El tacto de la lengua ajena sobre su pecho le hizo estremecerse y aumentó el sonrojo de sus mejillas. Unas lagrimillas se acumularon en sus ojos y un suspiro salió de sss labios.
-N-no hagas eso -Y aun así, Cartman se aproximó para lamer su pecho y acariciar sus costados, con perversión, superioridad, mofándose interiormente de él.
El pelirrojo había aflojado el agarre en sus propias ropas y el nazi celebró interiormente su triunfo. Bingo, había dado en el clavo. Eso solo le abría un extenso mundo de posibilidades en el que podía manipular al chico de la forma que quisiera con solo mencionar a esa familia suya. Una nueva ocasión para cerciorarse de que el cariño a los demás solo hacía débil a las personas, y era por eso que agradecía estar solo, él era fuerte. Pero seguía teniendo un pasado que ocultar al resto, e incluso seguía siendo lo bastante humano como para tener en un rincón oculto el deseo de la compañía, aunque él mismo lo ignorara por puro cabezonerío. Porque él era Eric Cartman, con la reputación de no tener ningún sentimiento bueno.
A pesar de que lo que más deseaba Kyle en ese momento era darle una buena patada donde más le doliera, sabía que no debía resistirse porque entonces quien lo sufriría no sería él, si no su familia. Por otro lado ¿cómo sabía Cartman que su familia continuaba con vida? Era incomprensible, aunque tampoco le importaba demasiado, lo que de verdad era importante era protegerlos a toda costa, fuese como fuese, pasase lo que pasase.
Cartman siguió a lo suyo, deleitándose con el ojiverde.
Lo escuchó suspirar y se estremeció de emoción. Estaba pulverizando el orgullo de Kyle Broflovski, y aquella simple idea le ponía,... pero se dio cuenta de que quería más de esa sensación única. El judío, con sus intentos por resistirse, resultaba mucho más erótico que las prostitutas del prostíbulo que visitaba cuando deseaba saciar sus necesidades de hombre.
El pelirrojo se estremecía bajo las manos ajenas, poniendosele la piel de gallina. Se mordió el labio inferior para no suspirar de nuevo, no podía dejar ver que aquella sensación le gustaba. En aquel momento, se odiaba a si mismo por el simple hecho de sentir una mínima atracción por alguien como aquel estúpido e insoportable nazi.
Las manos del mayor habían recorrido ya la extensión completa de sus costados y su viente, y ahora se habían deslizado hacia su espalda para arañarla levemente. Esa piel de porcelana acabaría marcada a fuego por el egoísmo y la maldad.
Localizó una de sus tetillas, y lamió y mordió con excesiva lascividad: estaba emocionado. Si bien no era la primera vez que tenía un encuentro con un hombre, nunca había llegado hasta tal punto. Hasta el momento, había accedido a que, alguna que otra vez, un tío le hiciera una felación, bajo lo excitante que se planteaba la idea de algo prohibido y peligroso, pero nunca había ido a más. Y allí, en medio de la noche, en su ostentosa casa, estaba desatando a todas las bestias de su interior. Ese chico le había corrompido por completo, y tendría que pagar las consecuencias por poseer unos ojos tan poderosos.
Su boca abandonó su pecho aunque sus manos siguieron inquietas. Decidió marcarle como suyo de forma oficial, y atacó su cuello. Cartman lamía, besaba, mordía. Disfrutaría de ver el resultado de todo aquello más tarde.
Kyle arqueó la espalda cuando los labios ajenos rozaron su pecho. Sus mejillas estaban encendidas y sus ojos desprendían un brillo de deseo, por eso se esforzaba en mantenerlos cerrados y evitar que el otro se diera cuenta. Sin embargo, cuando el chico alcanzó su cuello, no pudo reprimir un gemido que salió se sus labios, lo que lo impulsó a empujar al otro para apartarlo de sí mismo. -¡No sigas!- Le gritó entre jadeos.
Ignoró las palabras del chico, y no pensaba detenerse.
Y de repente, se levantó, y obligó al pelirrojo a levantarse consigo, para volver a sentarse y forzar al chico a sentarse en sus piernas, como las inocentes visitas en Navidad en las que los niños se sentaban en el regazo de Papa Noel. Aquello era tan contrario a la inocencia que ofrecía la Navidad...
A pesar de los intentos del ojiverde por resistirse, resultaba inútil, era evidente que el otro chico tenía más fuerza que él. Sentado sobre sus piernas, se revolvió como pudo para quitarse de encima.
No quería sentirlo.
Si quería.
No, definitivamente no quería.
Le encantaba.
Tragó saliva para no llorar ante aquella impotencia que le generaba la duda.
- ¿Lo notas, Kyle Broflovski? -Cuestionó en un murmullo. Alguien ajeno a la situación no entendería a qué se refería el castaño, pero aquel que podía sentir el bulto refregándose descaradamente bajo sus piernas, sí.
