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En la oscuridad
Capítulo I: Fátum
Hacía tiempo que no comprendía la utilidad de los recuerdos. Según sabía, era una imagen del pasado presente en la memoria, la señal de que había ocurrido un aprendizaje. Aquello que te hace percatarte que tu existencia tuvo lugar en algún punto de la Historia. Algo que hiciste, algo que has hecho, algo que hubieras hecho… Repasó los tiempos verbales y rió. Tantas denominaciones, tan sólo para hablar propiamente del pasado cuando buscamos en nuestra memoria. Y pasado, memoria… qué palabras tan fuertes, pensó, cruzando la calle.
¿Qué significaría para otros aquello que ya pasó, aquello que tuvo su final y ahora es sólo una parte de ellos mismos… eso, un aprendizaje… un recuerdo?
En algún punto del camino, su consciencia se despertó en forma de un escalofrío que la recorrió entera. Apenas había notado cuán helados tenía los pies, o cuánto le dolían. Había caminado, como ausente, casi media Tomoeda. ¿Qué representaba ese lugar para ella?
"Casa…", se escuchó la voz de una niña a lo lejos.
Se giró y observó su alrededor.
Tomoeda solía ser un sitio que siquiera figuraba en los mapas. Un típico pueblucho nipón de clase media: tenía el suficiente verde como para hacerte sentir en contacto con la Naturaleza, pero no llegaba a lo rural. Sólo podías ver casas bonitas en colores pasteles, árboles de Cerezo enormes que regaban con sus pétalos el empedrado siempre brillante y limpio. Niños volviendo entre risas de la escuela primaria, jóvenes adolescentes con sus maletines saliendo del Instituto Seijo. El Parque Pingüino y sus infantes jugando, los humildes negocios en las esquinas y esa confortable sensación de conocer a todos un poco, como si aquel pueblo fuera una pequeña familia feliz. Respiró el aire dulzón de la primavera, pero pronto se transformó en sofoco, por el humo de los autos. Qué sombría se había tornado la atmósfera de repente. La luz del Sol no brillaba tanto como antes. Escuchó las bocinas intermitentes desde el tráfico a lo lejos. Un hombre vestido de traje la chocó con prisa, una mujer ataviada en un ostentoso vestido escrutó sus ropas simples, cuando cruzaba la avenida.
Tomoeda, como ella, había crecido. Hoy se erigía vistiéndose de concreto y gris, y miró la esquina en donde solía hallarse la floristería de la señora Matsuya. Su lugar lo ocupaba un alto edificio administrativo. Así ocurría con decenas de negocios a medida que recorría las cuadras.
¿Cuánto puede cambiar algo en siete años?
Pues así, tanto como Tomoeda, o tanto como cualquier cosa. Todo muta en el tiempo… incluso las personas y su entorno, por más que nos esforcemos en decir que no lo haremos. La diferencia con lo que nos rodea es que puede modificarse a voluntad de aquello que vive, o al menos en eso creía. Se había decidido que Tomoeda dejaría de ser un pueblito. Ya no habían tantos niños y jóvenes felices, ni conocía a todos allí, y no siempre eran tan amables de querer recibirla en sus vidas y tratarla como uno más de la familia. La gente ya no miraba tanto por el prójimo. La gente se estresaba más fácilmente, la gente compraba cosas caras o se preocupaba por no poder hacerlo. La gente quería ascender en la pirámide corporativa. La gente quería estar a la altura de las grandes potencias mundiales, y más, patearles el trasero. La gente simplemente se ocupaba de sus pequeños universos personales… ¿La tragedia del Siglo XXI o pura evolución humana? No lo sabía a ciencia cierta.
Seguía sintiendo mucho frío en los pies, a pesar de ser Primavera y que el aire tóxico y oscuro del aglomeramiento urbano calentara el asfalto. Cerró los ojos, inspirando hondo.
"Los recuerdos son necesarios, Sakura. Es una de las hermosuras de ser humanos. Podemos recordar virtualmente todo, nuestras cabezas son unas pequeñas máquinas. Pero eventualmente, no recordarás todo, sólo aquello que te ha marcado, aquello que has aprendido. Alguna vez olvidarás cosas, alguna vez preferirás hacerlo. Alguna vez vendrá a ti un recuerdo, travieso, y te llenará de felicidad, o de ira, o de tristeza, pero eso siempre ocurrirá. Simplemente recuerda esto: los recuerdos son necesarios y hermosos, pero si te encierras en ellos, sólo lograrás ser una presa de tu pasado"
Sakura sólo sabía que Tomoeda aún era su hogar.
