hola amigas! aqui les dejo el tercer cap. por la noche espero subir el 4 y tal vez el 5, para que se vayan poniendo al corriente ocn la hisotria, solo recordandoles que lso personajes aqui presentados no son de mi popiedad, y esta hsitoria la realicé con fines recreativos. disfrutenla! y el seudonimo con que presenté esta historia y la de "sombras del ayer" en la guerra florida de este año, es usagi si, disfrutenla!

Capitulo 3

No importaba como hubiera pasado Terry la noche, Candy durmió muy mal. Dio muchas vueltas mientras trataba de encontrar la posición adecuada para relajarse y descansar. En vez de logarlo, su mente recorría la serie de encuentros que tuvo con su paciente. Era lógico que fuera el blanco principal de él. Entonces, ¿por qué no podía dormir, abrumada por las respuestas que pudo haberle dado?

¿Con qué derecho él se atrevía a insultarla todo el tiempo? Ella no recordaba haber tratado a un paciente así.

"Bueno mañana será otro día" pensó antes de que la indignación la hiciera abrir los ojos. El atrevimiento del hombre al insinuar que ella lo único que deseaba era dar una buena impresión a Albert… ¡¿Pero… acusarla de que quería atraparlo?...

Casi sin darse cuenta, su resentimiento cambió poco a poco a algo que se relacionaba con una posición defensiva. A Candy no le interesaba tener un idilio con nadie, era muy feliz como estaba.

Sin embargo, no podía reprimir el dolor agudo que se le clavaba debajo de las costillas. Con la garganta tensa, dobló el cuerpo hasta formar un ovillo. No quería recordar lo que experimentó al ser traicionada. Aunque estaba decidida a no pensar en Anthony, pasó mucho tiempo antes de que lograra dormir.

El tirano de la silla de ruedas no estaba en el comedor cuando Candy se reunió con Eleanor para desayunar.

—El señor Terry indicó que desayunaría en su habitación—les informó Brigitte cuando llevó el café.

—¿Cambió de idea y no irá a su academia hoy?—preguntó Candy.

—Sí, lo pensé. Sé lo que dijo Albert, pero mi administradora es muy capaz, y aquí hay mucho que hacer. El mes próximo vendrán los compradores a catar el vino y a decidir si van a comprar. Quiero que cuando Terry se vuelva a encargar de las cosas, encuentre todo en orden.

Eleanor empezó a relatarle cómo fue que Terry le obsequió esa academia; él sabía lo mucho que Eleanor había sacrificado para que su futuro no se viera menguado, así que, una vez que él decidió tomar las riendas de la vinatería el año anterior, como muestra de su agradecimiento, él le obsequió la academia, ésta, contaba con un pequeño teatro en el cual, al final de este primer año de clases, se representaría una obra, que sería dirigida por Eleanor con ayuda de su hijo, pero debido al accidente no había podido elegir a los actores que la representarían.

—Es hora de que yo empiece a trabajar—dijo Candy una vez que salió Eleanor.

Sin importar cuán hostil y molesto fuera Terry con ella esa mañana. No permitiría que la provocara.

Nikki empujó la puerta con el hocico y entró en la habitación de su amo, por lo que la puerta estaba entreabierta cuando Candy llegó. Terry estaba sentado cerca de las ventanas, tenía la vista fija en la terraza. Usaba una bata de la casa con un monograma bordado. Sin embargo, ni la seda de color café podía alterar la impresión de peligro y ferocidad que proyectaba, una impresión que realzaba el cabello revuelto y el rostro sin afeitar.

Al volverse a mirar a la terapeuta, los ojos azules reflejaban desdén. Con la mano acariciaba al perro que estaba echado al lado derecho de la silla. Se le ocurrió pensar a Candy que igual que la domesticación no había logrado borrar el aspecto de lobo en el animal, los antecedentes aristocráticos de Terry no alteraban su naturaleza agresiva.

La examinó de la cabeza a los pies, sin expresión alguna. Ella dudó mucho que lo que él veía contara con su aprobación. El vestido blanco de piqué era de buen gusto; a ella, le gustaba el adorno azul turquesa que tenía en el cuello y en las mangas tres cuartos. Además, el corte le daba la libertad de movimiento que ella necesitaba. Tenía poco maquillaje, solo el suficiente para realzar el colorido natural del rostro y la claridad de los ojos verdes. Pero con el cabello recogido en una coleta, el reloj de pulso y el atuendo blanco, ella suponía que su apariencia resultaba clínica.

