Hola amigas! perdon por el retraso pero aqui tiene este capitulo que espero compense el tiempo que las hice esperar. pero antes de pasar a el, como siempre quiero dar las gracias a todas las que le dedican un poco de su tiempo a este fic, gracias de vdd muchas gracias! chicas esto es para ustedes! nos estamos leyendo! xoxo
Capitulo 7
Terry no perdió el tiempo en llamarla. El intercomunicador de su habitación sonó mientras Candy todavía estaba en el escritorio. Presionó los nudillos de la mano izquierda contra la boca, y continuó escribiendo; estaba demasiado alterada para contestar.
Sin embargo, la insistencia del timbre del teléfono le impedía ignorarlo. De repente, soltó la pluma y miró el aparato como si estuviera viendo a Terry.
El timbre al fin dejó de sonar, y ella se volvió hacia el escritorio; ocultó la cabeza entre las manos. Otra lágrima cayó en la palma de la mano y corrió hasta la muñeca. La limpió antes de volver a tomar la pluma. Unos minutos después, Brigitte apareció en la habitación.
—El señor Terry desea hablar con usted en su alcoba.
—Dígale que no tardo. Me voy a cambiar primero.
—Me dijo que bajara de inmediato.
Sin duda, era para gritarle que pensaba reportarla con Albert y que estaba despedida. No tenia que hacerlo, pues su carta de renuncia estaba lista. Se hubiera sentido un poco mas digna si Terry le hubiera dado tiempo de vestirse y arreglar el cabello, pero la autoridad de Terry era tal que ella no se atrevía a desafiarlo.
Metió las manos en la profundidad de su bata de playa y siguió a Brigitte. Aunque todavía temblaba, estaba bastante controlada cuando se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación de Terry. Nerviosa, levantó la mano para llamar y entró sin esperar a que se le otorgara el consentimiento.
Él estaba parado a un lado de la ventana sostenido por la andadera. En el momento en que Candy lo vio, las palabras que había preparado escaparon de su mente y por instinto dijo:
—La hidroterapia es agotadora y deberías estar descansando ¿por qué nunca me haces caso?
La mejilla ligeramente bronceada de Terry, mostraba la marca de los dedos de Candy. Al verla, ella se mordió la punta de la lengua.
—No te llamé para que me sermonearas acerca de la importancia del descanso.
—Lo sé, será mejor que te entregue esto.
El silencio parecía amenazador mientras Terry rasgaba el sobre para abrirlo y desdoblar la carta. La leyó rápido y después miró a Candy con desprecio.
—¡Hipócrita, cobarde! Te enteras de que un familiar de tu ex prometido llegará a quedarse aquí, y de inmediato presentas tu renuncia alegando conducta poco profesional.
Por un instante, la sorprendió con su acusación. Después, con los ojos verdes brillando por la indignación, contestó:
—¿Te atreves a llamarme hipócrita y cobarde? Anthony o la familia de su viuda nada tienen que ver con mi renuncia. Renuncio porque te golpeé. Nunca lo hice hasta…
—Entonces no debiste esperar tanto—Terry la interrumpió—pues tu ex prometido te dio razones suficientes para hacerlo.
—¡No metas a Anthony en esto!
—La carta que me acabas de entregar lo hace un poco difícil.
—¿No puedes entender? ¿Crees que puedo continuar aquí después de lo ocurrido? Desde que llegué has encontrado un placer malévolo en atormentarme, sabiendo que yo no me podía poner a tu nivel. Pero esta mañana, yo te ataqué y ahora nunca podré olvidar que agredí a uno de mis pacientes.
En vez de responder él rompió la carta en dos con un gesto de impacienta.
—¿Qué haces?
—No acepto tu renuncia—respondió Terry con la voz tan dura como su mirada—ya te indiqué cuando llegaste que no renunciarías hasta que yo te despidiera, y no tengo intenciones de perder a una terapeuta de primera clase sólo porque ella no puede manejar su vida privada.
Furiosa, Candy se acercó a los pies de la cama.
—¡Hablar contigo es una pérdida de tiempo! No has escuchado una sola palabra de lo que he dicho, no tienes idea de lo avergonzada que me siento. Sólo Dios sabe por qué me he quedado aquí tanto tiempo cuando tu eres insoportable.
