El diario de chocolate.
Les quiero pedir una honesta disculpa a todos los y las lectoras que esperaron que actualizara este fanfic. Realmente han pasado muchas cosas, pero con gran alegría les digo que vuelvo al ruedo.
Un agradecimiento muy especial a OFIXD, ardalus, Arandano, NikkisRules112, Tweekers Tucker, MuffinStateOfTheArt89 y a Usagi Mitzui, quienes han dejado review en los capítulos anteriores, y espero que este, aunque corto, sea de su agrado.
South Park, personajes y sucesos reales o ficticios, marcas, etc., NO me pertenecen, no gano dinero con esto, no hago esto para apoyar campañas de lavado cerebral, ni es un complot del gobierno para obligarlos a comprar leche, etc. Esto se hace para brindarles una lectura alternativa, y se les pide una disculpa si alguna persona resulta ofendida por el contenido aquí expuesto.
Capítulo tres.
Se despertó muy temprano, apagando la alarma de su reloj despertador antes de que el irritante timbre le pusiera de malas; tras un aseo rápido y un desayuno frugal, se dirigió a su taller, dispuesto a preparar el barro y revisar que el torno estuviera bien ajustado, antes de empezar el trabajo del día.
Unas semanas atrás, un sujeto neoyorkino le giró un cheque, bajo la petición de realizar 500 tazas con dimensiones y decorado específico. Al principio, le pareció demasiado sospechoso, pero al cobrar el cheque, no le quedó de otra más que cumplir con el encargo. Pese a tener la fecha de entrega a puertas de su casa, sabía que terminaría a tiempo, ya que la medida que le fue indicada era estándar y tenía unas cuantas ya hechas, cuestión de terminar el decorado, empacar y listo.
-Solo espero que el hijo de puta no aparezca a último minuto pidiendo cancelar el encargo, o me cagaré sobre él. -Y con esas palabras, Cartman se entregó a la tarea de cumplir con su trabajo.
Lejos de ahí, una situación bastante hilarante se percibía desde la calle, ya que los trausentes podían escuchar con toda la claridad posible el pleito del día.
-¡Con un carajo, Stanley! -Se escuchaba una voz femenina en el punto más alto posible de un ataque de ira.- ¿Acaso crees que soy estúpida? ¡Mírame a la cara cuando te hablo, pedazo de imbécil! ¿Tengo cara de ser estúpida?
Stanley Marsh, quien compartiera vivienda con Wendy desde hacía un par de años, ya no sabía qué hacer. En los últimos años, Wendy pasó de ser una compañía agradable a una psicótica histérica híper-celosa como las que salen en los reality's. Solo le faltaba casarse con ella, aunque seguían solteros para que su relación fuera "conveniente".
Y la discusión del día se enfocaba en las repentinas llamadas de Bebe a la casa, quien trabajara en la misma oficina que Stan.
-Wendy, no te molestes. Bebe solo está...
-¿Podrías dejar a esa perra fuera de esta discusión?
En la casa de al lado, vivía Kenny. No en la casa de sus padres, que fuera demolida para levantar un minimarket, sino la del otro lado. Por un golpe de suerte, o la más extraña circunstancia del destino, una vieja loca lo llevó a su casa y por un par de años lo trataba como si fuera su gato o algo peor; le ordenaba de todo: cómo vestir, qué hacer, donde dormir, a donde ir de compras, etc. Y cada que le alzaba la voz, o la tiraba a calle, la vieja lo agarraba a palos, con la habilidad de un jugador profesional de hockey, matándolo en más de una ocasión.
Y un día, se murió la loca. Kenny se alegró por que ya no tendría que estar de gato, pero también se preocupó. ¿A donde iba a ir, si no tenía ni donde caerse muerto?
-¡Stan, dame posada en tu casa! -El día del funeral, Kenny se arrojó dramáticamente a los brazos de su amigo.- ¡Por los viejos tiempos, amigo!
-Claro...
-¡Que no! -Wendy logró separar al rubio del pelinegro.- ¡Arréglatelas como puedas, vividor!
Y para sorpresa de todos, la loca era inmensamente rica y le heredó todo a Kenny, quien al saberlo fue a llorarle a la tumba y la saturó de flores, arrancadas de sabrá Dios donde; claro, tuvo que ir a la universidad, a estudiar la carrera que la vieja le señaló, pero era un pequeño precio a cambio del gran beneficio que le fue regalado.
-¡Buenos días, probetones de South Park, y que me la saque al que no le guste! -Era el saludo matutino que el rubio ojiazul regalaba en las mañanas al pueblo, recibiendo como respuesta pedradas, zapatos y hasta balazos.
Leopold Stotch, aún conocido como Butters, no había logrado gran cosa en su vida, claro, hasta el día que salió de la casa de sus padres y respiró, por primera vez en mucho tiempo, de la libertad...