—Es una mañana hermosa—le dirigió una sonrisa con la que pretendía desarmarlo—le preparé el baño y después empezaremos con los ejercicios.

—¿Nunca pierdes la alegría en la voz? ¿o es tu segunda naturaleza?

—Bien podría entrar con el ceño fruncido, pero imagino que eso tampoco le agradaría—señaló Candy, calmada.

Ella vio la bandeja que él había dejado sobre la mesa de noche, y le complació notar que él había comido. No estaba bien colocada y para acomodarla, cruzó la habitación.

Al hacerlo, el perro se puso de pie y le gruñó amenazador. Candy se sorprendió un poco y no se atrevió a acercarse más. Vio a Terry para que llamara al perro.

—Afuera, Nikki—le ordenó con flojera.

El animal obedeció de inmediato y pasó al lado de Candy con la cola entre las patas. Ella lo siguió con la mirada.

—¿Un bruto menos con quien tratar?—se burló Terry, sarcástico.

Ella tuvo suerte de que la sorpresa le diera a su mirada una expresión de inocencia y candor; de lo contrario, él hubiera adivinado sus pensamientos. Mientras colocaba la bandeja en una posición más segura, Candy habló.

—Nikki no me asusta. Ahora prepararé el baño.

—¡Aunque este en una silla de ruedas puedo abrir el grifo!

Siempre que le gritaba con ese tono de desdén, la joven se encolerizaba. Sin embargo, se mostraba calmada y no perdía el control.

—lo que me preocupa es si puede juzgar la temperatura del agua.

—¿Piensas que no soy capaz de palpar el agua?—preguntó, furioso.

—Lo que me preocupa es saber ¿qué pasará con su equilibrio cuando lo intente? No quiero que caiga a una tina llena.

—¿De veras?—preguntó despectivo—eso me sorprende. Pensé que humillar a tus pacientes te proporciona una sensación de poder.

—¿Y qué le hace pensar?... —empezó molesta, antes de volver a controlarse. Los ojos todavía brillaban por la furia, pero logró decir calmada—por favor, no comencemos el día gritando. No es muy provechoso.

—No mas trivialidades—murmuró Terry con desdén.

Parecía que Candy no podía responder ese comentario sin lograr que él se sulfurara más. De cualquier forma su control, por lo general inextinguible, había perdido bastante fuerza. Dio media vuelta y fue al cuarto de baño.

¿Estaba haciendo mal las cosas? Esa mañana empezaron a tolerarse más después que ella se atrevió a responderle con agudeza. Tal vez sería la única técnica que funcionaba con él.

Terry no parecía tomar en cuenta la bondad y el cuidado, pensó y de inmediato se sintió culpable. La verdad era que él no le despertaba ningún sentimiento de compasión.

Candy abrió el grifo de la tina, vio una botella de loción en la repisa y añadió un poco al agua. Su fragancia se percibió de inmediato.

—No se vista después del baño—le indicó al regresar al dormitorio—todo lo que necesita es una toalla alrededor de la cintura.

—¿Quieres decir que no entrarás conmigo?

—Por fortuna, mi instinto maternal no llega al extremo de querer bañar a un hombre maduro—repuso.

La risa de Terry la desconcertó. Grave y rica, era tan masculina como todo él y Candy descubrió que ella sonreía. Sus miradas se toparon, y al hacerlo, la alegría desapareció de los ojos de Terry. Con un empujón salvaje, impulsó la silla hacia el cuarto de baño.

Era el hombre más incomprensible que había conocido, pensó Candy con una mezcla de intriga y enojo. Estuvieron a punto de compartir una broma cuando él volvió a darle un latigazo con su mirada helada y desdeñosa.

Mientras Terry estaba en el baño, ella retiró la ropa de cama. Dobló las mantas y puso una sabana limpia, para que su paciente se acostara y le diera un masaje en la espalda. Mientras lo hacía, escuchaba con atención los ruidos en el cuarto de baño. En cierta forma la independencia de Terry era buena, aunque corría el riesgo de lastimarse.

