Capítulo Cuatro.
Genzo conducía su auto con la mirada fija en la carretera. Parecía tenso, y hasta asustado, y no era para menos. Se suponía que su amigo era homosexual, y descubrirlo le produjo conmoción tal, que se imaginaba cuáles eran los comentarios de Tsubasa cuando se desvestían con total confianza en el camerino. Obviamente no sentía haberle seguido el juego nunca, pero tenía ciertas dudas, o mejor, temores, con respecto a la situación. ¿Y si él también era homosexual inconscientemente? Necesitaba terapia urgente. Y no había nadie mejor para esa terapia, que su psiquiatra favorita.
Estacionó el auto en el garaje de la mansión, y entró sin decir una palabra. Subió a su recámara, y encontró a Gabriela dormida. Encendió la lámpara de su nochero, y se quitó la ropa. Estaba dispuesto a iniciar su terapia esa misma noche. Miró a Gabriela. Parecía haberse dormido hacía poco, porque tenía su cabello ordenado en la cola de caballo que siempre se hacía antes de dormir, y que para cuando amanecía ya había desaparecido. Se metió en la cama, y la rodeó con un brazo, por detrás. Se inclinó un poco, y le susurró "Gaby" en el oído.
Ella se removió en la cama, y él le abrazó más.
-¿Estabas muy dormida, linda?- le habló dulcemente, mientras ella se daba la vuelta para mirarlo.
-En realidad no. Me cansé de esperarte.- Su voz sonó enojada.
-Gaby, en verdad lo siento. Sabes que nunca me gusta plantarte, pero hoy era urgente, en serio.
-¿Y qué era eso tan importante que Tsubasa tenía por decirles, um?- La luz de la lámpara sobre el nochero hacía que los ojos de Gabriela relucieran. Genzo le pasó el pulgar por la mejilla. Se veía hermosa.
-Cosas del equipo. Tú sabes, estrategias y esas cosas. En verdad pensé que era más importante- le respondió fingiendo seguridad. Tenía que fingir bien o Gabriela se daría cuenta y ahí si no tendría salvación. Pero pareció creerle. Ella le miró por un momento, y luego le dio la espalda, adoptando la posición inicial en la que Genzo la encontró.- Y si tú quieres… podemos… ponernos… al día… ahora- le dijo mientras le daba besos en el cuello, y en el hombro.
Gabriela soltó una risita.
-Ya, que sabes que me da cosquillas, y si me haces reír no puedo luego enojarme- intentó huir de los besos de Genzo, pero él estaba en mejor posición y podía seguirle.
-¿Y qué crees que es lo que intento?- le respondió cerca al oído, una vez más.
Gabriela suspiró. Ella también deseaba estar con él, pero odiaba que la plantara por una simple charla de fútbol. De modo que le haría pagárselo bien. Se dio la vuelta y Genzo aprovechó para quedar sobre ella.
-Entonces tendrás que hacerlo como nunca antes- le dijo a modo de reto.
Genzo le sonrió y empezó a besarle en el cuello. Gabriela aún no accedía a dejarle acomodarse mejor, así que prefirió empezar por tocarle las piernas. Sabía que Gabriela no se resistía a sus manos subiendo y bajando por sus muslos, suavemente.
-Eres malvado- le dijo ella en un susurro, cuando sintió las ardientes manos del portero sobre sus muslos.
-Lo sé- Genzo detuvo su caminata por las piernas para empezar a desabrochar la pijama de Gabriela. Aún permanecía sobre ella, y hacía un gran esfuerzo por deshacerse de la molesta bata con botones, sin dejarle caer todo su peso y lastimarla. Poco a poco abrió los botones, y la bata quedó abierta de par en par, dejándole ver el cuerpo trigueño de Gabriela, bajo la fina lencería negra que le adornaba. Ella le miraba juguetonamente, y empezó a bajarle la pantaloneta para quedar en igualdad de condiciones.
No podía dejar pasar más tiempo, así que quitó de un tirón la pantaloneta, quedando en bóxer. Gabriela se sentó, y entonces él la atrajo hacia sí, desabrochándole el brasier, acariciando su espalda, soltando su cabello… En verdad le gustaba cada que el cabello de ella le rozaba las manos, lo sedoso que lo sentía hasta le parecía excitante.