Despertó con una exclamación que retumbó odiosamente en la habitación. Se sentó en la cama, dejando las piernas colgar, y entre el asombro y la costumbre. Otra vez había pasado, y comenzaba a preguntarse si filosofar de esa manera dentro de los sueños era normal. El paisaje que sus piernas cansadas habían caminado, lo tenía dibujado dentro de su cabeza, como si fuera un mapa bosquejado por sí misma. La lucidez mental con la que razonaba en ellos era perturbadora, como si hablara con alguien a quien no podía ver en absoluto, pero lo percibía en cada detalle. ¿Sería Dios la voz que terminaba escuchando antes de despertar... o sus propias divagaciones se encargaban de transformar sus pensamientos en la voz suave y conciliadora de un hombre, que parecía querer aconsejarla?
Escondió los pies helados en unas pantuflas rosadas. Su gato, Kero, había estado metiéndose dentro de los edredones de su cama mientras dormía, desordenándolo todo... de nuevo. Para su desgracia, el clima no era ni de asomo tan primaveral como en sus delirios oníricos. La realidad de Sakura Kinomoto estaba situada en el invierno. Un crudo y glacial invierno japonés.
—¡No, mierda, voy a llegar tarde! —vociferó a la nada, dirigiéndose de un salto al armario, percatándose al fin de la hora.
Hacía mucho que no llegaba con retraso a la escuela. A decir verdad, desde la edad de trece años, había comenzado a ser muy puntual. De niña, que le dijeran que debía levantarse temprano, era lo más parecido a la tortura; y llegar a tiempo a algún sitio lo veía irrisorio e imposible para un alma dormilona como la suya. Pero la costumbre había hecho sus cosas... ¿O sería el cambio inminente, sobre el que había pensado, la razón? No quiso pensar mucho más. Con dieciséis años y un historial de asistencia prácticamente perfecto desde su entrada al Instituto Seijo, hacerlo mientras dormía comenzaba a fastidiarla. Su sueño se volvía tan profundo, que no escuchaba la alarma del reloj. Y ese día era lunes, el peor de la semana para elegir llegar tarde, pues la primera materia en su itinerario escolar la ocupaba Ciencias Sociales y su maldita profesora. Se vistió en un respiro y ni siquiera perdió tiempo en hacerse una vianda. Sólo salió, cogiendo su mochila, luego de despedirse de Kero, y corrió.
Las calles de Tomoeda ya no resultaban tan desiertas y tranquilas a las siete de la mañana, como en su niñez, así que se apresuró como pudo entre el gentío y llegó casi sin aire a la puerta del salón.
—Kinomoto, no son horas de llegar —remarcó, como si no fuera obvio, una vez que entró.
El curso de 5-B estaba conformado por unos treinta estudiantes. Sakura reconoció entre los asientos a sus amigos y a algunos conocidos. Las más cercanas a ella eran sus amigas de la primaria, y con el resto sólo tenía un trato respetuoso y cordial. Siempre estaban los burlistas y las divas del aula, que en ese momento, miraban divertidos la reprimenda que se aproximaba para la lista de Sakura Kinomoto. Estaban aquellos que se compadecían (su prima, Tomoyo, le sonrió desde su pupitre), y luego, aquellos a los que les importaba totalmente un pepino su existencia (pensar en alguien así era pensar automáticamente en Shaoran Li, quien le ganaba en introspectivo, inmersa su atención en la contemplación de la ventana).
—Disculpe, profesora. No volverá a ocurrir —Se disculpó lo más educadamente que pudo luego de una reverencia leve, y se dirigía a su asiento, cuando volvió a hablarle.
—Procure fijar dos alarmas para la próxima, Kinomoto. Sabe que las tardanzas son inadmisibles en mi clase.
—Disculpe, profesora —volvió a articular, con la mandíbula tensa—. No volverá a ocurrir —La mujer pareció complacida, aunque Sakura le hubiera dado exactamente la misma respuesta dos veces, y revisó unos papeles en su escritorio con aire profesional.
Y ella pensó si acaso hacía falta exponer tan abiertamente su odio para ella, tipa cínica. Saludó a Tomoyo a su lado, con el ánimo ya picado. Sacó sus cosas de la mochila y se preparó para escuchar por dos horas a Natsuki Tokaji. Era una mujer alta y delgada, cuyas curvas se ceñían discretamente a un traje beige y una falda oscura, dándole la figura de una guitarra armoniosa. Tenía el cabello castaño un poco más oscuro que el de ella, sentadoramente cortado para adecuarse a su edad, y muy cuidado. Pisaba los cuarenta y cinco años de edad, y aquello podía reflejarse en unas pequeñas arrugas que se notaban especialmente en las comisuras de su boca al reírse (casi siempre con sorna), en sus ojos (alargados y avellanados, como los de un gato), y su ceño (prácticamente siempre fruncido en desaprobación a la juventud). No dejaba de ser una mujer muy bien puesta, y Sakura no dudaba que hubiera sido hermosa a su edad. Pero su carácter le daba tanto asco, que iba a disponerse a escucharla sólo por la mitad.
