hola mis niñas hermosas! lo proemtido es deuda y aqui tienen el capitulo 9, de este su fic. quiero agradecerles a todas y cada una de ustedes por el apoyo que me han brindado a lo largo de este fic, desde que lo publiqué en el foro rosa para la guerra florida ahsta este momento.

y me entrsitece el decirles que, lamentablemente, solo queda un capitulo por publicar, asi que nenas en lo que llega el moemnto del final, disfruten este capitulo!

las kiero! nos estamos leyendo! xoxo

Capitulo 9

Una semana después, Candy entraba en el consultorio de Albert para comunicarle que renunciaba, decisión que debió de haber tomado desde el momento en que se percató de lo involucrada que estaba con su paciente. Entonces podría haber escapado a la agonía de desear el amor de Terry y saber que nunca lo tendría.

Fue la naturaleza de su relación, después de la noche de la fiesta, lo que al final la empujó a dar el paso. A la mañana siguiente, al terminar el desayuno, Terry le preguntó si quería el día libre… además de eso ninguno de los dos mencionó en intento de violación de Neil.

Cuando le dio la terapia, ella se mantuvo más callada que de costumbre. La actitud de Terry fue cortés, a pesar de la tensión que ella notó en la voz de Terry; sin embargo, parecía que algo estallaría entre ellos en cualquier momento.

Candy se enteró de que Susana regresaría a Nueva York para el montaje de una nueva obra en la compañía Stafford. Tal vez esa era la causa del enojo de Terry, pero en vez de gritarle y atacarla con su sarcasmo, como lo hacía antes, él simplemente… la evitaba.

Candy sin duda explotaría si tuviera que soportar más tiempo ese trato impersonal. Era obvio que la situación no podía continuar así.

Al llegar al consultorio de Albert, éste le ofreció café, y a pesar de que la conversación giraba en torno a su boda con Karen era notable que él ya sabía que el motivo por el cual había ido era para tratar un asunto delicado. Tan pronto como salió la recepcionista, Candy empezó a decir:

—Albert, quiero que me retires del caso. Me gustaría regresar a Chicago.

—Espero que todo esté bien en el hogar de Pony.

Candy trató de sonreír.

—No se trata de eso. Lo que pasa es que no puedo seguir con el caso.

—¿Por qué?—preguntó—has tenido mucho éxito. Terry ya camina y estoy seguro de que quieres ver la recompensa de todos tus esfuerzos.

—Por favor Albert, no me preguntes cuáles son mis razones.

—Lo siento Candy, pero no puedo dejar de preguntar—alzó los hombros—aunque no sea más que por el bienestar…

—Si creyera que la recuperación total de Terry dependiera de que yo permanezca a su lado, me quedaría—lo interrumpió—pero, en esta etapa, cualquiera puede continuar la terapia.

—Sí, alguien puede tomar tu lugar, pero sé lo que Terry pensará de la idea ¿acaso ya se lo dijiste?

—Todavía no.

Albert se puso de pie, dio la vuelta al escritorio, tomó una silla y la colocó al lado de Candy, a quien le habló como el amigo que siempre fue.

—Hace mucho que nos conocemos. Ahora dime ¿cuál es el problema realmente?

—¿En verdad no lo adivinas Albert?—dijo Candy con una sonrisa débil.

—Con franqueza, no. Si hubieras venido a verme cuando Terry todavía estaba en la silla de ruedas y me hubieras hablado de la brusquedad de su trato y el sarcasmo de sus comentarios, lo hubiera entendido a la perfección. Quise que fueras su terapeuta por la tiranía con la que él actuaba y por la duda que aún existía de que pudiera volver a caminar. Honestamente no lo habría logrado con otra persona. Pero ahora todo eso es historia y cualquiera puede ver la forma en que ustedes dos se entienden. Lo que no me ayuda a encontrar cuál es la razón por la que quieras dejar el caso.

—No puedo continuar con el tratamiento de Terry porque…—Candy guardó silencio y después de prisa confesó—me he enamorado de él. Por eso tengo que irme.

—Así que es eso. Bueno, tienes razón, debí suponerlo. Terry tiene una personalidad magnética y los dos han trabajado y convivido mucho.

