Lo primero de todo quiero pediros disculpas. Sé que he tardado muchísimo en actualizar y espero que podáis perdonarme, pero entre que he empezado con la tesis doctoral, hacer un máster y que he tenido una época con mucho trabajo, he ido fatal de tiempo. Espero que el próximo capítulo me lleve menos pero lo acabo de empezar así que no prometo nada. En realidad este capítulo es la segunda parte del anterior ya que me pareció que quedaba demasiado largo para hacerlo un único capítulo, espero que os guste y me perdonéis la tardanza.

Diclaimer: Nada de lo que reconozcáis me perteneces excepto el deseo de escribir lo que Susan Collins no nos contó sobre Annie y Finnick.

The poor mad girl II

Uno de los problemas de la Gira de la Victoria, pensó Finnick, es que pierdes la noción del tiempo. Los días empezaban a dejar de medirse por números y empezaban a calcularse por el distrito en el que se estaba. Aquel día les tocaba el Distrito 2 y estaba siendo uno de los más fríos de todo el invierno.

Annie estaba subida a un estrado leyendo el discurso que Finnick y Mags habían escrito para ella cuando sus ojos se dirigieron hacia la familia del tributo masculino. Se interrumpió en mitad de la frase que estaba leyendo y empezó a retroceder. Finnick la sujetó antes de que saliera corriendo.

−¿Qué pasa?

−¡Va a matarme! −gritó ella. El público empezó a murmurar−. Está ahí y va a matarme.

−Annie, nadie va a hacerte daño −dijo Finnick con fingida tranquilidad sonriendo al público.

−Le hizo daño a Sean y ahora viene a por mí.

Al principio él no entendió a qué se refería. Sabía que el tributo masculino del Distrito 2 había matado a Sean, pero no entendía por qué Annie había tenido un ataque en ese momento concreto, cuando ya llevaba diez minutos subida a ese escenario. Entonces miró a la familia del tributo masculino y lo entendió. Junto al que suponía que era el padre del tributo del año anterior había un joven de la misma edad que el tributo y que era igual a él. Un gemelo. Un gemelo idéntico que había hecho que Annie pensara que estaba de vuelta en los juegos. Finnick pasó un brazo por encima de los hombros de Annie y dijo algo al público sobre lo agotadora que estaba resultando la gira para alguien tan delicado como Annie e hizo una broma o dos haciendo alarde de la encantadora personalidad que lo había catapultado a ser uno de los hombres más deseados de Panem.

Cuando consiguió hablar con Madge y Sarah a solas les explicó brevemente lo que había sucedido y decidieron que lo mejor era fingir que Annie estaba indispuesta e ir sin ella a la recepción posterior. Estuvieron allí el tiempo mínimo que les exigía la buena educación y luego se marcharon con la excusa de tener que vigilar a Annie.

Más tarde esa misma noche, Finnick estaba en su dormitorio cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Se levantó para quitar el pestillo y cuando abrió la puerta se encontró con Annie al otro lado.

−No deberías estar aquí, Annie −le dijo con suavidad.

Ella empezó a juguetear nerviosa con uno de sus rizos.

−¿Estás enfadado conmigo, Finnick?

−Claro que no.

Ella se mordió el labio inferior.

−Parecías enfadado −dijo ella a punto de echarse a llorar.

Finnick suspiró. ¿Cómo se le explica a una chiquilla de quince años con una grave fragilidad psicológica que no estás enfadado sino que tienes miedo de que el Capitolio os mate a todos por una reacción suya que no puede controlar? No se puede. Y si se puede, Finnick no estaba en poder de ese conocimiento.

−Tal vez sea mejor que pases −le dijo Finnick.

Annie entró en su habitación por primera vez desde que habían subido al tren. Era muy parecida a la de ella. Ambas tenían una decoración en color azul y blanco y motivos de conchas y nudos. La decoración era tan hortera que casi parecía más una burla a su distrito que un halago. Annie prefirió sentarse en la cama en lugar de en las sillas que había al lado de la ventana. Finnick se sentó a su lado.

