hola amigas! me da mucho gusto saber que les agarda la historia! poco a poco iré subiendo los caps, es que entre que veo que actualzian mis fic´s favoritos pues ya saben, una no se puede resistir y nada mas ando con "uno mas y me pongo a escribir" y asi me da la madruagda jeje. pero ahora si me pondré a tarbajar para publicar el cap 7, ya que algunas tuvieron la oportunidad de leer los anteriores en la gf jeje. mis agardecimeintos a:
dianis: nena! me da mucho gusto verte por aqui, te prometo que pronto tendrás el capitulo 7 jeje, asi que no te me deseperes nena asi podrás leer conmas calma los caps.
lizthr: gracias por tus comentarios, pero pues creo que necesitamos a la gusana para que le de sabor a las hsitorias, no lo crees? asi que espero leerte hasta el final!
lupita: amiga! me da mucho gusto leerte en otra historia mia! y en lugar de decirte, dejaré que lo vayas descubriendo tu misma! asi que no te pierdas las actualziaciones! xoxo
nelly: no te dejo mas con la duda, y aqui tienes la actualizacion! espero te guste!
gaby: hola gaby! de hecho la historia esta termianda solo que me falta pasar los caps a al compu jeje, espero disfrutes el capitulo!
y tambien gracias a ti, lector anonimo, que espero alguna vez me hagas llegar tu opinionacerca de esta historia, a mi editora publirelacionista Mai Mai que nada mas la tengo trabaje y trabaje en la edicion de lso caps, nena gracias por apoyar mis locuras! ahora si, pasemos a nuestro capitulo!
Capitulo 4
—Ahora ya sabe cómo hacerlo, me gustaría que intentara ese ejercicio otra vez, pero solo en esta ocasión.
Mientras hablaba, Candy se alejó un par de pasos para dar mayor espacio a Terry. Si tenía los nervios de punta por soportar sus gritos durante dos horas, no lo demostraba.
—Pensé que pretendías sacarme de esta maldita silla de ruedas. No que me volvieras un gimnasta en ella.
—La paciencia no es una de sus cualidades—le dijo Candy con un poco de ironía.
El comentario hizo que se ganara una mirada salvaje de Terry.
—Creo que el hecho de que todavía estés aquí, después de quince días de sufrimientos, indica lo contrario. Albert te pintó como una hacedora de milagros, y todavía espero ver la evidencia.
—¿Cuánto progreso espera obtener en quince días?
—¿Será esa la misma respuesta, después de un mes, un semestre, un año?
—La recuperación es cuestión de tiempo.
—Eso me dices siempre.
—¿Se puede pasar a la cama?—Candy trató de no discutir con él.
—¿No crees que ya me has torturado bastante esta tarde?—Terry casi gritó.
—Si no hiciera mi trabajo con esmero, usted sería el primero en indicármelo.
Mark entró en ese momento.
—¿Qué pasa Mark?—preguntó Terry, más gentil.
—Estoy aburrido—suspiró el pequeño—¿a qué hora llegará la tía Eleanor?
—Poco después de las seis—le indicó Terry.
—Ve por tu carrito—sugirió Candy—cuando regreses, ya habré terminado con la terapia de tu tío, y te llevaré a dar un paseo.
—¿También iras tu?—le preguntó el pequeño a Terry, con la mirada esperanzada.
El rostro de Terry perdió la expresión mientras respondía.
—Tengo que descansar.
—¿Por qué si estas sentado todo el día estás cansado?
—Son los músculos de mis piernas los que se agotan—repuso Terry; la tensión de la mandíbula contrastaba con el tono sereno de la voz.
—Vamos Mark, ve a buscar tu carrito—Candy trataba de evitar que siguiera con su interrogatorio.
—Está bien—aceptó divertido, sin tener conciencia de la tensión que dejaba tras de él.
—Te quedaste muy callada—señaló Terry, sarcástico—creí que tendrías algún comentario acerca de lo difícil que es para un niño comprender lo que es estar confinado a una silla de ruedas.
—Mark solo quiere que las cosas sean como antes del accidente, que usted pueda jugar con él y poder ver a la señora Eleanor.
—No hay razón por la que Eleanor no acompañe a Mark—repuso, molesto—ella decidió invertir muchas horas en la vinatería en vez de solo trabajar un poco en su academia.
—No tiene opción—indicó Candy—cuando lo consulta acerca de un problema, usted no quiere saber nada. Si mostrara un poco de interés en el negocio, Eleanor no estaría tan ocupada. Sería mejor para ella.