Una de las sirvientas entró a buscar la bandeja del desayuno. Candy se la pasó y al hacerlo, por la puerta entreabierta del baño vio que Terry se afeitaba frente al lavabo.

—¿Le molestaría que conectara el radio?—preguntó pensando que la música podría cubrir el silencio hostil una vez que se reuniera con ella.

—Adelante.

Cuando Terry regresó al dormitorio, estaba afeitado y el cabello húmedo mostraba las líneas de un peine. Ella observó como una gota de agua resbalaba por el cuello de Terry. Aunque no lo quería admitir él la ponía nerviosa.

—¿Es menor el dolor en la espalda esta mañana?—preguntó, amable.

Los ojos de Terry se entrecerraron un poco y las cejas se unieron sobre la nariz ¿Por qué tenía que ser tan despectivo con ella?

—¿Cuándo desarrolló poderes psíquicos?

—Algo debió haberlo puesto de tan mal humor anoche—dijo Candy.

—Entonces, en vista de que todavía estoy de bastante mal humor hoy, tal vez sepas la respuesta.

—En ese caso, empezaré por darle masaje en la espalda, así ayuda a aliviar la presión sobre los nervios—él no se movió por lo que ella le indicó—lo necesito en la cama.

Otro paciente ni siquiera hubiera pensado que sus palabras tenían un doble sentido. Pero en el instante en que vio el brillo en los ojos de Terry se percató de lo que podrían insinuar. Se sintió contenta de no sonrojarse con facilidad, pues había algo de insultante en la mirada masculina.

—Colóquese boca abajo—le dijo, tajante. Hizo una pausa y preguntó—¿Esta cómodo?

—Tengo paralizada la mitad de mi cuerpo ¿Qué tan cómodo piensa que me puedo sentir cuando no siento las piernas?

—Quiero que se relaje todo lo que pueda—le dijo ignorando su comentario.

Los músculos de la espalda se contrajeron cuando él apoyo los antebrazos en el colchón y colocó la cabeza sobre las manos. Candy lo observaba mientras él yacía acostado, desnudo con excepción de la toalla que el cubría las caderas; con rapidez recuperó la compostura. Había visto en muchas ocasiones el torso desnudo de un hombre y el vello que cubría los muslos ¿o no? Y en vista de la práctica que tenia dando masaje a sus pacientes, no había razón por la que ella se sintiera un poco temblorosa ante la idea de pasar las manos sobre los cálidos y firmes contornos de la espalda de Terry.

Espolvoreó suficiente talco sobre las manos. Por lo general era muy hábil en entablar una conversación trivial con sus pacientes. Con Terry ni siquiera lo intentó. Deslizó las manos sobre los hombros, identificando cada músculo y luego descendió un poco. Nombraba los músculos pensando que de ese modo lo vería como un paciente, igual que los grabados de anatomía que estudió en la escuela.

Ella no fue la única que empezó a relajarse. Bajo las firmes, y sin embargo, gentiles manos de la terapeuta, Terry exhaló un gruñido de satisfacción.

—Oh, es muy agradable—advirtió con un suspiro—ahora entiendo lo que Albert quiso decir cuando me indicó que tenía un don.

Candy se dio cuenta de que despedía un brillo inesperado de placer. ¡El elogio era muy diferente y bienvenido después de sus comentarios mordaces!

—Me alegro que le ayude—murmuró.

—Si en alguna ocasión decides abrir un centro de masaje—comentó con pereza—yo te financiaré ¡reunirías una fortuna!

—¿Piensas que un centro de masaje concordaría con mis modales enérgicos de hospital?

La oleada divertida que recorrió el cuerpo de Terry traspasó las manos de Candy. Ella sonrió, sabía que estaba haciendo bien las cosas; los movimientos rítmicos distendían los músculos tensos de la espalda. La respiración de Terry era profunda y pareja. Él colocó la cabeza de otro modo para sentirse más cómodo, antes de preguntar arrastrando las palabras:

—¿Por qué te convertiste en terapeuta?

Con eso eran tres comentarios que él hacia sin atacarla.

—Antes de ser terapeuta, era enfermera, pero Albert me sugirió el que tomara esas clases de fisioterapia, así que, aquí estoy.

—¿Quieres decir que, lo hiciste por atención a él?

