XI
15 de febrero de 1976
Regulus se jura que un día de éstos matará a Nicholas Mucilber.
El muy canalla lo atacó por la espalda. Vale que la valentía no es precisamente la seña de identidad de los Slytherins, pero ni siquiera él es tan cobarde. Podría, al menos, haberlo advertido, para que así su victoria tuviera algo de mérito.
Con un bufido, Regulus se arrebuja entre las mantas, observando el alto techo de la enfermería mientras se imagina formas crueles de asesinar a Nick. Y, de paso, a Adam y Severus, que también estaban ahí. Pese a que Snape no hizo nada, técnicamente.
No le han hecho nada grave, pero la señora Pomfrey considera que es mejor que Regulus pase el fin de semana en la enfermería. El muchacho no puede evitar soltar resoplidos de disgusto; él está bien y quiere volver a su dormitorio.
Escucha unos pasos, y al girar la cabeza descubre a Sirius entrando en la enfermería. El caminar de su hermano no es escandaloso, como de costumbre, sino más bien cauteloso. Como si no estuviera del todo seguro de que visitar a Regulus sea una buena idea. Se sienta en una silla y observa largamente a su hermano.
Cuando Regulus no lo soporta más, se incorpora un poco, y aprovecha para hacer la pregunta cuya respuesta necesita saber con más urgencia:
—¿Qué le han hecho a Mar…Macdonald?
Sirius lo mira con extrañeza, tan sorprendido que contesta sin meditar los motivos de su hermano para interesarse por su ex novia.
—¿A Mary? Que yo sepa nada; al menos, me la he cruzado cuando venía y estaba bien…—Regulus apoya la cabeza en la almohada, increíblemente aliviado al comprender que Mucilber sólo se estaba marcando un farol. Se permite sonreír un poco, pero la sonrisa se esfuma cuando Sirius vuelve a meter baza—: ¿Así que han sido tus amigos?—inquiere con cierta burla. Regulus entorna los ojos—. Dirás lo que quieras de James, Remus y Peter; pero al menos ellos no tienen por costumbre atacarme por la espalda.
Regulus aprieta las mandíbulas con rabia.
—No son mis amigos—asegura. Sirius se encoge de hombros—. ¿A qué has venido? Pensaba que te interesaba más dejarte ver por todo el colegio con esos Merodeadores.
Sirius suspira.
—Venía a ver si te has dado cuenta de que ésos que te han dejado en la enfermería son del mismo tipo de persona que papá y mamá: unos maniáticos. Pero se ve que no.
—¿Qué vas a decir tú?—replica Regulus, airado—. Todos son unos maniáticos, ¿no? Cualquiera que defienda la pureza de su familia está loco y obsesionado con la sangre limpia. Pero tú no, ¿eh? Eres el único que puede conocer la Verdad y el resto estamos ciegos. Estás tan obsesionado con llevar la contraria como nosotros con la pureza de sangre.
Sirius se queda un buen rato en silencio, encajando las palabras de su hermano.
—Bellatrix también ha hablado contigo, ¿verdad?—Regulus lo mira extrañado, preguntándose a qué viene eso, pero su hermano lee la respuesta en sus ojos—. Como te unas a ella y a Quien-Tú-Sabes, dejarás de ser mi hermano.
Dicho esto, sale en silencio de la enfermería. Regulus lo observa alejarse, extrañado por lo cabizbajo que camina Sirius. Estaba hablando en serio. Es cierto que, desde que el mayor entró en Hogwarts, su relación ha ido enfriándose, pero a Regulus nunca se le habría ocurrido que Sirius fuera capaz de ponerlo entre la espada y la pared de la forma en que lo acaba de hacer.
Regulus se tapa la cara con las manos, deseando dejar de pensar. Ya le duele la cabeza por el maleficio de Mucilber y lo que menos necesita es un nuevo problema atormentándolo justo cuando se ha cerciorado de que Mary está bien.
Aprovechando que la señora Pomfrey no está en ese momento en la enfermería, Regulus se levanta de la cama y, con cierta dificultad, camina hasta el despacho de la enfermera. Abre el armario y, tras unos minutos, da con la poción para dormir. Mientras vuelve a su cama se bebe la mitad del contenido del frasco, y para cuando cae en el colchón está profundamente dormido.
Y esa noche no sueña con nada. Ni siquiera con Mary Macdonald.
XII
10 de julio de 1976
Regulus lleva varias noches sin dormir.
Concretamente, desde que Sirius se fue.
Ha de admitir que la otra noche, pese a que oyó desde su cuarto los gritos de su madre y su hermano, no salió de su habitación. Siguió leyendo, confiando en que la disputa no duraría mucho y Sirius se iría a su cuarto cabreado después de decirle algo hiriente a sus progenitores.
