Los personajes son propiedad de CLAMP.


En la oscuridad

Tenebris


Cuando has perdido hasta el más ínfimo atisbo de ti mismo, y giras en círculos, a tientas de recuperarte, y también a ciegas, generalmente terminas encontrándote en las peores situaciones y personas. Te ves reflejado en ellas. Deseas, con todo tu ser, poder imitar al menos, esa cualidad que ves, de la que tú tanto careces. Pero no llegarás mucho más lejos: una imitación, y más cuando es una barata, orquestada en un mundo roto, repleto de dudas y vaivenes, sólo está destinada al fracaso. Porque basta que una persona bien entrenada perciba tu miseria, para que te la haga evidente. Te recordará que no, jamás serás como aquellos que admiras, aquellos que envidias por su paz, por la transparencia que desbordan sus sonrisas, por la Vida que los llena. Estas personas son lo más parecido a una resaca: ponen tu mundo de cabeza, lo dan vueltas, como si quedaras atrapado en un remolino marino, atontado y aterrorizado por la fuerza inclemente, siendo succionado hasta lo más profundo de tus carencias. Son tu dolor en las sienes, punzante, como un martillo. Son esa sensación de despertarte sin una mínima conciencia de qué ha ocurrido.

¿Qué había ocurrido con Sakura, y con su noche, que pretendía ser divertida?

Esas arcadas agrias, que la obligaron a correr de la cama a los traspiés hacia el cuarto de baño de Tomoyo, fueron la única respuesta que necesitó. Mientras vomitaba los restos de su almuerzo, y probablemente alguno que otro órgano interno vital, escuchó los pasos suaves de su prima acercarse. Cuando pudo sacar la cabeza de la taza del retrete, la observó con ojos amarillentos, cansados y la boca pastosa, con un sabor repugnante a contenido estomacal.

—Creo que no debí haber tomado tanto de esa "Agua Loca" —dijo finalmente, como si nadie se hubiera dado cuenta de ese hecho después de verla devolver hasta el pavo que había cenado el año anterior para Navidad. Tomoyo sonrió como una madre.

—Ya te ha pasado antes, sobrevivirás —tranquilizó.

Se había emborrachado sólo dos veces en su vida: la primera había sido junto a quien en ese momento la sostenía del brazo, arrastrándola hacia la cama amplia de dos plazas, y la sentaba como a una niña. Tenían doce y habían decidido que sería interesante rebuscar en los cajones de la bodega de la familia Daidouji. Sí, de hecho, había sido muy interesante, sobre todo porque después de destapar unos licores dulces y beber un tanto, Sakura había terminado por ponerse tan ebria, que había acusado a Tomoyo de urdir un plan de dominación mundial, para que todos usaran sus vestidos y la adoraran como una Diosa Nórdica. La segunda vez, había sido en una fiesta, a los quince y medio, pero para esa época, Sakura no tenía ganas de salir a ningún lado, y había asistido por pura obligación con su grupo de amigas que buscaba animarla. Así que había decidido beber un cóctel dulce de frutas. Desgraciadamente, se había dado cuenta, luego de muchos cócteles bebidos, que tenía el estómago vacío, así que el alcohol hizo mella en su organismo como veneno de serpiente. En una hora se encontraba cantando a viva voz en el karaoke, junto a otro muchacho que no conocía, "I Will Survive" de Gloria Gaynor.

Demonios, siempre terminaba emborrachándose con cosas dulces. Lástima que no tenía recuerdos tan alegres de su noche en Nytro.

—Toma, bebe esto —La mención de beber algo le hizo retorcer el estómago a Sakura, como si la repeliera. Tomoyo sonrió cálidamente—. Es café, te hará bien.

—De acuerdo —aceptó, tomando la taza humeante y llenándose los pulmones de olor amargo a café molido. Su prima tomó asiento a su lado, con otra taza en sus manos. No se veía ni de asomo con resaca, pero estaba segura que la noche la había cansado lo suficiente.

—¿Cómo llegué aquí? —preguntó, dando un largo sorbo.

—Hiro y Li te trajeron. Li estaba contigo, y dijo que te habías quedado dormida, y cuando estaba buscando a alguien conocido para que te llevara a casa, se topó con Hiro. Y ya sabes que él está encantado con cualquier cosa que te incluya, así que se ofreció a recostarte dentro del coche, y nos marchamos —explicó su prima, con aire despreocupado.

—Oh, Dios, qué vergüenza —Se tapó el rostro con las manos, sintiendo las mejillas calientes—. ¿Por qué me quedé dormida, demonios? Hiro no me interesa, pero tampoco quería que me viera como una alcohólica consumada, por Dios —repitió, enfadada consigo misma.

—¿Puedo preguntar qué hacías con Li?

—¡Oh, así que a esto iba realmente toda tu explicación! —exclamó, señalándola con el dedo como si hubiera matado a alguien. Una punzada en las sienes le hizo retumbar la cabeza— No sé por qué estaba con él —Tomoyo la miró con cara de que no le creía nada—. ¡En serio, no lo sé! —Se defendió.