—Como hice con otros pacientes atractivos en el pasado—Candy se puso de pie y se dirigió a la ventana. Luego, suspiró impaciente—debí ser más profesional.

—¿Has considerado lo que Terry siente por ti?—preguntó Albert—estoy seguro que tú significas mucho para él.

—Tanto como cualquier terapeuta que ha tenido éxito con su paciente. Recuerda que es con Susana con quien está comprometido.

—¿Susana?—preguntó Albert.

—Aún no es oficial, pero lo será una vez que Terry se recupere por completo.

La voz de Candy no era tan tranquila como ella hubiera deseado y Albert se le acercó colocándole una mano sobre el hombro.

—Querida, qué puedo decir, sólo que lo lamento.

—¿Puedes conseguir a alguien que tome mi lugar?

—Haré todo lo posible para que te puedas ir el próximo fin de semana.

El corazón de Candy se contrajo ante la idea de permanecer sólo tres días más en el castillo. Pero controlando sus emociones, logró expresar.

—Entonces empezaré los preparativos del viaje de inmediato.

—Candy, aunque creo que lo mejor sería que te quedaras unos días en mi departamento en Londres antes de tu partida a Chicago, así podrás poner en orden tus sentimientos y a tu llegada no preocuparías a la señorita Pony y a la hermana María por tu repentino regreso.

—Lo pensaré Albert—le dijo Candy, tomando las llaves que le extendió.

—¿Cuándo le avisarás a Terry?—le preguntó Albert al acompañarla a la puerta—si crees que sirva de algo, yo lo haré.

—No, yo me encargo de eso—Candy respondió con voz entrecortada.

Recordó lo ocurrido cuando ella le entregó su carta de renuncia, motivo por el cual retrasó la noticia hasta la mañana en que planeaba irse.

Ese día Terry tenía un asunto de negocios a las diez de la mañana en Glasgow y cuando estaba en su estudio, ella llamó y entró.

Terry, apoyado en el bastón que ya usaba en vez de las muletas, revisaba algunos papeles. Candy absorbió con la mirada todos los rasgos del rostro varonil. Él significaba mucho para ella; no obstante, su orgullo le exigía lograr que Terry no se diera cuenta de cuáles eran sus sentimientos. Candy no soportaría que por sus lágrimas se mostrara amable y le tuviera lástima.

—¿Qué haces en la puerta?—le preguntó Terry con voz ronca cuando ella no habló de inmediato.

—Quiero hablarte de lago importante—Candy forzaba las palabras por la tensión que sentía en la garganta.

—Te escucho, y por favor date prisa—le indicó—debo salir en un par de minutos.

Su comentario hizo que ella sintiera una oleada de ira en su interior. Estaba a punto de despedirse, de desaparecer de su vida y Terry apenas tenía tiempo para escucharla. Los ojos le brillaban de furia al hablar.

—Vine a presentarte mi renuncia.

—¿Por qué tomaste esa decisión?

Candy ya contaba con toda su atención. Se obligó a controlarse, a reprimir sus emociones, por lo que su voz sonó tranquila.

—Presento mi renuncia por razones personales que no pienso discutir contigo.

—No podrás discutirlas ahora, pero te advierto que esta tarde habrá todo el tiempo del mundo para que me expliques con detalle.

—No estaré aquí por la tarde—Candy le indicó, con las uñas enterradas en las palmas de las manos mientras Terry se dirigía a la puerta.

Terry se detuvo para lanzarle una mirada amenazadora.

—Será mejor que estés—dijo con severidad antes de continuar su camino.

Ella escuchó el ruido de las pisadas de Terry al cruzar el vestíbulo y unos minutos después, el rugido del auto al alejarse del castillo. Le empezó a temblar la barbilla y se mordió el labio inferior. No iba a llorar ¡no lo haría!

Decidida a mantenerse controlada hasta el último momento, ella guardó sus pertenencias con cuidado negándose a seguir el impulso de arrojarlo todo a las maletas y cerrarla entre lágrimas. Su dolor se convirtió en una tristeza infinita cuando el taxi tomó el camino a Tollcross dejando la propiedad de los Grandchester a sus espaldas.