Pero no. Sirius entró en su dormitorio, sí, pero para coger algo de ropa antes de largarse de casa. Regulus se asomó entonces, extrañado, porque la pelea no estaba tomando el rumbo de siempre, y se encontró a su hermano bajando las escaleras con una mochila a la espalda. Sirius lo miró, como preguntándole qué iba a hacer, pero Regulus bajó la vista. Él no pensaba largarse. Ni piensa hacerlo.
La casa está insoportablemente pacífica sin su hermano. Regulus intenta convencerse de que eso es lo mejor; lo último que necesitan los Black es un traidor a la sangre. Oficialmente, Sirius ya no es uno de ellos; Walburga lo borró del tapiz ayer, ante la mirada suplicante de su hijo y la aparente indiferencia de su marido.
Regulus recuerda entonces lo que ocurrió a finales del curso pasado. Él lo vio, aunque la verdad es que lo presenció todo el colegio. La forma en que su hermano y sus amiguitos Merodeadores se metieron con Snape y cómo éste le dio un golpe a Lily Evans donde más le dolía: metiéndose con su ascendencia. Regulus sabe que su compañero es mestizo, pero lo respeta casi tanto como si se tratara de Adam o Nick, porque es inteligente. Aunque, al mismo tiempo, no puede evitar pensar que Severus es idiota. Está colado por Evans, pero en lugar de decírselo y de mostrarle que es una excepción a sus creencias, pretende fingir que no le molestan los sangre sucia, cuando en realidad despotrica contra ellos más que el propio Regulus en sus pensamientos.
Tú no lo haces mejor, le comenta una vocecilla insidiosa. Regulus gruñe y entierra la cara en la almohada, deseando dormirse. ¿Por qué tiene que estar hoy con ganas de pensar? Y él no está haciéndolo demasiado mal, razona. Sí, besó a Mary Macdonald a sabiendas de que es una sangre sucia, pero es plenamente consciente de que fue un error. Y admitirlo es el primer paso para superarlo, o eso quiere creer él.
No obstante, Regulus no puede evitar pensar que él no está haciendo nada para borrar ese beso y esa muchacha despeinada de su mente. Una parte de él quiere convencerse de que pensar en el fallo que suponen los sangre sucia compensa las horas que se pasa añorando esos sonidos que hace al llorar (los mismos que se supone que detesta), pero cuando recuerda sus sueños esa balanza no sólo se desequilibra, sino que se rompe en mil pedazos, y secretamente agradece que nadie de su entorno sepa Legeremancia.
Frustrado, Regulus se levanta, se viste y baja al salón. Pasa por delante del tapiz de la familia y observa la reciente quemadura que hay a pocos centímetros de su propio nombre.
—Regulus, a desayunar—le dice su madre, que ya está sentada a la mesa, sonriendo a Kreacher cuando el elfo le sirve la comida. Orion está a su lado, pero no dice nada. La enfermedad avanza lentamente pero sin detenerse, y su padre ya no es el hombre apuesto y fuerte que Regulus atesora en sus recuerdos infantiles.
Con un suspiro, aparta la vista del lugar en que debería estar su hermano, comprendiendo de nuevo que ahora es hijo único.
XIII
10 de septiembre de 1976
Regulus ha sido capaz de ignorar a su hermano desde que comenzó el curso. Todo un logro. Por su parte, Sirius tampoco le ha hecho mucho caso. Ya dejó bien claro en verano que no quería formar parte de esa "familia de chiflados".
El joven está orgulloso de su comportamiento en lo poco que lleva de curso. No se ha metido en ningún lío, lleva los deberes al día y ha logrado morderse la lengua para no soltar ningún sangre sucia más de los estrictamente necesarios. No es que los tolere, pero aún no ha encontrado nada que contradiga su teoría de que simplemente son un fallo de la naturaleza, y que padecen algún tipo de enfermedad.
Regulus es consciente de que este verano ha crecido. Y de que atrae más de una mirada, de ésas a las que Sirius está más que acostumbrado. No le disgusta la sensación, si bien es cierto que se siente un tanto vigilado.
Se ha cruzado varias veces con Mary Macdonald. Y, para su sorpresa, la muchacha le sonríe a modo de saludo. Regulus supone que sigue agradecida por haberle echado una mano para librarse de Mucilber, y le resulta físicamente imposible evitar sonreírle de vuelta, si bien lo hace con disimulo para que sus compañeros no se fijen. Que un Black no puede mezclarse con una sangre sucia, por muy guapa que sea.
Regulus se reprende mentalmente cuando sus pensamientos llegan a ese punto. Pero, por una vez, se permite continuar.