Luego, adoptó una actitud meditabunda, pensando en todo que podría haber acontecido esa noche con Shaoran Li. Hasta donde sabía, ella estaba muy feliz bebiendo y hablando con Hiro, y se había aparecido ese tipejo a complicarle la existencia. Recordaba estar bastante furiosa, y haberle hablado en un tono nada amistoso. Incluso lo había insultado varias veces (de eso no se arrepentía), y finalmente, todo se tornaba difuso y venía a ella su imagen llorando en un balcón por Fujitaka y algunas otras cosas fuera de lugar.

—Sólo sé que, después de haber sido muy grosera, de pronto estaba llorando en un balcón y al rato siguiente estábamos hablando de la Divina Comedia. El tipo este es un pirado, me habló de ser Virgilio, y yo, Dante —Le relató a Tomoyo, como si estuviera hablando de la peor persona del mundo. Hizo una pausa muy larga y luego suspiró tensamente—. Me va a volver loca.

—¿De amor?

—No bromees, Tomoyo —La miró seriamente—. Mira, tú eres mi consciencia, y lo mínimo que mereces es que te cuente todo lo que ha ocurrido. Pero prométeme que no creerás que estoy demente. Porque ese maldito me hizo llorar anoche, y yo no lloro por nada, pero lloraría si tú me dijeras que soy una chiflada —Hizo un puchero infantil y tenía los ojos humedecidos y brillantes.

—No me vas a contar nada hasta que se te pase lo ebria —Terminó por decir, elegantemente como siempre, y la tomó de los hombros. Acercó su frente a la de Sakura, y la dejó ahí apoyada.

Tomoyo odiaba ver a su amiga llorar, y había descubierto la mejor manera de tranquilizarla en situaciones críticas. Era un hábito que guardaban, secreto, desde niñas. No sabía a ciencia cierta qué había acontecido con Li, pero no quería que una Sakura mareada y anulada aún por lo poco de alcohol que le quedaba en el cuerpo, se lo contara. La joven de ojos verdes cerró los párpados, maravillada por la suavidad nívea que acariciaba su piel. Los pesados bucles ébano se enredaron con los suyos, castaños, y Sakura sintió que se calmaba lentamente. Si había dicho que Tomoyo era hechicera, lo reafirmaba. Parecía serenar todo el desastre huracanado en el que se había convertido su cabeza, en un segundo.

—¿Mejor? —preguntó su prima luego de unos minutos de terapia silenciosa.

Se separó y asintió, con la mente extrañamente despejada. El mareo se había evaporado, así como las punzadas en las sienes.

—No sé qué hiciste.

—Lo que vengo haciendo desde que tenemos cinco años, Sakurita —sonrió y se acomodó mejor—. Ahora puedes contarme.

Tomó aire, repasando los detalles en su memoria, sin querer perder un más mínimo recuerdo de todo lo concerniente a Shaoran Li. Pasó exactamente cuarenta y cinco minutos relatando aquella bizarra (porque no podía llamarla de otro modo) relación (¿relación?) de Virgilio-Dante que a él tanto parecía complacerle. Y le sentaba, porque era un auténtico déspota sin tacto.

—Prácticamente me dio a entender que estoy haciendo todo al revés —repitió furibunda, por enésima vez—. Por poco y no me lo escupe en el rostro. Y me miró con esa cara —Se mentalizó su semblante sombrío— de "Soy el guardián de las puertas del Infierno" o algo así. Habla como un profeta, como si lo supiera todo de mí. Me está descolocando, Tomoyo.

—Porque acierta, ese es el tema —meditó ella, y Sakura no tuvo más remedio que darle la razón, apesadumbrada—. ¿Has intentado hablar con él?

—Tomoyo, te dije que lo ignoré toda la semana. Luego, en el club, se me acercó, y fue como ver a Issei Sagawa.

—Mató a una mujer y se la comió. No seas tan dura con Li —reprendió.

—No me importa. Necesito que me digas algo con coherencia. Si no lo logras tú, que eres mi consciencia, seguirá estando a la altura de un caníbal contemporáneo.

Tomoyo habló con voz sosegada.

—Todo lo que ha dicho es cierto, Sakura —suspiró—. Nadie puede conocerte más que tú, nunca, ni siquiera yo. Te conozco tanto porque he crecido a tu lado, y me has contado tantas cosas... Pero hay asuntos sobre los que no puedo decidir. Li es una persona poco común...

—Un chiflado —añadió, desanimada por el discurso de su amiga.

—Puede serlo también. Pero no lo sabrás a menos que lo enfrentes, esta vez sin alcohol de por medio —aclaró—, y le preguntes qué es lo que pretende. No sabemos qué te dirá, pero sobre eso, luego decidirás tú.

—Dijo que iba a ser mi guía a través de mí misma —repitió, recordando breves fragmentos de la noche anterior.

—Entonces pregúntale de qué modo. Por qué, cómo... Estás en tu derecho a ser insidiosa cuanto quieras, Sakura.

Se pasó la mano por los ojos.

—Me siento como una niña pequeña que pide consejos a su madre —dijo con pesar, aunque Tomoyo no se sintió ofendida. Sabía a dónde apuntaba la lógica de su prima—. Últimamente no me siento yo. No suelo dudar de este modo.