El tren no estaba cuando ella llegó al andén. Compró un par de revistas, se sentó y se obligó a leer. No importaba qué tipo de artículos fueran, mientras alejaran de su mente a Terry.

Desde el momento en que lo conoció, le trastornó la vida, la llenó de indignación y enojo por la facilidad con la que leía sus pensamientos. Ella ni siquiera pudo ocultarle la ruptura de su compromiso con Anthony.

Pero ahora regresaba a Chicago, a una vida que había construido con mucho trabajo y que estaba segura que con el tiempo la ayudaría a eliminar la desolación. Después de unos cuantos días en el hogar de Pony, regresaría a su departamento, buscaría un puesto como terapeuta, tal vez fuera del área de lesiones de la espina. Por un instante, el remedio pareció funcionar. Después la desesperación tomó su lugar ¿cómo era posible que por segunda vez cometiera el error de enamorarse de un paciente?

Tratando de calmar sus pensamientos, imaginó la colina de Pony que ella amaba tanto, en su mente podía ver su hogar con la señorita Pony y la hermana María dándole la bienvenida. Pero la imagen no la consolaba.

El sonido de la campana del tren y el ruido de la gente al ponerse en movimiento la hicieron darse cuenta de la forma en que su imaginación había volado. Tomó su equipaje, caminó un poco y subió.

Había bastantes compartimientos y el que eligió, estaba vacío. Se sentó en un rincón, de frente a la locomotora, impaciente porque la angustia de la partida terminara. Movía los dedos sobre el descanso del brazo, luego miró su reloj; ya era hora de que partieran. Dejó el compartimiento y se dirigió a la salida del vagón.

Estaba tan atenta tratando de ver la hora que señalaba el reloj al extremo del andén, que con un brinco de sorpresa sintió que alguien tiraba de ella. Perdió el equilibrio y casi cayó, medio bajó del vagón para encontrarse con Terry.

—¿Qué haces aquí?—preguntó Candy.

—Te podría hacer la misma pregunta.

La mirada de Terry era severa y los ojos mostraban la fiereza de un halcón.

—Regreso a Chicago—logró decir Candy, con voz baja.

Un nervio brincaba en la mejilla de Terry.

—Si hubiera sabido que hablabas en serio esta mañana cuando me anunciaste que renunciabas, no habría ido a Glasgow, por fortuna, Brigitte me llamó para avisarme que te habías ido con tu equipaje. De lo contrario habría regresado a casa para descubrir que ya no estabas y no tendría una palabra que explicara tu actitud. Hablaremos ahora.

—No hay tiempo para discutir el asunto—le dijo Candy y levantó la barbilla de manera desafiante—mi tren parte en cualquier momento.

—Sí, pero no saldrás en él—Terry aseguró, severo. La apartó de la puerta del vagón—pediré que bajen tu equipaje e iremos a hablar a otro sitio.

—¡No iré a ningún lado contigo! Otra terapeuta tomará mi lugar. Yo ya hice mi labor, cumplí con mi obligación y eso significa que estoy en libertad de irme.

—tTe equivocas—la sujetó por los hombros y apenas logró sacudirla—ahora, por Dios, deja de darle largas al asunto y dime qué es lo que pasa.

—Ya te dije todo lo que pienso decir—Candy estaba furiosa—y es la última ocasión que me amenazas. Me voy. Ahora, suéltame o perderé el tren.

—Así que regresas a vivir de tus recuerdos—Terry explotó furioso—¿por qué no puedes sacar a Anthony de tu cabeza? ¿Tienes espíritu de autodestrucción?

Candy se dio cuenta de que la puerta de su vagón pasaba a su lado debido a que el tren ya se movía. Luchó por liberarse de Terry y desesperada, gritó:

—Eso sería mejor que seguir aquí, sufriendo por ti.

Terry frunció el ceño, los ojos azules fulguraron por el disgusto ya que no comprendían lo que sucedía; en seguida, un destello de desolación mostraba que comprendía lo que ella había querido decir.

—¡Suéltame!—exigió Candy.

—No hasta que repitas lo que creo que dijiste—dijo Terry con voz ronca.

Candy logró liberarse. Terry trató de volver a detenerla pero era demasiado tarde, ella corría al lado del tren en movimiento hacia la puerta del vagón.