A lo mejor no está tan mal, piensa. Después de todo, no puede negar que Mary es, a su modo, hermosa, ni que soportaría que lo maldijeran por la espalda otras diez veces por echarle una mano. Además, desde que la besó, hace ya más de seis meses, lo que más le apetece es repetir. Sin importarle que su sangre pura se ensucie. No puede ser tan malo, ¿o sí?
XIV
14 de octubre de 1976
—¡Joder, Black! ¡Ha sido sin querer!
Regulus escupe un par de palabras nada dignas de su linaje y estatus social, abrazándose las costillas y maldiciendo al inventor de las bludgers. Al menos, logra mantenerse sobre la escoba y bajar al suelo. Se tiene en pie a duras penas y da un paso de prueba. Resiste la tentación de tirarse al suelo y hacerse un ovillo hasta que se le pase el dolor.
—¿Estás bien?—inquiere Adam, acercándose a él.
Regulus respira hondo y nota un doloroso pinchazo en el pecho. Nunca antes le ha pasado, pero está convencido de que se ha roto al menos una costilla.
—Creo que voy a la enfermería—declara, expulsando aire con suavidad para evitar que le duela más el tórax. Se aparta cuando Alessia Zabini se dispone a echarle una mano—. Puedo ir solo.
Suelta la escoba en el suelo y sale del campo de quidditch con dificultad, pero sin ayuda.
Sin embargo, para cuando llega al castillo Regulus se arrepiente de haber rechazado el ofrecimiento de su compañero. La enfermería está muy lejos y a él lo que más le apetece es tumbarse en el primer lugar que pueda y quedarse ahí. Maldice de nuevo las bludgers.
Cuando va por el primer piso, se dice que no le vendrá mal descansar un poco. Se apoya en una pared y cierra los ojos, mientras nota más pinchazos en las costillas, más dolorosos y más seguidos. Suelta aire con suavidad.
—¿Estás bien?
Regulus abre los ojos y gira la cabeza para encontrarse con el rostro de Mary Macdonald ante él. Sigue teniendo el pelo increíblemente desordenado, y sus enormes ojos azules lo miran con preocupación.
—Sí—miente. La imagen de muchos ratones correteando en una jaula ante la mirada atenta de un hombre investigando acude a su mente, desde la perspectiva de uno de los roedores. Mary arquea las cejas, y tras varios segundos se pasa un brazo del joven por los hombros—. ¿Qué haces?
—Llevarte a la enfermería a que te curen eso—responde Mary, que se ha dado cuenta del brazo que Regulus mantiene pegado a sus costillas. Él se deja llevar, sin ganas de discutir.
El camino a la enfermería se le hace más corto en compañía de la joven, que se queda observando cómo la señora Pomfrey le arregla los huesos rotos. Regulus suspira aliviado cuando el dolor empieza a remitir, y ni siquiera le importa que la enfermera lo obligue a quedarse ahí toda la noche.
Unos minutos más tarde, mira a Mary, que no se ha movido.
—¿Por qué lo has hecho?
Ella se encoge de hombros.
—Así estamos en paz—responde con sencillez.
Regulus aparta la vista. Cada vez tiene menos claro lo que piensa. Por un lado, está su opinión sobre los sangre sucia. Por otro, la forma que tiene de ver a Mary Macdonald. Y esas dos ideas lo confunden y lo marean y hacen más daño que las bludgers.
Abre la boca para decirle algo a Mary, pero cuando vuelve a alzar la mirada descubre que ella ya se ha ido.
XV
31 de octubre de 1976
Regulus se pregunta qué tienen su hermano y sus amiguitos en la cabeza.
Porque, desde luego, hay que ser muy idiota para caer en la emboscada que le han preparado los Slytherins.
Él baja a las cocinas a pedir comida a los elfos, porque no le apetece estar dos horas sentado en el banquete de Halloween. Se pregunta si debería advertir a su hermano. Luego recuerda que, desde que Walburga lo borró del tapiz, Sirius no es familia suya.
Cuando va camino de las mazmorras, sin embargo, escucha varios gritos y un estruendo. No tarda en reconocer la voz de su hermano. Tras varios segundos de duda, Regulus saca su varita y se acerca al lugar de donde proceden los sonidos.
Como había supuesto, los protagonistas de la contienda no son otros que los Merodeadores (a pesar de que lleva mucho tiempo oyendo esa palabra, suena tan ridícula como el primer día). Regulus reconoce a Adam Avery, que está en su último curso, y a Severus Snape, en el otro lado de la trifulca. Se le eriza el vello cuando un maleficio desviado por Remus Lupin pasa a pocos centímetros de Sirius.
