Todos los personajes mencionados en la historia son de Stephanie Meyer.

Prohibido

Capítulo 4

Doce días después, Tanya salió del médico emocionada. Isabella la esperaba paciente en el coche, mientras la enfermera Walton, sonriente, llevaba la silla por la escalinata de la clínica.

—¡Bella... mis brazos!, mira, ya están libres -intentó levantarlos, pero la debilidad se lo impidió.

Pese a los voluntariosos esfuerzos de Isabella y la enfermera Walton para animarla, no lo consiguieron.

—Mira qué delgados están -comentó Tanya ya en su habitación.

—Cuando te quiten la escayola de las piernas te va a pasar lo mismo -explicó tranquila la enfermera-. Pero no tienes de qué preocuparte.

—Tápame los brazos, Isabella -pidió Tanya angustiada-.

No quiero que Edward me vea así.

—Tanya -contestó Isabella-, un hombre enamorado no se fija en cosas como estas.

—¿Enamorado, has dicho? -Tanya, sonreía sarcástica-. Tal vez tengas razón, será mejor que haga los ejercicios, así no le importará besarme los brazos, y el corazón de Isabella dio un vuelco. Tenía que aprender a aceptarlo, se reprochó.

Necesitaron más tiempo de lo que Isabella y la enfermera pensaban para que Tanya recuperara la fuerza en los brazos.

—Tengo la impresión -le confió la enfermera a Isabella, de que falta algo vital. Un incentivo. ¿No era una cantante profesional antes del accidente?

—Estoy convencida de que Tanya todavía puede cantar — señaló Isabella-, aunque lo niega. Dice que lo ha perdido todo. Quisiera pensar en la forma de...— hizo una pausa, le brillaron los ojos-. ¿y si pongo una de sus cintas?

—¿No sería peor? -recapacitó la enfermera.

—No me atrevería a hacerlo sin permiso -comentó Isabella pensando en su enfrentamiento.

Isabella sorprendió a Edward en el jardín disfrutando del aire perfumado de la tarde. El hombre de negocios buscando la tranquilidad, pensó Isabella, después de un día de tensiones.

A medida que se iba acercando a él, iba sintiéndose más atraída por su especial magnetismo. Con los pies separados, plantados con firmeza, su postura casi parecía arrogante.

—¿Señor Cullen? -dijo Isabella.

—Sí -Edward giró lentamente y observó a Isabella acercarse a él, después volvió a contemplar sus tierras.

—¿Puedo hablar con usted? -preguntó ella.

—¿Por qué no? -contestó él indiferente.

Edward parecía cansado e Isabella sintió en su interior la necesidad de reconfortarlo; pero aquel sentimiento no tenía nada de maternal, deseaba abrazarlo, apoyar la cabeza sobre su hombro. Controló sus impulsos y se detuvo a su lado.

—Tanya está progresando físicamente, pero sigue traumatizada. Le informó

—¿Quiere decir que es culpa mía? -preguntó Edward con aspereza.

—No, desde luego que no. La enfermera dice que necesita un incentivo, por lo que... -se interrumpió-, ¿cuento con su aprobación para poner algunas de las cintas de Tanya?

—¿Terapia de choque? -Bueno, desde mi punto de vista, la mente y el cuerpo van de la mano en un proceso de curación -señaló Isabella-. En algún momento tiene que superar su resentimiento hacia el pasado y enfrentarse al futuro.

—Palabras sabias, Isabella -comentó Edward-. Pero le va a costar mucho.

Le brillaron los ojos con una extraña ternura, pensó que era porque estaba pensando en su prometida.

—Entonces, ¿no me va a volver a regañar por hacerla llorar? -preguntó Isabella sarcástica.

—¿Sarcasmos, Isabella? -Edward entrecerró los ojos.

—En realidad no -repuso ella-, sólo quería recordarle cómo reaccionó usted cuando intenté aplicar un poco de terapia musical para ayudarla.

—¿Terapia musical? Yo la llamaría terapia de aversión — respondió él-. Inténtelo. Pero debe asumir las consecuencias.

Dos días después, por la tarde, Isabella estaba en su habitación tumbada en la cama con los ojos cerrados y oyendo una cinta a todo volumen para que se pudiera oír en la habitación contigua.

Poco a poco, se dijo, pensando en Tanya. Cuando terminó la cinta puso otra.

En aquella ocasión puso una de Tanya y su grupo; Isabella admiraba la experiencia de Tanya. Su estilo, su interpretación de las canciones de moda desde luego, la fama y la popularidad de Tanya estaban muy justificadas.