—¡Candy regresa!—Terry le gritó furioso—¿no te has dado cuenta todavía? ¡Te amo!

En ese instante, Candy logró subir al tren. Temblorosa, se volteó para ver que Terry corría cojeando y las lágrimas le bañaron el rostro.

—Candy… escúchame—le rogó.

—No me interpondré entre tú y Susana—gritó con voz entrecortada, cuando por un instante él se emparejó con el vagón.

El tren cobraba mayor velocidad, ampliando la distancia entre ellos. Terry renunció a alcanzarla, se detuvo y vociferó para que su voz resaltara en la estación.

-¡No estoy comprometido con Susana!

Candy lo miró desolada. El viento aumentaba y era peligroso que permaneciera en la puerta. Dio un vistazo al sitio donde Terry estaba parado.

Sentía las piernas muy débiles y no supo cómo llegó a su compartimiento donde se dejó caer sobre el asiento. Terry le había dicho que la amaba. Le había gritado las palabras mágicas que ella nunca pensó que escucharía de sus labios y eso hizo que se llenara de alegría. Bajaría en la siguiente estación y regresaría a su lado. Si ya no estaba comprometido con Susana…

Entonces la razón empezó a derrotar su esperanza y felicidad. No sabía por qué Terry había roto el compromiso con Susana, pero sí sabía de la unión que se desarrollaba entre una terapeuta y su paciente, la unión que surgía por la lucha contra lo que parecía una meta imposible y el hecho de lograr el éxito.

Abrió los ojos y volteó la cabeza hacia la ventana; veía las casas que pasaban a un lado del tren y al terminarse, el campo abierto. Terry y ella habían experimentado muchas cosas juntos ¿no era lógico que él creyera que estaba enamorado de ella tal y como ocurrió con Anthony?

Si regresaba, y suponiendo que con el tiempo Terry descubriera que lo único que sentía por ella era una combinación de agradecimiento y atracción sexual, ¿qué pasaría? era mejor dar las cosas por terminadas, aunque fuera muy doloroso.

Estaba en lo correcto al regresar a Chicago, al poner distancia entre ellos, pues su relación era demasiado intensa para percatarse que era en realidad lo que sentía el uno por el otro. Sin embargo, el ritmo incesante de las ruedas del tren le decía "no huyas, no huyas, no huyas".

Así que, para no preocupar a la hermana María y a la señorita Pony decidió tomar la oferta de Albert de quedarse el fin de semana en su departamento de Londres. A su llegada, la esperaba George quien la condujo al departamento en el auto. En cualquier otro momento Candy hubiera disfrutado del trayecto y de la plática de George. Ahora sus pensamientos eran una maraña y se sentía triste. Si estaba tan segura de haber tomado la decisión correcta ¿por qué se sentía tan confundida, perdida y miserable?

—Estas muy callada—le comentó Dorothy, la mucama a quien conocía desde sus años mozos en Chicago—¿estás cansada por el viaje?

Candy solo asintió con la cabeza, se sentía agotada. Tal vez después de una noche de descanso podría ver las cosas desde otra perspectiva. Y tal vez, se le ocurrió, había considerado sus sentimientos como síntomas que tenía que tratar y que no debía escuchar mucho tiempo ¡quizá ya era hora de afrontara el reto de ser mujer!

Pero no fue en ese momento que se dio cuenta de qué era lo que tenía que hacer. Sino mas tarde, cuando después de cenar, llamó al hogar de Pony.

—Uno de los riesgos de tu profesión es que te enamores de un medico o un paciente -Le dijo la hermana María una vez terminada su charla. Candy se quedó sorprendida al escuchar eso.

—¡Oh por Dios!—exclamó con voz ronca—¿es tan obvio que estoy enamorada de Terry? Pensé que lo disimulaba.

A pesar de la preocupación, la hermana María dijo:

—Lo hacías, pero por lo general durante nuestra platica hubieras comentado el lado médico del caso en términos generales—hizo una pausa—me hubiera gustado que todo saliera bien mi pequeña.

