Bueno, aquí esta el siguiente cap. Gracias por los reviews, me han servido de mucho .
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"Nota mental; no volver a viajar por la red flu" se dijo Hermione cuando terminó de toser como si fuese una fumadora empedernida. Ahora recordaba porque nunca cogía la red flu si podía evitarlo. Se sacudió el polvo de la ropa, e intentó ordenar un poco la maraña de rizos que se le habían hecho por el viaje tan "movidito".
Cuando alzó la vista, se encontró a sí misma en uno de los pasillos de Hogwarts. Tal y como había supuesto ella, la chimenea no estaba conectada a la del despacho del Director. Suspiró con resignación mientras buscaba algo que le indicase, en qué parte del castillo se encontraba exactamente.
De repente, escuchó unos pasos que se iban acercando cada vez más. Segundos después, vio doblar la esquina a una chica que no debía de tener más de 12, tal vez 13 años. Se quedó mirándola durante lo que ésta tardó en llegar hasta donde ella se encontraba. La niña, iba vestida con un bonito vestido beige con alguna que otra flor estampada en los bordes. Lo que más llamó su atención, aparte del excesivamente arreglado peinado, fueron sus zapatos. No le cabía en la cabeza, que una niña tan pequeña ya estuviese por ahí andando en lo que parecían un intento de tacones. Y decía intento, porque el tacón no era muy alto que digamos.
Finalmente, cuando la niña levantó la vista para dirigirla a la suya lo primero que vio en sus ojos fue el desconcierto, cosa que entendía, si se tenía en cuenta que seguramente no la había visto nunca por allí. Después, sus ojos se llenaron de desconfianza, recelo y...un momento, ¿eso era desdén? Se dijo Hermione notando como la incomprensión e indignación empezaban a bullir en su interior. ¿Quién se creía que era esa niñata para mirarla así sin si quiera conocerla?
Se miró a sí misma para cercionarse de que no iba desarreglada. Su camisa blanca de botones no tenía una mancha, sus pitillos vaqueros estaban sin una sola mota de polvo, por increíble que pareciera, y sus converse... "¡Mierda!" pensó con desesperación. Pues claro que la niña la veía raro, si en esa época las mujeres no solían llevar pantalones, y menos pitillos vaqueros. Y ni qué hablar de sus zapatos...
Como la niña la seguía observando atentamente, se colocó su mejor máscara de indiferencia y se acercó a ella como si fuese lo más normal del mundo.
-Hola, ¿me preguntaba si me podrías decir dónde se encuentra el despacho del Director?- le dijo mirándola desde arriba gracias a su estatura. Que por cierto no era mucha, tan sólo 1' 67 o 68. Pero que era más que suficiente para infundir cierto... "respeto"(notese el sarcasmo) a la niña que apenas y le llegaba a la altura de los hombros.
-Ah... claro, tan sólo tiene que seguir todo recto y torcer en el segundo pasillo a la izquierda- le respondió de forma dubitativa y claramente confusa.
-Gracias-
Por respuesta, la niña, salió casi corriendo después de asentir con la cabeza. Eso hizo a Hermione sentirse algo culpable, pero se dijo que había hecho bien. Así sería más creíble su historia, ya que si hubiese ido directamente al despacho sin ayuda alguna, habría sido un tanto sospechoso.
Antes de seguir por donde le había indicado la niña, se paró frente a una ventana para poder así utilizarla de espejo. Cogió su varita, y con dos simples golpes de esta, sus ropas empezaron a cambiar lentamente. Su camisa blanca se alargó hasta tomar la forma de un vestido. Sus pitillos se fueron transformando poco a poco en un cinturón que se encargó de ajustar el nuevo vestido a su cintura. Las converse, se oscurecieron hasta ser totalmente negras y desarrollaron un discreto tacón. Miró su reflejo en la ventana y sonrió satisfecha. Aunque todavía le faltaba algo... Ah si, claro. ¿Qué mago que se precie no llevaba una túnica? Así que con otro sencillo movimiento y un hechizo no verbal, se conjuró para sí una modesta túnica negra.
Con su disfraz ya puesto, caminó por el desierto pasillo hasta llegar a una imponente puerta de madera. Ésta tenía detalles hechos con lo que los muggles dirían un pirograbador*. Y debían reconocer que eran preciosos. No eran recargados, ni demasiado intrincados. Tan sólo embellecían la madera.
Miró su reloj y comprobó que eran las 5:29. Había llegado la hora del show. Respiró profundamente una vez para darse ánimos, antes de llamar a la puerta con decisión. Segundos después, escuchó como una voz le decía: -Adelante-
Al entrar, sufrió una especie de dejavú. El despacho era prácticamente una copia del que sería el de Dumbledore. Tan sólo faltaba Fawkes, su pájaro fénix, para completar el recuerdo.
Con renovada confianza, dirigió su mirada hacia el frente donde se encontraban dos hombres. Uno, estaba sentado, por lo que no sabría decir qué tan alto era. Pero sí podía asegurar que tenía una hinchada barriga junto a una gran cantidad de canas en su cabeza. El segundo hombre le resultó muy familiar. Y por supuesto, tan sólo tardó unos pocos segundos en reconocerlo. Era Dumbledore. Con medio metro menos de barba, sin canas y sus ojos aún estaban libres del horror que seguramente viviría.
Tuvo que reprimir las ganas de abrazarle. Ya que aunque no hubiesen sido tan cercanos como con Harry, el hombre se había hecho un hueco en su memoria. Parpadeó un par de veces para evitar que alguna lágrima rebelde la dejase en evidencia.
Avanzó con una decisión que no sentía y se colocó frente al gran escritorio.
