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En la oscuridad
Capítulo II: Dirigendos
Recordaba haber leído la Divina Comedia en aquella época de su vida en la que buscaba entender el significado de las cosas, y se había refugiado en la idea de Dios. Tanto su madre como su padre eran ávidos lectores, así que no había sido extraño encontrarse con una copia de tan famosa obra revolviendo en el desván. Sakura lo leyó, sin prisa y sin demasiado interés, pues a sus lejanos catorce años, solía alternar períodos de hiperactividad y pereza con frecuencia. Interpretó todo aquello de manera metafórica, y quedó en el olvido luego de unos meses. Ahora, sin embargo, le era imposible no pensar en la Divina Comedia al analizar su situación. ¿Cuándo había pasado, que de repente, ella se sentía en un Infierno dantesco? Podía imaginar a Shaoran Li como Virgilio, aguardándola en el sinuoso camino de ardientes rocas, enseñándole las miserias humanas y sus castigos. Sakura sabía mucho más de lo que debía acerca de la miseria, pero lo que la perturbaba, era que hacía media hora, en el Parque Pingüino, él había desnudado las suyas. No le agradaba, le resultaba totalmente intimidante y no hacía más que abrir miles de signos de pregunta sobre su cabeza.
Luego de un rato, había logrado que sus temblores se desvanecieran respirando profundo y diciéndose que de nada servía temer y volverse una cobarde. Levemente más centrada, y con su cómoda ropa de entrecasa puesta, se dirigió a la cocina a preparar la cena de esa noche. Eran cerca de las ocho y cuarto, y sabía que su padre llegaría a eso de las nueve. Generalmente, volvía de la escuela y se abstraía estudiando o navegando en internet, y cocinaba a las apuradas. Pero sentía la mente y los ojos exhaustos, así que aquel lapso de tiempo le daría oportunidad de preparar algo más suntuoso que lo acostumbrado y ensimismarse.
Cuando Fujitaka llegó, lo hizo sin casi emitir ruido. Sakura sólo se percató por el sonido metálico de las llaves al ser dejadas en la mesada del comedor.
—Hola, Sakura —La saludó con un suave beso en la coronilla—. Lamento haber llegado tan tarde.
No importaba que hacía más de medio año Fujitaka llegara a cualquier hora del trabajo, él haría exactamente lo mismo al día siguiente. Sakura no era estúpida, pero una vez más, decidió ignorar sus cavilaciones y actuar como una hija.
—He preparado una tarta de acelga —dijo y se giró con una fuente ocupada por una gran tarta de bordes ondulados y apariencia crocante y apetitosa.
—No debiste haberte esmerado tanto, Sakura, sabes que y...
—Simplemente me sobró tiempo y creo que nos merecemos comer algo decente por una vez —interrumpió, cogiendo dos platos, unos cubiertos y vasos para ambos.
—Se ve delicioso —terminó por decir su padre, como quien se lo diría a una niña de diez años que hornea sus primeras galletas.
Se sentó frente a él para disponerse a cenar, luego de cortar una porción abundante, y lo miró por un segundo. Fujitaka Kinomoto era un hombre de carácter amable y apacible, que se percibía en sus ojos castaños, enmarcados por unas finas gafas redondas, sus rasgos delicados y templados, y su vestimenta conservadora, la de todo un profesor. Un hombre de estudios e inteligencia. Aunque ahora su camisa no se viera tan pulcra como cuando había abandonado su hogar aquella mañana, tuviera desajustada la corbata roja, y en el aire se respirara una mezcla a colonia masculina y alcohol, Sakura siempre intentaba pensar en su padre de ese modo. Fujitaka Kinomoto: profesor de Arqueología respetado, esposo devoto de Nadeshiko y padre amoroso de Touya y Sakura.
—¿Cómo estuvo la escuela hoy? —rompió el silencio de sus pensamientos.
—Bien, nada demasiado interesante —mintió, viniéndosele unos ojos dorados a la cabeza que la estremecieron—. Un típico lunes aburrido. ¿Y en la Universidad? —preguntó, intentando continuar la conversación para distraerse.
—Ajetreado. Impartir clases hoy en día no es tan simple. He tenido que llamarle la atención a muchos por estar distrayéndose con los celulares o hablando —Se irguió en el asiento, dejando los cubiertos a cada lado del plato—. He estado pensando si acaso soy yo el que no sabe acostumbrarse a los nuevos tiempos.
"Y yo he estado pensando que quizás deberías dejar de impartir clases borracho."
Sakura se mordió la lengua.
—No lo creo —volvió a mentir—. Es un problema que se repite en todos lados. Pero ellos son los idiotas: si no pasan sus exámenes, no van a recibirse.
—En eso tienes razón pero, como profesor, es frustrante observar el desinterés por aprender —dijo, aunque no sonaba indignado.
—Tú eres el que cobra el sueldo a fin de mes, papá. A ese paso tan mediocre, ellos ni siquiera recibirán un sueldo —consoló, aunque luego se preguntó si aquel razonamiento no había resultado demasiado cruel.
—Tan práctica como sólo puedes serlo tú, hija —elogió Fujitaka, aunque sabía que no se sentía orgulloso en absoluto. ¿Dónde había quedado su niña con estrellas en los ojos? Probablemente en el mismo lugar donde había quedado el profesor que volvía sobrio a casa.
—Buscaré un trabajo a tiempo parcial —anunció Sakura al terminar su cena, recogiendo los platos vacíos y colocándolos en el lavamanos.
—No hace falta que te esfuerces tanto, Sakura —protestó su padre con tono conciliador—. Gano lo suficiente como para...
—Lo sé, pero de todos modos siento que es el momento. Un poco de dinero de más nunca viene mal.
Fujitaka no refutó lo dicho, no porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía que hacía rato que Sakura no le consultaba sobre sus planes: ella simplemente los afirmaba. Era una breve presentación de los hechos, y quedaba en él molestarse o aceptarlos mansamente, porque lo haría de todos modos. Quizás había adoptado esa actitud inconscientemente con él. Al fin y al cabo, si algo lo atormentaba, era el no haberle consultado a su pequeña hija, aquella vez. Ese era su castigo.
—Buenas noches, papá —Se despidió Sakura yendo escaleras arriba, después de haber lavado los platos, y sabiendo que su padre, con la borrachera que tenía, se dormiría ni bien ella pisara el último escalón.
Fujitaka, alcoholizado, podía ser un tipo tan lógico y sagaz como cualquiera, o más. Pero sumido en un estado de pasividad y sopor... Como quien prefiere perderse en su mundo que interactuar en el real, y sólo emerge para hacer aclaraciones y algún que otro comentario ocurrente. Ese tipo de borrachera tenía su padre: la que le ponía los ojos nublados y perdidos, y al beber en la cantina antigua que frecuentaba, lo envolvía en la bruma nostálgica que rodeaba los recuerdos.