Sin embargo, no tarda en darse cuenta de que esos seis no son los únicos que están poniendo su integridad física en juego. En un rincón, observando lo que ocurre con los ojos como platos, como si no supiera cómo ha acabado ahí exactamente, Mary Macdonald sostiene su varita en una mano, pero no se decide a salir por si algún hechizo la alcanza.
—¿Qué haces tú aquí?—trona en ese momento Sirius, reparando en la presencia de su hermano menor. Tanto sus amigos como Avery y Snape dejan de intentar maldecirse mutuamente para ver qué diablos ha distraído a Sirius.
—No hace falta que matéis a medio colegio para solucionar vuestros problemas—responde Regulus, apartando la vista de Mary. Ella se sonroja un poco y sale de su refugio.
—Hala, Mary, estás ahí—comenta James Potter—. Perdona, no te hemos visto.
Un montón de palabras, entre las que se distingue un despectivo sangre sucia, brota de la garganta de Avery. Regulus no le hace caso, igual que también ignora el gruñido de Sirius; sólo se da la vuelta y se aleja de los duelistas, guardando su varita en el bolsillo.
Cuando está a tres pasillos de distancia escucha pasos. No necesita volverse para saber de quién son, pero de todas formas se gira para ver a Mary Macdonald acercándose a él.
—Gracias—le dice—. Vuelvo a deberte una.
Regulus se encoge de hombros, recordando el incidente del entrenamiento de quidditch.
—No hace falta. Me conformaría con que aprendieras a cuidarte—se pregunta qué diría su prima Bella si él le contase que hay una mujer incapaz de salir ilesa de un fuego cruzado. Luego piensa en lo que pasaría si además le dijese que es una sangre sucia. Decide que es mejor mantener la boca cerrada.
Mary arquea las cejas.
—Sé defenderme; no soy tan débil como el año pasado—le asegura—. Y además, también sé atacar.
—¿Ah, sí?—al ver que asiente, Regulus lleva la mano al bolsillo de la varita. Está preparado para defenderse de absolutamente cualquier cosa, ya sean puñetazos, patadas o maldiciones.
Para cualquier cosa, excepto para un beso.
Regulus aprieta los puños al notar los labios de Mary, más seguros que la última y única vez que la besó, diciéndose que debería apartarse. Que ella sigue siendo una sangre sucia, y él proviene de la familia más pura de todo el mundo mágico; eso no está bien. No obstante, no sólo no se aparta, sino que rodea la cintura de Mary y la atrae hacia él.
Se separan cuando escuchan pasos acercándose. Regulus ve que la muchacha está roja como un tomate, y sus ojos azules brillan algo avergonzados por lo que acaba de hacer. Supone que los de él reflejan algo parecido. Lo que ha hecho definitivamente no puede ser correcto.
Mary sonríe nerviosamente.
—Me voy—dice, mirando los ojos grises de Regulus—. Creo que no me vendrá mal cenar un poco.
Regulus la observa alejarse y suspira. No es correcto, de eso está seguro. Pero eso no quita que haya sido condenadamente delicioso.
XVI
6 de diciembre de 1976
Regulus no sabe en qué momento decidió que era una buena idea besar a Mary Macdonald cada vez que se la encuentra en algún lugar vacío.
Pero, aunque pasa buena parte del día reprendiéndose por estar ensuciando su purísimo linaje a base de besos con la sangre sucia, los ojos azules, chispeantes, de Mary, su cabello rubio (que nunca estará bien peinado; Regulus ya lo ha aceptado) y sus sonrisas inseguras antes y después de demostrarle que ella también sabe atacar hacen que lo olvide.
Merlín, últimamente está distraído. Sus notas han bajado en el último mes, porque mientras se supone que está haciendo redacciones su mente se dedica a hacer una lista de los lugares en los que es más probable que encuentre a Mary sola. Y no sabe si es su imaginación o no, pero desde hace unos días Mary está demasiado cerca de Benjy Fenwick, ese condenado Hufflepuff que es capaz de encandilar a todo el que se proponga, casi tanto como su hermano y James Potter.
Sacude la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos de su mente. Trata de recordar la teoría de la pureza de sangre que lleva sabiendo desde que tiene uso de razón, pero cuando se acerca a Mary le parecen palabras vacías. Esa teoría no encaja con la muchacha.
Regulus entra en la biblioteca con el libro que sacó hace unos días, dispuesto a devolverlo. Se acerca a la estantería de la que lo cogió, donde, para su sorpresa, encuentra a Mary Macdonald. La muchacha está apoyada en la estantería hojeando sus apuntes con interés. Se ha recogido el pelo en dos trenzas, pero aun así hay mechones rubios que se escapan y dan un aspecto desordenado al peinado. Regulus compone una expresión que, de estar analizándola desde una perspectiva externa, definiría como sonrisa de imbécil.
