Capítulo beteado por Ivis Martínez, Beta FFAD.

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Una historia sin nombre.

Capítulo 2: Dolor compartido.

Una de las tristes desventajas de dormir pensando en algo es que normalmente sueñas con eso. En toda la noche no pude sacarme a la abuela de la inconsciencia.

Claro que la quería, pero eventualmente, simplemente verla en mi sueño, sin hablarle, sin hacer nada más que mirarla, me ponía de los nervios. Lo que era peor, es que no podía hacer nada al respecto, por más que lo intentara, en mi sueño no podía hablar, no podía moverme y no podía escuchar nada… lo único que podía hacer era ver a la abuela. Me sentía algo acosada o acosadora, en todo caso.

Desperté completamente incómoda. No era para nada divertido cuando soñabas que veías a un muerto. Me estremecí.

Hoy era el funeral de mi abuela… me estremecí de nuevo.

Suspiré profundamente y me levanté de la cama, busqué entre mis cosas hasta que encontré un vestido negro. Eso bastaría, ya que no tenía nada más qué usar. Dejé mi cabello suelto y me puse un par de zapatillas negras, esto tenía que bastar. Miré mi reflejo en el espejo que se encontraba en mi cuarto. Era demasiado simple… siempre decía eso, puede que tuviera una baja autoestima, pero tenía montones de defectos, al menos desde mi punto de vista. Y yo, bueno, yo soy yo. Probablemente debería de tener razón ya que estoy hablando de mí misma.

Dejé de reflexionar tantas tonterías en mi cabeza y bajé a la sala para ver si mis padres ya estaban listos. No me había dado cuenta de la hora que era, así que miré el reloj: Las once de la mañana. El funeral era a la una de la tarde, así que tenía mucho tiempo para preparar el desayuno. Mis padres aún no estaban ahí, probablemente seguirían preparándose arriba en su cuarto.

Fui a la cocina y busqué algo para preparar el desayuno. No había nada más que huevos y en el refrigerador sólo había una jarra con agua, otra con jugo y algo de leche. Simplemente lo básico. Sentí melancolía. ¿Cómo era posible que mi abuela hubiera podido vivir así? ¿Y desde cuándo

había comenzado a vivir así? ¿Después que nos fuimos, en ese mismo momento? No sabía y creo que tampoco quería saberlo. Me sentía tan culpable porque probablemente la abuela había vivido así los últimos años de su vida por causa mía.

Decidí dejar el tema para después, ya que abordarlo justo ahora no me iba a causar ningún beneficio. Con cuidado de no ensuciarme preparé huevos y serví tres vasos de jugo. Volví a ver la hora; las once cuarenta y cinco. Tenían que salir ahora si deseaban comer algo antes de irnos, así que les grité.

— ¡Mamá! ¡Papá! Ya es tarde, bajen a comer—una vez que les avisé, me sentí libre de remordimientos y me puse a comer.

Ya casi terminaba de comer cuando mis padres bajaron. Mi madre vestía un vestido similar al mío, sólo que un poco más escotado. Mi padre, en contra de toda su costumbre, estaba vistiendo un traje negro.

—Buenos días, Bella —me saludaron.

—Hola —contesté. —Ahí está el desayuno, por si quieren comer. —Se sentaron en silencio y comenzaron a comer. Después de unos minutos de incómodo silencio, mi madre habló.

—Tenemos que ver tu inscripción al instituto en esta semana.

La miré algo confundida. — ¿Qué?

—Bella, no por quedarte a vivir aquí significa que dejarás a la escuela. —dijo como si fuera lo más común del mundo. Y lo era. Simplemente me había tomado por sorpresa.

—Oh, lo sé. Perdona. Simplemente me tomaste por sorpresa. ¿Por qué en esta semana? —pregunté.

—Nos regresaremos a Chicago el viernes, Bella. Y las clases comenzarán el lunes. No hay otro momento. —dijo mi padre.

Suspiré. —Está bien, no es como si fuera muy difícil. —murmuré. Después de mi comentario se terminó la conversación. Terminamos de comer, eran las doce y media.