—Hace unos años, siempre me pedías consejos, Sakura —apuntó dulcemente, desenterrando fantasmas que la estremecieron—. Dudar también es una parte de vivir. No tienes que sentirte avergonzada, no siempre puedes ser la dura Sakura Kinomoto. Hasta los más curtidos se derrumban de vez en cuando —acarició sus hombros con entusiasmo—. Pero siempre estaré ahí para verte ponerte de pie. Siempre.

Observó a Tomoyo Daidouji y no pudo hacer más que abrazarla.


Pasó parte de la tarde del domingo en la residencia Daidouji, pero cuando el reloj dio las cinco, se dijo que ya era demasiado tarde, y que al día siguiente tenía escuela. Debía estudiar, terminar unas tareas y entretener su cabeza con alguna cosa mundana también, ¿por qué no?. Así que cuando llegó a su casa, se sintió innecesariamente sorprendida de ver a su padre allí, saludándola con ojos amables. Era como si no se esperara que un hombre que trabajaba dobles jornadas, viviera solo con su hija adolescente, y tuviera accesos de borrachera unas cuantas veces a la semana, fuera a estar en su casa un domingo. Se sintió estúpida por su inusitado asombro, y se dijo que debía haber estado demasiado enfrascada en su charla con Tomoyo como para reparar en que tenía un padre. Recordaba que había hablado con Li sobre Fujitaka, y había llorado por ello, para después dormirse, pero no sabía exactamente qué. Seguramente, meditó empleando la razón, el único motivo referido a Fujitaka que la haría llorar sería su incipiente alcoholismo. O la muerte de su madre, pero Fujitaka y Nadeshiko no eran dos nombres que le gustara pronunciar juntos desde hacía mucho tiempo. Se dijo que todavía tenía mucho por pensar respecto a su padre, mucho por pensar y perdonar, mientras subía los escalones que la separaban de su habitación, luego de saludarlo y asegurarle que la había pasado muy bien en el club.

Se sentó a hacer tarea de Geografía un largo rato, y mantuvo su cabeza ocupada en eso, encantada por no tener que pensar demasiado en nada más que las respuestas le quedaran correctas, así como los mapas. Cuando se hubo cansado de delimitar tantas fronteras y coordenadas, encendió el ordenador portátil que guardaba en un cajón amplio de su escritorio, y entró a Internet. Decidió acceder, luego de mucho tiempo, a su cuenta en Mixi, para ver qué había de nuevo. En realidad, era toda una estrategia para mantenerse sistemáticamente distraída y mansa a las circunstancias. Su plan estaba funcionando perfectamente, hasta que unos avisos empezaron a aparecer en la pantalla.

Mixi era la red social por excelencia en Japón. Si tenías dieciséis años, y te jactabas de tener una "vida" fuera de las puertas de la escuela, tenías que hacerte una cuenta en Mixi. A Sakura ésto le parecía tan estúpido que hubiera golpeado a quien le había dicho eso alguna vez, instándola a unirse a la manada, pero finalmente había cedido, por el simple hecho de que era más fácil organizar alguna que otra salida con sus amigas o para hablar, fuera de la escuela, cuando todas estaban lo suficientemente perezosas como para no querer salir y reunirse en la casa de alguna. Sakura lo usaba más que nada para chatear ya fuera con amigos o completos desconocidos; por eso le sorprendió cuando la pantalla le avisó que estaba siendo nombrada en algunas fotos... de un álbum titulado "Nytro Club".

—Madre mía —gimió, sin creer lo que estaba viendo.

Sakura Kinomoto aparecía retratada en unas veinte fotos: en diez de ellas, se encontraba bailando como una zafada total, despojada de cualquier cosa que se acercara al pudor, y con una cara de alegría alcohólica que no reconocía en sí misma. Dispuesta en las otras siete, aparecía: bailando con Hiro con cara de circunstancias, alzando el vaso con líquido rojo de "Agua Loca" y haciendo el signo de aprobación con su dedo gordo... y en las últimas tres, se los retrataba a ella y Shaoran Li hablando en la barra (la expresión de ella presagiaba futuros homicidios, pero él debía ganar un Óscar por tener esa cara de póker en todo momento) y luego, otra foto más, alejándose al balcón. La chistosa de Chiharu, dueña de la cámara y del susodicho álbum, habría pensado que se iban a dar el lote en el balcón o algo así. Estaba roja hasta las orejas, sintiéndose totalmente descubierta en su ebriedad, fuera de lugar y desconociéndose completamente. Sabía que se ponía alegre si tomaba, pero aquello había superado lo aceptable para su inflexible y pulcra reputación. Muchas personas en la escuela eran amigas de Chiharu, y podrían ver esas fotos, y eso le acarrearía unas cuantas bromas, probablemente referidas a su alcoholismo y presunta promiscuidad.

Una ventanita pequeña se abrió a un costado derecho de la pantalla del navegador. ¿Cuándo terminaría? Se dispuso a leer, acongojada:

—Hiro Hayashi—pronunció el mensaje en voz alta para sí—: "Sakura, estoy muy feliz de que hayas aceptado verme de nuevo. ¿Tomaremos algo en el café de la esquina luego de la escuela el miércoles como lo acordamos, verd...?" ¿¡Cuándo acordé una cita con él!?

