fallecimiento de Anthony, y de su ahora viuda la señora Elisa Legan; aun ahora, le era imposible el imaginar como alguien podría cambiar a Candy por alguien tan vacío como lo era Elisa Legan, a la cual, al igual que a su hermano Neil y a Anthony, los recordaba por los años que pasaron en el colegio san Pablo.
Lentamente, los analgésicos hicieron efecto, sumiendo a Terry en un profundo sueño.
