Todos los personajes mencionados en la historia son de Stephanie Meyer.

Prohibido

Capítulo 3

— Pronto me van a quitar esto –anunció Tanya unos cuantos días después, señalando las tablillas de los brazos-.

Me lo ha dicho esta mañana. Pronto podré hacer cosas yo sola...

— Entonces me pedirá que me vaya, ¿no es cierto?— contestó Isabella sonriente mientras la peinaba.

— He querido decir— repuso Tanya de inmediato-, que seré un poco más independiente, no que vaya a poder hacerlo todo sin ti.

— No hablaba en serio, Tanya— la tranquilizó Isabella-. No te dejaré. ¿Qué te parece mi trabajo de peluquera?

— Increíble. Así es Como me gusta... suelto, suave y rizado. Parece estar domesticado.

— ¿Domesticado? ¿Quieres verlo?— Isabella se deshizo el moño, sacudió un poco la cabeza y el pelo cayó casi hasta la cintura.

— jVaya, Isabella!— Tanya giró la silla-. Lo tienes más largo que antes.

— Así que retira lo de «domesticado», Tanya Denali o...— bromeó Isabella.

— Lo retiro— respondió Tanya sonriendo-. Mantén la melena bajo control o...

Tanya se interrumpió e Isabella vio a Edward entrar en la habitación y acercarse a ellas. Isabella y Edward procuraban no encontrarse demasiadas veces, sin embargo, éste nunca había dejado de presentarse cuando lo llamaba para pedirle que cogiera a Tanya para subir o bajar las escaleras. Era un hombre enigmático, e inescrutable ya Isabella le molestaba no conseguir definir sus sentimientos.

— Edward— dijo Tanya mirando a uno y después al otro, sin darse cuenta de la corriente que surgía entre ellos, sin advertir la amenaza que se cernía sobre sus cabezas-, ¿no te parece precioso el pelo de Isabella?

— Precioso. ¿Le gusta a su novio, señorita Swan?— ¿Tienes novio, Isabella?— preguntó Tanya-. No me lo habías dicho.

— Porque no tengo— repuso Isabella-. He tenido alguno, pero cuando abrí la tienda, no tenía tiempo ni para pensar y mucho menos para pensar en un noviazgo— empezó a recogerse el pelo.

— Me enteré del cierre de su negocio— comentó Edward, con la mirada fija en Isabella-. Se comenta que fue un fracaso.

— Yo no lo consideraría así— repuso Isabella-. Para mí no lo fue. La apertura del centro comercial hizo que cambiaran las circunstancias. Los que tenían dinero cambiaron de local, los que no, como yo, nos quedamos en donde estábamos. y yo también, como ellos, me vi obligada acerrar.

— ¿Tuvo grandes pérdidas financieras?— preguntó Edward, con cierto interés.

— Por desgracia, sí. También perdí el capital de mis padres— explicó Isabella-. Eso fue lo que más me dolió. Ellos confiaban en mí— bajó un poco la voz-. Les fallé.

— Se juzga con demasiada dureza— señaló Edward.

— No creo. Debería haberlo previsto— repuso Isabella.

— ¡Oh! Esos constructores— exclamó Tanya-. Algunos no tienen sentimientos. Edward, ¿podrías ayudar a Isabella? Tú tienes mucho dinero...

— ¡Tanya!. Gracias por la idea, pero todo eso ya es historia— dio una palmada a Tanya en el hombro-. De cualquier manera no quiero comprometerme económicamente con nadie— se volvió a mirar a Edward-. Por favor, permítame aclarar, señor Cullen.

— Llámalo Edward –intervino Tanya un poco molesta.

— Señor Cullen –repitió Isabella decidida-, que no le pido su ayuda financiera. Aunque usted me llamó mercenaria y avariciosa, no lo soy.

— Señor Cullen— anunció una voz en la puerta-, la señorita Walton

— Gracias, Garret— dijo Edward-. Hazla pasar al estudio...

Tanya, la enfermera Walton será. ..

— ¿Enfermera Walton? –interrumpió Tanya-. ¿Quieres decir que has contratado una enfermera sin decírmelo? – con cierta torpeza pero deprisa, Tanya maniobró la silla y se dirigió a la puerta.

— Viene de una agencia que proporciona personal de primera clase— le explicó Edward-, han asegurado que quedaría por completo satisfecho con sus servicios. Si no fuera de mi agrado podrían enviar a otra enfermera.

Isabella veía su reflejo en el espejo mientras ordenaba las cosas de Tanya, y sintió que el corazón le latía con fuerza. Cada vez que miraba a Edward sentía su atracción como un imán. La conmovía de pies a cabeza.