—¿Quiere decir que yo debería de ser una carga menor?—resumió Terry, su ira iba en aumento.
—Yo no dije eso.
—¿O insinúas que eso me daría menos tiempo para sentir lástima de mi mismo?
—Deje de poner palabras en mi boca—se defendió Candy—todo lo que señalo es que es posible trabajar desde una silla.
—Sabes tan bien como yo que la contribución que pudiera hacer sería mínima—la interrumpió con brusquedad—lo mas que podría hacer seria ver los números ¿o era eso lo que pensabas…. Una terapia ocupacional?
—Alguien tiene que encargarse del trabajo de oficina.
—¿Eleanor y tu están unidas para mantener la ilusión de que yo soy útil aquí?—preguntó arqueando una ceja.
Candy lo veía nerviosa. Un golpe bajo haría que Terry saliera de su amargura ¿pero Candy se atrevería a decir lo que tenía en mente?
—Ya es tiempo de que decida que quiere hacer el resto de su vida: un invalido en una silla de ruedas o un hombre normal—Candy utilizó el mismo tono despectivo con el que Terry acostumbraba dirigirse a ella.
Candy se preparó para recibir la furia de Terry, mas esta no llegó. Candy contuvo el aliento mientras él se apoyaba contra las almohadas y reía sin humor.
—Eres muy eficiente para suministrar el medicamento ¿Por qué no intentas tomar un poco también—tenía una mirada cínica al dirigirse a ella.
—Su sarcasmo lo desperdicia conmigo, no sé de que me habla.
—Entonces eres más obtusa de lo que imaginé. Te atreves a sugerir que actúo como un cobarde cuando a ti un golpe de la vida te convirtió en un iceberg clínico. No sé qué te habrá dañado en el pasado y no quiero saberlo, pero antes de criticarme a mí, estaría bien que te analizaras un poco.
Candy casi brincó y los ojos verdes se le oscurecieron. Fue el entrenamiento que recibió en el hospital lo que la hizo mantenerse ecuánime en vez de romper en llanto.
—Ese comentario no me dolió en absoluto—respondió Candy con la voz tensa.
Candy dio media vuelta; sabia que otro comentario mordaz la haría perder la compostura. Terry no le respondió, solo golpeó el colchón con el puño mientras Candy salía.
Las palabras alegres de Mark durante el paseo, hicieron que ella dejara de pensar en el comentario de Terry, no fue sino hasta que se encontraba en el piso superior tomando una ducha, que regresaron a su mente produciendo la misma reacción iracunda.
El sonido del auto que se acercaba la sacó de sus pensamientos. Miró el reloj de pulso y se dio cuenta de que debía ser Albert. Terminó de recogerse el cabello, se abrochó su pulsera y se puso un poco de perfume en las muñecas. Tomó su chaqueta y bajó.
—¡Señorita White! ¡Ven acá!
Candy volvió la cabeza hacia donde la llamaban a gritos. Ella ya había notado que la puerta de la habitación de Terry estaba entreabierta. También podía escuchar las voces amortiguadas que provenían del salón, donde Eleanor y Albert charlaban. Sin desearlo se encaminó hacia el dormitorio de Terry, quien estaba sentado en la silla de ruedas. Ella se paró a un lado de la puerta.
—¿Me llamaba?
—¿Estoy en lo correcto al suponer que piensas salir esta noche?
—Sí, lo está.
—Estas muy reservada.
Con una mueca, Candy le respondió.
—Voy al espectáculo de luz y sonido a Edimburgo.
—¿Con quién?
La combinación de la personalidad implacable de Terry y el desafío de Candy, hacia que la atmosfera se cargara de electricidad. Candy resentía el interrogatorio, por lo que respondió con brusquedad.
—Es mi tiempo libre y supongo que puedo ir.
—¿Con quién?—Terry insistió.
—¿Qué importa?
Hubo un momento de silencio mientras Terry la observaba con burla. Después sonrió un poco con un dejo de ironía.
—Así que al fin tienes una cita con Albert ¡felicidades!
—Llega a todos los extremos para mostrarse desagradable, ¿verdad?
—No hay necesidad de que te molestes.
—¿Quién no lo haría, teniendo que someterse a su sarcasmo constante?
—¿Cansada de actuar como una santa?
Los ojos de Candy brillaban mientras intentaba controlar el impulso de alejarse de allí. Respiró profundo y, con una calma forzada, habló.
—No sé para qué me llamó, pero si no me necesita, Albert me está esperando.
—¡Entonces no permitas que yo te detenga!—gritó Terry.