Mi padre se levantó mientras decía: —Será mejor que nos vayamos o llegaremos tarde. —Mi madre y yo también nos levantamos, y salimos de la casa para subir al auto.

Mientras mi padre conducía, comencé a sentirme de una forma extraña. Iba al funeral de mi abuela. Mi abuela está muerta. Creo que no me había dado cuenta completamente de ese hecho y comencé a sentir una enorme tristeza. Para cuando llegamos a la funeraria, había derramado un par de lágrimas, y al parecer también mi padre, ya que se estaba tallando sus ojos discretamente, pero fallando en el intento.

Al entrar a la pequeña funeraria me sorprendió ver a más que unas cuantas personas alrededor de lo que parecía ser el ataúd de la abuela. Era una ceremonia privada, solamente para los seres queridos, así que supongo que todas esas personas querían a la abuela. Eso era un consuelo, un pequeño consuelo en medio de lo que estaba sintiendo. Sin saludar a nadie, ni fijarme en quiénes estaban ahí, me acerqué al ataúd para verla por última vez.

No había cambiado casi nada. Estaba pálida, pero eso era lógico debido al estado en que estaba en ese momento, se veía hermosa, pero su rostro no tenía paz. La conocía lo suficiente para decir que detrás de su rostro había algo más, una inconformidad que no la había dejado irse en paz. Observé su rostro, suave a la vista y lleno de arrugas, pero menos pronunciadas a las que recordaba. El verla ahí, dentro de una caja, finalmente hizo que reaccionara como debí haberlo hecho en un principio y comencé a soltar chorros de lágrimas silenciosas. Solitarias. Sentí como si estuviera sola en ese momento, completamente sola, y eso no me agradaba para nada.

Continué llorando por un buen rato, sin importarme nada, ni las personas alrededor, ni mis padres, ni lo que pasaría después. Pero una sensación de estar siendo observada me dominó y por instinto, dirigí la mirada hacia donde provenía esa sensación. Ahí, en una esquina, me observaban cinco pares de ojos, iguales y muy diferentes a la vez. Los primeros dos: un chico alto y delgado, con cabello rubio que le llegaba hasta arriba de la barbilla, con ojos completamente negros, tenía tomada de la mano a una chica muy pequeña en comparación con él, de figura muy delgada, con cabello casi del mismo largo que el rubio, sólo que lo llevaba estilado en muchas puntas, que apuntaban cada una a una dirección diferente, sus ojos eran dorados. Ellos me miraban en una mezcla de confusión y lástima.

Los dos de en medio: una rubia deslumbrante con perfecta figura y cabello largo, en los brazos de un musculoso altísimo, con cabello café oscuro corto y rizado. Causaba algo de confusión, una pareja que, cada quién a su manera, lograba intimidar; la rubia por su gran belleza y el chico por su gran tamaño. Ellos me miraban con tristeza, pero al mismo tiempo, emoción y alegría. Cosa rara debido al lugar donde estábamos.

El último de ellos era una historia completamente diferente. No tan delgado como el rubio, pero tampoco tan musculoso como el otro chico. Su aspecto era algo desgarbado y tenía facciones finas. Su cabello era algo parecido al castaño dorado, el bronce, no era algo que hubiera visto antes. Y sus ojos, eran un raro color, entre el verde y el dorado. Puede que tal vez estuviera usando lentes de contacto. Él me miraba con todas las emociones que mostraban sus acompañantes: confusión, lástima, emoción, tristeza, alegría. Pero también me miraba con frustración y hasta podría jurar que con afecto, pero eso no era algo posible, así que tal vez me lo estaba imaginando.

Entre ellos eran completamente diferentes, excepto la chica de cabello oscuro y el de cabello castaño dorado. A pesar de sus apariencias, había un pequeño parecido ahí que me decía que de alguna manera eran familia. Todos eran pálidos, más pálidos que yo, igual de pálidos que mi difunta abuela. Y al parecer todos ellos no parecían avergonzados de que los hubiera atrapado mirándome con tanto escrutinio y eso tampoco hizo que dejaran de hacerlo.

Fruncí el ceño, algo incómoda y fue entonces cuando dos de ellos, el rubio y el pequeño duende, se acercaron a mí.