Se maldijo. Maldijo a todo el mundo en todos los idiomas que alcanzó a pronunciar primitivamente. ¡Nunca más iba a ponerse ebria, demonios!

Debió superar el impacto inicial de todo aquel circo adolescente con rapidez, pues le urgía comer y dormir hasta que fuera el día siguiente... y tuviera que lidiar personalmente con todo en lo que se había metido.

Cuando llegó a la escuela, a la mañana siguiente, luego de haber dormido tan profundamente como un búfalo con resaca, una sensación de incertidumbre la invadió. Por suerte, no iba con retraso, así que se dispuso a sentarse a la espera de la Profesora Tokaji. Escuchó murmullos, unos cuantos murmullos sobre ella. Al entrar, había creído incluso escuchar un par de silbidos apasionados. Decidió omitir mentalmente todo (eso incluía a Shaoran Li, a quien no tenía intenciones de prestarle atención de momento) y concentrarse en charlar con Tomoyo, que comprendía su esfuerzo, pues ya se había enterado de las fotos publicadas, y seguía su conversación con entusiasmo. Las dos horas de clase transcurrieron lentas, pero sin ningún contratiempo, porque había decidido, cosa extraña en ella, mantener la boca cerrada.

La tarde invernal se veía tan helada a través del vidrio de la ventana, que a Sakura le provocó un escalofrío. Casi podía sentir las ráfagas que se habían levantado de pronto a danzar, haciendo temblar toda la ciudad. El gran árbol de Cerezo en el que tantos recreos había pasado, se encontraba cada vez más desnudo. Despojado de sus galas en forma de pétalos rosados, sólo le quedaba un grueso esqueleto, macizo, color marrón oscuro, casi negro. En unos meses, florecería de nuevo. Cuando esa noción de renacimiento estaba por comenzar a animarla, el timbre del recreo sonó, haciendo que todos comenzaran a levantarse.

Esa vez, habían preferido preservar el calor que les otorgaba Seijo, y almorzar en la cafetería de la escuela, un piso más arriba de su salón. Obtuvo casi la misma reacción en unos cuantos presentes: murmullos y silbidos. Y no se detenían en ningún momento, atosigándola, mientras ella intentaba olvidar el tema.

—La de ayer fue una noche ajetreada para ti, ¿eh, Sakura? —comenzó Chiharu en un lapso de la conversación. Sakura quiso rodar los ojos y darse la cabeza contra la mesa— ¿Hiro o Li? ¿Con cuál te vas a quedar?

—Yo voto por Li —apuntó Naoko, como si debatiera algo muy serio—. Tiene tu aire... enigmático.

—Enigmático mi culo —maldijo Chiharu—. Lo has dicho sólo porque está bueno. Yo preferiría a Hiro para ti. Es todo un caballero de brillante armadura. Su matrimonio será un camino lleno de rosas y querubines tocando el arpa.

—¿Aún te dura la borrachera? —inquirió Sakura, aguda— No me interesa ninguno, y no veo por qué seguimos habl...

—Hiro me ha contado que tienen una cita —interrumpió Naoko.

—Sí, sobre eso... estaba ebria. Generalmente, cuando estás ebria, prometes cosas que luego no recuerdas. Y antes de que me recuerden que bailé con él, generalmente, cuando estás ebria —repitió—, bailas con personas que no deberías.

Un silencio meditabundo se instaló en el grupo. Allí hubiera faltado una observación sensata de Rika, pensó Naoko. En el mutismo, Tomoyo estaba mirando a Sakura, y la notaba tan incómoda, que resolvió hacer una sola cosa. Se sobó las sienes, emitió un jadeo esforzado de dolor, y con dramatismo, dijo:

—Oh, qué súbita migraña, por Dios —Las presentes la miraron.

—¿Tu presión se encontrará bien? —Se adelantó a preguntar Sakura, preocupada.

—No lo sé... Quisiera ir al baño para mojarme el rostro, siento un mareo —contrajo su expresión, y cualquiera pensaría que estaba a punto de sufrir un desmayo. Tomó a Sakura del brazo débilmente—. Llévame, por favor.

—De acuerdo, con cuidado —dijo al ponerse de pie junto con ella—. Nos vemos en el salón, chicas —Le dijo a Naoko y Chiharu.

Caminaron hasta el baño de damas, agarradas como lo estaban, y entonces Sakura dijo:

—Si no te conociera tanto, tu fragilidad me hubiera apenado.

—Circunstancias extremas...

—Medidas extremas —terminó su frase. Sonrió aliviada—. Muchas gracias, Tomoyo. Yo las adoro —dijo refiriéndose a Chiharu y Naoko—, pero no estoy de humor para que me piquen con eso. Ver las fotos me humilló de sobra.

—No dramatices tanto, mujer.

—Habla quien acaba de fingir el comienzo de un desmayo en el medio de la cafetería.