—Hola—lo saluda la muchacha cuando lo ve. Regulus no contesta, pero borra su sonrisa al verla acercarse. Sabe lo que quiere y también que en la biblioteca puede verlos cualquiera.
—Ni se te ocurra…—empieza, pero los labios de Mary le impiden seguir hablando.
Regulus suelta un gruñido. Sí que sabe atacar, sí, piensa. Pero no es la única. Sin soltarla, la empuja contra la estantería por el mero placer de verla defenderse. Algo que también ha aprendido, comprende cuando Mary se pega a él y enreda los dedos en su cabello negro.
Pero entonces para. Regulus no comprende el motivo hasta que se gira y descubre a Severus Snape observando la escena con expresión curiosa.
—Vaya, Black—comenta.
Regulus comprende entonces en toda su dimensión lo que ha hecho. No sólo hablar y tratar bien a una sangre sucia, sino encima besarla. Ensuciar su sangre, su linaje y el nombre de su familia por unos cuantos minutos sintiéndose bien.
Se separa de Mary. Ella lo observa fijamente, y Regulus sabe que espera su reacción.
Y su reacción es echar a andar para salir de la biblioteca, lejos de la mirada cargada de burla de Severus Snape y el cabello desordenado de Mary Macdonald.
XVII
12 de diciembre de 1976
Regulus no ha vuelto a acercarse a Mary. Va a clase, hace los deberes en la sala común y sólo sale para ir al entrenamiento de quidditch. Quizá haya escapado de la jaula donde los investigadores observan su comportamiento. Afortunadamente, Snape no ha dicho nada sobre la escena que presenció en la biblioteca. Pero el joven no es capaz de mirarlo a los ojos.
Y es que él, el heredero de los Black desde que Sirius se largase, ha pasado semanas besando a Mary Macdonald, traicionando todo aquello en lo que cree. Los sangre sucia son un error, al igual que fue un error intentar creer lo contrario. Quizá su teoría de que es como una enfermedad sea cierta, pero aunque así fuera está mal relacionarse con ellos. Igual que su padre no se acercó a él cuando pasó la varicela, porque corría riesgo de contagiarse.
Si hoy ha decidido ir a Hogsmeade es porque supone que debe ver la luz de sol un poco. Y porque Bella le ha escrito para citarlo ahí. Pero espera no encontrarse con Mary. Desde lo que ocurrió el otro día no sabe qué hacer, porque ha comprendido el error que cometió en toda su dimensión.
Entra en Las Tres Escobas y descubre a Bella, tan hermosa como siempre y con ese toque que hace que Regulus sienta algo a medio camino entre el respeto y el miedo cuando la ve. Se acerca a su prima y se sienta frente a ella.
—Hola. ¿Para qué querías verme?
Bellatrix sonríe.
—¿Recuerdas lo que hablamos en febrero? ¿Lo has pensado?
Regulus clava la vista en la mesa. Lo cierto es que la opción de ser mortífago lleva en su cabeza mucho tiempo, desde que Bellatrix se lo sugirió, pero no ha meditado mucho sobre eso; principalmente porque su cabeza está llena de abejitas que zumban y componen el nombre de Mary Macdonald.
Pero ahora que lo piensa… los sangre sucia son un error, estén o no enfermos. La mente de Regulus vuela hasta el tapiz con el árbol genealógico de su familia, concretamente hasta el lugar donde estaba un tío abuelo suyo, Marius Black, que fue borrado por ser un squib. Piensa que ese hombre hubiera estado mejor muerto que condenado a vivir entre muggles, sobre todo después de haber pasado los primeros años de su vida con los Black. Bueno, en realidad no tiene la menor idea de cuál fue el destino de aquel hombre, porque nunca se le menciona en casa. De cualquier manera, razona, los sangre sucia no deberían estar ahí. Y los muggles tampoco.
Regulus decide detener su línea de pensamiento ahí. Mira a Bellatrix, que a su vez lo observa esperando una respuesta.
—Lo he pensado un poco—admite finalmente.
—Un poco—repite Bellatrix—. ¿Y cuál es tu opinión después de ese poco?
—Supongo que no estaría mal—Regulus piensa en ese momento en lo orgullosos que estarían sus padres. Después del caso perdido que resultó ser Sirius, Orion y Walburga Black esperan que su segundo hijo sea alguien de provecho.
—Le he hablado de ti al Señor Tenebroso—confiesa Bellatrix, y un brillo de devoción aparece en sus ojos al mencionar a su amo—. Le he dicho que eres inteligente y talentoso con la varita, y él estaría encantado de que te unieras a nosotros.
