hola mis niñas hermosas! lo prometido es deuda! aqui de regreso con el capitulo! pero antes de pasar a el, quiero agradecer a todas y cada una de las personas que le han dedicado un poco de su valioso tiempo a mi fic, me da mucho gusto el leer sus reviews en los cuales me hacen saber lo bien que va mi historia.
Vanesa milagros, phoenix, karina grandchester, pinturicchia0222, Lita, Julie, gracias por sus comentarios espero sigan esat historia hasta el final, que despues de todo esta hecha para ustedes!
mai! mi editora estrella! nena hermosa! gracias pro dedicarle un poco de tiempo a la correccion de los capitulos, nena, no tengo manera de agardecerte toda la ayuda que me das!
ADVERTENCIA:
ESTE CAPITULO TIENE ESCENAS Y PALABRAS QUE PODRIAN INCOMODAR A ALGUNAS PERSONAS.
Capitulo 8
La residencia de los Kleiss es enorme, pensó Candy después de que los recibiera Karen y ella y Neil pasaran a los jardines. La música en el salón de baile salía por las ventanas. Grupos de invitados estaban reunidos en la terraza y los camareros circulaban con bandejas llenas de copas de champán. El zumbido de las conversaciones y las risas prometían una noche exitosa.
—Tanto derroche por un aniversario—dijo en tono burlón Neil—presiento que lo que hay detrás es el anuncio del compromiso de Terry y Susana ¿no lo crees?
Candy tomó un sorbo de su licor y no respondió. Se sentía tan frágil como el cristal de la copa por el esfuerzo de fingir que no estaba enamorada de Terry.
En ese instante, Terry apareció en la terraza. Un sexto sentido hizo que Candy notara su presencia a pesar del murmullo y la distancia que los separaba. Ella levantó la mirada y a su lado vio a Susana con un vestido rojo, deslumbrante.
Candy, con sus dorados rizos y sus verdes ojos expresivos de largas pestañas, tenía su propia belleza. Sin embargo, al ver a Terry y Susana juntos, sintió cómo se le encogía el corazón.
Desde donde estaba, Candy podía ver el impacto que causaban como pareja. Las cabezas se voltearon y les dedicaron su atención. La personalidad de Terry era tan arrolladora que la gente gravitaba a su alrededor.
Un camarero se acercó y Neil tomó otra copa. El hecho de que hubieran llegado juntos no la obligaba a pasar toda la noche a su lado.
—Vamos con los demás—sugirió Candy.
Le fue más fácil perderlo. Ella hablaba con uno de los vinicultores y su esposa cuando se les unió uno de los primos de Karen.
Candy había visto un par de veces a Christopher en reuniones sociales. Tenía cerca de treinta años, era alto y divertido. Tomó la mano de Candy, la pasó por su brazo y antes de que ella pudiera protestar, la alejó del grupo.
—Decidí rescatarte—le dijo con su sonrisa divertida.
—¿De qué?—Candy rió.
—De los socios de Terry. Son gente encantadora, pero demasiados serios para alguien como tú. Ven con mi grupo hasta que sea hora de la cena.
Nadie que los hubiera visto caminando juntos entre la gente habría podido decir que Candy no estaba feliz y relajada. Y ella estaba decidida a que nadie adivinara lo contrario.
Al subir a la terraza, pasó a un lado del grupo donde Terry y Susana reían. Ella miró de soslayo y se encontró con la mirada de Terry; el fulgor en los ojos azules la desconcertó. Era obvio que él estaba muy molesto con ella… Susana debió haber tergiversado todo lo que ella dijo.
Un poco más tarde, todos empezaron a pasar al salón de baile para la cena. Candy estaba en la misma mesa que Neil, aunque a unos cuantos asientos de distancia.
—Te veré después—le dijo Christopher con una sonrisa cuando tuvo que dirigirse a la mesa de honor a reunirse con su familia y los amigos más íntimos.
Para Candy fue fácil entablar conversación con la gente que la rodeaba. Sin embargo, no podía dejar de dirigir una que otra mirada en dirección de Terry y Susana.
Al fin sirvieron el café, y los fotógrafos del periódico local se acercaron a la mesa principal, listos para el momento en que el Eleanor se digiera a sus invitados. Bajaron un poco la luz, la música cesó y todo quedó en silencio.
Su discurso fue expresivo y entretenido. En él se refirió a su carrera, al buen desempeño como empresario de Terry dejando de lado su carrera artística y a la academia de actuación que dirigía desde dos años antes. Propuso un brindis y con la mano pidió un mayor silencio.