Comenzó a escribir algo en la pizarra, y a cada quien le fue entregado un libro llamado Metodología de la Investigación. Les ordenó que leyeran los tres primeros capítulos y los resumieran, y dado que en su clase el mutismo obligatorio era la norma (sí, al estilo régimen militar), el alumnado permaneció estático en la labor. Sakura pensó entonces que le gustaban las Ciencias Sociales, como casi toda otra materia que no involucrara números en el medio, y sólo odiaba a su profesora. Así que leyó con rapidez y en menos de veinte minutos, había terminado. Se dedicó a divagar un poco entonces. La nieve caía desde la ventana, proyectando una delicada lluvia blanca sobre la escuela.
"El invierno tiene un aire mágico, ¿verdad? ¿No te dan ganas de hacerte copo de nieve y llover toda la noche sobre Tomoeda?"
—Kinomoto, le he hecho una pregunta —Despertó de su ensoñación y miró a la profesora, descentrada—. ¿Ha terminado de armar el resumen? Su cabeza todavía parece estar en la cama.
Cuando era niña, siempre se perdía en sus pensamientos estando en clases. Se entretenía observando algún pajarito volar o los detalles violáceos del cabello de Tomoyo, y dejaba a su mente perderse entre las nubes. Pero parte de madurar había sido lidiar con aquello: dejar de volar. Y era entonces que Sakura siempre tenía una respuesta para darle a Natsuki Tokaji. Así que se puso de pie, desafiante como sólo podía serlo ella, hojas en mano y se las tendió.
—Si cuestiona mi lucidez, aquí tiene su resumen —habló, cáustica—. Podemos debatir al respecto cuando lo desee —Y se sentó.
Su profesora no se vio en absoluto derrotada, pues ambas sabían que ella sabía que Sakura era la primera en finalizar cada tarea que asignaba. Cada trabajo práctico, le constaba, estaba perfectamente redactado. Cada presentación oral, la encaraba con una oratoria propia de alguien mucho mayor. Pero a Natsuki Tokaji le extasiaba sobremanera ver arder el fuego en los ojos verdes de la muchacha y percibir el veneno de sus palabras, gota por gota. Así que dijo:
—Me encantaría dejar que mi clase girara en torno suyo, Kinomoto —Se escucharon unas risas veladas—, pero enseño a otros veintinueve alumnos en este aula, y ahora mismo debo asignarles su proyecto trimestral. Espero me haga mi tarea mucho más llevadera, y preste atención.
Sakura no dijo nada, ardiéndole las venas de rabia, con deseos de levantarse de un salto y golpearla. Tomoyo lo sabía, y le había tomado de la mano por debajo del banco, buscando calmarla, mientras unas miradas altivas vanagloriaban internamente a la profesora Tokaji por cerrarle la boca a esa rata de biblioteca presumida.
—Bien, este proyecto constituirá la mitad de la nota trimestral, y deberá ser entregado de manera individual y dentro de un plazo de dos meses a partir de hoy —explicó—. El tema es a elección de ustedes, no coartaré sus ideas. Todo el material disponible para que diagramen el marco investigativo se encuentra en las bibliotecas de la escuela, como ya saben. Este libro —tomó en sus manos delgadas una de las copias de tapa verdosa que les habían entregado—, es una buena guía. Entréguenme el resumen que les pedí y al terminar la clase, quiero que cada uno ya tenga elegido su tema —Un muchacho en el fondo quiso acotar algo—. No, no pueden arrepentirse luego y elegir otra cosa. Ya son chicos grandes, eh —bromeó, aunque no se veía jocosa. Todos callaron—. En fin, comiencen.
A Sakura le había encantado la expresión de su profesora cuando le entregó la hoja con el tema que había elegido para el proyecto. El crucifijo de oro que colgaba de su cuello, accesorio que había visto en ella desde que la conocía, había sido su inspiración, junto con algunos recuerdos, que la motivaron. Natsuki Tokaji era una mujer muy culta, amén de lo intelectualmente pobre a la hora de relacionarse con alguien que pensara distinto que ella. Había viajado mucho, y a menudo se jactaba de su larga estadía en Noruega en su niñez, alabando al país, su cultura, su gente y su fervor hacia Dios. Esa mujer vivía en un mundo en el que su voluntad se imponía por sobre todo, y estaba segura que esa era una de las razones por las que había elegido ser maestra.
"¿Qué mejor que poder obligar a un puñado de adolescentes a que te escuchen y digan que sí a todo? Bien, Natsuki, desgraciadamente te cruzaste conmigo.", había pensado, sonriendo.
Entonces la profesora la llamó con discreción cuando todos estaban por retirarse al receso. Muchos se habían detenido para escuchar mejor qué nueva batalla verbal se celebraría entre ellas. Sus amigas, la esperaban para bajar junto con ella.
—No limitaré su temática, Kinomoto —Le dijo, entrecerrando levemente los ojos—. Solamente le diré que Dios no es algo con lo que se bromea, y espero un informe respetuoso de su parte.