—Tal vez si no hubiera mencionado la llegada del señor Legan esta mañana, hubieras considerado poco profesional dejar un caso.
El golpe dio en el blanco.
—Está bien—repitió molesta—tu ganas, continuaré con tu tratamiento aunque sea sólo para demostrarte que no huyo de aquello que me pudiera recordar a Anthony. Pero no me vuelvas a tratar como si necesitara una lección ¡te comportaste como un animal!
—Sólo porque estas tensa en este momento dejaré pasar el comentario. Pero a menos que quieras que en realidad ocurra algo indigno, no volverás a cometer el error de golpearme.
Los ojos de Candy continuaban con una expresión de rebeldía, pero ella no se atrevió a replicar. En vez de eso salió de la habitación.
En los días siguientes, Terry no le dirigió ninguno de sus comentarios sarcásticos, pero su mirada era fría y despectiva cuando llegaba a toparse con la de ella. A su vez, Candy se esforzaba por mostrarse cortes aunque distante. Su conversación no se apartaba de la terapia que él recibía y de algún otro comentario impersonal. Una parte de Candy aún se sentía enojada y desafiante por haberla provocado hasta el punto que la hizo estallar; la otra lamentaba la ausencia de bromas y espontaneidad entre ellos.
Neil debía llegar el martes por la tarde, y mientras se acercaba el momento Candy lamentó no haberse mantenido firme en su renuncia. Seis años antes, cuando ella muy sutilmente lo rechazó, nunca imaginó que lo volvería a ver.
No sabía si la invitación de Terry también incluía a Elisa; estaba segura de que no podría verla sin que los celos la quemaran. Aunque pudo preguntarle a Terry acerca de Elisa, no lo hizo. Él ya había hecho bastantes comentarios sarcásticos acerca de Anthony y de Neil, y no le daría la oportunidad de que hiciera más.
Temiendo la reunión inevitable, decidió demorarla como le fuera posible. Terry salió a comer fuera ese día; ella, aunque tensa y a punto de perder el control, se sintió complacida por eso. Terry era demasiado perceptivo.
El sol brillaba en la terraza, y el jardín era toda una lluvia de colores. Así que, dispuesta a alargar el momento inevitable, salió al centro de Edimburgo, en busca de un vestido de noche para la fiesta de aniversario de la academia Baker, que por un ofrecimiento de Karen, se llevaría a cabo en la mansión de sus padres, ubicada en una de las zonas más lujosas y exclusivas del centro de Edimburgo.
Así que, mientras se encontraba en una de las tiendas probándose un vestido, no se percató del par de ojos cafés que la miraban a lo lejos, mientras sigilosamente se acercaban hacia donde estaba ella.
—Hola Candy—la saludó Karen—ese vestido se te ve sensacional, deberías de llevártelo.
—¿De verdad lo crees así?—preguntó Candy, pues a pesar de que se enamoró de él desde que lo vio en el escaparate, le parecía un tanto provocativo. El vestido estaba confeccionado en organza de seda de un color verde botella, sin tirantes con una falda muy amplia lo que le daba un aire irresistible.
—Por supuesto, ya que lejos de opacar tus ojos, los hace resaltar aún más—le dijo Karen—además, creo que causarás conmoción en más de una persona.
Candy vio cómo Karen reía para sí, era como si estuviera pensando en las reacciones de esas personas. Candy lo pagó y en compañía de Karen se dirigió al castillo. En el camino, platicaron de muchas cosas, al parecer Albert la frecuentaba cada vez más. Bernard había dejado el auto frente a la casa y Karen se estacionó detrás de él.
—El comprador de Chicago ya debe de haber llegado, supongo que él y Terry deben de estar hablando de negocios, pero creo que los interrumpiré para saludar pues no los acompañaré esta noche a cenar.
Seguramente saldría con Albert, se sintió feliz de que todo marchara bien para ellos, pero el corazón se le hundió al pensar en la cena. Necesitaría de todo su control para resistir la velada con sólo tres a la mesa y deseaba que Karen y Albert se hubieran quedado a cenar, tal vez así el tiempo que durara la cena no se le haría eterno.