Regulus no puede evitar sonreír un poco, con cierto orgullo. Que el hombre que supone la representación máxima de los ideales de su familia esté interesado en él es un honor. Porque él, aunque no sepa si está o no de acuerdo con matar sangre sucia, definitivamente comparte con él la idea de que son un error de la naturaleza. Uno que debe ser subsanado.
—Pues… Bella, tengo que irme—se disculpa, poniéndose en pie. No puede negar que está casi convencido, pero quiere pensarlo más detenidamente. Él no es como Sirius, que hace lo primero que se le pasa por la cabeza sin pararse a plantearse las consecuencias de sus actos.
—Escríbeme cuando lo tengas claro—replica su prima, guiñándole un ojo. Regulus sale de Las Tres Escobas, agitando una mano para despedirse de Bellatrix.
XVIII
17 de diciembre de 1976
Regulus tiene ya casi completamente claro que quiere ser un mortífago del Señor Tenebroso.
La mayoría de sus ideales, piensa, son iguales que los de los Black. Además, pese a los esfuerzos de los aurores, ese hombre está alzándose y consiguiendo mucho poder en poco tiempo, y no parece que vaya a perderlo, por lo que Regulus no teme demasiado qué pasaría si el Señor Tenebroso cayese; probablemente no ocurra nunca.
Sin embargo, hay algo que no le permite decidirlo del todo. Se ha cruzado varias veces por los pasillos con Mary, y ya no hay sonrisas, ni ataques ni defensas. Ella simplemente mira a través de él, como si fuera alguien más, o directamente vuelve el rostro hacia otro lado. Regulus no lo comprende.
Y lleva ya varios días pensando en ello y dejando de lado su propósito de grabarse a fuego la Marca Tenebrosa en el antebrazo izquierdo. Regulus sabe que no debería hacerlo. Pero ni siquiera intenta evitarlo; hace tiempo que comprendió que, cuanto más intente escapar de la jaula en que un investigador observa su comportamiento y saca conclusiones, menos probabilidades tiene de conseguirlo. Y, además, Regulus no se siente excesivamente mal pensando en Mary.
Va pensando en ella, en su desordenado cabello rubio y sus ojos azules y brillantes cuando vuelve del entrenamiento de quidditch. Probablemente ganen el próximo partido, piensa. Es contra los Hufflepuffs, y todo el mundo sabe que esos buenos para nada tienen menos probabilidades de ganar que Sirius de conseguir que su madre vuelva a aceptarlo en la familia (en el supuesto de que estuviese interesado en ello, algo que Regulus duda seriamente).
Regulus gira la esquina sonriendo, pero cuando ve lo que tiene ante él su rostro se ensombrece tanto que por un momento parece alguien mucho más temible que el adolescente de quince años que es.
Mary Macdonald está abrazada a Benjy Fenwick, besándolo. Regulus siente un puño estrujándole el corazón y exprimiéndolo hasta que no queda nada dentro, y observa la escena con estupefacción, incapaz de creer que haya otro en el lugar que le pertenece a él.
Tras varios segundos que sólo sirven para que la desazón de Regulus crezca hasta límites que no sabía que existían hasta ahora, Mary y Benjy se separan. La joven lo ve, mira al joven que tiene su cintura rodeada con los brazos y baja la vista, pensando en Merlín sabrá qué. Unos momentos más tarde alza los ojos de nuevo y se separa de Benjy.
—¿Puedes esperarme en el Gran Comedor? Ahora voy.
El joven mira a Regulus con desconfianza.
—¿Con éste?—Mary asiente.
—Sé cuidarme—le asegura. Tras unos segundos, Benjy se resigna y se aleja por el pasillo, volviéndose varias veces para lanzar miradas de advertencia a Regulus. Él no se da cuenta. Tiembla de rabia, de impotencia, de muchas cosas, esperando que Mary tenga una buena explicación, mientras la joven da unos pasos vacilantes hacia él —. No me mires así—le suelta la joven.
—¿Qué hacías besando a Fenwick?
—¿Y a ti qué te importa?—replica Mary—. No soy nada tuyo.
—¿Ah, no?—nunca han hablado de ello; de hecho, nunca han tenido una conversación de más de dos minutos. Pero Regulus sabe que Mary le pertenece. De alguna manera extraña que no entiende ni él—. Estábamos…
—… robándonos besos por los pasillos—lo interrumpe ella con fiereza—. No somos nada; nunca lo hemos sido. Estabas demasiado ocupado cuidando que nadie te viera besando a una sangre sucia, ¿verdad?—Regulus intenta hablar, pero ella no se lo permite—: ¿Pues sabes qué? Estoy harta de esperar. Pensé que si dejaba pasar el tiempo tendrías la decencia de no avergonzarte de lo que estábamos haciendo, pero ya veo que no. Lily tenía razón. Sólo querías pasar el rato y te daba igual yo que cualquier otra. Pero claro, no podías dejar que nadie se enterase.