—Y ahora, siento un gran placer al anunciar una noticia que de seguro todos ustedes esperaban.
Candy sintió que sostenía su copa con más fuerza. Se quedó muy quieta, tensa bajo la fachada de calma, tanto que apenas respiraba mientras esperaba el golpe.
—Dos personas a quienes todos conocemos y amamos han anunciado esta noche que piensan contraer matrimonio.
Eleanor hizo una pausa para lograr un efecto dramático, y Candy con la garganta seca miró a Terry y lo vio sonreír, mientras sentía cómo su corazón comenzaba a latir apresuradamente.
—Por lo que quiero que todos brindemos por… Karen y Albert.
Candy brincó sorprendida y casi dejó caer la copa que sostenía entre los dedos. La orquesta tocaba la marcha nupcial y ella se unió a los aplausos.
Candy se acercó a la mesa principal pasando entre las parejas que llenaban la pista de baile, para felicitar a su vez a los novios. Besó a Karen, quien estaba radiante, y después volteó hacia Albert, quien la abrazó.
—Están hechos el uno para el otro, me siento muy feliz por los dos.
—Gracias—Albert sonreía.
En ese momento Christopher tocó a Candy en la espalda.
—Justo la mujer a quien buscaba ¿te gustaría bailar?
—Desde luego—Candy rió.
La felicidad de Albert y Karen era contagiosa. Repentinamente, Candy sentía deseos de bailar y divertirse. La música era la adecuada y la pista de baile estaba llena de movimiento y de sombras románticas. Candy le lanzó una sonrisa radiante a Christopher.
Todavía estaba un poco sorprendida de que no hubiera ocurrido lo inevitable. Vibraba de felicidad y ésta se reflejaba en sus movimientos. Él era tan buen bailarín como ella y juntos llamaban la atención.
Sin embargo, Candy no se percató de que la atención de dos hombres sombríos estaba sobre ella, uno de ellos en la mesa principal y el otro en la mesa de la terapeuta. Ella tenía deseos de bailar toda la noche y era claro que Christopher no deseaba separarse de ella. El compromiso de Terry con Susana todavía no era oficial y… ¿y qué? Se preguntó Candy.
La pregunta hizo que regresara a la realidad. Al mismo tiempo el ritmo de la música se hizo más lento y Christopher la atrajo hacia sí. Ella le pasó los brazos alrededor del cuello, en tanto sus pensamientos estaban muy lejos y tenía la mirada triste. Cualquiera que fuera la razón por la demora en el anuncio de su compromiso no importaba, era obvio que Terry y Susana se comprendían a la perfección.
Esta velada no alteraba los hechos. Candy continuaría el tratamiento de Terry hasta lograr su total recuperación. Continuarían peleando y ella seguiría luchando contra sus propios sentimientos…
—¿Les importa si interrumpo?
La voz de Neil era cortante mientras tocaba el hombro de Christopher. Sin esperar una respuesta tomó su lugar. Candy sintió que la tomaba entre los brazos. Varias de las parejas cercanas lo miraron con censura.
—Neil, haces que los demás nos miren—Candy le indicó molesta.
—Tal vez, estoy cansado de que no me pongas atención. Llegamos juntos ¿recuerdas?
La sostenía con tal fuerza que los cuerpos estaban muy juntos. Él hacía que dieran la apariencia de ser amantes, la reclamaba en forma deliberada. Candy sentía repulsión por la intimidad que Neil provocaba.
—¡Basta, Neil!
—¿Qué pasa?—le preguntó con voz baja.
—Suéltame—exclamó enojada, empujándole el hombro mientras Neil se inclinaba para besarla en la sien.
—Creo que no me equivoqué con la primera impresión que tuve de la relación entre Grandchester y tu. Dime ¿te reservas para él?
—Terry es un caballero. Él nunca me obligaría a que hiciera una escena frente a todo el mundo.
Neil se percató de la advertencia que había en el comentario de Candy, así que la liberó. Ella dio media vuelta, cruzó la pista de baile y se dirigió a su asiento.
Se tuvo que detener cuando una mano apareció y la tomó por la muñeca. Alzó los ojos y se encontró con la mirada fulgurante de Terry.
—¿Qué pasaba?
Candy levantó la barbilla y fingió calma.
—¿De qué hablas?
Terry rió. Entonces, con firmeza de acero en las palabras, continuó.
—No finjas conmigo, Candy.
Aunque ninguno de los dos había levantado la voz, la electricidad entre ellos era tan poderosa que ya atraían la mirada de varios invitados.
—Suéltame, la gente nos ve.
—Entonces, vamos a un lugar donde no tengamos público.