—Lo hice porque te amo —confesó teatralmente, tomándola de los hombros y sacudiéndola. Ambas rieron—. Te invito un café a la salida —dijo. Como vio que la expresión de Sakura comenzaba a contrariarse con una próxima negativa, se apresuró a corregir—. Mejor que eso: un chocolate caliente, de los que son servidos en esos vasos largos de vidrio grueso. Con la cucharita larga para revolver los trocitos que se derriten —describió, sus ojos amatista se iluminaron—. El vapor calentándote los labios, la espuma haciéndote un bigote al tomarla. Pasteles. Espuma —repitió, como un hechizo.

—Silencio o tendré un orgasmo —chistó las carcajadas de Tomoyo tapándole la boca, riendo también—. De acuerdo, iré.


Sakura había evitado a Hiro Hayashi durante todo el día. El calendario marcaba el miércoles: el evento, era la fatídica cita a la que había aceptado ir por estar demasiado borracha y feliz. Había pensado toda la mañana en excusas plausibles par zafar de la situación. Había pensado en faltar a la escuela, pero luego recordó que debía rendir un examen de Japonés, y quedaba fuera de toda consideración. Había pensado en decirle a Hiro que todo había sido un error, un alcohólico error de su parte, pero se sentía demasiado acorbardada y avergonzada. El lunes, luego de invitarla a tomar un café, Tomoyo le había dicho que quizás era alguna señal, y la vida volvía a poner a Hiro Hayashi en su camino para bien. La chica era graciosa. Debería dedicarse a la comedia stand-up.

El patio de deportes de la escuela contaba con una pista para correr, donde se impartían las clases de Educación Física, y un modesto campo de fútbol que hacía las veces de estadio. En su camino a los vestuarios femeninos, Sakura había divisado a Hiro, que la buscaba. Aún recordaba sus palabras el día anterior, cuando mientras navegaba por internet, una nueva ventanita de chat se abrió y leyó:

—"¿Puedo verte antes de Educación Física?"

No le había contestado. Y no pensaba enfrentarse a él de momento. Así que apuró el paso hacia los vestuarios. Pero entonces vio una figura caminar en su dirección, cuando estaba a unos pocos metros de la puerta. Y todo su ser se tensó, le dio un escalofrío de sorpresa y el corazón comenzó a latirle con más fuerza de lo acostumbrado.

—¿Ahora no saludas? Pensé que eras más educada —dijo la voz de Shaoran Li cuando ella pasó por su lado sin decir ni una sola palabra o siquiera mirarlo, haciendo que se detuviera en seco.

—¿Por qué debería? No he experimentado sensaciones muy agradables contigo.

—Me lastimas —confesó—. Luego de que me encargo de ti cuando te emborrachas. No creí que eras el tipo de ebria desagradecida.

—¿Has visto? Yo tampoco lo sabía. Mira cuán afligida me encuentro.

La peligrosidad que se paseaba por sus ojos había logrado asustarla muchas más veces de las que desearía admitir. Experimentaba un escalofrío de anticipación cuando lo percibía cerca, nada agradable. Y cuando evocaba su imagen, siempre profética y oscura, era la misma sensación. Había descubierto que Shaoran Li, sin importar cómo le hablara, siempre le daría miedo. Aunque pudiera sobreponerse a él y hablarle como en ese momento, con sorna y desprecio. Aunque hubiera tenido las agallas de propasarse aquella noche. Aunque le pareciera un cínico, él tenía un porte intimidante, y Sakura nunca lo olvidaba.

—¿Has pensado en lo que hablamos? —inquirió, haciendo referencia a la noche en el club— ¿O estabas tan borracha que ni lo recuerdas?

Se sintió ofendida y estúpida porque tuviera una razón válida para ridiculizarla.

—Tengo muchas preguntas, Li, y no sé si vas a contestármelas. Y tampoco sé si quiera conocer las respuestas.

—Oh, ya veo. Creo que no confías en mí —dijo finalmente, luego de una breve pausa. Aunque Sakura sabía perfectamente que él era totalmente consciente de eso.

—Has dado en el blanco —Se burló—. Así que, ¿cómo permitirle a alguien que me ayude, cuando no confío en él, cuándo no sé quién es? Tampoco sé por qué sabes todo esto de mí. ¿Por qué apareciste ahora?

—Desearías que hubiera aparecido antes, ¿verdad?

Li se había acercado hacia ella los metros que los separaban, y ahora se veían como dos personas que conversaban tranquilamente en los pasillos. Pero si alguien hubiera podido abrazarla, hubiera notado los temblores que intentaba ocultar desesperadamente. Su respiración comenzaba a entrecortarse. Tenía un nudo en la garganta, el descontrol bullía en su interior. Nuevamente, volvía a descentrarla.

—Muchas personas han intentado ayudarme antes, Li. No sé si sepas eso de mí.

—Lo he visto.

Rostros viejos que creía olvidados volvieron a su cabeza. Le sonrieron, y vio en las comisuras de sus bocas, el maquillaje derretirse. Le hubiera encantado no haberlos conocido. Haberse percatado de la falsedad escondida detrás de la amabilidad, el puño que amenazaba con golpearla, en sus manos tendidas para salvarla. Una parte de ella, esa niña inocente, quería confiar en Shaoran Li.