Jugaron un rato más a darse besos y caricias. Genzo estaba en su punto. Adoraba cada que Gabriela le susurraba al oído "Oh, Gen", jadeaba o le incitaba a seguir besándola, tocándola, sintiéndola… Sus manos se deslizaban arriba y abajo, presionando los senos de ella, mientras su boca seguía acariciándole el cuello. Pronto se dio cuenta que le había dejado un moratón cerca a la clavícula. Gabriela se lo reclamaría por la mañana, eso seguro.
Bajó un poco, y saboreó uno de sus pezones. La extraña sensación de poder que le invadía, aumentaba con los gemidos de Gabriela. Era como si por fin la tuviese para él, y aunque así era, el sólo hecho de tocarla le hacía creer que tenía en ella su más preciada posesión. Un sentimiento egoísta quizá, pero genuino.
Una de sus manos descendió hasta palparle la entrepierna. Gabriela se estremeció. Estaba húmeda y caliente, y no pudo evitar frotar despacio. Su chica temblaba bajo él, y pronunciaba su nombre de la manera más dulce y ardiente posible.
Se acomodó de tal modo que quedara entre sus dos piernas. Ya ahora Gabriela no ponía resistencia, y se dejó hacer un poco más. Genzo entró en ella suave, pero firmemente. Sintió a Gabriela moverse despacio, pero no le dejaría adelantarse. Empezó un ritmo lento, como aquel que toma un trago de su bebida favorita y la saborea antes de pasarla. Todo su ser se concentraba en el placer que le proporcionaba el vaivén que había iniciado segundos antes. Sintió la urgencia de acelerar el ritmo, y las uñas de Gabriela le trazaban sendas de arañazos en la espalda. Ambos se unían en un frenesí de intenso placer. Genzo ya no controlaba su cerebro. Parecía haberse bajado a su miembro, y pedirle seguir en ese estado de éxtasis indefinible. Decía cualquier clase de barbaridades, gemía, jadeaba, excitado, sin poder controlarse, sin poder oír lo que sus palabras decían.
Sintió a Gabriela aún más desaforada. El orgasmo de ella le había llevado al límite esta vez. Siempre pensó que no había nada más placentero que sentir a una mujer en pleno clímax. No había Copa Mundial que superara aquello. Aceleró un poco más, y las uñas de Gabriela se clavaron en su piel. Si ella le reclamaba el moratón, ya él sabía cómo desquitarse.
Otros segundos más, y un segundo orgasmo estremeció a Gabriela. Ahora los gritos habían invadido la habitación, y el ambiente se había tornado caliente, como si un vaho de vapor los rodeara. Pero se estaba bien así. A lo mejor los empleados se preguntaban a quién asesinaban a esa hora. A lo mejor no importaba…
Genzo poco a poco iba perdiendo el control, más de lo que ya. Su cuerpo no resistía tanto, había tanto placer que parecía que dolía. Se derramó dentro de ella, satisfecho. Y eso que apenas comenzaba. La respiración entre cortada de Gabriela le rozaba la barbilla. Esperó un instante, y luego se acomodó en el lado vacío de la cama porque sus brazos ya no soportaban más.
Ella se le acercó, y le abrazó. Se subió a él y le daba besitos en el cuello y en el pecho. No querría más, ¿o sí? Si así era, debía esperar que por lo menos el cerebro de él llegara al sitio correcto, allá, arriba en su cabeza. Pero le miró comprensiva, y le dio un beso tierno en los labios. Genzo le sonrió, y le apartó un mechón de cabello que le recorría el rostro hasta dar en la barbilla. Gabriela se recostó en el pecho de él, y luego de unos instantes se quedó dormida.
Genzo no durmió. Se quedó pensando, oyendo el suave respirar de Gabriela, consintiéndola, pasándole su mano por el cabello.
-No soy gay- dijo en un hilo de voz. Sonrió fugazmente y tomó la mano de Gabriela entre la suya, llevándosela a los labios y plantándole un beso. Entonces se dio cuenta cuánto la amaba.
FIN