—¿Qué quieres? –entró gritando Tanya-. ¿Qué me dé un ataque de nervios? –golpeó la puerta con la silla de ruedas-. ¿Cómo te has atrevido a hacerme esto?

Isabella apagó el aparato sin rechistar.

—Ahora dame esa cinta -le exigió Tanya con el rostro encendido y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué tiene de malo? -la retó Isabella amable-. Es muy buena... Tienes una voz magnífica, Tanya. Canta... vamos.

—¡No apliques esas tácticas conmigo! -reclamó Tanya furiosa-. ¡Dame la cinta, o yo...!

Isabella sacó la cinta, y Tanya, se la arrebató con manos temblorosas. Sus esfuerzos por destruirla fueron inútiles debido a la debilidad de sus brazos.

La tiró al suelo con rabia, pero la cinta cayó intacta en la alfombra.

—Lo siento- dijo Tanya cuando pudo contener el llanto-. Pero no te aseguro que no vuelva a ocurrir.

Isabella aprovechó el arrepentimiento de Tanya, la abrazó y empezó a cantar una de las canciones de Tanya.

—Vamos Tanya, canta conmigo -la animó Isabella-, — como hacíamos antes -volvió a cantar, en espera de que Tanya uniera su voz a la suya.

Para su satisfacción oyó cantar a Tanya, con voz débil y vacilante al principio, pero adquiriendo poco a poco fuerza y seguridad. De improviso, Tanya se paró.

—No, no, Bella, así no... así.

Y Tanya empezó a cantar sola. Isabella contuvo el aliento, pensando que era como enseñar a alguien a andar.

—Isabella, ¿dónde demonios está? -gritó Edward desde el descansillo de la escalera-. ¿Quién canta? ¿Qué pasa en esta casa?

Isabella, abrió la puerta y corrió a la escalera.

—¡Oh, Edward, Edward! -dijo con voz ronca y con lágrimas en los ojos-, Tanya ha vuelto a cantar.

Isabella miraba a Edward con los brazos apoyados en sus hombros, sus senos rozaban su pecho en una forma más que amistosa.

¿Por qué la miraba así, por qué no apartaba la mirada de su boca?

—¿Edward? -murmuró-. Lo siento.

—No ha sido cantar, ha sido croar -dijo Tanya malhumorada.

Tanya estaba a unos cuantos pasos de ellos, y en ese momento Isabella se separó de Edward que, sin embargo, no dejó de mirarla.

Isabella quería explicarle a Tanya que no quería arrojarse a Edward, que... pero Tanya parecía no haberlo notado.

—He dicho -repitió Tanya— que era croar, como una rana. No puedo volver a cantar. Bella, acéptalo.

—¡No, no lo acepto! -repuso Isabella indignada-. Mentiría si lo hiciera. Estabas cantando. A lo mejor te falta práctica, pero podemos...

Isabella miró a Edward, esperando una reprimenda. Pero no la encontró.

¿Habría notado Edward que Tanya pese a sus palabras parecía estar segura de que en un futuro no muy lejano volvería a cantar en público?

Conforme iban pasando los días, Isabella era cada vez más consciente de la presencia de Edward. Desesperada, pensó en dejar el empleo, pero no era fácil hacerlo.

Estaba demasiado involucrada en la vida y en los problemas de su amiga.

Como por su naturaleza no podía mostrarse indiferente ante el sufrimiento de los demás, pensó Isabella, tendría que contener sus emociones y sentimientos cuando pensara en Edward, y sobre todo cuando estuviera con él.

Era terrible verles juntos. Un día estaba con Tanya en el salón cuando entró Edward. El hombre de negocios, había dejado su máscara de ejecutivo y su imagen de autoridad colgados en el armario.

Isabella empezó a temblar, su corazón latía a una velocidad increíble, pero Edward estaba tan pendiente de Tanya que ni siquiera la miró.

Al igual que Isabella, también Tanya estaba leyendo una novela que había indicado que quería terminar, por lo que nadie la debía interrumpir. A Isabella no le había molestado la petición, pues ella también estaba muy interesada en su propia novela. Aunque a diferencia de Tanya, para ella el mundo real, desde el momento en que había aparecido Edward, había derrotado al mundo de la ficción.

Isabella intentó en vano ignorar la presencia de Edward.

Edward se puso en cuclillas, cogió la mano de Tanya y le acarició el delgado brazo. Tanya le miró, y en ese momento su sonrisa y el sonrojo de sus pálidas mejillas fueron sólo para él. Isabella percibió un destello de gratitud en su mirada.

Pero más que observar a Tanya, lo que estaba haciendo Isabella era contemplar nerviosa el maravilloso cuerpo de Edward.