Candy salió de la habitación, decidida a que otro choque con él no arruinara su velada. Albert y ella charlaron con facilidad en tanto él se dirigía al camino principal. Desde el auto ella podía ver los árboles que bordeaban el lago, cuya superficie brillaba bajo la luz del crepúsculo.
—Olvida a tu paciente por un rato—le indicó Albert rompiendo el silencio en que había caído.
—¿Perdón?—dijo Candy, sorprendida y se volvió a verlo—lo siento… supongo que el señor Grandchester está en mi mente. No me llevo muy bien col él.
—Lo imaginé cuando lo visité el otro día; te noté un poco vencida. Eleanor me mencionó hoy que tienes que soportar el mal genio de Terry.
—¿Por eso sugeriste que saliéramos?—le preguntó Candy, sonriendo.
—Debo admitir que pensé que necesitabas un descanso. Además de eso, estoy seguro de que Edimburgo le gustará a la parte romántica que hay en ti.
—No imaginas lo agradable que es escuchar que me llames romántica "iceberg clínico" es como me llama mi paciente, entre otras cosas.
Albert rió y condujo el auto hacia un sitio donde había más coches aparcados. Apenas era el principio de la temporada y Edimburgo ya atraía muchos turistas; había bastante gente que se encaminaba a la entrada, custodiada por una esfinge.
Con calma, Candy y Albert cruzaron la explanada y recorrieron los jardines, desde donde se lograba observar una vista impresionante de Edimburgo. Candy se detuvo un momento a contemplar el paisaje.
Albert sonrió por su reacción.
—Lo deja a uno sin aliento—admitió antes de preguntar—¿te comentó Susana que usarán este escenario para su próximo trabajo de modelo?
—No—repuso Candy y añadió—la verdad es que hablamos muy poco.
—¿Cómo? Pensé que Susana los visitaba con frecuencia. ¿Han cambiado las cosas entre ella y Terry después del accidente?
—No que yo me haya percatado. Lo que quise decir es que Susana no es muy amigable conmigo. De hecho, no tenía idea de que fuera modelo.
—No se dedica del todo al modelaje, solo en contadas ocasiones. Me pregunto si resiente tu relación con Terry—comentó Albert pensativo—los celos pueden ocasionar comportamientos extraños.
—Eso he sabido—Candy estaba decidida a mantener la conversación ligera y olvidar los problemas que rodeaban su trabajo. Después del espectáculo, Albert la llevó a un restaurante cercano al castillo, donde compartieron una cena muy agradable.
—Hemos hablado de muchas cosas durante la velada, pero apenas hemos mencionado a tu paciente—señaló Albert después de que les sirvieron el café.
—Me ha parecido más interesante que hablar de mi trabajo—repuso Candy con una sonrisa.
Albert la miró intrigado.
—Cuando alguien como tú se reserva los problemas a los que se enfrenta, en vez de hablar de ellos abiertamente, me pregunto si te estás involucrando emocionalmente con Terry.
—En lo absoluto—aseguró Candy.
Albert no la contradijo, pero Candy presentía que él no estaba convencido. Y, aunque le apreció una locura, mas tarde reflexionó en el punto.
Ella no estaba involucrada emocionalmente con Terry, pero no podía negar que experimentaba sentimientos muy fuertes hacia él ¿era la situación la responsable, o el hombre mismo? Ella suponía que no estaba acostumbrada a dedicar toda su energía a un solo paciente, y al vivir allí, le era mucho más difícil apartarse de la situación.
El reloj de su habitación le indicó que casi era la media noche. Aunque ya era tarde, ella sabía que no se dormiría de inmediato. Buscó su libro sobre la mesa de noche y recordó que lo había dejado en la sala.
¿Debía ir a buscarlo? No había duda de que podría soportar mejor el trabajo del día siguiente si descansaba lo suficiente. La bata verde estaba a los pies de la cama. Se la puso, salió de su dormitorio y ató el cinto alrededor de la cintura mientras bajaba en silencio tratando de no perturbar a nadie.
Había llegado al último peldaño de la escalera cuando escuchó un ruido. Se paralizó y se aceleraron los latidos de su corazón. Volvió a escuchar el mismo sonido, que provenía de la habitación de Terry. Parecía un gruñido. El corazón de Candy le dio un vuelco al pensar que tal vez había sufrido una caída. Si ella no lo ayudaba, no podría levantarse.
Corrió a la habitación sin hacer ruido por las pantuflas verdes de satén. Había una lámpara cerca de la puerta que Candy encendió al entrar. Bajo la luz suave, pudo ver a Terry en la cama, con la sabana entre los labios, su tez ligeramente bronceada enfatizada por la blancura de la ropa de cama.