−¿Qué ha pasado esta tarde? −Finnick necesitaba saberlo porque tenía claro que el presidente Snow se lo preguntaría y, mientras pudiera, prefería decirle la verdad porque el Presidente parecía tener la capacidad de descubrir hasta la más pequeña mentira.

−Pensé que era él −susurró Annie−. Cuando le vi allí sentado, pensé que era él y había vuelto para...

Annie hizo una pausa para respirar profundamente.

−¿Para matarte? −terminó Finnick por ella.

−Sí −ella le miró y él no pudo evitar pensar que sus ojos eran los más bonitos que había visto nunca−. A veces es difícil para mí recordar que ya no estoy allí.

Finnick le cogió la mano y se la apretó.

−Voy a confesarte un secreto, Annie. −Ella lo miró con una expresión grave en el rostro−. A veces es difícil para todos los que hemos estado allí.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

−Intento estar... −hizo una pausa intentando encontrar un modo de expresar lo que sentía−. Intento estar aquí. Pero a veces «aquí» es el último sitio en el que quiero estar. ¿Entiendes lo que quiero decir? −dijo levantando la vista hacia él.

Finnick pensó en todas las noches que había pasado en el Capitolio en camas que no le pertenecían y en las que no quería estar. En lo que se había convertido su vida desde que había ganado los juegos. Sí, entendía perfectamente lo que Annie quería decir.

−Pero cuando estoy contigo −prosiguió ella−. Me es más fácil quedarme. Tal vez porque tú estuviste allí.

Finnick no sabía lo que estaba pasando. Lo único que sabía es que él sentía lo mismo y que no tenía nada que ver con haber estado en los juegos porque jamás tuvo esa conexión con Mags. Quería que el tiempo se congelara y poder quedarse allí para siempre. No tener que volver al Capitolio y que lo único que existiera fuera Annie a su lado. Al final haremos de ti un romántico, Odair, pensó para sí. Para rebajar la tensión del momento decidió desviar la conversación.

−Cuéntame una historia, Annie.

−Nunca he sido muy buena contando historias.

−Pues es hora de empezar.

Annie le contó una historia de una vez en la que se estuvo jugando con una red de pescar y acabó tan enredada que tuvieron que cortar la red para sacarla. A mitad de la historia Finnick se tumbó en la cama bostezando y se quedó dormido en cuanto Annie terminó la historia. Ella se acurrucó a su lado y se durmió poco después.

Al día siguiente llegaron al Distrito 1. Afortunadamente, esa visita transcurrió sin ningún incidente. Una de las grandes ventajas del modo en que se habían desarrollado los juegos es que Annie apenas había tenido relación con los otros tributos, por lo conocer a sus familias no era tan traumático como podría haber sido.

Finalmente, llegaron a la última parada antes de volver a casa: el Capitolio. Según entraban en el Capitolio veían gente que señalaba el tren y los saludaba. Finnick les devolvió el saludo con entusiasmo e instó a Annie a que hiciera lo mismo. Debido a esos momentos en los que Annie parecía estar en su propio mundo su equipo de estilistas había optado por darle un aspecto etéreo casi feérico para la entrevista con Caesar. Finnick y Mags estaban preocupados porque no sabían cómo iba a responder Annie ante una entrevista en la que estuviera sola en el escenario. Antes de sentarse en su asiento, Finnick pasó por bambalinas y habló con Annie.

−Annie, aquí vas a estar sola en el escenario.

−Lo sé −dijo ella con solemnidad.

−Pero yo estaré abajo, ¿de acuerdo? No estás sola y aquí estás a salvo. Nadie va a hacerte daño. −Finnick esperaba que eso no fuera una mentira. Ella se limitó a asentir. Finnick le dio un beso en la frente antes de irse. Qué ganas tenía de llevarla de vuelta a casa.