—La gente simplemente no ayuda porque sí —Le dijo, sopesando su reacción. Rictus estoico, aunque no se veía afectado. Parecía esperárselo, como siempre—. Y, en todo caso, ya no soy una niña. Debo valerme por mí misma. Si dependo de las promesas de salvación de cualquiera, y eso te incluye, ¿cómo seguiré adelante sola? —Ruidos de personas correteando y balones impactando contra el suelo de la pista hicieron eco en el recinto. Miró a Li, cansada, pues los rostros viejos que había querido olvidar tanto no salían de sus retinas—. La clase ya comenzó. Debemos irnos —dijo, pues las clases eran mixtas y Li cursaba en su turno.

Cuando la segunda campana de advertencia sonó, ambos salieron a la pista, como si nada hubiera ocurrido.


Sakura siempre se había destacado a la hora de los deportes. En la primaria, había formado parte del equipo de porristas, pasándosela haciendo todo tipo de acrobacias y piruetas, y corriendo de acá para allá. Cuando llegaba el momento de formar equipos y elegir un líder, siempre era ella. Aunque sólo lo hacían para divertirse, se lo tomaba muy en serio, y guiaba a toda aquella masa de pequeños al lugar indicado para que el balón atravesara las defensas del arquero contrario. Y, como toda chica atlética, tenía un fuerte: correr. A pesar de haber dejado el traje de porrista y el balón de fútbol atrás, jamás había abandonado ese hábito.

En las épocas de su vida (demonios, sentía tan lejanos aquellos días, como si no hubieran pasado sólo dos semanas atrás) en las que ignoraba la existencia lúgubre de Shaoran Li, lo veía sólo como un estudiante destacado, de modales formales, solitario y la única persona que podía ganarle en las carreras. Ahora que lo conocía un tercio más, el encontrarse nuevamente, uno a cada lado de la pista, flexionados en la posición de salida, le hacía sentir turbada. Se sacaba la venda de los ojos: nada era como ella lo había pensado. Había creído organizar tan perfectamente su mundo, durante tanto tiempo, sólo para darse cuenta, justo pisando la línea de salida... Que Shaoran Li la había descubierto hacía rato.

Sus pies corrían todo lo que le daban sus fuerzas. Deseaba tanto perderse, confundirse con el viento, y jamás detenerse. Extendía sus piernas lo más que podía; deseaba abarcar todo el largo posible. Sus músculos se resentían a cada paso que daba, haciéndole arder las pantorrillas y quitándole el aliento, pero no le importaba. Deseaba perderse corriendo más que nunca. Y más que nada, quería alejarse lo más que pudiera de ese hombre, que corría a su par, con expresión concentrada y aguerrida. Huir de él era todo lo que había hecho desde su primer encuentro, y cada centímetro más cerca de la llegada, se sentía más cansada.

—¡Llévenla a la Enfermería, rápido! —gritó una voz que reconoció como la de su profesora.

Las imágenes se veían tan difusas. Su cabeza descansaba sobre la polvorienta pista. Sintió las mejillas frías y el cuerpo entumecido. Y entonces, todo fue negro.

—¡Sakura, por Dios! ¿Estás bien?

La cabeza le martilleaba horriblemente. Era como la resaca del domingo, pero sólo en un costado, formado un enorme chichón doloroso en su cráneo. Había despertado en la Enfermería de la escuela con Tomoyo a su lado. Ésta vestía el uniforme de deportes, y la miraba con la expresión más afligida de todas, acariciándole el cabello.

—Sí, quédate tranquila, Tomoyo. Sólo ha sido una caída.

—Has tenido suerte, chica —habló la enfermera a su derecha, tomándole el pulso—. Menos mal que no te has roto los dientes, algunos suelen tropezarse de frente. Tienes una pequeña contusión, sentirás dolor de cabeza y mareos, y quizás te encuentres algo confundida. Toma esto —Le entregó un pequeño frasco con algunas pastillas blancas—. Te sentirás mejor. Vuelve a casa y descansa el resto del día.

—Muchas gracias —Se apresuró a decir su prima—. Yo la llevaré.

—Quiero descansar un rato —dijo Sakura. Casi ni había escuchado las palabras de la enfermera—. El mundo gira.

—Es normal —tranquilizó la mujer, viendo la expresión de Tomoyo—. Quédate con ella si lo deseas. Debo ir al primer piso.

Escuchó la puerta cerrarse y sintió el colchón ceder suavemente al peso de su prima.

—Ya estás bien —habló ella, como una madre a su hija, y siguió acariciándole el pelo.

Tomoyo tenía unas manos hermosas. Largas y esbeltas, y tan blancas que se le transparentaban las venas. Sus dedos terminaban en delicadas puntas, de uñas ovaladas y siempre pulcras. Las manos de Tomoyo se veían tal cual se sentían: como la caricia de una pluma. Sakura se liberaba de cualquier dolor a cada roce, como si fuera un cuerpo impuro y cada toque sedoso la limpiara de todo mal.

—¿Cómo lo haces? —murmuró, entregada a esas manos de hechicera.

—Cuando te preocupas mucho por alguien, puedes transmitirle todo lo que sientes. Sólo pienso en lo mucho que te quiero, y cuánto deseo que te encuentres sana y serena.

