Capitulo 5

Candy se levantó más tarde que de costumbre, a la mañana siguiente. Mark ya se había ido a la escuela y solo Eleanor y Terry estaban desayunando. Su paciente levantó la mirada cuando ella se les unió.

Pensé que estarías cansada después de lo de anoche—empezó Terry—no esperaba verte antes de las nueve.

—¿Esperabas escapar de tu sesión de terapia?—preguntó, atreviéndose a bromear con él.

—No, ya me di cuenta de que haya resultados o no, el tratamiento debe continuar—no parecía molesto, por lo que Candy sintió que no había desperdiciado su buen humor.

—¿Qué te pareció Edimburgo Candy?—intervino Eleanor, temerosa de que la conversación entrara en un terreno peligroso.

—Me abrió el deseo de visitar otros lugares—respondió Candy antes de dar otro sorbo a su café.

—¿Por qué no planeas un viaje a Glasgow?—sugirió Eleanor—está a unos sesenta kilómetros de aquí y es un sitio lleno de historia—y levantándose de la mesa empujó la silla y continuó—lo siento, pero tengo prisa, los veré mas tarde.

—No es necesario que vayas a la vinatería—le indicó Terry con el ceño fruncido.

Los hombros de Eleanor se tensaron.

—Terry, por favor. No empecemos la discusión otra vez.

—Lo que quise decir es que desde hoy pretendo tomar tu lugar.

Candy estaba tan sorprendida como Eleanor. Hasta ese momento Terry había mostrado una indiferencia total hacia todo lo que se relacionara con el negocio.

—¿Qué hizo que cambiaras de idea?—le preguntó Eleanor con una sonrisa confundida. Terry, por un instante arqueó una ceja hacia Candy.

—Estar en una silla de ruedas no me obliga a actuar como un invalido—indicó con frialdad. El siguiente comentario lo dirigió directo a Candy—supongo que podemos encontrar un horario para mi terapia, que no se interponga con el trabajo.

Al obtener la confirmación de Candy, él volvió la cabeza para hablar con Brigitte, quien había entrado con más pan.

—Dile a Bernard que tenga listo el auto en diez minutos, por favor.

Candy supuso que Terry pretendía que el administrador se presentara en la casa. Sin embargo, Terry era un hombre de acción: al decidir encargarse de los negocios, no era para conformarse con escuchar los reportes de otros. Preocupada por él, y pensando en que si estaba con él podría evitar que se excediera, intervino.

—Si vas a ir a la vinatería esta mañana, lo mejor sería que yo te llevara, para que este allí en caso de que me necesites.

—¿Temes perderme de vista?

—Pensé que te gustaba tenerme cerca, donde pueda escuchar tu llamado—repuso con falsa inocencia, y se maravilló de que Terry sonriera, divertido.

Ella condujo el Renault que Terry le había asignado, pues estaba acostumbrado a él y la silla cabía sin dificultad en el compartimiento para equipaje. Mientras cruzaba el puente Kincardine pudo ver las aguas del río Forth bajo la luz del sol; su superficie parecía un espejo en el que se reflejaba el verdor que rodeaba.

Terry parecía no tener deseos de hablar y después de un momento de silencio que se rompía solo por el zumbido del motor, Candy lo vio de soslayo tratando de captar de qué humor se encontraba. Él contemplaba el paisaje pensativo, lo que causó que Candy se preguntara si él estaría pensando en la vinatería, o tal vez la pesadilla aun lo acosaba.

Casi contra su voluntad, Candy recordó el deseo que sintió la noche anterior de abrazarlo, de disipar el tormento de su sueño con la calidez de su cuerpo. A la luz del día le pareció una reacción extrema, y se le aceleró el pulso al pensarlo. Sin embargo, el deseo de ofrecerle consuelo persistía en ella.

-No te veo muy cansado después de lo de anoche. Parece que la pesadilla no te espantó el sueño.

-No necesito dormir mucho, lo que me parece muy bien si planeas aparecer en mi dormitorio con una bata tan reveladora, a media noche.