Ella no supo si había un poco de burla en la voz profunda, pero decidió darle el beneficio de la duda.

—Sí, supongo que en cierta forma.

Hablaron de su incursión en el teatro y de los hospitales en los que había trabajado Candy. Tenía la cabeza vuelta hacia ella y los ojos cerrados. Candy notó que sonreía mientras hablaba. En definitiva, él no pertenecía a su tipo, pero tenía que admitir que era muy atractivo. Cuando tocaron el tema de la vinatería, repentinamente Candy comentó:

—Supongo que querrá que su hijo continúe con la tradición.

La cabeza de Terry se elevó un poco, formó puños con las manos y se tensó.

—Parece que el que yo tenga un hijo depende de ti—contestó, sarcástico.

—Yo… disculpe—dijo con voz entrecortada.

El sonido bajo en la garganta de Terry fue una mezcla de mofa y desprecio.

—No es necesario que te pongas así—rió—no pretendo violarte con la intención de que me des un heredero. Me refería al hecho de que un inválido no puede ser muy buen esposo.

Ella se sonrojó y dio gracias de que él no lo pudiera ver.

—Tengo plena confianza en que usted volverá a caminar—declaró Candy con sencillez.

—Lo que significa que también existe la posibilidad de que no logre hacerlo—le recordó.

—Una posibilidad, pero Albert…

—Quien nunca se equivoca—la interrumpió, mordaz.

—Hasta ahora no se que se ha equivocado. De hecho su juicio es muy importante cuando se trata de un diagnóstico. Y él opina que usted volverá a caminar.

Terry hizo una mueca.

—¿Y si no sucede así?

—Muchos pacientes inválidos a quienes yo he atendido, se han casado, han tenido un matrimonio feliz e hijos. Estar en una silla de ruedas no impide eso—Candy hizo una pausa y después continuó; adivinaba lo que él tenía en mente—pero si eso le preocupa es cuestión de…

—¿Mi virilidad?—gritó.

—Se que en este momento no tiene sensación en las piernas, pero no hay razón…

—¿Quieres decir que una mujer aceptaría casarse con un hombre que tiene muerta la mitad del cuerpo?—la interrumpió, sarcástico.

Ella se alejó un poco de él para poner más talco en las manos, que estaban un poco pegajosas. Por dios ¿Qué le pasaba? Ella había tranquilizado a muchos pacientes cuando mostraban ansiedades sexuales; ¿Por qué ahora la invadía ese calor?

La respuesta le llegó en el momento en que ella giró y lo vio. La luz del sol se reflejaba en el cuerpo casi desnudo, acentuando el ligero bronceado y el vello que cubría brazos y piernas.

—A ninguna mujer que de verdad lo ame, le importará eso.

El se apoyó sobre un codo, mientras veía a la joven con frialdad.

—Supongo que ningún sacrificio es demasiado para una mujer enamorada—inquirió entre dientes—ni aunque signifique que toda su vida se verá cercenada, pues será prisionera de la silla de ruedas de su esposo—la tomó de la muñeca con violencia repentina—tus tonterías parecen interminables, pero dudo mucho que una existencia tan vacía fuera suficiente para ti.

Los dedos se clavaban en la piel de Candy.

—¡Lo sería si lo amara!—reaccionó al ataque personal, gritando.

Terry la liberó con desprecio, la mirada sagaz recorría el rostro un poco sonrojado y después el cuerpo esbelto.

—Eres una mentirosa. A pesar de tu exterior tan propio, me doy cuenta de que una vez que se derrita la capa de hielo que te cubre le darías mucho a un hombre, a cambio de su dinero. Estar atada a un invalido de por vida no va contigo.

—Ya que todo es una hipótesis, no importa—repuso, molesta—en principio no me casaré con usted y además lograré que se deshaga de esa silla.

El choque entre ellos determinó la atmosfera para el resto de la mañana. Los ejercicios que Terry consideraba una demostración de su incapacidad, lo hicieron más mordaz y sarcástico. Al final, negándose a cooperar, impulsó la silla hacia la terraza. Candy lo vio salir, sintiéndose derrotada. Taconeando salió de la habitación.

