Todos los personajes mencionados en la historia son de Stephanie Meyer.

Prohibido

Capítulo 1

Ojalá aceptaras, Isabella querida –le dijo Carmen Denali—, me quedaría más tranquila y te lo agradecería mucho.

—Le agradezco que me haya ofrecido el puesto, Señora Denali, pero no estoy capacita para ser enfermera— repuso Isabella.

—No te estoy pidiendo que seas su enfermera, Isabella— le explicó la señora Denali—. Mi marido debe ir a Australia seis meses para abrir una sucursal de la compañía e insiste en que yo lo acompañe. Bueno, lo que te pido es que atiendas las necesidades de Tanya, además de que seas su amiga y la acompañes. Tú y ella erais inseparables, ¿no es así, querida?

Sí, pensó Isabella. Siempre iban juntas a todas partes, a fiestas, al cine, a patinar, a bailar. Casi al mismo tiempo habían decidido recibir clases de música. Tanya había descubierto que tenía buena voz, y Isabella tenía más aptitudes para el piano.

Tanya, de rubio, esbelta y llena de vida, se había unido a un grupo de rock como cantante principal, con el nombre de Tanya's Band, y Isabella, con los cáfes profundos, la piel blanca y el cabello color caoba con reflejos rojos al tocarlo el sol, había continuado con sus clases de piano.

Mientras Tanya Denali ascendía en la escala de la fama y popularidad, Isabella Swan, mucho más modesta en sus ambiciones, se colocaba como asistente en una distribuidora de periódicos y libros.

Pero la tragedia se presentó en la vida de Tanya.

—El grupo se dirigía a una presentación —le contó Carmen Denali, con los ojos llenos de lágrimas—, cuando un camión derribó el muro de contención y chocó contra ellos en el carril contrario. Fue tal el golpe que la camioneta en la que viajaban salió volando. Los cuatro jóvenes que viajaban con ella salieron malheridos, pero se recuperaron pronto. Tanya fue la que se llevó la peor parte. Iba en el centro del asiento delantero, no llevaba el cinturón y salió disparada por el parabrisas.

—¡Oh, Dios, no! ¿La cara? —preguntó Isabella horrorizada.

—Los cirujanos plásticos hicieron maravillas —contestó la señora Denali.

—¿Y como está ahora? —preguntó Isabella después de una pausa.

—Está en una silla de ruedas —respondió Carmen con amargura.

—¡Es terrible! —exclamó Isabella. La vivaz, activa Tanya Denali confinada en una silla de ruedas—. Lo siento mucho.

—Pero no para siempre, nos lo han asegurado —repuso Carmen—. Está muy desanimada, Isabella, y no hace nada por ayudarse. Ni siquiera intenta hacer los ejercicios que le recomendó el médico. No canta aunque se lo suplique. El grupo ya tiene una nueva cantante. Lo que me temo es que si no hace un esfuerzo, pronto la olvidarán y nunca volverá a donde estaba. Tú puedes ayudarla, querida.

—Hay un concierto benéfico al que le pidieron que asistiera y cantara, dentro de un mes más o menos—prosiguió Carmen—.Pensamos que sería una buena oportunidad para que volviera. Pero ella ha rechazado la idea. Dice que no puede hacerlo en una silla de ruedas. Insiste en que el público se compadecería de ella. Isabella —Carmen le suplicaba con la mirada—, mientras la cuidas durante nuestra ausencia te agradeceríamos que practicaras con ella para que recupere el nivel musical que ya había alcanzado. Tu sabes mucho de música.

—Pero... —titubeó Isabella.

—Su prometido, Edward —continuó la señora Denali—, también te lo agradecerá. Sí, está comprometida —explicó Carmen—. Todo fue muy rápido. Antes del accidente estaba decidida a contraer matrimonio con Anthony, el baterista del grupo. Pero todo terminó. Cullen, su hermano, se convirtió en el hombre de sus sueños.

—¿Edward Cullen? He oído ese nombre en algún sitio — repuso Isabella.

—Es posible —señaló Carmen—. Es un hombre de negocios, miembro de la junta directiva de varias compañías.

—Lo que significa —comentó Isabella—, que si acepto hacerme cargo de Tanya, en realidad estaría trabajando para ese hombre.

—Supongo que sí, querida —dijo Carmen—. ¿Te preocupa?

—No, pero, ¿no puede ayudarla él? Alegrarla, quiero decir, convencerla de que haga un esfuerzo, no por él, sino por ella misma. Cuando alguien ama a una persona...

—Edward tiene más de treinta años, querida. Tú eres de la edad de Tanya... veinticinco o veintiséis. Fueron buenas amigas.

Pero ya eran personas diferentes, hubiera querido decir Isabella. Entonces recordó sus propias experiencias. Su pequeña tienda de porcelana, cristal y otros artículos, había disfrutado cada minuto.

El destino implacable lo había cambiado todo. Cerca de la tienda habían abierto un gran centro comercial y Isabella había perdido toda su clientela. Unos cuantos meses después, Isabella se había visto forzada a cerrar y estaba completamente endeudada.

—Isabella, ven a ver a mi hija, por favor —suplicó la señora Denali. Isabella asintió, Carmen pagó la cuenta y salieron de la cafetería.

Después de unos cuantos minutos llegaron al barrio de Tanya, Carmen Denali conducía con precaución.

—También hemos pensado en contratar a una enfermera, alguien que sustituya a Edward. Hasta ahora, él se ha ocupado de ella. Pero no podemos pedirle que lo haga siempre. Estoy segura de que ha descuidado su trabajo para estar con ella. En realidad, esta es la casa de Edward —prosiguió Carmen—. Nosotros podríamos vivir aquí, hay mucho sitio, pero tenemos nuestra propia casa y no queremos dejarla.