—Yo tuve la culpa de que no fuera así—contestó Candy—verá, Terry me ama. Pero cuando me lo dijo esta mañana en la estación, no quise escucharlo. Después de la forma en que me lastimó Anthony, tenia terror de volver a ser vulnerable… tanto miedo, que no estaba dispuesta a correr el menor riesgo. Y entonces, todo fue muy repentino, lo que dijo Terry… el tren iniciando la marcha; no podía creer lo que él decía, no podía comprenderlo. Así que… huí—concluyó con un murmullo.

—Por lo que acabas de decirme y por tus cartas, Terry parece decidido y dinámico, y los hombres así siempre van detrás de lo que quieren. Cuando sepa en dónde estás, irá a buscarte.

—No tendrá que hacerlo—Candy aseguró—mañana regresaré…

Mientras tanto en la residencia Grandchester…

—¡Maldita sea!—decía un Terry bastante molesto—no contesta el teléfono ¡en dónde diablos se habrá metido!

—Calma hijo—decía una Eleanor bastante preocupada por la actitud de Terry—seguramente Albert debe haber salido con Karen a cenar.

—¡Pero es que tu no entiendes madre! Es importante… necesito saber…

En ese instante, una pareja de enamorados entraba a la sala.

—¡Ah! Aquí estás Albert, ¡necesito la dirección y el teléfono del hogar de Pony y del departamento de Candy!

—Tranquilo Terry…ella esta…—dijo el rubio.

—Así es Terry, tranquilízate que, de lo contrario no te diré en dónde podrás encontrarla—dijo Karen interrumpiendo a su prometido, y sonriendo al ver cómo Terry cedió con facilidad a su petición.

—Ella está en mi departamento en Londres—dijo Albert—pero hace una hora llamó diciendo que estaría aquí aproximadamente al medio día.

—Así que—dijo Karen—espero no desaproveches esta oportunidad Terry.

—Sólo te pido una cosa, hazla feliz—dijo el viejo amigo de Candy.

—Eso no lo dudes—prometió Terry.

Candy sonreía a las nubes mientras el tren acortaba la distancia de Londres a Escocia. La tormenta y la indecisión habían pasado. Estaba decidida, le confesaría sus sentimientos.

Cuando el tren se detuvo, ella imaginaba la sorpresa de Terry cuando le llamara desde la estación. Nunca pensaría que estaba en Escocia.

Pero, ocurrió que la sorprendida fue ella. Después de recoger su equipaje, mientras se dirigía a las cabinas telefónicas, se detuvo por el asombro.

Destacando entre los que lo rodeaban estaba Terry. Sus miradas se cruzaron entre la muchedumbre; la expresión de Terry le decía todo lo que ella necesitaba saber. Candy sabía que el paso que estaba a punto de dar determinaría el resto de su vida.

Después, abandonando su equipaje y corrió feliz hacia Terry. Él la recibió a mitad del camino, la abrazó con tal fuerza que ella apenas podía respirar. Candy se sentía ahogar por la felicidad.

—Te amo—logró decir.

Fue suficiente. Él la separó un poco y contempló el rostro femenino como si quisiera imprimir sus rasgos en la memoria. Después, con la llama de la pasión en los ojos inclinó la cabeza y la besó.

Olvidaron la multitud que los rodeaba. Candy le regresó el beso, se estremecía al sentir la boca de Terry sobre la de ella y la calidez de los brazos que la sostenían como si nunca fueran a alejarse.

Cuando al fin se apararon, Candy levantó la cabeza. Los dos sonreían y ella supo que al fin habían encontrado la comprensión que estuvo entre ellos todo el tiempo, pero que no podían percibir.

—Vamos por tu equipaje—le dijo con emoción en la voz—tan pronto como salgamos de aquí, tengo algo que preguntarte.

—Yo también tengo algo que preguntarte—le dijo Candy, todavía con los brazos alrededor del cuello de Terry—¿Cómo supiste que llegaría a esta hora?

—Mi pregunta es más importante—le dijo mientras la miraba con intensidad—¿te casaras conmigo?

—Parece una orden.

Los ojos de Terry brillaban. Él rozó los labios con una ternura que la conmovió.

—Es una orden—murmuró con voz ronca—no puedo vivir sin ti. Es por eso que mientras trataba de saber las direcciones del hogar de Pony y de tu departamento en Chicago, Albert y Karen me dijeron que regresarías aquí.