Regulus se queda sin réplica durante varios segundos. Luego se defiende de la única manera que puede: atacando.
—¿Y qué creías? ¿Que me alegraría y te presentaría como mi novia, cuando todo el colegio sabe que eres una sangre sucia? ¿Ésos son los cuentos que conocen los muggles? ¿Historias en las que todo acaba bien y a nadie le importa que la mendiga se case con el príncipe? Pues permíteme decirte que la vida no es así. Yo soy un Black y tú una sangre sucia, ¿y de verdad esperabas que esto nos llevara a algo?—la pregunta no va dirigida sólo a Mary. Regulus también se la hace y, angustiado, descubre un resquicio de esperanza en su interior. Uno que se esfuma cuando ve la expresión de la joven, con lágrimas en los ojos.
—Claro—dice, con la voz quebrada—. Porque yo no debería existir y tú deberías estar saliendo con alguien de tu categoría—pronuncia las dos últimas palabras con asco—. Pues me parece que lo tienes muy difícil. Pocas personas son capaces de caer tan bajo como tú.
Regulus no sabe qué responder a eso. Pero no tiene que decir nada, porque Mary no va a escucharlo. La joven se da la vuelta y echa a andar, alejándose de él.
Y Regulus comprende que el experimento ha salido mal. El ratón no ha muerto, pero le duele cada latido porque sabe que la ratita se ha ido de la jaula sin él.
XIX
24 de diciembre de 1976
No es la primera vez que Regulus prueba el alcohol, pero sí es novato en eso de beber para olvidar.
No lo consigue. El cosquilleo amargo que le deja el whisky de fuego en los labios hace que sienta los besos de Mary como si tuviera a la joven a su lado.
Por primera vez desde que empezó el colegio, Regulus no ha ido a pasar las navidades a Grimmauld Place. No está seguro de poder mantenerse inexpresivo cuando escuche los despectivos sangre sucia de su madre y piense en Mary y en cómo ella prefiere ser el resultado de un fallo de la naturaleza antes que alguien con la sangre pura y podrida como él.
Regulus está en una mazmorra vacía, no muy lejos de la sala común de Slytherin. Espera que nadie lo encuentre; no le apetece tener que dar explicaciones de cómo ha engatusado a un elfo de las cocinas para que le diera la botella de whisky de fuego.
Deja la botella a un lado, encoge las piernas y se abraza las rodillas, apoyando la frente en ellas. Cierra los ojos y por un momento le parece notar las manos de Mary acariciando su pelo negro mientras le sonríe antes de besarlo.
Pero sabe que eso no va a ocurrir. Ya no.
Mary empezó a salir oficialmente con Benjy Fenwick dos días después de hablar con Regulus por última vez. Y, a diferencia del Slytherin, Benjy la lleva con él a todos lados, orgulloso de ella. Regulus los contempla desde lejos, pensando que, si fuese un poco menos Black y un poco más como Sirius, podría ocupar el lugar del Hufflepuff.
Y detesta a Mary por ser feliz. Por haber olvidado esos besos robados en los pasillos, en aulas vacías, entre las estanterías de la biblioteca, cuando él no es capaz. Y por ser una sangre sucia. Porque ya tiene una teoría formada al respecto.
Los sangre sucia, al igual que los muggles, no deberían existir. Pero los muggles, al menos, no suelen molestar a los magos. En cambio, esos seres defectuosos interfieren en el mundo mágico, disfrazándose de sollozos molestos pero imposibles de ignorar, pelo revuelto y sonrisas nerviosas. Y están diseñados, desde su nacimiento, para hacer daño. Para hacer creer a uno que son inofensivos e incluso merecedores de cariño y, cuando han conseguido confundirlo, apuñalarlo por la espalda y mostrarse tal cual son.
Regulus reprime un sollozo y parpadea para evitar que las lágrimas se le derramen. Apenas unos segundos después escucha abrirse la puerta de la clase. El joven alza la vista y descubre a Severus Snape observándolo desde la entrada del aula, con gesto imperturbable.
—¿No eres muy joven para estar lloriqueando y emborrachándote?—inquiere tras unos segundos.
Regulus entorna los ojos.
—¿Y tú no eres mayorcito para perder el culo por una sangre sucia?—que Evans no se dé cuenta no quiere decir que el resto del castillo esté ciego.
Snape sacude la cabeza, indiferente a la pulla.
—Le decía el grajo al cuervo: "Apártate, que eres negro"—canturrea, burlón. Regulus va a replicar, pero su compañero sale de la habitación sin darle tiempo.
Regulus baja la vista y cierra los ojos. Para cuando los abre, llenos de lágrimas de cuyo motivo no quiere ser consciente, lo tiene decidido. Los sangre sucia no deberían existir y él va a encargarse de ello.