—Sólo he dicho que hablaré sobre los Siete Pecados Capitales, profesora —habló, con voz inocente—. Todos sabemos que los vicios en la conducta humana son un hecho. Me enfocaré en ello, y ya sabe lo que pienso de la religión —Si hubiera podido asesinarla con sólo verla, esa mujer lo hubiera hecho—. No quiero creer que sería capaz de atacar mi libertad de expresión.
—Puede retirarse, Kinomoto —Sólo dijo—. Espero más puntualidad para el lunes próximo —recordó.
Sakura se marchó, ante las miradas de muchos de sus compañeros y aquella mujer a la que detestaba, y bajó al recreo.
El grupo de amigos de Sakura era uno de aquellos que aprovechaba el débil calor que se dignaba a entregar de vez en cuando el Sol invernal, para sentarse debajo de un gran árbol de Cerezo y disfrutar de los recesos. La nieve había menguado, y ahora sólo quedaban sus restos húmedos, que perlaban el césped y se condensaban en el aire. Casi todos los días, luego del timbre, que les sonaba a salvación, se reunían allí, para almorzar, charlar y arreglar salidas de fin de semana. Ser adolescentes, para resumir. Esa tarde, sólo Eriol Hiiragizawa y Rika Sasaki se encontraban ausentes. Tomoyo se había sentado a su derecha, reposando tranquilamente contra el grueso tronco, con su obento en el regazo; Chiharu y Naoko cerraban el círculo frente a ella, y se respiraba un fresco aire que limpiaba los pulmones.
La cabeza de Sakura, empero, había quedado presa entre los recuerdos vívidos de su sueño aquella mañana, así que no prestó mucha atención a sus amigas, cuyo tema de conversación parecía girar alrededor de Ciencias Sociales... aunque en los detalles más graciosos que la rodeaban.
—No puedo creer que Yoshio Inoue le dijo a la vieja que su proyecto sería sobre la industria pornográfica —Se acordó de pronto Chiharu, y todos estallaron en carcajadas. Menos Sakura.
"Todos sabíamos que Touya veía cosas. Nunca puedes saber a ciencia cierta cuándo alguien nace con eso, pero puedes notarlo cuando crece. Y Touya creció rodeado de lo oculto, y a veces te miraba como si mirara a través de ti. Hacía exactamente eso. Quizás tú también tengas ese don, Sakura, pero simplemente está dormido. La pregunta es, ¿serás lo suficientemente valiente para despertar?"
La muchacha que había hablado le sacudió los hombros, desconcertada por la niebla gris que parecía haberse hecho un velo sobre los ojos verdes. Con el contacto, inmediatamente desapareció.
—¡Mujer! —La miró, sin comprender. Ella suspiró, como quien regaña a un niño— ¿Ausente mentalmente otra vez, eh? Pues no lo permitiré. Rika ya abarca todo el ausentismo que soy capaz de soportar.
Rika Sasaki y su enamoramiento con el profesor de Biología, Yoshizuki Terada. Pensó en sus ojos color chocolate, redondos y dulces, casi del mismo tono que su cabello ondeado y corto. Sus modales amables y su madurez. ¿Alguna vez despertaría esa chica? Notó que Tomoyo la observaba sin decir nada, haciéndola encoger en su lugar y sentirse estúpida. ¿No debería Sakura también hacerlo?
Como no había tenido tiempo para hacerse un almuerzo decente, su prima le convidó un poco de arroz y pescado de su obento. Su estómago lo agradeció.
—Oye, Sakura... Decir que me amonestan si lo hago, pero hubiera hecho un afiche cinematográfico sobre tu batallita con Tokaji —comenzó Chiharu.
—Con llamaradas infernales de fondo, tú con esa expresión aguerrida de Gladiador Romano, y ella con las víboras en la cabeza, como Medusa —recitó Naoko, impregnándole literatura al asunto.
—Demonios, ¿Medusa, Naoko? —habló la otra— Sakura no podrá con ella así, si está desarmada. Debes conseguirle un escudo y la espada de Baltasar...
—Baltasar es uno de los Reyes Magos, Chiharu.
—Lo que sea. La Espada de Astarú.
—Me complace un poco más, pero sigue sin sonar convincente —concedió Naoko, limpiando sus lentes. Todavía se reía cuando hablaba, y le dijo a Sakura—. El tema es que eres audaz, ¿eh? ¿Qué te dijo cuando te llamó al final de la clase? No llegué a escuchar.
—Elegí un tema vinculado a la religión, y como es una católica extremista, me ha advertido que sea respetuosa —explicó.
—Oh... Imaginé que harías algo así —dijo la muchacha de gafas.
—Simplemente su altivez me estaba cansando. La tiene conmigo —mintió, sabiendo que no lo entenderían—. Nada mejor que meterse en el campo donde se cree más lista. Le dolerá en el orgullo.