Se deshizo de la imagen de su padre a medida que se colocaba un abrigado pijama color melocotón tenue. Sólo al recostarse, pudo darse cuenta de cuán cansada estaba realmente. Sentía su cabeza a las mil revoluciones, incapaz de detenerse ni un segundo, sobrecalentada por el esfuerzo y a punto de destrozarse en una explosión de vapor y llamaradas. Recordó las palabras de Tomoyo.
"Deja de pensar tanto por un momento. Sólo piensa en aquello que te haga feliz, verdaderamente feliz. Puedes permitírtelo."
¿Podía? Quizás era un lujo demasiado grande para ella ahora. Había tanto que estaba mal, tantas cosas por solucionar, por comprender, sobre sí misma y sobre los demás. Sobre su entorno. Demasiado por enfrentar, demasiadas miserias por develar. Y ahí estaba Shaoran Li. A su mente vinieron esas obsidianas ámbar, y aquel mensaje, tan siniestro, que había constituido su encuentro. Su advertencia fue tácita, sutil, tal y como lo había imaginado del enigmático Li: si aceptaba su "ayuda", sería un viaje lento y sinuoso hacia las mismas puertas del Infierno. Malditamente dantesco.
—Kero —murmuró, sintiéndolo subirse a la cama de un salto y recostarse hecho un ovillo contra sus costillas. Le acarició las orejas y comenzó a ronronear gravemente.
O quizás todo aquello era una mera sucesión de hechos extraños, pero no demasiado trascendentales. Quizás sólo debiera intentar reparar lo roto, empezando por sí misma, siguiendo por Fujitaka, continuando por... todo aquello que se hubiera hecho cenizas tras las brasas de la tragedia. Quizás simplemente debería concentrarse en terminar la escuela, de manera eficiente, sin entrometerse demasiado en terrenos escabrosos, ni relacionarse con Shaoran Li o siquiera sopesar su aire de misterio. Al fin y al cabo, siempre había sido extraño, como Tomoyo, pero de una manera levemente perturbadora. Casi siempre solo, o en compañía de esos dos amigos, con aire ausente, desinteresado; resultaba casi petulante aquella indiferencia en los rasgos aguileños y afilados.
—Él puede ser un bicho raro. El mundo está lleno de ellos —habló a Kero, como si buscara su apoyo, en la penumbra. Sólo recibió un maullido ahogado.
Habían posibilidades infinitas, quiso convencerse.
"Toma tanto tiempo conocerse a uno mismo, Sakura. Ni siquiera te alcanzaría toda una vida. Tu tiempo como mortal transcurrirá en esa búsqueda, y sólo conseguirás algunos retazos de ese lienzo, algunas claves que te permitirán controlarte, conocerte, relacionarte y lidiar con la vida. Pero nunca tendrás todas las piezas del rompecabezas. Hay personas, sin embargo, que pueden leerte en un segundo. Les bastaría con verte a los ojos para sacar a relucir todo lo oculto. Generalmente les rehuimos, las odiamos, o las amamos más que a nada en el mundo. Pero algo ocurre con estas personas: ellos son seres de luz... Si te encuentras demasiado cerca, quizás te dejes cegar por ella."
Cuando se despertó, luego de aplazar el reloj unos minutos de sobra, eran las seis y dieciséis de la mañana. Por suerte, ese día no iba a tener que lidiar con retrasos. Tenía tiempo suficiente como para tomarse todo con calma, y así decidió que encararía su jornada, desperezándose largamente en la cama. Abrió la ducha y esperó hasta que el agua caliente llenara de vapor el cuarto de baño. Entró y dejó que las gotas intermitentes le recorrieran el cuerpo entero, serenándola, como un bálsamo. Una vez que terminó de bañarse, se envolvió con una toalla, se colocó el uniforme del Instituto y bajó a la cocina, sabiendo que Fujitaka se había marchado hacía rato. El viaje en tren era largo y tedioso, y más debía de serlo para alguien con resaca.
Se preparó unas tostadas con queso untable y comió una manzana, antes de sentarse y beber lentamente un zumo de naranja dulce y refrescante. Se sentía un poco mejor que el día anterior; al menos no había tenido sueños extraños, llegaría puntual a la escuela, no debería ver a Tokaji hasta dentro de una semana, y había decidido, además, seguir con su vida tranquilamente y sin prestar atención a Shaoran Li. Era un bicho raro, tal y como lo había pensado, y no tenía la más mínima intención de convertirse en el foco de sus extrañezas. Ya bastante tenía con las suyas.
Así transcurrieron los días para Sakura: se despertaba, sin ningún contratiempo onírico, llegaba a la escuela con puntualidad, se destacaba académicamente, charlaba con sus amigos, y no recibía ni una mínima señal de Li. Siquiera se había molestado en verlo. Así pues, era viernes, el anteúltimo día de escuela, y Sakura había postergado su investigación para Ciencias Sociales por estar estudiando derivadas. Se dirigió con Tomoyo a la puerta de la biblioteca de la escuela.
—Voy a empezar con el trabajo de Tokaji, así que quizás te vea a la salida del coro —dijo Sakura.
—Pensé que desistirías de usar ese tema y probarías con otro más simple y que no te acarreara más odio de esa mujer —confesó.
—Yo no desisto de lo que me propongo —aseguró con aire heroico.
—Lo sé —suspiró—. Simplemente quería dejarme llevar por esa fantasía, a ver si se cumplía —rió—. Ya sabes, el poder de la mente.
—Eso no se aplica a mí.
—Y hablando de eso —La tomó de las manos repentinamente, en un arrebato de emoción—, ¿puedo fantasear con que el sábado por la noche vendrás con nosotras al club, verdad?
Sakura contrajo su expresión.
—No debería...
—¡Oh, vamos! —protestó dramáticamente— Hace mucho que no salimos, Sakura. Somos jóvenes y hermosas —agregó, fingiendo arrogancia.
—Eso dilo por ti.
Tomoyo pensó que si de verdad no conociera tanto a Sakura, hubiera creído que era falsa humildad. Pero sabía de sobra que el hecho de poseer unos ojos verdes enormes y expresivos, el cabello largo color castaño claro, casi rubio, y un rostro perfectamente simétrico y femenino, de rasgos aniñados y dulces, no significaba demasiado para ella. Ni lo notaba.
—Vendrás a casa conmigo después de la escuela y te acicalaremos —declaró, tajante, y acto seguido esbozó una sonrisa
—Eso último me hizo sentir parte de un desfile canino —murmuró.
—Te deseo éxitos en tu investigación, no te estreses demasiado. Es sólo un proyecto, recuérdalo —Le habló, como si intentara amansar una fiera rabiosa—. Nos vemos más tarde —La abrazó y se alejó con pasos elegantes hacia el salón de música.