Candy sabía que no podía oponerse. Aunque le molestaba que la obligara, le permitió que la llevara a la terraza. Todavía podían escuchar la música, pero estaban solos.
Candy volteó para verlo de frente, y dijo con voz tranquila.
—Me gustaría regresar a la fiesta.
—¿Te has divertido bastante?
—¿Te molesta?
Terry hacía que Candy temblara en su interior. En otra ocasión ella hubiera pensado que era por el enojo. Ahora sabía cuál era la verdadera razón y esto hizo que se pusiera mas a la defensiva.
—No—respondió Terry con tono áspero—pero es obvio que a tu ex pretendiente le molesta que te hagas la difícil.
—¡No me hago la difícil! Si te refieres al hecho de que he pasado gran parte de la velada con Christopher, sucede que su compañía me agrada. Y de cualquier forma ¿a ti que te importa cómo me comporte?
—Eres mi empleada y eso hace que me incumba.
Eso era todo lo que sería para él; una enfermera competente que lo ayudó a que volviera a caminar, pensó Candy.
—Y a mí me importaba esta mañana informarle a Susana la forma en que te excedes con la terapia. Me indicaste que no interfiriera, yo te pido lo mismo ahora. La relación con Neil sólo es de mi incumbencia.
Candy empezó a caminar para retirarse, pero Terry la acercó a su pecho. Las muletas ya no eran obstáculo para él, y a menos que quisiera una muñeca lastimada no se podía liberar.
—Debiste advertirme que pretendías que Neil se sintiera celoso.
La respuesta de Candy se vio silenciada por la boca de Terry que reclamaba la suya con fiereza. Por un instante, Candy sintió que el mundo le daba vueltas. Sabía que él la castigaba y trató de luchar contra él, pero la verdad era que le daba la bienvenida a esa caricia brusca.
La rigidez de Candy aminoró, y al hacerlo, el beso de Terry cambió. Desesperada, se dio cuenta de que respondía. Las manos masculinas se deslizaron por el centro de la espalda desnuda, obligándola a presionar los senos contra el pecho. Ella emitió un sonido suave de placer y enredó los dedos entre el cabello de Terry.
Repentinamente, la música subió de volumen y entre la locura vertiginosa, Candy recuperó un poco la cordura.
—¡No!—jadeó contra la boca de Terry.
Con lo que le restaba de fuerza empujó a Terry liberándose a si de su abrazo.
—¿Por qué estas decidido a lastimarme?—le preguntó con la voz entrecortada por el dolor—todo lo que quería era ayudarte, ver que volvieras a caminar, y me pagas haciendo imposible…
Un sollozo interrumpió la frase, Terry la tomó por el brazo. Respiraba con fuerza, tenía una expresión intensa en el rostro, pero ella no supo lo que pretendía decir, pues unas pisadas sonaron en la terraza.
—Por favor…—ella murmuró desesperada, implorando que la soltara para que pudiera recuperar la compostura.
Terry aflojó los dedos y la dejó. Candy volteó el rostro hacia la balaustrada, agradeciendo las sombras que ocultaban el brillo de sus lágrimas.
—Te buscaba Candy—dijo Christopher—no imaginé que estarías afuera ¿te molesta que la lleve a bailar Terry?
—En lo absoluto—respondió Terry y añadió con cierta sorna en el tono que sólo Candy reconocía—es una lástima desperdiciar la música.
Aunque Candy regresó al salón no bailó más de dos piezas. A pesar de que Christopher intentó convencerla de que la noche todavía era joven, al fin cedió y le dijo que se la había pasado muy bien con ella durante la velada.
Neil estaba sentado solo en la mesa cuando ella fue a buscar su bolso de mano, él se puso de pie.
—Ya que llegamos juntos, supongo que nos retiraremos juntos.
—En tanto quede muy claro que yo conduciré –había condicionado Candy.
—¿Me quieres decir que tomé demasiado?—preguntó Neil, bastante molesto.
—Todo lo que digo es que me gusta conducir.
Neil en varias ocasiones intentó iniciar una conversación durante el trayecto al castillo, pero Candy fue muy breve en sus respuestas, por lo que al final ambos guardaron silencio.
Candy se sintió contenta de llegar al fin a la propiedad de los Grandchester.
—¿Cuándo decidiste que eras superior a mi?—preguntó Neil en tono sarcástico.
—No sé a qué te refieres—contestó Candy.
—Oh sí, lo sabes—le dijo riendo—ahora que tratas con los multimillonarios, para mí es muy claro en quien tienes los ojos puestos: en Terrence Grandchester.