Las palabras de Tomoyo también eran curativas: ella tenía ese poder que muy pocas personas podían ejercer sobre ella: el de hacerla encoger, con sólo un regaño; de enternecerla, con apenas una sonrisa; de hablarle, con una mirada y de tranquilizarla, con nada más que sus caricias y su voz melodiosa.

—La clase aún no termina —habló Sakura—. Ve antes de que la profesora venga por ti.

—No quiero dejarte sola. ¿Estás seg...?

—No te preocupes por mí —abrió los ojos y sonrió débilmente—. Dormiré hasta que vengas.

Ella pareció dudar y miró toda la extensión de su cuerpo echado en la cama pequeña. La puerta sonó con dos golpes. Se puso de pie de pronto, y escuchó la voz de Hiro, que le hizo abrir los ojos inmediatamente:

—La buscaba y supe que se había desmayado corriendo —habló, al parecer sin saber si dirigirse a Tomoyo o a Sakura—. Sólo venía a ver cómo estaba.

Su prima sabía perfectamente que lo que más había evitado en el día era a Hiro Hayashi. Pero, recostada como lo estaba, y con los músculos aún agarrotados, apreció su preocupación sincera, y se dijo a sí misma que no se sentía con fuerzas para ser cruel. Tomoyo comprendió su leve asentimiento de cabeza, y dijo:

—De acuerdo, enseguida vengo. Si necesitas algo, o te sientes mal, llama a la enfermera o a mi celular —palpó el bolsillo de su pantalón de gimnasia.

—Gracias, Tomoyo.

Su prima se marchó dejándolos solos.

—¿Ya te encuentras mejor? —preguntó él, acercándose por su izquierda.

—Sí, sólo me sentí mareada y se me bajó la presión —mintió—. Viviré para contarlo.

Rió suavemente.

—Cuánto me alegro —Estrujaba las manos dentro de los bolsillos con nerviosismo. Se sonrojó al hablar—. Bien, en cuanto a lo que habíamos planeado para hoy, por supuesto que lo dejaremos para otro día.

Quiso decirle que lamentaba haberse accidentado, que esperaba con ansias un pronto encuentro. Que ni bien se mejorara, concretarían su cita, y hacerlo feliz. Y sentirse alegre también, nerviosa como él. Dejar que sus mejillas se colorearan y balbucear como una tonta. Pero no podía sino sentirse levemente aliviada por su contratiempo.

—Hiro... respecto a la cita que acordé contigo. Debo decirte —musitó como pudo, sintiendo los labios pesados—... Esa noche, yo no estaba consciente al cien por ciento. Dije muchas cosas que no debía. No...

—Tus sentimientos hacia mí no han cambiado, ¿verdad? —dijo Hiro, y casi pudo sentir el esfuerzo que hizo para que su decepción no fuera visible.

—Lo siento...

—¿Me odiarás si lo sigo intentando, Sakura? No puedo contra lo que despiertas en mí, yo —Miró al suelo y luego la miró a ella, fijo—... Son tus ojos. Lo que veo en ellos me gusta tanto.

"¿Te gusta ver la perdición?", pensó, y casi sintió compasión por ese muchacho. Se animó a preguntar:

—¿Qué ves en ellos?

Pareció meditar la respuesta.

—Estrellas. Estrellas —repitió—. Tus ojos son un enigma lleno de estrellas.

—¿Sabes que las estrellas tienen un ciclo de vida, como nosotros, no, Hiro? —dijo, luego de meditar sus palabras. Él asintió— Quizás lo único que estés viendo son pequeñas estrellas moribundas. No te empeñes en hacerlas brillar de nuevo. Una vez que una estrella comienza a morir, no se detiene hasta apagarse.

Eso era Sakura: una estrella que perecía. Eso veía en sus ojos todos los días al espejo. Una prueba de que había brillado demasiado, tanto, que su propia estela de luz la había cegado. Se había tornado oscura tan rápidamente, que todo pasaba a formar parte de un cuadro hermoso del pasado. Si sus estrellas de niña habían brillado tanto, ¿por qué no las dejaban morir? ¿Por qué la gente se empeñaba en rescatarla?

"¿Por qué no dejas que la niña termine de morir?"

Hiro la había mirado más largamente que nunca, sin decir nada. No supo qué efecto habían tenido sus palabras en él: si habían terminado por convencerlo de su locura y desalentarlo de cualquier acercamiento próximo, o si, por el contrario, habían acrecentado su misterio. Sólo sabía que había sido lo más honesta posible, y esa confesión, aunque demasiado personal para alguien que no daba demasiadas explicaciones, le había significado un enorme peso fuera de su espalda. Hiro Hayashi se puso de pie y la dejó sola.

Entonces miró la hora, cerciorándose de que faltaban unos quince minutos para que Tomoyo pasara a buscarla. Se recostó de lado, dejando que su nariz se enterrara en la mullida almohada, impregnándose del aroma floral que desprendía. Cerró los ojos, concentrándose en su respiración acompasada, en el débil Sol de la tarde invernal, que se filtraba por la ventana y le acariciaba las pestañas. Percibiendo la suavidad de las sábanas con todo su cuerpo. Dejándose descansar.

—Eres una de las pocas personas que conozco que corre y filosofa a la vez.