—Hola. —dijo ella con una voz cantarina. Parecía el sonar de las campanas, completamente hermosa.

—Em… hola. —dije algo tímida.

—Sentimos mucho tu pérdida. —dijo el rubio. —Marie era muy querida para todos nosotros.

—Sí, yo también lo siento. Me hubiera gustado haber vivido más con ella. Pero por la… situación que tenía con mis padres, no pudo ser así. —dije tristemente.

— ¿A qué te refieres? ¿Tenías acaso una mala relación con tu abuela? —preguntó el rubio, eso hizo que me relajara de manera inexplicable, pero me dio igual.

—No era mala, sino inexistente. —suspiré. —En los momentos en que viví junto con ella, nos llevábamos de lo mejor, la quería con todo mi corazón. Por causa de mis padres tuvimos que irnos a Chicago hace años y no volví a estar cerca de ella. —En ese momento me di cuenta que no sabía sus nombres y probablemente ellos no sabían el mío. —Por cierto, me llamo Isabella, em… Bella Swan. Un gusto conocerlos. —dije mientras extendía mi mano.

La pequeña tomó mi mano y mientras me saludaba se presentaba. — Mucho gusto, Bella. Ojalá nos hubiéramos conocido en momentos mejores. —dijo eso con un doble fondo que no supe identificar. —Mi nombre es Alice Cullen y éste de aquí es mi novio Jasper Hale. —Los saludé a ambos y luego no pude evitar volver a mirar a los otros cuatro que seguían mirándonos. El que estaba solo parecía mirarme con más insistencia que los otros dos.

—Um… tengo una pregunta… ¿ellos vienen con ustedes? —los señalé con la mirada pero los tres no hicieron intento de desviar la mirada.

—Sí. —dijo Jasper. — La rubia es mi hermana Rosalie, el que está a su lado es Emmett McCarthy, y al lado de ellos se encuentra Edward Cullen, hermano de Alice.

—Vaya… —dije pensativa. Sí iban juntos, pero sólo Alice y Jasper habían decidido venir conmigo. Mientras que Rosalie, Emmett y Edward seguían examinándome con la mirada.

—Bueno. —Alice interrumpió el rumbo de mis pensamientos. Volteé a verla sorprendida. —Ya no te quitaremos más tiempo, supongo que querrás despedirte apropiadamente de tu abuela. Nuestro más sentido pésame… de parte de todos. Nos vemos luego. —se despidieron antes de reunirse con los demás y salir de la funeraria.

En ese momento se me acercaron mis padres, uno a cada lado, después de estar no sé dónde, haciendo no sé qué. Como siempre. Mi madre pasó un brazo por mis hombros y resistí el impulso de alejarme de ella.

—Fue una desgracia que no pudieras pasar más tiempo con ella, ¿no? —comentó.

Eso logró que explotara. Era una hipocresía de su parte decir eso.

— ¿Poder? —pregunté con sarcasmo. —Si poder, significa que ustedes dos no me lo permitieron, entonces en efecto, nunca me fue posible. ¿Por qué nunca me dejaron? ¿Por qué me dejaron volver a verla sólo para encontrarme con esto? Mi abuela en un ataúd, después de la última vez que la vi, completamente saludable. ¡Cómo pueden ser tan crueles para hacer eso! No me gustan las hipocresías. Ya no soporto esto. Ya me voy. —No registraba lo que hacía en ese momento, sentía la mirada de mis padres, junto con la de varias personas ahí presentes, clavadas en mí. Pero ni siquiera me importaba ser el centro de atención en ese momento. Tenía que salir, hacer algo, alejarme de todo.

Al salir estaba lloviendo y yo estaba llorando. Parecía que el cielo también había decidido estar triste conmigo. Seguí caminando, no sabía hacia dónde y, al igual que cuando salí de ese horroroso lugar, no me importaba en lo absoluto. Probablemente si me perdiera no tardaría más que unos minutos en reubicarme, lo cual era un gusto y una desgracia al mismo tiempo. Cuánto desearía poder perderme en estos momentos, cuando todo está lleno de tristeza. Cuánto desearía dejar de existir en estos momentos en los que la vida no me ofrece más que tragedias. Probablemente sería lo mejor. Muy tentador, tal vez lo haría. Desconectarme de todo, puede que para siempre.