Sakura eligió el lugar más apartado de todos cuantos había en el recinto. Aquel que estaba pegado a las bibliotecas de Literatura Europea y Psicología. No le molestaba tener que recorrer un largo tramo para llegar a la sección que le interesaba. Priorizaba el silencio y la intimidad por sobre todo, especialmente al investigar. Había unos pocos estudiantes, dispuestos desordenadamente en las primeras mesas frente al mostrador de la señora Miyano. La bibliotecaria del Instituto, una mujer de unos cincuenta y cinco años, leía concentrada algún libro de tapa marrón, con ese aire formal e intelectual que desprendía. Sakura tuvo que ir y venir varias veces con algunos libros bastante pesados apilados contra su pecho, y para cuando hubo terminado, había ocupado casi la mitad de la mesa. Tomó asiento y recordó entonces algo que su padre le había dicho hacía mucho tiempo.
"Siempre tienes que tener en claro qué es lo que quieres saber, Sakura. Cuando investigas, es fácil elegir un tema, pero lo difícil es cómo enfocarlo. Cuando tienes eso, tienes la base de todo."
¿Los Pecados Capitales representados en la sociedad moderna del Siglo XXI, entonces? ¿Los vicios de la conducta en los seres humanos? ¿Cómo hemos pasado de quemar gente en la hoguera por "herejes" a quemarnos a nosotros mismos en las llamas de nuestras carencias? Demonios, aquello último había sido demasiado poético. Hasta le daban ganas de transcribirlo y montar una obra de teatro, a lo Shakespeare, repleta de monólogos e introspección, y...
¡Enfócate, mujer!
Bien, ella había elegido los Siete Pecados Capitales (claro está, los vicios en la conducta humana) en un arrebato de pedantería para hacer hervir de furia a Natsuki Tokaji por católica fanática. Y lo había logrado. Pero ni de asomo sabía cómo empezar. De acuerdo, pensó: Gula, Avaricia, Lujuria, Ira, Pereza, Soberbia y Envidia, esos eran. Esa lista había sido creada por un hombre llamado Evagrio Póntico: era un monje, y aquellos vicios eran considerados por ellos como malvados, y debían ser evitados. Luego, había caído en manos de la Iglesia, y con el pasar de los siglos, se deformó su significado. Estaba claro para ella que todo aquello había sido un circo represivo del clero y que había perjudicado más de lo que había beneficiado a la raza humana. Otra táctica que roba dinero y consigue poder. Pensaba dedicarle unas amplias carillas a eso último.
Pero fuera de su opinión respecto de la Iglesia, meditó, estaba claro también que aquellos vicios eran una realidad perceptible. Esos siete "Pecados" eran las denominaciones para aquellas conductas que llevaban al ser humano a su destrucción. Había un fuerte componente psicológico, así que resolvió comenzar por leer al respecto y bosquejar una introducción pertinente incluyendo todo lo demás. Así estuvo leyendo por el espacio de una hora, escribiendo apuntes mientras lo hacía, y concluyó con una línea introductoria de unas diez páginas. Dio un respingo de sorpresa al ser su concentración interrumpida por una voz grave.
—Kinomoto.
—¿Hace cuánto que estás aquí? —No correspondió al saludo de Shaoran Li, que la observaba impasible desde el asiento frente a ella, con una mano sosteniendo su rostro.
—No mucho más de dos minutos. Pero si hubiera sido media hora, tampoco lo habrías notado.
—Me concentro al trabajar —afirmó, intentando no intimidarse por la rigidez de su expresión y el hecho que estuvieran en el último recoveco de la biblioteca. Ni siquiera sabía cómo había logrado dar con ella. Ni quería saberlo. Su risa irónica la hizo estremecer.
—¿Crees que ésto es trabajar? —habló con desdén, pasando la vista por los libros revueltos— Tú sólo copias cosas en unas hojitas, haces que defenestrar a la Iglesia suene coherente y científico y luego lo presentas.
—Creo que tengo un ejemplo de Soberbia en frente mío —dijo— ¿Puedo entrevistarlo, señor Li, grabarlo durante unas horas, y que le cuente a todos cómo ha llegado a tal grado de superioridad humana? —Se burló, afilada. No le importó en ese momento que él se viera tan peligroso como en el parque, nuevamente con la gabardina oscura del Instituto, sus ojos profundos diseccionándola y el contraste de la tarde gélida por la ventana con la sala iluminada artificialmente.
—Me halagas —repuso—. Con esa lengua tan sagaz, ¿no deberías estar haciendo cosas más importantes que este proyecto idiota?
El tono que usó no le gustó para nada. Frunció el ceño, incómoda ante la familiaridad de su trato.
—Que yo sepa, no eres tú quien decide sobre mis prioridades.
—¿Qué intentas probarte con esa actitud? ¿Que maduraste? —inquirió, aunque parecía ya saber la respuesta— La única soberbia aquí eres tú. Te lo he dicho: miras a todo el mundo por encima del hombro, con tu frente siempre en alto, imponente. Pero en el fondo, te sientes diminuta y triste —recitó. A Sakura le había empezado a latir el corazón con mucha fuerza. Quería irse lejos de él otra vez—. Así que esencialmente eres la Tristeza... ¿Sabías que se la consideraba un Pecado, también? —Le dijo, señalando un libro e imitando la emoción de un niño con sarcasmo—. ¡Figura en la lista original! Luego dijeron que la Tristeza es una variación de la Pereza, así que también eres perezosa. Pero sientes mucha Ira, por todos aquellos que te han decepcionado, y por ti misma.
—Aléjate de mí —Sólo atinó a decir, en un hilo de voz, cuando lo vio ponerse de pie. Ella hizo lo mismo un segundo después, dispuesta a tomar sus cosas y correr todo cuanto sus piernas temblorosas le permitieran.
—¿Por qué, estoy mintiendo acaso? —Seguía utilizando ese tono indiferente, que a Sakura le helaba la sangre.
No, jamás había mentido, el muy desgraciado.
—¡Aléjate de mí, Shaoran Li! —exclamó, olvidándose por completo que se encontraba en una biblioteca— No quiero tener nada que ver contigo. Ve a psicoanalizar a otra persona, maldita sea —masculló insultos por lo bajo, intentando hacer una pila de todos esos pesados libros y deseando ser lo físicamente capaz de llevarla con rapidez a sus respectivos estantes. No lo logró, se le cayeron.
—¿Te ayudo?
Su voz le ponía los vellos de punta. A cada palabra que había pronunciado, las olas de adrenalina y los escalofríos aumentaban, al ritmo de sus pulsaciones. Shaoran Li era un maldito cínico.
—¡No te me acerques! —chilló otra vez. A Li no parecía afectarle su exaltada reacción. Es más, se veía como si se lo hubiera esperado— Escucha, no vuelvas a mirarme, acercarte, ni mucho menos, hablarme —amenazó, con voz trémula.
—Hablas como si te acosara.
—Lo haces —acusó—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
Se encogió de hombros.
—Tengo mis fuentes —repuso tranquilo.
Sonaba como un maldito mafioso. Apretó la mandíbula.
—No me interesa. Simplemente espero que te atengas a lo que acabo de decirte, de lo contrario, no me contendré en defenderme.