Él se detuvo de repente muy cerca de ella y dio la vuelta

¿Había sentido las vibraciones que emanaban de ella como cargas eléctricas?

— Isabella— exclamó Edward con suavidad-. Retiro todas las acusaciones— Isabella mantuvo la mirada baja con la esperanza de que él no notara el brillo de sus ojos.

Edward era el prometido de Tanya, su futuro esposo, recordó Isabella. Era un hombre prohibido para ella. Menos mal, pensó, que no podía oír los acelerados latidos de su corazón, de eso estaba segura. Él le levantó la barbilla con las puntas de los dedos y la obligó a mirarlo.

— ¿Me perdonas?— preguntó él con suavidad.

— Yo...— ¿por qué le faltaba el aliento, tenía la boca seca y la sangre le fluía como un torrente? Totalmente ruborizada-. Te perdono— logró decir Isabella-, pero. ..

— ¿Hay un «pero»?— preguntó Edward con un brillo en los labios.

— Si voy a continuar trabajando aquí, me gustaría que confiara plenamente en mí— repuso ella con firmeza-. No entiendo por qué me acusó de esas cosas tan horribles.

— Tanya es rica.

— ¿Está insinuando que después del fracaso de mi negocio y en una difícil situación económica sería capaz de...— preguntó Isabella indignada-...recurrir al dinero de Tanya?

— Mire, ya he retirado mis acusaciones— replicó él y le tendió la mano-. ¿Amigos?

— ¿Amigos?— repitió ella-. No estoy segura... usted es mi patrón.

— ¿Va contra sus principios ser amiga de su jefe?— preguntó él con una sonrisa.

El apretón de manos que compartieron no fue convencional. Edward cogió la mano derecha de Isabella con la mano izquierda, con familiaridad. Había un magnetismo especial entre ellos. Se soltaron, sin dejar de mirarse.

— He contratado a una enfermera para quitarle un poco de trabajo— le indicó Edward, mientras ella ordenaba los cosméticos y los perfumes del tocador-. No puede tener tanta responsabilidad sobre sus hombros.

— Pero yo no me he quejado— repuso ella-. Lavarla y vestirla lo considero como parte de mi trabajo. No había necesidad de contratar a una enfermera. A menos que quiera que ella me sustituya. ¿En su forma de decirme que ya no me va a necesitar?

— Nada de eso— contestó él con firmeza-. Si hubiera decidido que usted no puede con el trabajo, ¿piensa que me hubiera andado con rodeos?

— Supongo que no— contestó ella, encogiéndose de hombros-. Por un momento he olvidado que usted es un hombre de negocios, ¿no es así?

— Sin duda, pero no soy insensible— le sonrió. Isabella se acercó a la puerta, tenía que alejarse de él.

— Lo haré lo mejor que pueda, señor Cullen, cuidaré a Tanya. Ella va a ser su esposa y sé lo mucho que significa para usted.

— Llámeme Edward— pidió él con suavidad. Isabella aceptó poco convencida y en voz muy baja musitó:

— De acuerdo, Edward.

En ese momento entró Tanya en la habitación.

— La enfermera Walton— indicó Tanya emocionada-, le presento a mi prometido, Edward Cullen, y mi amiga Isabella, quien recibe los golpes cuando yo estoy de mal humor.

— ¡Nunca...!— exclamó la enfermera Walton, regordeta y de aspecto feliz-, pretenda descargar su mal humor conmigo, jovencita. Buenas tardes, señor Cullen. ¿Cuándo...?

— Mañana— interrumpió Tanya con un brillo de alegría en los ojos-. Edward, ya he hablado con ella, no hace falta que hables tú. Ha venido en bicicleta, imagínate. desde el pueblo. Una bicicleta— se estremeció-. Por carretera.

— Tanya— le gritó su prometido-, no te pongas histérica cada vez que hables de carreteras.

— ¿No lo harías tú— preguntó iracunda-, si hubieras tenido un accidente como el mío y te hubiera pasado lo que a mí?

— Pienso, jovencita, tener mucho cuidado— interrumpió la enfermera-. Entiendo lo que siente, pero muchas veces no tratamos a las carreteras con el respeto que deberíamos –miró a Edward y cambió de tema-. ¿Mañana entonces, señor Cullen? ¿A las ocho de la mañana?

— Vivirá aquí— le indicó Edward-. Creo que lo dejé claro en la agencia.

— Ya he visto mi habitación, gracias. Mi paciente le ha pedido a Garret que me la enseñara.

La enfermera salió. Edward consultó su reloj, cogió la chaqueta y se la puso.