-¡Cielos! -A pesar de los años, su costumbre de frotar sus nudillos cuando se ponía nervioso no había desaparecido.- ¿Y ahora cómo le haré?
-¡Ese es tu problema, jovencito! -Le gritó su padre al echarlo de la casa.- ¡Y más vale que te busques en donde quedarte, o llamaremos a la policía!
Quizo su buena -o su mala- suerte que Kenny se diera cuenta de su predicamento, quien le invitó a quedarse con él.
-Kenny es muy amable, ¿no lo creen? -Le dijo a Stan y Cartman, aunque estos dos no parecían tan entusiasmados al respecto; más bien, parecía que le tenían lástima, pero eso ya no era cuestión de ellos.
Los demás habitantes del pueblo forjaron sus propios caminos; algunos vieron cambiada su suerte con un giro de 180 grados, pasando de la pobreza a la riqueza, o viceversa; otros murieron, algunos se mudaron; seguían sucediendo cosas que ponían en duda todas las leyes físicas posibles, y días en los que no pasaba absolutamente nada; por eso, cuando Stan, Kenny, Cartman y Butters se reunieron en la cafetería de Tweek, quien siguiera con el negocio familiar, les sorprendió ver una foto y, más aún, la fecha que estaba bajo ésta.
-¿Pueden creer que hayan pasado ya 10 años desde la última vez que estuvimos juntos? -Preguntó Stan sonriendo con nostalgia.
-Imbécil, como Wendy te esconde el calendario y te aisla del mundo cual prisionero de guerra, no tienes ni idea de lo que pasa en el jodido mundo, y menos del tiempo. -Cartman tragó con dificultad el café. -¡Carajo Tweek! ¡Cómo vuelvas a servirme esta mierda te arrancaré los huevos!
-¡Arght! ¡Lo-lo siento! -El rubio recogió de inmediato la taza y corrió hacia el mostrador.- ¡Te traeré otro!
-Pobre Tweek, siento pena por él. -Dijo Butters con auténtica preocupación, y el moreno rollizo movió de forma negativa la cabeza.- Apuesto que está nervioso, por que dicen que se abrirá otro negocio.
-Eso pone nervioso a quien sea, Butters. -Kenny se tomaba el café como si fuera agua mientras leía el periódico, y escupió al ver una de las noticias de la localidad.- ¡Mierda!
-¿Qué te pasa ahora, idiota? -Replicó Cartman mientras se limpiaba la camisa con la servilleta de Stan, quien aún estuviera en un viaje en el tiempo sin soltar la pobre foto.
-¿Qué me pasa? Un sujeto de Nueva York abrirá un negocio en la localidad y ya hay avistamiento de celebridades adineradas. ¡Y yo perdiendo mi tiempo y dinero con ustedes!
Se puso de pie en un salto, dejó un billete sobre las servilletas secas y antes de salir le dio un par de palmaditas a Butters en el hombro.
-Que no se te vaya a quemar la cena de nuevo, o dormirás esta noche con los gatos, de nuevo.
-No se me olvidará, no te preocupes. -Con esas palabras, Kenny se largó de ahí.- ¡Cielos! Se veía muy apresurado.
-Yo creo que tú eres un caso perdido, pendejo. -Cartman recibió otro café de Tweek, quien se alejó estremeciéndose con cada dos pasos que daba.- Yo también me largo, tengo que tener listo el encargo o me irá del carajo.
Después de unos minutos en silencio, Stan dejó la foto en paz.
-¿Ah? ¿A donde fueron Kenny y Cartman?
-Kenny fue a "trabajar", y Cartman también, supongo.
Mientras tomaban el café, disfrutando de los pocos minutos que tenían libres antes de volver a sus rutinarias vidas, un hombre entró en la cafetería. Tenía algo que les llamó la atención y les provocaba una gran nostalgia, pero no lograban identificar qué era.
-¿Puedo ayudarle? -Le preguntó Tweek tratando de no sucumbir a sus tics.
-No exactamente. Venía a saludar a viejos amigos, aunque resulta un poco frustrante el que nadie te reconozca.
-Bu-bueno, quizá solo necesita algo de ti-tiempo. -Tweek sirvió una taza de café y se la ofreció.- Tome, cortesía de la casa.
-Te lo agradezco, Tweek, pero quizá en otra ocasión. -Se alejó dejando perplejo al rubio, y a su vez, aminoró la velocidad de sus pasos al estar cerca de Stan y Butters.- Nos vemos luego, chicos.
Sumidos en un completo silencio, el pelinegro lo siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista, y Butters no dejaba de ver a Tweek, a Stan y a la puerta.
-¿Tú lo conoces, Stan?
-No tengo idea de quien carajos pueda ser.
Continuará.
¡Hola! Lamento muchísimo haberme retrasado con demasiado tiempo, pero estoy de vuelta. ¡Se cuidan, nos vemos, y si se portan mal, lleven a un amigo para que la diversión sea doble!