Sonaba histérica. Y es que, demonios, lo estaba. Había perturbado toda su paz mental en apenas cinco minutos de charla, y al percatarse de su altura imponente que debía pasar el metro ochenta, y sus hombros anchos, se sintió diminuta, indefensa. Con miedo. Tenía miedo de Shaoran Li y todo lo que representaba.
—¿Me vas a tirar con un libro? Podría sufrir fuertes contusiones —replicó, sarcástico.
Era obvio que en él sus amenazas no surtían efecto, porque tal y como imaginaba, todo le importaba un comino. Sólo se trataba de él. Así que Sakura decidió hacer lo más sensato:
—No es necesario que te repita lo que ocurrirá si te vuelves a meter conmigo, Li —Se calzó la mochila al hombro, demostrando entereza—. Levanta tú los libros.
Y se marchó casi corriendo, y siendo recibida a la salida por el abrazo de la joven noche nipona, que le caló los huesos, aunque no mucho más que sus palabras.
Se había despertado con un genio de los mil demonios. Al llegar a su casa, la noche anterior, apenas había saludado a Fujitaka, y se había encerrado en su habitación el resto de la jornada. Ni siquiera había comido. Sentía el estómago como un nido de víboras enroscadas que escupían chorros de veneno y hacían arder sus entrañas. La sensación no había menguado ni después de dormir. Se levantó de un salto de la cama, dirigiéndose al espejo del tocador. Se miró largamente. Se veía destruida. En su rostro podían apreciarse unas profundas ojeras grises, la prueba de una larga noche de sueño intermitente, la tez pálida, y sus ojos... furibundos. Detrás de todo lo que se veía como una chica que había pasado mala noche, se escondía una rabia que hubiera destrozado cualquier cosa a su alcance. Shaoran Li. Él carecía de derecho a hablarle así. Carecía de derecho de exponerle todo aquello que se había encargado en cubrir con tanto cuidado. Todo lo que era aceptable, se había dado vuelta... Se veía torcido, sucio, roto. Demonios, ella estaba rota en tantos pedazos, pero no había manera de que alguien lo supiera. A menos que fuera Tomoyo, la única que la conocía.
—¿Y si es como Tomoyo? —preguntó a la nada.
Su prima era dulce y sabia. Respetuosa, elegante. Le encantaría aunque sea poseer una sola de sus infinitas virtudes. Era una persona estupenda y sólo ella la comprendía. Pero Li era grosero, sarcástico, cruel y pedante. Había logrado enfadarla como nadie lo había hecho en tanto tiempo. Casi el mismo efecto que Natsuji Tokaji.
"Pero él no miente."
¿Qué le dolía más? ¿Que Tomoyo conociera todas y cada una de sus miserias, y que con compasión maternal, la dejara recrearse en su pequeño mundo de perfección, o que Shaoran Li, a quien apenas conocía, se las escupiera a la cara, y le dijera "Haz algo"? Un fuerte dolor de cabeza la asaltó. Hacía años que no se sentía con tanto malestar. Tomó una aspirina, cerciorándose de la hora, y viendo que aún era temprano, se concentró en prepararse. Era el último día de la semana, y tenía examen de derivadas. Aunque la invadían unas fuertes ganas de faltar, sabía que no debía ser cobarde. Tarde o temprano iba a tener que enfrentarse a la presencia de Li.
Se encontró frente a su salón y entró a paso lento y calculado. Sabía que él estaba allí, sentado en el fondo, con esa mirada profunda y descarada posada sobre ella, pero hizo acopio de su fuerza de voluntad y no hizo nada fuera de lugar. Se sentó, saludó a sus amigos de lo más natural y, cuando el profesor Inaba llegó, se preparó para realizar el examen en completa calma. Pero lo cierto es que le resultó más complicado que de costumbre, dado que en la primera mitad de la hora, Shaoran Li se había levantado antes que nadie para entregar una hoja perfectamente resuelta. Aquello era normal, Li se destacaba en Matemáticas desde siempre; pero ahora que Sakura lo veía de otro modo, resultaba altamente perturbador. Lo observó de reojo dirigirse a su asiento, con su despreocupación habitual, y cerrar los ojos al reclinarse.
"Miras a todo el mundo por encima del hombro, con tu frente siempre en alto, imponente. Pero en el fondo, te sientes diminuta y triste."
Sus palabras la golpearon como una bofetada. Se le había hecho difícil concentrarse desde ese momento, y terminó los ejercicios con una amplia duda de haber conseguido la nota excelente que esperaba. No quiso darle importancia y se permitió un pequeño desliz, aunque sintió que últimamente se estaba permitiendo demasiadas cosas impropias de ella. Se dirigió con sus amigas al árbol de Cerezo para disfrutar del almuerzo. Su estómago había decidido despertarse de su inactividad al fin.
—¿Estabas haciendo una huelga de hambre o algo así? —bromeó Chiharu, al verla comer vorazmente.
No respondió: su comida era ciertamente más importante. Entonces Naoko comenzó a hablar de los planes para esa noche:
—Iremos a Nytro, ¿verdad?
—Sí, he escuchado que pasan muy buena música —afirmó Chiharu—. Estaba pensando que podríamos invitar a algunos amigos —sugirió, fingiendo inocencia.
—¿Cuál es tu concepto de amistad, mujer? —tanteó Naoko, divertida.
—¡Oh, vamos, no se comporten como ancianas! —reprochó, poniendo los brazos en jarras— Tú, Naoko, estás loca por ese tal Tonma —La chica de anteojos parecía no estar avergonzada de ese hecho—. Tomoyo podría ir con Eriol. Ambos son la perfecta estampa de pareja nipona-inglesa —Todas se rieron. En algún punto era cierto. No veían a Eriol Hiiragizawa muy seguido en los recesos por sus múltiples compromisos con los clubes de la escuela y porque cursaba el último año, pero siempre habían opinado que ambos se veían bien juntos. Chiharu prosiguió—. Rika no asistirá porque, como sabemos, está ocupada con Terada —dijo ésto en tono sugestivo, y todos lo entendieron y se compadecieron—. Y bien, tú, Sakura —alzó las cejas, pícara—, creo que es hora que le des una oportunidad a Hiro.
Oh, Hiro. Si no se lo nombraba, no se hubiera acordado de que existía. Hiro Hayashi cursaba el mismo año que ellas, pero en el salón contiguo. Le había pedido una cita unos meses atrás, tomando valor luego de un tiempo de observarla en silencio. Y ella, alentada por los vítores de sus amigas, había accedido, con poca emoción. Aquella salida había sido tediosa y aburrida para ella, aunque según él, había quedado hechizado por el misterio que escondían esos ojos jade. Pero sus halagos no habían logrado ablandarla. Él no cumplía con su concepto de amor. Es más, dudaba ampliamente que alguien en el Planeta Tierra reuniera los requisitos. No era porque sintiera que era demasiado buena para "un cualquiera". De hecho, se sentía lo suficientemente consciente de su mente entramada como para saber que nadie con cordura la soportaría. El enigma desaparecería de sus ojos ni bien llegara a conocerla mejor, y esa persona sólo vería...
