Capítulo 2

No más gris.

Dicen que cuando mueres toda tu vida pasa delante de tus ojos, pero a mí me estaba sucediendo y estaba casi segura de que no estaba muriendo.

Mientras observaba aquellos hermosos orbes brillantes como esmeralda, fui plenamente consciente de cada momento de mi vida, y también de que si tuviera que elegir un color para describirla hasta ese día, tendría que elegir el gris opaco. Y lo supe con exactitud porque en el momento en que clavé la mirada en la de él todo adquirió un color intenso y brillante; afuera el día estaba nublado y lluvioso pero a mí me parecía hermosamente resplandeciente, como si las gotas fueran pequeños diamantes cayendo y el sol hubiera salido de repente para crear cientos de bellos arco iris al atravesarlos.

Él desvió la mirada y por un momento me quedé en blanco. Hasta que escuché su voz.

-- No me digas "Eddie".

Fue un susurro mezclado con una especie de gruñido, pero yo instantáneamente pensé que era el sonido más bello que podría existir en el universo. Él se volvió hacia mi y me regaló la sonrisa más perfecta que hubiera podido imaginar. Discreta y curvando solo una de las comisuras de su boca.

-- Mi nombre es Edward… Cullen – me extendió la mano desde el otro lado de la mesa redonda pero solo llegó hasta la mitad. Su sonrisa se hizo más amplia y yo, feliz de la vida, me incliné para alcanzar su mano.

Su piel era suave y tibia, y de inmediato calentó mis dedos fríos. Sentía como el calor se extendía desde mi mano, subiendo por mi brazo y de allí al resto de mi cuerpo. Un estremecimiento me recorrió toda la espalda, y un extraño cosquilleo se adueñó de mi estómago. Se me cerró la garganta de los nervios y tuve que carraspear para poder hablar y contestarle.

-- Bella… Swan.

Ya habíamos superado el límite de tiempo de contacto en un apretón de manos normal, y seguro a los demás les comenzaba a parecer extraño que no nos soltáramos, pero a mi me importaba un cacahuate como se pudiera estar viendo la escena desde afuera; no tenía ninguna prisa por dejar de sentir aquella pálida y reconfortante piel…

-- Veo que ya has conocido a mi hermano Bella – a pesar de que no había sido fuerte, la voz de Alice me sacó de mi burbuja haciendo que pegara un bote por la sorpresa.

-- ¿Hermano? – pregunté como una tonta. Obviamente eran hermanos si ambos eran Cullen.

-- Así es, Edward es mi hermano mayor. Nos llevamos un año igual que Rose y Jazz.

Le puse más atención a Alice que ya se había sentado junto a Edward. Me fijé en los rostros de ambos y note que compartían ciertas características, como el tono de piel y la forma de los labios y de los ojos; los dos eran muy guapos, pero para mi quien se robaba el titulo de la hermosura perfecta era Edward sin duda alguna.

-- Y Emmett es nuestro primo – añadió Alice, sonriéndole juguetonamente al enorme aludido.

-- ¿En serio?

-- Si, nuestras madres son hermanas – me explicó Edward con esa voz suave como si me estuviera arrullando.

-- Bueno, ahora me siento como una intrusa, todos tiene relación excepto yo – estaba cómoda pero en verdad ahora me sentía como una extraña entrometida en medio de una íntima reunión familiar, sobre todo porque el aura que desprendían aquel grupo de jóvenes beldades era exactamente eso: familiar. Y terriblemente acogedora.

-- ¿De qué hablas Bella? No eres una intrusa, eres nuestra amiga – puntualizó Alice como si fuera lo más obvio del mundo, y después añadió:

-- Es más, yo te siento casi mi hermana – y después le dirigió a Edward una mirada suspicaz antes de que él desviara la vista otra vez. Fingí no darme cuenta de ese gesto.

El resto del almuerzo transcurrió entre conversaciones de las cuales yo era el tema principal. Todos me hacían preguntas sobre mi escuela en Phoenix, mis padres, mis pasatiempos, etc., y yo les respondía con naturalidad; ellos me contaban sus anécdotas mas graciosas, extrañas o incluso con matices de tristeza, y yo también les hacía preguntas y comentarios sobre casi todo, como si nunca hubiera sido una chica tímida e introvertida. Me desenvolvía con suma facilidad dentro de ese peculiar grupo de amigos-familia, tanto que, por primera vez en mucho tiempo, me desconecté del mundo a mí alrededor a tal grado que ni siquiera notaba a las demás personas o el tiempo transcurriendo, y solo era vagamente consciente del deseo de no querer que la hora del almuerzo terminara.

Pero el tiempo no concede caprichos, y después de una hora demasiado breve o infinitamente larga, dependiendo de la perspectiva, sonó el timbre que indicaba el fin del almuerzo.

