Reto: Abecedario / 10 parejas
Claim: Tenjouin Asuka
Pareja: Edo Phoenix
Tema: 18. Estrella
Hace frío. En ese mundo siempre hace frío y el viento tira de su ropa como si quisiera llevársela, como si quisiera con ella calmar la eterna tempestad que sacude el mundo, ese mundo desconocido y nuevo al que ha ido a parar. ¿Dónde estoy? Se pregunta el primer día, cuando se ve rodeada por la oscuridad, cuando la única vista que hay entre sus ojos y la nada es un castillo blanco, erigido no con piedra o granito, sino con algo más fuerte que el acero, algún tipo de lámina que sólo ha visto en las armaduras de los montruos.
—Es tu castillo —le responde la voz en su cerebro, tan familiar que no se cuestiona su existencia, mucho menos sus palabras, un consuelo en ese mundo aparentemente solitario—. Aquí reinarás. Aquí te serán traídos tanto tus enemigos como tus amigos, aquí erigiras la fortaleza para gobernar los doce reinos, las doce dimensiones.
—Once —puntualiza ella, cuando el recuerdo de su batalla con Saiou invade su cerebro, así como también imágenes difusas de los últimos segundos de la dimensión de donde provenía, de sus padres muertos en el suelo y la ropa de Fubuki hecha jirones en su habitación—. Son once ahora.
El recuerdo parece haberle devuelto su fortaleza, aquella fría crueldad y determinación que la ha movido durante días entre desiertos de arena, entre, quizás, dimensiones apenas recordadas. Sus pasos se encaminan hacia las puertas del castillo, tan inusual pues no tiene a sus pies un reino al cual gobernar. Sin embargo, no importa. Ése mundo, todos los que quedan... Todos son suyos por derecho, por decreto de la luz. ¿Y qué importa ya la dimensión destruída, las amigas perdidas, los padres masacrados o el hermano desaparecido? Apenas son figuras borrosas bajo sus párpados, cubiertos de luz. Apenas son figuras minúsculas comparadas con el reino, con el plan mayor.
—Existe otro mundo —aún recuerda la voz dentro de sus sueños, aún recuerda las palabras dulces y suaves, de cuando su cuerpo vagó, como un meteorito, surcando el espacio de oscuridad para irse a posar en ese mundo desconocido, tan suyo y a la vez tan nuevo—. En ese mundo no existen las guerras, ni el hambre, ni los monstruos. En ese mundo está tu hermano y estás tu misma, en ese mundo más allá de la cuarta pared... Conquístalo y Fubuki regresará a tu lado, junto con un ejército de esclavos de la luz, junto con tus padres y también con el señor de la oscuridad, cautivo, ajeno de toda esta guerra. Conquístalo y lo tendrás de vuelta...
Saiou se habría preguntado cómo llevar a cabo dicha hazaña sin hombres que lo apoyaran, sin poderosos aliados, sin nada más que un mazo lleno de cartas y otro ensangrentado del tarot, pero Asuka no dijo nada y se limitó a entrar en la fortaleza blanca con paso seguro, con aquella irrompible certeza de que las cosas comenzarían a moverse por sí solas.
Es ahí. Afirma la voz tras recorrer un largo pasillo, también inmaculado y blanco, seco de cualquier adorno y cualquier voz, sólo el sonido de sus tacones retumbando por el espacio. Una larga escalinata se extiende hacia pisos superiores, en donde cada nivel tiene puertas y ventanales secretos, donde sin duda podría resguardar a su ejército el día que llegue, pero es el eslabón más alto de la cadena la que la aguarda, el último piso donde no hay mayor protección que el cielo negro azulado y la extensión interminable y vasta de arena hasta donde no alcanza la vista.
Un trono es el único adorno del lugar, blanco como todo, enorme como para un gigante. No necesita oír que le pertenece, ella misma avanza hasta sentarse y vigilar su reino muerto, escaso. La promesa del otro mundo no la tienta como la luz piensa que debería, la promesa de nada en realidad... Ni siquiera el pensamiento de su hermano. (Está muerta, después de todo). Todo lo que tiene, todo lo que es, es la luz en sí misma. Su hermano, su padre, su esposo, su amo, sólo es la luz.