Comenzaba a acostumbrarse. Debía haber una ley natural que enunciara que Shaoran Li debía interrumpirla siempre. Sobre todo cuando había logrado relajarse al fin, luego de desmayarse... por su culpa.

—Soy una visionaria. En el futuro, la filosofía atlética será el nuevo método filosófico —Arrastró las palabras pesadamente, sin girarse aún.

Li rodeó su cama y se sentó donde antes lo hiciera la enfermera para tomarle la presión.

—Si todavía tienes las fuerzas para utilizar el sarcasmo con agudeza, quiere decir que estás bien.

—Soy fuerte como un roble.

—No contaré la victoria de esta vez, sería jugar sucio. Aunque ambos sabemos que siempre te venzo en las carreras.

Como no tenía fuerzas para ser cruel con Hiro, tampoco las tenía para dejarse angustiar por la presencia de Shaoran Li. Simplemente se dejó llevar.

—No lo discutiré.

Silencio.

—Si aún no has abierto esa boca sabionda para insultarme, debes haber sufrido alguna clase de contusión —concluyó.

—No te equivocas.

—Mierda —Sólo dijo. Sakura sabía que su mansa actitud no lo asombraba—. Mandaste a volar al tipejo del club, ¿cierto? Lo vi salir.

—En efecto.

—Te has aprovechado de tu indisposición para ser lo más directa posible con él y dejarle en claro que no pretendes nada —dijo—. Siempre puedes excusarte luego con un "Me sentía mal, quería silencio. Invadiste mi espacio".

—Aún quiero silencio —sugirió.

—Me importa una mierda.

Sakura casi se ríe. No quería abrir los ojos, y no lo hizo. Si lo hacía, se enfrentaría a todos sus miedos contenidos en dos esferas doradas. Quería recrearse con su voz, que por vez primera, había decidido cambiar su matiz, y sus oídos la percibían como un murmullo suave. Si sólo escuchaba su voz, podía lidiar con él.

—Si has venido a seguir insistiendo en tu curiosa propuesta, te diré que no tengo intención de discutirlo ahora. El mundo es hermoso cuando todo es oscuridad bajo tus ojos. Se agudizan tus sentidos, y es lo más pacífico que pueda existir.

—Yo no diría eso.

—¿Por qué?

Otro silencio. Una risa velada.

—A veces tienes que ver, por más que confíes en tus sentidos.

Por supuesto, él estaba metaforizándolo todo. Sakura lo comprendió, pero no quiso darle pie, porque simplemente quería fastidiarlo.

—¿Y qué ocurre con los no videntes?

—Pues no ven, que yo sepa.

Sakura realmente se quiso reír a carcajadas, aunque le salió más como un maullido ahogado de Kero.

—Demonios, eres una fuente inagotable de sabiduría.

Apenas abrió un ojo, lo suficiente para ver la hora. En unos cinco minutos, Tomoyo iría a buscarla. Ya podía imaginar el atardecer a sus espaldas, evaporándose precipitadamente, y dando lugar a la noche que estremecía a Tomoeda con un viento que presagiaba una futura lluvia.

—Puedo contestar tus preguntas, pero no aquí, en la escuela.

Un escalofrío renovado de anticipación la hizo tragar pesado desde su lugar. Aún así, se rehusó a abrir los ojos.

—¿Acabas de insinuarme una cita, o es sólo producto de mis contusiones?

—Puedes llamarlo así, si lo deseas.

—¿Y has dicho que contestarás mis preguntas? —repitió— Vaya. ¿Y qué hay con eso de "Todo será dicho a su tiempo"? —imitó una voz gruesa. Él no dijo nada— Y yo que te creía un gran profeta.

—¿Quién te dijo que significaría que debías esperar tanto? El tiempo es ahora.

Se acomodó en las sábanas.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Ya lo he visto.

Una ráfaga de viento azotó las ventanas, haciéndola estremecer.

—Te gusta repetir esa frase.

—Si eres paciente, puedo responderte por qué me gusta —Abandonó su lugar en el colchón. Lo sintió ponerse de pie—. El domingo, por ejemplo.

—A las tres de la tarde, en el parque. Es una hora agradable.

—Me parece bien —dijo—. Hasta entonces, Kinomoto.

Cinco minutos después de escuchar los pasos de Shaoran Li avanzar hacia la puerta, y entornarla levemente, Tomoyo volvió, y encontró a Sakura sentada en la cama de la Enfermería, con los ojos abiertos de par en par.


Notas de autora:

¡Hola! Volví con una rápida actualización. Me divertí bastante escribiendo esto, ¿qué les pareció? Me gustaría saberlo con sus críticas. Ya tengo alguna que otra idea para el capítulo que viene, y dado que actualicé bastante rápido, creo que me tomaré un tiempo para el número cuatro, que creo que voy a enfocarlo, esta vez, desde otra perspectiva, para hacer un paréntesis en la historia y concentrarme un poco en Shaoran. ¿Les gustaría la idea?

En fin, muchas gracias a las personas que dejaron review, ojalá este capítulo los complazca y se sumen seguidores a esta humilde idea(?) xDDD Nos vemos próximamente, en la siguiente entrega.

¡Besos!