Saqué mi horario de la bolsa de atrás de mis vaqueros, pero apenas estaba leyendo la palabra Biología cuando Alice me interrumpió con la voz tensa por la anticipación. No entendía muy bien esa actitud.

-- Bella te toca Biología ¿verdad? – asentí cautelosamente.

-- Si, alguien podría de…

-- ¡A Edward también le toca Biología en tu clase! Vamos, vamos, ya es tarde – comenzó a empujarme antes incluso de que terminara de levantarme; no me molestó pero me desconcertó que estuviera así de emocionada de que tuviera Biología con su hermano; tanto que no me sorprendería que comenzara a saltar de un lado a otro como si fuera un personaje de caricatura. Siendo sinceros, yo también podría estar como Bugs Bunny ante Lola Bunny, pero jamás lo admitiría: era completamente ilógico que pudiera sentirme emocionada por compartir clase con Edward, ni siquiera lo conocía. Aunque él fuera tan… interesante, eso no justificaba que estuviera sintiendo unas cuantas mariposas revoloteando en mi interior. ¿Qué me estaba pasando?

Miré a Alice con cierta preocupación y luego a Edward como pidiéndole ayuda; el pareció entenderme al instante, lo cual me dejó algo inquieta (sentí casi como si hubiera leído mi mente).

-- Tranquila Alice, no presiones a Bella – le dijo mientras le lanzaba una mirada de advertencia, y después se volvió hacia mí:

-- ¿Te molesta si te acompaño? Ya sabes… estamos juntos… o sea, en la clase… la tenemos juntos… yo… -- sin poder evitarlo le sonreí todo lo que pude; me enterneció verlo nervioso, sobre todo cuando había empezado la frase tan confiado, en apariencia, de sí mismo.

-- Para nada, al contrario, te lo agradezco Edward – el pronunciar su nombre me provocó un escalofrío en la nuca. Casi me sentí ridícula… casi.

********

El aula de la clase de Biología era un laboratorio: con mesas alargadas para dos personas que tenían contactos eléctricos y las llaves de agua y gas. Como todas.

Realmente todo se parecía mucho a mi anterior escuela en Phoenix. Podría pensar que seguía en Arizona de no ser porque afuera estaba lloviendo a cántaros… y porque a lado mío estaba sentado el ser más hermoso que podría haber en el mundo, de carne y hueso, a escasos treinta centímetros de distancia.

Después de la presentación con el profesor, me fue asignado el único lugar que quedaba disponible, junto a Edward. Al principio no podía comprender como es que un asiento junto a él estaba libre, pero después pensé que tal vez el profesor no dejó que nadie se sentara allí; ningún alumno trabajaría junto a Edward Cullen: los chicos por estar odiándolo, y las chicas por estar fantaseando.

La clase no era muy interesante que digamos, así que por primera vez me entregué a una contemplación mas detallada del muchacho que se inclinaba sobre su libro con actitud de concentración.

El cabello, ligeramente largo y de aspecto despeinado, tenía un peculiar tono que nunca antes había visto: una combinación entre el color del caramelo, castaño claro y un matiz cobrizo. Su piel era hermosamente pálida: clara, pero sin parecer una hoja de papel, y las mejillas las tenía ligeramente sonrosadas. Las cejas eran de color castaño oscuro, rectas, gruesas y definidas; los ojos tenían una bonita forma almendrada y… ¿ya mencione que eran del color verde esmeralda mas brillante y hermoso que hubiera visto en mi vida? Una nariz recta y perfecta, del tamaño ideal para su cara de ángel.

Sus labios… sus labios; eran de un suave color fresa, no gruesos ni delgados, solo perfectos, carnosos, con una forma muy bonita que casi podría describirse como "de corazón". Un mentón y mandíbula fuertes y varoniles, sin un rastro de vello facial.

Su cuerpo era atlético y atractivo, y aun con esos vaqueros desteñidos tan comunes y un ligero suéter de cuello alto, llamaba más la atención que cualquier modelo de ropa interior de Calvin Klein. O al menos esa fue mi impresión antes, al verlo caminar apenas unos minutos por el pasillo, con un porte tan elegante que cualquier príncipe del mundo se pondría celoso.

A pesar de que lo estaba haciendo discretamente, supongo que mi escrutinio se volvió perceptible porque de repente Edward clavó su mirada en mi cara, y me regaló otra de esas hermosas sonrisas:

-- ¿Puedo preguntar que estás viendo con tanta atención?

La pregunta sonó algo ruda, pero al ver sus ojos amables y esa cálida sonrisa, me invadió un sentimiento de tranquilidad y confianza que me desarmó por completo. Al parecer los buenos modales y la discreción se esfumaron de mi cerebro porque sin pensármelo dos veces le solté:

-- Solo estaba dándome cuenta de lo guapo que eres.

