―¡Sorpresa!

La voz de Rose rozó el oído de Scorpius antes de que la venda resbalara de los ojos del rubio. Y sí que se sorprendió: la habitación de su novia estaba cubierta, casi en su totalidad, por velas encendidas. En el suelo, sobre las mesitas de noche, en los rincones. La cama vestida con un edredón blanco representaba un oasis entre las luces naranjas que los rodeaban. Todo el mal humor que le producía discutir con su padre se drenó del cuerpo de Scorpius con un suspiro. Rose sabía exactamente cómo hacerlo sentir mejor.

El muchacho sonriente se volvió hacia ella e inmediatamente sus manos viajaron hasta los botones de la blusa color verde claro. Rose permitió que un escalofrío la estremeciera mientras enredaba los dedos en el cabello rubio de su novio, con la certeza de que, finalmente, iba a suceder. Desde sus tiempos en Hogwarts, pensar en su primera vez con un chico siempre le producía una especie de temor, un temblor de extremidades, un rubor avergonzado que se esparcía por las mejillas coronadas de pecas. De todas maneras, no pensó demasiado en el asunto hasta que Scorpius y ella comenzaron a encontrarse en los pasillos oscuros del colegio, a escaparse de los testigos para besarse clandestinamente detrás de los muros. Entonces, le asaltó la incertidumbre de lo que esperaba su novio de ella, de hasta dónde llegarían la próxima vez que se buscaran. Sabía muy bien que él no era virgen, y que tal vez terminaría aburriéndose de la muchacha aniñada y permanentemente sonrosada que no lograba controlar su pulso cuando los labios masculinos rozaban los suyos. Pero Rose poseía un concepto muy errado de lo que pasaba por la mente de Scorpius. Siempre respetando los límites tácitos que él mismo se había impuesto, nunca avanzó más allá de lo que su novia le permitía. Con lo impredecible que ella podía llegar a ser, se guiaba por su lenguaje corporal, y estaba consciente de que una caricia atrevida podía provocar que Rose huyera lejos de sus brazos, debido a su inexperiencia. Por primera vez, se propuso ir poco a poco con una chica; estaba dispuesto a esperarla porque sabía, no encontraría a nadie como Rose en toda su vida.

Y su paciencia estaba rindiendo frutos. La muchacha se encargó de deshacerse de la camisa masculina y, procurando no llevarse ninguna vela por delante, se dejaron caer en la cama, sin saber a quién le pertenecía este brazo o esta pierna, porque no importaba; pronto serían uno solo. Rose permitió que la falda resbalara por sus piernas, y al hacerlo atisbó una vela encendida en la mesita de noche. Inmediatamente recordó una escena de las tontas películas muggles que transmitían los domingos por la noche en la televisión; en ella, la chica esparcía un poco de cera caliente sobre la piel del chico en cuestión. ¿Qué podría salir mal si Rose lo intentaba con Scorpius?

La mueca de dolor que el rubio no pudo disimular le indicó a su novia que todo podría salir mal. Actuando bajo un impulso, la muchacha había intentado imitar la escena de la tonta película muggle, sin contar con que la cera derretida y caliente terminaría quemando el abdomen de su novio, y al notar que le estaba haciendo daño, Rose se sobresaltó y el líquido ardiendo aterrizó sobre la entrepierna del chico. Horrorizada, la pelirroja descendió a tropezones de la cama, dejando caer en su apuro la vela encendida de su mano, y llevándose por delante otro par al tocar el suelo y salir corriendo en busca de algún ungüento para aliviar a Scorpius. Sin embargo, éste la detuvo antes de que abandonara la habitación.

―Estoy bien ―le susurró para tranquilizarla, aguantándose las ganas que tenía de huir para introducirse en una bañera llena de hielo. Rose no lo había hecho con mala intención, y tenían que aprovechar el momento. La muchacha comenzó a replicar, disculpándose, ruborizada de vergüenza, pero Scorpius la silenció con un beso y la llevó de vuelta a la cama. No contaban con la existencia de algo más ardiente que sus deseos. Mientras se acercaban lentamente al lecho, el muchacho pensaba que el calor se debía a las quemaduras en su pecho y entrepierna, y también podía ser producto de toda esa tonelada de sensaciones encontradas que Rose le provocaba. Pero varias cosas le indicaron que estaba sumamente equivocado: el olor a quemado, el grito de su novia al ver el edredón en llamas, el humo que apenas le permitía respirar, y la alarma contra incendios que se disparó en el pasillo.

Al mismo tiempo, lograron oír los toques frenéticos a la puerta, y Rose se cubrió con una bata de dormir antes de salir corriendo a atender, aterrorizada. Scorpius resguardó su nariz y boca del humo con una mano, mientras que con la otra buscaba su varita en el suelo de la habitación. Las llamas lamían la tela blanca, y sabía que debía actuar rápido si no quería que el incendio los matara a todos.

―¿QUIÉN SE ESTÁ QUEMANDO AHÍ ADENTRO? ―gritó la señora Stone, vecina y anciana ligeramente histérica, ataviada con un pijama enorme y unos rollos en el pelo canoso, con las gafas desencajadas sobre el puente de su nariz, y arrojó una cubeta de agua sobre la asustada Rose, que acababa de abrir la puerta―. ¡SE ESTÁ INCENDIANDO TU CASA, NIÑA!

―¡LO SÉ! ―le contestó Rose a gritos también, completamente empapada y sorprendida, y no logró protestar antes de que la señora Stone se hiciera paso hasta el origen del humo, que para ese momento ya se había esparcido por todo el apartamento. Pero ya no había fuego; se sorprendieron las dos al alcanzar la habitación y encontrar a Scorpius, semidesnudo, frente a la cama ennegrecida y humeante.

―¡Esto pasa cuando ya no tienen sexo a la antigua! ―los sermoneó la señora Stone, mientras era guiada por Rose fuera del apartamento. Ambos se sonrojaron y reprimieron una sonrisa. La muchacha sabía que nunca más podría mirar a la anciana a la cara―. ¡Incendiando camas, válgame Dios! ¿Qué ya no pueden conformarse con…?

―Buenas noches, señora Stone, gracias por preocuparse ―la interrumpió Rose al llegar a la puerta. La anciana entrecerró los ojos y negó con la cabeza y, apuntándola con el dedo, le dijo al salir al pasillo:

―Ya le contaré a tu madre de esto.

Mierda.


Una tonelada de gracias por los reviews. Aviso que no podré actualizar diariamente como hasta ahora, pero sólo estoy dramatizando, puede que traiga el próximo capítulo en un par de días. Y también que ya se acerca el final. Besos y gracias de nuevo por leer.