- De acuerdo, no haré nada -Aceptó Eric con una risa, repentinamente. No, definitivamente la cosa no acababa ahí. En esa posición, volvió a toquetearle, a lamer su cuello, y subió hasta su oreja, mordisqueando el lóbulo.- Serás tu quien lo haga. -Sin el más mínimo cuidado, le empujó hacia el suelo y abrió las piernas.- Chúpamela, judío. -Ordenó, con una sonrisa socarrona, una mirada de desprecio, un tono provocativo.- Y cuidado con lo que haces, piensa en tu estúpida familia -Avisó, lo último que necesitaba era un mordisco donde más le doliera.
Kyle volvió a gemir cuando Cartman alcanzó su oreja. Se revolvió frotándose contra la entrepierna ajena., había tocado un punto demasiado sensible y eso empezaba a notarse en sus propios pantalones. "Mierda". Por suerte para él, su cuerpo golpeó el suelo antes de que el nazi pudiera darse cuenta de aquel detalle. Lo miró con ojos desafiantes, esperando a que dijese aquello que esperaba no oir.
Y entonces lo dijo. Kyle se acercó al otro, desabrochándole el pantalón y observando durante unos segundos el miembro ajeno. Le dedicó una sonrisa burlona. - ¿Y esto que es? - Dijo con desprecio – Pensaba que un comandante nazi tendría más que enseñar - Se burlaba, pero lo cierto es que no tenía nada de lo que avergonzarse. Sin previo aviso, el chico toqueteó con el índice la punta del miembro ajeno y pasó la lengua a lo largo del mismo. Introduciéndoselo en la boca y lamiendo hasta que finalmente se apartó del chico, pasandose la manga de la camiseta por la boca y suspirando. – Te odio - Dijo sin más.
Le sorprendió la facilidad con la que el judío aceptó su labor, pero no pudo hacer otra cosa que temblar de emoción. Todo su cuerpo se anticipaba a lo que aquella boquita envenenada haría, y toda la sangre concentrada en su entrepierna le limitaba los pensamientos a solo un individuo: Kyle Broflovski.
Frunció el ceño y lo miró con odio, ¿cómo osaba decir aquello?- Maldito judío... -Apretó los dientes. Por eso le gustaba tanto, por eso le atraía tanto, ¿qué otra persona tendría los cojones suficientes como para decirle algo así cuando acababa de manosearlo tan libremente? Era un odio profundo que inevitablemente traía consigo el deseo más sucio.
Antes de poder seguir pensando en lo mucho que le odiaba, o si acaso considerar el castigo físico por haberle dicho tal cosa, su erección obtuvo lo que tanto estaba esperando.
Se tensó completamente para retener las ganas de gritar lo mucho que aquello le estaba gustando, pero el gruñido de placer fue inevitable. El pelirrojo acababa de apuntarse un tanto.
Clavó las uñas en el sofá y cerró los ojos, incapaz de resistir sus ganas de centrarse completamente en lo que pasaba entre sus pantalones.
Y no lo último que no pudo evitar fue correrse. Fue justo cuando él se separó, y el único aviso previo que dio fue un nuevo gruñido escasos segundos antes. Haberle manchado le importó una mierda.- El sentimiento es mutuo. -Contestó, recuperando el aliento.
Tras unos segundos de silencio, esforzándose por recuperar la compostura y recuperar a ese nazi sin sentimientos que era, se cerró el pantalón y se puso en pie.- Tu habitación es la que está frente al baño. Allí tienes la ropa. Date prisa en cambiarte. -Ordenó, y sin el más mínimo deje de bondad, comenzó a salir del salón.- Oh, si, Kyle Broflovski, ¿sabes cocinar? Si no sabes, tienes 24 horas para aprender. -¿La conclusión de aquel primer día?... Que no sería la primera vez que haría que el pelirrojo se la chupara.
Pero… Ciertos gestos, ciertas expresiones, habían llevado a su gran capacidad de deducción a descubrir que Broflovski se enfrentaba a una autocontradicción. De todas formas no necesitaba de su propia e increíble astucia para llegar a aquella conclusión, porque ni él ni nadie podía luchar contra su fisionomía, y era la mayor ventaja. Tocarle de esa forma, abusar así de su cuerpo, era la mayor tortura que podía encontrar.
Porque Eric Cartman lo sabía, el pelirrojo y él eran similares, y en esa época de locura de la historia el orgullo era una de las pocas cosas que poseían. Y Cartman estaban arrancándole el suyo. Aunque, ¿similares? ¿Él, a la misma altura que un judío? De ningún modo, él estaba muy por encima que aquella alimaña. Aunque lo cierto es que sería una pena destrozar aquel delicioso cuerpo del pelirrojo con el otro tipo de 'juegos' que usaba en los demás judíos, unos mucho más terroríficos y sangrientos. Era el don que Eric Cartman poseía, hacer que cualquiera se sintiera en el mismísimo infierno, frente al más oscuro diablo.
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