—Buenas tardes, señora, señorita —las saludó un hombre alto de mediana edad que abrió la puerta.

Isabella, admiró la elegancia de la decoración de la casa, que con seguridad satisfacía plenamente al dueño. Tanya apareció en su silla de ruedas.

—Hola, mamá. He oído voces. ¿Quién...? ¡Isabella Swan! Oh, Bella, Bella… ¿Hace cuántos años, Bella? ¿Ocho? ¿Nueve? No has cambiado nada —con los brazos entablilla— dos trató de abrazarla.

La madre de Tanya tenía razón. Su hija todavía era guapa, aunque no tanto como lo había sido antes. Tenía cicatrices en las mejillas y en la barbilla, un residuo de piel que todavía no había cicatrizado del todo alrededor de los ojos. La expresión de los ojos azul como el cielo de Tanya Denali fue lo que conmovió a Isabella; reflejaba dolor y desesperación.

— ¡Oh, Tanya! —exclamó Isabella abrazándola—. ¿Qué puedo decir?

—Nada, no te preocupes —fue la respuesta de Tanya—. Estás muy bien. Te ves muy bien.

Señaló los brazos inútiles, las piernas enyesadas, la cara de la que empezaban a desaparecer las señales de la cirugía.

—Mi nariz —la tocó con un dedo—. Todavía no está bien.

—No tiene nada de malo —comentó su madre con cariño.

—A mí me gusta —la tranquilizó Isabella, pero Tanya negó con la cabeza.

—Tiene una bola aquí —señaló Tanya—. Me voy a volver a operar, me lo ha prometido Edward. Su voz era alegre, pero Isabella notó la falta de ánimo en su mirada.

—Las dejó solas para que puedan platicar a gusto —se disculpó Carmen Denali y besó a Tanya—. Isabella yo... —se detuvo, pero Isabella casi pudo adivinar lo que estaba pensando—. Por favor, acepta el empleo. No tengo a nadie más a quien pedírselo, nadie en quien pueda confiar. Un poco más tarde vendré a recogerte. Hasta luego.

—Vamos a mi salón —la invitó Tanya—. Así lo llamaban hace doscientos años, cuando construyeron la casa.

Isabella se sentía como si le hubieran tendido una trampa. ¡No podía negarse!

—Tu madre me ha dicho... —empezó Isabella.

— ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí? —interrumpió Tanya—. Todos dicen que he tenido suerte de salir con vida. ¿Tú qué crees? Isabella se dio cuenta que era una pregunta de prueba, sin embargo, para ella, siempre positiva y optimista, sólo había una respuesta.

Mucha suerte. Tanya, eres joven y pronto estarás bien. Tienes un futuro por delante...

— ¿Lo tengo? ¿Cómo qué? —preguntó Tanya con amargura.

—Tu matrimonio... —para Isabella la respuesta era obvia.

— ¿Sabes lo que dijo mi novio después del accidente? — expresó Tanya.

—Él también resultó herido, ¿no? —señaló Isabella.

—Unos cuantos moretones. Me vino a ver al hospital y ¿sabes cuál fue su reacción? «Dios mío —dijo—, estás acabada. Lo siento, todo ha terminado».

— ¿Quería decir que ya no podías seguir en el grupo? — preguntó Isabella.

—No sólo eso. ¡Que me apartara de su vida! —la voz de Tanya se quebró en un sollozo—. Isabella, estábamos tan unidos. Éramos... —juntó los dedos —así, y mira lo que me hizo. Pero... su hermano siempre venía a verme. Edward es maravilloso. ¡Vale lo que dos Anthonys! Anthony ya no me importa, Edward me ha dado tanto, y no sólo me refiero a este anillo. Pagó todo, me trajo a esta casa, las operaciones, las enfermeras, todo lo que he necesitado... —la miró desafiante—, y no lo hizo por compasión.

—Ni siquiera se me ha ocurrido pensarlo —repuso Isabella indignada.

—Está bien, perdona. Tú no eres como los demás —la mi rada de Tanya todavía era desafiante—. Algún día volveré a ser toda una mujer y volveré a embelesar al mundo con mis canciones, como lo hacía antes.

—Lo harás —añadió Isabella convencida— y volverás a grabar videos... ¿cómo se llamaba tu grupo?

Moon Light, ¿qué te parece? — contestó Tanya con un brillo en los ojos—. y lo logramos, nos hicimos famosos —de pronto Tanya perdió su alegría y la embargó la tristeza. Qué tú estés aquí será un cambio en mi vida, Isabella. Me alegro de que hayas aceptado. Tanya extendió los brazos entablillados y los mantuvo así hasta que Isabella se acercó para abrazarla.

—Oh, Tanya —cedió Isabella con una sonrisa—. Nunca he hecho este tipo de trabajo, pero estoy dispuesta a intentarlo.

—No lo consideres como un trabajo, Bella. Todo lo que tienes que hacer es ser mi amiga.

— ¡Tanya! —la voz que provenía de la puerta la sobresaltó. Tanya hizo girar la silla e Isabella se separó de Tanya.

—Oh, Edward —Tanya volvió a extender los brazos, pero no pudo mantenerlos en alto por el esfuerzo anterior—, ven a conocer a mi amiga, Isabella Swan.

Edward era alto, de una cabellera cobriza, ojos verdes esmeralda aunque con un matiz obscuro que daba la impresión de contener muchas cosas en su interior. Era un hombre muy atractivo. Tenía una sonrisa tierna e indulgente para Tanya, su prometida, pero dirigió a Isabella una mirada fría y no muy amistosa.

Bueno este es un nuevo fic, espero que les haya gustado este capítulo.

Hagan sus comentarios de cómo ven a esta historia. Se acepta de todo (menos recordatorios a la familia)