Al menos, parecía que la empresa había enviado sólo a Neil. Candy debía sentirse agradecida de no tener que ver a la viuda de Anthony; sin embargo, la idea de reunirse con los hombres en el salón antes de la cena le parecía intimidante.
En su mente, aún guardaba aquellos comentarios que le hacía Neil cuando la cortejaba, diciéndole lo poco que ella significó para su cuñado; esos comentarios, ciertos o no, hicieron en su momento la herida y el dolor más grandes de lo que ya eran.
Al momento de entrar en la habitación, Neil se puso de pie, la sorpresa apareció en su rostro al reconocerla. Terry permaneció sentado, con las muletas a un lado de la silla.
La ventaja de estar preparada la ayudó a producir una sonrisa.
—Hola Neil—dijo Candy con voz tranquila.
—¡Candy, no puedo creerlo!—exclamó maravillado—¿Qué haces aquí?
—Trabajo como terapeuta.
—¿Cómo estás?
—Muy bien—contestó, y preguntó a la ligera—¿y tu hermana cómo está?
Su pregunta se encontró con un momento de silencio tenso. Después, torciendo un poco la boca, contestó Neil.
—Ella y el pequeño Anthony están bien.
Los labios de Candy se abrieron por la sorpresa. Luchaba por asimilar lo que acababa de escuchar, apenas se percató de que Neil hablaba con Terry.
—Debes disculparme Grandchester, pero sucede que Candy es una vieja amiga.
—Eso creo—había cierta frialdad en la voz de Terry—por favor, no hay necesidad de disculparse Legan. Me agrada que en esta velada se hable de viejos tiempos.
Mientras la plática seguía, Candy se percató de que tanto los Legan como Anthony y Terry eran viejos compañeros de colegio, y se sorprendió aún más de su propia reacción al escuchar hablar de Anthony y Elisa; Candy esperaba que la desolación fuera intensa y no fue así ¿era la sorpresa o temía tanto esta velada que lo lógico era que se presentara un anticlímax?
Ante la necesidad de seguir la conversación durante la cena, no tenía tiempo de valorar sus sentimientos. Dirigió la mirada a Neil cuando éste le hizo un comentario a Terry acerca de Anthony; además no entendía por qué comparaba a los dos hombres.
Ambos eran altos y de piel clara, pero los ojos de Anthony eran tan azules como el cielo, mientras que el azul profundo de los de Terry parecía que te invitaban a hundirte en ellos. Anthony tenía algo de infantil y eso determinaba que no hubiera ninguna similitud entre él y Terry. La virilidad estaba estampada en cada línea del físico de Terry y aún en sus actitudes más refinadas, había una ferocidad que Anthony nunca poseyó. La observación hizo que Candy se sobresaltara ¿por qué pensaba de esa forma? ella todavía lo amaba ¿o no era así?
—Nunca he estado en esta región de Escocia—comentaba Neil en tanto le ponía un poco de crema a su café—pero siempre imaginé que disfrutaría al visitar la zona.
—Hay muchos sitios que valen la pena visitar—señaló Terry—si deseas hacerlo, puedo encontrar a alguien que actué como guía.
—En realidad—dijo Neil con una sonrisa—confiaba en que Candy me pudiera acompañar.
Terry levantó una ceja y dirigió una mirada en dirección a Candy, en espera de su respuesta. Si no lo conociera tan bien, ella no se hubiera percatado de la burla que había en la mirada, pero como siempre, fue suficiente para molestarla.
—Pensaba ir a Old Town mañana por la tarde; podríamos ir juntos, si estas desocupado.
—Me parece bien—respondió Neil.
Candy aprovechó la justificación de que los dos hombres tenían que hablar de negocios para dejarlos en cuanto terminó el café. Mantenerse controlada frente a ellos la había agotado y necesitaba un poco de tiempo a solas para ordenar sus pensamientos.
Pasó al salón, y de allí a la terraza. En el silencio de la noche, una rosa se deshojó y Candy tomó uno de los pétalos del barandal. Sintió la textura entre los dedos y, de repente, con una claridad absoluta supo que ya no amaba a Anthony.
No le parecía que la magia ya no existiera, sin embargo, al recordar el rostro de aquel rubio, Candy no experimentó emoción alguna.