Tomoyo la observaba de reojo discretamente, callada y analítica, sopesando su cordura y haciendo que Sakura se arrepintiera de haber hablado tan jocosamente. Su prima tenía los ojos más llamativos que jamás había visto: eran enormes y de un color que recordaba inmediatamente a las amatistas. En momentos así, en los que esas obsidianas se posaban en ella, fijas, y le decían: "¿Qué intentas probarle a todos... y a ti misma?", era que le hacía pensar en una hechicera. Una hechicera con la cara de un ángel, dos ojos de gema preciosa y la inteligencia de un superdotado. O peor aún, de quien podía leerla sin problemas.
Sakura no quería responderse lo que le gritaban los ojos de la hechicera.
Porque a veces ocurría eso con ella: bastaba sólo una mirada, para derrumbar todo lo que estaba bien. La adrenalina de recrearse en el orgullo herido de Natsuki Tokaji era sólo una ínfima parte, una muestra. Sakura se sentía igual de eufórica a cada nuevo logro: cada vez que le cerraba el pico a una persona que la subestimaba, que se sentía superior, se estaba probando que podía bastarse por sí misma. La Sakura que se asustaba con los fantasmas en la Primaria no podría jamás ser esa joven, aplicada, recta, puntual, en extremo analítica, que veía reflejada en el espejo todos los días. Era su zona de comodidad. Nada llegaba a lastimarla.
Nada... excepto una de esas miradas de Tomoyo. Le hacían volver a la realidad, salir del piloto automático, y darse cuenta de que todo estaba mucho más que mal.
Sus nervios cansados agradecieron sobremanera cuando sonó la campana.
Había ido a mojarse el rostro, y al volver más serena al aula, recordó que lo que seguía en la agenda era Matemática. Y cualquier sensación de alivio desapareció, siendo reemplazada por puro tedio. En el camino a su pupitre, donde la esperaba a un lado Tomoyo, que ya había sacado sus apuntes, sintió algunos ojos clavados en la espalda. No era algo poco común y se encontraba totalmente acostumbrada. Giró levemente al sentarse, y percibió las miradas insidiosas de unas cuatro personas sobre ella. Suponía que a muchos les irritaba su petulancia. Ahí iba Sakura Kinomoto, que se cree muy rebelde, desafiando profesores. Ahí iba Sakura Kinomoto, quien en la Primaria lloraba por no entender Matemáticas y ahora sacaba puros dieces. Ahí va Sakura Kinomoto, quien había pasado de saludar a todos con una sonrisa, a apenas dignarse a mirarlos, hablándoles como si fueran idiotas, como si lo supiera todo, y sólo se codeaba con su pequeño grupo de amigas.
Ahí iba Sakura Kinomoto, quien creía haber madurado mucho.
Probablemente fuera así, pensó, y ella fuera todo eso y mucho más. El tema era que había aprendido a que le importara un comino lo que pensaran ellos. No la conocían, y nunca lo harían: solamente alguien como Tomoyo podría entender el mensaje de sus acciones. Y sólo por ella, y por quienes eran sus verdaderas amigas, sentía cariño y se molestaba en abrirse un poco más.
Con esa idea en la cabeza, había decidido encarar la clase de Matemática de ese día. Pero, al parecer, o ella se había puesto un poco susceptible, o realmente debía sentirse inquieta. Porque que el grupo de divas del curso (Kaori Ibi, Eien Dazai, Miu Kozu), la miraran con inquina ocasionalmente, era común. Siempre miraban feo a quien consideraban inferior, y desde que ella no era muy popular en otra cosa que no fuera estudiar y debatir, ni tampoco demasiado glamorosa, pasaba a formar parte de la cadena alimenticia. Así que le resbalaba. Pero que lo hiciera Shaoran Li, era perturbador.
Había comenzado a percatarse de ello luego de los primeros veinte minutos de la clase, cuando el profesor Inaba explicaba el tema de las derivadas. Había intentando distraer su atención, charlando con Tomoyo sobre trivialidades (sí, en esa clase estaba un poco más permitido el libre albedrío), pero todo había alcanzado el punto álgido de incomodidad cuando ella le habló en un susurro:
—Lo miro y me hace acordar a un lobo feroz. Te está diseccionando con la mirada, y demonios que tiene ojos penetrantes.
—Bien, entonces no estoy loca e imagino cosas. ¿Le debo algo?
—Por ahora no me toca ocuparme de tu vida financiera —bromeó—. Ya bastante trabajo es ser tu fotógrafa y modista personal… ¡Aunque no me quejo en absoluto, es un esfuerzo placentero! —exclamó en un asalto repentino de emoción.
Los alumnos sentados delante se dieron la vuelta disimuladamente para mirarlas raro.
—Y mi consciencia. No olvides que también eres eso —apuntó, anotando una fórmula en mi hoja.