—Créeme que yo también. —dijo una voz a mis espaldas. Giré bruscamente para ver quién había dicho eso y me encontré con el chico que se llamaba Edward, ahí a unos metros detrás de mí. —Pero sí sigues pensando así, probablemente te arrepentirás cuando cumplas tus deseos. —¿Qué? ¿A qué se refería?

— ¿De qué hablas? —pregunté mientras sollozaba.

— Se nota a kilómetros lo que está pasando por tu cabeza. Creo que sé lo que te ocurre en estos momentos. Te sientes vacía, incomprendida, harta de este mundo y posiblemente hace unos segundos estabas pensando en lo bueno que sería terminar con tu sufrimiento para siempre. En otras palabras, desaparecer de este mundo. —dijo con suficiencia.

¿Cómo era posible que fuera capaz de decir casi exactamente lo mismo qué estaba pensando? Parecía que este hombre me conocía demasiado bien aunque sólo lo había visto una vez en toda la vida.

—Puede que no te conozca. —dijo Edward, de nuevo contestando mis preguntas mentales. Tal vez eso era… —Pero es que se me da bien comprender a las personas. —terminó de hablar con un poco de nerviosismo.

Yo en cambio, me estaba desesperando de que este desconocido respondiera a mis pensamientos y no deseaba ser escuchada, en caso de que él pudiera hacerlo: Edward, por favor has esto, ¿bien? Si puedes escucharme por favor respóndeme ahora. Me sentí algo estúpida llamando a alguien por

mis pensamientos, pero en serio quería probar que estaba equivocada y que no podía escucharme.

—Lo siento pero no estás equivocada. —me respondió. En serio me respondió. No podría creerlo. Aclaré mi garganta e hice un intento hablar.

— ¿Qué? ¿Es en serio? Cuando estaba caminando… tú… ¿leíste mi mente? ¿Puedes hacerlo? —pregunté incrédula.

—Pues… —pareció dudar. —Sí, si lo hice. Y sí, si podía leerla.

— ¿Podías?

Pareció pensarlo un poco y luego habló. — Cuando estabas caminando yo… pude escuchar lo que pensabas, pero justo ahora no puedo escuchar nada. —suspiró profundamente y me miró algo irritado. —Me sorprende estar hablando de esto contigo. Obviamente es un secreto y me gustaría que no se lo dijeras a nadie. ¿Lo harías?

No sabía qué simpatía podía sentirle a este extraño pero rápidamente pensé… de ser yo, a pesar de ser un extraño, no me gustaría que comenzara a decir a los cuatro vientos lo que puedo hacer. Eso me hizo decidir.

—Vale, sólo con una petición. —hice una pausa. — ¿De ser posible podrías evitar leer mi mente? Creo que es algo incómodo.

Murmuró algo que sonó como; "No entiendo cómo hablas de esto con tanta naturalidad." Pero después alzó la voz y respondió: —No es algo que haga a voluntad, pero propondré esto: Intentaré en toda ocasión no leer tu mente. ¿Te parece?

—Trato. —contesté seriamente. Edward Cullen se rio quedamente antes de darse media vuelta y comenzar a alejarse, no sin antes añadir:

— Y arriba esos ánimos, recuerda que no es la solución a tus problemas. —Con eso se fue caminando fuera de mi vista.

Después de irse, me puse a recordar, ¿por qué me había ido tan molesta? No podía recordarlo. Interesante. Como sea, creo que el lector de mentes tiene razón. De ninguna manera pensar en desaparecer en este mundo será jamás la solución a mis problemas. Aunque puede que los problemas me esperen en casa… probablemente me matarán y no me dejarán quedarme aquí. Joder. Con ese pensamiento, me fui a correr a mi casa, ya que me había ubicado de dónde estaba, mi casa no quedaba muy lejos. Al llegar, la casa seguía vacía, pero tenía el feo presentimiento de que cuando Charlie y Reneé llegaran, me las vería negras. Ugh.