El alivio que sintió al no encontrarlo en el suelo pronto fue reemplazado por una preocupación diferente, al ver el sudor que brillaba en el rostro y la forma en que gritaba la cabeza de un lado a otro. Se escuchaba la voz amortiguada pero implorante.
—Muévase… a un lado… por Dios, alguien… sáquela de allí.
La angustia la dejó muda. Le parecía imposible que el hombre que se quejaba casi sollozando, con el pecho cubierto de sudor, fuera le hombre burlón y sarcástico que ella conocía.
Por primera vez no fue la terapista la que corrió a su lado, sino una mujer comprensiva. Se inclinó sobre él y le colocó una mano sobre el hombro.
—Señor Grandchester—empezó con un murmullo gutural.
Pero la pesadilla era demasiado intensa para que él la escuchara. Terry volvió a murmurar algo con el rostro distorsionado por el dolor. Candy se sentó sobre la cama y en esta ocasión le sacudió el hombro, insistente.
—Señor Grandchester, Terry ¡despierta! Todo está bien. Solo es un sueño.
Terry pestañeó antes de abrir los ojos para verla de tal forma que ella se sorprendió un poco.
—¿Candy?—tenia la boca seca y ronca. Se sentó con una energía desencadenada que sugería que él todavía estaba bajo la influencia de la pesadilla. La tomó por los brazos antes de recuperar la conciencia por completo y cuando lo hizo la liberó. Con la voz todavía un poco ronca, preguntó —¿Qué haces aquí?
—Usted tenía una pesadilla—explicó, su propia voz estaba más ronca que de costumbre—iba a buscar un libro cuando escuché que se quejaba.
El asintió con lentitud, se pasó la mano por el cabello, alborotándolo aun más. Cuando la volvió a ver, ya había recuperado el control totalmente.
—¿Para qué quieres un libro a esta hora de la noche?—le preguntó con un toque de buen humor antes de decir—regresa a tu cuarto, estoy bien.
—No, no lo está—lo contradijo—la ropa de cama esta enredada.
—Levántese y le arreglaré esto—dijo Candy.
—Déjalo así…
—Solo necesito un minuto—lo interrumpió con firmeza. Luego Candy sospechó que dormía desnudo y añadió, contenta de que bajó la luz tenue, así Terry no notara que se sonrojaba—le pasaré la bata.
—Gracias.
Terry parecía divertido ¿no había forma de que ella comprendiera a ese hombre? Unos cuantos minutos antes, Terry revivía el accidente y ahora, bromeaba con ella. Escondió su intriga, retiró la ropa de cama y la dejó como la de un hospital.
El brillo de la lámpara iluminaba el rostro de Candy en tanto trabajaba y le daba al cabello, que le caía sobre la cara, la intensidad del oro liquido. Candy tomó la almohada, luego miró hacia la silla donde Terry estaba sentado.
La noche y la quietud de la casa creaban un aura de intimidad que la puso a la defensiva, incluso antes de que él preguntara:
—¿Qué tal estuvo la velada?
Con los brazos alrededor de la almohada, apretándola contra la cintura como si fuera un escudo con el que se defendía de su sarcasmo malévolo, repuso levantando la barbilla.
—¿Cuántas veces tengo que decirle que no estoy a la caza de…?
—Lo sé.
—Bueno, si lo sabe… por un instante la sorpresa no le permitió pensar en una respuesta-
—Tranquila—gruñó Terry—no pretendo molestarte. Lo que intento es ofrecerte una disculpa.
—¿Por decir?... —no pudo continuar, pues aún no asimilaba el cambio de actitud de Terry.
—Por todo—él murmuró mientras se frotaba la nuca. La tensión y la amargura habían desaparecido de su actitud—has sido la paciencia misma estas dos semanas, y todo lo que yo he hecho es atacarte. Pensé en darte una disculpa antes de que salieras. En vez de eso, cuando te pedí que vinieras a mi habitación, seguí igual.
Todavía sosteniendo la almohada, Candy se sentó sobre la cama, frente a él.
—Bueno, di algo—le pidió Terry.
—Estaba pensando que en ocasiones he sido demasiado profesional y debí hacer las cosas con un poco mas de… amabilidad.
La boca de Terry se torció por la amargura.
—No era contigo con quien estaba furioso esta tarde cuando te grité, sino conmigo mismo… aunque sé que esto no justifica que haya dicho cosas que te dolieron.
Candy alejó la mirada. Terry estaba demasiado perceptivo y ella, temerosa de sentirse expuesta. Le dio un golpecillo a la almohada y se volvió para colocarla en su lugar.