— ¿Te vas?— preguntó Tanya-. Siento haberte retrasado.

— Todo lo contrario. Me has ahorrado la entrevista,-se inclinó a besar a Tanya.

— Puedo seguir ayudándote. Si quieres me puedes llevar a tu oficina y ahí me encargo de todas tus entrevistas— dijo Tanya con una sonrisa.

— Cualquier día— murmuró Edward, se acomodó la chaqueta y la corbata y sonrió a Isabella. Fue sólo una sonrisa, pensó ella, podía haber sido para Tanya, que estaba a su lado. De cualquier manera, hizo que le flaquearan las rodillas.

Tres días después, Tanya estaba algo decaída. Habían salido de compras, Garret había montado a Tanya al asiento posterior del coche que Edward había comprado para que lo utilizara Isabella mientras estuviera ahí. Esa mañana, la enfermera Walton, que no aceptaba caprichos, había ayudado a Tanya a hacer los ejercicios que le había mandado el terapeuta. Tanya había terminado la sesión a lágrima viva, y muy deprimida.

— Una salida podría alegrarla— había sugerido la enfermera después de la comida, y con tacto Isabella le había transmitido la idea a Tanya.

Al principio, Tanya no había parecido muy interesada por la ropa que veían. No obstante, Isabella estaba decidida a que Tanya comprara algo, cualquier cosa que hiciera renacer el interés por su aspecto personal. Cuando habían llegado a casa, Garret había sentado a Tanya en un sofá en el que ésta descansaba, algo más animada, pero todavía triste.

Desde que Isabella había descubierto, al tercer día de su llegada a la casa, el piano de cola en la elegante habitación en la que en ese momento se encontraban, lo miraba anhelante, Isabella se acercó a él; parecía retarla orgulloso.

— Me lo compró Edward— dijo Tanya al verla-. ¿Te gusta? Tiene muy buen sonido, mejor que el piano con el que practicaba en casa de mis padres. ¿Todavía tocas?

— De vez en cuando. En el piano de mis padres— señaló Isabella-. Está viejo y desafinado.

— ¿Quieres...— Tanya tragó saliva y se aclaró la garganta- ...tocarlo, Bella?

— Oh, sí, pero no es...— titubeó Isabella.

— Tuyo y mío. No es de Edward, pero... Bella, no he oído una sola nota desde mi accidente – confesó Tanya-. No he dejado que nadie oiga la radio cerca de mí. No puedo hacerme a la idea de que nunca volveré a cantar... bueno, en público. Además, la música me trae muchos recuerdos, Bella— murmuró-, sé que quieres tocar... quiero que lo hagas, si no lo soporto me puedo tapar los oídos.

Isabella intentó protestar, decirle que no quería tocar, pero no podía mentir. Deseaba con todo su corazón tocar aquel magnífico piano.

Las notas fluían melodiosas bajo los dedos bien entrenados, Chopin, Beathowen, canciones sin palabras, tristes o dulces.

Isabella se interrumpió, intentaba recordar la melodía de alguna de las canciones de Tanya. Tal vez si la tocaba, podría poco a poco hacer que Tanya volviera al mundo de la música, al que, sin duda, pertenecía.

— ¿Qué ha pasado aquí?— gritó Edward, que volvía del trabajo en ese momento. A grandes zancadas se acercó a Tanya y la abrazó-. ¿Qué le ha hecho?— preguntó iracundo.

Tensa por la sorpresa, arrancaba sin ceremonias de las alturas, Isabella se levantó y cerró el piano con manos temblorosas.

— ¿Qué quiere decir?— preguntó Isabella, entonces miró a Tanya, las lágrimas le rodaban por sus mejillas.

— ¿No se le ha ocurrido pensar— gritaba Edward colérico-, que el jugar con un instrumento del que no sabe nada, pero que significa todo para Tanya, la podía destrozar?

— Yo... yo— Tanya sollozaba-, le dije que podía hacerlo. Creía que ya podría soportar el sonido de la música, pero... pero...— movió la cabeza negativamente-. y te equivocas respecto a Isabella, ella y yo asistimos a la misma escuela de música...

— jTanya, por favor, no!— interrumpió Isabella. Lo último que quería era que Edward supiera que tenía tanto talento musical como Tanya.

— De verdad lo siento, Tanya— dijo Isabella, secándola las lágrimas-, pero si me lo hubieras dicho hubiera dejado de tocar inmediatamente.

— ¿No es una pena?— comentó Edward con frialdad-, que haya empezado, sabiendo la aversión que Tanya tiene a la música desde su accidente?