Cuando Annie salió al escenario, la multitud se volvió loca. La habían adorado desde la primera vez que la vieron, pero era la clase de chica dulce y frágil que nunca sobrevivía a los juegos. Tener la oportunidad de volver a verla era una experiencia única para la gente del Capitolio.

−Mi querida Annie −empezó Caesar−, es un placer volver a tenerte aquí conmigo.

Ella sonrió con timidez.

−Es un placer estar... −Annie se interrumpió y pareció aislarse de lo que la rodeaba. Pero, en lugar de hacerla parecer desequilibrada dio la sensación, de que, en verdad, eso era todo lo que iba a decir. Que daba las gracias por estar. Sin más.

Estuvieron hablando durante un rato. Ella le contó que le había gustado ver otros distritos y que todo el mundo había sido muy amable con ella. A pesar de su dulzura, el que de vez en cuando se evadiera a su mundo la hacía parecer algo distante e inalcanzable. Lo que no hacía más que aumentar su atractivo. Al final de la entrevista, Caesar le preguntó cómo era eso de pasar tanto tiempo con alguien tan atractivo como Finnick a lo que ella se limitó a responder:

−No sé. Es Finnick −dijo ella con ingenua sinceridad, no entendiendo las segundas implicaciones de la pregunta de Caesar. Éste rio.

−Vaya, Finnick, parece que hemos encontrado a la única persona que es inmune a tu encanto.

Finnick sonrió burlón para el público, pero por dentro dio saltos de alegría. Annie no lo sabía, pero que el presidente Snow pensara que se eran indiferentes o, al menos, que su relación era más bien fraternal, era lo mejor que les podía pasar. Volvió a prestar atención a Caesar para oírle preguntar a Annie qué era lo que más le apetecía ahora a lo que ella respondió con un rotundo:

−Volver a casa. −Ante esta afirmación el público suspiró. El Capitolio entero estaba a los pies de aquella dulce chiquilla que lo único que quería era volver a su distrito. Caesar le sonrió y dijo algo sobre que entonces lo mejor era terminar la entrevista. Le besó los nudillos y dio paso al cierre al programa. Después de que las cámaras se apagaran la acompañó personalmente hasta donde estaba Finnick. Caesar lo miró y le habló fuera de cámara por primera vez en su vida.

−Cuida de esta pequeña, Finnick. Sería una pena que toda esa dulzura se estropeara tan lejos del mar. −Un escalofrío recorrió la espalda de Finnick. Se dio cuenta de que a Caesar realmente le gustaba Annie y de que aquello era una velada indirecta sobre que lo mejor para ella era marcharse cuanto antes del Capitolio. Finnick no podría haber estado más de acuerdo.

Esa noche asistieron a la cena en casa del presidente Snow. El presidente se acercó a hablar con ellos y pareció estar evaluando a Annie al milímetro. Después, le pidió a Finnick si podía acompañarlo para que hablaran a solas. Se dirigieron al despacho del presidente. Allí éste le pidió a Finnick que se sentara y cerró la puerta para que nadie los molestara.

−Parece que la chica no está mal.

−Tiene sus momentos −dijo Finnick.

−Sí, vi el incidente en el Distrito 2 −asintió el presidente−. Pero, aparte de eso, parece que puede relacionarse con la gente de modo normal.

Finnick se dio cuenta de a dónde iba la conversación al escuchar el énfasis que hizo el presidente Snow en el verbo relacionarse. Ni hablar, pensó. Haz algo, Odair, di cualquier cosa, pero no dejes que le haga eso. A Annie no.

−Sólo durante periodos cortos de tiempo −matizó Finnick−. Y su reacción a un intento de una relación más... −Finnick se tomó su tiempo para buscar un término que no fuera demasiado vulgar− Íntima, digamos, podría ser impredecible.

−Comprendo −dijo el presidente−. En ese caso supongo que el Capitolio tendrá que seguir conformándose con un tributo del Distrito 4 en lugar de tener a dos. Porque no tienes pensado abandonar a toda esa gente que tanto te adora, ¿verdad?