Va a ser mortífago.
XX
10 de agosto de 1977
Duele mucho.
Regulus no puede reprimir las lágrimas, que se pierden en la almohada. El brazo le escuece y le arde como si se lo hubiesen abierto y estuviesen vertiendo alcohol en la herida. Sólo que no hay sangre por ningún lado. Lo único que tiene es una calavera con una serpiente saliendo de la boca.
La Marca Tenebrosa.
No obstante, se las ha ingeniado para no gritar delante del que ahora es su amo. Y está orgulloso de ello, y se ha sentido bien cuando el Señor Tenebroso lo ha mirado con apreciación y ha dicho que llegará muy lejos con su inteligencia, su determinación y su valía, mientras él se mordía la lengua con tanta fuerza que se ha hecho sangre.
Regulus sabe que sus padres están orgullosos. Cuando ha vuelto a Grimmauld Place con su prima Bella, su madre ha pedido ver la Marca, y quería acariciarla, pero Regulus no se lo ha permitido, porque le dolía aún más de lo que le duele ahora.
Ahoga un sollozo en la almohada. Bellatrix le ha dicho que en un par de días dejará de dolerle el brazo. Regulus se obliga a pensar en ese momento para no ahogarse en la agonía que siente ahora.
Piensa, también, en lo que hará entonces. Dar su merecido a los muggles y los sangre sucia, reparar ese fallo que, después de la experiencia que ha adquirido en los cinco cursos que ha hecho en Hogwarts, sabe que existe en la naturaleza aunque Sirius nunca haya querido verlo; colaborar con el Señor Tenebroso para defender la pureza de sangre y, con ella, su familia.
La idea que más le atrae es la de hacer sufrir a los sangre sucia. Les hará tanto daño como son capaces ellos, para que se den cuenta de que no conviene meterse con las familias de sangre limpia.
Y la primera persona de su lista ya tiene nombre y apellidos. Regulus se asegurará de que sufra tanto como ha sufrido, como sufre, él. Que sienta que su corazón se queda vacío, sin nada, doliendo con cada latido, deseando que se detenga para que termine también la agonía.
Mary Macdonald.
Notas de la autora: Este fic lo terminé hace casi un mes, y creo que voy a hacer una continuación. Because Regulus is worth it. Ahora quiero hacer varias aclaraciones de toda la historia.
-En primer lugar, los "Sagrados Veintiocho" de los que habla Regulus son, según Pottermore, los veintiocho apellidos de las familias de sangre limpia. Si os aburrís y tenéis curiosidad, buscadlos; casi todos son conocidos, menos dos o tres, que no creo haberlos leído en mi vida.
-Las edades: Si utilizamos como referencia a los Merodeadores, Regulus es un año menor que ellos (obvio), Mary lo es dos, Adam y Benjy les sacan un año y Nicholas dos. Me parece que no va en contra del canon, más que nada porque en ningún momento se dice la edad de los personajes.
-Avery y Mucilber no tenían nombre, así que… Adam y Nicholas. No por nada en especial, simplemente porque fueron los primeros nombres que me vinieron a la cabeza. Y agradecédselo a Venetrix, porque yo pensé en no complicarme la vida y simplemente llamarlos por su apellido y ya está xD
-Benjy Fenwick es Hufflepuff por culpa de Cris Snape, que es así de mala e influyente y me lo ha pegado.
-Alessia Zabini es la madre de Blaise. Con la imagen que se da de ella, dudo que el chaval conozca a su padre.
-Cito a Sirius en la enfermería: "Bellatrix también ha hablado contigo, ¿verdad?". Sí, la señora Lestrange también tuvo una conversación -no demasiado civilizada, todo hay que decirlo- con el hermano mayor. Me lo anoto en la lista de cosas por escribir.
-Creo firmemente que Snape estaba al tanto de las correrías de sus compañeros, e incluso iba con ellos. También me imagino (o me gustaría imaginar) que él no tomaba parte en ello. Otra cosa respecto a él es que no me trago que nadie se diera cuenta de que estaba pillado por Lily. La escena entre Regulus y él es bastante irónica, y a mí me encaaantaaan las ironías.
-También creo que Lily era bastante combativa con los Slytherins que se metían con los nacidos de muggles. Abogada de pobres, vamos.
Y para terminar… por si no ha quedado claro, esto es un regalo para Venetrix, porque es la dueña y señora ama del foro más chachipiruli de Harry Potter. Y porque, leñe, gracias a ella le he cogido el gusto a Regulus Black. Que no es que antes no me gustara, pero… me estoy enrollando. El caso, Venetrix, que espero que te haya gustado :)