Sí, demonios, lo que Li había descrito tan perfectamente.
Vería eso, y sabría que no era sano amar a una persona así. Por lo tanto, lo había rechazado, y así con un par más de pretendientes, y se encontraba resignada a su soltería. Era un bien para la humanidad.
—Hiro no me interesa —afirmó con tono seguro.
—Sólo salieron una vez —intentó convencer Naoko.
—Para mí fue suficiente.
—Quizás haya cambiado.
—Me aburría.
—Bueno, con unas cervezas de por medio, quizás salga a flote su lado divertido.
Sakura miró a Chiharu, suspirando. A todo esto, Tomoyo observaba en silencio, encantada con las expresiones faciales de su amiga.
—No servirá de nada negarme, ¿verdad? —asumió la joven de cabello castaño— Lo traerán igual. Hagan lo que quieran, no pienso acercármele.
—Uno nunca sabe lo que le depara el Amor —dijo Naoko, con ojos soñadores.
—Sí, ¿quién sabe? Las mejores parejas son las más impensadas.
—Como tú con Yamazaki, ¿eh? —Se apresuró a agregar Sakura, picándola.
—¡No me hablen de ese idiota, por Dios! —chilló aireadamente, con las mejillas repentinamente sonrojadas.
—Y hablando de Roma... —masculló Tomoyo, y todas giraron para ver a Yamazaki Takashi, que se acercaba hacia donde se encontraban con la expresión sonriente de siempre.
—¡Hola, chicas! ¿Cómo están? —preguntó, pasándose una mano por el cabello negro.
—Bien —respondió Tomoyo por todas, pues el resto estaba ocupado mirando significativamente a una nerviosa Chiharu—. ¿Qué te trae por aquí?
—Quería saber si tenían planes para esta noche.
—Iremos a Nytro —habló Naoko.
—Oh, perfecto, nosotros también. ¿Vamos en grupo?
Takashi Yamazaki era una de esas personas que les cae bien a todo el mundo. Se mostraba simpático y extrovertido. Era el tipo de muchacho que podía tratar con todo tipo de gente, sin mostrar un atisbo de prejuicios o crítica. Sakura dudaba que siquiera conociera lo que era eso. Tenía un sentido del humor infantil y refrescante. Le agradaba, así que no le pareció mal cuando sus amigas aceptaron el encontrarse en la puerta de Nytro a las nueve y media. El resto del día transcurrió sin muchos sobresaltos, más que los causados por un súbito cruce de miradas entre ella y Li.
—¡Nos vemos más tarde! —Se despidieron Naoko y Chiharu, siguiendo el mismo camino, y dejando a Sakura y Tomoyo solas.
—¿Te vienes para mi casa? —preguntó esta última, aunque ambas conocían la respuesta. Todos los sábados que salían, Sakura iba a prepararse allá y al volver del club, se quedaba a dormir. Tal era la costumbre, que ni siquiera avisaba a Fujitaka. Él sabía que si era sábado y Sakura no aparecía, era que estaba en la casa de Tomoyo.
Aunque decirle "casa" a la vivienda Daidouji era quedarse bastante corto. Una mansión de tres pisos al estilo victoriano las recibió, y Tomoyo aceptó dulcemente el saludo del custodio de la reja con total naturalidad. Sakura, a pesar de conocer esa casa hacía tantos años como la suya propia, su aire a formalidad y elegancia la turbaba un poco, como si se sintiera fuera de lugar.
—¡Sakura, querida! —Unos brazos delgados le rodearon la espalda con fuerza— Cada día te pareces más a tu madre —dijo Sonomi Daidouji, con toda la efervescencia que la caracterizaba.
Sakura sonrió débilmente. Aquel cumplido le había agradado. Le gustaba cuando le decían que se parecía a su madre.
—¿Cómo estás, tía?
—Hasta las narices de trabajo —confesó soltando un suspiro exhausto—. Ahora mismo me estaba por ir —reparó en su aspecto profesional: una camisa de seda color carmín, que se adhería al cuerpo delgado, una falda tubo negra y unos zapatos de tacón a juego. De su brazo colgaba una brillante cartera de cuero. Se veía como lo que era: una empresaria exitosa, dueña de Juguetes Daidouji, una de las marcas más importantes del mercado.
La hermana de su madre desapareció rápidamente, luego de arrojarles un beso en el aire a ambas y decirles:
—¡Que se diviertan, y cuidado!
Si algo tenía Sonomi Daidouji, era estilo y modernidad, y Sakura lo podía comprobar con tan sólo ver la mansión por dentro: espaciosas habitaciones decoradas con lo último en diseño de interiores y la calefacción que se ajustaba perfectamente a la temperatura que uno desearía para los días helados del invierno. También podía comprobarlo en su hija, que, como toda Daidouji, era emprendedora: con tan sólo dieciséis años, su prima cosía como los dioses y diseñaba vestidos que podrían hacerle competencia perfectamente a los grandes diseñadores. Sakura no dudaba que ella sería una persona muy importante en el futuro.
—Tengo el atuendo perfecto para esta noche, Sakurita —Casi rió al escucharla pronunciar el apodo de su infancia. Aunque al reparar en el significado de sus palabras, tembló.
Sí, como toda diseñadora, tenía su... musa.
—¡Esto es hermoso! —exclamó Tomoyo, luego de haber ingresado al amplio cuarto de paredes color salmón y envuelto a Sakura en un sedoso vestido hecho a su medida.
—Tomoyo, yo creo que... —quiso interrumpir, observándose críticamente en el espejo de cuerpo entero, pero un chillido la mandó a callar.
—¡Ni hablar! No privarás a la Naturaleza de semejante regalo de belleza sólo porque tienes problemas internos.
—¿Problemas internos? —inquirió Sakura, alisando pliegues inexistentes en el vestido.
—Sí. Tienes un problema para aceptar que estás buena.
Todavía reía cuando se giró un par de veces para observarse desde varios ángulos. El vestido llegaba hasta la mitad del muslo, y Sakura deseaba protestar porque le parecía demasiado corto, pero Tomoyo hubiera dicho algo como "Te comportas como una anciana senil.", así que decidió aceptarlo y proseguir con su escrutinio. Era bastante entallado, ajustándose en su cintura pequeña y finalizaba con unos delicados tirantes finos, que conducían a un leve escote en forma de v. Color... ¿cómo le decía su prima? Lavanda, aunque se veía más oscuro que eso, así que supuso que sería alguna clase de violeta. La tela era sedosa y brillaba tenuemente, y Sakura la sintió irresistiblemente suave al tacto.
—Lo usaré sólo porque lo has confeccionado tú, pero sé que no soy la modelo más idónea para este estilo —declaró sinceramente.