—Y así es mejor —dice en voz baja, sentada con la espalda recta sobre el gran trono blanco—. Vivir sin lazos, sin padres, sin pasado. Vivir para pelear.
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No importa cuántas veces lo haga, el resultado siempre es el mismo. La estrella. La carta de la estrella repitiéndose una y otra vez con cada tirada, siempre en la misma posición invertida. Los cambios están sucediéndose como ella lo predijo, los cambios la alcanzan mientras los días avanzan con ella y su señor presos de la soledad, un castillo demasiado grande lleno de provisiones (te dije que te lo daría todo) y la baraja sucia de sangre de Saiou.
La estrella. La estrella. Aquella que sólo aparece en las noches bajo sus párpados, pero sólo como una luz y no como un astro, no como los cientos de significados románticos que alguna vez llegó a escuchar. La que simboliza la luz y el destino, el momento de la verdad, donde se obtendrá aquello que se merece, si se es capaz de defenderlo.
La estrella.
Los pasos se hacen cada vez más fuerte conforme alguien sube las escaleras hacia su trono, su primer vasallo le susurra la luz, su primer plebeyo o su primer comandante. Asuka tiene entre las manos la carta destinada, sabiendo de antemano que el símbolo de la misma avanza hacia ella con lentitud, pues ya hace días que lo ha visto a la lejanía, la sombra plateada cubierta por una capa negra.
—Edo Phoenix —permanece rígida cuando el hombre hace aparición, hincando una rodilla contra el suelo para presentarle unos burlones respetos, por cómo relampaguea su sonrisa debajo de la capucha—. ¿Vienes a unirte a mí o a despreciarme? Te he estado llamando.
—No vengo a ofrecerle mis servicios, alteza, al menos no como un comandante o un lamebotas real, el primero y único, parece —deja caer su capa para que ella admire el cabello plateado, los ojos azules sin duda símbolos de la luz—. Sólo quiero hacerte una advertencia. Ellos están viniendo. Vienen cientos, miles quizás. Han oído de usted en todas las dimensiones y quieren unírsele. Pero...
El revuelto de su capa fue tan rápido que casi pareció una sombra surcando el espacio entre ellos, pronto, Asuka encontró a Edo a escasos centímetros de su rostro, mirándola con sorna, como si no le importara en lo más mínimo el poder de la luz.
—Pero... Quizás no debería de fiarse de todos ellos, ¿sabe?
—¿Tú a quién eres fiel? —la estrella, el destino.
—A ti no, por supuesto —se da la vuelta para observar el horizonte, aún sin señas del ejército que ha vaticinado, todos hombres y monstruos dispuestos a ponerse a su disposición en la guerra, misma que no tenía más objetivo que pelear por pelear o al menos así lo veía ella—. Sólo he venido a dejar el mensaje. Si me disculpa, alteza.
Baja las escaleras con parsimonia, su capa negra pegada al cuerpo debido a la escasa brisa. Ella no aparta sus ojos de su espalda hasta que ésta se pierde en las profundidades de su castillo, de su más profundo secreto.
No debería de fiarse de ellos...
¿Quién le ha mandado dicho mensaje y con qué intención? ¿Por qué Edo Phoenix ha ido a buscarla y más aún, por qué sabe ella su nombre?
¡Es él! Gimotea una voz en su interior, tan parecida a la de la vieja Asuka, que se conformaba con jugar un rato con su hermano al duelo de monstruos, ante la atenta pero aprobatoria mirada de su madre. Es Fubuki.
—Y le encantará unirse a la guerra cuando empiece —afirma ella, levantándose de su trono, las cartas cayendo de cualquier manera en el suelo, con la estrella siempre brillante y sobresaliente entre el mazo—. Le encantará.
FIN.