La palabra "reveladora" le robó la respuesta de los labios. La mirada de Terry permanecía sobre ella, lo que la avergonzó.

—No es necesario que pierdas el habla y te pongas tan tensa sólo porque te recuerdo que eres una mujer.

Candy era conciente de que sentía una oleada de calor en todo el cuerpo; sin embargo, esperaba que su voz sonara normal al preguntar:

—¿Cómo fue tu pesadilla?

Terry rió ante el cambio brusco de tema, y ella dijo en defensa propia:

—Mi pregunta tiene un propósito. No es raro que una experiencia desagradable ocasione sueños recurrentes, y yo…

—Tú eres una enciclopedia medica ambulante—Terry arrastró las palabras y dirigió la mirada a los sembradíos.

—No serias normal si no persistiera el recuerdo del accidente.

El comentario hizo que Terry se volviera a verla. Tenía el ceño fruncido.

—Si piensas que la pesadilla tuvo algo que ver con el choque, no fue así.

—¿Entonces qué?...—empezó a decir Candy, antes de darse cuenta de que debía aceptar su negativa. Ella había escuchado sus lamentos. Así que dijo, tranquila—tener una pesadilla no es signo de debilidad. No hay necesidad de que te sientas avergonzado…

—¿Nunca abandonas un tema?

—¿Me dejarás terminar alguna vez?

—Lo haría si dejaras de estar aplicando la psicología de un principiante conmigo.

—No es psicología de un aficionado, sino el simple hecho de que el subconsciente trabaja con las ansiedades y los recuerdos que la mente conciente reprime. Dejar las cosas encerradas dentro de uno mismo nunca ha ayudado a nadie.

—¿Hablas por tu propia experiencia?

Candy lo miró molesta; sabía muy bien a qué se refería Terry, pero se negó a responder.

—Eres increíble. Das consejos maravillosos, pero nunca los aplicas en ti—comentó Terry.

—¿Te importaría cambiar de tema?—sugirió Candy mantenido la mirada fija en el camino.

—¿Has hablado en alguna ocasión de tu compromiso roto?

—Ya pasé la etapa en la que necesité un hombro que me confortara—lo dijo tan casual como pudo; se alegró al ver que las oficinas de la vinatería ya estaban a la vista.

—¿Hubo alguien más en tu vida después de tu prometido?

—No veo por qué eso tenga que interesarte, como a mí no me interesa tu compromiso con la señorita Marlow.

Su comentario hizo que Terry le lanzara una mirada amenazadora.

—¿Quién demonios te dijo que estoy comprometido con Susana?

—Ella. Sé que no es lago oficial y no hay necesidad de gritarme. Tengo el tacto suficiente para no comentarlo con nadie, si eso es lo que piensas.

—¡Será mejor que no lo hagas!

El buen humor de Terry no había durado mucho, pensó Candy mientras permitía que Nikki saliera de la parte posterior del auto.

Candy abrió el maletero, se detuvo un momento a contemplar los viñedos que se extendían por todos lados a los que su mirada se dirigía.

—¿Te tardarás todo el día?—preguntó Terry en tono molesto.

En ocasiones Candy se preguntaba como haría Terry cuando no la tenía a ella para dar órdenes.

—No sabía que me estuvieras tomando el tiempo.

—desde que estas aquí has aprendido a replicar muy rápido.

—Aprendí que tenía que hacerlo, para mantenerme a tu altura—comentó, en tanto colocaba la silla de ruedas alineada al asiento de Terry.

Mientras Terry se impulsaba a la silla de ruedas. Henry Spencer, uno de los empleados administrativos, salió del edificio de oficinas con la mirada fija en unos papeles que sostenía en la mano. Al levantar la vista esbozó una sonrisa. Corrió hacia ellos y le brindó una calurosa bienvenida a Terry.

—Me alegra poder regresar—Terry respondió a su saludo, riendo—¿Cómo ha estado todo por aquí?

—Han surgido uno o dos problemas de los que supongo su madre le informó, pero por lo demás, todo marcha bien.