—Hieres mis sentimientos —mintió—. ¡Estás tan hermosa! —exclamó de pronto— Lo único que nos falta es maquillarte un poco y... ¡voilá! A romper corazones, tigresa.
Negó con la cabeza, resignada. Sabía que Tomoyo decía todo aquello para animarla, para sacarla de ese estado de retraimiento y taciturnidad en el que se hallaba desde... mucho más de lo que quería recordar. Quería que se divirtiera como la adolescente que era, que bailara y riera. Que dejara a la sabionda rata de biblioteca de lado por un segundo y fuera Sakura Kinomoto: aquella chica con estrellas en los ojos. Y ella de verdad apreciaba ese esfuerzo por parte de su prima, y se dijo que aquella noche se veía especialmente deslumbrante, envuelta en una falda elegante color azul marino, y una moderna camiseta suelta en el hombro, con detalles en encaje, entre dorados y negros. Llevaba el cabello recogido en un costado, con un broche también dorado, y poco maquillaje, pues no le hacía ninguna falta.
Decidió, en serio esta vez, por su prima y por lo mucho que sabía que extrañaba a la chica con las estrellas en los ojos, dedicar su noche a olvidarse de pensar.
Tal y como había sido acordado, a las nueve y media en punto, Takashi Yamazaki y un grupo de muchachos que no conocía, las estaban esperando en la entrada de Nytro. Ésta se hallaba atestada de gente entrando y saliendo, con dos altísimos guardias de seguridad con expresiones estoicas y músculos amenazantes custodiando en cada extremo de la puerta. Chiharu y Naoko habían llegado apenas unos minutos después.
—Nos vemos todos muy elegantes esta noche —presumió Yamazaki, y alzó el dedo, como si fuera a decir algo importantísimo, antes de que entraran al lugar—. ¿Sabían que en los años cuarenta, cuando los lugares para bailar como éste todavía eran muy primitivos, la gente solía...?
—¡No nos vas a hacer perder tiempo con mentiras! —chilló una enfadada Chiharu, tomando del brazo al joven pasionalmente y arrastrándolo puertas adentro, mientras él continuaba hablándole a la nada.
—Yo me quedé con ganas de saber lo que diría —admitió. Yamazaki siempre tenía datos asombrosos que contar, eso era lo que la impresionaba mucho de él.
Cuando ingresaron, todo fue luces brillantes de colores, montones de personas yendo de acá para allá, amontonándose en grupos, bailando en la pista, o arrellanados contra la barra, disfrutando de los tragos. Ellos decidieron hacer esto último, para comenzar la noche de manera tradicional. Ni Sakura ni Tomoyo pidieron demasiado para beber, aunque Chiharu y Naoko, que se habían convertido en una dupla explosiva, pidieron los cocteles más fuertes. Yamazaki les presentó a los otros cuatro jóvenes que lo acompañaban. Sakura no escuchó bien del todo los nombres, por lo alta que estaba la música, pero creyó entender que uno de ellos se llamaba Usui. Finalmente, llegó Eriol, elegante como todo inglés, aunque no desentonaba en absoluto con el estilo moderno del lugar.
El grupo de amigas fue a la pista de baile y Sakura decidió hacerle caso a lo que cantaba la joven con música electrónica de fondo distorsionando su voz. "Baila y olvídalo todo". Y así lo hizo. Bailó y sintió que entre el tumulto de gente, las luces intermitentes y la vibración agradable de la música a todo volumen, ella no era nada. Era, una vez más, parte del cuadro. Un cuadro de jóvenes divirtiéndose y dejando a un lado todos los problemas. Le gustaba sentirse de ese modo, así que aminoró sus movimientos para divisar la barra, rogando porque pudiera conseguir algo fresco que tomar. No le agradaba mucho la cerveza, era fría y quitaba la sed, pero su sabor amargo le daba arcadas.
Observó a su izquierda y vio que Chiharu ya había sucumbido a los encantos del simpático Yamazaki, puesto que bailaban con mucha soltura juntos; lo mismo Naoko con Tonma, y el resto de muchachos que le habían presentado, se encontraban dispersos, bebiendo y bailando con alguna que otra chica. Fijándose un poco más, vio a Tomoyo y Eriol sentados en la barra opuesta, charlando amenamente. Sonrió enternecida.
—¿Qué tienes que no sea tan fuerte? —preguntó al barman, que servía unos vasos con habilidad y rapidez. Se rió.
—A estas horas de la noche, nena, no hay nada suave. Sólo nos quedan las bombas explosivas —dudó por un momento, pero luego sirvió un líquido rojizo en un vaso bastante grande y se lo tendió—. Este se llama "Agua loca".
El nombre ya sonaba mal de por sí pero, qué demonios, todo era mejor que la cerveza. Bebió un trago corto e inmediatamente un calor abrasador le recorrió la garganta entera, a la vez que un sabor dulce invadió sus papilas gustativas. Eso estaba delicioso. No había cosa que le gustara más en el mundo a Sakura que lo dulce.
—Hola, Sakura —Una voz interrumpió sus divagaciones y se giró. Su expresión despreocupada cambió por completo.
—Hola, Hiro —Intentó disimular la molestia de habérselo encontrado, y también el enfado, porque realmente la había estado pasando bien hacía un rato, y ahora tendría que escuchar cosas como...
—¿Quieres bailar?
La vida no quería que ella estuviera en paz. Observó a Hiro Hayashi entonces, debatiéndose internamente si mandarlo a la buena de Dios con elegancia o bailar con él sin demasiado compromiso de por medio. Era un joven de estatura promedio, y delgado. Sabía que jugaba en el equipo de fútbol de la escuela como arquero, así que suponía que se hallaba en buen estado físico. El cabello le caía en mechones color caoba desordenadamente sobre la frente, y todo el resto de su melena tenía ese aspecto "cuidadosamente despeinado". Tenía ojos cafés expresivos y alargados, nariz recta, pómulos altos y los costados de la cara muy angulosos. No era un muchacho feo, para nada, era amable e inteligente, y estaba interesado en ella hacía rato. Una persona razonable podría, al menos, tenerlo como opción. Pero Sakura no era razonable, así que aquello quedaba descartado. Desde que lo físico había llegado a importarle bastante poco, y para colmo, su interés en muchachos era nulo, porque sabía que estaba destinada a ser una cuarentona soltera de por vida, había decidido evitar a chicos como Hiro. A chicos, en general. Pero más como Hiro. Porque él se veía amable y frágil, y fácilmente susceptible a ilusionarse rápido.
—He estado bailando hace un rato —Se excusó. Vio en sus ojos la decepción—. Me duelen un poco los pies —Bien, en eso no había mentido—. Me quedaré aquí tomando algo —Y le dio otro sorbo a su cóctel de Agua Loca.
—¿Te molesta si te hago compañía? —preguntó él, tímido.