—Li es un muchacho extraño. No diría nada concluyente sobre él todavía. Simplemente debe tener un mundo interior profundo, y te está mirando porque pronto querrá algo de ti. Sino no te miraría, nunca ve nada que no sea o el pizarrón, o la ventana —dijo su amiga luego de un rato. Algunos podrían considerar que esa muchacha tenía aires de psicóloga, pero Sakura ya había dicho que era su consciencia, y una hechicera, así que tendría en cuenta lo que le decía. Sin embargo, había decidido tomarlo como un desliz irrisorio del joven.
—Bien, mientras no me secuestre para hacerme experimentos, soy toda oídos.
Al girarse levemente unos diez minutos después, curiosa y convencida de que sus ojos ya se habrían alejado de ella, se estremeció. Continuaban tan fijos que iba a comenzar a transpirar. Su mirada la estaba poniendo nerviosa como nada en ese momento, así que se giró, haciendo como si no lo notara, y mientras copiaba ejercicios de tarea, caviló sobre él, como con cada cosa nueva que se cruzaba en su pequeño mundo y le llamaba la atención.
Shaoran Li había llegado hacía cinco años a la Secundaria Seijo desde China. Según el Profesor Terada, quien lo había presentado esa lejana mañana, él venía de Hong Kong. Aunque el pasar de los años le había demostrado que no todo era tan superficial como se veía: él podría bien ser extraterrestre. Se recordaba con doce años para esa época: una típica pre-puberta con ilusiones rosadas en su cabeza, y que a la vez se creía lo suficientemente consciente y madura en sus acciones, como para iniciar esa nueva etapa en su vida. A los doce años, la realidad era que conservaba los mismos miedos que a los siete, y aún más. Y aquel patrón se repetía en los veinticinco jóvenes que comprendían su clase al inicio de la Secundaria.
Era por eso que Shaoran Li se veía un poco alienígena para todos. Sakura recordaba su asombro inicial por el rictus estoico en las facciones aniñadas y los modales formales. Él siempre se había visto como lo que ellos creían ser. Podía equipararlo perfectamente a la extrañeza que le despertaba el aura de su prima. Ella tenía ojos de hechicera y podía leerte con un simple vistazo. Él tenía los ojos de un lobo solitario, y parecía estar olfateando su energía...
Bien, quizás él también miraba a la gente sin razón. Sakura solía hacerlo cuando se tomaba el tren para visitar a Yukito. Era una distracción interesante para las mentes ociosas. Debía dejar de pensar en el chico como un lobo solitario, alienígena... o lo que fuera, se dijo, sacudiendo la cabeza. Esas cosas la hacían cavilar respecto del pasado, y a partir de ese momento había decidido no pensar mucho más, al menos durante el resto del día.
Le dirigió una mirada neutral para girar luego la cabeza, y volver su vista hacia el pizarrón. Shaoran Li no estaba tan solo como hacía cinco años. Yamazaki Takashi y Tora Kou conformaban, junto con él, ese pequeño grupo de antisociales en el fondo del salón. El más extrovertido de todos era el primero. A veces las acompañaba en los recesos y andaba loco por Chiharu (y ella por él) desde niños. Era al que más conocía y el que más confianza le inspiraba. Con el cabello corto, casi al ras, color carbón, y los ojos cerrados, como si siempre sonriera, la saludó con la mano desde el otro extremo del aula. Sakura le devolvió el gesto, intentando ser simpática. Li al menos había dejado de mirarla. Bien.
—Recuerden, la evaluación será la semana entrante. Estudien con anticipación, dado que es un tema complejo —retumbó la voz grave del Profesor Inaba. Apuntó ese dato mentalmente. Estudiar derivadas a fondo. Comenzar el proyecto. Comenzar otros proyectos. Conseguir un trabajo.
—Sakura, hoy tengo práctica con el coro. Nos han asignado un día más ya que debemos ensayar para el Festival de la Primavera. Lo siento, no podré acompañarte a casa —La voz de su prima le recordó que estaban yéndose de la escuela. Miró su hermoso rostro afligido.
—No hay problema, ni te disculpes —tranquilizó—. Tienes que practicar y que esa presentación sea un éxito —recogió sus cosas y se colocó la mochila—. Yo estaré bien, mañana te invito a tomar algo a casa, a la vuelta.
Caminaron hasta la salida. La tarde comenzaba a morir. En unas horas, el viento se volvería inclemente. Las ráfagas invernales azotarían como cuchilladas toda Tomoeda, y era probable que nevara. Antes de despedirse, Tomoyo la miró a los ojos y sonrió exactamente como si fuera su madre.
—Te quiero, Sakura. Más bien te amo, eso ya lo sabes —corrigió, y la tomó de los hombros—. Quiero que estés bien. Deja de pensar tanto por un momento. Sólo piensa en aquello que te haga feliz, verdaderamente feliz —dijo, y comprendió el significado de sus palabras—. Puedes permitírtelo.