−Por supuesto que no −añadió Finnick. Por suerte, el presidente pareció decidir que ése era el final de la conversación y dejó que volviera a la fiesta. Allí se encontró con Annie a la que Mags había cogido de la mano. Annie parecía más nerviosa de lo normal.

−¿Qué tal están mis chicas? −preguntó Finnick con una deslumbrante sonrisa.

−¿Podemos irnos ya? −preguntó Annie con cierta ansiedad.

−Sí. Vámonos.

Se dirigieron hacia la salida donde los estaba esperando un transporte que los llevó directamente a su tren. Al día siguiente estarían en casa y, dentro de veinticuatro horas, habría terminado la Gira de la Victoria y podrían volver todos a sus vidas normales. O todo lo normales que podían ser las vidas de unos vencedores de los Juegos del Hambre.

Esa noche, Finnick fue al cuarto de Annie sin que ésta se lo pidiera. Se tumbaron en la cama sin decir nada. Ambos sabían que las cosas no serían iguales cuando volvieran a su distrito. En cierto sentido, Finnick sentía que lo necesitaba. No sabía qué estaba pasando entre ellos y necesitaba algo de espacio para recuperar el control. Si había algo que Finnick había adquirido en todos esos años en el Capitolio, era la devastadora necesidad de tener el control en todo momento.

A la mañana siguiente llegaron al Distrito 4 y se prepararon para la última aparición pública de Annie. El público, al ser del mismo distrito, era mucho más cálido y les producía una mayor ansiedad imaginar el estado en el que estaría Annie. Cuando la vieron sobre el escenario, la reacción general fue de estupor. Aunque habían visto por televisión que se la veía mejor de lo que había estado mientras estaba en el distrito, pensaban que era por las drogas del Capitolio, pero al verla de cerca y saludarla se dieron cuenta de que no era así. Algunos de los que la conocieron antes de que ganara dijeron al verla que casi parecía la Annie de antes de los juegos. Algo había sucedido en ese viaje que había hecho que mejorara. Aún seguía teniendo momentos en los que parecía marcharse a un mundo al que los demás no podían acceder, pero no tenía nada que ver con el estado en el que había llegado del Capitolio seis meses antes.

Después de la reunión en la casa del alcalde, Finnick se acercó a Annie para acompañarla a la Aldea de los Vencedores. Mags se había marchado un rato antes porque estaba cansada. Cuando estaban en la puerta de casa de Annie se detuvieron.

−Bueno, niña, ya está. Hemos sobrevivido a la gira −dijo Finnick con cierto alivio.

−Sí −dijo ella−. ¿Y ahora qué?

Ahora tendremos unos meses de descanso hasta que yo tenga que volver a los juegos como mentor y a meterme en toda cama en la que se me ordene meterme, pensó Finnick con cierta amargura pero sólo dijo:

−Lo que tú quieras, pequeña.

Annie se miraba los pies con cierta timidez y dijo, tan bajito que Finnick casi no pudo oírla:

−Supongo que ahora que hemos vuelto tendremos que dormir separados.

Finnick sonrió con picardía.

−No creo que a tus padres les hiciera gracia que me metiera en tu cama por las noches.

−Supongo que no. −Ella le dedicó una sonrisa deslumbrante−. ¿Un abrazo de despedida?

−¿Tienes pensado ir a algún sitio? Porque yo pienso vivir aquí −respondió él bromeando, aunque se acercó a ella y la abrazó. Después de un rato se separó un poco de ella y la besó en el pelo.

−Voy a echar de menos dormir contigo, Finnick Odair −dijo Annie antes de darse la vuelta y entrar en su casa.

−Yo también voy a echar de menos dormir contigo, pequeña −susurró Finnick. Luego suspiró. Aquella chica era un peligro para la vida que llevaba. Había conocido a muchas mujeres a lo largo de los años pero nunca había sentido con nadie lo que sentía estando con Annie. Ten cuidado, Odair, si la dejas, esa chica se te meterá debajo de la piel y eso es algo que no te puedes permitir.