Idiota, idiota, idiota.

¿Cómo demonios fui capaz de decir eso? No es que no fuera cierto, pero no tenia porque decírselo, y menos de esa manera.

Edward puso una cara de asombro inolvidable, y yo sentí que el mundo se me venia encima. Ya lo estaba imaginando, seguramente el pensaría que estaba loca y si alguna vez hubo la posibilidad de ser amigos, en ese momento se fue al traste. Más roja de lo que había estado en toda mi vida, creo yo, me volteé y clave la vista al frente dejando que mi cabello ocultara un poco el tomate que tenía por cara en ese momento.

Unas traicioneras lágrimas de frustración estaban a punto de derramarse de mis ojos, cuando escuche una disimulada risita a lado mío.

Me volví, en parte apenada y en parte enojada, para ver a Edward con una amplia sonrisa y las cejas levantadas:

-- Directa al grano eh? – Sentí el calor de mi cara aumentando de nuevo, y la sonrisa de él se volvió mas tierna – No me esperaba esto, pero ya que surgió el tema debo decir que tú también me pareces muy guapa.

Habría jurado que noté cierta vergüenza en sus ojos al decirlo, y que el ligero rosado de sus mejillas aumentó apenas perceptiblemente. Aun sonriendo, bajo la vista unos segundos, para después volver a mirarme y soltar otra risita.

Suspiré de alivio y yo también me reí ligeramente.

-- Creo que no debí habértelo dicho – le dije aun con el pronunciado rubor en las mejillas.

-- ¿Por qué no?

-- Bueno, no es algo que se le dice a las personas el día que las conoces.

Él lo meditó unos segundos y después me respondió:

-- Me parece que la atracción física no esta sujeta al factor tiempo. Es algo instantáneo: se da o no se da. ¿Cómo se le llama?... Es… "química".

Eso me sorprendió. No parecía un chico que pudiera hacerle caso a la "química". Aunque pensándolo bien, ni siquiera lo conocía.

-- ¿Así que tú crees en todo eso? "Química", "amor a primera vista", etc.

Edward volvió a ver al suelo mientras sonreía vacilantemente.

-- Bueno, nunca lo había hecho, pero… -- miró fijamente mis labios un par de segundos, para después subir a mis ojos, y verlos de una manera coqueta y tierna a la vez --… hoy en el almuerzo… me convertí en creyente.

Parpadee incrédula un par de veces, antes de regresarle la sonrisa.

Antes había dicho que sentía unas cuantas mariposas revoloteando. Bueno, ahora la expresión correcta sería: sentía todo un enjambre de furiosas abejas asesinas zumbando y volando por mi estómago como si fuera un panal al que hubieran agitado vigorosamente.

Me estaban temblando un poco las rodillas. Aun nos estábamos mirando, pero antes de que pudiera responderle…

-- ¡Cullen! ¡Swan! – ambos nos sobresaltamos al escuchar la enojada voz del profesor Banner. Él se contuvo un poco antes de volver a hablar – La vista al frente por favor – dijo señalando la pizarra blanca que tenía a un lado.

Edward y yo asentimos y fijamos los ojos al frente como el profesor había ordenado. Cuando estuvo seguro de tener nuestra atención, se volvió y siguió escribiendo en la pizarra con un marcador azul.

Mi compañero de laboratorio y yo nos miramos disimuladamente con el rabillo del ojo, y después sofocamos una risita que se nos había escapado.

Para evitar ser reprendidos de nuevo, Edward y yo hablamos a través de notas que iban de un lado a otro discretamente, y ocasionalmente en murmullos. A pesar de eso la conversación era "fluida" y muy interesante.

Ese fue nuestro modo de comunicación los días siguientes cuando compartíamos clase, y cuando estábamos libres de profesores que pudieran mandarnos a detención, también nos enfrascábamos en diversas conversaciones.

Podía sentir la "química", y como el mismo Edward lo había dicho, yo también me convertí en creyente. Vislumbraba en él y en su personalidad magnética a un posible mejor amigo, algo que nunca antes me había parecido posible, ya que el 99% de las personas que conocía tachaba de extraña mi personalidad y se alejaban de mi. Y él, por el contrario, parecía muy interesado, y lo que era mejor, me comprendía y compartía conmigo muchos puntos de vista sobre muchas cosas; lo cual, por cierto, me encantaba y me hacía muy feliz.

Al pasar los días y ver que el color en ellos no disminuía, gracias sobre todo a Edward y su particular y muy especial familia, comencé a concebir la esperanza de que mis días ya no se volverían grises otra vez.


Bueno ¿Qué les pareció?

Por favor déjenme sus comentarios, sugerencias, etc. ^^