En el vestíbulo se detuvo para tranquilizarse. Tal vez los dos necesitaban un poco de tiempo para controlar el ánimo. Nunca había conocido a alguien que la irritara con tal facilidad. Miró la muñeca y notó que las marcas rojas habían desaparecido, pero tendría mucha suerte si al día siguiente no aparecía una preciosa pulsera de moretones.

Cruzó el vestíbulo, convencida de que un paseo por la propiedad le ayudaría a recuperar su sentido de la perspectiva. Se topó con Bernard en la escalera, frente a la puerta principal.

—Iba a buscarla, señorita. Olvidé entregarle las llaves del auto esta mañana.

—¿Las llaves del auto?—repitió—lo siento, no comprendo.

—El señor Grandchester me indicó que pretendía visitar algunos lugares durante su tiempo libre, por lo que debía tener acceso a uno de los autos—explicó Bernard.

El se retiró y dejó a Candy sopesando las llaves en la mano. Su paciente era incomprensible. Ella ya lo había catalogado como un tirano y ahora la confundía al poner un auto a su disposición.

¿Qué iba a hacer? No deseaba entrar y darle las gracias cuando acababa de insultarla de esa forma. No solo eso, sino que con el humor que Terry tenía en ese momento lo más probable era que le volvería a gritar. Decidió agradecerle a ese gesto después.

Siguió el sendero desde el que podía contemplar el castillo que con su brillo destacaba entre la vegetación que lo rodeaba. Parecía sacado de un cuento de hadas con su techo inclinado cubierto de tejas, sus torretas y las ventanas elegantes. Un grabado similar aparecía en las etiquetas de las botellas.

Había un auto aparcado frente a la entrada majestuosa. Al acercarse a él, Candy vio que una mujer de cabello largo y rubio vestida con un costoso traje sastre, salía de la casa. Los zapatos hacían juego con la bolsa de piel que sostenía bajo el brazo.

Al ver a Candy, bajó los escalones corriendo; los pendientes de oro bailaban contra las mejillas.

—Debes de ser la terapeuta de Terry—la recorrió con la mirada antes de continuar con una sonrisa cautivadora—¿como estas? soy Susana Marlow. De seguro Terry ya te habló de mí.

Terry mencionó a Susana en una ocasión, pero como era necesario responder con tacto, Candy repuso:

—Usted estuvo con él en el accidente.

Susana asintió, metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y levantó los hombros en una pose dramática.

—Si no hubiera sido por Terry, no hubiera escapado del auto. Estoy segura de que no es necesario que te diga lo espantoso que todo esto ha sido para mí ¡me siento tan responsable!

—El ebrio fue el culpable—Candy dijo, calmada.

—Sí, eso es lo que todos me dicen, respondió Susana un poco tensa—pero no puedo evitar lo que siento.

—El señor Grandchester no la culpa ¿entonces por qué culparse usted misma?

Susana asintió, apretó la boca como si tratara de evitar las lágrimas. Después añadió con una sonrisa trémula:

—Quisiera ser tan practica y tener los pies en la tierra como tú. También quisiera que Terry no fuera tan orgulloso y necio. Nos podríamos casar de inmediato y yo le podría desmotar cuanto lo quiero y que no me importa que este invalido.

Así que ella era la prometida de Terry, pensó Candy.

—por el momento, nada parece importarle a Terry—continuó Susana—el viñedo, el teatro, ni siquiera nuestro matrimonio. No creo que soporte la idea de no volver a caminar.

—Él esta furiosos por eso—le contestó Candy—pero comparado con mucha gente, se está enfrentando a la vida con mucho valor.

A Susana no pareció gustarle la velocidad con que Candy defendió a su paciente. La mirada se endureció antes de que curvara la boca en una sonrisa falsa.

—¿Cómo se llevan ustedes dos? Entiendo, por lo que me comentó Terry, que tuvieron una fricción esta mañana.

—¿Le importa que hable con franqueza?

—Por favor, hazlo.

—Tiene razón, esta mañana discutimos por su tratamiento y no espero que sea la última ocasión que lo hagamos. En ocasiones la terapia parece cruel por todo lo que exige del paciente. Yo sé que todos sus instintos deben indicarle que las cosas tienen que ser más sencillas para su prometido. Debe sentirse protectora. Por eso es importante que yo cuente con su confianza y apoyo.