—Ya está olvidado.
—¿Sabes cuál es tu problema?—le dijo Terry después de estudiarla un momento—te controlas demasiado. Nunca muestras tus sentimientos. Tal vez si los demostraras un poco, lograrías que él se saliera de tu sistema.
El corazón de Candy comenzó a latir, alarmado. Ella no podía ser tan transparente; ¿Cómo había logrado Terry recubrir tanto en tan poco tiempo? Se obligó a verlo y rió.
—¿Cuál él?
—Como mentirosa eres bastante convincente—repuso, con los ojos entrecerrados.
Candy se tensó; la mirada se había vuelto fría y hostil. Ya habían transcurrido seis años desde que Anthony rompió su compromiso la víspera de la boda. Iba a ser un evento importante en el pequeño poblado de Lakewood, donde ella vivía; todos deseaban felicitar a la afortunada huérfana que hogar de Pony.
Recordaba la prisa con que se canceló todo, la devolución de los regalos que debieron haber adornado su casa nueva, las palabras amables pero hirientes de la familia y amigos. Un cierto atolondramiento que la ayudó a pasar el día que debió haber sido muy feliz. El dolor y la tristeza que la abrumaron después.
—Aunque alguien me haya herido en algún momento, ya no me afecta—le dijo, escuchando la tensión en su voz.
—Seguro.
—Es cierto.
Candy se iba a poner de pie, pero Terry la tomó por la muñeca.
—A menudo ayuda hablar de las cosas—le dijo Terry en un susurro.
Candy no podía confiar en su voz, no podía gritarle que ella no necesitaba que la consolara. De cualquier forma, no era cierto. Durante el momento que permanecieron en silencio, la mano de Terry se deslizó de la muñeca para tomar la mano. Su contacto la tranquilizaba y a la vez enviaba un estremecimiento muy especial por los nervios.
Después de un momento, ella se rindió y con voz entrecortada empezó a hablar.
—Me… dejaron plantada, pero eso fue hace mucho tiempo, ya pasó.
—¿Qué pasó?—preguntó, amable.
Candy bajó la cabeza y entonces, sin saber cómo, prosiguió:
—fue el día anterior a mi boda. Mi prometido me dijo que amaba a otra y que quería casarse con ella.
—¿Quién era ella? ¿Alguien a quien tú conocías?
Candy se mordió el labio inferior afirmó con la cabeza.
—Ella es la hija de uno de los socios de la compañía de su familia. Él nunca me lo dijo, pero ella era más mundana que yo.
—No te menosprecies. Tú eres eso y mucho más.
Candy se sorprendió por la vehemencia de las palabras de Terry. Ella sentía su mirada sobre ella, pero no podía levantar la vista.
—Me da la impresión de que tu prometido era un inmaduro ¿nunca has pensado que tal vez te salvó la campana?
—Anthony no era así.
—Desde luego que no.
—¡No lo era! Él amaba a Elisa. Él…
No pudo continuar. Le dolía demasiado contar cómo le dijo Anthony que al volver a ver a Elisa, se dio cuenta de que todo lo que sentía por ella era afecto y ternura. Había confundido los sentimientos de gratitud por el cuidado que ella le prodigó durante su estancia en el hospital. Él sabía que debió habérselo dicho antes, pero no encontró el valor para hacerlo.
—¿Él qué?—la presionó Terry.
Candy negó con la cabeza. De repente, lamentó haber revelado tanto. Levantó la mirada, tenía los ojos muy brillantes. Estaban solos, ella tenía demasiada conciencia de la presencia de Terry y hablar del pasado la colocaba en una posición vulnerable. Rápido se puso de pie.
—Es de ti de quien debemos hablar, no de mí. Si se altera tu patrón de sueño con pesadillas, tal vez necesites alguna tableta para dormir.
—Ya tomo bastantes medicamentos, gracias—añadió—además sabes que las pastillas no son el remedio para todo.
Candy no dejó de percibir lo que Terry insinuaba, pero él ya no hizo mayor referencia a lo que Candy le contó, mientras ella se aseguraba de que él estuviera cómodo para pasar la noche.
Pese a eso, el comentario de Terry la dejó pensativa. Regresó a la cama deseando conocer una cura para un corazón destrozado. Ella también deseaba ayudar a Terry en su recuperación. Él la volvía loca, la hacía enojar y siempre le gritaba, pero esa noche había tenido una imagen breve de cómo era él en el fondo. Se dio cuenta que debajo de su frustración y su amargura, había un hombre muy agradable.