—Terry es mi paciente. No hay algo más entre nosotros.
—¿Es un hecho?—se burló y añadió enojado—los vi desaparecer en la terraza juntos, y he notado la forma en que se miran ¿Qué más le das a parte de su tratamiento?
—Deja de hacer comentarios tan desagradables.
El castillo estaba a oscuras. De repente, Candy se dio cuenta de que estaba sola con Neil, y se estremeció como si algo la hubiera rozado como advertencia.
—¿Qué me dijiste aquella vez? ¿Qué aún en la silla de ruedas Grandchester era más hombre que yo?
—Tu dijiste que esperabas que pudiéramos ser amigos—le dijo Candy con la voz tranquila aunque el corazón le latía con fuerza, pues era conciente del peligro—por favor, no discutamos.
Candy detuvo el auto en la entrada. Deseaba llegar a la seguridad de su habitación; se movió para abrir la puerta.
—No tan rápido—Neil la detuvo—todavía no me das mi beso de buenas noches.
—Suéltame ¡me lastimas!
—Ya jugaste bastante conmigo. Si tu idea de un buen amante es un inválido, tal vez yo debería de demostrarte cómo son las cosas en realidad.
Candy logró liberarse, pero antes de que pudiera abrir la puerta, Neil al detuvo y la aprisionó contra el respaldo del asiento.
—¡Ramera fastidiosa!—con la mano la tomó de la barbilla para que Candy volteara el rostro—debí darte una lección cuando me echaste de tu cuarto.
—¡No me toques!—Candy cerró la boca mientras Neil la cubría con la suya.
Con la mano que tenia libre lo rasguñó. Las uñas le arañaron la mejilla. Él maldijo, la volvió a tomar por la muñeca y con la otra mano le dio una bofetada. Candy emitió un grito sofocado.
—Sigue actuando como un gato salvaje y verás lo que te pasa.
Candy escuchó que el corpiño de su vestido era desgarrado por Neil. La forma en que ella se defendía solo lo excitaba más. Con un esfuerzo desesperado, ella logró presionar la bocina con las manos antes de que Neil al volviera a atacar.
Candy sabía que su fuerza no se podía comparar con la de Neil. Él le cubría la boca con la palma de la mano, mientras le bajaba el corpiño hasta la cintura. En su angustia y terror, Candy apenas se percató de las luces de un auto que se acercaba y que iluminaron el interior del auto.
Un momento después, la puerta del pasajero se abrió y unas manos de hombre tomaron a Neil para sacarlo del auto, liberando así a Candy. Ella abrió su puerta y a tropezones bajó; las piernas no la sostuvieron, por lo que cayó de rodillas sobre la grava.
No vio cómo el puño de Terry golpeaba la mandíbula de Neil y lo hacía caer. Candy empezó a llorar, por lo que apenas oyó las pisadas de Bernard, quien corría hacia Terry, tampoco escuchó las instrucciones que este le daba.
Candy sufría tal ataque de temor que cuando una mano la tocó en el hombro, ella gritó, se puso de pie y se apoyó contra el auto.
—Candy soy yo… Terry. Ya pasó todo.
Candy lo contempló antes de romper en lágrimas de alivio. Apoyado en una de las muletas para mantener el equilibrio, Terry la protegió con un brazo.
Pasó un buen rato para que ella se tranquilizara y dejara de temblar. Con gentileza, Terry la apartó un poco. El azul intenso de sus ojos expresaba algo que Candy no podía comprender, algo más profundo que el dolor y más poderoso que la cólera.
—¿Qué pasó? ¿Qué te hizo?
—Él… me atrapó… cuando yo detuve el auto—logró decir con dificultad—trate de escapar, pero él no me soltaba—empezó a llorar otra vez y regresó al refugio de los brazos de Terry—estaba muy asustada. Si no hubieras llegado en el momento en que lo hiciste…
Candy se estremeció. Con la palma de la mano, Terry le acomodaba el cabello que durante la lucha se había soltado y ahora le caía sobre los hombros. Con gentileza la volvió a apartar y se inclinó para tomar la estola de seda que estaba en el asiento. La cubrió y ella se sonrojó pues por primera vez se percató del estado de su vestido.
— Más vale que te ayude a entrar. Parece que vas a desmayarte.
— ¿En dónde está Neil?—preguntó Candy con voz ronca.
— Bernard lo conduce a la estación. Jamás volverá a ponerte una mano encima.
Terry la condujo a su habitación. La empujó para que se sentara sobre la cama en tanto él iba al cuarto de baño. Candy nunca antes se sintió tan débil. La mejilla donde Neil la golpeó le dolía bastante.