— Es obvio que, señor Cullen— supuso Isabella-, no satisfago sus requerimientos como compañera de Tanya, lo mejor será que haga las maletas y me marche— concluyó con disgusto.

— Hágalo, señorita Swan...— dijo Edward, con mirada amenazante- y...

— ¡Basta!— gritó Tanya-. ¿Por qué no podéis por lo menos aprender a convivir?— Tanya giró la silla y se dirigió a la puerta que estaba abierta-. ¿Garret?— llamó al criado, que estaba en el vestíbulo-. Llévame al jardín. Necesito un poco de aire fresco.

— Sí, señorita Tanya. El silencio que dejó Tanya detrás de ella era tan profundo que Isabella casi podía oír los latidos de su propio corazón.

— ¿Siempre se forma juicios apresurados y sin fundamento sobre las mujeres?— preguntó Isabella, mientras trataba afanosamente de respirar con normalidad-. ¿O, por alguna razón que no logró detectar, es sólo contra mí?— Edward la miraba con frialdad, con una expresión indescifrable-. Si lo que yo considero como lo mejor que puedo hacer, que es lo que creía que estaba haciendo por Tanya, no es suficiente para usted, puede entonces decirme que me vaya. Al menos así sabré cuál es mi posición.

Isabella se sentía provocada más allá de lo que podía soportar por 1a orgullosa mirada de Edward.

— Ahora— explotó Isabella-, ha sugerido que haga mis ¡ maletas...!

— No recuerdo— empezó él, pero Isabella lo interrumpió enardecida. .

— La última vez que lanzó acusaciones contra mí, estaban basadas en la falsa premisa de que yo andaba detrás del dinero de Tanya. ¿En qué— preguntó desafiante-, basa su juicio miope en esta ocasión?

— No acepto que me diga que mi juicio es miope— refutó Edward-. La veo con la misma claridad con la que veo a cualquier otra persona y mi opinión es que tocar ese piano delante de Tanya ha sido muy considerado de su parte. No es por- que usted no sepa tocar...

— El otro día le dije— repuso ella,- con las mejillas encendidas por la ira-, que para que yo continuara trabajando tenía que confiar en mí. Como no es así, me iré de esta casa.

Edward se acercó a la puerta antes de que Isabella pudiera alcanzarla y le impidió el paso. Isabella tenía ganas de abofetearle, pero también de besarle...

Edward se cruzó de brazos impidiendo la salida.

— Vamos a aclarar las cosas— dijo Edward-. Yo no le he dicho que se vaya de aquí.

— Lo ha hecho. Cuando yo he dicho que me iba a ir, usted ha dicho. «Hágalo, señorita Swan...»— reclamó ella irritada.

— «y», olvida usted ese «y» vital. Era una amenaza, señorita Swan— se acercó tanto que Isabella sentía su aliento, era tal el encanto que ella empezó a abrir los labios-. No era una orden— bajó la voz, lo que hizo que Isabella se estremeciera.

Isabella quería fundirse entre sus brazos, sentir su boca, sus manos, acariciándola y excitándola... Entonces recordó que Edward era el prometido de Tanya, era una locura dejarse llevar por aquellos sentimientos.

— ¿Por qué— preguntó Isabella con voz temblorosa-, tengo la sensación de que, en lo que a usted respecta siempre estoy a prueba, y que el veredicto siempre dice que le falta algo al acusado? ¿Es imposible que acepte el juicio de la madre de Tanya, que me considera la persona adecuada para que cuide a su hija... su prometida?

Edward observaba a Isabella con una mirada extraña, Isabella apenas podía respirar. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y empezó a secarle las lágrimas. La cogió de la barbilla y la obligó a mirarlo.

— Mujeres llorando— dijo él con suavidad-, dos en media hora, y yo tengo que secar sus lágrimas. Me pregunto si es un récord— la sonrisa de Edward era tan cariñosa, tan tierna, que a Isabella se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas, pero entonces se apartó, buscó su propio pañuelo.

— ¿Ya habéis terminado de discutir?— dijo una voz familiar desde el jardín-. Garret ya se ha cansado de escoltarme.

Con un movimiento suave, Edward retiró a Isabella de su camino para atender a su prometida. En ese instante, Isabella fue consciente de que no sólo había cometido el terrible error de enamorarse del prometido de su amiga, sino que había empezado a tener unos celos insoportables que amenazaban con destruirla.


Bueno este es un nuevo fic, espero que les haya gustado este capítulo.

Hagan sus comentarios de cómo ven a esta historia. Se acepta de todo (menos recordatorios a la familia) :)

Gracias por leer