Al terminar de hablar saludó a Candy con la cabeza, lo que pareció recordarle a Terry su presencia.

—Henry, ¿habrá alguien libre en este momento que pueda llevar a la señorita White a visitar las cavas?

—Encontraré a alguien de inmediato—respondió Henry—¿me puede acompañar por favor?

—Será mejor que lleves tu chaqueta—le indicó Terry—hace frío en las cavas.

Hasta un comentario casual sonaba a orden, pensó Candy sin rencor cuando sacaba su chaqueta del auto. Después de las dos semanas más pesadas que había pasado con algún paciente, al fin empezaban a entenderse.

Mientras se ponía la chaqueta, lo miró. Nikki caminaba a su lado mientras su amo impulsaba la silla hacia el edificio. El cabello castaño brillaba bajo el sol y Candy pudo notar la fuerza de los hombros poderosos. Parecía la estampa de la decisión al empujar con ritmo las ruedas de la silla.

—¿Es un hombre muy valiente, no le parece?—comentó Henry con gran respeto.

—Sí, lo es—Candy admitió.

Martín, un hombre de cincuenta años, parlanchín y buen informador, la guió en su recorrido.

—Tenemos dos millones de botellas almacenadas aquí y son doce kilómetros de sótanos—le dijo, bromeando mientras añadía—pero no se preocupe, no los recorreremos todos.

Candy lo escuchaba a lo largo de una de las galerías principales, alumbrada con una luz tenue. De vez en cuando hacía alguna pregunta, intrigada por las filas y filas de botellas polvorientas contra las paredes frías.

Regresaron por las galerías que estaban a una temperatura de diez grados, hasta llegar al lugar de degustación. Allí había una gran cantidad de copas para los visitantes profesionales, y los empleados se mantenían ocupados. Candy le dio las gracias a Martín y salió con una copa de vino semidulce en las manos. Después del frío de las cavas, sentía el calor del sol brillante y se sentó sobre la valla de piedra a disfrutar.

Nikki estaba echado en una sombra, y después de un momento, con lentitud caminó hacia ella y se dejó caer muy cerca de los pies de Candy. Levantaba las orejas cuando ella le hablaba, pero resistió el impulso de acariciarlo. Como su amo, parecía que al fin la aceptaba, pero decidió mantener la cautela con él.

El humor de Terry cambió en las dos semanas siguientes. Candy se abstenía de indicarle que no hiciera demasiado en la vinatería. Ya que la terapia parecía no proporcionar ningún resultado, ella sentía un gran alivio de que el trabajo evitara que él continuara sintiendo lastima por sí mismo.

Candy se empezaba a inquietar por el hecho de que Terry no tuviera sensibilidad en las piernas. Aunque no lo comentaba, era una mala señal.

Bernard era quién llevaba a Terry a la vinatería, lo que le dejaba la mañana libre a Candy. Decidió ir a Edimburgo en el auto. Era un poblado muy atractivo, con su hilera de tiendas elegantes en la calle principal y sus jardines bordeando el río. Después de ir al correo para enviar una carta a la señorita Pony, se dirigió a un café cerca del puente viejo. La terraza estaba protegida por árboles que brindaban sombra, ella eligió una mesa y ordenó un café.

Algunos hombres pescaban en el río y los arcos del puente se reflejaban en el agua que fluía tranquila.

Candy, ausente, jugueteaba con los cubos de azúcar envueltos en papel, que se encontraban sobre la mesa. Ella supo desde el principio que la recuperación de Terry dependía de la extensión del daño en la espina.

La idea de que Terry permaneciera el resto de sus días en la silla de ruedas era insoportable. El destino no podía ser tan cruel. Con un suspiro leve se dio cuenta de que Albert tenía razón. Estaba muy involucrada en ese caso, tal vez demasiado ¿cómo podida evitarlo si ver a Terry luchar contra las limitaciones de su invalidez sólo incrementaba su decisión de lograr que volviera a caminar?

Candy tomó un sorbo de café y notó que por estar tan ensimismada en sus pensamientos se había enfriado. Pagó la cuenta y regresó en el auto.