Los celos se apoderaron de ella. No podía soportar aquella escena.

Cerró el libro y se puso de pie, estaba segura de que su compañera no notaría su ausencia. Abrió la puerta que conducía al invernadero y salió al jardín. En silencio contempló el estanque.

Vio el rostro de Edward reflejado en la superficie. Estaba convencida de que había salido a reunirse con ella; giró lentamente... y descubrió que estaba sola. Anhelaba tanto estar a su lado, que su imaginación empezaba a traicionarla.

Intentando olvidarse de Edward, paseó entre las rosas, quince minutos después, durante los cuales consiguió dominar la tempestad que se desataba en su interior, se dirigió a la casa y entró por la puerta de la cocina.

—La señorita Tanya me ha pedido que le dé las buenas noches, señorita -le informó Garret con una sonrisa, levantando la mirada del periódico que estaba leyendo. Después de terminar con sus obligaciones del día, él también disfrutaba de su tiempo libre.

—¿En dónde está el señor Cullen, Garret? ¿Ha subido con ella? -preguntó Isabella.

—No, señorita -contestó Garret-. ¿Cree usted que la enfermera va a dejar que se acerque al dormitorio de la señorita Tanya?

El comentario hizo sonreír a Isabella. Aunque le dolía admitirlo, estaba segura de que Edward, como cualquier prometido, encontraría la forma de evadir a la enfermera Walton para entrar en el dormitorio de su amada.

Se sintió atraída por el único lugar en el que podía encontrar un poco de soledad y escapar del tormento de sus emociones. El gran piano la llamaba, brillando bajo la luz que se perdía en el ocaso. No podía resistir la tentación. Se acercó al piano, se sentó en el taburete y acarició las teclas, sin hacerlo sonar.

No se atrevía a tocar, pues temía que Edward bajara, la sacara de allí con violencia y la echara de la casa.

Pero la tentación era demasiado fuerte. Primero tocó unas sonatas, después algunos fragmentos de conciertos, poco a poco, la habitación se llenó de tristes melodías. Cuando dejó de tocar, inclinó la cabeza, libre ya de tensión.

—¿Isabella? -su nombre era un susurro en los labios de Edward.

Isabella deseó salir corriendo, pero su cuerpo no respondió, la música que todavía vibraba en la habitación la tenía hechizada. Edward se acercó hacia ella y ella sintió su atracción irresistible. Era imposible escapar.

Edward se detuvo detrás de ella, y la atrajo hacia él para que apoyara la cabeza en su pecho. Isabella sentía los movimientos del pecho de Edward, la firmeza de sus músculos, hasta podía oír los latidos de su corazón.

Edward apoyó las manos en sus hombros y empezó a acariciarla; Isabella se estremeció, llevaba tanto tiempo deseándolo. ..

—Oh, Edward, yo... -balbuceó Isabella. -No me pidas perdón -dijo Edward con suavidad-, Tanya me ha dicho que tú también tienes un gran talento musical.

Retiro todo lo que dije acerca de tu capacidad...

—¡No, Edward, por favor! -Isabella rozó una de sus manos-. No...

—¿No qué? -le preguntó él en voz baja-. ¿No quieres que reconozca que estaba equivocado? -luego, añadió con decisión-: Hay una cosa de la que te prometo nunca me arrepentiré. Esto.

La cogió por debajo de los brazos, la hizo girar y la abrazó. Ella levantó la mirada y vio el sol reflejado en los ojos de Edward.

—Es más de lo que... -susurró él-, un hombre puede soportar, tú...

—Ha sido la música -interrumpió Isabella-la que te ha conmovido. No he sido yo... -él hizo un gesto de incredulidad.

En un último intento por evitar que él derribara la barrera invisible que los separaba, Isabella trató de liberarse.

—Edward, Edward, estás comprometido con Tanya -suplicó ella-. ¡No puedes hacerle esto!

Hablaba para sí. Él inclinó la cabeza y atrapó sus labios. Isabella abrió los labios y cedió a la lengua que la invadía. Buscó apoyo, poniendo las manos en el pecho de Edward.

El beso fue haciéndose cada vez más profundo, hasta que Edward al fin apartó los labios, levantó la cabeza y la miró.

—Esto -le indicó él-, era algo que estaba esperando desde hace tiempo. Ha ido naciendo poco a poco, entre nosotros... -le cubrió un seno con la mano. Isabella debía, lo sabía, haber hecho un intento de retirarla.

En vez de eso, sintió como su cuerpo respondía tensándose bajo su posesivo contacto. Los ojos de Edward destellaron al percibir la respuesta de Isabella.