Tampoco era dueña del aire de las personas, y siempre podría marcharse diciendo que tenía que ir al baño y jamás volver, así que le permitió quedarse. Con cada trago que daba, su garganta ardía un poco más, y así lo hacían sus ganas de seguir bebiendo de ese elíxir mágico que parecía hacer que todas sus preocupaciones la abandonasen. Sin apenas darse cuenta, había iniciado una amena conversación con Hiro, rondando alrededor de anécdotas y críticas ocurrentes sobre la manera de bailar de algunos presentes allí. Se encontraba riéndose a carcajadas con Hiro Hayashi, y el eco de su propia risa le hizo cosquillas agradables en los oídos.
Demonios, hasta se sentía feliz.
—Veo que están entretenidos ustedes dos —La voz de Chiharu les llegó por la derecha, coqueta—. ¿De qué tanto se ríen?
—Sakura decía que el tipo que está bailando allá a la izquierda parece un mono en celo con pulgas —Chiharu rompió a reír.
—Es verdad —admitió—. Bien, me he detenido porque los pies no me dan más, pero será sólo un rato —Sus ojos brillaban con las señales de una incipiente borrachera. Bebió un trago de algo que no pudo identificar.
—¿Y Yamazaki? —preguntó Sakura, luego de pedir otro Agua Loca con una sonrisa de niña al barman.
—Fue al baño.
—Ya, todos dicen lo mismo. Seguro huyó a otro país.
—Creo que ustedes deberían ser los que se vayan al baño —sugirió su amiga, haciendo que Hiro se sonrojara hasta las orejas y Sakura riera abiertamente.
—Qué romántico.
—De ese modo han sido concebidas muchas personas.
Rió de nuevo. Ah, no sabía que existía un bálsamo capaz de ser tomado, y que además fuera tan dulce como ese.
—Señoritas —Apareció Yamazaki, sonriendo a Chiharu—, han llegado un poco más tarde el resto de los invitados, pero han llegado.
Sakura no comprendió a qué se refería hasta que vio a Tora Kou acercárseles... junto a Shaoran Li. Y, demonios, no existía bebida alcohólica que le irritara la garganta como lo hacía ese nombre.
Sakura se había prometido a sí misma, y especialmente a Tomoyo, que aquella noche iba a divertirse como lo haría toda adolescente. Y hasta ese momento, todo había ido de maravilla. Pese a su resistencia inicial e incomodidad por el aglomeramiento, había decidido bailar. Luego, probó aquello que podría considerar "El Elíxir de la Vida", y mantuvo una divertida conversación con la última persona que podría haber esperado, Hiro Hayashi. Se disponía a seguir siendo feliz, y tenía que aparecer Shaoran Li, con su aura oscura e intimidante, una camisa que se veía negra con la débil iluminación y parecía tener el bordado de... un dragón o algo así, en un costado, y unos pantalones jean comunes. Se veía como un ser humano de lo más ordinario para todos allí. Excepto que a ella le daba más arcadas que la cerveza. ¿Por qué? Porque era un cínico petulante. Se le aparecía cuando quería, con esos aires de sabiduría y misticismo, y le decía cosas sobre ella que sólo ella o Tomoyo podrían saber. Cosas que guardaba en su corazón, y que cuando las desenterró de esa forma tan cruel, aquella tarde en la biblioteca, y en el parque, habían dolido como mil puñaladas. Era un insensible: no tenía reparos en desnudar su ser ahí mismo e instarla a seguir pensando. Si sólo había intercambiado dos conversaciones con él, y la habían enloquecido de esa forma, no quería que hubiera una tercera. En su razonamiento, que se había desgastado a causa del alcohol, tomó a Hiro del brazo y lo llevó a la pista de baile, buscando alejarse.
Ambos bailaron unos cuantos temas, aunque Sakura nunca pudo recuperar la tranquilidad del inicio: su tensión mantenía sus hombros rígidos y sus sentidos atontados alerta. Terminó de bailar con Hiro, y éste parecía tremendamente feliz por su desenfado al moverse y que pareciera tan cómoda a su lado, y se dirigió a la barra en el lado opuesto del lugar, donde había visto a Tomoyo y Eriol hacía un rato. No los encontró allí, sino bailando unos metros lejos. A pesar de su malhumor reciente, no pudo evitar sonreírle sinceramente a su amiga a lo lejos.
—Interesante manera de evitar a una persona —dijo Shaoran Li a su izquierda, y casi pegó un salto del banco en que estaba sentada para caerse. Tomó aire, pausadamente, y lo miró a los ojos como quien se debate algo.
—"¿Lo torturo antes de matarlo o simplemente dejo que se lo coman las aves carroñeras?" —Imitó Li la indecisión de su mirada, y ella pensó que su parodia no se alejaba tanto de la realidad.
—Un "Agua Loca", por favor —pidió al barman, haciendo como si no estuviera allí.
—¿"Agua Loca"? ¿Tienes idea de cómo te deja eso? Vomitarás hasta tus primeras papillas.
—¿Qué cultura alcohólica puedes tener tú? —espetó, sin poder contener sus impulsos— Tú eres el chico de aires místicos, el que tiene poderes y ha visto cosas oscuras, no sabes nada de clubes ni de alcoholes... ni de diversión.
—De hecho, lo sé. Parte de lo que tú llamas "ver cosas oscuras", significa ver gente que toma en clubes, como tú.
Aquello la enfureció. Sus facultades, dominadas más por el alcohol que por la sensatez, hablaban primero y eliminaban cualquier filtro de miedo ante él.
—¡Tengo dieciséis, casi diecisiete, se supone que a esta edad vaya a emborracharme! Me divierto —aclaró.
—Tú no lo estás haciendo por diversión. Quieres olvidar todo lo que te perturba.
—Oh, ¿y eso cómo lo sabes? —inquirió, con una punzada de molestia y dolor renovado.
—¿Importa el cómo lo sé cuando sabes que es verdad?
—Sí, importa, maldita sea —No le gustaba maldecir, pero últimamente lo hacía muy a menudo, y casi siempre delante de Li. Lo tomó del brazo repentinamente, con toda la fuerza que podía tener una muchacha casi ebria, no sin antes darle un último trago largo y profundo a su Elíxir.
Lo llevó al balcón del club, que se hallaba vacío. El contraste entre el vapor caluroso del interior y la ráfaga gélida que la azotó fue como un balde de agua fría en el rostro. Descentró un poco su eje, pero no le quitó las ideas de la mente.
—Quiero respuestas —dijo, tajante.
Él arqueó una ceja gruesa.
—¿Sobre qué?
—No te hagas el idiota —escupió agresivamente—. ¿Qué es todo esto? —hizo un gesto abarcativo con los brazos— En cinco años que llevo de Instituto, no he cruzado palabra contigo, y de pronto comienzas a hablarme... ¿porque ves que voy en camino a la perdición? ¿Sabes qué? ¡Yo sola saldré de esto! —exclamó a viva voz, con la garganta ardiéndole— Iré a terapia, tomaré psicotrópicos, haré yoga o tejeré a punto cruz, o cosas como esa, así que resérvate tu generosidad, Li. No voy a permitir que alguien venga y me hable como tú lo haces. No me conoces.