-Buenas tardes caballeros- dijo formalmente, aunque sin llegar a sonar fría o cortante. Eso era algo que no le salía natural.
-Lo mismo digo, señorita Queneau- le respondió el hombre que antes se encontraba sentado. Este se había levantado y le había cogido la mano para estrechársela. Por su parte, Dumbledore se limitó a mirarla con una sonrisa cálida que pretendía hacerla sentir más cómoda. Pero ella sabía bien lo que ocultaba esa sonrisa. Llevaba años viéndola. Cada vez que le presentaban a un miembro nuevo para la orden, o del ministerio. En ella se mezclaban la suspicacia, curiosidad y por supuesto algo de cortés amabilidad. En pocas palabras, la estaba sopesando.
Con eso ya había contado, pero aun así la hacía sentir insegura.
-Bueno, según tengo entendido, usted quiere ocupar el puesto de DCAO. ¿Me equivoco?- preguntó el hombre cuando volvió a tomar asiento. No sin antes ofrecerle otro a ella.
- Así es, señor Dippett
-Oh, no me llame así, me hace sentir más viejo de lo que ya soy. Limítese a llamarme Armando- dijo este mientras se restaba importancia con un gesto de la mano. Aunque su tono era cordial, notó una inconfundible nota de autoridad que le impedía negarse.- Y pasando a la entrevista, tan sólo quería preguntarle un par de cosas-
-Usted dirá, señor- le instó a continuar con tono obediente.
-La primera pregunta, es el por qué de solicitar este puesto. No me malinterprete, pero tal y como están las cosas en estos tiempos tan peligrosos, ese puesto es con diferencia el más peligroso-
Por suerte, esa, era una de las preguntas que ya había imaginado le harían. Al lado de Dippett, vio a Dumbledore mirarla con suma atención en espera de su respuesta. En ese momento, supo que la entrevista se la estaba haciendo él mismo. Supo que Dippet tan sólo era un simple peón, un títere que se limitaba a transmitirle las preguntas.
Por ello, y en un arranque de osadía. Dirigió su mirada al hombre que todavía se encontraba de pie. Con esa mirada, le dijo que le había pillado en su propio terreno. Y ante eso él, tan sólo amplió su sonrisa sabiéndose descubierto. Aunque sin un ápice de remordimiento según pudo ver.
-Precisamente por ello, señor. Quiero enseñar a los brujos y brujas, a defenderse y a defender a los más necesitados de las personas que les quieran dañar. También he de admitir, que el poder transmitir mis conocimientos, por pocos que puedan llegar a ser, me reconforta y hace que me sienta realizada.- terminó de decir notando como había ido emocionándose. Entonces, supo que todo lo que les había dicho, era cierto.
-Bueno, está claro que entusiasmo no le falta, y déjeme decirle que demuestra un gran valor con lo que ha dicho.
Detrás de Dippett, vio como Dubledore asentía satisfecho con su respuesta. Y por un momento, se permitió albergar alguna que otra esperanza.
-La siguiente es más personal, no se lo tome a mal, pero ¿cuántos años tiene?
-Veinte- dijo rápidamente. Tal vez demasiado, ya que eso hizo que en los ojos del hombre se instalara un sano recelo.
-Vaya, es usted muy joven señorita. Pero tal vez eso sea lo que necesite para ganarse a sus alumnos- dijo mientras asentía para sí mismo. Cuando levantó la mirada; esta se centró en su muñeca. Frunció el ceño y la miró extrañado antes de preguntar:
-¿Se puede saber que le ha pasado?
-Oh, ¿se refiere a esto?-dijo y esperó a que Dippett se sentase y así ganar tiempo para inventarse una buena excusa- no se alarme, tan sólo es una pequeña fractura, y ni si quiera es en la mano de la varita, así que no se preocupen por mi eficiencia-
El director, guardó silencio durante unos segundos que a ella se le hicieron eternos. Dirigió su mirada a Dumbledore discretamente en espera de su consentimiento. Con los nervios a flor de piel, vio como si de una cámara lenta se tratase a Dumbledore asentir.
-Bien señorita Queneau, ya puede respirar tranquila- y lo hizo, vaya que si lo hizo- su currículum era justo lo que buscábamos, y cualquier tipo de duda que pudiésemos haber albergado respecto a usted, acaban de desaparecer.- Se levantó del asiento y fue a estrecharle la mano. En su rostro, Hermione notó cómo se iba dibujando una sonrisa llena de alivio y felicidad. Tan sólo fue capaz de balbucear unas cuantas palabras de agradecimiento.
Pero antes incluso de que soltase la mano del director, notó un conocido hormigueo en la base de su cabeza. Era la sensación que había estado esperando sentir durante toda la entrevista. Estaban intentando entrar a hurgar en su cabeza. Y aunque lo hubiese estado esperando durante toda la tarde, eso no disminuía el enfado que sintió crecer en su interior. Con esfuerzo, consiguió mantener a raya al invasor el tiempo suficiente para formar un sólido muro mental que mantuvo sus recuerdos y pensamientos a salvo de cualquier intruso. No contenta con ello, en su mente conjuro un único y potente pensamiento que dejó expandirse por toda su cabeza. Se giró hacia el que sabía era el culpable y mientras le miraba fíjamente, le estrechó la mano y dejó que se metiese en su cabeza. Lo único que encontró, fue el pensamiento que había implantado en su cabeza y que decía:
"Es de mala educación fisgonear en mentes ajenas sin su permiso, señor"
Ya esta, eso es todo, espero que les haya gustado y no olviden dejar reviews =3
*el pirograbador es un lápiz que se calienta mucho para ir quemando la madera y poder así hacer dibujos o escribir en ella. El efecto es muy chulo