Edward empezó a desabrocharle el vestido. Sentir sus caricias en la piel desnuda era algo que Isabella no podría soportar. Tenía que actuar rápidamente antes de que sus sentidos sucumbieran ante las caricias que tanto deseaba.

—Edward, estás equivocado, muy equivocado. No hay nada entre nosotros, nada. Tú te has acercado a mí. Ha sido la música, no...

—Sabías que estaba sentado en el invernadero -ella negó con la cabeza, pero él no prestó atención-. Has utilizado tus dotes de pianista para seducirme. ..-con decisión, inclinó la cabeza para volver a besarla.

—¿Seducirte -gritó casi histérica-, cuando lo único que pretendía era recrearme con un poco de música? -los labios de Edward casi la aprisionaban otra vez, pero con gran esfuerzo ella logró volver la cabeza-. Si piensas que voy a tener un romance contigo delante de tu prometida, si crees que quiero convertirme en la amante de un hombre de negocios, ¡estás equivocado! -dijo con firmeza-. ¡Haré mis maletas esta noche! Me iré por la mañana. ¿Me oyes?

—Te oigo -contestó Edward en tono de burla. Isabella contuvo el aliento, esperaba una súplica que nunca llegó. Se marchó, ocultando su desilusión.

Para su enfado y vergüenza, Isabella se despertó tarde la mañana siguiente. La noche anterior había estado levantada hasta muy tarde haciendo las maletas. El espejo no le hizo ningún favor, reflejaba sus ojos hinchados y la enfermiza palidez de sus mejillas. Pero por lo menos, se consoló mientras se bañaba, se vestía y se recogía el pelo, iba a escapar a la mirada burlona del hombre que odiaba... ya quien, no obstante, amaba más que a nadie en el mundo.

Consideró que ya habrían retirado todo lo del desayuno. Podía ir a la despensa y comer lo que quisiera, pero en realidad no tenía apetito.

Había planeado salir de la casa antes de que apareciera Tanya, pero su reloj le indicó que era demasiado tarde para eso. Su única esperanza era poder bajar la escalera sin que nadie la viera.

Pensó en salir de puntillas y dirigirse a la estación de autobuses o trenes más próxima. No se llevaría el coche que Edward había comprado para su uso. No quería hacer nada que pudiera comprometerla.

—¿A dónde cree que va, señorita Swan? -oyó una voz a sus espaldas.

Estuvo a punto de caerse del susto. Bajó los últimos dos escalones con piernas temblorosas y se detuvo con la cabeza en alto.

—Me voy, señor Cullen. Anoche le informó de mi renuncia.

—¿Con sólo doce horas de anticipación -preguntó él con firmeza-. señorita Swan, su contrato estipula que debe notificarlo un mes antes? Si rompe su contrato, señorita Swan, la llevaré a juicio.

—Sí, estoy segura de que es capaz. ¡Es usted un hombre poderoso! Pero yo tengo mis propios medios de venganza, señor Cullen -dejó caer las maletas con gran estrépito-. ¿No quedarían muy bien estos titulares? «Hostigamiento sexual durante el trabajo... Hombre de negocios frustrado demanda a una empleada que tuvo la audacia de decir no».

—Amenazas, ¿verdad? -se acercó a ella y la agarró el brazo-. Yo puedo demandarle por cualquier cosa. Tengo buenos abogados.

—Edward -murmuró ella con temor-. No eres capaz.

—Oh, sí, señorita Swan, soy implacable. Recurro a todo mí poder y lo uso sin misericordia.

—¡Oh, no! ¿Otra vez discutiendo? -murmuró Tanya-. Por Dios... ¿Bella? No vas... a dejarme. ¿Por qué? -preguntó angustiada.

—Por una razón muy importante, Tanya -contestó Isabella con decisión-. ¡No cuento con la confianza de tu prometido!

—¡Oh, no!—exclamó Tanya. ¿Eso es todo? Claro que confía en ti -suspiró irritada-. Estás obcecada. Además, tengo una buena noticia.

Hizo una pausa y prosiguió:

—Estaba... viendo la televisión—explicó Tanya. —Han puesto un video del grupo Moon Space. Isabella, ¡Son muy malos! Moon Light, mi grupo, es fabuloso comparado con ellos. ¿Podrías...? Dale esas maletas a Garret. ¿Podemos ver uno de mis propios videos?

Bueno este es un nuevo fic, espero que les haya gustado este capítulo.

Hagan sus comentarios de cómo ven a esta historia. Se acepta de todo (menos recordatorios a la familia)

Muchas gracias por leer.