El descubrimiento la llevó a otro que la alteraba más. Terry era demasiado atractivo y su cercanía la perturbaba mucho. Claro que el haber dejado de amar a un hombre no significaba que se hubiese enamorado de otro.
¡Eso sería una locura! Terry estaba comprometido, y de seguro el anuncio de la boda se haría público el sábado durante la fiesta.
Candy pasó una noche de insomnio y estuvo muy tensa a la mañana siguiente, aún durante la terapia de Terry.
Unos meses antes ella tenía el control de su vida; ahora sus emociones estaban en un caos eterno, tal era el grado de distracción que experimentaba que en dos ocasiones tuvo que preguntarle a Terry qué era lo que había dicho. Eso no mejoró el mal humor de Terry; lo cual la llevó a tener la peor mañana de su existencia, pues Terry no dejaba de atacarla con sus sarcasmos e ironías con respecto a la viuda de Anthony y a la actitud tan amable de Neil.
Una vez que terminó la terapia Candy dio un largo paseo por los jardines del castillo para poder tranquilizarse. Al entrar a la casa, el teléfono del estudio sonaba. Ella estaba a punto de subir la escalera cuando el ruido del aparato al caer la detuvo. El corazón de Candy le dio un vuelco y cruzó el vestíbulo corriendo. Al abrir la puerta del estudio, vio que Terry estaba en el suelo a un lado del escritorio. El teléfono se había descolgado muy cerca de él. Por le gruñido de enojo que lanzó Candy supo que no estaba lastimado, sólo furioso.
Candy corrió hacia él, en tanto Terry se tomaba de una pata del escritorio para levantarse.
—¿Tienes idea del susto que me has dado? ¿Qué tratabas de hacer?
—¿Qué crees?—gruñó Terry—intentaba contestar el teléfono.
—Tus muletas están sobre el librero—de pronto Candy comprendió todo—ya veo; tratabas de llegar al teléfono sin ayuda de tus muletas.
El reproche de Candy se encontró con un sarcasmo por parte de Terry.
—Debiste ser detective.
—¿Estas lastimado?—preguntó Candy con una repentina ternura.
—Mi orgullo está un poco lastimado—contestó Terry un molesto mientras apretaba los labios e intentó ponerse de pie.
—Dobla los brazos sobre el pecho y yo te ayudaré—le indicó Candy.
Terry hizo lo que ella pedía. Candy se colocó detrás de él, pasó las manos debajo de los brazos de Terry, tomó aliento y logró incorporarlo. Se sintió contenta cuando él se tomó de la orilla del escritorio y apoyó su peso.
—¿Puedes sostenerte sin mi ayuda?—le preguntó agitada.
Terry frunció el ceño para verla. El azul de los ojos casi la hipnotizaba, más un segundo después un frío invernal se volvió a reflejar en el rostro de Terry. La tomó por la muñeca y la alejó con un empujón.
—Pásame las muletas y deja de hacer preguntas tontas.
El hecho de que Terry no aceptara su ayuda y preocupación le dolía a Candy, en especial cuando un momento antes parecía que habían cerrado el abismo que los separaba. Candy se dirigió al librero y le dio las muletas en silencio, y en cuanto hizo esto salió del despacho.
Más tarde, salió al paseo al que se había comprometido hacer con Neil, el cual no fue de su agrado, ya que, Neil, inconciente o deliberadamente, la mayor parte del tiempo hablaba de su hermana, de su sobrino, y en ocasiones, de Anthony. Pero hubo un momento en el cual, la conversación se dirigía al deseo de Neil de empezar una relación con Candy, la cual, de la manera más atenta posible, le dijo que no estaba interesada, pero que le ofrecía su amistad.
El regreso al castillo transcurrió en silencio, lo cual fue realmente relajante para Candy.
Fueron días extraños, pero muy ilustrativos, por lo que no tenía sentido que se sintiera tan atormentada como antes. En su interior Candy sabía cuál era la razón: el problema que tuvo con Terry una semana antes. Se levantó de la cama, se puso la bata y caminó hacia la ventana.
Terry estaba enfado cuando ella lo ayudó a ponerse de pie esa mañana.