En el camino de regreso se topó con un tractor al que no podía rebasar y tuvo que resignarse a seguirlo a paso lento. Miró le reloj, aún tenía mucho tiempo para cambiarse y estar lista para cuando Terry regresara al castillo a recibir su terapia.

Al entrar, notó que las puertas dobles del salón estaban abiertas pero no se le ocurrió mirar en esa dirección al cruzar el vestíbulo.

—¿En dónde demonios has estado?

La voz masculina, dura y acusadora, hizo que se detuviera. Giró para ver a Terry sentado en la silla de ruedas bloqueando el paso al salón. La mandíbula tensa acentuaba la seriedad de sus facciones. Candy se sintió atemorizada por la mirada fría, y con una compostura falsa se dirigió a él.

—No esperaba que ya hubieras regresado.

—Eso es obvio—repuso, mordaz—llevo media hora esperándote para iniciar la terapia.

—¿Cómo iba adivinar que hoy desearías la terapia a diferente hora? —Candy se defendió conciente de una punzada de dolor en las sienes mientras en su interior reaccionaba ante el taque feroz—¡no puedo leer la mente!

—Por lo que decidiste salir a tomar el aire.

—¿Por qué no? Nuestra sesión por lo general empieza…

—La sesión empieza cuando yo lo indico—la interrumpió con voz que sonaba a acero—te contraté como terapeuta, no para que salgas a recorrer la zona como turista a mi costa.

—¡Eso no es justo!—Candy dio un paso atrás, dolida por la acusación—fui a Edimburgo esta mañana porque no me pareció que hubiera razón alguna para no hacerlo. Pero hasta hoy siempre he estado lista en el momento en que me necesitas.

—Dime ¿ya acabó tu entusiasmo por el tratamiento, ahora que día con día los resultados son menos probables?

—¡Desde luego que no!

—Entonces al fin admites que no llegamos a ningún lado.

—¡No! —declaró Candy—deja de darle giros a mis palabras.

—¿Tenemos que seguir trabajando? Finges que en realidad vamos a algún lado y debo fingir lo mismo. Pero, mientras, para que la farsa sea menos agotadora, nos saltamos una sesión por aquí y otra por allá.

Para Candy era bastante difícil soportar su sarcasmo por sus propias dudas, las cuales no debía alimentar. Ella debía tener fe y optimismo por los dos.

—Ya te dije—contestó tranquila—no tenía intención de omitir la terapia de esta mañana. Regresaste antes de lo que yo esperaba. Y en cuanto a tu progreso…

—¿Progreso? -interrumpió—¡esa palabra es una broma! Implica mejoría, en caso de que no te hubieras dado cuenta. Hasta ahora no lo ha habido.

—Eso no es verdad y lo sabes—insistió Candy—cuando saliste del hospital tenias que depender de mí para muchas cosas. Ahora…

—Soy un verdadero atleta en mi silla de ruedas—respondió, sarcástico.

Candy le regresó la mirada.

—Pareces olvidar que lo que has logrado con la silla ya es un adelanto.

—Tal vez te lo parezca desde donde estas parada—repuso molesto, dando un énfasis especial a la última palabra.

—Hago lo mejor que puedo—replicó y de inmediato se sintió horrorizada por el temblor de su voz. Se controló y logró añadir—pretendo seguir haciéndolo.

Las palabras de Candy tuvieron un efecto opuesto a lo que pretendía. La boca de Terry se adelgazó hasta formar una línea.

—Bueno ¿ahora que dije?—Candy extendió las manos con las palmas hacia arriba y se mostró exasperada.

Un nervio brincaba en la mejilla de Terry mientras le contestaba con un tono bajo y lleno de furia.

—He soportado la lástima de todos los que me rodean. La única persona que no me la demostraba eras tú. No me vuelvas a hablar con ese tono a menos que quieras que te ahogue hasta que dejes de hacerlo.