Esa era su prima. Tomoyo Daidouji, una hermosa joven de diecisiete años con la sabiduría de una hechicera de tres siglos. Había algo que Sakura sabía de ella, empero: detrás de esa piel nívea, que se percibía sedosa y etérea, detrás de esos ojos gigantes, enmarcados por pestañas azabache... Detrás de todo lo que parecía estar bien, ella ocultaba las piezas de algo roto. ¿Qué era? No lo sabía todavía, aunque era una certeza que ella sí, tanto como lo que estaba mal en Sakura.
Y la amaba tanto. La vida las había hecho primas, pero la sentía como su hermana del alma. No era su intención preocuparla. ¿Podría superar su escrutinio, que todo podía verlo, y entregarle la sonrisa que le debía tanto? Así lo hizo, y dijo:
—De acuerdo, lo intentaré. Yo también te amo, hermana —La abrazó antes de que tomaran rumbos contrarios.
Ella pareció creerle.
Usualmente, se sentía desanimada cuando Tomoyo no podía acompañarla hasta su casa luego de la escuela. Su compañía resultaba refrescante y balsámica, pero esa vez, se había sentido interiormente aliviada por su contratiempo. El estado de constantes cavilaciones en el que se hallaba sumida, requería pasar un rato sola, para despejar su mente. Sólo era la nieve que se le pegaba en la ropa, el asfalto vestido de blanco, el viento invernal, y ella. Encogiéndose en su abrigo, tuvo la sensación de que la temperatura que le calaba los huesos, la hacía sentir viva.
Había desviado su rumbo hasta llegar al Parque Pingüino. Una vez allí, se había sentado en un banco frente a las hamacas. Ningún niño jugaba allí a esa hora. Quizás hacía mucho frío... O quizás ya no había tantos niños que gustaran de hamacarse. ¿Qué era lo más divertido ahora?, pensó. Seguramente televisión, computadoras y videojuegos. Ocasionalmente, pasaba por allí y no veía a los infantes en el arenero jugando con las hormigas, o escalando árboles, deslizándose por los toboganes, escondiéndose para tramar misiones secretas dentro del gran Pingüino azulado que le daba su nombre al lugar... O simplemente, siendo niños. Cuánto lo lamentaba por ellos, se dijo, pues deseaba tanto volver a jugar.
Por inercia, había terminado hamacándose tristemente a un ritmo lento, acompañando el vaivén con los pies. A pesar de no habérselo propuesto realmente en un principio, quería intentar hacerle caso a Tomoyo.
"Deja de pensar tanto por un momento. Sólo piensa en aquello que te haga feliz, verdaderamente feliz. Puedes permitírtelo."
La brisa gélida le acarició el rostro y meció sus cabellos largos. Se le impregnó el aroma nostálgico del invierno. Cerró los ojos y por un momento se sintió parte del paisaje. Como un pequeño copo de nieve cayendo paulatinamente, hasta encontrarse con el asfalto, y perecer en la quietud.
Perecer. Qué palabra tan extraña. La pronunció sin que ninguna sílaba fuera audible. Sólo expulsó una bocanada de aire que se hizo vaporosa.
—¿Buscando a la niña que perdiste?
Una voz grave rompió el silencio y la devolvió a la realidad casi como una bofetada. Saltó del columpio y miró a Shaoran Li que había estado observando sus espaldas por quién sabe cuánto tiempo. Aquello la perturbó.
—¿Disculpa? —Sólo atinó a decir.
Él se veía profundamente sombrío. La gabardina del Instituto cubría su figura, alta y delgada, y el ocaso moribundo proyectaba sus tonos anaranjados y opacos sobre sus hombros y su cabello. Su rostro no mostraba ninguna expresión en especial, salvo una leve diversión. Pudo distinguir el comienzo de una sonrisa torcida en las comisuras de su boca. Se preguntó si Tomoyo tenía razón al final.
—¿Deseas algo, Li? —terminó por preguntar, ante su mutismo.
—Si continúas actuando de una manera tan inconsciente, terminarás mal —advirtió.
No supo a qué atenerse con esas palabras cargadas de seriedad.
—¿A qué te refieres? No creo que seas el más indicado para decirme có...
—Creo que no has entendido —La interrumpió. Sakura deseó que Touya estuviera con ella—. O quizás te has apresurado a hablar, como siempre lo haces, y no me dejaste terminar. Sí, fue eso —habló como para sí—. Necesitarás mi ayuda. Eres una persona inocente y terminarás metida en una jauría de lobos.
El brillo peligroso de sus ojos ámbar la cautivó terroríficamente, y su frase le había resultado tan irónica, que casi se ríe.
—¿Desde cuándo sabes tanto sobre mí? —habló con sorna, sin que pudiera entreverse su nerviosismo— ¿Ayuda? ¿Con qué? ¿Y por qué tan generoso con alguien a quien no conoces? —preguntó en el mismo tono.