Con un suspiro corrió un poco las cortinas para contemplar la belleza del jardín bajo la luz de la luna. Al hacerlo, notó la luz que provenía del estudio de Terry que se proyectaba en la terraza. Pasaba de media noche, por lo que le sorprendió que Terry aún trabajara.
Titubeó un momento, y después se decidió. La puerta estaba entreabierta y podía escuchar el ruido del papel. Por un instante, le faltó valor; entonces, sin solicitar permiso para entrar pasó al estudio.
Terry, sentado detrás del escritorio levantó la mirada. Elevó las cejas, sorprendido, pero el resto de sus facciones no se alteró.
—¿Qué haces aquí tan tarde?
Candy avanzó un poco nerviosa y se detuvo detrás de un sillón.
—No podía dormir—respondió con dificultad.
—Ya somos dos ¿qué esperas que yo haga?
Él no estaba de humor para escucharla; a pesar de eso, ella insistió.
—Pensé que podríamos hablar un poco.
—Inténtalo en otro momento—respondió Terry con voz preocupada y seca sin levantar la mirada de los papeles—estoy muy ocupado para actuar como el amigo con quien puedas discutir los traumas de tu vida amorosa.
—¡Esa es la respuesta que esperaba de ti!—contestó Candy molesta. En ese momento, Terry levantó la vista y dando un suspiro respondió:
—Está bien ¿qué pasa? ahora que ya me interrumpiste, puedes desahogarte.
—No hablaré contigo si estas de ese humor. Lamento haberte molestado cuando trabajas, en especial por algo sin importancia.
Terry tomó las muletas y se puso de pie.
—Empiezo a pensar que sí lo es—la contradijo mientras daba la vuelta al escritorio—estas alterada por algo.
—No.
—Deja de ser tan hostil y dime qué pasa.
—¿No adivinas? –preguntó Candy un poco contrariada por la actitud de Terry -Se trata de nosotros. Nos tratamos como enemigos desde el día que te golpeé.
Terry respiró profundo; había una fiereza latente en los ojos azules a pesar de que su actitud se había suavizado un poco.
—Perdimos los estribos—respondió de manera tranquila—olvidémoslo ¿te parece bien?
—¿Cómo puedo hacerlo si las cosas ya no son iguales entre nosotros? Llevábamos una buena relación hasta hace una semana; ahora hay una barrera entre nosotros. Aún cuando quiero ayudarte, como esta mañana, te muestras sarcástico. Sé que no debí agredirte, pero tú tampoco debiste hacer lo que hiciste…
Para su desolación, Candy escuchó que le fallaba la voz y no pudo continuar. Sin esperar a que ella prosiguiera, Terry apoyó una de las muletas a un lado del escritorio y le extendió la mano.
—Ven—le dijo con infinita ternura.
Candy no cuestionó la comunicación que parecían compartir en ese momento. Eliminó la distancia que los separaba y aceptó su abrazo.
Terry la mantuvo muy cerca de él. El aroma de la loción conspiraba con su cuerpo musculoso para acrecentar la intensidad del momento.
—Siento haber sido tan agresiva contigo ese día—murmuró Candy.
—No seas tontita—le respondió con voz baja.
La mano cálida de Terry recorrió la espalda de Candy, aflojó un poco el brazo y le inclinó la barbilla. Había un brillo en la mirada nublada por las lágrimas de Candy.
Cuando Terry la vio, su expresión cambió al igual que la naturaleza del abrazo. Como si no le fuera posible contenerse, los dedos de Terry se enredaron entre el cabello de Candy.
—Es mejor que te vayas a la cama—le ordenó con voz brusca y ronca—eres demasiado encantadora, y me da la impresión de que esa bata se quita con facilidad. No he vuelto a hacer el amor desde el accidente, asi que por favor no me tientes.
Un estremecimiento recorrió la espalda de Candy, al escucharlo.
—¿En realidad eres tan arrogante para pensar que yo permitiría que me sedujeras?
—¿Por qué no hacemos la prueba?—respondió Terry de manera desafiante esbozando esa media sonrisa que lo caracterizaba.
Terry usó el escritorio como apoyo y la acercó hacia él. El contacto con el cuerpo viril hizo que Candy perdiera el aliento. Cuando recuperó el sentido común, era demasiado tarde. Presa del pánico, empujó los hombros de su oponente sin lograr nada, pues la boca de Terry reclamó la suya.