—Cuentas con los dos, desde luego—aseguró Susana—de hecho, espero que seamos amigas—parecía bromear, pero su advertencia fue muy clara cuando agregó—en tanto no te enamores de tu paciente.

Su intuición femenina merecía diez de calificación, pensó Candy. Susana estaba celosa. Queriendo tranquilizarla y consciente del dolor al recordar la lección que ella misma recibió, le dijo:

—siempre trato mucho a mis pacientes, pero no me enamoro de ellos.

—Aun en una silla de ruedas, Terry tienen una mente sagaz y apasionada. De seguro te debe parecer atractivo.

A Candy le parecía arrogante, voluntarioso y hasta amenazador, pero no le podía decir eso a Susana.

—Sé que es difícil ver que otra persona cuide a quien amamos, pero…

—¿No insinúas que estoy celosa, verdad?—Susana la interrumpió, altanera. Echó la cabeza hacia atrás y rió en forma inesperada—¡vaya, creo que sí! Escuche, señorita White, solo dije eso por consideración a ti. Terry y yo estamos demasiado unidos para que tenga ojos para otra mujer, y menos su terapeuta. Pero es encantador y temo que puedas salir lastimada.

Candy sabía que las palabras despectivas de Susana tenían la intención de lastimarla y eso la decidió a mostrarse indiferente.

—Su advertencia no es necesaria—repuso, tranquila.

Susana la estudiaba con una mirada fría y poco amigable.

—Solo recuérdalo, es todo—continuó, molesta—nos veremos esta noche en la cena.

Ella se deslizó detrás del volante de su auto deportivo y se alejó con tal furia que la grava voló impulsada por los neumáticos. Preguntándose por qué se molestaba en comunicarse con su paciente o con su prometida teatral, Candy dio media vuelta y subió las escaleras hacia la casa.

—No hagas caso de lo que dice—apareció frente a Candy una mujer bastante bonita, de cabellos castaño y un par de ojos cafés que la miraban fijamente—son los celos obsesivo que tiene, tú debes de ser Candy.

—Así es—le respondió.

—Amiga de Albert ¿cierto?

Ahora que lo recordaba, Candy había visto en anteriores ocasiones a ella, Karen, Karen Kleiss, visitaba a menudo a Albert en su consultorio, recordaba haber rechazado cada una de las invitaciones que Albert le hacía para acompañarlo al teatro, ya que como Candy suponía, ella le hacia la invitación a él.

—Así es, señorita Kleiss.

—No sabes qué gusto me da saber que has puesto de cabeza el mundo de Susana—dijo con una abierta sonrisa—la pobrecita cree en aquella leyenda que ha corrido por los teatros de todo el mundo, de que aquellos que actúen "Romeo y Julieta" terminarán juntos.

Candy no sabía a qué se refería con haber puesto de cabeza el mundo de Susana, así que solo esbozó una media sonrisa, y a fin de terminar con esa plática a la cual no le encontraba sentido añadió:

—Lo siento señorita, pero tengo cosas que hacer.

—Muy bien, pero déjate de formalidades y llámame Karen, Candy, en otra ocasión platicaremos.

Karen la observó entrar en la casa, recordando cómo fue que se había dejado convencer por Terry para ayudarlo a persuadir a Albert de que invitara a Candy a cada una de las representaciones que llegaban a dar en Chicago.

—¡Vamos Karen!—escuchaba la voz suplicante de Terry—solo tienes que ir al hospital y darle estos dos boletos a Albert, estoy seguro de que el la invitará a ella.

Era la primera vez que veía a Terry tan obsesionado por una mujer, que Karen no se pudo negar; aún recordaba que siempre en cada presentación, se asomaba hacia el palco donde debería de estar sentada Candy con Albert, y siempre estaba sólo Albert.

Finalmente, Karen no pudo guardar más el secreto de Terry, así que Albert siempre nos decía que no quería asistir, dejando a Terry con un extraño brillo en la mirada que Karen jamás le había visto.

Poco a poco, Susana se fue dando cuenta de la situación, causándole escenas de celos por una mujer a la cual, Terry ni siquiera tenía el placer de haber cruzado palabra con ella. Pero ahora, la situación había cambiado, esa mujer ahora vivía bajo el mismo techo que Terry, sin saber que por algún tiempo fue objeto de su fijación.