Pareció complacido por tanta inquisición. Se acercó dos pasos y Sakura se alejó otros dos.
—Venga, no me digas que me tienes miedo, tú que te ves siempre tan envalentonada —Se burló—. Ahora mismo te estás dando cuenta que no comprendes en absoluto por qué te hablo así, y a la vez, te maravillas, porque sientes que en esta conversación críptica, hay algo que ambos comprendemos. Eres observadora y lista, pero eso no te hace menos inocente —Sakura tragó pesado, con el corazón martilleándole sin parar—. Puedes pensar que tengo alguna oscura intención oculta, y sólo intento persuadirte, y quizás tengas razón. También puedes pensar que soy un psicópata y quiero matarte —volvió a retroceder, las manos le sudaban. Rió—. También puede que esté perdidamente enamorado de ti desde séptimo grado y venga a declararme —Eso último lo dijo con una ambigüedad que rozaba la verdad y el sarcasmo puro—. Hay posibilidades infinitas dentro de esa cabeza tuya, que nunca se detiene.
—Ve al grano de una vez, Li —habló, logrando que la voz no le temblara, luego de unos segundos.
—En algún momento te sentirás perdida y me necesitarás. Sólo estoy dejándote las puertas abiertas para que lo hagas a su tiempo.
—¿Tan buen samaritano puedes ser? —bromeó, tanteando, con el estómago retorcido.
Rió otra vez.
—No creas que no saco un beneficio de esto. Pero todo será dicho a su tiempo, tal y como acabas de escuchar.
—Nada de eso, no me gustan las medias tintas, Li. Si me conoces tanto, deberías saberlo.
—Te crees lo suficientemente lista como para pender de un hilo. Piensas que no te caerás —La ignoró—. Estás a punto de perderte. Pero eres el tipo de persona que prefiere cerrarse y pavonearse. De creer que, por asomo, alguno de esos logros en tu vida, beneficiará a alguien más que tu miedo. Yo me sentaré a disfrutar de ver cómo te enfrentas a la oscuridad que hay en ti misma, Kinomoto.
Casi cualquier cosa que fuera a decirle a Shaoran Li en ese momento, murió ni bien estuvo por llegar a sus labios. Los sentía temblorosos, secos, helados... Podía imaginar que se veía mortuoriamente pálida y sobrecogida. Se había dicho que cumpliría con Tomoyo y no pensaría más, y él estaba obligándola. Allí, en el parque de su niñez. Donde había querido columpiarse y jugar a ser Sakura Kinomoto, la niña de cabello corto y ojos verdes brillantes. Donde había querido ser un copo de nieve y no pensar en nada. En nada.
—¿Te entretienes con la gente, verdad? —escupió, tomando aire sonoramente— Eso te quita cualquier derecho a juzgarme. Si yo soy una idiota por hacer lo que dices, tu cinismo te vuelve un imbécil.
Sus ojos eran dos piscinas de ámbar peligroso. Tóxico.
—Es un razonamiento válido. Soy un maldito cínico —admitió, señalándose con orgullo—. Pero no has tenido algo en cuenta: Conozco la oscuridad tan profundamente que soy una parte de ella. En toda la profundidad de tus ojos, puedo ver a la perdición danzando. Ya he estado ahí. Y tú, Kinomoto, es la que no sabe nada de ésto. Así que, cuando sea su momento, vendrás a mí. Te llamaré y estarás aterrorizada como ahora —sonrió veladamente—, pero sentirás que lo necesitas. "Dueños de sus destinos son los hombres. La culpa, querida Sakura, no está en las estrellas, sino en nuestros vicios."
Shaoran Li sonrió, aunque no se veía feliz en absoluto. Y se alejó, sin decir nada más, dejando su silueta oscura perderse entre la jungla de cemento.
Sakura todavía temblaba al llegar a casa.
Notas de autora:
¡Buenas, de nuevo! Les traigo el nuevo capítulo recargado y reeditado(?) xD Escribí mucho más en este, y como verán, la temática se desvió un poco de lugar... aunque no crean que no hablaré de los Pecados Capitales. Como dije en el Prefacio, lamento haber dado tantas vueltas, pero es difícil concentrarse con tanto por hacer en el colegio y en la vida en general... xD Es la primera vez que me propongo a escribir y terminar REALMENTE una historia en fanfiction, así que sepan disculpar este desliz. A partir de ahora será todo distinto xD En fin... muchas gracias por los elogios para el primer capítulo, chicas :) Espero que este les guste mucho más (la conversación entre Shaoran y Sakura creo que quedó mucho más clara). Terminaré por subir el segundo capítulo reeditado levemente (éste sufrió muy pocas modificaciones, pero presten atención porque sino no se va a entender xD)... y bueno, ojalá cumpla con lo esperado.
¡Dejen reviews!
Saludos :D