—No te tengo lastima, no en la forma en que piensas—negó Candy con fuerza—lamento que un accidente automovilístico te haya dejado en una silla de ruedas, en la misma medida en que cualquiera con un poco de sentimientos lo haría. Pero la lamentación y la lástima son dos cosas diferentes.

—Entonces hay una distinción que yo no percibo—Terry repuso con desdén.

—Eres demasiado orgullosos para verlo, ese es tu problema.

La boca de Terry se iluminó con una sonrisa cínica. Las manos que sostenían los brazos de la silla con una fuerza castigadora se relajaron un poco, y Candy debió saber que tenía que prepararse para recibir su sarcasmo venenoso cuando Terry cambió las tácticas de ataque.

—Cuando empezaste a suavizarte conmigo—comentó Terry—no me di cuenta que tendría que someterme a tu lástima.

Las palabras eran cortantes y hubo más que enojo en la respuesta de Candy.

—¿No puedo hacer algo para complacerte? Primero te mofabas de mí por ser fría y clínica. Ahora que te trato con calidez, me encuentras empalagosa ¡¿Qué es lo que tienes contra mí?

—¿Por qué no lloras en el hombro de Albert esta tarde?

—¡No esa acusación otra vez! Bien sabes que no me interesa Albert; aunque no sea de tu incumbencia ¡por Dios! ¿Qué es lo que te hace tan poco razonable?

—¿Qué piensas acerca de mi objeción de que se me trate como a un joven a quien se tiene que ocultar la verdad? ¡Si el tratamiento es un fracaso, y yo permaneceré paralítico de por vida, me gustaría que lo dijeras!

Candy lo miró, atónita. El temor de que Terry no volviera a caminar la acosaba desde dos semanas antes, pero escuchar la idea puesta en palabras en forma tan salvaje la atontó un momento. Se recuperó en un instante. Ella no permitiría que él abandonara la esperanza, como tampoco lo haría ella.

—La terapia no produce resultados instantáneos. Es muy pronto para emitir un juicio, no se puede decir aún si quedarás paralizado o no.

—Por lo que debemos insistir y perseverar—Terry se burlaba.

—¡Sí!

—¿Cuánto tiempo más?

—Cuanto sea necesario—respondió Candy.

Ella dio media vuelta y se dirigió a la escalera, decidida a dar por terminada la molesta discusión que no los llevaría a ningún lado. Candy podía sentir la mirada de desprecio de Terry y esperaba que en cualquier momento le gritara que regresar, pero la orden no llegó.

Al encontrarse en el refugio de su habitación, Candy se hundió en la cama. El dolor en las sienes era muy intenso. Estaba muy bien que ella se mostrara positiva pero ¿en realidad cuanta esperanza había? Este no era su primer caso difícil, pero antes no le fue fácil encontrar una respuesta en la que pudiera creer.

Se controló y empezó a cambiarse. Terry podía ser realista, pero también era un luchador. Él necesitaba el optimismo de ella. Sin embargo, la idea que persistía en la mente de Candy era que tal vez Terry necesitaba más sinceridad.

Además de algún breve comentario, Terry casi no le dirigió la palabra durante la sesión. Al terminar, Brigitte llamó a la puerta.

—La señorita Marlow está aquí, señor Terry.

—Dile que iré de inmediato—contestó, y luego le preguntó a Candy— ¿supongo que ya terminamos?

Candy asintió, él bajo las manos a las ruedas e hizo que la silla girara con un mínimo de esfuerzo.

—Terry…

—¿Si?—se detuvo y giró la silla para verla.

El tono no expresaba nada; su furia había terminado. En cierta forma a ella se le hacía más duro contemplar su estoicismo que su enojo. Se le hacía difícil empezar, pero ya que era un hombre que no toleraba las tentativas, ella habló directo.

—Sé que te sientes decepcionado con los resultados logrados a la fecha, y… mentiría si no te dijera que yo también estoy desilusionada.

Terry mantuvo la mirada fría e impersonal sobre Candy; no había sarcasmo en su voz, solo frialdad y cinismo al comentar:

—Me agrada recibir un poco de sinceridad de tu parte, para variar.