Al regresar, Terry retiró el cabello del rostro de Candy y le colocó una toalla húmeda en la mandíbula lastimada. Después atendió la cortada del labio, con gran cuidado y habilidad.
La ternura con la que la trataba no la preparó para ver lo que reflejaban los ojos de Terry cuando ella alzó la vista.
—¡No tienes que atenderme! No quiero que lo hagas cuando piensas que todo lo ocurrido fue por mi culpa.
—¿Qué quieres decir?—preguntó Terry. Tomó las muletas y se puso de pie. La mirada severa confirmaba las palabras de Candy. Bajo la sonrisa calmada, él estaba furioso con ella.
—Me acusaste de hacerme la difícil en la fiesta—hablaba furiosa—¿crees que yo orillé a Neil a esto?
—No creo que lo hayas hecho—la corrigió entre dientes.
—Entonces, ¿por qué estas tan disgustado conmigo?—lo retó.
—No lo estoy.
—Sí lo estas. ¿Piensas que no sé cuando estas molesto conmigo? ¿Piensas que yo busqué la situación?
—¡Por Dios!—exclamó frustrado—¿Qué tengo que decir para convencerte? No te considero responsable en ninguna forma.
—¿Me culpas por poner en riesgo tu negocio con Neil?
—¡Al demonio con el negocio!—explotó Terry tomándola por el antebrazo y acercándola hacia él—¿crees que me importa algo más que…— se interrumpió, controlándose un poco para continuar con un tono que todavía sonaba fiero—tienes razón, estoy furioso. Vi la forma en que ese desgraciado bailaba contigo. Sabía que bebió mucho y no debí permitir que regresaras sola con él.
Los ojos de Candy se humedecieron al comprender. Impulsiva, le pasó una mano por la mejilla. Después con voz ronca preguntó:
—¿Cómo es posible que te culpes? Llegaste justo a tiempo, eso es lo que importa. Y no estoy lastimada.
—¿No? Tu vestido esta deshecho y no podrás volver a usarlo. Y tus hombros están llenos de moretones. No podría vivir con la idea de saber que algo te sucedió.
—Pero no pasó.
—No, afortunadamente—le tomó los dedos y besó las puntas—si no te sientes muy mal, un baño te podría ayudar a relajarte—Candy asintió y él continuó hablando—mientras tanto, te prepararé algo de beber para ayudarte a dormir.
Cuando Candy salió con el camisón puesto, Terry colocaba una taza sobre la mesa de noche y Candy se preguntó cómo había logrado subirla cuando necesitaba de las dos muletas para subir las escaleras.
—Creo que los ingleses recurrimos al té después de la culminación de una crisis—comentó con un tono humorístico que hizo que ella se sintiera un poco mejor.
Candy sonrió, pero tenía la garganta tan tensa que no pudo responder. Terry se sentó sobre la cama, mientras ella, apoyada contra la almohada, daba un sorbo al té.
—¿Cuánto brandy le pusiste a esto?—preguntó con una risita.
—El suficiente para que duermas—respondió Terry con una sonrisa atractiva.
Candy tomó otro sorbo, conciente de que Terry la observaba y no se atrevió a levantar la mirada. Sentía una sensación extraña por los cuidados de Terry y repentinamente, deseó volver a llorar, así que luchó contra ese sentimiento.
— ¿No es maravilloso el compromiso de Karen y Albert?—logró decir.
— Creo que Albert está enamorada de ella desde hace años. Ambos formarán una excelente familia—contestó Terry.
Ella terminó el té y Terry tomó la taza. Al hacerlo, Candy notó los nudillos raspados de Terry.
—¿Qué le pasó a tu mano?
—Le di a Neil un golpe en la mandíbula—no le dio importancia a la preocupación de Candy—en ese momento pude haberlo matado.
Candy se estremeció por una reacción retardada y Terry le pasó un brazo.
—¿Te sientes bien?—preguntó amable y luego le besó la frente.
—Creo que bebí el brandy demasiado rápido—contestó Candy en un murmullo.
Terry se movió, y Candy tuvo la impresión de que caía cuando él la acostó a un lado para que sintiera el refugio cálido de sus brazos. Los latidos de su propio corazón resonaban en la cabeza de Candy; a pesar del mareo, se percataba de la excitación que le ocasionaba el contacto físico con él.
Sin saber lo que hacía, Candy deslizó una mano bajo la camisa de Terry en tanto apoyaba la mejilla contra el poderoso pecho. El estremecimiento de él y la forma en que tomó aire, no la impresionaron; Candy estaba profundamente dormida.