Se escuchó un sonido suave de protesta en la garganta de Candy, al tiempo que un estremecimiento de debilidad y deseo la recorría. Era como si algo que hubiera estado oculto en su interior durante mucho tiempo, de súbito se encendiera en una llama de pasión. Las manos que en un principio lo rechazaron, buscaban ahora la nuca y después se enredaban en el cabello masculino, en tanto que ella sentía que los labios de Terry abrían los de ella.
El placer recorría como fuego liquido todas las venas de Candy mientras que la boca de Terry exploraba la de ella, y antes de que se diera cuenta correspondió al beso. El cuerpo esbelto ardía en el fuego de la pasión, sentía tal deseo que olvidó la existencia de Susana.
No fue sino hasta que Terry la acercó más, para que ella sintiera su excitación, que, sorprendida, rompió el beso.
—Basta, ya es suficiente.
—Candy, eres embriagante—murmuró Terry contra el cuello de ella.
—No—Candy luchaba por aclarar sus sentidos—no… por favor, detente Terry.
Él levantó la cabeza de repente. Candy por fin recordó que él estaba comprometido con Susana; el desprecio hacia sí misma por haber permitido que él la besara con esa pasión hizo que se sonrojara. Con los ojos fulgurantes, se libró de los brazos de Terry.
—¡No me toques!—gritó Candy con una voz que temblaba de furia.
Ya que Terry tuvo que sostenerse de una de las muletas para mantener el equilibrio, no pudo volver a acercarla a él. Su respiración era irregular y la expresión, grave. Sin embargo, con una indiferencia casi desdeñosa se aventuró a decir:
—¿Qué pasa? ¿repentinamente recordaste a Anthony el inigualable?
—¡¿cómo te atreves a preguntarme?...
Ella observó la expresión desdeñosa de Terry, lo que hizo que su enojo cambiara a resentimiento. El dolor se le clavaba en el corazón al darse cuenta de que ella nunca tendría el mismo poder sobre las emociones de Terry.
—¡Piensa en esto como parte de la terapia!—dijo Candy con frialdad.
Por un instante, la boca de Terry se tensó. Después hizo una mueca de diversión. Ella sabia tan bien como él que la pasión que se desató entre ellos nada tenía que ver con la terapia y mucho menos para ella.
Seguro de que lo golpearía si continuaba con él un segundo más, así que dio media vuelta. Candy sentía la mirada de Terry clavada en el centro de la espalda mientras salía de la habitación.
Cruzó el vestíbulo corriendo y tuvo que detenerse al pie de la escalera para tranquilizarse. Sin embargo, aún ahora que estaba a salvo de él, se sentía llena de agitación e inquietud.
Se pasó los dedos por los labios, que le pulsaban por el beso de Terry, y luego fue a su habitación; el enojo en ella luchaba contra la emoción que la atemorizaba mucho más. En ocasiones odiaba a Terry, y en otras, al fin admitió cerrando los ojos…
—¡Así que no soy el único que deambula a media noche!
La voz masculina e inesperada en la oscuridad, hizo que ella jadeara. Abrió los ojos para ver a Neil parado entre la cama y la ventana, con las manos dentro de los bolsillos de la bata.
—¿Qué hace aquí?—preguntó asombrada.
—Vine a ver si estabas despierta, quería ofrecerte una disculpa por mi comportamiento de esta tarde. Así que vienes de la habitación de Terry ¿cierto?
—Estaba con él en el estudio—aclaró Candy.
—¿De veras? ¡Cómo has cambiado! Nunca fuiste muy generosa con Anthony, y ahora veo por tu apariencia, que compartes tus favores con un paciente inválido.
Candy aún recordaba las palabras mordaces e hirientes que le dijo Neil hace seis años, cuando ella se había negado a iniciar una relación con él, este le dijo que Anthony le había contado que Candy en repetidas ocasiones se había negado a sostener relaciones íntimas mientras no se casaran, inesperadamente, Albert había escuchado estas palabras, a lo cual él le prometió a Candy hablar con Anthony al respecto. Pero con el paso del tiempo, ni Albert ni ella habían vuelto a tocar el tema.