—¿Tú te conoces? —preguntó, calmo como la brisa.
—¡No me vengas con psicología barata! —chilló, exasperada— No me inspiras confianza, y punto. No eres como Tomoyo.
—¿Tu prima?
—Tomoyo es maravillosa —La voz le tembló, en un súbito arranque de melancolía—. Es la única persona que me ha escuchado lo suficiente. Por eso es mi hermana del alma —asintió para sí misma—. Quiero otra "Agua Loca" —dijo de pronto. Shaoran estuvo a punto de alcanzarla para detenerla, pero ella lo fulminó con la mirada, y dijo—. No he terminado contigo.
Así que después de otra perdición hecha alcohol contenido en un vaso, Sakura volvió. Shaoran miraba la Luna invernal. Tenía un perfil afilado y masculino y una mirada intensa. Si Sakura no sintiera tanto fastidio hacia él, podría haber dicho que era muy atractivo. Pero con tanto alcohol encima, un borracho siempre se termina decantando por alguno de los cuatro tipos: el alegre y desinhibido, que baila desnudo arriba de las tarimas; el melancólico, que llora por la novia que lo dejó y le manda mensajes de texto comprometedores y totalmente mal escritos; el filosófico, que debate sobre cuestiones esenciales sobre la vida, como: la política, la religión, el medioambiente y el sentido de la existencia; y por último, el violento. Y ese describía a Sakura, pues tenía planeado maldecir tanto como se le diera la gana, ofenderlo todo lo que pudiera y golpearlo, si se pasaba de listo con aquella boca mística suya.
—¿Eres un maldito alienígena acaso? —inquirió. Él se rió y eso no hizo más que aumentar su enfado.
—¿Eres un maldito marinero? No sabía que Sakura Kinomoto, tan pulcra y moral, tratara a la gente así. Eres una ebria.
—No metas a mi padre en esto —Se defendió, colérica.
—¿Quién habló de tu padre?
Luego lo comprendió. Enrojeció y se sintió mareada.
—Nadie.
—¿Tu padre es alcohólico? Eso explicaría muchas cosas —habló Shaoran, sin una pizca de tacto.
—¡No es un alcohólico! —exclamó, a pesar de haberlo llamado tantas veces así— Él bebe ocasionalmente hace unos meses, más de lo que debería. Pero conserva su trabajo y puede pasar tiempo sin estar borracho —explicó, como una niña.
—Suena a que será alcohólico pronto.
—Quizás —meditó, recargándose contra la pared. De pronto, se sentía muy cansada.
—¿Dejarás que él también se pierda?
Pensó en Fujitaka entonces y en lo irónico de la situación. Ella lo tachaba de borracho a sus espaldas, pero había pasado las últimas cinco horas bebiendo y llamando a un vaso con alcohol "El Elíxir de la Vida". Hasta había sido feliz bebiéndolo. ¿Así se sentiría Fujitaka cuando bebía, momentáneamente feliz? ¿Lo olvidaría todo, como le había ocurrido a ella? ¿Bromearía con los ancianos de la cantina que frecuentaba, tanto como ella había bromeado con Hiro? ¿Y toda aquella alegría... se desvanecería en un segundo al llegar a casa y enfrentarse con Sakura Kinomoto, su hija? Esa hija que lo miraba con una desaprobación velada en los ojos, que ignoraba su aroma a licor, y a la vez lo hacía cada vez más evidente, dejando que el silencio inundara la habitación, con sus millones de reproches, sus millones de exigencias, todas aquellas verdades y miserias, que Fujitaka había ahogado tan tristemente con su botella... Ella se las escupía en la cara, sin detenerse. Sin darle un beso de buenas noches. Sin decirle: "Papá, te quiero". Sin preguntarse por qué o cómo darle una mano.
¿No era Sakura Kinomoto el Shaoran Li de Fujitaka?
—Oh, Dios —sollozó, dándose cuenta que tenía las mejillas húmedas y se había deslizado lentamente hasta quedar arrodillada sobre la fría loseta.
—¿Ahora lo entiendes? —dijo Shaoran, con voz tenue.
—Dios —repitió, y tapó el rostro con las manos, dejando que los sollozos salieran abiertamente de su garganta irritada—. No quiero que papá termine así —confesó, cuando al fin pudo hablar sin llorar.
—Todavía estás a tiempo.
—¡Deja de hablar como un profeta, demonios, sé bueno conmigo! —Se exasperó de pronto, sintiéndose fría y desvalida. Se sentía tan vulnerable como cuando tenía trece años.
—Lo soy —aseguró él, y luego lo tuvo sentado a su lado. Le colocó la campera de cuero negro que llevaba puesta encima. Sakura lo agradeció internamente—. ¿Estoy siendo lo suficientemente caballeroso con la Señorita Ebria?
—Sí, maldito —Iba a maldecirlo cuanto quisiera, se repitió, pero los ojos le pesaban enormemente—. Siento que me incendio. Me arde la garganta, tengo los músculos agarrotados y pesados. Los ojos también me arden. Esto es un maldito Infierno Dantesco.
Shaoran Li habló con su característico tono neutro.
—Digamos, entonces, que yo podría ser Virgilio —Sakura, a pesar del sopor, captó el mensaje, y sonrió irónicamente.
—¿Por dónde me guiarías tú?
—Por ti misma.
La noche moría lentamente en Tomoeda. En Nytro, todavía se bailaba con entusiasmo, aunque algunos ya habían sucumbido al alcohol... y a otros placeres. Pero allí se hallaba ella, sentada al lado de la persona que más le incomodaba, más ebria que nunca, y escuchándolo decir que la guiaría por sí misma. De no saber que era Shaoran Li quien hablaba, hubiera jurado que divagaba por la borrachera.
—¿Y por qué querrías ocuparte tú de eso?
—Cuestión de principios —dijo, demostrando que no iba a decir nada más al respecto.
—Quiero dormir, Virgilio.
Una risa seca llegó a sus oídos.
—Pues duerme, Dante.
Se suponía que Virgilio era el guía. Si ella tenía sueño, y Virgilio le decía que durmiera, debería hacerle caso. Al fin y al cabo, si era su guía, siempre sabría cómo llegar al lugar adecuado.
Notas de autora:
¡Hola por tercera vez consecutiva! Estoy muerta x.x Son casi las dos de la mañana y recién termino con esto... Me tomó tiempo, pero la reedición está lista. Dicho esto, aviso que actualizaré cuanto antes, pero no demasiado rápido: no quiero que, por apresurarme, las cosas me queden inconclusas y terminar por reeditar todo de nuevo. Supondría una molestia para mí y ustedes xD
Espero les agrade el rumbo que van tomando las cosas y la lectura les sea amena. Por supuesto, espero con muchas ansias la crítica de mi reedición repentina xD Gracias a todos por leer.
¡Hasta el próximo capítulo!