—Sé que te molesta que me muestre alegre y alentadora, y aunque estas últimas dos semanas han sido bastantes difíciles para ti, cuando Albert venga esta tarde a verte…

—Él sin duda será tan bueno como tú para decirme que a pesar de cualquier evidencia de lo contrario, volveré a caminar—Terry la interrumpió, en un tono brusco le lanzó la siguiente pregunta—¿Qué líneas trazan en la profesión médica para engañar a los pacientes?

Candy dio media vuelta fingiendo extender la ropa de la cama. De alguna manera le era más fácil mantener la voz tranquila cuando no veía a Terry.

—Está bien—admitió Candy—las perspectivas no son tan buenas como yo quisiera. Si digo cualquier cosa me acusarás de tratarte con engaños pero ¿qué alternativa queda además de seguir intentándolo? En el momento en que llegué aquí sabías que no podía mover una varita mágica y tenerte de pie otra vez en unos cuantos días—al ver que Terry no contestaba ella continuó—siempre es difícil vivir sólo con la esperanza; no lo niego ¿pero no te das cuenta de que con dejar de luchar nada se logará?

Terry no respondió, y exasperada Candy se volvió y lo que vio hizo que las palabras murieran en sus labios.

Terry se pasaba las palmas de las manos por los muslos y tenía el ceño fruncido. Candy se heló; esperaba un milagro con tal desesperación que no se atrevía a formular la pregunta. Entonces, los ojos brillantes de Terry se dirigieron a ella; el júbilo era tan intenso que Candy logró decir con la voz ronca:

—Terry ¿Qué sucede?

—Tengo un poco de sensación en mis piernas—la voz era un murmullo ronco, que se le fue haciendo más fuerte cuando él repitió—¡Candy, hay un poco de sensación en mis piernas!

Candy se movió hacia él antes de que un sollozo desde la puerta la detuviera. Susana estaba allí, tomada de la puerta como si ésta fuera a desprenderse.

—¿Querido?—murmuró—¿es verdad?

Él extendió los brazos hacia ella y Susana corrió hacia él, se dejó caer a sus pies, sollozando mientras dejaba caer la cabeza sobre el regazo de Terry.

—No—la tranquilizó—no llores. Todo está bien, todo estará bien.

Candy veía la cabeza rubia de Susana descansar sobre las rodillas de Terry, las manos poderosas que acariciaban el cabello de Susana con gentileza, y sintió un dolor agudo en la garganta. De repente, ella ya no era una participante, sino una intrusa en un momento de alegría intima entre un hombre y una mujer.

Las puertas de la terraza estaban entreabiertas, y por allí escapó. Cualquiera que la hubiera visto dirigirse a la escalera de piedra habría tenido la impresión de que estaba tranquila. Pero las manos que extendió sobre la piedra caliente, temblaban. Una lágrima corría por la mejilla, y asombrada se dio cuenta de que lloraba por el alivio de saber que el milagro que tanto había esperado se presentaba. Lloraba cuando hacía seis años que no lo hacia.

Se limpió las lágrimas y trato de controlarse. Había alegría y gratitud en su corazón. Sin embargo, debía admitir que también había dolor, un dolor ocasionado por la imagen de Susana a los pies de Terry. En lo más profundo de su corazón deseaba que hubieran sido solo ellos quienes compartieran ese momento milagroso.

En la habitación de Terry, se reunieron Albert y Karen, quienes se mostraron realmente felices por el milagro sucedido.

—Esto es un verdadero milagro—dijo Karen—aunque lo que realmente lamento es que no esté con nosotros la causante de él.

Terry, buscó con la mirada el rostro de Candy y al no encontrarlo, instintivamente intentó ponerse de pie, pero rápidamente Albert lo detuvo. Karen al saber las intenciones de Terry, solo comentó.

—No te preocupes, yo iré a buscarla. Mientras tanto, deja que Albert te revise.

—Gracias Karen—respondió Terry, con un gran alivio garbado en la voz para disgusto de la rubia ahí presente.