—¡No te atrevas a usar esa palabra! gritó molesta—aún cuando está en la silla de ruedas, Terry era mucho más hombre que tú. Y para tu información, está comprometido con Susana ¡así que resérvate tus suposiciones!
—Lo siento, retiro la acusación—dijo después de contemplarla un momento—debí suponer que tienes que estar al pendiente de sus medicamentos. Lo que pasa es que al volver a verte me di cuenta de que aún me gustas, le puso el pulgar bajo la barbilla y le inclinó la cabeza—eres una mujer muy deseable, Candy… tal vez más que hace seis años. Esa mirada desafiante es un reto para cualquier hombre. Te deseo.
Candy le quitó la mano.
—¡Pero yo no! y no quiero que permanezcas en mi habitación, así que ¡fuera!
Candy abrió la puerta de par en par. Mientras esperaba a que él saliera, la expresión de Neil se endureció.
—Si lo que te preocupa es tu reputación, no deberías de ver a Grandchester con esa expresión de embeleso. No todo el mundo sabe, como yo, lo puritana que eres.
Candy se tensó cuando él se acercó. Por fortuna, no intentó tocarla al pasar a su lado. Ella cerró la puerta cuando Neil salió, y se dejó caer sobre la cama.
Los días siguientes Neil trató de evitarla lo más que pudo, aunque se mostraba agradable durante las comidas. Candy sabía que la agudeza de Terry no perdía ningún detalle, mas no hizo el menor comentario de la relación de Candy con Neil.
Tampoco se refirió a la escena que se desarrolló entre ellos. Sin embargo, como resultado de lo ocurrido, Candy no podía ser espontánea con él. Cuanto mayor la distancia entre ellos, más se convencía de que estaba enamorada de Terry.
Candy no pudo controlar sus celos cuando Susana se reunió con ellos al término de su sesión en la piscina.
—Pensé que con la fiesta de esta noche estarías muy ocupada esta mañana—Terry comentó cuando Susana se inclinó en la orilla de la piscina.
—Tu madre y Karen tienen todo tan organizado que no es necesaria mi presencia—dijo Susana; era claro que tanto a Eleanor como a Karen, les desagradaba la presencia de ella, pero, mientras Eleanor la soportaba sólo por Terry, Karen no mostraba discreción ante su antipatía con Susana—¿interrumpo el tratamiento, o me puedo quedar?
—Ya terminamos ¿no es verdad?—Terry le preguntó a Candy, quien asintió.
Terry salió del agua en tanto Susana le acercaba las muletas y le pasaba la toalla. Candy trataba de luchar contra la envidia que sentía por no ser ella quien lo ayudara.
—¿Cómo va la terapia?—preguntó Susana, después de que Candy salió de la piscina.
—Bien, como puedes ver—contestó Terry; después añadió un poco divertido—¿Cuándo dejaras de preocuparte por mí, querida?
—Tal vez cuando dejes de importarme. Además, no puedo evitarlo. La idea de que no volvieras a caminar, me parecía terrible.
—Lo sé.
Había una nota tierna en la voz de Terry que hizo que Candy se sintiera contenta de que la sesión hubiera terminado. No se percató de la intensidad con que los veía, hasta que él se volteó. Algo brillaba en los ojos de Terry al encontrarse con la mirada intensa de Candy. Entonces, él inclinó la cabeza y en forma deliberada, rozó los labios de Susana con la boca.
—No tardaré en cambiarme y saldré aquí a tomar el café contigo.
—Bien—ronroneó Susana.
Esta se sentó en una de las sillas del jardín y cruzó sus largas piernas. Candy titubeó. Le molestaba pedirle que la ayudara a evitar que Terry se forzara demasiado, pero estaba decidida a mostrar su profesionalismo.
—¿Puedo hablarte un minuto?
—Por supuesto—Susana jugaba con su cabello entre las manos—¿de qué se trata?
—De Terry—dijo Candy y se felicitó porque su voz sonó controlada. Su tono no delataba que los celos le hacían la situación muy difícil—la mejoría que ha presentado en estas últimas semanas ha sido sorprendente. Pero no puede moverse como él quisiera, y la paciencia no es uno de sus puntos fuertes. Cayó hace un par de días; en mi opinión, se exige demasiado.
—¿Quieres decir que podría retrasar su progreso?—preguntó Susana con el ceño fruncido—¿Por qué no has hablado con él?
—Ya traté en varias ocasiones—le indicó—y lo volvería a hacer si sirviera de algo. Pero si tú se lo pides, es obvio que tendría más peso.
—Hablaré con él en cuanto regrese. No sé por qué no me lo dijiste antes.
—Hasta ahora no se ha hecho daño.
—Eso es lo que…—empezó a decir Susana, antes de guardar silencio y encoger los hombros en un gesto de molestia—no importa. Hablaré con él, aunque si fueras tan eficiente en tu trabajo él escucharía tus consejos.
Candy logró controlarse ante la provocación y se dirigió a su dormitorio.
La fiesta empezaría a las ocho. Se dio un duchazo y se arregló meticulosamente. Después de vestirse, contempló su imagen en el espejo. Se preguntó cómo no se había percatado antes de lo involucrada que estaba con Terry.
¿Por qué no escuchó a Albert y controló sus emociones semanas antes? De haberlo hecho, no se sentiría como ahora, lastimada y molesta con Terry, pues para él solo era una terapeuta competente.
Le dolió ponerse los pendientes que Terry le regaló, pero lo hizo como un reto. El orgullo evitaría que perdiera la compostura cuando anunciaran el compromiso con Susana.
Tomó su estola de seda y su bolso de mano y bajó. Eleanor ya se había ido a la fiesta, y Neil estaba solo en el salón. El destino parecía haber conspirado para que él fuera su pareja durante la velada. Terry asumió que irían juntos en el auto, por lo que dijo que los vería en la fiesta.
—Todavía no estoy listo—dijo Neil—tengo que hablar con mi padre por teléfono y no han pasado la llamada. Antes de aceptar la proposición de Terry, debo hablar con él.
—Te espero en el auto—le respondió Candy.
—Espero que no se lleve demasiado tiempo. El sábado por la noche no es el mejor momento para localizarlo. No sé por qué Grandchester no mostró sus cartas antes.
—Tiene fama de ser muy duro en los negocios.
—Pues yo también—respondió Neil molesto; era obvio que le irritaba no conseguir un precio más favorable.
Candy la dejó para que hiciera la llamada y salió. Los últimos rayos del sol alumbraban el castillo, soplaba una brisa cálida, y caminó un poco para contemplar la puesta del sol.
Escuchó un sonido sobre la grava y dio media vuelta pensando que sería Neil, pero quién se acercaba a ella era Terry; iba vestido muy formal con su traje de etiqueta blanco. Nunca lo había visto con un atuendo tan elegante, y ella sintió que el corazón le daba un brinco.
En vez de subir a su auto, se acercó a ella; se detuvo apoyándose sobre las muletas, por un instante se sintió una estática extraña en el aire.
—Quiero que me des una explicación ¿cuáles fueron tus intenciones esta mañana al alterar tanto a Susana?
Siempre era con ella con quien se mostraba critico. Nunca usaba ese tono con Susana; ya acostumbrada a ocultar sus emociones, Candy sonó imperturbable y fría al responder.
—Yo no alteré a Susana, y no sé por qué tienes la impresión de que lo hice. Todo lo que dije fue…
—Lo que dijiste fue suficiente para que ella llorara conmigo—la interrumpió.
Candy pretendía defenderse con toda calma; en vez de eso, explotó de un modo que la tomó por sorpresa.
—Tal vez, ella disfrute de tu compasión.
—¿Noto un ligero tono de celos? –había sido el sarcástico comentario por parte de Terry.
—¡Que comentario tan presuntuosos!
—¡Que extraño que te muestres con ese genio!—contestó Terry—si yo fuera presumido, casi pensaría que di en el clavo.
La tormenta se reflejaba en los ojos de Candy, y la respiración se aceleró por el esfuerzo de negarle la satisfacción de una respuesta.
Terry le dio tiempo para que ella respondiera y como no lo hizo, le ordenó:
—Espero que entiendas que no debes interferir entre Susana y yo otra vez.
—Perfecto—contestó Candy.
